30.05.26 Vigilia y Romance de la Trinidad: Dale toda su substancia y toda se la tenía.

El día de la Trinidad no es una fiesta particular, sino compendio y plenitud de todos los tiempos y fiestas del Año Litúrgico: Adviento, Navidad, Epifanía Cuaresma, Pascua y Pentecostés. Así quiero prepararla esta vigilia de sábado con cierta solemnidad.

Muchos años enseñé el Tratado de la Trinidad en una Universidad Pontificia. Media docena de libros publique sobre el tema que andan por ahí catalogados en Amazon o Google, como podrá ver el lector interesado.

Aquí ofrezco para los habituales de este Blog y de FB una introducción al tema, tomada del comentario al Romance de la Trinidad.

La cultura y economía (política) de occidente ha tomado ciertos principios cristianos, pero ni por asomo ha llegado a la Trinidad, sino que es radicalmente anti-trinitaria, en España y USA, en Rusia en China, como podrán ver los que sigan leyendo. Por su parte, las iglesias cristianas guardan la Trinidad en el credo, pero tampoco son trinitarias, como podrá ver también quien siga leyendo y meditando.

 No lo lo yo, sino San Juan de la Cruz, quizá el mayor poeta pensador de lengua castella en un romance popular, de esos que se cantaban en plazas, fiestas y caminos, un romance titulado De la Trinidad y de la Encarnación. Comentaré sólo a modo de introducción, comentando . Ser trinidad en el Dios de Cristo significa ser lo que recibimos y damos, en gozo, para que los otros sean... sus 45 primeros versos.

Buscar ante todo el bien de la propia patria es negar la trinidad. Poner el propio yo (de chino, urdu, americano, hispano o ruso) antes por encima del tú de los otros es ser anti-trinitario. En conjunto, pueblos imperios o tribus que que pongan su yo por encima del tú de los otros no han pasado la criba del concilio trinitario de Nicea o III s Letrán. Así lo dice el Romance, así lo mostraré en el comentario.

 Romance de la Trinidad

1. En el principio moraba el Verbo, y en Dios vivía,

en quien su felicidad / infinita poseía.

5. El mismo Verbo Dios era, que el principio se decía;

él moraba en el principio, / y principio no tenía.

10. El era el mismo principio; /por eso de él carecía.

El Verbo se llama Hijo, /que del principio nacía;

hale siempre concebido /y siempre le concebía;

15. dale siempre su sustancia, /y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo / es la que en el Padre había

y toda su gloria el Padre  20. en el Hijo poseía.

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une /en lo mismo convenía

25. con el uno y con el otro en igualdad y valía.

Tres Personas y un amado / entre todos tres había,

y un amor en todas ellas    30. y un amante las hacía,

y el amante es el amado  en que cada cual vivía;

que el ser que los tres poseen   cada cual le poseía,

35. y cada cual de ellos ama a la que este ser tenía.

Este ser es cada una,  y éste solo las unía

en un inefable nudo  40. que decir no se sabía;

por lo cual era infinito  el amor que las unía,

porque un solo amor tres tienen / que su esencia se decía;

45. que el amor cuanto más uno, / tanto más amor hacía.

Comentario

          Vivir es dar vida, vaciamiento y éxtasis. Juan de la Cruz comienza retomando el motivo fundacional de Jn 1,1, recreando desde esa perspectiva la frase originaria de la Biblia (Gen 1,1): En el principio, antes de la creación, existía el Verbo (Rom Trin 1-2). Conforme a la experiencia de la iglesia, que recoge y despliega la revelación bíblica (historia de Jesús), Juan de la Cruz presenta al Verbo como Palabra personal, Persona, en comunión radical con Dios Padre:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía

en quien su felicidad / infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.

Él moraba en el principio y principio no tenía.

Él era el mismo principio / por eso de él carecía (Rom Trin 1-10)

El texto dice que el Verbo vivía (moraba) en Dios "en quien su felicidad infinita poseía" (Rom 1-4). Para Juan de la Cruz este Verbo es el Hijo de la tradición dogmática cristiana, ratificada en e1 Concilio de Nicea (año 325), el Hijo entendido como “Verbo/Palabra activa” de Dios, no como idea que puede existir en sí misma, El Hijo es Verbo, no substancia cerrada en sí, sino “acción”, palabra que sólo existe al comunicarse, dándose a sí misma.

El Verbo mora en Dios, indicando así que Dios no es un solitario, cerrado en sí mismo. La primera nota de la realidad (de Dios como tal y de los hombres como humanos) no es la indepen­dencia de un ser que vive en sí (sustancia), al modo de Espinosa, sino el movimiento de aquel que sale de sí a fin de que el otro sea (de tal manera que la realidad es según eso Padre, que se da y se entrega, dándose al (en el) Hijo, en quien vive, siendo en sí dándose al otro, teniendo aquello que da, manteniendo aquello que regala.

En esa línea se añade que el Padre es feliz al regalar su vida. Así posee infi­nita felicidad no "poseyéndose" a sí mismo, sino siendo en (por) el otro, pues la felicidad resulta inseparable del amor, es decir, del don de sí mismo, existiendo en sí al darse al otro. La verdadera riqueza es darlo todo, la felicidad es no reservar  nada para sí, sino tenerlo todo al darlo La infinita riqueza de Dios se identifica con su infinita pobreza, pues, al darlo todo, queda en sí mismo (en aislado) sin nada, pero teniéndolo en verdad duplicado, porque lo tiene no sólo en sí, sino en el otro, lo tiene por dos veces.

 En ese contexto se añade que el Padre no es en sí de un modo cerrado, (de manera que no puede empezar decir “yo soy”, sino que dice al Hijo “tú eres”, y el Hijo tampoco es en sí (de forma que, no puede decir “yo soy”, sino tú eres (dirigiéndose al Padre)…. El “yo soy” se traduce así en forma de “tú eres”….

Eso significa que el verdadero yo soy es consecuencia de que otro me diga “tú eres”. Solo porque el otro me dice tú eres yo te quiero puedo decir yo soy porque el otro me quiere y así soy. De esa forma, el “ser” de Dios no se define como autonomía egoísta (dominio del “ego” en sí mismo, encerrándose en sí y dominando sobre otros), sino como donación, de forma que el principio de Dios Padre se encuentra a sí mismo en el Hijo que es Dios “entregado”, regalado, saliendo de sí mismo y existiendo como aquel a quien el Padre dice “tú eres” y me hacer ser yo (hijo) siendo presencia de tu amo presencia.

Según eso, la primera unidad de Dios que dic “yo soy el que soy” (Yahve, Dios llama de Ex 3, 13 y del shema de, Dt. 6, 5-8) se traduce y expresa en forma de primera comunión del Padre  que dice al Hijo tú eres y del Hijo que le responde de igual forma diciéndole también tú eres, de manera que el yo soy del del Dios AT se traduce en el NT a modo de comunión delpadre y del hijo.Esta es la primera dualidad, siendo primera unidad en comunión  Este misterio toma forma de paternidad y filiación. Así sigue el Poema de Juan de la Cruz:

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.

Hale siempre concebido, / y siempre le concebía

Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (Rom Trin11-16).

El Padre es “yo” porque dice al Hijo Tú eres y Verbo s también “yo” porque responde al Padre  el Hijo le responde tú eres. Cada uno existe desde y para el otro, escuchando su palabra qu le dice “tú eres” y respondiéndole de igual manera y diciéndole tu eres y siendo de esa forma yo (yo soy) al decielo. en forma de comunión de personas

Ese principio que siempre perdura es el Padre que concibe sin cesar al Hijo, en generosidad-fecundidad originaria, de manera que sólo tiene aquello que da o regala (es decir, aquello que no tiene ya para sí sólo) dándose a sí mismo, plenamente (¡dale siempre su substancia y siempre se la tenía!).

La substancia de la realidad no es por tanto “ser en sí”, sino regalo de sí mismo. Lógicamente, el Dios primigenio se llama Padre (el que da su propio ser al Hijo). “Dale siempre su sustancia y siempre se la tiene”. Cada uno tiene su substancia porque la la tiene porque la da (porque se desprende de ella), si no la diera, si se quedara con ella reteniéndola no la tendría.

 Vivir en sí es ser desde otro y para el otro, en comunión. La identidad de Dios se expresa en su Hijo).En este principio (¡el Padre sólo tiene aquello que “da” y no tiene;, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y nuevamente “da”, dándose al Padre y a los hombres).   

El principio y sentido de la realidad ha de entenderse, según eso en forma trinitaria,, como don compartdo Juan de la Cruz, en forma trinitaria, como regalo o comunión mutua de vida. El principio de todo lo que existe es “don personal”, de manera que el “ser” de cada uno (empezando por el Padre) está en el otro (en el hijo Hijo), pues  se tiene sólo aquello que se da. En esa línea podemos hablar de una gloria (o esencia) compartida, pues cada uno la tiene sólo en la medida en que la regala, recibe y comparte, dándose a sí mismo, para quedar así en manos del otro (y ser el otro).

La gloria del Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (Rom Trin17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente dándose a sí mismo y existiendo en el otros.. Ambos, Padre e Hijo, se vinculan, por lo tanto, al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos nupciales, pues la realidad sólo existe (se despliega) allí donde cada uno la pierde, se pierde a sí mismo (dando lo que tiene), para ser y encontrarse a sí mismo en el otro.

Este ser-amor se expresa y existe como regalo y comunión fundamento de todo lo que existe en cielo y tierra, en contra de la visión ontológica de una filosofía del poder propio, donde cada uno es realidad en la medida en que se busca y se tiene a sí mismo, como substancia (ontología griega) o como sujeto que se piensa a sí mismo (para sí mismo) y de esa forma se separa de los otros. En contra de eso, la realidad del Dios cristiano se define como alteridad de amor, de manera que la dualidad pade-hijo se convierte en dualidad nupcial: cada uno vive, se mueve y existe en la vida del otro de los otros, de manera que la realidad, la historia, la humanidad entera se expresa en forma de matrimoio de amor:

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía

con el uno y con el otro /en igualdad y valía            (RomTrin 21- 26).

Como amado en el amante... Quien ama no reside o mora en sí, sino en el otro, pues para ser “en sí” es preciso salir de sí, ya que el ser es, donación y movimiento, alteridad y comunión, de tal forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican. Ésta es la palabra decisiva que Juan de la Cruz ha formulado con toda precisión en la base de su relato creyente, partiendo del evangelio de Juan. Así define y completa el movimiento “insólito” de la realidad (contrario al discurso ontológico normal de las religiones y las filosofías), pues cada uno sólo “es” (sólo se tiene) en la medida en que se da (se niega a sí mismo, afirmándose al negarse) para que sea el otro, siendo así y teniéndose en el otro, esto es, habitando o residiendo en el otro, en forma de comunión de vida.

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero “ser en sí” y luego “ser en el otro”, pues uno sólo puede ser en sí siendo en el otro. En ese sentido no se puede hablar de Dios como “substancia”, ni como “sujeto”, sino sólo como “verbo en movimiento”, como Padre en el Hijo, siendo ambos Dios, dándose una al otro y compartiendo de esa forma la “esencia”. De esa manera, pudiéndose llamar (llamándose “padre” e “hijo” (que son palabras de relación, no de esencia), ellos se muestran y aparecen al mismo tiempo, como amigos (esposos), no en gesto de posesión sino de comunión kenótica, de comunicación e inhabitación (vaciamiento y plenitud) , de uno en el otro.

La paternidad (donación) se expresa así como vaciamiento de Dios Padre, que es divino en plenitud al darse, no cerrarse en sí, sino regalarse, para así perderse y ganarse en el ogro (darse desde su mismo principio), de forma que ser es movimiento de vida. Sólo de esa forma, al dar y perderse en otro (para encontrarse en a sí mismo) se puede hablar de paternidad-filiación y nupcialidad (comunicación y pérdida de sí, en comunión del uno en el otro).

 Ser es paradoja en el sentido de para-dosis, entrega, comunión en gratuidad. Juan de la Cruz no intenta explicar la paradoja. Simplemente la rela­ta, mostrando así que el Padre (al serlo en plenitud) se vacía del todo en el Hijo, de tal manera que sólo en él (en el Hijo) puede encontrar su realidad, siendo aquello que da, dándose a los a los otros (al otro). Eso significa que el Padre no impone su figura y su potencia desde arriba, pues no tiene un “ser previo” (absoluto) para después darse, sino que es existe (vive, se mueve, resucita) al darse y ser en otro (en el Hijo).

 Antes de dar uno no tiene, de manera que no puede dar nada a los otros, de manera que sólo dando tiene lo que ha dado (al haberlo así perdido). Este es el sentido de la humanidad como vaciamiento “vaciamiento amoroso”, “donación de sí”, pues el Padre sólo existe en el Hijo, y el Hijo por su parte, sólo existe al recibir del padre su existencia y responderle. De esa forma son en sí, siendo uno en el otro, es decir, en la medida en que cada uno entrega su ser, existiendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es igual que el amor del Hijo al Padre, en donación mutua, pues como dice sólo el que da vida la gana, sólo el que la pierde la tiene (Mc 8, 35 par).

 Esa pérdida y ganancia de sí, esa donación y acogida, entendidas como amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con la tradición cristiana, Juan de la Cruz puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro- en igualdad y valía», traduciendo así de un modo muy preciso la experiencia de fondo del Concilio de Constantinopla (año 381). El despliegue conceptual puede mostrarse algo complejo (cf. Rom Trin 27-46), quizá porque ha querido decir lo que es en sí indecible (el despliegue y encuentro trinitario). Pero hay algo evidente: en el fondo del poema, conforme a las palabras más intensas (amante, amado y amor; cf. Rom Trin 29-32): El Espíritu Santo es "aquel amor inmenso que de los dos procedía” (Rom Trin 47-48), la misma “comunión” interpersonal

El Espíritu es la entrega de sí, el movimiento por el que cada uno se da al otro (vaciándose de sí), y, al mismo tiempo, el encuentro de amor definitivo que brota en (de) la donación y comunión de uno en el otro. Significativamente, ese amor común se expresa en “palabras de de gran regalo" que el Padre al Hijo decía (RomTrin 49-50), a modo de conversación, comunión concretizada en "palabras inefables", es decir, de gran regalo, en el silen­cio puro de la plena transparencia intradivina.

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