12.7.26. Dom 15 TO (Mt 13, 1-23). Somos Palabra (=Parábola, Semilla) de Dios, Magnifica Humanidad

 Esta es la misión  de Dios, como ha dicho LEÓN XIV en Magnifica Humanidad. Ciertamente, él ha “advertido” también a los obispos de Alemania que la homilía de Misa Mayor de domingo es cosa de clérigos ordenados no de mujeres. Pero esa “advertencia” se refiere a la Misa Mayor de Clérigos varones, no a las misas-misas  de mujeres y varones, judíos y gentiles, mayores y menores (Gálatas 3, 28),  como dice el evangelio de hoy, que voy a comentar en dos partes  (1) Presentación general. (2) Profundización bíblica.

    Empiece leyendo  el interesado el texto de la Biblia (Mt 13). Siga ojeando mi presentación general. Quien siga teniendo interés y paciencia vaya mir  profundización bíblica. Buen domingo a todos.

PRESENTACIÓN GENERAL.

 Esta es quizá la parábola más significativa del evangelio:  Jesús es sembrador: derrama/regala simiente de humanidad en la tierra de Dios que son los hombres. Dios, por su parte, es la semilla que Jesús ha venido a sembrarJesús no siembra puras palabras externas, ni virtudes morales, ni ideas o dinero. Jesús ha venido a sembrar a Dios en el surco de nuestra vida. Este es el misterio de la encarnación: Jesús ha venido a sembrar a Dios en nuestra vida.  

Salió el sembrador a sembrar... (Mt 13, 3). El texto de Mateo está construido en forma de tríptico, lo mismo que el de Mc (4, 13-20): entre la parábola ya alegorizada (13, 3-9) y su explicación (13, 18-23) se ha incluido la teoría sobre la enseñanza en parábolas (13, 10-17).

Esta parábola forma el centro del mensaje que Mateo ha tomado de Mc, definiendo, de algún modo, eso que pudiéramos llamar la esencia parabólica del cristianismo. Entendida así, la parábola no es un simple modo de hablar, un recurso literario, sino la misma verdad del evangelio, entendido como apertura del hombre a la palabra, es decir, a la comunicación (a la escucha y despliegue de la semilla).

Es como si hasta ahora no se hubiera expandido en plenitud la Palabra/Semilla, como si estuviera escondida o reprimida entre nosotros. Ahora podemos escuchar la Palabra, acogerla y dejar que fructifique.

Para entender el texto debemos situarnos en el principio de la Bibliallí donde Gen 2-3 ofrecía al ser humano la posibilidad de comer de todos los frutos de la tierra. El mismo Dios había sembrado en el jardín todos los árboles; el hombre debía cultivarlos, comiendo de sus frutos, aunque sin hacerse dueño del conocimiento del bien y del mal, es decir, sin dominar a capricho o egoísmo en el jardín. Ahora se nos dice que la siembra de Dios por su Mesías es siembra de Palabra… Jesús nos pone ante el mismo Dios hecho semilla.

 Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

"Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga."

El primer autor de esta parábola ha sido Jesús, que la ha presentado en un momento dado como expresión y sentido de todo su mensaje… dejando quizá en la penumbra la identidad del sembrador y la semilla En su forma actual (tal como aparece en el evangelio de Mateo) el sembrador es sin duda Jesús y la semilla es Dios. El Dios creador del Gen 1 se hace simiente de humanidad en el evangelio.

Esta siembra de Dios la realiza Jesús, sembrando palabra, vida de Dios en  diversos tipos de tierras.  Eso significa que la obra mesiánica ha de entenderse en forma dramática y dialogal, donde influyen una serie de circunstancias. El ser humano vive y actúa dentro de un mundo muy condicionado. En ese mundo ha sembrado Jesús la “siembra” de Dios, arriesgándose a dejar al mismo Dios sin fruto:

1. Pájaros y camino (Mt 13, 4). Jesús extiende la semilla de Dios… Pero él sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, una amenaza para Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado..

2. Pedregal y sol (Mt 13, 5-6). El sol es necesario para que fructifique la semilla, como sabe toda la cultura agraria. Pero allí donde la tierra carece de profundidad y no acoge en hondura las raíces de la planta, por ser pedregosa, en vez de tener profundidad y ofrecer un “humus” (lugar de alimentación y crecimiento para la semilla), viene el sol se convierte en fuego que calcina y quema la planta recién nacida. Dios mismo es semilla, pero si carecemos de profundidad él no puede germinar en nosotros, es como un Dios fracasado..

3. Campo de espinas y abrojos (Mt 13,7). Además de los pájaros del aire y del sol ardiente, la siembra ha de crecer en un lugar de “competencia biológica” (en un contexto de enfrentamientos vitales) donde actúan también otras plantas, que (en sentido externo) pueden ser más poderosas que la misma buena semilla del sembrador: frente a la planta buena de Dios hay otras plantas, que parecen más poderosas y pueden ahogarla. Por eso nos pide Jesús que colaboremos con el Dios simiente.

4. Semilla buena en tierra buena (Mt 13, 8). Aquí se expresa el milagro de la siembra: buena semilla en buena tierra; a pesar de todos los enemigos que pueden actuar y actúan, desde fuera y desde dentro, el sembrador se arriesga, de tal manera que su obra tiene éxito.

Dios lo hace todo, pero lo hace a través de lo que hagamos nosotros. Normalmente pensamos que el mesías puede y debe actuar desde fuera (desde arriba, a modo de rompe y rasga), rompiendo los esquemas y condiciones anteriores de la realidad y de la historia, como si la redención debiera ir en contra de la creación. Pues bien, aquí advertimos que la redención mesiánica (la siembra de Dios) se introduce en las claves de la misma creación, debiendo actuar desde dentro de ella.

 Éste es el mesías de Dios, ésta su semilla: Jesús se arriesga a sembrar en toda tierra, ofreciendo la salvación de Dios a todos los humanos, conforme a la palabra la evocada del Bautista, en contra de Juan que quería que los hombres y mujeres se arrepintieran primero de forma que luz (¡una vez ya bien arrepentidos!) podría venir Dios a Ratificar su obra.

Pero el Dios de Jesús es distinto, él siembra en toda tierra, incluso de caminos, zarzales, pedregales… Desde este fondo se distinguen los hombres precisamente en dos grupos: los que entienden y los que no entienden.

Jesús supone que todos en el fondo pueden recibir y entender, en contra de cierta visión anticristiana que dice que algunos están rechazados de antemano.  

1. Los discípulos entienden (Mt 13,11b y 13, 16-17). Jesús habla a los creyentes mesiánicos a quienes el mismo Dios ha revelado los misterios del reino (13, 11a); por eso, ellos pueden ver y escuchar lo que quisieron y no pudieron ver y escuchar los profetas y justos de los tiempos antiguos (b: 13, 16-17), es decir, la realidad mesiánica. El mesías de Dios se identifica con la verdad de las parábolas…Cristianos son los que entienden y acogen la siembra/parábola de Dios en su vida.

2. Pero hay algunos que miran sin ver…”. La ignorancia mesiánica (b: 13c-15). Son aquellos que, conforme a la palabra de Isaías 6, 9-10 viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden... Esta ignorancia y rechazo es un misterio (como indique en el blog de ayer)… Pero, al mismo tiempo, esta ignorancia y rechazo proviene del deseo de “manejar” a Dios, de lo dejar que actúe su semilla sino sólo la nuestra.

   Enemigos de la siembra, negadores de la Palabra (Mt 13, 18-23).

1. Hombres de camino seco (13, 19), de encefalograma plano, un cerebro sin hondura un corazón sin relieve, sin capacidad alguna de acoger la palabra. Éste es el hombre que no acoge, no entiende… Deja de ser aquello que es “oyente” de la Palabra, y se convierte en suelo plano donde el “maligno” (el pájaro malo) devora la palabra. Ése es el hombre que no acoge, que no escucha… que no quiere que Dios entre en su vida y fructifique, el hombre vacío, sin intimidad, sin abrir el oído a la palabra interior que puede transformarle.

2. Tribulación, hombres sólo problema (13, 20-21). Estos son los hombres que acogen quizá con alegría, pero con alegría superficial, sin tierra profunda… Son los hombres que son incapaces de resistir la “tentación” de la palabra, su profundidad. En este contexto podemos seguir hablando de los pájaros devoradores de semilla se identifican ahora con el Perverso, que en terminología de Mt es el mismo Diablo (cf. 5, 37.39). Este es un Diablo enemigo de la semilla del reino, que aquí se identifica ya con Palabra. El Mesías de Dios siembra Palabra, que el hombre puede entender (acoger), de manera que ella fructifique; el Diablo, en cambio, aparece devorador de la verdad como pájaro adverso que quiere tener a los humanos sometidos a la oscuridad, sin acceso a la luz que alumbra y libera. Este es, sin duda, un Diablo interno, vinculado a la propia negativa del hombre, que prefiere rechazar la Palabra de la comprensión, quedando a merced de su propia superficialidad, en medio de un mundo conflictivo donde no puede ni quiere oponerse a los males que le amenazan.

3. Hombres ricos de si mismos, vendidos al dinero (13, 22). Las espinas de la parábola aparecen ahora como expresión de los cuidados de la vida y el ansia de dinero, que perturba al humano, haciéndole esclavo de las preocupaciones de su entorno social, incapaz de dialogar en humanidad, a partir de la Palabra: así queda el humano, a merced de su propia conflictividad social y monetaria. Aquí aparece el “diablo monetario”: Frente a la siembra de Dios emerge el dinero, el deseo inmediato de poseer cosas (bienes, dinero), pensando que sólo ellas me salvan.

4. Hombres  buena tierra (13,23). El Mesías de Dios, sembrador de la Palabra, no puede actuar, sino donde los humanos le reciben, es decir, allí donde encuentra una tierra preparada. Es mesías de diálogo, no de la imposición o dictadura externa.

La parábola (13, 3-9) ha venido a convertirse así en una alegoría mesiánica de la palabra. El evangelio nos sitúa en el lugar del paraíso, allí donde Dios mismo ofreció a los humanos todos los frutos de los árboles, para comer de ellos y saciarse, menos el fruto del conocimiento del bien y del mal (cf. Gen 2-3). Pues bien, aquel paraíso de árboles frutales se ha venido a convertir en un sembrado, donde colaboran el Mesías (sembrador) y los humanos que están simbolizados por las diversas situaciones de la tierra.

Quizá el aspecto más significativo de la explicación de la parábola sea la identificación del Diablo (del Perverso) como enemigo de la Palabra. Este no es un Diablo-Dragón, que actúa en formas míticas, amenazando por fuera al humano, sino un Diablo Antipalabra, al que podemos identificar con la misma perversión de la humanidad, que no acepta el don de la Palabra, que se encierra en sí misma.

Avanzando en esa línea, tenemos que destacar la debilidad de la Palabra, expuesta a la persecución y al rechazo (en tema que ha destacado Jn 1, 1-18). Por eso habla Mt 13, 21 de la tribulación y persecución que brota de la misma Palabra, vinculada al Mesías de Dios, amenazada por el diablo. Así podemos presentar la gran paradoja mesiánica:

1. Valor y riesgo de la Palabra. Toda la explicación de la parábola se centra en el valor de la Palabra, que dialoga en humildad, introduciéndose en la tierra. Quien acepta la lógica de la palabra tiene que ahondar en el camino, profundizar en el terreno (más allá del puro pedregal), superar el riesgo de las espinas, en gesto de diálogo abierto al don del Cristo.

2. Persecución por la Palabra. El riesgo mayor de la Palabra es su propia indefensión: ella no se puede imponer por la fuerza, sino que deja al humano en manos del despliegue de su propia vida, pero a merced de las tribulaciones y persecuciones que vienen de fuera, a merced de sus propias preocupaciones interiores. La Palabra no persigue: ilumina y profundiza, ofrece plenitud a los humanos. Por el contrario, el Diablo, enemigo de la Palabra, eleva contra aquellos que la acogen y cultivan el riesgo de la persecución, su propia dictadura interior.

3. Ansia del dinero… Este es último de los males, el deseo de asegurar la vida en la posesión de bienes, pensando que sólo el “capital” puede salvarnos. Frente a eso, la parábola sabe que el hombre está hecho para Dios, de manera que sólo la siembre de su palabra puede saciarle.

Conclusión:

Jesús ha venido a sembrar en nosotros la palabra de Dios, es decir, a sembrar a Dios en nuestra vida… Y nosotros, en general, preferimos vivir sin esa siembra, en la línea de una tierra plano, sin asumir el riesgo y el gozo de la vida, esclavos del dinero.

PROFUNDIZACIÓN (TEORÍA DE LAS PARÁBOLAS).

El “milagro” mayor  de Jesús, profeta escatológico, consiste en haber proclamado la presencia creadora de Dios en forma de parábola-palabra sobre el mundo. Otros profetas entendieron la presencia de Dios en términos de juicio final (Juan Bautista) o como fuerza que se impone externamente, en actitud violenta (Teudas, el Egipcio). Jesús ha interpretado la presencia de Dios como palabra que penetra al interior de las personas y así, de una manera personal, puede cambiarlas.

    Desde esta perspectiva  se superan o quedan ya en penumbra otras imágenes de Dios: el todo cósmico (paganos), la misma ley del pacto (israelitas). De esa forma quedan unidos para siempre Dios y el hombre. Esto es lo que indica para siempre la parábola:

Salió a sembrar el sembrador y sucedió que la semilla cayó en parte en el camino; y vinieron los pájaros del cielo y la comieron. Cayó en parte en pedregal... Pero cayó también en tierra buena y dio su fruto... El sembrador siembra la palabra (Me 4, 3-8.14; Mt 13)

  Jesús era mensajero del reino de Dios para a los hombres   (cf. Mc 1, 14-15; Le 14, 15-22). Ahora podemos dar un paso más, le descubrimos como sembrador (cf. Mc 4, 3-9; Mt 13) que va introduciendo la palabra, que es semilla de Dios, hasta la entraña de la historia. No permite que los hombres sigan olvidados: no les aban­ dona ni tampoco les impone por la fuerza su exigencia. A todos les ofrece la palabra, como germen de reino, esperando que ella dé su fruto[1].

Sócrates, personificación de la sabiduría de este mundo, pensaba que en el mismo corazón del hombre está escondida de antemano la palabra: la siembra estaba realizada desde siempre; por eso la función del pedagogo o buen mayeuta, consistía en ayudar a los hombres para que dieran a luz rectamente aquello que habían concebido ya por dentro.

Jesús, en cambio, sabe que el hombre por sí mismo no es matriz original de la palabra. Empieza siendo oyente: sólo concibe desde aquello que le dicen, como tierra que recibe la semilla.

Por eso, Jesús comienza sembrando la palabra. No teoriza sobre el ser del mundo, no discute las capacidades religiosas de los hombres. Les descubre vacíos e introduce en ellos la semilla de vida de Dios Padre. La verdad no es algo que nosotros poseemos desde siempre, ni tampoco es resultado de un proceso cósmico de tipo impositivo. Dios nos ha creado de tal forma que sólo dialogando con él y recibiendo la semilla realizamos plenamente la existencia.

Jesús no se limita a sembrar; él comienza preparando el campo de la siembra. Ciertamente, la semilla pertenece a otro nivel (viene de Dios) pero sólo fructifica si es que el hombre al recibirla sabe y quiere superar el plano de apetencias inmediatas donde impera la riqueza, el miedo, la violencia de Satán (cf. Me 4, 13-20).

La acción de Dios y la respuesta humana van entrelazadas: la semilla de Jesús sólo consigue dar su fruto allí donde se escucha humanamente y se responde con la vida. La semilla pertenece a Dios, el campo es de los hombres. Dios no quiere violentar, no obra por fuerza. Por eso siembra en forma de palabra y sólo a través de ella se expresa entre los hombres. En este nivel viene a realizarse aquello que podríamos llamar la mutación definitiva de la historia.

El  hombre ha realizado hasta ahora su evolución en plano de lucha y competencia: todo se realiza en forma de batalla por la vida y triunfan los grupos e individuos que se encuentran mejor dotados, aquellos que consiguen dominar sobre los otros. Pues bien, llegando a Jesús podemos afirmar: el hombre se realiza a partir de la palabra y se despliega solamente como gracia[2].

Las parábolas de Jesús tienen función desencadenante. No se limitan a declarar algo que existe previamente sino que lo realiza y de esa forma pone en marcha el acontecimiento del reino. Son palabra de ruptura; capacitan para descubrir y realizar lo que antes no existía. Dios ya no se impone a través de una palabra que parece suscitar la vida desde fuera (cf. Gen 1, 3.6 etc.).                       Dios siembra su palabra en el corazón del hombre, esperando una respuesta. Por eso, la predicación de Jesús es mucho más que una sencilla llamada moralista, dirigida al cambio de conducta; ella es un elemento fundamental, más aún, es centro y culminación de la obra creadora de Dios.

Jesús vive inmerso en la palabra de Dios que se venía transmitiendo a través de los profetas. De tal forma la asume que se hace (es) uno con ella. Por eso, al proclamarla no habla de lo externo, como los rabinos; no transmite un encargo que le han dado, como los profetas10• Hablando a partir de sí mismo,

Jesús habla desde Dios, como Dios en persona, en el corazón de los hombres: desaparece la lejanía infranqueable entre Dios y los; Dios se revela en ellos, les habla al corazón, despierta lo divino que hay en ellos.

 Don y camino de Dios. Parábolas del reino[3]

Praxis y teoría no se contraponen a la luz del evangelio de Jesús. Estaban llenas de teoría sus acciones. Grávidas de praxis aparecen sus palabras. En el lugar donde, al surgir el reino, se entrecruzan gestos y palabras va mostrándose Jesús en su verdad como sembrador de símbolo, creador de vida, a través de la palabra. Su misma función de mensajero del reino le ha llevado a inventar un nuevo tipo de lenguaje: desde el campo de signos y esperanzas que trazaron los profetas de su pueblo ha presentado el mis­terio de Dios en forma de parábola: El pensamiento humano es una parábola de Dios.

En el fondo de las parábolas concretas está la parábola en cuanto tal, ese lenguaje que Jesús ha ido tejiendo al proclamar el reino entre los hombres.

Contando su parábola de Dios, Jesús nos ha enseñado a pensar y vivir en parábolas de amor ¿Por qué utiliza ese lenguaje? ¿Por qué el mismo Jesús ha terminado apareciendo por la pascua como parábola de Dios en forma humana?15. Estas son las preguntas que se encuentran al fondo de todo lo que sigue.

Jesús no ha construido alegorías de carácter escolar. Ellas suponen que las cosas más profundas de la vida pueden expresarse de manera adecuada en un lenguaje de tipo racionalista.   Pues bien, en contra de eso, la parábola es mucho más que un recurso didáctico. No es una escalera que se emplea hasta subir a la teoría para luego abandonarla. Lo que dicen las parábolas no puede decirse de otra forma, no se puede traducir a otro lenguaje; hay que entenderlo como está, en hondura parabólica.

Esto lo sabía ya Platón cuando, en el centro de sus temas, corta el hilo discursivo y cuenta un mito: las almas caen, pasan sombras al final de la caverna, va subiendo el Eros a la altura... En el límite del mismo pensamiento, cuando el logos ha llegado a su frontera, es necesario otro lenguaje: la riqueza de la vida emerge en paradoja y símbolo.

 Platón ha reflejado en el mito una verdad universal que permanece siempre al fondo de los hombres y las cosas, el nivel de la ideas primigenias, lo divino. Valiéndose del mito, cada hombre está llamado a descubrir la dimensión fundante de su vida, recorriendo un proceso que le lleva a su raíz en lo divino. Por el contrario, Jesús transmite en sus parábolas un hecho: no se ocupa de aquello que enel fondo ocurre siempre; anuncia un nuevo don de vida que emerge y se realiza ahora, por el reino[4].

Tejiendo la belleza de sus mitos, Platón ha utilizado el lenguaje más hermoso que le ofrece el paganismo y su visión sacral del cosmos. Jesús, por el contrario, continúa la tradición espiritual del AT con todo lo que implica de presencia transcendente e irrupción personal de Dios en nuestra historia.

Por eso, las parábolas no evocan lo cósmico­ sagrado sino al Dios que, siendo totalmente libre y dueño de sí mismo, ha decidido revelarse culminando la existencia de los hombres. Jesús no ha pretendido descubrimos simplemente lo que somos, como pren­ tendía el socratismo de Platón. Intenta regalar y crear lo que seremos. Por eso, las parábolas no evocan una hondura de existencia que subyace desde siempre en nuestra vida. Ellas proclaman el nuevo acontecer del reino: Dios se manifiesta como fuerza creadora de amor para los hombres. Sólo así se hace palabra y va ofreciéndola a los hombres como espacio libre de existencia.

El lenguaje de Dios no es una ley del cosmos que termina esclavizando al hombre. Tampoco es una verdad abstracta, siempre inalcanzable. Lenguaje de Dios es la palabra superior que nos penetra en forma de semilla, haciéndonos capaces de dar un fruto nuevo. No avasalla, ni impone silencio, sino queregala su riqueza, abre un espacio para el diálogo y espera. Todos los esquemas del mundo se transforman a partir de de nuestro lenguaje y pensamiento como parábola de Dios, que  irrumpe desde el corazón de nuestra vida, en todas las cosas, no es un elemento de la gran razón del cosmos sino que lo desborda y fundamenta, haciendo a los hombres capaces de realizarse como humanos, en responsabilidad, en gracia

Desde aquí se entiende la plena cercanía y la absoluta extrañeza del lenguaje parabólico. Por un lado, las parábolas nos hablan en lenguaje común de aquellas cosas que suceden cada día: extiende su semilla el sembrador, recoge el pastor sus ovejas, el pescador echa sus redes, la mujer amasa el pan, el propietario ajusta jornaleros... El reino de Dios ha penetrado según eso hasta la vida ordinaria de la tierra. No tenemos que buscarlo en un lejano y deslumbrante porvenir de juicio. Tampoco se ha escondido en extraños privilegios de unos pocos pensadores o santos del misterio. El reino, lo más grande, hay que encontrarlo entre los gestos y trabajos más normales de la vida. Se halla en medio de nosotros (Le 17, 21). Eso significa que el tiempo escatológico ha llegado y en lugar de destruir el mundo, como suponía Juan Bautista, lo transforma en mundo nuevo. Este es el mensaje de Jesús, como meta de todo el judaísmo.

Pero, al mismo tiempo, el reino sigue siendo extraño, distinto, la nueva humanidad de Dios. Es presencia de Dios y no simplemente una nueva forma de vida de este mundo. Por eso, al interior de las parábolas emerge siempre lo distinto. De pronto la trama del discurso quiebra y en el centro de las cosas más sencillas brota lo absolutamente inesperado: algo que choca, hace pensar y nos sitúa en otro espacio de llamada y exigencia.

El patrono paga igual trabajo largo y corto esfuerzo (Mt 20, 1-15), el labrador deja que sigan creciendo bien cercana trigo y cizaña (Mt 13, 24-30), un comerciante astuto vende su negocio (¿de qué vive?) para dedicarse a contemplar la hermosa margarita (Mt 13, 45), salta de gozo el padre cuando vuelve el hijo que ha dilapidado su fortuna y ni siquiera le plantea la exigencia de un cambio de conducta (Le 15, 11-32) etc. Todas las parábolas contienen un rasgo de extrañeza. Penetramos en ellas y parece que este mundo pierde su razón antigua: surge desde Dios otra medida, un modo diferente de entender las cosas[5]

La novedad de las parábolas se encuentra precisamente allí donde se cruzan esos rasgos. Por un lado todo es normal, es absolutamente normal. Seguimos en el centro de un mundo que padece, sueña, se preocupa. Es nuestro mundo y se convierte en ámbito de reino: viene en la plena secularidad del trabajo y de la vida.

No convoca Dios sólo a los sabios y prudentes. No se ha reservado a los perfectos de la tierra. A todos hace que llegue su llamada (cf. Mt 11, 25). Pero, al mismo tiempo, se presenta como radicalmente distinto: quiebra los niveles de acción y pensamiento, de justicia y verdad de nuestra tierra. En lo más normal del mundo ha descubierto Jesús lo más extraño y más divino. Por eso es maestro sabio, tejedor de parábolas.

Las parábolas comienzan ofreciendo el don de Dios como expresión de gracia y nacimiento. Sobre un mundo que parece dominado por la muerte, entre dolor e imposición, ellas proclaman el principio de lavida como gracia. En ese aspecto, las parábolas resultan creadoras. Hablan de la siembra de Dios en una tierra desigual y dividida (Me 4, 3-8). Es siembra que arraiga y germina, aunque en su entorno todo parezca dormido (Me 4, 26-29). La semilla es diminuta, grano muy pequeño, en medio de las grandes apariencias de la tierra; sin embargo, ella vendrá a manifestarse en su grandeza como un árbol donde todos los pájaros del cielo hacen su nido (Me 4, 30-32).

Este impulso de Dios rompe los esquemas de imposición-antítesis, de justicia-pecado, de mérito-trabajo de la historia. Sobre un mundo dominado por la urgencia de de un dinero material o virtual, en el que todo se valora con medidas de poder y competencia, las parábolas revelan y suscitan un nivel de realidad más alto donde no hay otra medida que la gracia. En ese plano gracia, perdón y realidad se identifican: Dios busca a la oveja perdida (Mt 18, 12-13), recibe al mal hijo (Le 15, 11-32), perdona al deudor incapaz de pagarle (Mt 18, 23-24); su reino es levadura de gracia y esperanza introducida en nuestra vieja masa pe­ cadora (cf. Mt 13, 33). Han cesado los esquemas de mérito y salario (cf. Mt 20, 1-15): nos ofrece un tesoro superior (Mt 13, 44-45), nos confían un talento que nunca merecemos (Mt 25, 14-30).

Ante ese Dios de amor estallan los esquemas de equilibrio legalista. Ciertamente, los judíos de entonces sabían que Dios es transcendente y aceptaban su alianza como signo de elección gratuita2º. Sin embargo, el mismo esquema del pacto les llevaba a interpretarle en términos de ley interhumana: conocen su llamada, preparan su respuesta y pueden calcular sus reacciones.

Jesús recuerda que Dios es diferente: no podemos medirle en nuestra leyes. Eso lo aceptaban también los israelitas. Sin embargo, Jesús ha deducido de aquí dos consecuencias  fundamentales

1) Dios no es transcendencia de poder sino de gracia. No está arriba por mandar sino porque renuncia a todo mando y así, en gesto de don, suscita vida y vuelve a suscitarla por perdón allí donde esa vida parece que se empeña en destruirse. Sólo porque es pura gratuidad ha renunciado Dios a la violencia; renuncia a dominar, no ha de imponerse sobre nadie. Es Dios, no ha de esforzarse en demostrarlo.

2) Por eso puede perdonar y ofrece a todos camino para el reino. Más allá de una forma de experiencia de Israel, que tiende a interpretar a Dios en términos de ley, Jesús anuncia la venida de un Dios «suprapactual»: supera el pacto por gracia y no por fuerza; no para imponer su voluntad sino para salvar a todos con su gracia. Así lo ha señalado Jesús al dirigirse a los perdidos de su pueblo. Por eso, los que sólo conocían a Dios en gesto de talión -premio y castigo-, en la línea de la ley israelita, sienten que se pierde su principio de orientación[6].

Sólo desde aquí puede entenderse la exigencia o nuevo camino que suscitan las parábolas. La misma gracia actúa dentro de los hombres de manera que ellos pueden ser-vivir de manera diferente. No es que el don -¡todo te lo he dado!- condicione luego una exigencia: ¡tienes que vivir agradecido, debes responderme! Ese modelo seguiría en ámbito de pacto de talión. Si una vez por todas Dios ofrece en gracia la existencia no es para pedir después las cuentas. Lo que hace es más gratuito y más comprometido: nos regala su semilla y levadura a fin de que podamos ser autónomos. No busca su posible honor.

Dios quiere nuestra vida. ama de tal manera que nosotros podemos resultar dueños de su gracia y realicemos así nuestra existencia. Muchas veces se regala un don con intenciones de dominio.   Pues bien, en contra de eso, el Dios de las parábolas regala sin deseo de dominio: sólo quiere que los hombres sean, se realicen. Su don se vuelve así principio de existencia independiente. Por eso, quien recibe la semilla ha de cuidar la tierra (Me 4, 20 par), y vende lo que tiene el que ha encontrado el gran tesoro (Mt 13, 44-45). El invitado pospone sus tareas ordinarias (Le 14, 16-24) y trabaja con afán aquel que ha recibido los talentos (Mt 25, 14-30). ¿Por qué? ¿Por obligación? ¿Porque así lo exige Dios desde su altura? ¡De ninguna forma! El don de Dios fue pura gracia. Pero es gracia que despierta y estimula para realizarnos como autó­ nomos y libres.

Por eso, las parábolas se entienden sólo en la medida en que vivimos dentro de ellas. Así lo ha comprendido el evangelio. Quien pretenda dominarlas desde fuera es como sordo (ciego): sólo escucha palabras sin sentido2 Las parábolas no ofrecen un lenguaje objetivista que se pueda comprender de una manera neutral, dominadora. Son como llamada de madre que, acogida por el niño, va haciéndole nacer al amor y la palabra. Son como palabra de amigo que, escuchada por amigo, siembra vida y existencia. No son lenguaje informativo sino creativo. Por eso, sólo se comprenden si uno vive dentro de ellas[7].

Las parábolas se entienden en contexto de acogida gratuita y compromiso. Situadas a otro plano se convierten en ingenio artificioso o juego literario. Sólo quien penetra en ellas sabe lo que implican: descubre el don de la existencia y lo recibe agradecido, lo despliega como gracia. Por eso, las parábolas no cierran en sí mismas. No se dicen desde fuera, ni se prueban por razón universal o a golpe de decreto. Las parábolas se cuentan y sólo manifiestan su verdad en la medida en que el oyente las acoge y las despliega con su vida. Por eso, su lenguaje presupone libertad: no se impone ni recibe de manera obligatoria. Lo que importa es el contarlas, permitiendo que los hom­ bres se introduzcan en el campo de verdad que ellas proclaman y suscitan. Dios no se ha querido revelar por un lenguaje de poder, utilizando lógicas de fuerza; ha suscitado un mundo de parábolas y deja que los hombres nazcan por ellas a su propia libertad y desplieguen así su propia vida. Lógicamente, la solución de las parábolas depende del oyente.

Ellas no están resueltas de antemano, de manera que se escuchan y se dejan luego a un lado. Solamente las resuelve el conjunto de la vida: caminamos con ellas o, mejor, ellas caminan con nosotros, de manera que somos hasta el final tierra de siembra, comerciante en perlas finas, oveja buscada, hijo esperado, obreros de la viña... Jesús nos introduce en ese campo de verdad que Dios ha revelado a través de sus parábolas; allá encontramos lugar para entender nuestra exis­ tencia, allí podemos realizarla25.

Hay un dato más. Las parábolas se expresan como campo de contraste. La pura gratuidad de Dios, donde coinciden todos los hom­ bres como hermanos, puede presentarse como fuente de ruptura. Han cesado las razones de la lucha antigua. Por eso, la violencia nueva, cuando surja, será definitiva. Recordemos los motivos. Vuelve el menor a la casa que es por siempre casa de acogida; si el hermano mayor le rechaza viene a quedar fuera (Le 15, 11-32).

Aquel que no perdona no quiere ser perdonado (Mt 18, 23-34). Queda sin banquete quien se excusa cuando llaman al banquete (Le 14, 16-24) y sin viña el que se niega a presentar sus frutos (Me 12, 1-9). Se destruye el que no quiere negociar con sus talentos (cf. Mt 25, 14-30) lo mismo que el que dejaque se acabe el aceite de su alcuza (Mt 25, 1-12). La siembra de Dios es fundamento de vida y exigencia para el hombre (Me 4, 3-8)

Solo en este fondo se entiende la palabra sobre el juicio. Antes había división interhumana, ocultamiento de Dios o violencia temporal en el camino de la historia. Con su perdón universal, Jesús transforma el campo de pecado en ámbito de gracia. Sólo allí donde la gracia es plena y Dios se manifiesta radicalmente divino viene a ser posible el gran rechazo.

Dios ya no impondrá su corrección por fuerza, ni será violento, ni tampoco vengativo con los hombres que no le obedecieron. Simplemente expresará la hondura de su gracia, respetando hasta el final el gesto de aquellos que quisieron rechazarle. Por eso, el que prefiera la ley de su violencia encontrará al final su propia violencia antidivina. No habrá sido Dios razón de su rechazo; el mismo condenado se hace juez de su condena.

Antes que Dios se desvelara como pura gracia no existía una condena final para los hombres; si ellos no podían savarse en Dios tampoco podía condenarse. Sólo había enfrentamientos parciales y un proceso donde el mismo Dios aparecía muchas veces con matices de violencia. Sólo ahora, el gran desvelamiento gratuito, creador y sin violencia de Dios hace posible un campo de rechazo radical para los hombres. Allí donde la gracia es plena y la luz definitiva puede haber personas que prefieran su “justicia” oscura: dedicados a su propia idolatría, rechazando a sus hermanos, ellos mismos tejen su condena, no «a causa» de Dios sino «a pesar» del Dios de gracia.

Dentro del lenguaje parabólico, especialmente en los pasajes que han sido retocados por la apocalíptica cristiana (cf. Mt 22, 1-13; 25, 1-46; Le 16, 19-31), puede parecer que es Dios (o Cristo) el que condena, en actitud airada y rostro de violencia. Sin embargo, en el contexto que venimos resaltando es evidente que el motivo de condena pertenece al hombre. No es que en Dios hubiera una derecha y una izquierda preparadas neutralmente para recibir a las ovejas y a las cabras. Ciertamente, esa palabra pertenece al evangelio (Mt 25, 31- 46; cf. 13, 36-43), pero debe interpretarse partiendo de otra imagen precedente: el Buen Pastor ha buscado salvación para todos los perdidos (Mt 18, 10-14). En el camino de Dios en cuanto tal sólo existe la derecha del amor y de la gracia; la condena será «cosa» de los hombres[8].

En cuanto tal, la parábola no puede responder en nuestro nombre. Ella no condena, simplemente avisa que nos podemos condenar­ nos. El cielo de Dios no sería posible si nosotros, libremente, no pudiéramos escoger aquella forma de condena que más no apetece28.

La parábola nos lleva hasta el lugar donde la vida alcanza hondura de creación y gracia. El hombre queda conformado por el reino de tal forma que el reino se convierte en fundamento de su vida y de sus obras. Así, el hermano mayor ha de actuar con la misma gratuidad y perdón del padre (cf. Le 15, 11-32), ofreciendo morada y vida al más pequeño.

Sólo es prójimo, es decir, miembro de la nueva humanidad de Dios, el que se porta como buen samaritano, ayudando a quien está necesitado (Le 10, 30-35). Recibe perdón de Dios quien como Dios perdona (Mt 18, 23-34). El reino se introduce en la existencia de los hombres de tal forma que ellos pueden vivir ya desde ahora en lo divino: dejan que Dios mismo se exprese en su existencia o rompen la existencia al convertirse en lugar de imposición, rechazo de la gracia. En este aspecto las parábolas son claras: no amenazan con ningún tipo de infierno que venga desde fuera. Ellas avisan: cada cual recibirá el cielo de Dios o encontrará el infierno que haya preferido.

Esto nos sitúa ya en un plano cristológico. Las parábolas ofrecen un primer nivel de cristología contextual, determinada por el ámbito de vida (Sitz im Leben) donde se sitúan. Jesús no presentaba su dis­ curso de manera general, como enseñanza válida por siempre.

Muchas parábolas brotaban de su forma de acoger a los proscritos de Israel o eran defensa frente a sus acusadores. Por eso, conociendo el lugar que ellas ocupan en la vida y enseñanza, enfrentamiento y muerte de Jesús se entienden de manera más perfecta.

Sin embargo, muchas veces es difícil fijar con precisión ese trasfondo. Además, por su mismo contenido, las parábolas reflejan un espacio de visión más amplio: la vida de Jesús en su conjunto. Por eso, ellas enmarcan una especie de cristología implícita que sólo se va desarrollando a medida que el camino de Jesús se concretiza.

- Las parábolas no son textos cerrados. No se pueden entender desde fuera del campo de diálogo y encuentro que Jesús suscita con su vida. Tampoco son verdad abstracta válida en sí misma. Son verdad porque el mismo Dios se ha vuelto por medio de Jesús una parábola: palabra de llamada, invitación que se dirige a todos sobre el mundo. Por eso, las parábolas sólo se comprenden hasta el fin al situarse en un espacio de cristología explícita. En ella se completan estas dos vías de influjo:a) las parábolas alumbran la vida de Jesús, formando una primera enseñanza cristológica; b) la vida de Jesús da cuerpo a las parábolas, ofreciéndoles sentido y fondo de verdad definitiva.

- Las parábolas alumbran la vida de Jesús. En ellas queda suficientemente delineada la visión que Jesús tiene de su vida y de su obra mesiánica en el mundo. Así lo señalamos al mostrarle como mensajero que invita al banquete y como sembrador que extiende la semilla (Le 14, 16-24; Me 4, 3-8). Lo indicaremos después al presentarle como el «hijo» que rechazan los renteros homicidas (Me 12, 1-9). De una forma u otra todas las parábolas tratan de Jesús y le interpretan como aquel que hace presente a Dios sobre la tierra.

Pero, al mismo tiempo, hay que decir que Jesús da cuerpo a las parábolas. Cuerpo significa concreción y contenido. En el final de todas ellas queda Jesús que las sustenta y hace verdaderas. Sin Jesús ellas retornan al campo de las fábulas y mitos, como expresión de lo que siendo eternamente verdadero nunca acaba por ser verdad del todo. Esto lo saben muy bien los narradores de los evangelios cuando han presentado la vida de Jesús como parábola: toda esa vida está cargada de rico simbolismo, especialmente en los relatos de pasión y pascua. Ellos saben que esa vida pertenece al misterio de Dios y así la cuentan, con inmenso respeto, con belleza y dramatismo, dejando que los hechos hablen por sí mismos.

- Jesús, tejedor de parábolas, ha terminado concentrándose en la elaboración de su propia parábola. No escribe discursos o libros pero siembra el mundo de parábolas que siguen inquietando, iluminando,    transformando. Al final queda su vida como gran parábola. No la cuenta: la realiza, en el centro de aquellos que le niegan, le condenan, le lloran o le matan. Cuando lleguemos a la muerte de Jesús viviremos con la Iglesia, la parábola del Hijo de Dios que ha realizado su vida como revelación definitiva del misterio (cf. Heb 1, 1-3; Jn 1, 1-18).

Notas 

[1] Cf.  J. P. Meier, Law and history in Mathew's Gospel, AnBib 71, Roma 1976; R. Banks, Jesus and the Law in the Synoptic Tradition, Cambridge 1975; K. Berger, Die Gesetzesauslegung Jesu, Neukirchen 1972.  A. M. Dubarle, Los sabios de Israel, Madrid 1958; G. von Rad, La sabiduría en Israel, Madrid 1973; D. F. Morgan Wisdom in the OT Tradition, Oxford 1981.  En perspectiva judeohelenista cf. B. L. Mack, Logos und Sophia. Untersu­ chungen zur Weisheitstheologie im hellenistischen Judentum, SUNT 10, Gottingen 1973. Para un estudio de la relación entre Jesús y la sabiduría en la tradición cristiana cf. F. Christ, Jesus Sophia: Die Sophia-Christologie bei den Synoptikern, Zürich 1970; M. J. Suggs, Wisdom, Christology and Law in Matthew's Gospel, Cambridge Mass. 1970. Sobre la parabola de la siembra:  X. Léon-Dufour, La parabole du semeur, en Études de Évangile, París 1965,255-301; N. Perrin, Rediscovering the Teaching of Jesus, London 1967, 155-159; B. Gerhardsson, The parable of the Sower and its interpretation, NTS 14 (1967-1968) 165- 193; J. D. Crossan, The Seed Parables of Jesus: JBL 92 (1973) 244-266.

[2] Cf. K. Rahner, Oyente de la palabra, Barcelona 1967. A. Torres Queiruga, A revelacion como maieutica histórica, Santiago de C. 1983.

[3]   Como bibliografía general cf. T. Aurelio, Disclosures in den Gleichnissen Jesu. Eine Anwendung der Disclosure-Theory von l. T. Ramsay, der modernen Metaphorik und der Theorie der Sprechakte auf die Gleichnisse Jesu, Frankfurt 1977; J. D. Crossan, In Parables. The challenge of the historical Jesus, New York 1973 . Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1970; G. V. Jones, The Art and Truth of the Parables, London 1964; A. Jülicher, Die Gleichnisreden Jesu I, Freiburg 1899; II, Tübingen 1910; E. Kahlefeld, Parábolas y ejemplos del Evangelio, Estella 1967; W. S. Kissinger, The Parables of Jesus. A history of lnterpretation and Bibliography, London 1979;   E. Linnemann, Gleichnisse Jesu. Einführung und Auslegung, Gottingen 1978; T. W. Manson, Teaching, 45-81; S. McFague, Speaking in Parables. A Study in Metaphor and Theology, Philadelphia 1975; N. Perrin, Rediscovering the teaching of Jesus, London 1967; Id., Jesus and the Language of the Kingdom. Symbol and Metapher in NT lnterpretation, Philadelphia 1976; M. Petzoldt, Gleichnisse Jesu und christliche Dogmatik, Gottingen 1984; E. Schillebeeckx, Jesús, 141-156; M. A. Tolbert, Perspectives on the Parables. An approach to Mu/tiple lnterpretation, Philadelphia 1979; D. O. Via Jr., The Parables. Their Literary and Exis­ tencial Dimension, Philadelphia 1967; A. N. Wilder, Jesus' Parables and the War of Myths. Essays on Imagination in the Scripture, Philadelphia 1982. Cf. B. B. Scott, Jesus, Symbol-Maker for the Kingdom, Philadelphia 1983.

[4] Destaca la profundidad teológica de las parábolas E. Jüngel, Paolo, 171-211; también E. Fuchs, Ermeneutica, Milano 1974, 312-323. Cf A. C. Thiselton, The parables as language-event: sorne comments on Fuch's hermeneutics in the light of linguistic philosophy: SJTh 23 (1970) 437-468.

[5]  Sobre el momento de «extrañeza» de las parábolas de Jesús son fundamentales las observaciones de P. Ricoeur, Le «Royaume» dans les paraba/es de Jésus: ETR 51 (1976) 15-19; Posizione e funzione della metafora ne/ linguaggio biblico, en P. Ricoeur y E. Jüngel, Dire Dio. Per un'ermeneutica del linguaggio religioso, Brescia 1978, 73- 107.

[6]  Las parábolas judías no transmiten una revelación nueva de Dios; explican y actualizan el contenido de la ley. Por el contrario, las parábolas de Jesús transcienden ese plano de ley, ofrecen una revelación nueva y creadora de Dios; por eso hay que entenderlas como acontecimiento creador, en el plano de la gracia. Cf.J. R. Donahue, Jesus as the Parable of God in the Gospel of Mark: Interp 32 (1978) 369- 386; E. Breech, Kingdom of God and the Parables of Jesus: Semeia 12 (1978) 15-40.

[7] Es significativo el hecho de que la novedad del mensaje de Jesús sobre Dios acabe expresándose en forma de parábola, por ejemplo en Le 15, 11-32La tradición ha visto que la ruptura entre cristianos y judíos ha terminado expresándose en torno a la comprensión de las parábolas. Sobre este tema sigue siendo fundamental J. Gnilka, Die Verstockung Israels. Is 6, 9-10 in der Theologie der Synoptiker, München 196l.

[8] He desarrollado el tema en Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, Salamanca 1984. Allí interpretaba 25, 31-46 en clave excesivamente «pactual», destacando (o al menos no matizando) el paralelismo de salvación-condena, derecha-izquierda. Avanzando en aquel mismo camino, y situando el texto a la luz de todo el mensaje de Jesús y del mismo evangelio de Mt habría que matizar aquellas conclusiones: sobre un fundamento universal de salvación, expresada en el anuncio fundante del reino-perdón (cf. Mt 18, 10-14), recibe su sentido la «posibilidad humana» de la condena. Pienso que, dentro de la inmensa bibliografía que ya existe sobre las parábolas, queda todavía un tema sin estudiar a fondo: la relación entre parábola y juicio, es decir, entre parábola y superación del juicio, en un mundo donde todo es gracia, pero los hombres puede (=podrían) rechazarla.  

Curso impartido por PIkaza en UNMINUTO
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