8.10.26. Diez mujeres: toda la iglesia, la humanidad entera (Mt 25, 1-13; Dom 32 TO)

Puse antier una nota sobre la epístola de este domingo (1 Tes 4), hablando de la venida final de Cristo. Hoy comento el evangelio, una parábola Mt 25. La gente se va de las iglesias porque no solemos contar parábolas, sino imponer doctrinas y leyes, sin alternativa, como si supiéramos y la gente no supiera.

  Jesús en cambio dialogaba, contaba cuentos presentaba parábolas, para que los falsos sabios (rabinos, políticos, sacerdotes…) callaran, y  entendieran todos, empezando por los niños.  No sólo Jesús contaba parábolas, sino que las contaban sus discípulos y amigos entre los que destaca Mateo, que recoge o crea esta parábola. Leedla o escucharla con atención, como los niños.

Todo el mundo son diez muchachas, de escuela o de calle, quizá han encontrado un trabajillo, quizá siguen estudiando, quizá merodean por la calle, todas buscan algo ¿qué? Eso tendréis que irlo viendo vosotros, entrando de lleno en este cuesto de parábola.

  Sólo deberían ser obispos o curas de iglesia los que saben contar parábolas como la de hoy, no sólo varones (que en general saben menos de esto), sino especialmente mujeres, como las 10 de esta parábola. Ellas podrán ser los verdaderos “maestros” de la iglesia, que mantienen vivo el “cuento” (parábola) de Jesús. Sólo puede haber futuro en la iglesia si sigue habiendo en ella personas (sobre todo mujeres) que cuentan y vivan parábolas así, haciéndonos así a vivir a los demás.

 Hay diez chicas esperando reino, buscando amor, durmiendo a veces, pues la vida tarda.…  Son diez ¿Todas rubias? ¿hay morenas o negras? ¿Todas del barrio o algunas de fuera? Seguid pensando, soñando, inventando Todos somos una de esas muchachas. Atentos, empieza el “cuento-parábola”…hablando de un reino, un rey… 

          Había una vez diez muchachas  que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al rey-novio. Cinco de ellas eran tontas y cinco eran sensatas.

Las tontas, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite. En cambio, las sensatas se llevaron alcuzas o botellines de aceite para las lámparas. El rey tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:

-- ¡Que llega el rey, salid a recibirlo!

Entonces se despertaron todas aquellas muchachas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las tontas dijeron a las sensatas: --Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.Pero las sensatas contestaron: --Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.

Mientras iban a comprarlo, llegó el rey y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras muchachas, diciendo:-- Rey, rey, ábrenos. Pero  el rey respondió: -- Os lo aseguro: no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora." (Mt 25, 1-13)

Temas pendientes:

¿Quiénes son las muchachas? Qué hacían, que quieren…¿Por qué se duermen? ¿Por qué tarda el rey?

Todas tienen lámparas y alcuzas, quizá ella mismas son lámparas para brillar… y alcuzas o frascos para el aceite, pero cinco, la mitad, no tienen aceite, no tienen perfumes. ¿Por qué? ¿Lo han gastado todo?¿Cómo se puede comprar ese aceite o perfume? El cuento supone que todas tienen dinero y que podrían comprar aceite… pero llega el rey de pronto y no tienen tiempo de comprar?

¿Por qué las sensatas no les prestaron aceite? Todo se puede comprar en el camino en la noche… pero hay algo muy personal, que nadie puede comprar…

Una primera explicación

Estas diez muchachas son toda la iglesia de Jesús, humanidad entera, chicos y chicas, varones y mujeres, el orbe de la tierra… El futuro de la humanidad, con el rey, con el reino, depende de estas diez muchacha… La división (cinco necias, cinco prudentes), cinco y cinco, forma parte de la historia, así se suelen contar estas parábolas, como los cuentos, donde hay gente sensata y menos sensata, al 50 por cien…

Las poco prudentes ¿se han olvidado del aceite o lo han malgastado en el camino, a lo largo de la tarde.

 Todos somos esas diez muchachas Una parábola quizá escandalosa

El rey del país y todo su gobiernos… El papa y todos sus obispos, todos mujeres, diez mujeres… ¿Habíamos hecho las cosas mejor si todo dependiera de mujeres en el gobierno, en la iglesia, en la escuela, en la casa, en lo deportes, en la enseñanza…

 Este cuento puede resultar escandaloso, por muchos motivos, y así la cuenta Jesús, para que la pensemos y pensemos nuestra vida.   ¿Han recibido todas el mismo aceite? La alcuza de aceite de una niña de Guinea no es igual que la alcuza de una chica de Kansas o Virginia, de Londres o Madrid. Unas parecen que vienen al mundo con mucho aceite, otras parece que no tienen nada. Sea como fuere, las muchachas llevan «lámparas» (lampadas) en la noche de la espera. ¿Se podrá decir que ellas mismas son lámparas, puras lámparas de Dios (de la vida), cuya función es arder y dar luz y se fuego?

  Parece que hay recelos y riñas entre las chicas. ¿Se quieren todas y se ayudan o se pasan el tiempo discutiendo…En otro plano, es una parábola machista ¿Por qué son chicas que esperan al novio-señor-chico y no chicos que esperan a la Novia/chica?

  ¿Se puede comparar este cuento con el cuento de la hormiga y la cigarra… La cigarra se pasa el verano cantando y lo tiene comida para el invierno. Las hormigas, en cambio, trabajan en verano y almacenan para el invierno

Éste es un tema que aparece en muchas tradiciones de oriente y occidente. Unos malgastas, otros guardan el aceite… ¿Es bueno siempre guardar? ¿No será bueno arriesgar y gastar? ¿Cómo han perdido las necias el aceite? ¿Lo han malgastado en borracheras y cenas?-- Alguien podría decir que las "necias" han perdido el aceite porque se lo han robado precisamente las llamadas prudentes

  ¿Es bueno que las “hormiguitas” no presten a las necias su aceite? En contra de toda la enseñanza del evangelio, aquí se dice que las prudentes no deben dar aceite a las necias... ¿Por qué no comparten la luz, haciéndose luz todas, unas para otras, luz compartida para iluminar el camino del novio/novia universal? ¿O hay un aceite personal que no puede compartirse, pues cada uno tiene su aceite debe guardarlo?

  Una reflexión sobre el aceite

a) ¿De qué aceite-luz se trata? ¿Tiene más luz una muchacha/estrella de la propaganda mediática, dueña de millones de barriles de petróleo, que una niña marginada de un país empobrecido, sin más riqueza que el hambre? Además, la luz que son las muchachas: ¿para qué sirve? ¿a quien dirige y guía? ¿Sirve para alumbrar al novio/novia que viene... o para dirigirles a ellas/ellos (novias en fiesta), a la humanidad que espera y camina con su propia luz en la noche de la vida, hacia el amor total que llega?

  Una reflexión sobre la vida

a) Quizá la parábola evoque un amor personal y total, el amor de aquellos que esperan y el amor de los vienen, todos envueltos en luz... un amor hermoso, abierto a todos (todos reciben el aceite), pero también “arriesgado”, pues se puede perder y gastar el aceite de un modo equivocado, quedando al fin vacios. Estas bodas de luz están abiertas a todos, pero algunos se pueden perder (derramando en vano su aceite), malgastando la propia vida.

b) Sin duda, el novio que viene en la noche (¡una noche de frío, oscuridad y muerte!) es el amor que tarda, pero que está llegando, la luz plena que se hace esperar (¿a dónde te escondiste….?), pero que vendrá muy pronto, si seguimos esperando, espabilando la lámpara, que siempre tiene aceite, pues la alcuza de la vida nunca se vacía. Por su parte, las novias que esperan son los hombres y mujeres, capaces de cuidar su luz o de apagarla, hombres y mujeres con responsabilidad de amor, llamados a cuidar su aceite, a mantener en vela su esperanza.

  Las bodas son dos luces que se unen, formando una luz compartida, luz de dos, en la gran Luz del Novio-Novia que les acoge en su amor. Son dos luces distintas, dos personas diferentes, y una luz única y compartida, que se abre a otros, a los amigos y a los hijos luz creadora, en la Luz de Dios, donde se unifican y completan, cada uno en el otro y para el otro, cada uno desde el otro y con el otro. En este contexto podemos decir que, para los cristianos, la luz originaria se ha venido a revelar en Cristo.

d) Al final queda la gran revelación del amor. Todo lo demás pasa y queda en un segundo plano. Se trata de descubrir el potencial inmenso del amor que somos y que viene, que nos sale al encuentro. Para que ese amor sea plena, para que las bodas puedan celebrarse, hay que esperar compartiendo el aceite, espabilando la alcuza, gozando por anticipado el don de las bodas.

  Una simple conclusión que deja el tema abierto

En un sentido, esta parábola nos habla de aquello que vendrá después, al fin de nuestra vida. Posiblemente, la ha creado la misma comunidad de Mateo para explicar la tardanza de la parusía… un tiempo de espera en el que muchos se apagan y mueren, al parecer sin esperanza.

Pero la parábola tiene otro sentido. No habla sólo, ni sobre todo, de aquello que vendrá después, sino de aquello que está pasando ahora, en nuestra vida, que es tiempo bueno para guardar el aceita y para iluminar a los que están a nuestro lado.

Éste es el aceite de Jesús (toda la vida), que se da y conserva cuanto más se comparte, de tal forma que sólo tiene aceite que lo da, quien se vuelve “aceite”, luz para los otros. El aceite del que aquí se habla es aceite para consumirse en la lámpara, convirtiéndose en luz. Sólo sirve para alumbrar, para consumirse, pues sólo produce luz en la medida en que se quema y consume.

 ANEJO DE X. PIKAZA, Comentario del evangelio de Mateo, Verbo Divino, Estella 2017  

Una parábola ya conocida. Elementos básicos (Mt 25, 1-4). Esta narración está contada desde el trasfondo de la historia de Israel... Quizá guarda un recuerdo de Jesús (que se ha referido a las bodas del reino: 9, 14-17).Pero tal como se cuenta parece obra del mismo evangelista (o de su escuela) que ha creado en 24, 45‒25, 46 un gran “retablo” escatológico con temas vinculados a la culminación (o realidad más honda) de la historia. En sí misma, esta parábola se encuentra íntimamente unida al desarrollo precedente, como muestra su forma de presentar a las cinco sensatas (25, 2-3), en la línea del administrador de Mt 24, 4 (que debía ser FRONIMOS, sensato). Estas dos parábolas (24, 45-51 y 25, 1-13) nos sitúan, pues, ante una visión general de la “inteligencia o sensatez escatológica”, interpretada como buena administración y buen noviazgo, esperanza de bodas:

‒ Las diez muchachas (vírgenes, mujeres núbiles) son signo de una humanidad ya madura para el amor, y así aparecen vinculadas de un modo íntimo con Dios, esperando las Bodas finales de la historia. Ciertamente, en el fondo se encuentra el motivo de Israel como novia/esposa de Yahvé, un motivo presente a lo largo de la Biblia desde los tiempos de Oseas, Jeremías y Ezequiel. Pero, siendo signo de Israel, ellas representan a cada uno de los hombres o mujeres de la humanidad, que debe mantenerse preparados para las bodas de Dios.

La vida humana como procesión de bodas. Esta imagen de las diez muchachas, cada una con sus luces encendidas ante el esposo, para acompañarle en la procesión de bodas, resulta bien conocida en oriente (incluso en Roma). La palabra lámpara (lampas) puede evocar una candela de aceite con mecha pequeña (que se apaga a cualquier golpe de viento), pero quizá se refiere a una antorcha de aceite con mecha de tela resistente al aire. En otra línea, la imagen puede evocar el gran signo israelita de la menorah, candelabro de siete lámparas del santuario[

‒ Aceite. Se conserva en la alcuza de cada persona, como algo propio de ella y es, por tanto, intransferible: Es el don de la existencia, la vida en su sentido más profundo. Hombres y mujeres son “aceite” que alumbra en cuanto se consume, haciéndose luz ante (en) Dios, para los demás. No son luz para un templo exterior, como el de Jerusalén, sino para el esposo, el mismo Dios. Éste es el signo distintivo más precioso del ser humano: el buen aceite que alumbra. Fuera quedan otros posibles aspectos o valores de tipo social o legal (e incluso religioso), pero los hombres y mujeres son aceite, que han de tener preparado, como una reserva de “vida” ante el esposo.

 ‒ Un noviazgo compartido y diferente. Estas vírgenes/novias pueden entenderse en sentido personal y/o social. Todas son esposas del único esposo (nymphios), de manera que su matrimonio ha de interpretarse en clave monogámica, pero en línea trascendente, no de este mundo (en sentido biológico-corporal, pues en ese caso se trataría de un marido polígamo), como sabe desde Oseas la tradición profética, que interpreta al pueblo en su conjunto y a los israelitas en particular como “esposa” de Yahvé.

Según eso, las diez vírgenes tienen un sentido colectivo (todas son la novia, son Israel, son la Iglesia, son la humanidad), pero al mismo tiempo pueden y deben interpretarse en sentido individual, pues cada persona, varón o mujer,  es valiosa por sí misma. Un elemento importante de la escena (y quizá poco destacado en las interpretaciones) es el hecho de que aquí no hallamos ninguna novia central, que actuaría como reina, con un cortejo de “vírgenes menores” que serían sus servidoras o damas de compañía (cf. Sal 45, 15-16 y Cant 6, 4-9. En nuestro caso, las diez tienen la misma dignidad, de manera que cada una aparece como esposa principal del novio, y ninguna es pura dama de compañía, pues todas y cada una son reinas[4].

¡Atrasándose el novio…! Un tiempo de muerte (25, 5). Todas aparecen como amigas, tienen en común el noviazgo y la espera, sin que en principio se distingan (aunque el texto sabe que unas son necias, otras prudentes). No se aclara el motivo de esa distinción, no se habla de un posible pecado de algunas, de manera que no estamos ante un problema de moralidad en el sentido secundario del término, sino de inteligencia humana, de actitud y de respuesta ante la vida.

Como he dicho, en un primer nivel, esa diferencia entre necias e inteligentes parece normal, es un signo o elemento de la propia vida, que hace a los seres humanos distintos. Todas son la humanidad en busca de la plenitud de un Dios que no está ya simbolizado como Padre (Abba) sino como partner, misterioso amigo de las bodas. Todas le esperan, pero unas con inteligencia/previsión (guardan aceite en sus alcuzas), y otras sin ocuparse del aceite, como si las cosas pudieran resolverse en un último momento.

En este contexto se introduce el tema del “retraso” o, quizá mejor, de la tardanza de la parusía o manifestación del novio, de la que trataba Mt 24, 34-36. Da la impresión de que las “necias” eran en principio buenas “creyentes”: Esperaban la manifestación inmediata de Cristo, su gran parusía, lo habían dejado todo, confiaban en la llegada del Novio, no tenían que llevar nada, pues el esposo iba a llegar inmediatamente. Pero las cosas han sucedido de otra forma.

El Novio no ha llegado en el tiempo que ellas (¡muchísimos cristianos!) pensaban, y de esa forma se retrasa la parusía, en contra de lo que habían esperado Pablo y los conversos de Tesalónica (¡confiaban estar vivos cuando llegara el Cristo!). Pues bien, en contra de eso, nuestra parábola afirma que “todas” se adormilan y duermen (mueren), sin que ello produzca escándalo (a diferencia de 1 Tes 4, 13-18), como supone Hbr 9, 27, que ha acuñado la gran fórmula: Se ha establecido que los hombres mueran una vez…: statutum est hominibus semel mori).

Todas las personas mueren sin que el esposo haya llegado, sin que las bodas hayan podido celebrarse en este mundo. Parece evidente que esa tardanza del novio está evocando el retraso de la “parusía”, un problema que la Iglesia ha debido plantear y resolver con urgencia. En ese contexto de retraso, de tiempo abierto por la preparación de las bodas que se demoran (no ha llegado el Novio) viven y mueren las muchachas, unas bien preparadas (se duermen con la reserva de aceite al lado), otras sin preparación (como si no debieran tener el aceite a punto, como si el Esposo no necesitara que ellas estuvieran preparadas). Al decir que todas se durmieron, parece que se está evocando la muerte universal, como destacan otros textos tardíos del NT (cf. 2 Ped 3, 1-16).

En medio de la noche: ¡llega el Novio! (Mt25, 6-7). Todas las vírgenes (¡todos los cristianos!) saben que habrá bodas, pero algunos viven como si no las hubiera, sin preocuparse del aceite, como suponiendo que habrá siempre a su lado en abundancia, para tomarlo sin más preocupación. El aceite, que las inteligentes conservan en alcuzas para reavivar la lámpara en su momento, representa quizá las buenas obras, la memoria positiva del pasado, el valor de la vida vigilante, con aceite para el esposo a quien saldrán a recibir. Las otras no pueden ir al encuentro del novio sin aceite…

‒ Aceite. Podría suponerse que unas lo han recibido, y otra no. Pero el texto va en contra de esa suposición, pues ha supuesto que ellas mismas, todas, pudieron tomar no sólo lámparas, sino también alcuzas con aceite. Pues bien, unas parecen haber tomado sólo lámparas, como si bastaran; otras, en cambio, tomaron además aceite en las alcuzas (25,4). Éste parece el motivo de fondo, y desde aquí se entiende la división entre las môrai, necias, que han vivido sin previsión, sin otro horizonte que las ocupaciones inmediatas de la vida (cf. Mt 13, 20-22) y las phronimoi, sensatas, que han tomado consigo una reserva de alcuzas de aceite.

Como he dicho, todas son novias de un mismo esposo universal, no simples compañeras/asistentes de una Novia superior a la que irán acompañando en la procesión de bodas. La parábola anterior (24, 45-51) se refería a un esclavo administrador, que estaba por encima, debiendo cuidar de la casa (de la servidumbre) hasta la llegada del amo. Esta parábola, en cambio, supone que todos, varones y/o mujeres, tienen (tenemos) la misma responsabilidad, como muchachas que han de madurar al (ante el) amor de una forma responsable.

Ya no es tiempo de compra. Y se cerró la puerta (Mt 25, 8-11). Tomada externamente, la parábola es dura. A lo largo de la espera, las muchachas han tenido tiempo para llenar las alcuzas, o incluso para intercambiar el aceite como indicarán, desde otra perspectiva, las parábolas siguientes, y todo el evangelio. Pero, al final, cuando unos y otros se “despierten” del gran sueño y preparen sus lámparas ante el Esposo, no será posible prestarse el aceite, ni podrá comprarlo en los mercados. Habrá terminado el tiempo de los que compran y venden (Mt 25, 9), como suponía ya la escena de la “purificación del templo”, cuando Jesús derribó las mesas de los compradores y vendedores del templo (Mt 21, 12).

‒ Id a comprar… (25, 9). Así dicen las prudentes. Ésta es una escena y respuesta de humor duro, despiadado, pero propio de una parábola del fin de los tiempos, donde los detalles no se pueden tomar al pie de la letra (como en una alegoría). Las prudentes les dicen que vayan a comprar y el texto supone que de hecho van y lo hacen, aunque vuelven tarde, cuando la puerta de la boda está ya cerrada. Eso significa que hay un caudal de mundo para hacer negocios (¡ellas, unas simples vírgenes que en aquel tiempo no solían manejar dinero!).

Eso significa que las necias van a comprar, pero su gesto resulta inútil, pues cuando llegan con el aceite comprado las otras están dentro, y la puerta ya cerrada; y aunque estuviera abierta no serviría de nada, pues el aceite de mercado del mundo no vale para las bodas del reino, como sabe 1 Cor 13: El tesoro del Reino (el amor) no puede comprarse con todo el dinero del mundo, como lo ha puesto de relieve el pasaje del joven rico, que ha de vender precisamente todo lo que tiene, y dárselo a los pobres, para seguir a Jesús y alcanzar la vida eterna (cf. Mt 19, 16-23).

‒ Y se cerró la puerta (24, 10), tras el paso de las vírgenes prudentes, y no se abrirá ya más. De esa forma ha matizado Mateo el tema de la parábola anterior de bodas, donde se decía que entraron todos, buenos y malos (Mt 22, 10), pero que el rey vino después a buscar y expulsar al que no tuviera vestido de fiesta (22, 12-13). A diferencia de eso, en esta boda entran sólo aquellos que tienen aceite en la alcuza, y la lámpara encendido, de manera que tras ellos se cerró la puerta. Nadie sin aceite (sin vestido de fiesta) puede entrar en la fiesta.

Señor, Señor, ábrenos… ¡No os conozco! (Mt 25, 11-12). Así dicen las vírgenes necias (con aceite de mercado), que llaman a la puerta cerrada, pidiendo “¡Señor, Señor, ábrenos!”, como aquellos que habían hecho grandes obras en nombre de Jesús (expulsar demonios, realizar milagros…), a los que el Señor respondía: ¡No os conozco! (cf. 7, 22-23). Eso significa que estas necias pueden haber sido externamente importantes, hombres o mujeres de iglesia, pero en realidad son “inicuas”, obradoras de anomía (cf. 7, 23), una palabra que Mateo ha utilizado en dos lugares básicos: 13, 41 (trigo y cizaña) y en 24, 12 (falsos profetas).

‒ La palabra final “no os conozco” (25, 12) significa “no tengo relación con vosotros”, no os puedo amar. Estas palabras nos sitúan ante una escatología de “conocimiento”, es decir, de encuentro personal con el Señor/Novio (el Dios amigo), conforme al sentido radical del conocimiento, que implica vinculación personal o matrimonio (cf. Gen 4, 1). “No os conozco” significa no tengo relación con vosotros, “no sois de los míos”. En este contexto, la “condena” de las vírgenes necias no es “castigo”, no es una expulsión, ni un infierno de fuego, sino que consiste en dejar que ellas sigan siendo lo que han sido, es decir, lo que han querido (quedarse en el nivel del aceite de mercado, sin acceso a las bodas más altas de la resurrección).

‒ ¿Una parábola cristiana? En un plano, esta parábola es cristiana (centrada en Cristo esposo), pero en otro no lo es (todavía), pues el novio que habla así, diciendo “no os conozco” no es aquel que ha muerto para conocer, es decir, para rescatar a muchos (=a todos, Mt 20, 28). Entendida así, ésta es una parábola de ley, no de evangelio. Ciertamente, ella ocupa un lugar importante en el despliegue escatológico de Mateo, pero se sitúa en un nivel de juicio (talión) y no de gracia (perdón), aunque trate de amor y hable de bodas[6].

En un plano, esta boda de la parábola es un anuncio de gozo y plenitud (para todos), pero, al mismo tiempo, es una llamada a la responsabilidad, y un aviso, que muestra la importancia de la respuesta humana. (a) Ésta es, según eso, una parábola gozosa que habla de la luz que puede “alumbrar” la fiesta de las bodas, una luz que es el mismo brillo del amor que emerge allí donde unos seres humanos se aman y se encuentran en la noche, penetrando de esa forma en el espacio de Dios (que aparece como Novio, es decir, como Vida de la vida de todos).

(b) Pero, al mismo tiempo, es una parábola de aviso: Puede haber personas cerradas en sí mismas, vírgenes necias, que no quieren aceite de bodas, sino que van derramando y perdiendo lo que tienen (destruyendo su vida) en la noche de este mundo.

Formulada como aparece aquí, en Mt 25, esta parábola es necesaria, como palabra de advertencia, como llamada a la responsabilidad.  

La parábola nos pone de esa forma ante la responsabilidad personal en la muerte, como en la versión lucana de Lázaro y el rico Epulón (Lc 16, 20-25). Nadie puede amar en lugar de otro, ni vivir por él (aunque puede y debe acompañarle en el camino, como dirá Mt 25, 31-46). En este momento nadie puede apelar a naciones o pueblos elegidos, ni hablar de salvación especial para Israel, ni de ventaja de la Iglesia, ni de rechazo o condena de los gentiles. No hay juicio de pueblos, sino de personas, en perspectiva de fidelidad para cada uno, llamado a ser esposo/esposa de Dios, compañero de su alma.

Aquí nos encontramos al fin ante la máxima individualidad (cada uno es responsable de su luz y de su aceite) y ante la mayor universalidad: ¡Todos los seres humanos comparten la misma llamada y tarea ante la Boda de Dios. Lo más íntimo (unas bodas) se vuelve lo más universal, por encima de la mima muerte. Esta parábola no viene a ponernos ya ante la muerte por violencia (o con valor vicario, como la de Jesús), sino ante la muerte natural, de cada uno, que se adormece y acaba en este mundo, con el despliegue y desarrollo de su vida ya planificada.

‒ ¿Una parábola de amor? Más allá de la parábola. Ciertamente, la parábola evoca el amor personal de los que esperan y vienen en busca del novio, envueltos en luz; y ella evoca, al mismo tiempo, en un plano más alto, el amor hermoso del Novio que quiere acoger a todos. Esta parábola nos pone ante el amor de todos (portadores de lámparas), ante el amor personal de cada uno de los hombres y mujeres, que pueden y debe abrir su amor al Cristo de Dios, pero pueden también perder y gastar el aceite de un modo falso, quedando al fin vacíos. Ésta es la “boda de Dios”, Dios mismo hecho boda, salvación universal, aunque algunos han podido “descuidarse”, dejando de tomar aceite (¡es una molestia andar siempre cargado con la alcuza!), o derramándolo en vano, malgastando así la propia vida.

El novio que viene cuando las vírgenes se encuentran ya dormidas (¡en la noche del cansancio y de la muerte!) parece signo del Amor que tarda en cumplirse, pero está viniendo, Luz Plena en la oscuridad; signo del amor que se hace esperar (como dice San Juan de la Cruz: ¿A dónde te escondiste Amado….?, Cántico Espiritual 1), pero que llegará en su momento, siempre aguardado y siempre de imprevisto, de manera que debemos avivar la lámpara y cargarla de nuevo, con el aceite de la alcuza (a no ser que la hayamos descuidado, como sucede con la vírgenes necias). Este Dios Novio no es ladrón (como en 24, 43), ni es el señor poderoso de la casa (como en 24, 48), sino el amor, que invita a disfrutar a las muchachas dormidas que siguen esperando, pues son (somos) capaces de cuidar su (nuestra) luz para la Luz de Dios, o de apagarla, hombres y mujeres con responsabilidad de vida, llamados a mantener el aceite, a pesar (por encima) de la misma muerte, entendida como prueba y signo de amor definitivo[7].

Ciertamente, ésta es una parábola buena y necesaria, tal como está contada, pero a partir de la experiencia de la Pascua de Jesús ella puede y debe reformularse, en la línea que he venido evocando: Cerrada la puerta, el Cristo Esposo puede volver (y ha vuelto) a llamar a las “necias”, para así reabrir la nueva senda del amor, como supone no sólo la historia de Jesús, sino toda la tradición cristiana, pues Jesús ha venido a llamar a invitar precisamente a los expulsados del banquete, a los excluídos del camino de la vida. Desde aquí podemos y debemos seguir leyendo la historia de la pasión.

‒ Empezar de nuevo, el Amado que vuelve tras pensar que se había cerrado la puerta. En su contexto pre-pascual, la parábola termina con la puerta cerrado y el Novio que dice, tras ella, a las vírgenes necias “no os conozco”, como si no hubiera remedio alguno para ellas.

 Pero, en la línea de lo que he venido diciendo, el texto termina con una advertencia misteriosa: “velad, pues no sabéis el día ni la hora…” (25, 13). Ésta es una palabra que se dirige a ellas, dirigiéndose al mismo tiempo a todos los hombres y mujeres que escuchan el evangelio, y de esa forma indica que sigue habiendo un camino de salvación para las mismas

Final. La humanidad son (somos) 10 mujeres en camino de amor y de vida.

  Todos, reyes y papas, judíos y griegos, sin diferencia. Diez mujeres esperando al amor de la vida, la justicia, el aceite que es la luz de la nueva humanidad. Así, por ejemplo, una iglesia que no deja que las mujeres sean ministros de la palabra de Jesús y de su amor (obispos, presbíteros etc.) no ha entendido nada de esta parábola, ni en lo positivo, ni en lo negativa. No se te preguntará en la meta, ante la puerta del reino… ¿Eres chico o chica? Se te preguntará solo: ¿Has traído aceite? Has iluminado con tu aceite la vida de los hombres y mujeres?

Curso impartido por PIkaza en UNMINUTO
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