Una historia antigua, una realidad moderna Roma como estímulo y problema: De  Giovanni Boccaccio (1353) al  papa Francisco (2023)

Giovanni Boccaccio
Giovanni Boccaccio

El año 1353, cuando G. Boccaccio publicó el Decameron, con su crítica de amor durísimo, Roma cristiana no era el Vaticano, sino la ciudad entera, con el Laterano imperial y eclesial. Más que administrativa, la perversión era moral (sexual), pues, según Boccaccio, la cúpula de la iglesia se había convertido en un laboratorio de pecados de la carne. Conforme a su relato (novela 2), la iglesia verdadera debía salir de Roma e iniciarse en París (ciudad de cultura), con el judío Abraham, convertido al cristianismo.

El año 2013, J. M. Bergoglio vino de Buenos Aires a Roma como Papa Francisco, y una de sus primeras intenciones fue la de “convertir” su administraciòn papal, en lugar de vida cristiana. Las opiniones sobre su intento y sobre los resultados de su obra siguen siendo discordantes y algunos opinan que sería mejor abandonar la ciudad para iniciar la reforma y conversión de la iglesia en otros lugares.

Sobre ese tema quiero ofrecer una reflexiones iniciales, culminando esta postal con el grandioso tutti de la novelita 2 del Decameron (conversión de Abraham e inicio de la nueva iglesia en Paris o en otros sitios convenientes).

Introducción

Dante había escrito entre el 1304 y 1321 la “divina comedia” ofreciendo la más poderosa epopeya (divina y humana, es decir, infernal, purgante y celeste) de la nueva historia europea (mundial), extendida entre el cielo y el infierno, abierta al juicio de Dios, desde Florencia, que era en ese momento la ciudad adelantada del mundo occidental (por encima o al lado de Constantinopla o Bagdad, Benares o Pekín). Casi medio siglo más tarde (1353) publicó Boccaccio su “Decameron” (la comedia humana en diez días).

Andrea del Castagno Giovanni Boccaccio c 1450.jpg

El Decamerón se sitúa en una villa toscana de los alrededores de Florencia donde unos amigos, huyendo de la peste universal, se entretienen contando historias, pequeñas novelas y relatos de la vida humana. Entre ellos, como fondo religioso del conjunto de la obra, se cuenta all principio la pequeña novela del judío Abraham de París, que queriendo hacerse cristiano, se dirige a Roma, a fin de conocer la vida y doctrina de sus clérigos. Sus amigos cristianos desesperan, pues están seguros de que, viendo la per-versión de Roma no podrá jamás con-vertirse. Pero él la conoce y, precisamente por ella, se hace cristiano, pues una iglesia como esa, laboratorio y escuela universal de maldades, no podría mantenerse si Dios no la sostuviera desde arriba.

Encuadre. Una historia antigua, una realidad moderna

Ente Nazionale Giovanni Boccaccio · Maestro di Guillebert de Mets  (1430-1450), Melchisedech racconta al Saladino la parabola dei tre anelli;  i due uomini divengono amici · ENGB

Esta novelita del Padre judío Abraham que se hace cristiano por Roma tiene un fondo parcial de verdad, pero es también un panfleto anti-romano, y hay que leerla con amor y humor, sin olvidar el contexto (la peste que crece con su muerte), sin dejar a un lado sus aspectos morales (Boccaccio es un predicador de fondo que quiere la conversión de Roma, aunque quizá fuera de Roma).

Esta novelita puede interpretarse de varias formas y, por eso, recomiendo que el lector interesado, vaya directamente al final, que la lea y que, que goce con ella, que piense, que vea cómo puede responder, si es que se atreve, situándola en un contexto histórico interpretarla.

Roma ha sido y sigue siendo una ciudad espléndida para la cultura universal y para el cristianismo. Allí desembocaron Pedro y Pedro, allí crecieron grandísimos cristianos, aunque a veces más centrados en su propio poder (urbi) que en el bien de todos (orbi). Tras la novelita de Boccaccio pasaron por allí algunas cosas interesantes par la Iglesia

Viaje de Lutero (1510-1511). El joven monje alemán fue a Roma para realizar ciertas gestiones administrativas, pero también como peregrino piadoso. Ese viaje contribuyó poderosamente a su protesta, “conversión” y reforma posterior, iniciada a partir del 1517, en parte como superación de una Roma del dinero (indulgencias) y de las glorias de poder externo (empezando con los edificios del Vaticano y de las indulgencias divinas para financiarlos).

Lutero tiene algo del espíritu del Decamerón, su protesta anti-romana ha de mantenerse, pero le falta un tipo de humor latino, una alegría de la vida en medio de la gran peste, una pasión por la universalidad cristiana, sin pactos con los príncipes políticos. Ese viaje de Lutero a Roma sigue pendiente, y sigue pendiente (empieza a realizarse) el viaje de Roma hacia las tierras e iglesias a donde sigue llegando la protesta y tarea evangélica de millones de protestantes

Ignacio de Loyola, 1537. El carácter central de la iglesia de Roma para el conjunto del cristianismo católico vino ratificado por el hecho de que Ignacio de Loyola fundó un tipo de “orden” (compañía, movimiento clerical) al servicio de la iglesia romana, con sede en Roma.En un sentido, Ignacio va a Roma para “convertir” a la iglesia romana, haciéndola sede y centro de todos los movimientos eclesiales, pero también para dirigir desde allí, como “segundo papa” las tareas de unos papas que se sienten responsables de la moralidad (santidad, misión apostólica) del conjunto de las iglesias.

A partir de Ignacio (pero no sólo por Ignacio) todas las órdenes religiosas, con las “congregaciones” o grupos apostólicos han tendido a centrarse en Roma hasta el momento actual. Pero Roma no ha sido sólo la ciudad de Ignacio de Loyola, sino de otros muchos reformadores, místicos, eclesiásticos y santos, entre los que cito, a modo de ejemplo, Felipe Neri, José de Calasanz, Miguel Molinos etc.

Sodoma', el libro que escandaliza a la Iglesia católica - Las2orillas.co

¿Nueva perversión de Roma? (2019/2023). El año 2019, Frederic Martel, brillante periodista francés, tras cuatro años de “investigación”, con algunos conocimientos y mucha imaginación publicó un libro Sodoma, con una tesis básica cercana a la de Boccaccio: La administración de la Curia Romana es una especie de “laboratorio” de libertad sexual, fomentada por un tipo de celibato mal entendido, quizá proclive a la homosexualidad y a un tipo de ocultación. No todo lo que dice Martel vale, muchos no hemos sido capaces de llegar a la página cien, muchas cosas de las que dice son “deja vu” con repeticiones etc.

Pero el caso está ahí, quizá por concentración de un tipode falso poder “espiritual” centrado en varones célibes, con ribetes de administración no clara de dinero… y de disputa entre lobbies más carnales y más espirituales. Eso pertenece a todas las instituciones, y la de la “curia romana” de la iglesia (siendo en parte muy buena) forma parte de la “lógica y pensamiento” de las instituciones (M. Douglas).

 Nuevo encuadre personal. Con Alfredo Rubio de Castarlenas (1981)

Perdone en lector si introduzco un nuevo episodio antes de publicar la novelita de Boccaccio que es el tema central de esta postal.

Alfredo Rubio de Castarlenas - Ámbit d'Investigació i Difusió Maria Corral

               Yo había estudiado cuatro años en Roma y conocía bastante bien el ambiente. El año 1973 empecé a enseñar teología en la Univ. Pontificia de Salamanca, donde tuve varios alumnos de la casa/seminario para vocaciones adultas, fundada y dirigida por Alfredo Rubio de Castarlenas (1919-1996), hombre extraordinario con el que pude conversar bastantes veces sobre temas Biblia y Filosofía, de medicina y vida, incluso de poesía. Él puso su vida al servicio de una transformación personal e institucional de la Iglesia, desde Barcelona y Madrid, desde América Latina y China. El año 1981, a finales de abril-principios de Mayo (hace ahora 42 años justos) me invitó a dirigir un pequeño curso sobre iglesia y futuro del cristianismo en una Villa de Toscana, cerca de Florencia, a un tiro de piedra de la villa donde Boccaccio situó su Decamerón. Esa experiencia sigue marcando mi vida. Por eso quiero destacar tres rasgos:

Entrevista con el Cardenal Giovanni Benelli (1921-1982). En el contexto del pequeño curso, quizá el 28.4.1981, pasamos una mañana con el Cardenal Benelli, en un despacho de su casa episcopal de Florencia. Era un hombre de iglesia, de finísima inteligencia… de gran compromiso por una renovación de la Iglesia. Pablo VI le había “preparado” para ser papa, mandándole a Florencia, para entrara encontacto con la vida directa de la base social de iglesia, no con su “alta política”, el año 1977 y allí estaba… Pero los cardenales tuvieron “miedo” de él, de su radicalidad, de su opción político-social, de su giro hacia los pobres… y por eso eligieron primero a Juan Pablo I y luego a Juan Pablo II. Esa ha sido para mí una de las grandes tristezas de la iglesia católica, que Benelli no fuera Papa.

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Benelli  se mostró cercanísimo, y así le recuerdo, como si fuera hoy, con las manos remangándose, con la mente abierta…. Hablándonos de la necesidad de crear un diálogo radical con la vida… Nos habló de su iglesia, la del centro de Florencia, donde la vida cristiana tendía a confundirse con el arte excepcional, pero también con el folklore y turismo, alejado de la vida real de la gente, del pan de cada día; no hay iglesia real de Jesús, o la estamos dejando morir, nos dijo… Y hablamos sobre todo de Prato, del barrio industrial de la ciudad, en manos del comunismo italiano…Nos dijo que todos de hecho eran comunistas a la italiana (de inmenso fondo cristiano) , que había que crear iglesia a partir de ellos, escuchando, dialogando, comiendo juntos, con la bendición del trabajo y del pan, de igual a igual… Nos dijo que ahí estaba el futuro, el de Jesús, el de la iglesia, con los pobres…

Me preguntó por Salamanca (tan cercana a Florencia, en un sentido…) y le dije que estaba escribiendo mi tesis sobre Mt 25, 31-46 pesando en el pan para todos, en la acogida a los emigrantes del campo, en la libertad de los presos…. Me dijo “eso, eso…”, empezar desde abajo, rifare da capo, rehacerlo todo desde arriba (es decir, desde la base…). Era finísimo, no criticó abiertamente nada, pero se veía que estaba dolido, inmensamente dolido, por el asesinato de Ado Moro, el político italiano más clarividente, nos dijo…  uncristiano comprometido con el diálogo. No dijo nada (no logramos que dijera nada) sobre Juan Pablo II, pero se le nublaron los ojos cuando comentó que la iglesia no estaba caminando en buena dirección. Era la primera vez que oía unas palabras semejantes, viniendo de un hombre que, sin ser papa, lo había sido todo en la iglesia oficial de Roma.

El año siguiente murió aún joven de 61 años (26.10.82), no sé de qué, de cualquier enfermedad…, pero estoy seguro de que en el fondo fue de tristeza, por no poder rifare la chiesa da capo, sintiendo que ella tomaba caminos que no le parecían de evangelio. Ha sido una de mis tristes días eclesiales.

En una villa de las del Decameron…

Villa Toscana - Banco de fotos e imágenes de stock - iStock

Estuvimos unos 12, en una villa simple, pero de ensueño, en la cumbre de una de las ondulaciones mágicas de Toscana… Nos reunía Alfredo Rubio (médico, escritor, pensador político), con unos amigos italianos, un editor y dibujante de Pinocchio, otro teólogo italiano, cuyo nombre no recuerdo, unos cuatro teólogos de España, cuyos nombres no voy a citar ahora, dos “funcionarios” de la Curia Vaticana, partidarios del cambio eclesial (que no han llegado a cardenales) y alguno más. No es momento de repetir los temas de mi exposición, centrados en el evangelio de Mateo y el futuro de la iglesia…, un futuro que en ese mismo momento se estaba estancando. Sólo recuerdo que viví por dentro el espíritu del Decamerón, con la novelita que sigue ya pronto.

13, V 1981, atentado contra Juan Pablo II. Todavía no me había repuesto de las emociones del encuentro con Benelli y del curso sobre el futuro de la Iglesia a partir del evangelio de Mateo cuando sonó como un bombazo la noticia del atentado contra Juan Pablo II. Fue en primer lugar un gran dolor, un momento de oración por el Papa. Pero se fue convirtiendo después en una serena tristeza. Era hermoso que el nuevo papa (Juan Palo II) viviera, que pudiera presentarse como un “elegido de Dios” para la reforma y renovación de la iglesia… Pero esa no era la reforma que Benelli nos había presentado. Tenía elementos positivos, pero estaba más centrada en el pasado que en el futuro, en un tipo de poder de la iglesia que en su reforma desde dentro…

No soy el más adecuado para presentar aquí una visión de la necesidad de cambio de la iglesia oficial de roma. Pero han quedado muchos dolores en medio, entre aquel año 1981 y este año 2023: La muerte tristísima de Benelli (1982), mi abandono forzado de la enseñanza universitaria sin poder culminar ni aplicar la tesis sobre Mt 25…. Con la muerte posterior de Alfredo Rubio, sin haber podido culminar tampoco su obra etc. etc. Por otra parte, me han dicho que Prato, el “barrio” florentino que Benelli amaba como posible comienzo de un nuevo cristianismo social en Italia, se ha convertido  en sucursal latina de una ciudad post-capitalista de China.

Algunas cosas de entonces, del año 1981, las estoy/estamos viviendo y estamos recreando ahora, con 40 años de retraso, con una iglesia envejecida, en parte entristecida, pero con la inmensa alegría del evangelio. Y ahora sí, a modo de conclusión, retomo la novela de Boccaccio, que leo de nuevo con nostalgia y emoción… y sobre todo con humor, con un humor florentino, italiano, universal… el fondo está lleno de belleza y evangelio.  

  1. BOCCACIO, NOVELA SEGUNDA (Bruguera, Barcelona 1974)

 Hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, realísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse.

Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica. Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo:

 –Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.

Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:

–Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía. A lo que respondió el judío:

–Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.

 Giannotto, viendo su voluntad, dijo: –¡Vete con buena ventura! –y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.

El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño.

Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», como si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de as cosas.

Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del Santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

–Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas.

Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano.

Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar. Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.

(seguiré otro día, retomando algunos motivos de este relato de Boccaccio).

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