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EL DIÁLOGO, CAMINO HACIA LA VERDAD (Pedro Zabala)

El blog de X. Pikaza
03 may 2012 - 11:36

Abundan las voces que consideran el relativismo como la mayor lacra de nuestro tiempo. Intentan oponerle la visión de la existencia de la verdad objetiva que naturalmente sólos ellos poseen, pues los otros se asientan en el error. Aquí se mezclan dos cuestiones distintas: qué sea la verdad y cómo llegamos a conocerla.

Lo que puede ser cierto dentro de un sistema, puede ser inexacto en otro. Por lo que la hora de reflexionar, hemos de partir primero de una definición lo más exacta posible de la materia y de los términos que empleamos para su definición. Habremos de reconocer los límites del lenguaje y su carácter simbólico. Además, hay que tener la humildad auténtica de confesar la perspectiva en la que estamos situados al analizar cualquier cuestión y de reconocer que, desde otra distinta, se pueda legítimamente llegar a conclusiones dispares.

En el libro de Javier Melloni, HACIA UN TIEMPO DE SÍNTESIS, hay un capítulo precioso dedicado al diálogo interreligioso, como experiencia espiritual, cuyas lecciones pueden pueden aplicadas también al intrarreligioso y al profano. Empieza con una cita de Louis Massignon: "La verdad es una pura relación espiritual que se produce serenamente entre dos interlocutores a través de la comprensión, haciendo que el Extraño se convierta en Huésped" que es toda una profunda manifestación del carácter dialogal de la vía del descubrimiento de la verdad. Exige cinco características de la palabra compartida en un diálogo para que se convierta en una experiencia transformadora: Desarmada, Desposeída, Descentrada, Silente y Creadora.

Una palabra desarmada es aquella que no ataca ni se defiende. Implica la renuncia total a la violencia dialéctica. "Brota de la propia convicción, no como una imposición, sino como una ofrenda". Respeta plenamente al otro, le reconoce portador de, al menos, alguna partícula de verdad. Si empleo la violencia en mis palabras, es porque no tengo seguridad en mis afirmaciones.

Palabra desposeída es la que renuncia a presentarse como poseedora exclusiva de la verdad. Esto no supone cuestionar la propia posición, sino negarse a la necesidad de convencer a los los otros de que nuestra posición es la única válida. Si pienso que yo, o mi grupo, ha alcanzado ya la verdad, y que los otros, si quieren alcanzarla, han de renunciar a su postura y adherirse a la mí, a la nuestra, lo que hago es incapacitarme para avanzar en el camino hacia ella. Mi orgullo, individual o grupal, es una barrera en esa aproximación.

Una palabra descentrada es aquella que no se limita a intercambiar información. Es la que va al encuentro al otro y trata de que su experiencia me interpele existencialmente. "No se trata de disolverse en el otro, ni de ser absorbido por él, pero sí que, de alguna manera, hay que atreverse a perderse, fruto del voto de confianza que le he dado y dejar que nos conduzca hacia unas profundidades y paisajes que yo no conozco. Al mismo tiempo, el otro me da mí el mismo voto de confianza y es introducido en un ámbito de transcendencia que él no conocía". Es cierto que cada parte ha de hablar desde su propia identidad y teniendo claro su punto de partida. Pero "dialogar conlleva el riesgo de no volver nunca más a ser el mismo. Algo del otro se ha introducido en mí de forma irreversible en un creciente hacia delante y hacia dentro".

La palabra, para formar parte del diálogo, ha de ser silente. Nacida del silencio y compartida en el silencio. Un diálogo sin silencio está condenado al fracaso. Hemos de liberar nuestras saturaciones sonoras, hacer el silencio, el exterior y el interior, ya que sólo dentro de él, puede darse la escucha. Tras la escucha atenta, estaremos en condiciones de pronunciar palabras realmente auténticas. El silencio, la escucha humilde y sincera, nos ahorrarán infinidad de verborreas estériles y fatuas.

Y, entonces, la palabra será creadora. El encuentro cordial, en plena comunión, permite la fecundación feliz, una novedad que antes del diálogo no existía. "Esta novedad no es un producto ni una construcción, sino un don. Un don que es bueno desear, pero no exigir". Si sabemos desalojar el espacio de la identidad personal y colectiva para que se nazca la fecundidad de esos encuentros, a todos los niveles humanos, avanzaremos en la marcha confluyente hacia la verdad.

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