1/2 de Octubre. Noche de Ánimas. Comunión real de santos y difuntos
Versión reelaborada de: Experiencia pascual, principio de la Iglesia (Communio 4, 1981/2; cf. es.scribd.com/doc/82685226/52454733-Revista-Catolica-Internacional-Communio-1979-2006) tras lectura de Comisión teológica internacional, Quo vadis, dónde vas humanidad? (2026, texto en Vatican va)
Los primeros discípulos fueron místicos de Jesús
Escucharon su invitación al Reino de Dios, tomaron su mismo camino, se dejaron transformar por él y recibieron su asistencia. Hech. 1, 14 dice que había entre ellos enviados de Jesús,parientes de su clan, mujeres amigas. Todos ellos han tenido una experiencia inmediata de su pascua, y supieron (viéndole con ojos de corazón) que estaba vivo.
Los apóstoles -y con ellos las mujeres y parientes a que alude Hech. 1, 14- tenían experiencia personal de Jesús como pretendiente mesiánico Cristo antes de la Pascua. Por eso, no partían de cero. Habían recibido una fuerte impresión del profeta galileo: le seguían, le querían, se han opuesto a su camino, le han negado, quizá en algún aspecto le han odiado (como hará Pablo). Pues bien, en un momento determinado, después de la muerte de Jesús se han descubierto penetrados por su fuerza: su camino ha revivido, su persona ha retornado victoriosa de la muerte, de tal forma que han visto cómo todo se realiza de un modo distinto. Por eso han decidido confesar y han confesado: ¡Está vivo!
Esta experiencia transformó y dio un sentido a sus experiencias anteriores. No le vieron como un tipo de ser divino en general, no le aceptaron como maestro de ley, ni como puro hacedor de milagros, sino como “persona” especial. La pascua de Jesús fue para ellos una experiencia viva de persona, una presencia trans-personal de Jesús tras su muerte..
Allí donde los hombres querían recorrer dl camino de la vida del misterio por la vía de la ley, el todo cósmico o la ciencia de infinito se desvela Jesús como persona que ha triunfado de la muerte y vuelve hacia los suyos, en gesto de absoluta novedad, para invitarles a que empiecen a formar un mundo nuevo. Esta experiencia tiene, a mi entender, dos elementos.
Iglesia pascual
1. La experiencia pascual fue una experiencia de recuerdo: Del Jesús histórico al Cristo pascual. Aquellos que han seguido o conocido el camino de Jesús vuelven a hallarle vivo tras la muerte.
Los apóstoles le encuentran de nuevo en el alma y en la vida y le aceptan como aquel que les había convocado, afirmándoles con su palabra y sosteniéndoles en su compromiso. Las mujeres le descubren como aquel que, aceptándolas en su compañía y ofreciéndoles su amistad, se ha dejado ayudar por su cuidado.
Los familiares le recuerdan como el hermano que, habiendo nacido en medio de ellos, comenzó por escandalizarles con su palabra de ruptura y su gesto de novedad mesiánica. Todos vuelven a encontrarle. Jesús les ha salido al paso de una forma nuevamente definitiva y empiezan a entenderle de manera diferente; desde Jesús descubren el sentido del Antiguo Testamento de su pueblo y los caminos de Dios entre los hombres. Sin este momento de recuerdo, donde se recupera el pasado de Jesús, desde la infancia hasta el Calvario, la Pascua acabaría diluyéndose en un aura muy hermosa pero estéril, de leyenda.
2. Hay un momento de transformación. Ante el gesto de Jesús resucitado lo anterior se transfigura (como sabe Mc 9, 2-9 par). Jesús vuelve y acoge (transfigura) a los que habían rechazado su camino, perdona a los discípulos que el día del peligro le negaron, para abrirse al vergonzoso camino de la huida. Vuelve a las mujeres que no habían entendido su cariño, a los parientes que quisieron manejarle ... Por eso, el encuentro pascual es mucho más que una apertura hacia el recuerdo. Es verdadera creación. De pronto, los discípulos comprenden que su encuentro con Jesús no había terminado.
Precisamente ahora, cuando ha cesado un tipo de antiguo contacto corporal, cuando el escándalo de la Cruz parece haber quebrado todos los senderos y esperanzas, emerge la auténtica comunicación interpersonal con el Maestro. Ellos no saben expresarlo, pero saben que es Jesús el que ha venido: se les ha manifestado, poderosamente creador, lleno de vida, por encima de la muerte. Les ha ofrecido nuevamente su confianza, ahora de un modo inquebrantable, y les ha dicho: ¡no temáis!, soy yo el que vengo de nuevo hacia vosotros. Por vez primera, aquellos seguidores abatidos y frustrados descubren un amor que permanece, un encuentro que les hace ser por siempre. Se sienten transformados. Sólo pueden expresarse en gozo y alabanza.
3. Hay, finalmente, un momento de envío, de renacimiento y mutación humana. . Por encima del recuerdo del pasado, por encima de la transformación personal, se escucha una palabra misionera: los discípulos no pueden contenerse clausurados en el viejo mundo de sus anticipaciones y esperanzas. Viven desde Jesús y se descubren enviados: el Señor pascual les confía generosamente el cuidado y la promoción de su mensaje y ellos, sin pensar demasiado en lo que hacen, dirigidos por un nuevo poder que identifican con el Espíritu del Pentecostés mesiánico, se ponen a extender el gran anuncio de Jesús. Son un puñado de indoctos, un grupo de antiguos miedosos ilusos; pero han tenido la suerte de ser hallados por Jesús, le han redescubierto tras la muerte y acogen el encargo de anunciar su vida. Así, lo que empezó siendo recuerdo se convierte en apertura hacia el futuro.
Mensaje cristiano. Volver a la historia de Jesús, retomar su vida
Los discípulos se descubren en manos de un poder que les desborda, se sienten poseídos por una gracia que les sobrepasa; y llenos de alegría, como ignorando las dificultades que les esperan, comienzan la gran aventura de una misión que, por caminos diferentes, les conduce hacia los confines de la tierra, es decir, de la vida humana. Estos son los momentos de la experiencia apostólica de Jesús resucitado. En ella no se ofrece un tipo diferente de idea sobre Dios, ni se desvela un modo nuevo de transformación de la materia, sino la experiencia de Dios que es vida de todas las vidas humana, que es experiencia radical de comunicación interhumana.
La Pascua viene a convertirse en elemento integrante de su vida. El encuentro con Jesús (su comunión con él) ha renovado y recreado su existencia. No dicen algo sobre Jesús, sino que se dicen a sí mismos dando testimonio de su vida en Jesús. Por eso, cuando anuncian a Jesús, dejan a un lado las teorías y «dicen su existencia», se dicen a sí mismos, al ir dando y diciendo ante los otros testimonio de la Pascua.
La experiencia pascual de los apóstoles se entiende, según eso, como testimonio de sus amigos/discípulos, que “diciendo a Jesús” se están diciendo a sí mismos, abriendo para Jesús un hueco en su camino compartido. Frente a los métodos de verificación racional o prueba empírica de la filosofía y la ciencia, los discípulos de Jesús han ofrecido abiertamente el testimonio de su vida personal, como vida en Jesús y vida en los restantes hombres y mujeres que comparten su camino.
Casi no advierten lo que pasa. Pareciera que navegan a lomos de una tempestad (un impulso, un “espíritu”, un viento de vida de Dios que les desborda y que, al mismo tiempo, les fundamenta. Son testigos de Jesús y, al presentarlo ante los hombres, van presentándose a sí mismos, como reflejo del Señor resucitado. Llevan en su entraña la herida de la Pascua y tan pronto como empiezan a decir lo que han sentido van diciendo lo que el Cristo ha realizado en medio de ellos o, mejor dicho, en ellos: cómo les ha reconocido y cómo les recrea, tras la muerte, cómo les envía y, sobre todo, cómo ese Jesús es el viviente.
Resulta imposible fijar y concretar todos los elementos y estructura de ese testimonio pascual de los apóstoles, tal como aparecen en los primeros años de la Iglesia. Sólo indicaré que el contenido radical de esa experiencia se refleja de un modo canónico en los libros del Nuevo Testamento, apareciendo en ellos en tres formas que son complementarias: sinópticos, Pablo, Juan.
IGLESIA COMO VIDA DE JESÚ CRUCIFICAO
Hay un segundo grupo de discípulos que, no habiendo seguido a Jesús en el camino de su historia, no han palpado su cuerpo ni escuchado de manera directa su palabra (Cf. Jn. 20,29; 1 Jn. 1, 1-4). Son los que llegan después de los apóstoles. También ellos se sienten llamados a la fe y a la experiencia de la Pascua. No han visto a Jesús, pero comparten la palabra y testimonio de la iglesia. Teniendo esto en cuenta, definiré a la iglesia como aquella comunidad de testigos que, enraizándose en la fe de los apóstoles, recuerdan y cultivan, celebran y recrean la experiencia pascual de Jesucristo. Distinguiré en ella dos planos.
1. La primera experiencia ha sido la de recordar y contar lo que ha sido la vida de Jesús, tal como ha culminado sn muerte. En ese sentido, la iglesia está empeñada en transmitir lo que ha escuchado, haciendo que resuene y se expanda en las cuatro direcciones de la tierra/historia. Sabemos por el evangelio de Juan que el Espíritu Paráclito es memoria de Jesús entre los hombres; pues bien, la verdad de esa memoria, recibida y transmitida por la iglesia, es la experiencia de la Pascua. La resurrección de Jesús puede asumirse y aceptarse porque existen hombres y mujeres que se encargan de anunciarla. El cimiento de la experiencia pascual de la iglesia es, por lo tanto, la palabra poderosamente recibida y anunciada. Sólo se vive el gozo y fiesta de la Pascua allí donde unos hombres se empeñan en mantener viva la memoria de los muertos.
2. La iglesia es una institución transformadora,que permite que los hombres y mujeres se convierta, cambien de forma de ser. La pascua es un don,una experiencia de transformación en Cristo. No somos creaturas externas de Dios, sino Dios encarnado, en comunicación personal de amor. Viniendo de arriba (en y por Dios), esa mutación sólo puede darse si nosotros la aceptamos, nos dejamos mover por ella, es decir, si nos dejamos querer, si nos queremos. La pascua es una invitación, una llamada para transformar la vida, en el camino del seguimiento de Jesús.
3. La iglesia se desvela finalmente como una institución celebrativa. La experiencia pascual del recuerdo y compromiso culmina allí donde la comunidad cristiana, gozosamente reunida en torno a la palabra de Jesús, celebra su presencia como perdón (bautismo) o como vida compartida (eucaristía).
El verdadero recuerdo de los difuntos es seguir viviendo, es comer y recordarles, corrigiendo lo errado, superando lo equivocado… perdonándose unos a otros. Sólo allí donde los hombres se ofrecen perdón (cf. Le. 24,47) y cumplen la palabra de amor de Jesucristo (cf. Mt. 28,20), sólo allí donde retornan incesantemente a Galilea, para rehacer el camino del Maestro (cf. Me. 16,7) puede hablarse de experiencia pascual. Las restantes formas de encuentro con Jesús, clausuradas en un intimismo sentimental o en un cambio ideológico, acaban siendo secundarias o equivocadas.
Los discípulos «reconocen a Jesús en la fracción del pan» (Le. 24, 30-31); le reconocen en forma de experiencia de su verdad, pues hasta entonces sólo habían visto un tipo de fantasma que venía a hacerles compañía. Sin ese tono celebrativo de victoria de la vida sobre la muerte, sin el gozo de unasalvación ya realizada entre nosotros, sin el despliegu de la vida que se abre ritualmente ante el misterio y desde el misterio, la experiencia pascual termina siendo ideología. Quiero resumir los elementos precedentes.
He definido a la iglesia en forma de comunidad de testigos de Jesús que recuerdan, actualizan y celebran la vida de los que han muerto. Esas tres funciones enmarcan y sostienen la experiencia de la Pascua de Jesús en los discípulos: ella no aparece en forma de teoría que se prueba sino como acontecimiento salvador que se atestigua en el anuncio, como principio de vida que se asume en compromiso y como fuente de gozo que se celebra en la vida.. En la vida que continúa porque los muertos han vivido y nos han legado su herencia, sabiendo que ellos están vivos en nuestra vida, como Jesús, por trans-substanciación por trans-personalización, por comunión de vida, no por post-humanismo (así lo ha puesto de relieve el documento de la Comisión teológica, ¿Dónde vas humanidad?, 2026.
Hay un momento individual: Jesús resucita «en mí para mí»: me ha sacado del abismo del pecado y de la muerte y me ha llamado a su “victoria”, para vivir de su amor, en su vida, como un hombre plenamente salvado en el Dios de Jesucristo que no tiene que ocuparse de los otros.
Pues bien, a causa del poder unificante del amor, siendo mi experiencia más profunda, la pascua me vincula plenamente no sólo a Jesús, sino al cuerpo de la iglesia, al conjunto de la humanidad, haciéndome así cuerpo encarnado de amor de muchos, que nos miramos y amamos, resucitando unos en otros, descubriendo en los demás mi propia vida y siendo yo, al mismo tiempo, vida y amor para los otros, como ha formulado Pablo en 1 Co 12-14 describiendo la unidad y pluralidad del cuerpo pascual que es Cristo resucitado.
Eso significa que yo resucito por Cristo en los otros, y que ellos resucitan en mí, en forma de trans-parencia y comunión de amor. Yo sólo vivo viviendo en los otros, de ellos nazco, con ellos comparto el camino, en ellos culmino y realizo mi vida; no soy yo por aislado, sino en comunicación o correlación interpersonal.
Soy persona, siendo persona de personas, compartiendo cuerpo y alma en Cristo con todos los hombres y mujeres de la historia, en comunidad de vida trans-personal. Eso significa que para ser yo (para vivir) debo morir, compartiendo mi vida con otros, como Jesús que es muriendo y resucitando en otros. por los demás, si es que vivo y resucito por su muerte. De esa forma, sólo siendo muchos, podemos ser cada uno, siendo uno en los demás, a lo largo del tiempo, a lo ancho del espacio de la geografía pascual de Jesús, en una línea de fe, esto es, de vida compartida..
Soy de esa manera “yo”, como persona en comunión, siendo cuerpo y vida de los demás creyentes en Dios, que es, por Cristo, todas las cosas en todos, panta en pasín (1 Cor 15, 22-28), siendo todo en cada uno, haciendo así que cada uno sea pleno en sí mismo, siendo, viviendo plenamente (resucitando) en los demás, por muerte de amor.
Ésta es la forma de ser de laresurrección que se da y se realiza comodespliegue de amor, desde, con y para los demás, en co-relación de de vida, en forma de trans-substanciación “eucarística”, en experiencia pascual (inter-personal), de pan y vino compartido que somos cada uno en Cristo y por Cristo.
Ésta es la mística de ánimas, de la identificación de todos los santos con todos los difuntos, en comunicación de vida cristiana. En contra de eso, en la historia de occidente ha dominado un tipo de visión sustancialista (individualista) de la vida, que ha ha ido y sigue yendo en una dirección contraria a la experiencia de la pascua.
Eso significa que, en sentido general, los cristianos de occidente no hemos creído en la resurrección, tal como la formula Pablo en 1 Cor 15 (culminando el argumento de 1 Cor 12-14), no hemos creído en general en la “animas vivas”, y por eso han podido extenderse entre nosotros un tipo de mística extraña de halloween, de mercado y magia, de juego y puro miedo, sin vida de fondo.
En general hemos invertido la experiencia y camino de la resurrección, convirtiéndola en lo contrario de lo que ellas es, no sólo en un ámbito mundano de vida en el mundo”, sino en en el ámbito o comunión la misma iglesia, que, por un lado, afirma que Jesús resucitó de los muertos, para que nosotros resucitemos en él, pero que, por otro lado, parece de negar con su forma de ser la experiencia y camino de la resurrección. Allí donde un hombre o mujer, llamándose (creyente) cristiano vive para sí, encerrándose en su personalidad (en su máscara-persona), está negando con su vida la resurrección, está mintiéndose a sí mismo y mintiendo a los demás, se está destruyendo en un infierno de muerte.
Sabemos así que la Pascua no nos pertenece en exclusiva (viviendo en forma de individualidad cerrada en sí misma), de manera que sólo podemos vivirla y testificarla en la medida en que, viviendo en Jesús, vivimos unos en otros en comunión comunicación personal, recibiendo, compartiendo y dando lo que somos, suscitando (asumiendo) un trans- y supra-personalidad pascual, en comunión que nos libera del egoísmo y de la muerte Sólo así, siendo iglesia de Jesús resucitado podemos celebrar el recuerdo, la vida y esperanza de la pascua, como creyentes que hemos nacido en ella y por ella.
La Pascua es, según eso, la experiencia teológica y cristiana por excelencia. Ella nos lleva hasta el lugar de Jesús, en el camino concreto de su mensaje de reino de Dios y de su muerte, entendida como experiencia fundante de creatividad y entrega por los otros. Sólo en ese contexto, allí donde Jesús se desvela como sentido de la vida y de la historia, Dios se manifiesta radicalmente como divino.
No hay una experiencia previa de Dios y luego una fe en el Cristo y en su Pascua, sino que sólo allí donde el creyente habita en el espacio de la Pascua de Jesús, sólo allí donde interpreta su vida y la realiza en forma de entrega de la vida por los demás y de comienzo resurrección, puede hablarse de Dios como Padre de los hombres (=aquel que es dando vida). La experiencia pascual, situándonos en la raíz del compromiso cristológico, nos lleva hasta el centro de la teología, hasta aquel lugar en el que Dios se desvela como Padre en el encuentro con el Hijo.
HERMENÉUTICA DE LA EXPERIENCIA PASCUAL
Vivimos en un mundo que se encuentra cautivo, dominado por un tipo de idea de poderes separados de nuestra propia vida (entendida en forma el capital poseído sí), por la lucha interhumana (violencia) y por la muerte, entendida como destrucción de nuestra realidad (entendida como individualidad vacía, no como don/entrega a los demás). Buscamos seguridad y la traducimos en gestos de evasión y de dominio. Queremos fraternidad y la pervertimos en un campo de batalla universal. Soñamos con la vida libre y tropezamos siempre con la muerte. Tenemos una experiencia parcial y des-quiciada (sacada de quicio) de la pascua o paso/pascua de Dios por la vida de los hombres, en tres formas, como experienciano-idealista, materialista y de liberación.
1. Contra una hermenéutica idealista de la Pascua. Para muchos, la experiencia pascual acaba siendo de tipo idealista: nos obliga a salir de las coordenadas concretas de la vida de Jesús, de su entrega por la vida y la justicia, situándonos en un campo de representaciones posesivas y opresoras. Más que ratificación y triunfo del camino de Jesús, la Pascua ha venido a convertirse en expresión de su fracaso: allí donde los hombres no han sido capaces de aguantar el ritmo de la acción de Jesús, allí donde han negado su entrega a favor de los demás y de la muerte como expresión suprema de esa entrega gratuita de vida, los hombres han interpretado la pascua (resurrección) como un refugio post-mortal precisamente para guarecerse de la urgencia y de la entrega del Mesías de los pobres. Esa actitud idealisa se refleja en tres momentos: impotencia, ilusión, represión.
2. La resurrección ha de entenderse, según eso, en forma corporal, esto es, de encarnación, comunicación y comunión de cuerpo/carne, como sabe Jn 1, 14, como Jesús ratifica en el Sermón de Cafarnaúm (Jn 6) y como Pablo formulas los capítulos centrales de su presentación “cuerpo de Cristo” de Pablo (1 Cor 13-15). En ese sentido, la experiencia pascual toma el sentido de “eucaristía” de dar y compartir la vida (carne y sangre), superando así la muerte por medio (por encima) de la mismamuerte..
En ese contexto se entiende la transformación real de la vida humana, como ex-sistencia compartida (ser es salir de sí mismo para que otros sean), de comunicación y justicia social, de liberación de los pobres, de comunión de vida de unos en otros. Más allá de todos los esquemas de dominación, superando todos los caminos de posesión violenta y de injusticia de este mundo, la Pascua anuncia y ratifica el triunfo del hombre/mujer como ser de comunión. Jesús resucita al vivir en aquellos que le acogen tras la muerte (es decir, por la muerte). Jesús muere para dar vida a todos (siendo vida entregada); para que todos podamos darnos vida unos a otros (viviendo de esa forma en dllos). No se trata simplemente de dar cosas (como si fuéramos dueños de ellas, de un modo posesivo), sino de darnos y ser unos en otros.
3. Resurrección es “comunicación liberadora”, creadora de vida, no como venganza, en clave de resentimiento, de odio contra los opresores, sino de liberación de los oprimidos, no por ley, ni por imposición externa, sino por comunicación de vida en el sentido y en la línea de las “obras de misericordia de Mt 25, 31-46 (dar de comer, dar de beber, vestir al desnudo, acoger a los exilados etc.) han de entenderse como obras pascuales…Avanzando en esa línea y paa ratificarla, Jesús dice en Jn 6: mi carne es comida, mi sangre bebida(Jesús no es cuerpo y alma, sino carne y sangre… Esto es resucitar: Vivir unos en otros, en contemplación y gozo de amor.
Según eso, las obras de amor/misericordia/servicio/episcopado (con ese nombre aparecen en Mt 25, 31-46) son experiencias de resurrección. No resucita solo Jesús en Dios y en la iglesia, sino que resucitamos y vivimos unos en otro, suscitando de esa manera una forma más alta de comunicación, esto es, de riqueza (riqueza humana, no capital monetario).El capital humano no es un dinero entendido en forma de mamón/diablo que mata (Mt 6, 24), sino el amor de unos de unos a otros, en forma de correlación vital, como ha puesto de relieve san Pablo en su lenguaje místico, empleando/creando un lenguaje donde es determinantes la partícula con-syn: Con-vivir y con-morir, estar co-sepultados y co-resucitar, syn hodein (con-caminar) y co-reinar.
La pascua supera de esa forma la soledad ilusoria de ser cada uno en sí mismo, superando (transcendiendo) de esa forma un tipo de “yo autosuficiente”, para abrirnos al yo compartido de latrans-subs-substanciación, a la trans-personalización, de tal manera que podamos vivir de esa manera uno en otros. Estos son algunos elementos fundamentales de la hermenéutica carnal/corporal, de la pascua: Ser carne unos de otros, formar un cuerpo de vida. La novedad pascual se expresa en la totalidad del ser humano en dos momentos o rasgos fundamentales.
UN TESTIMONIO BÁSICO. PABLO EN EL AREÓPAGO (HCH 17)
1. Punto de partida, la mística universal de los atenienses. Pablo comienza diciendo que los atenienses veneran a un agnosto Theo, a un Dios que no conocer. Aquellos atenienses eran “místicos” que veneraban a un Dios desconocido, pero real, en quien “vivían, se movían y existían” (Hch 17, 28).
Pablo les dice a los atenienses que ellos son testigos y representantes de una mística syn-biótica(de sym-biosin),pues están vinculados con un Dios que no conocen, pero al que presentan conla palabras de un peta pagano llamado Arato (siglo III a.C.), que dice en un libro sobre los Fenómenos del cosmos, que en ese Dios desconocido vivimos, nos movemos y somos (Hech 17, 28).
La mística de ánimas de Pablo es una mística teísta En contra de eso, la mística de los areopagitas de Atenas podría llamarse panteísta (o quizá mejor: Pan-enteísta), pero ha sido retomada, al menos en sentido inicial o como punto de partica por el mismo Pablo, cuando afirma que por la resurrección de Cristo Dios será/es Panta en pasín (1 Co 15,28), todas las cosas en todos.Cada resucitado, cada renacido recibe y contiene en sí todas las cosas, en Cristo.
Ésta es una mística panteísta: Lo confiesen o no, todos los hombres tienen un Dios, un tipo de poder en quien viven, se mueven existen… ¿Quién es ese Dios? ¿Es Mammón-dinero, es Kratos-poder, es la raza (=somos de su raza), es la propia sabiduría divinizada de Atenas, es la belleza de las estatuas divinas, en la grandiosidad de los templos, del mar,. Del despliegue de la vida.
Reformulación de Pablo: Mística de resurrección por/en la muerte de Cristo. Ésta es la mística propia de Pablo, tal como la formula Lucas historiador en el Sermón del Areópago (Hch 17, 22-34), atribuido al mismo Pablo, en el que pueden y deben ponerse de relieve los siguientes elementos:
-Dios ha querido superar los tiempos de desconocimiento (χρόνουςτῆςἀγνοίας). Todo lo anterior ha sido un tiempo de ἀγνοία, es decir, de “desconocimiento”, en la línea de un a-gnosticismo (que no es negación de Dios, sino desconocimiento de Dios). La mística helenista de Arato (en Dios vivimos, nos movemos y somos) pertenece a ese tiempo de a-gnoia, es decir, de desconocimiento de Dios. Esa mística de inmersión general en lo divino (en Dios vivimos…) constituye un tipo, un tiempo, de desconocimiento, pues el verdadero Dios se revela en la muerte-resurrección de Cristo.
- Por eso, nos ha hecho pasar de a-gnoia a la meta-noia, haciéndonos capaces de μετανοεῖν (esto es, de alcanzar un tipo de meta-noia, que podría ser una meta-noia, en forma de suprapra-conocimiento, supra-saber, una mega-física (meta-física) divina”. Pablo describe ahora los rasgos propis de esta Esta meta-noia pascual, no es un arrepentimiento, ni una conversión moralista, sino una forma distinta, más alta, de conocimiento y ser.
Este cambio no es algo que los hombres hayan alcanzado o inventado por sí mismos, sino algo que Dios ha les querido ofrecer (establecer, proclamar: ἀπαγγέλλει), como anuncio en el sentido de eu-angelion (buena noticia) que aquí se define como “apangelion” (ἀπαγγέλλiει, algo que viene del mismo Dios). Así pasamos de lo que nosotros podemos conocer (vivimos, nos movemos y somos en Dios) a lo que Dios ha querido ofrecernos, darnos a conocer (a todos, en todas partes: τοῖς ἀνθρώποις πάντας πανταχοῦ). Esta es la “buena” noticia que no proviene de nuestro conocimiento, sino del mismo, entendido y manifestado como aquel que da la vida (muere) por los hombres.
- Dios ha establecido para eso un día en el que va a juzgar (κρίνειν =salvar) a la humanidad (οἰκουμένην, ecúmene), en/por justicia (ἐνδικαιοσύνῃ), es decir, por la justicia de Dios, no por la nuestra. Pablo supera de esa forma la visión del “eterno retorno, es decir, de la inmutabilidad eterna de Dios, hablando del “día establecido” (ἔστησεν ἡμέραν).
Según eso, la mística no es el conocimiento de lo eterno de Dios como idea general, sino de su acción salvadora en Cristo. De la eternidad divina (Dios siempre igual) pasamos a la visión del “tiempo de Dios”, que se define como paso de la muerte (del mundo de los muertos: Hades, sheol) a la vida de Dios que se encarne en la muerte de los hombres, para superarla con su amor. Hay, según eso, un “pasado” (=tiempo de agnoia, ignorancia), en el que podemos decir que vivimos, nos movemos y somos en Dios, pero siempre de igual manera. Pero, contra de eso, conforme a la visión israelita del tiempo, tal como ha sido ratificada por Jesús en la pascua, hay un día especial de Dios, que es el paso de la muerte a la resurrección. Según eso, Dios mismo es una “historia”, una historia en la que nos introducimos los hombres.
- Dios nos ha dado su vida en ser humano en amor a todos los seres humanos (ἐν ἀνδρὶ, que es Cristo, no como varón, de género masculino), sino como ser humano “fortalecido por Dios” y liberado de esa forma de la muerte. Éste es el hombre Jesús a quien Dios ha determinado (definido, elegido: ὥρισεν), resucitándole de los muertos (ἀναστήσας αὐτὸν ἐκ νεκρῶν). Eso significa que Dios entra en la historia de la humanidad, se introduce y realiza en ella su obra o, mejor dicho, que expresa su esencia resucitándole de los muertos.
Esta es la experiencia radical de la mística cristiana, el paso del Dios eterno (pero en forma del eterno retorno en el que vivimos, nos movemos y somos) al Dios que se introduce en la historia de los hombres, muriendo en ellos y con ellos, para así resucitar, esto es, vivir venciendo a la muerte. Así entendida, la resurrección de Jesús (el hombre de Dios) es, ante todo, una experiencia de fe, es decir, de supra-conocimiento.
Por encima de probaciones racionales y de las transformaciones prácticas, la Pascua nos sitúa en aquel lugar privilegiado donde puede realzarse y se realiza la experiencia radical de confianza en las personas, de muerte como entrega de la vida en amor y de resurrección: Dios es la vida que se entrega y comparte en amor, es la resurrección de las muerte. La fe pascual se identifica según eso con la experiencia y aceptación de la muerte (don, entrega de la vida en amor) como recuperación, es decir, como surgimiento de nueva vida.
Esta experiencia creyente de resurrección es, según eso, una experiencia de amor, interpretado en forma de compromiso a favor de los otros. Frente al poder del egoísmo que lleva al dominio de unos sobre otros, la experiencia pascual de la mística cristiana se expresa y ratifica en el amor a los demás, en la entrega de la vida por ellos, en la experiencia de la resurrección. Esta es la liberación definitiva de la vida humana.
Todas las restantes liberaciones acaban siendo parciales: las transformaciones económicas, las planificaciones sociales, los retornos al instinto, las recuperaciones sexuales... Desde el momento en que el hombre ha atravesado la barrera de la conciencia y se ha descubierto a sí mismo como viviente enautonomía personal, sólo existe una libertad, una mística, que puede liberarla de la opresión, de la violencia y de la muerte.
La experiencia pascual, llevándonos al encuentro interpersonal y a la entrega (comunicación, convivencia de unos en otros, nos sitúa en el lugar donde es posible la esperanza, como meta transformada de la historia. En el oído del hombre moderno están cantando las sirenas de la impotencia heroica y los susurros de un retomo a un tipo de materia en la que no duela la muerte. Pues bien, en contra de eso, la experiencia pascual nos conduce al lugar del sufrimiento de la vida para ofrecemos allí, en utopía de transformación histórica, la gran esperanza de la resurrección universal que ha revelado sobre el mundo a través de la victoria del Cristo.
Al situarse en ese campo y reasumiendo los principios de la fe, de la exigencia liberadora y la esperanza, el misterio de la Pascua se convierte en realidad celebrativa, esto es, como canto de victoria de la fe sobre la desconfianza mutua, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte.
Pues bien, la plenitud de la experiencia pascual se autentifica y se despliega en gesto de memoria y anticipación celebrativa: allí donde los hombres recuerdan a Jesús, viven su presencia, invocan su llegada y cantan su grandeza, en ritmo de transformación liberadora, puede asegurarse que despunta la aurora de la Pascua.
Frente a todas las sacralizaciones cósmicas que introducen al hombre en la magia de la naturaleza, frente a las fiestas políticas que emborrachan con el vino del gran pueblo o de la masa, frente a la impotencia de quienes se escudan en el aburrimiento de su propio escepticismo, los creyentes de Jesús celebran la experiencia de su Pascua. Éstas son sus tres paradojas:
1. Hay en ella una “primera paradoja” de ruptura y recuperación. La experiencia pascual comienza por llevarnos a la muerte: nos introduce en el campo de la Cruz de Jesús y nos arroja lejos de las fuerzas y poderes de este mundo. Parece que todo ha terminado y que no queda más salida que el anhelo extramundano o el final de la existencia. Pues bien, conduciéndonos al centro de la muerte, ella nos hace llegar hasta las fuentes de la vida: la vivencia de la Pascua se actualiza allí donde se asume el camino de Jesús en fidelidad al misterio, entrega por los otros y esperanza ilimitada.
2. Hay una “segunda paradoja” de gloria y de misión. Parece que el creyente, que ha resucitado con Jesús, ya ha traspasado la barrera del mundo y de la muerte; vive en la gloria de su Dios y goza de ella para siempre. Pues bien, por la misma fuerza de la Pascua, ese creyente se descubre enviado hacia los otros, como apóstol de la gloria del Señor y testigo de su triunfo entre los hombres.
3. Hay, finalmente, una “tercera paradoja” de comunión de vida de Dios en los hombres. Pudiera parecer que la Pascua nos saca de la tierra y nos conduce al misterio de un Dios supramundano. Pues bien, en ese mismo movimiento descubrimos que es Dios el que nos abre hacia lo humano. La Pascua se desvela de esta forma como un «camino de humanización», en la línea de las primeras palabras del Génesis: en el principio creó Dios a los hombres del barro de la tierra; en la culminación de los tiempos ha querido recrearlos de la vida y de la sar1gre de Jesús resucitado.
Nota biográfica. Xabier Pikaza Ibarrondo, ha sido profesor de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Entre sus trabajos, de carácter exegético y dogmático su Diccionario de la Biblia, Estella 2017