5.6.25. Más que sumo sacerdote, más que emperador. El Dios de la gente sencilla (Mt 11, 25-30, dom 14 TO)

Curso impartido por PIkaza en UNMINUTO
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En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera."

1. Alabanza (11, 25-26).Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:

    11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad[1].

Frente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora lospequeños (nepioi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.

Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio divino y una revolución hmana: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos (avpo. sofw/n kai. sunetw/n) que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.

En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse enla historia de las comunidades cristianas de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de forma que no pudo haber una “galilea cristiana”.

La manifestacióndel Dios de Jesús rompe la dinámica de sabiduría representada por las ciudades orgullosas por su conocimiento de las Escrituras, explicadas por los maestros fariseos que empezaban a misionar en la zona, oponiéndose a los discípulos de Jesús. Pues bien, frente a los “grandes fariseos” que operan en esas ciudades, rejudaizando Galilea de un modo rabínico, eleva Jesús a los pequeños que escuchan su Palabra, mostrando así que el Kyrios/Yahvé de la tradición judía es el Padre y defensor de los pobres, por encima de una sabiduría entendida como privilegio de una Ley propia de sabios y entendidos.

 El Dios grande (justificación del orden establecido) no necesita ser Padre (en el sentido de Jesús), porque es más bien Señor, Justo Juez, responsable de un orden y justicia de talión, dando a cada uno lo suyo (de acuerdo a lo que sabe y tiene). Por el contrario, el Dios de los pequeños tiene que ser y es Padre. Fundándose en el Dios de su seguridad nacional y legal, los galileos han rechazado a Jesús, pero él alaba a Dios Padre a través de los pobres, a quienes recibe en amor, ofreciéndoles su más alto conocimiento[2].

2. Revelación filial (11, 27). Ese Dios de los pequeños se define ahora como Padre de Jesús, a quien se revela en plenitud. No estamos ya ante Moisés, un hombre de gran importancia, pero que recibe y ofrece una Ley que no se identifica con él. A diferencia de eso, la verdad de Dios se identifica con el mismo Jesús, como indica esta parábola más honda del mutuo conocimiento entre Padre e Hijo. Jesús no es sabio en la línea de los maestros de las ciudades galileas, ni es prudente en la línea de los expertos rabinos, sino que es y actúa como Hijo de Dios y Revelador del Padre, manifestándose de un modo total a (y en) los pequeños.

En esa línea, el conocimiento que Jesús tiene y transmite se identifica con su ser de Hijo. No es el resultado de un estudio especial (como el de los nuevos sabios galileos), ni una comprensión mas minuciosa de la Ley, sino una experiencia de filiación, que él puede y quiere compartir con todos aquellos que le escuchan y acompañan, empezando por los pequeños. Ésta es su transformación, la más sencilla (¡volver al principio de la vida!), la más fuerte de todas.

Eso significa que no existe una Ley particular para sabios y entendidos, una verdad de prepotentes, sino la Ley de amor universal en el Hijo. La verdad de Dios se revela y despliega en ese Hijo Jesús, para todos los hombres y mujeres, la verdad del Dios que es Padre y de los hombres/mujeres que son hijos, la realidad de los seres humanos que son desde Dios hermanos. No hay una norma separada de la vida, sino la misma vida humana en plenitud, en apertura a los pequeños, de manera que Jesús viene a presentarse como la Ley hecha vida en su vida, y así podemos llamarle apocalipsis o revelación plena de Dios.

Desde este fondo puede y debe reinterpretarse Mt 5, 17-20 (la ley se cumple en Jesús-Hijo) y 28, 18 (se me ha dado todo poder...), en una línea que ha desarrollado Jn 1, 18 (a Dios nadie le ha visto jamás, pero su Hijo...), Jn 10, 15 (como el Padre me conoce y yo conozco al Padre) y todo Jn 17 (unidad del Padre con el Hijo). Leído así, este pasaje del Q, que Mateo ha situado en el centro de la controversia de Jesús con los galileos, es signo y compendio universal de su evangelio:

11 27 Todo me ha sido dado por mi Padre: y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.

De esa forma, la revelación de Dios a los pobres se condensa y culmina en la experiencia filial de Jesús, a quien este pasaje presenta simplemente como el Hijo, unido con el Padre, que le conoce y comparte con él su plenitud (su realidad salvadora). Jesús no es maestro o transmisor de una Ley externa (propia de un pueblo separado), sino testigo y presencia de Dios Padre, ofreciendo su experiencia a todos los hombres. Por eso, hablando de Dios, Jesús habla de sí mismo, como supone esta parábola biográfica del mutuo conocimiento (diálogo de vida) del Padre y el Hijo[3].

 La verdad y persona de Jesús pertenece al Padre y viceversa. Ambos existen al darse, esto es, conociendo uno al otro y conociéndose en el otro (en ambos casos se repite conoce), de manera que Dios Padre existe en Jesús y Jesús en el Padre. Por eso, Dios es ya plenamente Padre, y Jesús del todo Hijo, compartiendo la vida, uno en el otro y con el otro[4]

 Jesús podría haber utilizado otro lenguaje, afectivo o doctrinal, con símbolos de amante y amado/a, madre e hija, maestro y discípulo… cada uno con sus riesgos y ventajas. Pero ha preferido la parábola del Padre, entendido como aquel que concede su propio ser al Hijo al “conocerle”, siendo respondido por el Hijo, que también conoce al Padre. El texto no dice que Jesús sea ese Hijo, pero es claro que lo está presuponiendo, por todo lo que precede y lo que sigue, según el evangelio. La revelación de Dios a los pobres se despliega así en (se identifica con) la vida y obra de Jesús, el Hijo, a quien el Padre conoce y ofrece todo lo que tiene (su realidad salvadora)[5].

3. Llamada. La gran voz de Dios en Jesús (11, 28-30

     El Padre regala (entrega) al Hijo todo que tiene, se da a sí mismo. Por su parte, Jesús entrega al Padre lo que él es, ofreciéndolo (ofreciéndose) en ese mismo movimiento a los restantes hombres, como indica el final de este pasaje. Pues bien, como Hijo del Padre, habiendo recibido y compartido su conocimiento, siendo plenitud encarnada (humana) de Dios, Jesús puede ofrecerlo todo (ofrecerse en plenitud) y así se entrega a los hombres en honda palabra de llamada.

Dios puede presentarse así como el más cercano, el Dios entrañable de Ex 34, 6-7, Dios de la experiencia originaria de la Biblia, que camina con los suyos desde el Sinaí, mostrándoles su gloria para acompañarles a lo largo del camino (cf. Ex 33, 12-17). Éste es el Dios de los “salmos místicos”, que enriquece y aquieta el corazón de los creyentes (del 62 al 91, del 36 al 107), el Dios que se revela en el Cantar de los Cantares, como inquietud y descanso de amor, el Dios de Jesús, Jesús mismo que habla en su nombre (Dios en persona) y así llama/convoca a los hombres cansados, como hacía el Dios Sabiduría (Sabiduría amiga) en la tradición israelita (Proverbios, Eclesiástico, Sabiduría).

Ése era el Dios más cercano de la Biblia, Dios Padre en forma de Mujer (Madre-Amiga), que sale al encuentro de los hombres, para acompañarles y habitar en ellos, con ellos como fondo divino de su vida, como dirá la tradición de Juan, cuando presente a Jesús, alzado en el templo, el gran día de la fiesta de las aguas, llamando a todos y diciendo: “Quien tenga sed que venga, y que baba quien crea (confíe) en mí…” (Jn 7, 37-38). Pues bien, ahora, el que llama e invita a su descanso a los cansados de la Ley y de la carga de la vida, desde el lugar de conflicto entre judíos rabínicos, judeo-cristianos y seguidores del evangelio, es el mismo Jesús de Mateo que toma la palabra y habla, en nombre de (como) Dios entre los hombres. Es la Sabiduría de Dios (su presencia total), siendo un hombre concreto que asume y despliega la gran tarea de la humanidad, judío galileo, abriendo un camino que lleva a la muerte pascual en Jerusalén, diciendo:

11 28 Venid a mí todos los agobiados y aplastados, que yo os daré descanso. 29 Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.  30 Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera[6].

Esta palabra sorprendente, la más alta posible, es una voz muy humana, propia del Jesús de la historia (que va a entregar pronto su vida, por fidelidad al Reino, siendo ajusticiado por los hombres, en Jerusalén), siendo palabra eterna del Dios que viene a revelarse dentro de la historia. Jesús, revelador del Padre, invita aquí de un modo especial a un tipo de judíos que se sienten agobiados y aplastados por el peso de la Ley, como sabe la tradición rabínica, pero, a través de ellos, invita a todos los que escuchan su voz, sin limitación alguna, en clave universal, humana, dirigiéndoles su llamada de transformación, descanso y plenitud.

Tres  son los poderes que aplastan a los hombres:

a. El yugo económico-social de los poderosos. Frente a ese yugo social, representado por Roma y por los poderes de los “ricos” galileos se eleva Jesús, ofreciendo una vida de concordia para todos.

b. El Yugo de la ley religiosa, representada por un tipo de sacerdocio de templo y de fariseísmo sacral que hace a los hombres esclavos de ley, obligados a cumplir mil leyes de sometimientosagrado.

c. El yugo de la propia conciencia cargada de pecados, de angustias interiores, de opresiones psicológicas.

Éste es ya un texto propio de Mateo, que no aparece en Q (ni en Marcos, ni en Lucas), un texto específicamente suyo, que define y presenta al mismo Dios como culminación y sentido de la Ley, que se revela y llama a los hombres por medio de Jesús de un modo personal. El mismo Jesús aparece así llamando en lugar de la Ley, como Sabiduría de Dios (Dios-Sabiduría, Amor personal); no como exegeta (rabino) de escuela, que la interpreta, sino como el Dios hecho humano, Hijo de Dios, aquel a quien siempre hemos buscado y que ahora nos llama de un modo amoroso, como fuente de humanización (plenitud) y descanso, Sabiduría amorosa, hecha persona, que nos ofrece su vida y nos invita a vivir en su regazo[7].

El Jesús de Mateo puede aceptar y acepta la Ley (cf. 5, 17-19), pero vinculada a los profetas y entendida como Sabiduría (cf. 11, 13. 19), y de esa forma Ella (la Sophia de Dios, simbólicamente evocada en forma de mujer), viene a revelarse por él, llamando a cada uno de aquellos que la quieren, buscando el sentido y amor de su vida (cf. Eclo 6, 24ss; 24, 19; 51, 23ss).

Mateo acepta así la Ley, en un plano más hondo; no la niega, sino que la interpreta y eleva, desde Jesús, Hijo de Dios, que su Sabiduría personal, su Ley hecha vida. No necesita discutir cada una de sus normas en un nivel escolar, ni rechazar la experiencia judía de siglos, sino recrearla desde y con Jesús.

Lo que 11, 25-27 presentaba en clave apocalíptica (de revelación) aparece ahora (11, 28-30) en un plano sapiencial, de llamada y encuentro personal. Ya algunos textos judíos habían vinculado la Ley y Sabiduría de Dios con la Revelación apocalíptica. Pero sólo ahora, Mateo ha podido ratificar esa identificación, desde la experiencia personal de Jesús, que convoca así, de un modo especial a muchos que vivían aplastados bajo el yugo de una Ley que aparecía imponerse desde fuera. Pues bien, la Ley de Dios es ahora su propia vida. Por eso, él, Jesús, no habla ya como un simple exegeta, que la entiende desde fuera, sino como revelador del Padre, principio de vida y descanso, de encuentro personal y comunión entre los hombres, a los que ofrece el “yugo suave” de su filiación divina, como principio de comunión universal[8].


[1]La revelación del Padre está vinculada a la persona (acción y palabra) de Jesús.Precisamente allí donde los sabios y prudentes (grandes) y en especial los de Galilea le rechazan, Jesús descubre y destaca la revelación de Dios a los pequeños. Desde ese fondo, él aparece como intérprete y encarnación de la Ley universal, que ofrece a todos, desde los pequeños, como auténtico rabino que conoce la voluntad de Dios, revelando su hondura y salvación para los pobres (cf. 12, 7). Ésta es una experiencia filial: En el lugar de Dios viene a situarse el Padre; en el lugar de la Ley aparece el Hijo(Jesús). Cf. O. Cullmann, La oración en el Nuevo Testamento. Sígueme, Salamanca 2000;J. Jeremias, Teología del NT I, Sígueme, Salamanca 1985;Abba. El mensaje central del NT,  Sígueme, Salamanca 1981; W. Marchel,  Abba, Père! La prière du Christ et des chrétiens, AB 19, Roma 1971; J. Schlosser, El Dios de Jesús.Estudio Exegético, BEB 82, Sígueme, Salamanca 1995; H. Schür­mann,Padre Nuestro, Sec. Trinitario, Salamanca 1982.

[2] Cf.R. Hamerton-Kelly, Theology and Patriarchy in theteaching of Jesus, Fortress, Philadelphia 1979; Vidal, Tres proyectos 177-215.

[3] Jesús comienza hablando de sí mismo en primera persona y se refiere luego al Hijo en tercera (lo mismo que en 28, 16-20).No actúa todavía como Hijo (no dice: Soy el Hijo),sino como mesías pascual, que se identifica implícitamente con el Hijo, en lenguaje de parábola. He desarrollado el tema en Trinidad. Itinerario de Dios a los hombres, Sígueme, Salamanca 2015; cf. M. Hengel,Hijo de Dios, Sígueme, Salamanca 1974. 

[4] Mateo se sitúa cerca de textos joánicos fundamentales: Jn 1, 18 (a Dios nadie le ha visto jamás...) y 10, 15 (como el Padre me conoce y yo conozco al Padre). Sin embargo, él no ha desarrollado temáticamente esta vinculación entre Jesús y el Padre en lenguaje de revelación apocalíptica o sapiencial, sino que la introduce en la biografía de Jesús. Desde ese fondo, podemos afirmar que este pasaje es la clave hermenéutica del evangelio, al servicio del "conocimiento del Padre", que Jesús ofrece a quienes quiere. Mateo ha identificado así la apocalíptica con la revelación del Padre; cf. D. A. Hagner, ApocalypticMotifs in theGospel of Matthew, enBib.Theol7 (1985) 53-82.

[5]Jesús no es maestro o transmisor de una Ley externa, sino que ha recibido todo el ser de Dios (su Padre) y al decirlo se dice sí mismo, siendo Hijo. Hay otros lenguajes de amor, pero en la línea de la tradición israelita y de la historia de Jesús, interpretada ya por Q, Mateo ha privilegiado la parábola del Padre y el Hijo, vinculados ambos en una historia de plena donación (originación) mutua y encuentro. Ellos existen dándose mutuamente, conociéndose y siendo cada uno en sí al ser en el otro. Dios se define así como Padre y Jesús como Hijo en su misma historia humana. El principio de todo conocimiento y realidades este amor mutuo, fundado en Dios Padre y expresado en su comunión con el Hijo. La revelación de Dios a los pobres se despliega así como experiencia radical de filiación, que Jesús da y comparte con los pobres: Se da a sí mismo, dándoles todo lo que tiene (lo que es), de manera que su vida es desde el mismo principio una vida compartida, desde Dios y en Dios, sin separación de grupos o de religiones.

[6] Mt 11, 25-29 nos sitúa cerca de Jn 1, 18 (a Dios nadie le ha visto jamás...) y de Jn10, 15 (como el Padre me conoce y yo conozco al Padre), pero no ha desarrollado temáticamente esta vinculación entre Jesús y el Padre en lenguaje de revelación apocalíptica o sapiencial separada, sino que la introduce en la biografía de Jesús. Para una introducción al tema, cf. R.Bauckham, GodCrucified, Paternoster,Carlisle 1998; R.Haight, Jesus, Símbolo de Dios, Trotta, Madrid 2007; M. J. Harris, Jesus as God, Baker, G. Rapids 1992; M. D. Jonge, God’s Final Envoy, Eerdmans, G. Rapids 1998. 

[7] Estas palabras van más allá de lo que puede decir el judaísmo rabínico, pero siguen en su línea. En ese contexto podemos citar un pasaje de la Misna: "Rabí Nejonías, hijo de Aqaná, decía: al que acepta sobre sí el yugo de la Torah se le ha de eximir del yugo del reino y del yugo de lo terreno…" (cf. Abot 3, 5). En ese contexto, Mt 23, 4 habla del peso que escribas y fariseos cargan sobre los judíos y Hech 15, 10 insiste en el peso/yugo que la Ley ha impuesto sobre los judíos.Pues bien, conforme a este pasaje de Mt 11, 28-30, en el lugar del yugo de la Torah viene a situarse el "yugo de Jesús", es decir, su misma vida como presencia de Dios, fundamento y sentido de la vida humana.

[8]Dios no aparece como Señor, Padre de los espíritus y/o astros (cf. Hebr 12, 9; Sant 1, 17),  de un modo general, sinocomoPadre del Mesías Jesucristo, Sabiduría encarnada. Jesús aparece, por su parte, como encarnación personal de la Ley, comunión de vida, para todos los pueblos de la tierra, pues la Ley puede separar a judíos de gentiles, mientras la Sabiduría les vincula. Éste es el giro espistemológico de Mateo, que identifica las realidades salvadoras de Israel (Sabiduría, Ley, Hijo del hombre) con Jesús, a quien identifica onla Sabiduría de Dios, que había sido personificada ya en algunos textos de Prov, Eclo y Sab, como he mostrado en Dios judío, 241-259. Cf. M. D. Johnson, Reflectionson a WisdomApproach to Matthew'sChristoly: CBQ 36 (1974) 44-74; G. Schimanowski, WeisheitundMessias, WUNT 17, Tübingen 1985, 38-61; P. W. Skehan, Structures inPoemsonWisdom: Proverbs 8 and Sirach 24, CBQ 41(1979) 365-379; G. von Rad, La Sabiduría deIsrael, FAX, Madrid 1973, 208-216; B. Witherington, JesustheSage. ThePilgrimage of Wisdom, Fortress, Minneapolis 1994.

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