Yo soy
La verdad no conduce a la derrota, sino a la entrega de la propia vida; por eso se habla de cumplimiento.
Cuando uno se muestra tal cual es, no necesita protegerse: no hay máscara, ni ego alguno que salvar.
Regresamos, de nuevo, al relato de la pasión de Jesús, pero ahora desde la mirada de Juan. El tema no es en absoluto indiferente, como sucede con cualquier desenlace de la vida que parece cerrarse con la muerte, pues lo que se entrega es la vida, lo que se devuelve es una biografía.
La identidad se convierte hoy en la clave fundamental de este relato. Jesús no rehúye cuando le preguntan. Sin argumentos de ningún tipo, sin defensa alguna ni estrategia. Una honestidad que se traduce en un sencillo “yo soy” que hace retroceder a los guardias. Cuando uno se muestra tal cual es, no necesita protegerse: no hay máscara, ni ego alguno que salvar. Ni se presenta como víctima ni como inocente; sencillamente es… e, inevitablemente, acude a la memoria el texto de Moisés, donde Dios se revela como «Yo soy el que soy». Por eso, conocer a Dios tiene que ver con permanecer en esa verdad que no se posee, sino que se habita.
Conocer a Dios tiene que ver con permanecer en esa verdad que no se posee, sino que se habita.
Cuando la persona vive desde la verdad de su existencia, no se hace pasar por nadie ni por nada. Deja de construir identidades frente a los demás y, por eso, Jesús no reacciona: permanece. Su ser es su estar, y su estar desvela su existencia. Vivir desde Dios, como él muestra, supone no reaccionar frente a nada, sin depender de la aprobación ni sentirse amenazado por el rechazo de los otros.
Esa autenticidad que brota de la verdad de su vida lo conduce al diálogo con Pilato, donde parece que la verdad fuese una cuestión de conocimiento. Sin embargo, Jesús no habla de conocerla, sino de vivir desde ella —«el que es de la verdad»—; se trata, más bien, de un ámbito al que se pertenece. Pilato pregunta por ella, pero no obtiene respuesta, porque está fuera de la verdad. A veces se puede hablar sobre ella, incluso juzgarla, pero eso no significa haberla habitado. Como señala Máximo el Confesor, en sus Centurias sobre la caridad, «quien ama a Dios vive en la verdad» indicando que la verdad no es un concepto, sino una forma de vida. Seguir a Jesús —llegar a ser lo que Él es en nosotros— pasa por permitir que la verdad deje de ser un contenido racional para convertirse en experiencia viva.
Y la verdad no conduce a la derrota, sino a la entrega de la propia vida; por eso se habla de cumplimiento: «todo está cumplido». La plenitud no consiste en evitar el sufrimiento, sino en no retener nada. Jesús lo ha dado todo, lo ha atravesado todo —hasta el dolor ha atravesado su cuerpo en forma de clavos—; nada le ha quedado pendiente. La vida alcanza su verdad no cuando responde a nuestras expectativas, sino cuando se vive sin reservas, sin miedo, derramada sobre otras vidas. Simeón el Nuevo Teólogo afirmaba en sus Himnos del amor divino: «quien ha visto la luz divina ya no puede vivir para sí mismo» porque la experiencia de Dios desborda toda apropiación. En definitiva, se podría decir poéticamente, cuando el agua contenida en el río desemboca en el Misterio amoroso que es el mar.
La plenitud no consiste en evitar el sufrimiento, sino en no retener nada.
Esta culminación tiene que ver con la transparencia de toda entrega, que nada tiene que ver con retener, guardarse algo, replegarse o apropiarse de nada. Sólo entonces, como Jesús, se puede decir: «todo está cumplido».
El último aliento es aire en el Aire, la vida en la Vida. Desde fuera, y desde la estrecha lógica del ego, puede parecer derrota; pero desde dentro, desde esa verdad, es plenitud insólita. Quien llega ahí —sin perderse, más allá de todas las veces que haya necesitado recomenzar— logra atravesar la cruz y descubrir la revelación que en ella se contiene.