14.5.26. Jueves de Ascensión. Ascensión de Henoc y de Jesús. Estudio comparativo

Comencé ayer un pequeña serie serie de reflexiones sobre la Ascensión, empezando por San Juan de la Cruz: "Vámonos a ver en tu hermosura, al monte y al collado...". Antes de retomar este motivo, en clave actual, quiero ofrecer hoy una reflexión sobre el tema histórico-religioso de la Ascensión, desde una perspectiva apócrifa judía (la de Henoc) y desde una perspectiva canónica cristiana (la de Jesús). Los dos estudios están tomados de X. Pikaza, Gran diccionario bíblico. Buen día a todos.

Los Vigilantes celestes (ángeles custodios), que debían mostrar a los humanos un camino de concordia en su frágil existencia, han pecado, violando a las mujeres, y haciendo pecar a los varones, introduciendo muerte y destrucción en la historia (1 Henoc 6-8). Sufren y claman los oprimidos desde el mundo. Los Arcángeles buenos (Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel) interceden en favor de los sufrientes (1 Hen 9-11). Compadecido del dolor humano, Dios eleva hasta el cielo a Henoc, escriba sabio, para que escuche la palabra de justicia de Dios y proclame su juicio contra los Vigilantes. Esa "ascensión", narrada por el mismo Henoc, servirá de introducción al resto de los temas: la apocalíptica quiere transmitir una "más alta" experiencia de Dios[1]:

         – He aquí que la nube y la niebla me llamaban, el curso estelar y los relámpagos me apresuraban y apremiaban, y los vientos en mi visión me arrebataban raudos, levantándome a toda prisa y llevándome al cielo. Entré hasta acercarme al muro construido con piedras de granizo,     al que rodea una lengua de fuego y comencé a asustarme.... Entré en esta casa que es ardiente como fuego y fría como granizo, donde no hay ningún deleite; y el miedo me obnubiló         y el terror me sobrecogió.Caí de bruces temblando y tuve una visión:

          

– He aquí que había otra casa mayor...  Su suelo era de fuego;         por encima había relámpagos y órbitas astrales; su techo de fuego abrasador.Miré y vi en ella un elevado Trono cuyo aspecto era como de escarcha y tenía en torno a sí un círculo, como sol brillante, y voz de querubines.      Bajo el Trono salían rios de fuego abrasador, de modo que era imposible mirar.          La Grande Gloria esta sentada sobre él, con su túnica más brillante que el sol y más resplandeciente que el granizo, de modo que ninguno de los ángeles podía siquiera entrar en esta casa; y el aspecto del rostro del Glorioso y Excelso no puede verlo tampoco ningún hombre carnal.Fuego abrasador hay en su alrededor, gran fuego se alza ante él,y no hay quien se le acerque de los que hay a su alrededor;miríadas de miríadas hay ante él, pero él no requiere santo consejo.Los Santísimos (ángeles) que están cerca de él no se alejan de día ni de noche, ni se apartan de él. – Permanecí mientras tanto con el vestido sobre el rostro, temblando. Pero el Señor me llamó por su boca y me dijo:-Acércate aquí, Henoc, y escucha mi Santa Palabra.     Me hizo levantar y acercarme hasta la puerta... (1 Hen 14, 8-25)

En el principio de la apocalíptica hay una teofanía: el mismo Dios escondido, misterio supremo, revela su rostro y dirige su voz al vidente. Henoc, escriba sabio de la Escritura esotérica (apocalíptica), ha subido a la altura de Dios y puede revelar su misterio a los lectores. No asciende al Sinaí, como Moisés (Ex 19-34), escriba de la ley común, para recibir la voluntad de Dios, ratificar la alianza y descubrir el modelo celeste del culto de Jerusalén, sino que llega hasta el Trono más alto de Dios, para comprender el sentido de la historia, con el pecado de los ángeles (el castigo que deben sufrir ellos y sus seguidores) y la salvación de los justos.

Según eso, la apocalíptica empieza siendo una confesión de fe en el Dios más alto que dirige la historia. Parecía que abandona a los humanos al poder de Satán, pero no es cierto: ha permitido el mal, deja que el mundo parezca amenazado por las fuerzas de la perversión; pero él vigila desde arriba y ha fijado ya el momento de su juicio contra los perversos. Sólo este más alto conocimiento de Dios (la nueva revelación de su misterio) ha hecho posible la experiencia y acción apocalíptica. Así lo manifiesta a su vidente (Henoc) y este a sus lectores[2].

2. Astronomía y salvación. Orden y desorden cósmico (1 Hen 72; 80)

Conforme a lo indicado, la apocalíptica se encuentra vinculada a la búsqueda sapiencial del orden cósmico, situándose así en la línea de Gen 1, que destacaba la estructura buena (=bella) de la creación, organizada litúrgicamente en siete días de grandeza y alabanza. Sólo puese conocer el final (meta de la historia) quien ha descubierto y conoce la hondura del cosmos. Por eso, la apocalíptica se vincula con la astronomía (astrología) sagrada.

Los profetas habían destacado la novedad antropológica, la libertad humana, frente al cosmos. Los apocalípticos, en cambio, han vuelto a señalar la conexión (cósmica) astronómica de la vida humana. Para ellos, el pecado no es proceso humano (como suponen Gen 3 y Pablo, en Rom 5), sino caída astral, pues ángeles/demonios y estrellas se encuentran vinculado: han delinquido (han perdido su armonía) las estrellas, han bajado a perturbar nuestra existencia los guardianes cósmicos (ángeles); ellos son la causa de nuestra condena.

Sólo a partir de ese desastre cósmico como caída se puede interpretar la salvación, como nuevo descubrimiento del orden cósmico. Ciertamente, el pecado de los humanos se vincula a la violencia y opresión dentro de la historia. Pero existe todavía otro nivel de perdición: muchos apocalípticos identifican el pecado por excelencia con la mutación del calendario religioso. A través de sus purificaciones y fiestas, los justos conseguían guardaban la sintonía con el orden cósmico, expresado en el ciclo de los astros (de los días del año, del mes, de la semana). Pues bien, al "cambiar" su calendario, los judíos "infieles" de Jerusalén (los no esenios o apocalípticos), se han separado del orden astral, se han pervertido, como muestra de forma impresionante la literatura de Qumrán (partiendo quizá de Jubileos).

El apocalíptico es un hombre (¿una mujer?) que sabe descubrir el orden de los astros, para expresarlo en la liturgia humana (terrestre) de las fiestas y purificaciones. Esto significa que sólo es justo (sabio) quien se encuentra en sintonía con el conjunto cósmico. En contra de lo que a veces se ha pensado, el Dios de la apocalíptico no es a-cósmico, sino Señor del recto orden del tiempo y del espacio en este mundo. Sólo es vidente apocalíptico aquel que ha sabido descubrir, en Dios y desde Dios, la estructura sacral del cosmos, pudiendo superar de esa manera el pecado de ángeles (astros) y humanos, que han pervertido el orden y armonía de los tiempos[3]:

[1 Henoc. Libro de los vigilantes]. Continué mi recorrido hasta el caos y vi algo terrible: vi que ni había cielo arriba, ni la tierra estaba asentada, sino (que era) un lugar desierto, informe y terrible. Allí vi siete estrellas del cielo atadas juntas en aquel lugar, como grandes montes, ardiendo en fuego... Estas son aquellas estrellas que transgredieron la orden del Dios altísimo y fueron atadas aquí hasta que se cumpla la miríada eterna, el número de los días de su culpa... (1 Hen 21, 1-6).

[1 Henoc. Libro del curso de las luminarias celestes]. Cada una como es, según sus clases, ascendiente, tiempo, nombres, ortos y meses, tal como me mostró Uriel, su guía, el santo ángel que estaba conmigo; y toda su descripción, como él me enseñó, según cada año del mundo, hasta la eternidad, hasta que se haga nueva creación que dure por siempre (1 Hen 72, 1).

Esta es la primera ley de las luminarias: la luminaria sol tiene su salida por las puertas del cielo que dan a oriente y su puesta por las puertas del cielo a occidente... El año tiene exactamente 364 días, y la longitud o brevedad del día y la noche difieren según el curso solar... Así sale y entra (el sol) sin menguar ni descansar, sino corriendo día y noche su carrera, y su luz brilla siete veces más que la luna, aunque los tamaños de ambos son iguales (1 Hen 72, 2.33-37).

Después de esta ley vi otra, la de la luminaria pequeña llamada luna... Cada mes, su salida y entrada cambian y sus días son como los del sol y, cuando su luz es normal, es un séptimo de la luz solar... Otro recorrido y ley suyos vi, por cuya ley se hace su curso mensual. Todo esto me mostró el santo ángel Uriel, que es su guía...En determinados meses cambia sus puestas y en determinados meses hace un curso especial [el textos sigue, precisando las relaciones entre calendario solar y lunar, con la necesidad de intercalar cada cierto tiempo un mes, para mantener siempre idéntico el ciclo y orden de las fiestas] (1 Hen 73 1ss).

En aquellos días me dirigió la palabra Uriel y me dijo:"Todo te lo he mostrado, Henoc, y todo te lo he revelado, para que vieras este sol, esta luna, y a los que guían las estrellas del cielo, y a todos los que las cambian, su acción tiempo y salida. En los días de los pecadores, los años serán cortos, y la semilla en sus predios y tierra será tardía... La luna cambiará su régimen y no se mostrará a su tiempo. Muchos astros principales violarán la norma, cambiarán sus caminos y acción, no apareciendo en los momentos que tienen delimitados. Toda la disposición de los astros se cerrará a los pecadores, y las conjeturas sobre ellos de los que moran en la tierra errarán, al cambiar todos sus caminos, equivocándose y teniéndolos por dioses. Mucho será el mal sobre ellos, y el castigo les llegará para aniquilarlos a todos".

Me dijo: "Mira, Henoc, las tablas celestiales y lee lo que está escrito en ellas, entérate de cada cosa". Miré las tablas celestiales, leí todo lo escrito y supe todo; y leí el libro de las acciones de los hombres y todos los seres carnales que hay sobre la tierra, hasta la eternidad. Entonces bendije al gran Señor, al Rey de la gloria eterna, por haber hecho toda la obra del mundo, y alabé al Señor por su paciencia con los hijos de Adán" (1 Hen 80, 1-81, 4).

La primera parte del texto pertenece al libro más antiguo de los Vigilantes (que incluye la teofanía antes citada). Según ella, el orden cósmico primero ha sido quebrado por los siete astros fundantes (principios cósmicos, ángeles originarios) que se alzaron contra Dios y no aceptaron la ley que les había ofrecido. De su mal dependen todos los restantes; el pecado original tiene carácter astronómico.

Las siguientes están tomadas del Libro Astronómico (de Las luminarias celestes), algo más tardío, que explicita de forma muy precisa el orden sagrado del cosmos, tanto en sus elementos (sol, luna, estrellas), como en su movimiento (calendario). A fin de expresar en su vida personal y social el orden sagrado del cosmos, el apocalíptico ha de ser un astrónomo, celoso de conocer y mantener la ley de los años, meses y días. En esta perspectiva, el Libro más hondo de la voluntad y misterio de Dios no es la Ley social-ceremonial de la Torá judía, sino la más profunda armonía del cosmos, que puede leerse en las estrellas. La "física" cósmica se sitúa de esa forma en el principio y centro de la revelación sagrada[4].

Esta sacralidad cósmica ha sido amenazada por el pecado de algunos astros/ángeles y de aquellos humanos (incluso israelitas) que siguen su mentira, celebrando erradamente las fiestas del cosmos. Por el contrario, los fieles apocalípticos conocen el orden del mundo y celebran la gloria de Dios conforme al verdadero calendario, separándose de la corrupción del mundo malo. Ellos leen los libros astrales, donde se encuentra la verdadera sabiduría, de manera que sus libros pueden presentarse como una expansión y despliegue de la verdad original de la tablas celestiales. Porque han descubierto y quieren mantener el verdadero culto y calendario astral se separaron de resto de Israel algunos grupos apocalípticos, entre ellos los apocalípticos esenios vinculados a la literatura de Qumrán[5].

Esta veneración astral de la apocalíptica judía está relacionada con la religiosidad cósmica de algunos círculos de pensamiento griego y con otros tipos religiosidad oriental (sobre todo babilonia). Muchos apocalípticos, opuestos al "desorden astral" del mundo viejo, han sido básicamente astrónomos sagrados, iniciando así una línea que desembocará en la especulación y religiosidad astrológica[6].

NOTAS SOBRE ASCENSIÓN DE HENOC

[1] He planteado el tema en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 1993, 131-182 y Dios judío, Dios cristiano, EVD, Estella 1966, 265-270. Traducción del texto en F. Corriente y A. Piñero, 1 Henoc, en A. Díez Macho, Apócrifos del AT IV, Cristiandad, Madrid 1984, 13-143. Sobre la datación (entre el IV y III a. de C.) y sentido del texto, cf. P. Sacchi, L'Apocalittica, 31-78; P. Grelot, La légende d'Enoch dans les Apocrypheset dans la Bible, RSAR 46 (1958) 5-26, 181-210; Dan 7,9-10 et le Livre d'Henoch, Sem 28 (1978) 59-83; H. S. Kvan­ving, Roots of apocalyptic, WMANT 61, 1988, 559-613; J. VanderKam, The Theophany of Enoch, VT 23 (1973)129-150; C. Rowland, The Visions of god in Apocalypthic Literature, JSJ 10 (1979) 137-154.

[2] El círculo de apocalípticos de Henoc tuvo gran difusión y estaba vivo en tiempos de Jesús, como supone la presencia de sus textos en Qumrán (con la excepción de las Parábolas: 1 Hen 37-71) y el uso del título de Hijo del Hombre en el NT. Su mensaje de fondo era teológico: muchos decían que Dios se había desligado de este mundo, olvidando para siempre el sufrimiento de los pobres; daba la impresión de que fatalidad aterradora (miedo y muerte) había descendido sobre los humanos; entre cielo y tierra, entre Dios y la historia, se había extendido un abismo infranqueable de opresión y violencia: estábamos cautivos, dominados por dioses falsos de violencia, ídolos del sexo y deseo irrefrenable que termina por matarnos (los ángeles caídos). Pues bien, sobre ese abismo de miedo e impotencia, los autores que escriben en nombre de Henoc han ofrecido la certeza de que Dios sigue actuando en la historia. Dios reina en su misterio inaccesible, desde el fuego de su trono, desde el brillo indescriptible de su rostro, él ha permitido el mal (caída de los ángeles), pero lo ha hecho para iniciar un camino de más alta libertad. Los devotos del grupo confiesan de esa forma su más honda creencia: viven la etapa final de la historia (en los últimos tiempos); están amenazados por el mal (por Mastema/Satanás y sus ángeles perversos), pero Dios ha iniciado por sus ángeles más fieles y poderosos (Miguel, Uriel, Gabriel y Rafael) la obra de su salvación para la historia.

[3] Espacio y tiempo (cosmos e historia) están profundamente vinculados en la experiencia del oriente y, en especial, en la apocalíptica judía. Cf. A. Jaubert, Le calendrier des Jubilés et la Secte de Qumrar, VT 3 (1953) 250-264; J. VanderKam, The Origin, Character and Early History of the 364-Day Calendar, CBQ 41 (1979) 390-411; Id, 1 Enoch 73, 3 and a Babylonian Map of the World, RQ 11 (1982) 115-118; P. Grelot, La Géographie mythique d'Henoch et ses sources orientales, RB 65 (1958) 33-69.

[4] Parece evidente la pervivencia de esta postura en eso que suele llamarse la "herejía de Colosas", descrita por el autor de la escuela paulina, que habla de la observancia de comidas y celebración de fiestas, lunas nuevas y sábados (Col 2, 16), condenando la sumisión a los elementos cósmicos de algunos falsos cristianos, atados a la realidad externa del mundo, no a la novedad pascual del Cristo (Col 2, 20-21).

[5] Para los judíos rabínicos, el Libro de Dios no está vinculado a la Ley de los Astros, sino a la Ley nacional (Thorá). El Islam ofrece una pervivencia muy significativa de ese tema: para los musulmanes, Mahoma ha "leído" y trascrito el Libro eterno y sagrado del misterio de Dios, recitándolo y fijándolo en su Corán.

[6] Cf. P. Sacchi, L'Apocalittica, 173-186. S. Pétremént, Le Dieu Séparé. Les Origines du Gnosticisme, Cerf, Paris 1984, ha destacado la relación entre cosmología apocalíptica y gnosis; en esa línea se sitúa también el trabajo, quizá más esotérico, de F. García Bazán, Gnosis. La esencia del dualismo antiguo, Castañeda, Buenos Aires 1978. B. J. Malina, On the Genre and Message of Revelation. Star Visions and Sky Journeys, Hendrickson, Peabody MA 1985, ha interpretado el Ap desde el profetismo astral, corriendo el riesgo de disolver la apocalíptica en la astrología. J. Pepin, Théologie cosmique et théologie chrétienne, PUF, Paris, 1964 ha puesto de relieve la pervivencia "cristiana" de este modelo cósmico. Algunas formas de nuevo esoterismo quieren recuperar esta experiencia cósmica, pero (si pretenden ser leales a la modernidad) han de hacerlo de un modo distinto, pues ha cambiado en nosotros la visión del sol y de la luna, la manera de entender el giro de los astros, la función del calendario... Desde la astrofísica actual no podemos mantener ya la sacralidad unitaria de este modelo de pequeño cosmos de 1 Hen y la apocalíptica antigua. Un viaje cósmico como el Henoc, con la ayuda de Uriel, ha perdido su sentido. Sin embargo, en otro sentido, el misterio cósmico sigue fascinando y son millones los nuevos devotos de una nueva astrología/astronomía sacral, cercana a la vieja apocalíptica. Cf. H. T. Richard La tradition ésotérique et la science, La Colombe, París, 1965; G. Voss, Astrología y cristianismo, Herder, Barcelona, 1985.

2.PERSPECTIVVA CANÓNICA CRISTIANA.

La tradición más antigua de la iglesia relaciona pascua de Jesús y Ascensión. : Jesús ha nacido (rena­cido) como Hijo de Dios, en poder, por la resurrección de entre los muertos (Rom 1, 1‑3), siendo elevado, ascendiendo al cielo; Dios le ha exaltado, dándole el Poder supremo, de manera que al nombre de Jesús se postren todos los poderes del cielo y de la tierra (Flp 2, 9‑11). En esta concep­ción triunfal del Cristo ha jugado un papel muy importante el Salmo 110, que la iglesia ha interpretado en clave cristológica: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies» (Sal 110, l; cf. Hech 2, 34‑35; Mt 22, 44 par). El mismo Dios Yahvé, que ahora se viene a desvelar como Padre, ha entronizado a su derecha al Hijo, que es Señor y Cristo de los cielos y la tierra (cf. Mc 14, 62 par).

           (1) El tema en Lucas-Hechos. En esta línea ha dado un paso más el autor de Lucas‑Hechos, interpretando la victoria mesiánica del Cristo en forma de Ascensión. En sentido estricto, el símbolo de la Ascensión constituye una forma de expresar la resurrección y glorificación de Jesús y, de esa forma, está latente en el conjunto del Nuevo Testamento, pero Lucas lo ha desarrollado de forma explícita, al final de su evangelio (Lc 24, 50-53) y al comienzo de los Hechos (Hech 1, 1-11), para culminar de esa manera las apariciones de la pascua y para señalar que el Cristo no actúa ya en la forma antigua sobre el mundo. Por representar las cosas de esa forma, Lucas ha tenido que poner un límite temporal a las apariciones pascuales. En un primer momento no era necesario trazar unas fronteras entre el tiempo de pascual y el comienzo de la vida de la iglesia (cf. 1 Cor 15). Por eso, lo mismo que se había mostrado en el principio a las mujeres y a Pedro con los discípulos, Jesús podía seguirse revelando para mostrar nuevos caminos y experiencias dentro de la iglesia. Pero, en un determinado momento, una vez que los creyentes fueron tomando distancia en relación con los principios de la pascua, resultaba necesario precisar las fronteras del primer tiempo de pascua, para distinguirlo de las etapas posteriores.

           (2) Tiempo de Pascua y Ascensión. Así lo que ha hecho Lucas-Hechos de una forma canónica, ofreciendo el esquema de la liturgia posterior de la iglesia. (a) Hubo un tiempo de pascua, centrado en los cuarenta días de las apariciones de Jesús a los apóstoles. Aquellos fueron días de nacimiento: tiempo de la gran recreación y de enseñanza final para los discípulos antiguos, como un idilio de comunicación entre Jesús y sus discípulos. Los que tuvieron la fortuna de vivir aquellos días participaron de un acontecimiento único que ya no volverá a repetirse nunca más dentro de la historia (cf. Hech 1, 1-5). (b) Este tiempo ha culminado y terminado en la Ascensión. Jesús tiene que marcharse de este mundo: dejar su antigua forma de presencia. Así aparece claramente en el gesto solemne del ascenso al cielo, desde el Monte de los Olivos (Lc 24, 50-53; Hech 1, 6-11). De ahora en adelante los cristianos ya no pueden apelar a nuevas formas de revelación fundante de Jesús. El tiempo de pascua ha terminado. Ya no pueden darse más apariciones normativas del Señor resucitado, porque la época pascual ha pasado.

           (3) Relato de la Ascensión. Posiblemente, el autor de Lucas-Hechos ha reelaborado tradiciones anteriores que hablaban de una aparición de Jesús en la montaña, en la línea de Mt 28, 16-20. Pero no ha situado esa montaña en Galilea (en un lugar desconocido), sino al lado de Jerusalén, en el Monte de los Olivos, lugar por donde pasan y paran gran parte de los peregrinos, para ver la Ciudad Santa (cf. Mc 13 3). Pues bien, Jesús sube con sus discípulos a esa montaña, pero no para quedarse allí, sino para Ascender al misterio de Dios, a la plenitud de la gloria, para sentarse a la derecha de Dios Padre (cf. Hech 2, 33). De esa forma, la aparición en la montaña se convierte en última aparición, la visión pascual se vuelve experiencia de despedida: «Jesús les dirigió fuera (de la ciudad), hacia Betania y levantando las manos les bendijo. Y sucedió que al bendecirles se separó de ellos y se elevaba hacia el cielo» (Lc 24, 50-51).

            (4) Ascensión y reino de Dios. El libro de los Hechos ha precisado, introduciendo una última conversación de Jesús con sus discípulos: «Los discípulos le preguntaron diciendo: «¿Es éste el tiempo en que debes restablecer el reino de Israel? Jesús les dijo: no os es dado conocer los tiempos y señales pues el Padre los ha puesto bajo su dominio; pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 6‑8). Los discípulos comienzan situándose en un plano de triunfo nacional judío. Quieren la victoria de Israel sobre los pueblos. Jesús no ha rechazado ese deseo, no les ha negado lo que piden. Pero pone su camino y la verdad de su reinado a la luz del poder y del amor del Padre. Desde ese mismo fondo ofrece su promesa: la venida del Espíritu, el camino de la iglesia. Eso significa que el poder del reino debe traducirse en forma de mensaje universal de salvación. Jesús no viene a imponer su ley por fuerza, sino a ofrecer su salvación gratuita a todos los que buscan gracia sobre el mundo. Éste ha sido su mensaje, éste el sentido de su vi­da. Así lo muestra a sus discípulos, mientras «retorna» hacia el Padre. «Y diciendo estas cosas, mientras ellos le miraban, fue elevado y una nube lo arrebató de su mirada. Y miraban hacia el cielo, viendo cómo se elevaba he aquí que aparecieron ante ellos dos varones, vestidos de blanco. Y les dijeron: varones galileos ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido elevado de vosotros al cielo volverá de nuevo, en la forma en que le habéis visto subir hacia los cielos» (Hech 1, 9‑11). Este es el texto básico de la Ascensión de Jesús, que significa plenitud y cumplimiento: ha terminado su misión; por eso tiene que marchar, dejando espacio a sus discípulos. La Ascensión aparece así como Despedida (fin del tiempo pascual), una Elevación (queda acogido en el misterio de Dios) y una Promesa (envía el Espíritu a los suyos y volverá al fin de los tiempos). Jesús ha subido hacia la altura de Dios, desbordando el plano de historia y geografía de la tierra, para culminar el despliegue de su vida (evangelio de Lc) de manera que puede comenzar el tiempo de la iglesia (Hechos). Literariamente, la Ascensión marca el fin de la historia de Jesús y se expande como promesa de retorno. El mismo Jesús que ha subido volverá. De esa forma, entre ascenso y retorno del Cristo, se abre un tiempo nuevo, propio de la misión y tarea de la iglesia. En una línea convergente se sitúa el testamento de Juan (Jn 14-16), donde Jesús afirma que conviene que él se vaya, para culminar su tarea y enviarnos su Espíritu. Esta es la experiencia que está al fondo de los primeros discursos pascuales de Hechos: «Dios ha resucitado a este Jesús, de lo cual todos noso­tros damos testimonio. Pues bien, elevado a la derecha de Dios, (Jesús) ha recibido del Padre el Espíritu santo prometido y lo ha derrama­do (sobre la comunidad, sobre los hombres). Esto es lo que vosotros observáis y es­cucháis» (Hech 2, 32‑33).

           (5) Ascensión de Cristo, asunción humana. Entre ascenso y retorno del Cristo se abre un tiempo de acción para los hombres. Jesús se eleva al cielo y así deja un hueco para que los hombres puedan ser plenamente humanos, haciéndose cristianos. Ellos ya no pueden andar buscando sin fin el ser de Cristo, en una especie de experiencia mística ansiosa. De esa manera, la elevación de Cristo, abriendo para los creyentes un tiempo y espacio nuevo de creatividad universal en el Espíritu. Al celebrar la fiesta de Jesús que culmina su revelación pascual en el principio de la iglesia y sube al cielo, nuestro texto le vincula a todos los creyentes que recorren su camino, completan su tarea, y suben igualmente a su gloria. Desde este fondo se suelen distinguir dos palabras.

(a) Ascensión: ha quedado reservada para Jesús y resalta el carácter activo de su gesto: sube o se eleva por sí mismo.

(b) Asunción: se emplea para la madre de Jesús y puede utilizarse también para el resto de los fieles. La Madre de Jesús y el resto de los creyentes pueden subir y suben también como Jesús, siendo ascendidos a la gloria de la plena humanidad. Jesús no ha subido simplemente al lugar o estado anterior (como si fuera un ser divino que simplemente baja para volver luego a la altura donde estaba previamente); a través de su ascensión, elevación o cumplimiento pascual, Jesús ha venido a ocupar (a suscitar) un lugar (estado, forma de ser) que previamente no existía, culminando así la creación. En ese sentido decimos que vuelve (está volviendo) para ofrecer su lugar a los creyentes, como supone Jn 14, 1-10.

                        (cf. M.-É. Boismard, ¿Es necesario aún hablar de Resurrección?, DDB, Bilbao 1996; X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Sígueme, Salamanca 1973; V. Larrañaga, La Ascensión del Señor en el Nuevo Testamento, CSIC, Madrid 1943; G. Lohfink, Die Himmelfahrt Jesu, SANT 16, München 1971).

Ascensión 2. Reinado de Jesús. En la entrada anterior he presentado algunos rasgos generales de la Ascensión de Jesús. Ahora pongo de relieve el sentido de su triunfo y reinado, pues, siguiendo una visión que está enraizada en el AT (Sal 110, 1), la Iglesia le ha “visto” sentado, a la Derecha de Dios Padre, en ámbito de cielo, culminada la historia, enviando su Espíritu. Jesús se eleva y se sienta, realizando así un gesto simbólico específicamente humano. Los animales se sostienen en sus patas, nadan, vuelan, caminan, se agazapan o se acuestan. Algunos pueden sentarse físicamente, pero sólo de manera material. No liberan las manos para la comunicación dialogada, no construyen una sede o trono como signo de su autoridad. Por el contrario, los humanos se definen por su capacidad de ponerse en pie (liberando las manos para el trabajo) y sentarse (para descanso, autoridad y/o convivencia).

(1) A la derecha de Dios. Espacio y tiempo. Cuando el Credo dice que Jesús está sentado le presenta en la línea de los reyes que toman asiento para imponer su autoridad y en la línea de los magistrados que ocupan su sede para juzgar o de los maestros que sientan cátedra para enseñar a los discípulos. También se sientan juntos los amigos, familiares y hermanos para compartir la palabra y alegría de la vida. Pues bien, Jesús resucitado se sienta, apareciendo como humano culminado. El AT presentaba a Dios sentado sobre el trono de su gloria; pues bien, sobre ese trono se sitúa ahora Jesús (cf. Mt 25, 31-45), en un espacio y tiempo de gloria.

           Espacio. Reasumiendo una de las tradiciones más antiguas de la iglesia, Hech 2, 33-34, dice que Jesús fue “elevado a la derecha de Dios.... ". De esa forma evoca la existencia de un espacio superior, de un campo de ser o realidad más alta en la que viene a expandirse y reflejarse el poder de lo divino (=la derecha de Dios). En esta línea se añade que Jesús ha sido recibido o acogido en el cielo, lugar de plenitud, espacio de Dios (cf. Hech 3, 21; Ef 6, 9; Col 4, 1; Hebr 8, 1). Al sentarse en el cielo, Jesús ha llegado al lugar de la presencia plena de Dios que es fuente de vida y gloria para los humanos.

           Tiempo. Hebr 1, 3 afirma que después de realizar la purificación de los pecado... se sentó a la Derecha de la Majestad, en las Alturas, vinculando así espacio superior (cielo geográfico) y tiempo futuro (cielo de culminación histórica). De esa forma se unen, en relación inseparable, el aspecto cósmico e histórico de la salvación, personalizado para siempre en el Jesús pascual, exaltado y ascendido al cielo. El mismo ascenso espacial aparece como plenificación histórica: Culminando su obra salvadora, Jesús ha perdonado el pecado de los pueblos y ha penetrado por (con) los hombres en la altura de Dios. En la base de su triunfo está por tanto la entrega pascual (purificación); en la meta está la plenitud o salvación para los humanos.

(2) Finalidad. Como supone lo anterior, la historiamesiánica culmina allí donde Jesús se sienta a la derecha del Padre: ha terminado la marcha, parece que sólo queda el silencio cristológico. Pues bien, sobre ese silencio se eleva la más honda palabra y acción de Jesús: no ha subido al cielo para volver a bajar y ascender, conforme al mito del eterno retorno, comenzando de nuevo el ritmo de renacimientos, sino para expandir y mantener su triunfo para siempre, conforme a la visión israelita y cristiana del mesianismo. Cristo ha muerto una sola vez y para siempre, redimiendo a los humanos (carta a los Hebreos). Por eso, el pasado no vuelve a lo anterior, sino que crea lo nuevo: ¡He aquí que hago nuevas todas las cosas! (cf. Ap 21, 5); la sesión es culmen de la historia salvadora.

           Para reinar y juzgar (= salvar). La tradición paulina, tal como ha sido codificada en Col y Ef, supone que Jesús está reinando ya, a la derecha de Dios. En esa línea, el credo posterior de la Iglesia, manteniendo una división ilustrativa (propia de la teología de Lc-Hech), distingue entre sesión presente (está sentado a la derecha del Padre) y juicio futuro (ha de venir...). Pero la tradición más antigua ha vinculado ambos gestos: "veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha de Poder (=Dios) y viniendo en las nubes del cielo" (cf. Mc 14 62 par); el mismo Jesús que está sentado y comparte la gloria de Dios está viniendo para culminar el juicio mesiánico. La misma cátedra de su ascenso y gozo, de su reinado y magisterio, aparece así como promesa de juicio salvador: viene Jesús para ofrecer a los humanos el misterio de su gracia transformante.

           Para comer y celebrar. Las palabras griegas que la tradición emplea en cada caso son semejantes: kathesthai (sentarse) y anakeisthai o anaklinein (recostarse para comer, en gesto de banquete). Jesús mismo ha destacado la felicidad de aquellos que participarán en el banquete del reino (cf. Lc 14, 15; Mt 8, 11 par). Pues bien, al final de su camino sobre el mundo, él ha querido celebrar con los suyos un banquete, ofreciéndoles su vida en alimento (cf. Lc 22, 14-20 par). Significativamente, esa comida de agradecimiento y plenitud es el signo mesiánico más hondo (cf. Mt 22, 1-14 par).

Cf. J. Dupont, Assis à la Droite de Dieu, en E. Dahnis (Ed.), Resurrexit, Vaticana, Roma 1974; M. Gourgues, M., A la Droite de Dieu. Résurrection de Jésus et Actualisation du Psaume 110, 1 dans le NT, Gabalda, Paris 1978; V. Larrañaga, L'Ascension de Notre-Seigneur dans le NT, Biblico, Roma 1938; G. Lohfink, Die Himmelfahrt Jesu, Kösel, München 1971; H. B. Swete, The Ascended Christ. A Study in the Earliest Christian Teaching, Macmillan, London 1910; U. Wilckens, Die Missionsreden der Apostelgeschichte, Neukirchener V., Neukirchen 1963.

Baptisterio de San Juan de Florencia
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