6.1.26 Epifanía. Los niños, primera autoridad en la iglesia

Adoración de los magos. Reyes al servicio de niñp

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. 10Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. 11Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra (Mt 2)

PRIMER EVANGELIO, EL EVANGELIO DE LOS NIÑOS

1. Niños, la mayor autoridad (Mc 9, 33-37)

El texto se sitúa en la casa eclesial de Cafarnaúm, donde ha llegado Jesús tras haber caminado con los discípulos que le han seguido a distancia, discutiendo sobre quién será el primero. Jesús les habla de entrega de la vida, ellos quieren tomar el poder. En ese contexto les propone el ejemplo de los niños, que han de ser la primera autoridad en la familia de la Iglesia.

1. Discusión en la Iglesia. Un tema de poderes. Deberían acoger la enseñanza de Jesús; pero se han separado de él, y argumentan por su cuenta, sin entender su mensaje. Piensan que no les oye, pero lo hace y, al llegar a casa  les pregunta: ¿De qué hablabais en el camino? (Mc 9, 33). Éstos podrían haber sido sus temas:

Podían haber hablado de la dureza del seguimiento de Jesús, con la exigencia de seguirle, superando los lazos de una vieja familia donde todos (incluidos los niños) tienen un lugar asegurado (cf. Mc 1, 16-20). Supongamos que unos padres siguen a Jesús, dejándolo todo. ¿Qué pasará a sus hijos, quién les cuidará? ¿No será Jesús un duro profeta de la muerte a cuyo lado es imposible el juego y canto de los más pequeños, la aventura de la vida y el gozo espontáneo de la infancia?

Podían hablar del destino de su vida. Jesús acaba de anunciarles que será entregado (Mc 9, 31), pidiéndoles que se nieguen y tomen la cruz para seguirle (cf. 8,34-9, 1). En ese contexto, ellos podrían suponer que el evangelio exige gente arriesgada, capaz de buscar los primerospuestos. Desde ese fondo, alguien habría añadido quizá que un grupo como el de Jesús no ofrece verdadero lugar para los niños. El evangelio sería cosa de hombres maduros, expertos capaces de dejar todo, especialmente la vida de familia  con los niños…

Pero los discípulos habían discutido sobre quién es (o debe ser) el más grande (9, 34). Es evidente que han surgido envidias, deseos de liderazgo, disputas sobre privilegios. Suele suceder: Jesús no es dictador, no impone su dominio por la fuerza, pero, lógicamente, su grupo tenderá a escindirse en grupitos de influjo o prestigio (como en el principio de Israel, en el camino del desierto: cf. Núm 14 y 16).Pero también puede tratarse de una discusión de principios: precisamente allí donde Jesús, partiendo de su propia utopía sentimental, poco ajustada a la realidad, parece haberse inhibido (no organiza las cuestiones de poder), de manera que sus discípulos tienen que organizar el grupo, estableciendo los necesarios liderazgos.

Jesús había presentado su proyecto en claves de ruptura social, diciendo que sólo crea verdadera humanidad quien se entrega en manos de otros. Jesús no domina, ni se impone, sino que busca espacios de gratuidad y ayuda mutua, abiertos a los más necesitados, desde una perspectiva de entrega de la vida  (cf. Mc 9, 30-31). Su proyecto puede resultar luminoso, pero humanamente hablando parece inviable, pues todo grupo humano debe organizarse, y los discípulos de Jesús deben hacerlo, creando así los puestos clave de la comunidad.

No es que sean torpes (ignorantes) ni malos, como puede suponer una lectura parcial del evangelio, sino todo lo contrario. Son precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita  liderazgo, una autoridad que pueda aunar esfuerzos y vencer resistencias. Conocen la situación; por eso quieren fijar las autoridades como siempre han hecho los seres humanos (antes y después de Jesús, incluso dentro de su iglesia). Ellos podrían entregar la vida (como les ha pedido Jesús), pero no como corderos indefensos sino como líderes bien organizados de un movimiento liberador. Así dice el pasaje:  

Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más grande. Y sentándose llamó a los doce y les dijo: El que quiera ser el primero, hágase el último de todos y el servidor de todos. Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado (Mc 9, 33-37)

Están siguiendo a Jesús, y eso supone que aceptan de algún modo su ideal de reino. Pero, como realistas deben traducir ese ideal en cauces de organización y poder. Hacen lo que han hecho y lo que siguen haciendo las instituciones sacrales (iglesias): acogen a Jesús, pero deben traducir su movimiento en una línea de realismo social. Por eso conspiran a su espalda,  para bien de Jesús, introduciendo un correctivo en su proyecto. Es como si fuera necesaria una doble verdad, un doble lenguaje: Para que pueda triunfar, el evangelio mesiánico (que es pura gratuidad), sin poder alguno, requiere organización y ellos parecen dispuestos a crearla.

2. Gesto y palabra de Jesús. Pues bien, Jesús destruye esos sueños de autoridad mundana y así presenta con realismo lo que implica seguirle en el camino del Reino. Sólo superando la lógica y deseo de poder se pueden plantear las cosas como él hace, abriendo un nuevo espacio de familia donde los niños puedan ser acogidos, como muestra la continuación de la escena. Jesús llega a la casa de su grupo, signo de la iglesia (cf. Mc 3, 20-35), y allí se enfrenta con sus seguidores, rechazando su visión de autoridad y su deseo de ocupar los primeros puestos:

a: Inversión: Ser el primero (9, 35). Jesús se sienta en la cátedra de su magisterio, convoca a los Doce (poder eclesial) y les dice: ¡Quien quiera ser primero hágase el último...!). Habían empezado a construir una iglesia sobre bases de poder, desde el mayor y primero  (meidson, prôtos), y Jesús invierte ese modelo no necesita mayores ni primeros, sino últimos y servidores  (eskhatoi, diakonoi). Quiere personas que sepan ponerse al final, para ayudar desde allí a los otros, superando la lógica del mando. Al hablar así, no ha criticado un simple vicio de egoísmo de unos pobres discípulos torpes sino que ha invertido la misma estructura de la vieja sociedad, edificada a partir de los poderosos.

– b: Gesto simbólico: Pone a un niño en el centro del grupo y le abraza  (9, 36). Los discípulos se creen importantes para ejercer su poder y dirigir la vida de otros, desde los primeros puestos, organizando la estrategia del reino de Dios. Saben que  para funcionar un grupo humano necesita dirigentes. Pero donde ellos se elevan sobre los demás, los otros (inútiles, niños) quedan dominados, en segundo plano. Por eso, para invertir ese modelo y crear una familia distinta, Jesús toma a un niño y realiza un signo doble: (1)  De autoridad: le coloca en el centro (estêsen auto en mesô autôn); los discípulos discutían sobre ese centro, pero ahora descubren que está ocupado ya por el niño a quien Jesús coloca en pie, convirtiéndole en jerarquía máxima, en medio del corro donde él mismo estaba en Mc 3, 31-35. (2)  De amor: le abraza (enankalisamenos), en gesto de cercanía y cariño. Buscaban los discípulos poder, habían empezado a conspirar. Pues bien, Jesús descubre y vence su conspiración ofreciendo (abrazando con) amor a un niño. De esa forma, interpreta la autoridad a partir de la ternura: el niño es importante porque está a merced de los demás y necesita cariño; así lo muestra  Jesús poniéndole en el centro de la iglesia, y abrazándole en gesto de autoridad y ternura.

a': Enseñanza conclusiva: Quien reciba a uno de estos niños (9, 37). Reasume la doctrina del principio (el que quiera ser primero), enriqueciéndola a partir de los dos signos (poner al niño en el centro, abrazarle). El servicio (ser último, hacerse servidor) se expresa como acogida familiar del niño. El mundo exterior (dominado por un duro proceso de comercialización elitista) era un lugar donde los niños sufrían las consecuencias de la lucha por el poder, como último eslabón de una cadena de opresiones, de forma que al final ellos podían quedar sin casa (sin familia, sin comunidad). Contra esa situación habla Jesús: ¡Quien reciba (dexêtai) a uno de estos niños...!  Ellos, los niños, aparecen así como signo mesiánico, expresión de autoridad, presencia de Dios sobre la tierra. En ese contexto, recibir significa acoger a los niños en la casa-familia de la iglesia. 

 Había en aquel tiempo niños sin familia, necesitados de acogida y afecto. Pues bien, con su gesto y palabra, Jesús les declara corazón y autoridad suprema de la iglesia. De esa forma, lo que empezaba siendo pregunta jerárquica sobre el poder, entendido como signo de Dios sobre el mundo (¿quién es más grande?), desemboca en una exigencia práctica de inversión del poder, de anti-jerarquía: ¡la esencia de la iglesia consiste en abrir espacios de vida y crecimiento, de afecto y maduración, para los más necesitados, y de un modo especial para los niños! 

Como hemos visto (y veremos con más detención), este Jesús de Marcos ha superado un modelo de familia patriarcalista, fundada en ancianos o presbíteros, garantes de estabilidad social (que expulsa a los pobres y excluye a los distintos), para crear un corro de oyentes que buscan juntos la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35; cf. 7, 5). En esa línea había realizado su tarea, abriendo una mesa para todos en fraternidad (6, 6-8, 26), poniendo de relieve la exigencia de entrega de la vida por el evangelio (8, 34‒9, 1). Pues bien, siguiendo en esa línea, él afirma ahora que el primer lugar de la iglesia, entendida como casa de familia, ha de ser para los niños, no por el valor de sus padres y su genealogía, sino porque están necesitados.

3. Iglesia, una comunidad para niños. El problema no está en saber quién domina, controla u organiza el poder sacral, magisterial o ministerial, sino en si recibe a los niños. De esa forma pasamos del ámbito más privado de un pequeño hogar(con unos padres que se ocupan de sus hijos) al espacio compartido de la iglesia o familia grande donde los niños (unas veces con padres, otras sin ellos) han de formar el centro de identidad y cuidado de todos. La misma comunidad viene a presentarse de esta forma como ámbito materno, casa donde los niños encuentran acogida, siendo honrados, respetados y queridos. 

La comunidad no es un grupo de sabios ancianos, sociedad de poderosos o influyentes, asociación de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (y también incompetencias). Conforme a este pasaje, la iglesia es hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños.

De esa manera culminan y se entrelazan los diversos aspectos del mensaje de Jesús. Precisamente allí donde el Bautista anunciaba el fin del mundo (en fuerte crisis social, que parecía destruir toda familia) empieza para Jesús la exigencia de crear espacios de acogida para los niños. La Iglesia no ha de hacer teorías sobre los niños, sino acogerles, ofreciéndoles espacios de maduración humana, en dignidad y ternura.   

Los primeros son los niños. No tienen que hacer nada. No deben alcanzar con su decisión ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr unainfluencia por encima de los otros, pues tienen valor porque están necesitados, es decir, porque su forma de aprender y su misma vida “física” dependen de aquello que les ofrezcan los mayores. Su valor está en su propia pequeñez, es decir, en su dependencia. No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son por sí mismos, por hallarse (como se hallan) en manos de los otros.  

Esa debilidad suscita un compromiso, como indicaban las normas fundamentales de la Ley sobre huérfanos, viudas y extranjeros (cf. cap. 4). Pues bien, en ese contexto, Jesús insiste en la importancia de los niños, como seres que dependen de la acogida de los otros. Los miembros de la nueva casa cristiana han deofrecerles lo que son y lo que tienen, es decir, su casa, haciéndose de esa manera su familia. La ruptura familiar del evangelio (donde debe superarse la misma figura del padre patriarcal) ha de traducirse en un gesto de ayuda hacia los niños. Ellos son lo que importan; a su servicio ha iniciado Jesús su mensaje.

La iglesia como grupo especializado en recibir a niños. La palabra clave (recibir-acoger: dekhomai) había aparecido en Mc 6, 11: los misioneros quedaban en manos de aquellos que podían recibirles o rechazarles. Ahora son los discípulos de Jesús, los que deben acoger a los demás, de un modo especial a los niños. Frente a la institucionalización del poder que ellos proponían (¿quién es mayor?), instituye aquí Jesús una familia al servicio de la acogida integral de los pequeños.

3. Autoridad de los niños. Jesús supera de esa forma todo sacralismo eclesial y toda autoridad interpretada como signo de Dios (en la línea que propugnan los discípulos), para poner de relieve la autoridad de los “más pequeños”, que dependen de los otros. Los niños a quienes alude el texto no tienen importancia por ser judíos (de buena raza), ni por ser cristianos (iniciados, bautizados) sino simplemente porque son pequeños (necesitados) y dependen de la acogida de otros.  Frente a una sociedad de presbíteros patriarcas donde los hombres y mujeres  importan por sexo, ley y autoridad surge aquí una sociedad materna, es decir, de madres y hermanos que se ocupan ante todo del bien y de la felicidad, es decir, de la acogida y del crecimiento más hondo de los niños (necesitados).

Es evidente que Jesús funda su iglesia como hogar materno para niños, de manera que podríamos hablar de una iglesia de mujeres, cuidadoras de niños. Él no es mujer ni madre, en el sentido convencional del término; pero ha dado primacía a la función tradicional de la mujer al servicio de la vida. Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón mediterráneo y judío, educado para el sexo y honor, la autoridad y trabajo, y, en esa línea, él aparece como un hombre escandaloso, mesías de ternura que no sólo abraza a los niños en medio del grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y reino.

El mismo niño necesitado es autoridad, signo del mesías (¡quien le recibe a mi me recibe!). En el espacio central de la iglesia, abrazado a Jesús, encontramos a un niño, es decir, a un ser humano que depende de la acogida y ayuda de los otros. Ellos, Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Desaparecen los modelos de dominio (ser más grande, ser primero), el mayor y primero es el niño, no hace falta buscar más. A partir de ahí se puede hablar de iglesia: ¡Quienes acogen al niño, ofreciéndole espacio para el abrazo en el centro de la casa, esos son comunidad cristiana!

El tema biológico o de pequeña familia (centrado en la madre o en los padres del niño) sigue estando en el fondo, pero no ocupa ya el primer plano. Lo que importa y crea iglesia es la acogida social. La comunidad cristiana debe ofrecer espacio humano, lugar de acogida y crecimiento al niño que ya existe. No es cuestión de dogmas más o menos sagrados, ni de grandes estructuras. La tarea de la iglesia es ofrecer  lugar para los niños. Es evidente que en ese contexto el mayor pecado de la familia cristiana será “escandalizar” a los niños, es decir, utilizarles al servicio de los propios intereses personales o grupales, en plano afectivo, laboral o social (cf. Mc 9, 41-50 par).

Desde ese fondo ha de entenderse la función de los Doce a quienes el texto presenta como paradigma de la comunidad. Ciertamente, ellos han salido a ofrecer evangelio como misioneros (Mc 6, 6-13), pero Jesús les hace ahora guardadores de familia; evidentemente, han de cambiar mucho para ello. Frente a unos discípulos patriarcalistas que buscaban el dominio (ser grandes, conquistar con riesgo los primeros puestos) ha elevado aquí Jesús el modelo de una iglesia que es familia, hogar materno al servicio de los más pequeños.

2. Niños de Jesús, una iglesia-cuna (Mc 10, 13-16)

   Este pasaje reasume y completa el tema del anterior, en perspectiva de camino (cf. Mc 10,1), en los bordes de la tierra de Israel, de forma que los niños a quienes alude son de fuera,  pero, al mismo tiempo, parecen estar cerca de  la casa  de la comunidad (cf. Mc 10, 10). En el cruce entre el exterior y el interior de la Iglesia emergen ellos,  como destinatarios del mensaje de Jesús, en un contexto donde se resalta la fidelidad matrimonial, pero insistiendo, al mismo tiempo, en la comunidad como familia/hogar para los niños (10, 1-12).

1. Ser familia, importancia de los niños. Hay en la Iglesia otros problemas (y deben plantearse en su lugar), pero en el camino de Jesús ha destacado Marcos la responsabilidad de conjunto de la iglesia ante los niños ya nacidos. Es posible que nosotros, cristianos del siglo XXI, hubiéramos planteado otros motivos (paternidad responsable, número de hijos, anticonceptivos, aborto y superpoblación), pero lo que este pasaje resalta, en la línea del pasaje anterior (Mc 9, 33-37), es  la vida y cuidado de los ya nacidos.

             Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y, abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16).

Éste es un “apotegma”, es decir, un relato simbólico con una enseñanza. Puede tener un fondo histórico, pero su mensaje es básicamente eclesial, y define a la iglesia como casa (lugar de acogida) para los niños, sean o no cristianos:

Traen niños para que los toque (Mc 10, 13a), en una perspectiva que en su origen puede ser mágica (al tocarles, el santón, curandero o profeta transmite a los pequeños buena suerte), pero que en el contexto actual del evangelio ha de verse en clave de vinculación mesiánica. Quienes traen niños (se supone que no pueden andar por sí mismos) son los padres o familiares. Quieren que Jesús entre en contacto con ellos, en gesto muy propio de Marcos (Jesús toca y cura en 3, 10; 5, 27-28; 7, 33; 8, 22). Posiblemente, son los padres o familiares, que no forman (todavía) parte de la iglesia, pero conocen de algún modo a Jesús y le piden ayuda.

Los discípulos quieren impedirlo (10, 13b). No pueden permitir que Jesús pierda el tiempo, que abandone sus ocupaciones importantes, para dedicarse a los niños, en tarea que parece poco digna, propia de mujeres. Es claro que en el fondo del pasaje sigue habiendo una disputa eclesial, como en Hech 6, 1-6 (los grandes de la comunidadno atendían a las viudas y mesas de los pobres): los discípulos centrales (los Doce) no permiten que Jesús se ocupe de los niños; como en Mc 9, 33-37, ellos quieren formar un grupo de poder, bajo su control, y por eso forman una especie de guardia pretoriana o círculo de seguridad en torno a Jesús, impidiendo que traigan a los niños. En esa línea, la iglesia corre el riesgo de volverse grupo de personas importantes, sin corazón ni tiempo para los menores.  

Dejad que los niños vengan a mí... (10, 14-16). Frente a  un tipo de comunidad convertida en espacio de poder controlado por los “grandes”, Jesús reivindica el valor primario de los niños: Son signo del reino, los más importantes; no hay tareamás valiosa que acogerles, tocarles, bendecirles. Entendida así, la Iglesia viene a presentarse como familia abierta a los más pequeños. En medio de su gran ocupación mesiánica, cuando parece que debía dejar a un lado otros temas secundarios, Jesús afirma con solemnidad que esos niños son objeto, centro y meta de su reino.

  Los niños no son sólo objeto del cuidado de los padres, sino de la comunidad entera que, en esa perspectiva, ha de entenderse como hogar (familia) que se abre a los niños como necesitados, sean hijos de creyentes o de no creyentes. De esa manera la Iglesia se abre, superando el nivel de la familia (y de la misma comunidad de los creyentes), apareciendo como casa que acoge por (con) Jesús a los niños. La palabra clave es dejad que...  (Mc 10, 14). Jesús quiere que los niños formen parte de su propuesta mesiánica, diciendo a los dirigentes no se lo impidáis (mê kôlyete), como en 10, 39 donde exigía tolerancia para un exorcista  no comunitario al que quieren prohibir que actúe en su nombre. Ahora les manda que no se opongan, y que la comunidad acoja a los niños, que son signo privilegiado de Dios, pues de quienes son como ellos (toioutôn), es el reino de Dios, y de ellos debe ocuparse, por tanto, la Iglesia. Su respuesta se puede entender y se entiende de dos formas: hacerse niño y acoger a los niños:

Aplicación más intimista: hacerse niño (Mc 10, 15). El texto de Jesús puede entenderse de dos formas. La primera toma al niño como sujeto, y puede traducirse así: Quien no reciba el reino como lo recibe un niño…, suponiendo así que los seguidores de Jesús han de hacerse niños para recibir el Reino de Dios. Frente a un tipo de exigencia activa (conquistar el reino por la ascesis, la ciencia o la violencia) aparece  aquí una experiencia más honda de receptividad: Los seguidores de Jesús han de ser como niños que reciben la vida, en actitud de pequeñez, de aceptación, de acogimiento gratuito, volviéndose pequeños (cf. Mc 9, 35). Ésta es la lectura que ha destacado Mt 18, 1-5 y 19, 13-19, espiritualizando el tema: ¡Debemos hacernos ante Dios como niños!  

Lectura más social: recibir al niño. Pero en el contexto de Marcos, la frase puede y debe interpretarse tomando al niño como objeto. Quien no reciba el reino como se recibe a un niño... Ciertamente, importa "hacerse" niño (=pequeño), pero sobre todo recibir, acoger, ofrecer casa a los niños. El Reino es una realidad que me “recibe” (soy como niño en manos del Reino de Dios, pero, al mismo tiempo, es una realidad que nosotros debemos recibir, como se recibe a un niño. En ese contexto, la Iglesia ha de ser una comunidad especializada en acoger a los niños, un hogar de cariño y amor donde ellos encuentran acogida y pueden madurar, como indicaba ya el texto anterior (Mc 9, 33-37). El reino de Dios se hace presente en los niños, y se recibe (se deja construir y se construye) al recibirlos.

Las dos lecturas (ser como un niño ante el Reino, y acoger a los niños) son buenas y es posible que Marcos haya querido vincularlas, para mostrar así la implicación del aspecto receptivo (ser como niños) y el activo (ofrecer casa a los niños), pero el conjunto de su evangelio y el mismo gesto final de Jesús, que acoge al niño (10, 16), insisten quizá más en la segunda: la iglesia ha de abrirse como espacio de amor y crecimiento humano para los niños.

2. Jesús, mesías de los niños. Este pasaje ha expresado los elementos esenciales de su proyecto mesiánico en relación con los niños. No emplea el término amor  (agapaô), ni el de familia-casa, pero es claro que todo ha de entendersedesde su trasfondo de amor y casa (familia). Jesús, varón mesiánico, realiza aquí un triple gesto de afecto y dignificación respecto de los niños, tanto en plano personal como social: les abraza, bendice e impone las manos (10, 16):

1. Como en Mc 9, 36, Jesús abraza también aquí al niño (enankalisamenos), en gesto de cariño y comunicación vital, propia de esposos, amigos, familiares. El abrazo es la palabra de la piel que acaricia, de las manos que tocan, de los brazos que sostienen, del cuerpo que dice su verdad a otro cuerpo, el compromiso de acoger y defender a otra persona. En este primer nivel se ha situado Jesús, regalando a los niños  la alegría de su vida y recibiendo la ternura y gozo que ellos le transmiten con la suya, en gesto generoso de entrega y donación, para que el otro sea, para que el niño pueda crecer en humanidad.  .

2. Jesús bendice al niño (kateulogei), deseándole y ofreciéndole un futuro de vida, como el mismo Dios hacía a los hombres al principio (Gén 1, 28). No les abandona en su pequeñez, no les deja en su infancia por siempre; quiere que crezcan y gocen, para poseer los bienes de la tierra, pues eso significa bendecir: Regalar a los demás un espacio y camino de vida y palabra, de educación y esperanza. Crear un mundo donde la vida de los niños merezca la pena, eso es bendecir. 

3. Les impone las manos (titheis tas kheiras ep'auta). Este gesto final ha de entenderse como iniciación sanadora (cf. 5, 23; 7, 32) y consagración mesiánica. Imponer las manos significa transmitir a otra persona un poder. Así hacían los que “ordenaban” a los sacerdotes de Israel (cf. Núm 27, 18; Dt 34, 9), así harán después los obispos cristianos, transmitiendo su carisma a otros jerarcas. Pues bien, en gesto que rompe los esquemas de poder israelita, Jesús impone las manos a los niños, ofreciéndoles su autoridad. Ellos, los más pequeños, son desde ahora los verdaderos presidentes de la iglesia.

De esta forma, Jesús ha situado en el primer plano de la iglesia algo que parecía propio de mujeres: las tareas del hogar, el cuidado de los niños. Su comunidad mesiánica es lugar donde no sólo es posible el amor de los mayores, sino también la vida de los niños, pues ellos pertenecen en algún sentido a toda la comunidad que ha de ofrecerles su cuidado. Frente a una posible gerontocracia (mando y control de ancianos), frente a una sacralización de los presbíteros  que fijan desde antiguo la ley y tradición de la comunidad (cf. Mc 7, 3), Jesús ha establecido el gesto sorprendente y amorosa de los niños que, dejándose querer, son principio de vida para la comunidad.

Resumen, niños en el evangelio      

           A menudo hemos creado una Iglesia de mayores (grandes, sabios, dirigentes), mientras los niños han de hallarse sometidos, bajo el dominio de los adultos, en silencio. Pues bien, el evangelio de Marcos ha invertido de manera programada esa tendencia, haciendo de los niños el principio y centro de la comunidad. El mensaje de Jesús abre así un camino de vuelta a la infancia (neotenia), para que los niños puedan crecer, ser familia y comunidad:

Niños en la familia. Los padres están al servicio de los niños y no al revés. Así lo muestran los tres milagros citados, en los que el padre y/o madre debe cambiar y curarse él primero para curar de esa manera al niño: el Archisinagogo y su hija (5, 21-24.35-43), la sirofenicia y su hija (7, 24-30), el semicreyente y su hijo (9, 14-29). Estos pasajes condensan la misión esencial de los padres que han de ser una familia sana, que ofrece un espacio de salud y futuro para los niños.

Niños en la comunidad (10, 13-16). Frente a los discípulos que quieren construir una iglesia de mayores (sin lugar para los niños) presenta Jesús su programa de acción con (para) los niños, en gesto que incluye el cariño (abrazo), la educación (bendición) y el poder (imposición de manos). La iglesia posterior ha ratificado esa opción de Jesús bautizando a los niños, es decir, ofreciéndoles la mayor dignidad cristiana, pero ese gesto no basta si es que no se ofrece a los niños espacios de acogida y crecimiento humano.

Quien escandalizare a uno de estos pequeños… (Mc 9, 42). Esta sentencia que pasa de los paidia (niños por edad) a los mikroi (menores en conocimientos o influjo, sin excluir a los niños) nos sitúa ante el mayor pecado de la comunidad y de los cristianos, que consiste en utilizar y/o destruir a los niños.  

Bibliografía (además de comentarios a Marcos y de “vidas” de Jesús):   

Bunge, M. (ed.), The Child in Christian Thought, Eerdmans, Gran Rapids 2001

Cáceres, H., Jesús, el varón. Aproximación bíblica a su masculinidad, Verbo Divino, Estella 2011

Moxnes, H., Poner a Jesús en su lugar,  Verbo Divino, Estella 2005

Pikaza, X., Historia de Jesús,  Verbo Divino, Estella 2013;  El evangelio. Vida y Pascua de Jesús,  Sígueme, Salamanca 1989, 33-143.

Crossan, J. D. "Kingdom and Children. A Structural Exegesis": JBL, Sem. Papers 1982, 63-80

Légasse, S., Jésus et l'enfant, Paris 1969

Robbins, V. K. "Pronouncement Stories and Jesus Blessing of the Children. A Retorical Approach": JBL Sem. Papers, 1982, 407-435

El veto parental, por Manel
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