24.05.26 Pentecostés. Las tres epifanías del Espíritu Santo. No hay una de mujeres otra de varones. Las tres son de mujeres y varones

1. Epifanía del Espíritu en el Antiguo Testamento

Una de las expresiones que Israel ha utilizado para plasmar su experiencia de Dios es ruah (espíritu). Dios se define en Israel como espíritu por ser un ámbito de vida, aliento, respiración, de los hombres.   Se llama a Dios espíritu porque es fuerza creadora, aliento en que las cosas y los hombres se sustentan. Siendo reales, las cosas son en Dios. Teniendo autonomía, el hombre existe únicamente en el fuego de amor-vida de Dios como Espíritu.

  Por eso, el hombre nunca vive desde sí ni para sí; existe inmerso en el espíritu divino y caminando hacia el futuro (el nuevo nacimiento) a que el espíritu le abre.

Ciertamente, el hombre tiene ruah, tiene aliento y vida propios. Pero su aliento es vacilante, su vida es siempre corta, amenazada por la muerte, deficiente. Por eso, el hombre es ruah de verdad, existe de manera profunda, esperanzada y creadora en la medida en que se deja penetrar y transformar por el espíritu divino.          

La tradición filosófica occidental ha devaluado, quizá de una manera excesiva el espíritu, aliento de vida de los hombre ser, las relaciones, fijándose de forma preferente en las substancias, los seres absolutos que subsisten en sí mismos. Pues bien, para entender el sentido del espíritu en el AT es necesario superar esa visión esencialista del mundo y de los seres. Debemos descubrir que para el hombre Dios existe en la medida en que se expresa (se actualiza) como campo de ser y realidad, como aliento de vica, como fuego de amor que arde en los hombresen la medida en que se muestra como espíritu. Por eso debemos añadir que el hombre existe (tiene realidad) en cuanto está fundamentado (protegido y potenciado) en el espíritu divino.

 La Biblia no habla de aquello que nosotros designamos como substancia divina. Para el AT, Dios no es substancia en sí, sino respiración de vida en la que respiramos, fuego en el que ardemos, amor enel que nos enamoramos.  [1].

La ruah no es una entidad ni divina ni humana, sino un modo de ser y un modo de existir. ¿Se podría definir utilizando el término «participación»? Ese término nos parece equívoco, pues deja suponer un parentesco de esencia que el AT excluye y que proviene, por el contrario, de la herencia platónica... Por eso preferimos el término dependencia relacional o mejor dicho, dependencia amorosa... [2]

Esta dependencia relacional que constituye el contenido del espíritu en el AT tiene dos vertientes bien marcadas. Mirado desde Dios, el Espíritu santo esde Dios es el don libre libre y creador por medio del cual  la cual ha hecho surgir al hombre, un ser con el que puede dialogar en forma personal. Mirado desde  el hombre, el Espíritu es el hálito de vida en el que los sres humanos existen y respiran, en cuyo fuego arden (como la zarza ardiente de Ex 3), sostenidos en ese campo fecundante del amor divino y abierto, por tanto, hacia la trascendencia de un de amor con con Dios y hacia la plenitud de l verdadera. Precisamos estos rasgos:

a) Primordialmente, la ruah es la acción (o la presencia) de Dios que vitaliza el ser del mundo y de una forma peculiar la historia del hacerse de los hombres. El Espíritu santo es el mismo Dios como halo o aureola de fuego-amor amor con que ese Dios se encuentra rodeado y actúa sin cesar haciendo que la vida nazca y que los hombres lleguen a alcanzar la salvación.

b) En segundo lugar, la ruah es la misma irradiación de vida-amor de los hombres en el mundo. Mirada en sí misma,la ruah de vida de los hombres vacilante, limitada, siempre débil. Pero mirada desde Dios la ruah del hombre una vida abierta de amor

c) El AT ha descubierto que la  ruah o impulso divino (llama, aliento) de Dios  desborda las actuales condiciones de la vida. Nos hallamos en Dios y sostenidos por su fuerza nos podemos sentir ya confiados. Nuestro futuro no se apoya en las propiedades que tenemos (aquello que ahora somos) sino, más bien, en el misterio abierto y el poder vitalizante del espíritu divino que se expresa en nosotros. No somos nosotros los que nos hacemos, sino que es Dios quien se hace, vive y ama en nosotros. Dios no es sólo el que era, sino el que es y el viene…, viene a través de nuestra vida como esperanza de resurrección..

Eso nos hace comprender que el verdadero ser del hombre en el AT es algo que se encuentra todavía sin nacer del todo, está naciendo, como semilla de vida sembrada en el campo de vida eterna que es Cios. Está escondido en la esperanza. El hombre es como un embrión, una semilla que se está gestando y puede (debe) ser sacado a la luz en la plenitud de Dios.

 Todo eso debemos situarlo al trasluz del NT. Advertiremos por un lado que Dios tiene rasgos paternales, como muestra la invocación de Jesús, abba: Padre, Made, hermano.

Es Padre por hallarse en el principio original, porque dirige el mundo en su palabra y porque traza unos caminos de vida por los cueles el hombre puede abrirse al infinito de la vida. Por eso, siendo Padre, Dios es Madre, de manera que en su “seno” vivimos, nos movemos y somos, muriendo para resucitar en amor, por a   

Ciertamente, al emplear nuestras imágenes del padre y la madre no podemos proyectar sin más en lo divino la experiencia interhumana y creadora de unos esposos del mundo (la pareja del dios y de la diosa de los antiguos mitos hierogámicos). La conquista espiritual del pueblo israelita ha consistido en descubrir que Dios es trascendente y que supera la experiencia (el plano) del amor de un eros cerrado en lo biológico. Pues bien, en esa visión del AT, el eros se transforma en ágape, amor de gratuidad, de libertad y de esperanza.

Aquí culmina la primera epifanía o manifestación de Dios en la historia de la humanidad, tal como ha sido formulada por el AT. El espíritu se hallaba en medio de los hombres, se mostraba como un campo de vida y esperanza y dirigía todo hacia el mesías (la nueva humanidad, el hombre pleno).

Él surgimiento de la nueva humanidad (el Cristo) es obra de Dios, ciendo obra de los hombres. Es la obra de Dios que en Jesús se ha autoexpresado totalmente viniendo a estar fuera de sí (pero no para perderse, sino para encontrarse). Es la obra del hombre que en Jesús alcanza aquella realidad a la que estaba dirigido. En esta primera y en algún sentido definitiva epifanía descubrimos que la acción de Dios y de los hombres se han unido; por eso afirma la iglesia que Jesús ha nacido del espíritu que actúa por medio de María.

Entendido así, el  espíritu es la maternidad de Dios, que se expresa de un modo especial en María  como maternidad del AT (de la tierra). De esa común maternidad de Dios y de los hombres ha nacido Jesús, el Hijo de Dios Padre. Hasta entonces el espíritu podía estar comprometido en parte y realizar su acción sin expresar su realidad del todo. Ahora ha actuado de forma definitiva, haciendo surgir la totalidad de Dios en medio de los hombres.

Este pentecostés del AT va del Padre al Hijo (Jesús) por medio del espíritu y se expresa de una forma paradigmática en el descenso del espíritu sobre Israel (María). En este contexto y dentro del plano de absoluto simbolismo en el que estamos es plenamente coherente que el espíritu llame a Jesús «hijo» según el testimonio del evangelio a los Hebreos[3].

Podemos afirmar que las funciones del espíritu y María (vistas simbólicamente) se unifican: la obra del espíritu de Dios que hace surgir al Cristo se realiza en María; el seno materno de María (Israel, humanidad) constituye sobre la tierra la realización (la con-creación) del ámbito materno del espíritu divino[4].

Siguiendo en este plano podemos afirmar que el Espíritu santo es la maternidad hipostática de Dios, el ámbito de amor, el seno fecundante de la vida en el que Dios se expresa y actualiza sin dejar de ser el Padre trascendente. «El Espíritu santo no sustituye al Padre, pero crea el estado maternal como poder espiritual de concebir, de acrecentar el ser»[5]. Resumiendo esta experiencia, podemos afirmar:

a) Dios no es un Padre lejano, separado lejos de los hombres a quienes manda cumplir sus mandamientos, sino seno maternal en que se gesta la vida de los hombres. Si Dios fuera simplemente un padre alejado no podría haber surgido sobre el mundo la existencia salvadora. Dios y el hombre se hallarían separados para siempre. Si, al contrario, no fuera más que el ámbito materno del espíritu no habría distinción fundamental entre el hombre y lo divino, habría un panteísmo. Nuestra experiencia nos conduce a precisar los dos momentos: sin dejar de ser el Padre trascendente, Dios es campo maternal en que se hace (surge) nuestra vida.

b) Cuando afirmamos que Jesús procede de Dios indicamos  que es emanación del espíritu divino, es decir, es el que nace del amor y la presencia fecundante de la ruah de Yahvé sobre la tierra. Pero debemos añadir que Dios es Hijo, es la expresión del Padre que, siendo trascendente, se ha revelado  plenamente como humano en Jesús, hombre amado, hombre que ama.

 2. Epifanía del Espíritu en la vida de Jesús

En una segunda dimensión del evangelio descubrimos que el espíritu no es simplemente el seno maternal del que procede el Hijo (salvador) sino más bien la fuerza divina que se expresa por Jesús, que opera en su persona y le convierte en el mesías. Del origen pasamos así al despliegue de vida en el que brota el Cristo.El testimonio más significativo de esta visión lo constituye el logion sobre la expulsión de poderes des destrucción del mundo: Si yo expulso a los “demonios” con el espíritu de Dios es que el reino de Eios está llegando a vtros (Mt 12, 28; Lc 11, 20). Por medio de los exorcismos adviene la realidad cualitativamente nueva del reino de Dios sobre —entre— los hombres. Ese reino (la nueva humanidad) es obra del espíritu divino que se expresa y actualiza por Jesús, el Cristo.

Este pasaje ¡con el espíritu de Dios expulso a los demonios! Está indicando vrias cosas. a) Que Dios se acerca y toma de manera directa los poderes de la tierra; b) que Dios actúa por medio de Jesús,  es decir, por medio de los hombres que escuchana su palabra;   c) que Jesús es el rostro del amor de dios sobre la tierrala actuación de Dios (su poder, presencia entre los hombres).

En esa línea se podría decir una manera general y aproximada  que Dios dispone de dos momentos de presencia sobre el mundo, el Hijo y el espíritu, como dos mas (según san Ireneo), la mano de Jesús “persona”, la mano del Espíritu amor mutuo. Pero estos modos no son independientes. Ambos sirven de expresión al mismo Dios, ambos realizan una misma presencia salvadora.

Por un lado está Jesús como persona concreto, su Hijo en el mundo. Por otro lado, a miso tiempo, está el  espíritu como amaor mutuo, como en la de vida compartida en Cristo y por Cristo. Hay, según eso, dos funciones, dos signo de presencia de Dios:

- Por un lado está, la función  y presencia personal de Dios, un hombre concreto, varón-mujer, conciencia de Dios sobre la tierra

- Por el otro está el espíritu como aliento-llama de Dios en la vida de los hombres, como palabra y el poder de su mensaje.  [6].

La primera perspectiva (Jesús viene del espíritu) constituye la nota esencial de lo que hemos llamado pentecostés del AT. La segunda es el punto de partida de lo que llamaremos luego pentecostés eclesial. Del Jesús que nace en ámbito de espíritu pasamos al Jesús que da el espíritu. Como intermedio entre las dos perspectivas se encuentra la vida vida y pascua de Jesús, hombre que nace del espíritu de Dios, hombre qe ofrece su espíritu (la vida de Dios a los hombres)..[7]

Con esto replanteamos todo el tema de la presencia de Dios en Jesús, distinguiendo en ella dos momentos: Jesús es, por un lado, el hijo de Dios; Jesús tiene, por el otro, el espíritu divino. Así lo puso de relieve H. Mühlen,  en una obra tituladaEl Espíritu santo en la iglesia[8].

Utilizando como base sus planteamientos, presentaremos nuestra opinión acerca de las relaciones entre Jesús y el espíritu. H. Mühlen piensa que la encarnación de Dios en Jesús no constituye el único principio de verdad del cristianismo. Si fuera así, la iglesia formaría simplemente la expansión del Cristo y los cristianos un momento de su cuerpo. De esa forma acabaría perdiéndose el valor de libertad de los diversos individuos (las personas) dentro de la iglesia, se perdería en ella la experiencia carismática[9].

 El gran problema de la teología es, según H. Mühlen, las relaciones de Cristo y de la iglesia (encarnación y presencia del espíritu). Éste es,  un problema, al mismo tiempo, al mismo tiempo, un tema eclesial y trinitario. La encarnación y la iglesia son distintas entre sí de un modo análogo a las dos procesiones divinas, es decir, como son distintos el Hijo y el Espíritu santo. 

La misión del Espíritu santo en la naturaleza humana de Jesús es lo que la Escritura llama unción de Jesús con el Espíritu santo. Entre encarnación y unción no se puede hablar de una diferencia temporal sino lógica. Tal diferencia es, a nuestro parecer, fundamentalmente idéntica a la distinción entre encarnación e iglesia, en la medida en que la iglesia comienza verdaderamente por la unción de Jesús.[10]

El tema  central de la teología está por tanto, en precisar la forma en que el espíritu depende del Hijo y constituye, al mismo tiempo, una entidad distinta y nueva…, la forma en que el Espíritu de Jesús actúa en la acualidad en el mundo, transformando la vida de los hombres. O traducido a términos eclesiológicos, mostrar que la unción (o efusión) del espíritu depende de la encarnación pero no se identifica simplemente con ella. Todo esto supone que en el Cristo es necesario distinguir dos elementos: por un lado está la encarnación: Jesús actualiza en forma humana su función y ser de Hijo; por otro lado está la unción: Jesús recibe en su existencia humana el mismo espíritu que tiene en lo divino como el Hijo. Sólo así puede ser el «cristo».

Si por un imposible hubiera encarnación sin unción del espíritu no habría más que la asunción de la naturaleza (historia humana) de Jesús en la persona (y realidad) del Hijo. El mundo seguiría sin cambiarse. Pero en la historia salvadora encarnación y unción están unidos. Jesús recibe como un hombre el espíritu de Dios; y lo recibe con la misma función unificante de amor que el espíritu tiene en lo divino.

Pues bien, el mismo Jesús ha nacido por obra del espíritu de Dios (Lc , 26-38) ofrece a los hombres su Espíritu en Pentecostés (Hch 2), para que la llama-fuego de Dios arda en ellos, para que se vuelven palabra de comunión y vida compartido, no simplemente como zarza de fuego (Ex 3) sino como llama y lengua de fuego en cada uno de los hombres y mujeres, para comunicarse entre sí, para hablarse, para amarse, siendo todos presencia sacerdotal y misionera de Dios, Iglesia.

En la entraña del misterio trinitario, el Espíritu constituye la unión de amor que liga al Padre e Hijo. A través de la encarnación, ese mismo Espíritu —sin dejar de ser divino— se convierte en la fuerza de amor (fuego y palabra) que unifica a Jesús con los cristianos (y a los cristianos entre sí). Por estar ungido con el Espíritu y por entregarlo a los demás, Jesús es Cristo y su existencia humana tiene valor de salvación para los hombres..

En Pentecostés todos los hombres y mujeres se vuelvlen sacerdotes del fuego de Dios, ministros de su palabra…, todos, sin excepción, no por ordenación “humana” de clase, sino por ordenación divin de Espíritu y fuego, de amor y vida comparatida.

Desde el primer momento de la encarnación la realidad humana de Jesús ha sido ungida en el espíritu. Por su muerte y por su pascua ese espíritu ha sido enviado a los hombres, como fuego y palabra de amor y de vida, sobre mujeres y vcarones, con María, la Madre de Jesús, con las mujeres amigas de Jesús, con los doce…. Con loss 120 primeros cristianos que son signo de los millones y millones de cristianas y cristianos (ungidos por Pentecostés), como portadores del fuego de Cristo, de la palabra de Cristo.  

No hay Pentecostés de unos sobre otros, un Pentecostés de jerarcas varones.. sino un pentecostés universal de fuego de amor y de palabra enarnada por Jesús en todos sus amigos, expandida por Jesús a todos los creyentes mujeres o varones, griegos o judíos… etc.ect.

Como hemos visto, existe un primer pentecostés (del AT) que precede a la venida de Jesús y la origina. En segundo lugar, lo que se puede llamar presencia del espíritu en Jesús no es una especie de segunda bajada del espíritu que sigue a la venida de Jesús, el Hijo. El espíritu es sencillamente el ámbito de vida de Jesús, el campo en que se mueve su existencia, la verdad más radical de sus palabras, el poder de sus acciones...

Al hablar de Dios, dijimos que el espíritu era el campo de su acción, como un hálito de fuerza creadora (el seno maternal) que le rodea y del que surge la existencia de los hombres. Como el hijo totalmente perfecto que ha surgido de ese seno, hablamos de Jesús, presencia personal concreta de Dios sobre la tierra. Pues bien, ahora sabemos que el ámbito de vida de Jesús (su entorno personal) lo constituye el mismo espíritu de Dios.

 Esta es la conclusión a que llegamos. Para entenderla plenamente y valorarla tendremos que esperar una visión más sistemática del tema. Antes de ello trataremos todavía del tercer pentecostés, la epifanía pascual del espíritu de Dios.

Por una epifanía pentecostal de la iglesia

El misterio primordial del cristianismo puede estructurarse de este modo: la presencia y actuar de Dios (su espíritu) se identifica con la presencia y actuación del Cristo. No hay dos campos de vida y realidad para los hombres, no hay dos fuerzas separadas, diferentes y absolutas. La experiencia de la iglesia ha descubierto que Dios y Jesucristo tienen (fundamentan y realizan) el único ámbito vital y vivificante del espíritu.

Esta comunión en el espíritu ha sido consumada por la pascua. Por una parte, Dios ha suscitado plenamente al Hijo, respondiendo a la pregunta abierta de su historia, haciéndole nacer a su verdad definitiva en el espíritu. Por otra parte, el Hijo ha recibido por la pascua los poderes de su Padre. Dios no se reserva absolutamente nada; todo lo pone en manos de su Cristo y desde ahora, uno y otro, en un encuentro de amor generador y de respuesta confiada, fundamentan (o suscitan) el campo de poder y realidad de lo divino (espíritu).

Con la pascua culminaba el hacerse de Jesús, el Hijo. En esa misma pascua se estructura, se define y se realiza el misterio del espíritu. El espíritu no es sólo el campo germinal del que procede el Cristo ni la fuerza y el sentido de su historia sobre el mundo. En esos dos estadios el espíritu se hace, va expresando su fuerza, se concreta. Pero sólo en el momento de la pascua se define de manera total y se realiza en forma plena.

La pascua se despliega según esto en dos vertientes. Por un lado, es el futuro (el nacimiento pleno) de Jesús, hijo de Dios y salvador de todos los humanos. Por el otro, es el principio del espíritu. Es espíritu es, por tanto, la fuerza por la cual Dios hace surgir al Hijo, es la respuesta del Hijo que realiza el beneplácito del Padre y es la misma hondura de ese encuentro. Tal es la segunda vertiente de la pascua.

Como encuentro del Padre y el Hijo, el Espíritu está plenamente realizado por la pascua. Pero siendo Jesús hermano nuestro (el hombre más auténtico) y siendo Dios el que se abre hacia la tierra, el campo del espíritu pascual en que los dos se hallan unidos vendrá a ser el fundamento de la vida de los hombres. Esto significa que mirando hacia nosotros la pascua de Jesús se ha traducido (se traduce) en forma de presencia del espíritu (Pentecostés)[11].

No se trata de dar poder a las mujeres…Nadie se lo puede dar nos lo ha dao Cristo a todos mujeres y varones en Pentecostés…No se trata de hacer a las mujeres diáconos o sacerdotes en la iglesia, como si o lo fueran, esos es una “herejía” (peros aún, una tontería). Mujeres y varones son pr igual en Cristo y el espíritu  sacerdotes y diáconos, son Pentecostés, como afirma este día de Pentecostés no sólo Hch 2, sino Gal 3, 28 y Rom 8. Quien tenga oídos para oir que oiga. (Seguirá)

[1] G. Auzou, La fuerza del espíritu., Madrid 1968, 87, nota 127.

[2] D. Lys, Rúach: le souffle dans l'AT, Paris 1962, 357-358.

[3] Cf. K. Aland, Synopsis quattour evangeliorum, Stuttgart 1965, 27. Los fragmentos del Evangelio a los Hebreos donde el Espíritu llama a Jesús su hijo y Jesús llama al Espíritu su madre en E. Hennecke, NT Apocrypha I, London 1963, 163-164. Comentario de Ph. Vielhauer en 158-163

[4] Cf. S. Boulgakov, Le Paraclet, Paris 1946, 215-217

[5] Cf. P. Eudokimov, La mujer y la salvación del mundo, Barcelona 1970, 237; cf. 235-238, 160 s, 206 s, 216 s. A. Maranache, L'Esprit et la femme, Paris 1974, 61-62.

[6] El texto de la expulsión de los demonios (Mt 12, 28 y Lc 11, 20) alude a Jesús como instrumento al servicio del Espíritu. En los relatos del bautismo (Mt 3, 16-17 par) y nacimiento (Lc 1, 35; Mt 1, 18-25) está en el fondo una certeza semejante: el mesías, salvador, proviene del espíritu. Pero muy pronto, al menos desde el momento en que se atribuyen a Jesús las palabras del Bautista relativas al más fuerte que viene, se supone que es el mismo Jesús el que dispone del Espíritu, el que bautizará a los hombres en Espíritu santo y fuego (cf. Mt 3, 11 par).

[7] Para precisar esta afirmación habría que estudiar cada uno de los sinópticos, y especialmente Lucas, mostrando que la vida de Jesús es el lugar donde el espíritu se ha hecho presente entre los hombres. Habría que fijarse especialmente en Mt 12, 18-21; Lc 4, 16-30; Hech 10, 38. En todos estos casos, el poder de Dios se identifica con la fuerza de Jesús; por eso Jesús, el que ha nacido del espíritu, podrá ser aquel que da el espíritu a los hombres.

[8] Publicado en Salamanca 1974

[9] Ibid., 224-242. Esa visión encarnacionista de la iglesia corre el riesgo de interpretar el hecho cristiano a partir de un modelo fisicista de la realidad, diluyendo la independencia de los hombres; pero su riesgo principal es que olvida el hecho del espíritu.

[10] Ibid., 248.

[11] Para precisar las afirmaciones anteriores habría que estudiar la función pascual del espíritu en Lucas, Pablo y Juan. Con Pablo habría que afirmar que el Señor resucitado es (actúa como) espíritu (2 Cor 3, 17). Con Juan se debería añadir que el espíritu es la fuerza que el Jesús glorificado envía desde el Padre para revelar la gloria de Dios entre los hombres. Con Lucas tendríamos que estructurar los dos elementos del triunfo de Jesús, su presencia a la derecha del Padre y el envío del espíritu.

La iglesia del futuro
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