15.10.26 Teresa de Jesús: Amaos unos a otros como Dios os ama (Castillo, Moradas)
Jesús despidió a sus amigos en la última cena diciendo, tras haberles cuidado y lavado los pies “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Teresa de Jesús escribió para sus amigas monjas y para todos los cristianos un libro que puede resumirse en estas palabras “amaos unas a otras como Dios os ama”.
Ese libro tiene dos títulos. Uno es más popular, Castillo; hombres y mujeres viven sobre el mundo como en lucha eterna; hay sin embargo un castillo de paz interior y exterior que es el amor de Dios (como el gran castillo-ciudad de Ávila). Así describió Teresa la vida humana como Castillo universal de paz, signo del amor de Dios, que se expresa en Jesús, el amado de todos.
El segundo título del libro es Moradas, conforme a la explicación de Jesús: En la casa-castillo de mi Padres hay muchas moradas o estancias (Jn 14, 2), que se pueden tomar en forma progresiva (hay que pasar por seis etapas, como los días de la creación, Gen 1, para llegar a la séptima, que es la habitación del amor (cf. Gen 2, 1-4) o en forma simultánea (hay lugar para todos, Pedro y Tomás, Magdalena y María…) en vida de amor.
Éste es el libro, camino y morada del amor de Dios en Jesús, conforme a la experiencia de Teresa, que he resumido diciendo amaos unos a otros como Dios ama en Cristo, de manera que los siete grados o estancias del amor de Dios corresponden y se expresan en siete grados de amor al prójimo En esta línea ha interpretado Teresa de Jesús la historia de su vida, como revelación y camino del amor de Dios en forma de amo interhumano.
Partiendo de esa base he trazado un esquema o compendio del amor de Dios que se expresa como amor humano, conforme al modelo de santa Teresa en Castillo o Moradas donde ella describe el camino de amor que el ser humano, varón o mujer ha de hacer, para amar como Dios ama, en apertura a todos los hermanos y amigos del mundo que son presencia de Dios en la historia. La voluntad de Dios es su amor en el cielo, que los seres humanos podemos y debemos traducir en forma de amor humano en la tierra, porque sólo hay un amor de fondo, que es el amor de Dios y de los hombres en Cristo, amor encarnado.
Por mayor simplicidad, he reducido las siete moradas (estadios) de Teresa (que ella toma de la tradición judía y cristiana, de la Cábala y los padres de la iglesia) a cinco, uniendo la segunda y tercera y la quinta y sexta, de forma que obtengo un esquema de tipo sencillo, armonioso, que puede servirnos de base en las notas que siguen. El primer momento (o Morada Primera = 1M) sirve de encuadre del tema: el hombre y Dios, el hombre y su prójimo están aún separados y lejanas. El segundo momento (2M y 3M) marca la acción del hombre que quiere amar a Dios y a su prójimo, regalándole su vida. El tercer momento (4M) traza la gran crisis del varón o mujer que siente que no puede amar, compartir la vida en amor con las demás personas. . Por eso es necesario un cuarto momento (5M y 6M), que pone de relieve el amor como en la madurez o ancianidad, cuando tenemos que aprender a ser amados, sabiendo que la plenitud del amor es dejarnos amrSólo así se logra el quinto momento (7M), que viene a sellar el encuentro, es decir matrimonio, de Dios con el hombre, conforme a este esquema:
a) Al exterior del amor. El hombre se encuentra como niño perdido sobre el mundo, en actitud de olvido de Dios y lucha interhumana.
b) Acción de amar. El hombre, varón o mujer se esfuerza por amar a Dios en los demás seres humanos, en gesto activo, superando así egoísmo y violencia de este mundo.
c) Crisis, iluminación. En un momento dado,, el hombre se descubre incapaz de seguir caminando y madurar como amor;; no logra amar a Dios en plenitud, no puede amar a sus hermanos, le parece que su vida es un fracaso.
d) Pasión de amor, ser amado. Lo más importante no es amar, sino dejar que te amen… Confiar en el amor de Dios, poniéndote en sus manos; confiar en el amor de los demás, dejando que ellos vengan y te quieran. Más importante que amar es ser amado, dejar que Dios como gran amigo en Cristo, dejar que los otros te amen, confiando en ellos.
e) Comunión de vida, ni tuyo ni mío, nuestro. Ésto es amar al pójimo como a ti mismo (Lev 19, 18; Mc 12, 28-32), el hombre descubre su existencia como amor de comunión que le vincula a Dios (desposorio espiritual) y a los hermanos (desposorio de amor interhumano, vida compartida, resurrección).
Este esquema puede interpretarse en ritmo de avance lineal: desde el mundo en que estamos perdidos (1M), a través de un camino de esfuerzo y entrega (2M y 3M), llegamos al límite humano y divino del amor (4M), que es morir al egoísmo, naciendo de verdad a la vida compartida de la resurrección; a partir de ese momento, actúa Dios de tal manera que presencia, encarnada en el amor de los hermanos (5M y 6M), nos transforma, y así entramos a la fiesta de bodas (7M).
- Por un lado está el movimiento del ombre (de cada ser humano), que busca y encuentra (Jesús) en el amor de los hermanos. Por eso supera su primera actitud de egoísmo (1M) ha entregarse en manos de Dios (2M y 3M), culminando el camino propiamente humano en 4M).
- Por otro lado está el movimiento de Dios (expresado en los demás seres humanos), que viene a activamente en los momentos finales (5M y 6M), aunque se hallaba presente en el principio, como llamada a conversión, como deseo de vida y plenitud. En Dios y en los otros seres humanos vivimos, caminamos y somos (Hech 17, 18).
En amor vivimos, nos movemos y existimos, a lo largo de un camino que es presencia de Dios y comunión de amor entre los hombres. Los dos movimientos (uno más activo, otro más pasivo) confluyen en un momentode encuentro, marcado por el centro del esquema (4M). Aquí se junta el proceso del hombre que, rompiendo el cerco de egoísmo de este mundo, viene a confiarse en manos de Dios por Jesucristo; y el proceso de Dios que, en Jesucristo, va dando su vida a los los hombres.
1. Perdidos en un mundo inhóspito (1M)
La primera morada (1M) sirve de punto de contraste y referencia para todo el camino. No es aún grado de amor, ni espacio positivo de oración. Más que morada de la casa de Dios (cf. Jn 14, 2), es «premorada»: el ámbito del mundo en el que viven los cristianos nominales, dominados por las luchas de la vida y los principios de egoísmo de la historia.
Así lo decía S. Freud: El niño como naturaleza es un per-verso polimorfo, quiere todo, todo a la vez y para sí, como decía Pablo en la carta a los Gálatas 4: Para crecer en amor el niño necesita mucho amor, pero, al mismo, tiempo un “tutor” (ayo) o domador que modere por ley sus deseos, enseñándole a desear lo bueno, utilizando un tipo de corrección, para que la per-versión se convierta en versión única hacia el bien, al servicio de todos los hombre y mujeres del mundo
En este primer plano resulta más saliente la carencia de amor hacia los otros; el niño, el hombre o mujer de los arrabales necesita aprendizaje en el amor. La falta de oración, de encuentro con Jesús, se traduce en una forma de existencia, e una historia en la que Teresa, castellana de fondo judío, pone de relieve los siguientes elementos:
- En vez del amor de los demás, el hombre niño, el hombre de los arrabales drl castillo, quiere su hacienda, esto es, los bienes que puedan darlo los demás, el afán desmesurado de los bienes que se convierten para él en males, en esclavo de las cosas que tiene
- De de esa base económica proviene la conflictividad social. Ésta es la avaricia de cosas, de casas y negocios que convierten al hombre que ha sido creado para el amor en viviente para las cosas, para la lucha contra los demás, que se se refleja en el afán de los negocios y el deseo de vencer y superar a todos en los diversos campos de la vida;
- La vida culmina así en un intento de auto-seguridad, esto es, de salvación propia, de ganar méritos, de fundar la vida sobre bases propias de riqueza, honor, prestigio, de manera que en este primer momento el hombre se define como Dios (ídolo) para sí mismo, un ser que se cree lleno de razones, por encima de los demás..
Éste es el hombre niño que vive así perdido sobre el mundo y por eso necesita el estímulo constante de placeres que le ayuden a vencer el miedo. Tiene miedo de la vida y por tanto apela a diversiones que le ofrecen un olvido; está inseguro y necesita apoyarse en los honores de la tierra.
Estos son, ordenados un esquema, los términos clave que expresan la vida del hombre perdido en el mundo, en los arrabales de la vida de amor, que, conforme a Teresa: está embebido en contentos, desavenencias, honras y pretensiones (IM 2, 12); está manipulado por las honras, haciendas y negocios (IM 2, 14); le traen y le llevan los negocios, las baraterías y contentos de la tierra (cf. 2M 1, 2). La lógica del mundo le domina, le desvía, no le deja situarse ante su auténtica verdad y su grandeza que es el amor, la vida entendida como regalo de gratuidad, para encontrar el amor, gozo y paz (Gal 5, 22-23)
Teresa es muy aguda al indicar los pecados de matiz social que impiden el encuentro del hombre y Cristo, la vinculación del amor de Dios con el amor al prójimo, de manera que podaos amarnos unos a los otros como Dios nos ama. Resulta muy significativo el hecho de que en todo su despliegue de amor Teresa apenas se ha fijado en los problemas de carácter erótico-sexual. Alude en general a «pasatiempos y contentos» (cf. 2M 1, 2) que podrían estar relacionados con el tema, pero luego no sigue en esa línea. Tenemos la impresión de que ella, especialista en el amor gratuito a Dios por el prójimo apenas se ha visto obligada a resaltar los riesgos de un amor que corre el riesgo de erotismo.
El riesgo que Teresa ha destacado es más profundo: Es la falta radical de gratuidad en relación con Dios y con los seres humanos, gratuidad en todos los planos de la vida, en cuerpo y alma, como transparencia de vida, en relación con Dios y como cuidado hacia todos los seres humanos, empezando por los familiares y culminando en los necesitados.
Ella sabe desde niña que Dios es comunión contemplativa en amor, un amor que nos vincula en gratuidad a todos los hombres y mujeres, de forma que la falta de amor de Dios (de amor fundacional y pleno) se traduce en forma de lucha interhmana por la hacienda y los negocios (dinero y poder). Para superar ese nivel de conflicto y cautiverio (del hombre esclavo de sí mismo, en lucha contra otros). En esa línea ha formulado Teresa su proceso de oración como despliegue sistemático de amor como apertura a Dios y hacia los hombres (cf. IM 2, 17).
El amor implicará por tanto una ruptura o superación del egoísmo, una apertura al amor de Dios expresado en la vida de los otros. Hay un primer nivel de negación (de superarse y salida de sí) para encontrarse a sí mismo de verdad en el amor de los otros. Sólo de esa forma el hombre o mujer puede ha de volverse fuerte y libre en el amor de los demás, capaz de dar a Cristo y a los hombres, sus hermanos, la energía del amor más hondo, que ellos le han dado en el Dios de Cristo
2. Amor activo. Entrega del hombre (2-3M)
El hombre quiere buscar a Dios y darle la riqueza de su amor, en Cristo, su mesías salvador, Dios en la sobre la tierra. Al mismo tiempo, por el mismo despliegue personal, el hombre que ama a Dios, ama y se entrega a los hermanos, en proceso fuerte de purificación y transcendimiento, no en sí mismo, sino en los hermanos, con quienes vive en amr.. Este momento tiene dos elementos principales: uno de entrega inicial, donde se ofrece a Dios sólo un esfuerzo limitado de amor (2M), y otro de entrega total, donde el amante ofrece el todo lo que tiene a los demás, pues sólo dando se tiene y se goza de aquello que se da (3M).
El hombre ha de buca busca a Dios con un deseo fuerte de encontrarle. Por eso debe superar las servidumbres anteriores el afán desordenado de negocios de talión (doy para que me den, amo para que me amen), de hacienda poder del mundo. Pero por mucho que el hombre se esfuerce, en ente primer momento (2M) no puede encontrar a Dios. Este amor de búsqueda humana resulta insuficiente porque el hombre, por sí mismo, partiendo de su base de egoísmo, no puede dar su vida hasta el final, como quiere y dice Pablo en Flp 1, 1-11, traduciendo la kénosis (vaciamiento) de Cristo en frónesis de comunicación interhumana de amor, de manera que hombres y mujeres sean “uno”, como Dios es uno, pero no en dominio sobre los demás, sino en comunión de gratuidad total con ellos.
Este movimiento de entrega activa de los hombres y mujeres resulta en general insuficiente, por la fuerza con que le atan los antiguos deseos de este mundo, de manera que y muchas veces cede y se doblega en el intento. De esa forma, su camino se presenta como lucha interna. Su enemigo no se encuentra fuera, sino dentro de sí mismo, en los poderes de egoísmo de su vida, que le acosan y le hostigan, que le vencen y le doblegan muchas veces. En esta línea, el hombre que busca amor buscándose a sí mismo termina siendo esclavo de sí mismo y, en vez de procurar el bien de los demás utiliza a los demás (instituciones y poderes de la tierra, dignidades, señoríos y cátedras de pretendida ciencia) como medios para triunfo del egoísmo propio.
Esta división interior de egoísmo se muestra en el hecho de que cuanto más grande y perfecto uno se cree más esclavo es de sí mismo y más opresor de los demás). Esta división sólo se puede superar si el hombre llega hasta el fin de la entrega total (3M), con una «determinada determinación» de buscar a Dios y amarle siempre y por encima de todas las cosas, en gratuidad y entrega de sí, a favor de los hermanos, dejando que sea el mismo amor (=Dios) el que me ame y enriquece, el que habita en mí por Cristo y m transforma de tal manera que yo pueda verle (descubrirle) en mí mismo por amor.
. Esta no es una entrega parcial, por tiempo, sino una entrega de amor de por vida, comprometiéndose a mantenerla firme hasta el final de su existencia, un éxtasis de amor, que consiste en vivir y sentirme fuera de sí mismo, cosa que sólo es posible si Dios quiere, si su voluntad siga siendo amarme, vivir de esa manera en mí mismo, ser mi propio “yo”, mi presencia, mi amor, mi vida.
. Al llegar hasta el final de su conocimiento, en transparencia de vida, el amante no se encuentra ya en sí mismo, sino en aquellos en quienes y por quienes vive, conforme a la meta-noia o conversión de Jesús (Mc 1, 14-15), que nos permite conocer a los demás y vivir en ellos antes que en nosotros mismos, pues somos conocidos y re-creados por ellos, por Cristo: “En ellos vivimos, nos movemos y somos” (Hehc 17, 28), .
En este momento de acción (2M 3M), el hombre tiende a entregarse totalmente a Dios y a los demás en Cristo, pero lo hace todavía de una forma humana. Ciertamente, valora la grandeza de Dios y quiere darle regalarle todo lo que tiene, pero se comporta como un hombre de este mundo, con sus capacidades y sus fuerzas, buscándose en el fondo a sí mismo cuando busca a Dios, en vez de dejar que sea Dios quien le busque y encuentre,
Busca, pero lo hace por sí mismo para sí mismo, sin salir de sí, como si el fuera centro y sujeto de todo el universo. Incluso puede ofrecerle y darle a Dios mucho, pero lo hace él, le da a Dios cosas, pero no se da a sí mimo, ni deja que Dios sea quien le pida y ofrezca lo que él quiere, y lo mismo hace con los restantes hombres y mujeres, sin salir nunca de sí mismo.
Quizá quiere amar, pero aún no sabe, no hace (no deja hacer) lo más grande: no se deja amar dejando que el otro le transforme. En realidad, una persona sólo puede amar dejándose amar, no puede hacer sino dejándose hacer, quedando en manos de aquellos a quienes ama por quienes vive, como Cristo que sube a Jerusalaén paa quedar en manos de sacerdotes y Pilatos
. Agudamente, Teresa de Jesús ha ido marcando las imperfecciones de este amor activo que corre el riesgo de buscarse a sí mismo, incluso cuando da todo lo que tiene, pero lo hace buscándose a sí mismo, como aquellos a los que alude Pablo en 1 coe 13, que dan todo lo que tienen, incluso entregando su cuerpo a las llamas, pero sin amor, pues en el fondo se sigue buscando a sí mismos a través del martirio externo.
Quien ama de esa forma ama de algún modo a Dios; pero lo hace a su manera; intenta sujetarle a sus razones, formas y medidas, quiere a Dios como servidor suyo, no como amor en libertad, en gratuidad, en perdón y apertura todos. Este orante y amante tiene “discreción” (3M 2, 7), no quiere que el amor de Dios le haga cambiar de modo de pensar y comportarse. Éste es el amor al modo del mundo, que consiste en el fondo en amar a mis amigos (para que ellos me amen) en odiar a mis enemigos, para expulsarles de mi vida, en la línea del Yom Qippur (Lev 16), que es fiesta expiatorio y emisaria: Me sacrifico por Dios para así exaltarme a mí mismo en Dios vencer a mis enemigos por Dios, conforme a la expresión según la cual la corrupción de lo mejor (que es el amo gratuito) se convierte en lo peor, que es el orgullo del auto-amor expiatorio (para glorificarme en Dios) y la violencia del odio odio que consiste en vencer y expulsa a los enemigos.
Esta es la clave y meta el amor “discreto”, que en el fondo es una forma extrema de egoísmo, de buscarme a mí mismo en los demás (utilizando a los demás). Este orante-amante tiene su razón en sí (3M 2,1): sirve a Dios, pero lo hace a partir de los dictados de su propio juicio, voluntad y pensamiento. Jocosamente afirmará Teresa que este tipo de personas tienen mucho seso (3M 2, 8): se sienten seguras de su amor y quieren que Dios se someta a sus conceptos y caprichos. Por eso van cargadas de miserias (3M 2, 9), pues entienden el amor como ejercicio activo de auto-afirmación y no han llegado a comprender el gran misterio de la gracia que consiste en dejar que Dios nos ame y nos transforme a su manera, poniéndonos en éxtasis de amor en manos del amor de los demás, a su servicio hasta la muerte.
Este momento del amor activo (2M y 3M) es necesario en el camino de la maduración que Pablo puso de relieve en Gal 3-6 y, sobre todo en 1 Cor 13, pero sigue siendo insuficiente. No basta prepararse a la manera de uno mismo , conforme al egoísmo de cada uno, esperando que Dios me conceda lo que yo deseo para mí, y que los demás me sirvan al amarme, de manera que triunfe mi egoísmo sobre el amor de los otros, el “yo soy” de mi auto-afirmación sobre el “tú eres” de Dios que quiere a Cristo su hijo gratuitamente, paa bien de todos los hombres, conforme a la revelación del baustismo (Mc 1, 9-119
Dios se entrega a Cristo, se pone en sus manos. También el hombre ha de entregarse a Dios en Cristo, ofreciéndole sus bienes y trabajos; pero, al fin, ha de ofrecerle algo más grande, su propia voluntad y su persona, dejando que Dios mismo le transforme por su gracia. Así lo ha puesto de relieve Pablo 1 Cor 13, 1-3, quizá la más elevada de las expresiones del amor. Este pasaje nos sitúa en el centro del misterio cristiano, allí donde Pablo había reflexionado sobre la ley y de la gracia.
Ley es todo lo que yo realizo con mi esfuerzo, como objeto de mi propia opción y resultado de mis obras. De esa forma puedo convertir el amor en ley, buscándome a mí mismo en el momento de la entrega, buscando así mi propia perfección (seguridad) en una especie de ofrenda que en el fondo es masoquista. Por eso, el verdadero amor sólo se puede cultivar en ámbito de gracia: allí donde supero el propio esfuerzo y vengo a situarme en manos del amor de Dios (y de los hombres). En otras palabras: tengo que dejarme querer, aprender a ser amado por Dios, dejando así que él amor por mi. Y con esto hemos entrado ya en la crisis.
3. Crisis de amor. Ruptura de niveles (4M)
La cuarta morada (4M) nos lleva hasta el cruce de caminos, allí donde la acción del hombre que da su vida enamor se vincula ya a la acción de Dios que viene y nos transforma con su amor, para que seamos así capaces de amarle. Hasta aquí predominaba la acción del hombre (que Juan de la Cruz ha titulado noche activa); ahora destaca el momento de pasión, en el que Dios mismo me cambia con su gracia (noche pasiva del amor).
Hasta aquí actuaba «el natural», la naturaleza en búsqueda de Dios. Ahora predomina la gracia: el Dios de Jesucristo sale a nuestro encuentro y nos renueva (purifica, transforma) con palabra-vida-luz de su mirada (Jn 1, 1.5). Hasta ahora parecía que el hombre iba sacando el agua del misterio con su esfuerzo del profundo pozo de la vida; ahora es el agua de Dios la que se expande y brota por sí misma, inundando, recreando nuestra vida (cf. 4M 2, 3-10).
Hasta ahora pretendíamos gozar nuestro contento: la acción virtuosa, el mismo gesto de la entrega, suscitaba un tipo de satisfacción interior. Así nos complacían nuestra propia bondad, nuestras virtudes. Pues bien, de ahora en adelante sólo nos importa el gusto de Dios: aquel sabor más alto de Dios con su presencia (cf. 4M 1, 4-14). Esto significa que se ha dado un cambio de nivel, como si hubiera cambiado el centro y eje de nuestra existencia: girábamos antes en torno a nuestra vida personal, de un modo egoísta. Ahora, en cambio, descubrimos que es Dios quien vive y actúa en nosotros, con aquellos que viven y actúan en nosotros, de una forma positiva (con su amor gratuito) o de una forma negativo con su poder de destrucción, como aquellos que dirigen el juicio y condena de Jesús, en su pasión.
4. Amar es ser amado, morir viviendo en Dios (5-6M)
Con la morada 4 hemos pasado del amor mas activo más receptico, en un camino de muerte que culmina en la resurrección. En este momento,estar enamorado significa colocarse en manos de otro de aquel que nos ama y ofrecerle nuestra vida. Teresa de Jesús comprar este momento con el gusano de seda que edifica con esfuerzo su casita (cf. 2M y 3M), y así muere dentro de ella, para renacer ya convertido en mariposa (5M y 6M).
Así debde morir tsmbién el amante en el camino. Debe superar sui amor propio egoísta; ha de romper las ataduras que ñe amarran al deseo de amor adulterado, de poder asesino, de posesiones de bienes a costa de los (5M 4, 3-7; Rom 13, 8-). Sólo de esa forma puedo colocarme en manos de Dios, para renacer de una manera superior, no ´mía, sino de Dios, resucita en mí, como ha resucitado en Cristo (cf. 5M 4, 6-7).
Se vinculan así enamoramiento y muerte: muero porque estoy enamorado, porque pongo mi existencia en manos de aquel que me ha entregado su vida, muriendo por mí, muriendo en mí, allí donde otros pueden perseguirme, como persiguieron y mataron a Cristo, que no resucitó para vengarse de ellos, sino para ofrecerles su propia vida. A través de este ejercicio de pasividad, el alma «quede como boba» para el mundo, permitiendo que Dios mismo imprima en ella su sabiduría (5M 1, 4), quedando el alma queda encandilada en la luz de Dios, de forma que todas sus potencias (memoria, fantasía, entendimiento) vengan aa «engolfarse» y desfallezcan, pues el mismo Dios actúa a través de ellas (cf. 5M 1,4-5).
Entendido así, el amor es un encuentro transformante: Dios se adueña de mi ser, de tal manera que ahora estoy en él y vivo ya para los otros (cf. 5M 3, 7), muriendo en el Dios de Cristo, para resucitar con él,en amor abierto a todos, como poner de relieve Pablo en Flp 1 1-11. La comunión en Cristo me ha liberado del antiguo egoísmo de la vida y ahora puedo vivir en transparencia de amor universal, abierto a los hermanos.
Dios ha tomado en posesión de amor mi vida, convirtiéndola en servicio de amor hacia los hombres (cf. 5M 3,9-11). De esa forma, aquello que podía parecer pasividad quietista (vivo en Dios, me olvido de los otros, dejo que ellos utilicen) se convierte en principio de una mñas intensa actividad de amor gratuito, dirigido hacia los otros: empiezo a amarles ya con el amor con que Dios ama.
A lo largo de la sexta morada (6M), Teresa va indicando algunos rasgos de este amor, interpretado ya en nivel de desposorio: el hombre y Dios se encuentran vinculados por el Cristo; se han dado una palabra de amor y se preparan para el matrimonio, en una especie de ejercicio radical de aprendizaje. En este plano, el amor es todavía intermitente: Dios «embiste» sólo a veces, en camino que está lleno de sorpresas. Por eso, el hombre pierde entonces su sentido en una especie de salida de sí o arrobamiento: la presencia de Dios que llama al alma la despierta, la suspende, de manera que a veces ya no puede dominarse; por eso pierde pie y parece volar como perdida, «embobada» en lo divino (cf. 6M 2- 5).
Como vengo indicando, este es un camino de amor y de muerte, lleno de sobresaltos propios de los enamorados. En el proceso de su encuentro con Dios, en el despliegue de su enamoramiento religioso, traducido coo intenso amor interhumano, los amantes se comportan como seres dislocados, muchas veces no duermen, se olvidan de comer, pierden incluso la conciencia, tienen visiones de Jesus, signos de Dios o incluso pierden l sentido. Por eso va como alterados, , soñando entre las cosas: mirano sin ver, actúa como autómata, olvidando a veces lo que hace. Sólo una cosa ocupa su interés: la llamada de Dios y su presenciaPor eso olvida las restantes cosas y vive solamente atento a la mirada y presencia del amado.
5. Contemplación de amor. tres símbolos fundamentales (7M)
Teresa de Jesús ha presentado esta morada como meta del camino, en matrimonio espiritual (7M 1, 2-6) o pacto en que Jesús se ha vinculado para siempre con los hombres. Pues bien, al llegar a este final, cuando la unión de Dios y el hombre se ha sellado con firmeza para siempre, descubrimos que ese mismo Dios presenta rasgos diferentes o, mejor, complementarios.
- Por un lado, Dios se muestra como esposo, como amigo que ha entregado su vida por los hombres. Por eso, la oración contemplativa es una especie de diálogo entre iguales: Dios asume por Cristo nuestra carne (vida humana), para hablarnos así de carne a carne, de humanidad a humanidad, de amigo a amigo.
- Por otro lado, Dios se muesta de tal modo trascendente que puede silenciar su trascendencia; renuncia ya al dominio, a la ventaja que le da ser creador, viniendo a presentarse sencillamente amigo. En este campo de amistad, donde Jesús y el hombre pueden dialogar ya cara a cara, ha situado Teresa el gran misterio del amor contemplativo.
Ambos a dos se miran y contemplan, ocupado cada uno de las cosas que al otro le interesan (cf. 7M 2, ls). Desde esta perspectiva, como conclusión de este epílogo y de todo el libro sobre Jesús que nos dcía “amaos unos a los otros”, quiero presentar y comentar tres pasajes significativos de de las Séptimas Moradas (7M, 2):
–Dios es Madre, Gracia original de pechos divinos, de los que mana Leche de Vida gozosa para todos los humanos. En ese principio, Fuente de toda realidad, estamos sustentados.
– Dios es Amigo, Cristo, Vida en rasgos de Alteridad y Compañía, como vemos en Jesús y descubrimos cuando interpretamos nuestra existencia como matrimonio en el sentido de, encuentro de amor con Cristo amado y con los hombres
– Dios es Familia, Espíritu Santo en forma de Comunicación o Diálogo de amor, de tal forma que el Padre y el Hijo habitan uno en otro e in-habitan en el alma, que se vuelve así “una misma cosa con el Padre y con Jesús”.
Estos son los rasgos que desarrollamos esquemáticamente, como fiesta de amor de Dios, desde la perspectiva de la Trinidad la eucaristía cristiana, en ejercicio de descubrimiento y reconstrucción teológica de la realidad, con la ayuda de Teresa de Jesús.
1. Dios es Madre-Padre: Tierra divina, la vida como don.
Nosotros (occidentales del siglo XXI=, herederos de una fuerte cultura impositiva y manipuladora, tendemos a olvidar este origen sagrado (divino) de la vida, creyendo que somos un producto de nuestra creatividad violenta o nuestro razón dominadora. Pensamos muchas veces que todo se conquista y mantiene por fuerza: se compra y vende, se comercia: nos creemos razón absoluta, sentido y verdad de lo que existe. Pues bien, en contra de eso, en sintonía con la más honda experiencia de casi todos los pueblos antiguos, tenemos que volver a la tierra (naturaleza).
Ciertamente, la Tierra no es Dios, pero es signo divino: principio del que varones y mujeres nacen, lugar donde comparten la existencia, unos con otros, en respeto y generosidad. Descubrir y agradecer la vida, que nos viene por la Tierra (agua y viento, plantas y animales, todo el universo) es el primero y más hondo de los gestos religiosos. Lógicamente, ella puede recibir rasgos divinos y maternos, expresados de manera humana. Así la ha visto Teresa de Jesús, que hace a Dios Fuente de vida, Pechos de madre que ofrece su propio alimento a los humanos:
(Dios Vida) Se entiende claro, por unas secretas aspiraciones, ser Dios el que da vida a nuestra alma..., que en ninguna manera se puede dudar..., que producen algunas veces unas palabras regaladas, que parece no se pueden excusar de decir: ¡Oh Vida de mi vida y Sustento de mi sustento!... y cosas de esta manera.
- (Pechos divinos). Porque de aquellos Pechos Divinos, adonde parece está Dios siempre sustentando el alma, salen unos rayos de leche que toda la gente del castillo conforta, que parece que quiere el Señor que gocen de alguna manera de lo mucho que goza el alma,)y de aquel río caudaloso, adonde se consumió esta fontecita pequeña, salga algún golpe de aquel agua para sustentar a los que en lo corporal han de servir a estos dos desposados (Moradas 7, 2, 7).
Están esposo y esposa (Cristo y el alma, Jesús y Teresa) bien unidos, en desposorio radical, como luego mostraremos. Desde esa unión de amor descubre Teresa el misterio original divino, que ella ha presentado en términos vitales (Dios es Vida de mi vida), maternos (unos Pechos que manan gozo y leche que sustenta a los humanos) y cósmicos (fuente original de la que brota agua de gracia y existencia para los humanos, en especial los enamorados).
De la Tierra Madre cósmica, que sustenta generosa a los humanos, haciéndoles hermanos, pues deben compartirla pasamos a la Madre Personal divina de Teresa de Jesús: creer en Dios es para ella una experiencia original de fe en la vida. No hay en Dios de imposición paterna (ley, juicio), sino generación vital materna: Él aparece así como Fuente de la Vida, Pechos abundantes, acogedores y gozosos, que alimentan a todos los humanos, no sólo al alma interna, sino a “la gente del castillo”, que son las potencias y facultades corporales.
Al hablar de esta manera, Teresa no ofrece un argumento conceptual, filosófico o científico, sino una experiencia vital. La filosofía y ciencia resultan secundarias, lo mismo que la teología escolar. Incluso el nombre dios es posterior, de manera que puede evitarse, si alguien lo siente impositivo, apresurado. Teresa habla de algo previo a todo razonamiento: del gozo de Ser, de saberse acunada en la Vida, del misterio de esos “pechos divinos” que nos amamantan para así crearnos.
Como niño que vive de la madre, así se siente y sabe el humano; no está arrojado sobre el mundo, perdido y expulsado sobre un páramo infinito, sino que se descubre sustentado, acariciado, bien fundamentado en el ser de lo divino. Sólo así podemos hablar de Dios, Fuente de Vida, cuerpo bello y fecundo de madre (más que padre), centrado en unos pechos. Ella, la Mujer Divina, Gran Madre, puede llamar y decir a sus hijos los humanos: ¡Tomad y bebed, este es mi pecho!, es mi cuerpo, es mi sangre (=leche), Vida de vuestra vida, Sustento de vuestro sustento. Por eso, la primera forma de agradecer la existencia es simplemente acogerla (=recibir la leche de los pechos divinos) y vivir; nada más y nada menos que vivir. Esta es la más honda eucaristía: dejarse querer, agradecer la vida, asumiéndola de forma apasionada, pudiéndolo decir y diciéndolo, si hubiera ocasión para ello: ¡Gracias, Padre/Madre por la vida!.
Recibir esa vida, reconocer su gracia, responder haciendo fiesta: eso es eucaristía. Así lo ha expresado Jesús, a quien podemos llamar Enviado de esa “diosa madre” de la vida, que ha querido ofrecernos su más rica intimidad: ¡Tomad, esto es mi cuerpo! ¡Bebed, esta es mi sangre! Quizá pudiéramos llamarle Maternidad encarnada, portador de vida. En ese sentido, más que los signos maternos (paternos) destacan en Jesús los amistosos y esponsales, como pronto indicaremos. Pero ahora, conforme al estilo de nuestra exposición, siguiendo la línea de ese hermoso texto de Teresa de Jesús, hemos querido presentarle como donante de toda su sangre.
Esta es una experiencia de amor: quien se siente implantado en la existencia y lo dice, ese sabe que existe lo divino (Aquel que le implanta). Quien se siente alimentado por los pechos de la vida, expresados en la Madre Tierra, ese sabe que hay Dios y puede invocarle como Madre. En forma simbólica podemos llamarle Fuente que mana el agua y leche de la vida. De manera más filosófica decimos que es Natura Naturans, Naturaleza Generante de la que proviene y donde se sustenta lo que existe.
2. Hijo y Amigo, Dios enamorado.
Pasamos del Dios Madre-Padr al Dios Hijo, compañero, amigo, que es Cristo. En ese Hijo Cristo también nosotros somos hijos de Dios y nuestra primera tarea acoger y agradecer la vida, en gesto de puro gozo, sin ninguna obligación, como niño que recibe el pecho de la madre. Pues bien, la segunda es nacer del todo, ir creciendo, hasta alcanzar autonomía y separarse, de algún modo, de la Madre, para vincularse a ella en forma nueva, no opresora ni patriarcalista. Así nos hace Dios, así nos quiere en un proceso donde podemos distinguir tres momentos:
– – Ser Hijo significa, por tanto, hacerse y ser Yo mismo (=Uno mismo): continuar sabiendo que mi vida es Don que he recibido, pero saber, al mismo tiempo, que ella es mi Tarea, algo que sólo Yo alcanzo a realizar. Nadie puede ocupar mi puesto y sustituirme: estoy llamado (ob-ligado) a descubrir mi propio ser, recorriendo un camino que es, al menos, arriesgado. Pudiera tener miedo y pensar: sería mejor continuar en brazos de la Madre, mamando gozoso de sus pechos, sin tareas ni cuidados... Pero entonces seguiría eternamente niño, no sería Hijo verdadero, Yo mismo, alguien distinto. Aceptar mi diferencia y soledad con gozo, asumir la tarea de mi vida, realizándome como persona: este es el segundo momento de la vida humana, que nosotros, los cristianos, descubrimos de manera ejemplar en Jesucristo.
– La autonomía del Hijo no implica sólo soledad para el vacío, sino que se expresa en el diálogo de Encuentro enamorado. Hay un amor de Madre, que es principio de la vida; hay un descubrimiento de la propia libertad, que es el centro de la vida; pero el culmen de ella sólo puede hallarse y desplegarse en el amor enamorado, es decir, en el Encuentro personal con los demás, conforme al símbolo del matrimonio, que consiste en “dejar padre y madre, para hallar el propio ser (mi carne y sangre) al vincularme a otra persona” (cf. Gen 1, 27; Mc 10, 6-7 par).
De esa forma, la misma generación (expresión de amor materno) conduce al surgimiento del Otro (Hijo/a) y al encuentro entre persona. En perspectiva humana, la relación generativa y esponsal han de distinguirse, pues de lo contrario la corriente de vida se cerraría en sí misma, de forma incestuosa: no es bueno que el hijo quede fijado en la madre, clausurándose en ella de manera indefinida; es bueno que salga, que rompa el cordón, que encuentre a un amigo/a diferente, para descubrir y desplegar con él o ella la inmensa maravilla del encuentro enamorado. Dentro del símbolo divino, ambos momentos pueden vincularse y se vinculan de forma paradójica: entre el Padre/Madre divino y el Hijo divino Jesucristo se establece una relación de Encuentro eterno, de gozo incesante de pareja enamorada, que la iglesia identifica con el Espíritu Santo.
Lógicamente, nosotros no podemos repetir sin más el despliegue trinitario, pues Dios es perfecto en su proceso (que es, al mismo tiempo, generación y encuentro enamorado), mientras nosotros vamos recibiendo, buscando y alcanzando esa perfección en un camino biográfico, marcado por el nacimiento, la apertura hacia los otros y la muerte: el avance del amor personal no nos devuelve a la Madre, sino que, apoyándonos en ella, nos conduce hacia el Amado. A pesar de eso, el principio y modelo trinitario se nos vuelve cercano en Jesucristo, a quien vemos como Hijo, es decir, como Aquel que realiza su proceso de amor divino en forma humana, sobre nuestro mismo suelo, expresando en forma enamorada (para todos los humanos) el Encuentro eterno del amor divino.
Somos hijos de Dios en amor, como gran matrimonio, en comunión de vida todos los hombres y mujees de la tieraDesde el amor de Dios ha nacido Jesús, para realizarse de manera personal (divina), como Hijos, heermos, formando todos un cuerpo de amor. Aprender a querernos unos a los otros, como inmenso matrimnio, en comunión de vida, ése es el principio y sentido de la mística cristiana, como sigue diciendo Teresa de Jesús, al final de las Moradas:
Pues vengamos ahora a tratar del divino y espiritual matrimonio... A esta persona de quien hablamos (=Teresa de Jesús) se le representó el Señor, acabando de comulgar, con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, y le dijo que era ya tiempo de que sus cosas (de Jesús) tomase ella por suyasy Él tenía cuidado de las suyas (de Teresa) (Moradas 7, 2, 1).Aparécese el Señor en este Centro del Alma sin visión imaginaria, sino intelectual..., como se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo “pax vobis” (Moradas 7, 2, 3; cf. Jn 20, 21).
Esta es una experiencia eucarística de amor en comunión comunión de cuerpo y sangre (¡Comed, es mi cuerpo! ¡Bebed es mi sangre!), de vida plena que sólo en pleno amor puede entenderse. La misma eucaristía se expresa en claves esponsales, conforme al simbolismo israelita de la alianza (¡Yo seré vuestro Dios, vosotros seréis mi Pueblo!), que aquí se despliega en formas personales: Jesús da su cuerpo a Teresa, es decir, se ocupa de sus cosas; Teresa da su cuerpo a Jesús, es decir, se ocupa de sus cosas. Este es un desposorio de comunicación completa, en libertad y entrega reversibles, sin que uno sea más o mande sobre el otro, pues los dos ofrecen lo que son (la esencia) uno al otro.
Este Dios amigo, que suscita y ratifica todo amor esponsal sobre la tierra, no es ya poder patriarcalista, ni donación de un superior (del padre al hijo), sino principio de armonía simétrica y comunicación enamorada. Sólo aquí recibe su sentido la eucaristía, como expresión de un matrimonio total entre Jesús y los humanos, es decir, entre los humanos que aceptan su camino y responde a la voz de su llamada. Esta es la eucaristía del Jesús resucitado, que se expresa y expande en toda la vida del cristiano, que toma formas esponsales, de comunicación personal y gratuita, en cuerpo y alma.
Así pasamos del nivel de infancia (el ser humano niño recibe la vida de Dios madre) al de madurez (humano verdadero es sólo aquel o aquella que puede compartir y comparte con otros la existencia, en donación gratuita y gozosa, en acogida agradecida y completa). Quien así entrega su vida y la vuelve a recibir del otro, como regalo de amor, descubre el placer de la existencia, vinculado al gozo del mismo Dios, que se revela en Cristo como Hijo pleno, Dios enamorado. Ciertamente, Jesús es Mesías y Señor, Redentor del mundo. Pero él sólo ha podido expresar y realizar su señorío mesiánico y divino en forma de amor dialogal: ha escuchado y respondido, ha recibido y compartido la vida con los hombres y mujeres de su entorno.
Del Dios materno que cuida generosamente a los humanos (sus hijos) venimos al Dios esponsal y fraterno, que goza en amar y ser amado, en cercanía y comunicación transformadora, que culminan por Cristo en el símbolo eucarístico: sólo un hombre o mujer enamorado/a puede pedir ¡come, bebe, esto es mi cuerpo!, dando al otro y compartiendo con el otro el pan y vino de la vida. Lo que él ofrece no es ya un cuerpo de Madre divina (pechos abundosos, manantial de leche), ni el poder de un padre que planea por arriba, con autoridad dictatorial, sino el rostro y cuerpo humano del amigo/a, que goza y/o sufre a nuestro lado y que nos pide pan o una palabra de conocimiento, dignidad, ternura.
Jesús se ha vuelto así cuerpo ofrecido (se da a sí mismo: eucaristía) y necesitado (quiere que le alimentemos y acojamos en los pobres: cf. Mt 25, 31-46). Dios no se revela, por tanto, en los principios de la totalidad social, que pueden ser manipulados, al servicio del sistema o del estado, tampoco en la intimidad de la pura conciencia, sino en la comunión concreta de amor entre los hombres y/o mujeres de la tierra. Por eso, el símbolo supremo del Dios Hijo en el mundo es el pan y vino compartido: la solidaridad concreta de hermanos y amigos.
El Dios Eucaristía asume los principios del jubileo judío (libertad, perdón de las deudas), pero avanza en una línea de comunicación cercana, abierta y exigente, que se expresa en los momentos básicos de la comida fraterna y esponsal, simbolizados por el cuerpo (pan) y la donación intensa de la vida (vino). Este es un misterio de intimidad (Jesús es Dios enamorado), que se expande y comparte entre muchos, suscitando así un cuerpo más extenso de hermanos y amigos, en torno al pan y al vino. Aquel que nos capacita para vincularnos como cuerpo, en amor enamorado y servicio mutuo, en torno al pan y al vino de la buena y provechosa comida: ese el Dios de Jesucristo, es la Fiesta de la Eucaristía.
Del aquel que da pecho a su niño (=madre/padre anterior, ya evocada), pasamos así al Dios de las personas maduras (varones y mujeres), capaces abrir un espacio de solidaridad y compartir el alimento sólido del pan y el vino (cf. 1 Cor 3, 2), en gesto intenso de comunicación liberadora y amistosa, que se centra en Jesucristo. En el fondo de ese Dios amigo que es Jesús sigue alentando el Padre/Madre, que le ha enviado y le sostiene: pero ese Dios ya no se encuentra arriba, fuera, como Señor impositivo, sino que es el Mesías encarnado, el compañero que anima a los hermanos en la búsqueda de diálogo y justicia sobre el mundo, el enamorado/a, esto es, hermano del alma, que nos ofrece sin pudor ni imposición su propio cuerpo, dándonos su sangre.
3. Dios Familia. Jubileo, Eucaristía y Trinidad
Las reflexiones y experiencias anteriores han querido mostrar que el verdadero Dios no se halla jubilado, pues aparece y actúa como Madre fundante y Amigo/Esposo universal, en Cristo. Dios está fuera, en los bordes de la vida, ni se esconde en aquellos agujeros negros que aún no hemos logrado explicar con nuestra ciencia. Al contrario, este Dios vive y actúa en el centro de la vida: en su origen materno (Padre), en su camino de amor (Hijo), en su proyecto de familia (Espíritu Santo).
Hemos venido suponiendo que los rasgos anteriores se unifican, en clave trinitaria: el mismo Dios es Madre fundante, que nos hace ser, y Amigo que comparte nuestra vida, haciéndonos capaces de dar y recibir en amor enamorado. Podemos y debemos afirmar, con la tradición de la iglesia, que son dos personas (Padre/Madre, Hijo/Amigo), siendo el mismo Amor transcendental (en sí mismo valioso), que ha querido expresar y realizar su misterio entre nosotros (como amor humano), en forma de comunión definitiva (Espíritu Santo).
Hemos aludido también a la famosa ley cósmica que dice “nada se crea, nada se destruye, todo se transforma, en incesante proceso de generación y corrupción”, pues la muerte de una realidad es nacimiento para otra. En contra de eso, hemos trazado la más honda ley sagrada, que nos lleva a descubrir y venerar a las “personas” divinas en el fondo del proceso de la realidad: no todo se crea y se destruye, pues el Padre/Madre permanece y es divino (precisamente Padre/Madre) dando lo que tiene, y lo mismo podemos afirmar del Hijo. Por eso, en vez de la constante destrucción o cambio hallamos el Espíritu Eterno del amor divino. Dios no es un proceso indiferente donde fin y principio son lo mismo, sino encuentro personal: Madre/Padre que es divina dando todo lo que tiene; Hijo divino que todo lo recibe y comparte con sus hermanos en la historia, siendo Espíritu Común, Comunión personal abierta a todos. Estos son sus rasgos principales:
– Dios Espíritu es Don, Regalo Mutuo: Vida recibida, agradecida, devuelta y compartida. Nada es en Dios obligación, nada destino: todo es generosidad y gratuidad liberadora. Esto es creer en Dios: superar el nivel de la “mamona” donde cada cosa se compra y vende por negocio, para adentrarse en el camino y meta de la vida regalada y compartida.
– Dios Espíritu es Regalo hecho Persona. Lo que el Padre/Madre da no es algo extraño, se da a sí mismo; lo mismo sucede con el Hijo. No hay un Ser de Dios al exterior de este Regalo común del Espíritu santo, que es Persona siendo Amor mutuo, Unión de dos personas. No dan uno una cosa y otro otra: se dan a sí mismos, dan lo mismo, en Regalo compartido.
– Dios Espíritu es Regalo Culminado. No es proceso indefinido, que un día acabará (como parece que hará el mundo), ni eterno retorno, en el que todo da lo mismo, sino Amor que llega hasta su meta y culmina como encuentro personal. No se expresa y actúa porque le falte algo, sino por superabundancia y generosidad, porque ofrece a otros lo que tiene.
Sólo esta visión del Dios trinitario nos permite hablar de una escatología que no es giro errante de las cosas, ni búsqueda sin fin de aquello que vendrá al final, sino camino culminado donde nosotros culminamos, de forma que el estado que la tradición ha solido llamar cielo es el mismo Encuentro pleno (liberador y enamorado) de los humanos entre sí, con y en el misterio trinitario. El despliegue de la comunicación perfecta y plena, en plenitud pascual: eso es Dios para siempre, todo en todos, en formas de regalo culminado. Esto es el cielo. Así lo ha indicado el judaísmo, cuando los profetas (especialmente Is 41-56) han interpretado el jubileo en forma escatológica: la tierra compartida (Lev 25) se ha vuelto un símbolo muy hondo de la Nueva Tierra y Nuevo Cielo, donde los salvados comerán y beberán unos con otros (unos de otros), en gozo fuerte, comunicación perfecta. Lógicamente, Teresa de Jesús ha interpretado este motivo en forma trinitaria:
º Orando una vez Jesucristo Nuestro Señor por sus Apóstoles (Jn 17, 21), dijo que fuesen una cosa con el Padre y el Él, como Jesucristo nuestro Señor está en el Padre y el Padre en Él. ¡No sé que amor puede ser mayor que este! Y no dejaremos de entrar aquí todos, porque así dijo Su Majestad: “No sólo ruego por ellos, sino por todos aquellos que han de creer en mí también” y dice “yo estoy en ellos” (Jn 17, 20.23) (Moradas 7, 2, 9-10).
¿Sabéis que es ser espirituales de veras? ¡Hacerse esclavos de Dios!... Así que, hermanas, para que (vuestra vida) lleve buenos cimientos, procurad ser la menor de todas (las hermanas) y esclava suya (de las hermanas), mirando cómo o por dónde las podéis hacer placer y servir... (Moradas 7, 4, 9).
Pasamos así del matrimonio (unión íntima con Jesús y/o con otros creyentes) a la comunión más extensa de la iglesia, representada por los apóstoles. En ellos habita la Trinidad, siendo ellos signo de Dios sobre la tierra. Esto es creer en Dios, expresar su misterio: abrirse en comunión de amor y servicio mutuo hacia los otros. He destacado la universalidad, pues en esta comunión que brota del Jesús enamorado entran todos, como expresamente afirma Teresa, re-interpretando Jn 17, 20 de manera universalista. Así se expande la familia divina: el Dios que aparecía primero como Madre y luego como Amor Enamorado será al fin y plenamente Comunión donde los humanos se regalan y sirven unos a los otros, descubriendo y desplegando el placer de la existencia compartida, envuelta en gloria.