Presentación del premio Juan Andrés, "Religión y Globalización" (30.VI.14)

El blog de X. Pikaza
28 jun 2014 - 17:25

El próximo lunes,30.VI.14, a las 18'30, se presentará en la BIBLIOTECA VALENCIANA del Monasterio San Juan de los Reyes (Avda. de la Constitución, 284,Valencia), la obra de X. Pikaza, Religión y Globalización (Verbum, Madrid 2014) por la que el autor obtuvo el año pasado el pasado año el IV Premio de Ensayo e Investigación en Ciencias Humanas "Juan Andrés", que concede anualmente el GRUPO DE INVESTIGACIÓN HUMANISMO-EUROPA, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante.

El acto será presidido por un representante de la Conselleria de Educación, Cultura y Deporte, y dirigido por el Profesor Dr. Pedro Aullón de Haro, Catedrático de la U. de Alicante, que presice el Grupo de Investigación Humanismo – Europa, que concede el premio.

La obra de X. Pikaza (Premio 2013) será presentada por D. Antonio Duato, Dr. en CC. Políticas, Director de Iglesia Viva,del Portal "Atrio" (http://www.atrio.org/), lugar de máxima importancia para la información y valoración del hecho religioso en lengua castellana, y de la editorial "Atrio-Llibres". El Dr. Duato insistirá en la importancia cultural, política y religiosa del tema, en el contexto de un cristianismo abierto al compromiso social y a la cultura.

Se anunciará, al mismo tiempo, el premio Juan Andrés de este año (2014), que recae en el Prof. Dr. Miguel Catalán, por una obra titulada Ética de la Verdad y de la mentira, que será presentado por D. José Montoya Sáenz, Catedrático de la U. de Valencia. Miguel Catalán (Valencia, 1958) es doctor en filosofía y profesor de ética y política de la Universidad UCH-CEU de Valencia. Entre sus obras filosóficas destacan Pensamiento y acción y La ética de la democracia, recientemente publicada en la Editorial Verbum, Madrid.

Es normal que, tras haberse centrado en el tema de "religión y globalización", el premio recaiga en un especialista de Ética y Globalización.

El acto tendrá lugar en Biblioteca Valenciana-Monasterio San Miguel de los Reyes, centro máximo de Cultura de la Comunidad Valenciana.

El año pasado, con ocasión del premio, anuncié en este blog el contenido básico del libro. Ahora, coincidiendo con la edición y presentación de la obra completa, quiero ofrecer el contenido de parte de la introducción y las las dos primeras secciones del primer capítulo (hoy), para recoger mañana sus conclusiones. Quien se interese por el tema podrá asistir al acto en Valencia, o consultar el libro. Gracias a todos por la atención

DE LA INTRODUCCIÓN

La globalización no es sólo un tema de religión, sino de supervivencia humana, y debe plantearse en un plano filosófico y político, cultural y económico, como supo la revolución ilustrada del siglo XVIII, al proclamar la libertad, igualdad y fraternidad entre todos los ciudadanos del mundo, antes divididos en clases opuestas y razas. Es un reto que influye en todos los planos de la vida material y espiritual, si se pueden emplear esas palabras, y de su solución o, al menos, de su buen planteamiento depende la vida sobre el globo tierra.

Se trata de un tema de historia y de conocimiento teórico. Pero su solución implica también, y sobre todo, un cambio de cambio de mentalidad y de práctica de vida, una forma distinta de ver a los demás y de vernos a nosotros mismos, en un mundo que nos da posibilidades de comunicación universal, pero que no ha logrado que nos comuniquemos de hecho en igualdad y justicia. Es un tema antiguo, aunque sólo en los últimos decenios se ha expandido y planteado temáticamente, de un modo imparable, en todos los rincones del planeta, de manera que nos vemos y sentimos ya como pequeño mundo, aldea universal, donde los problemas de todos importan e influyen en todos, sobre pueblos y culturas, razas y credos.

Es un reto global, pero la religión influye mucho en su forma de entenderlo y quizá de resolverlo, y así lo he querido estudiar en las cuatro partes de este libro: La primera, de tipo introductorio, evoca el trasfondo sagrado de la comunicación, ofreciendo un esquema básico de las religiones; la segunda analiza los problemas de la globalización desde diversas perspectivas culturales y sociales; la tercera describe las grandes religiones desde la perspectiva de la globalización; la cuarta ofrece unos caminos de futuro, desde un fondo cultural cristiano.

Este libro recoge, unifica y recrea una serie de trabajos que el autor ha venido dedicando desde hace varias décadas al tema de la globalización y la fenomenología de las religiones, como podrá verse en la bibliografía; por esos trabajos, y por este nuevo intento de síntesis, ha recibido el Premio Juan Andrés 2013, concedido por el Grupo de Investigación Humanismo-Europa, de la Universidad de Alicante, que preside el Prof. Dr. Pedro Aullón de Haro. A ellos lo dedico con todo agradecimiento.

LAS DOS PRIMERAS SECCIONES (sin notas)

1. El ser humano es comunicación

Toda realidad es relación, como habían señalado a lo largo del siglo XX, de formas distintas y complementarias, unos pensadores hispanos tan diversos como Amor Ruibal y Zubiri, y de un modo especial lo es el hombre. Frente a un mundo de las esencias cerradas o mónadas, habían destacado ellos, en dos líneas complementarias (la lingüística o la ciencia física) la relación universal de la realidad .

Entendida así, la relación no es un accidente añadido desde fuera a la substancia ya constituida, sino elemento esencial de la substancia. Somos porque nos comunicamos, relación “global”, abierta a todo lo que existe. Pues bien, dentro de ese campo general de relación podemos distinguir dos formas principales: una cósmico-biológica (propia de la naturaleza) y otra histórico-intencional (propia de los humanos).

La comunicación cósmico-biológica (especialmente estudiada por Zubiri en su primera etapa intelectual) está más fijada de antemano, con predominio del sistema, es decir, del conjunto comunicativo, sin que existan individuos propiamente dichos (conscientes de sí mismos); por eso, las interacciones se repiten de un modo constante, conforme a unos patrones biológicamente fijados. Los cambios son lentos y se realizan por mutación física o genética (evolución de los especies). Los diversos elementos cósmicos, y en su plano los vivientes (plantas, animales), se encuentran ajustados a su entorno, de manera que no tienen conciencia de su identidad, ni dominio sobre el proceso comunicativo. Se relacionan, pero no lo saben.

La comunicación histórico-intencional, propia de los seres humanos, es más abierta, y está esencialmente vinculada al lenguaje (como vio Amor Ruibal). Ciertamente, los seres humanos estamos programados por códigos de tipo físico-biológico, pero el programa específico de esos códigos se concretiza a través de la herencia cultural, fundada en la creatividad y transmisión consciente de individuos y grupos sociales. De esa forma ha surgido un tipo de comunicación que no está fijada por la naturaleza o el proceso biológico, sino que se expresa y despliega en formas culturales, que pueden crear y modelar (cambiar) una estructuras simbólicas de relación (interacción) por el lenguaje. Ciertamente, a nivel de naturaleza y biología, los hombres siguen ajustados a su medio, pero, en un plano más alto, ellos superan ese ajuste y cambian (crean y recrean) sus formas de comunicación individual y social mismo; son seres de historia, dueños de su proceso comunicativo, de manera que pueden transmitirse posibilidades de vida que transcienden su nivel biológico .

Por presión biológica y afirmación intelectual, el ser humano se ha "atrevido" a superar el límite de las puras relaciones naturales, aprendiendo a vivir a nivel de conciencia y comunicación intencional. Ésta es su grandeza, éste su riesgo. Por un lado, es el más débil y desajustado de los vivientes: nace sin respuestas sabidas de antemano. Por otro es el más fuerte de los vivientes: crea (descubre) un futuro, para alcanzar allí su identidad. Sólo la búsqueda de su futura le define y distingue de los otros animales. La utopía mesiánica (bíblica) es un modo de afirmar y desplegar ese realismo de la historia, que se abre a la comunicación transparente entre todos los hombres.

Ciertamente, hay otros tipos de utopía religiosa o racional , pero la perspectiva que ha tenido más influjo en occidente ha sido y sigue siendo la de tipo bíblico, que se expresa en la capacidad creadora de los seres humanos, con sus redes de comunicación, vinculadas simbólicamente a la revelación personal de un Dios que se manifiesta o encarna en una historia, que se apoya en la misma realidad natural, entendida en forma de comunicación fundante (gratia supponit naturam...) . Ciertamente, hay otras formas de “utopía comunicativa”, pero los cristianos suelen asociarla al “evangelio”, que ellos interpretan como culminación de la naturaleza humana .

En esa línea, podemos afirmar que el hombre es un ser no fijado, que debe hacerse a sí mismo, en proceso de relación activa, recibiendo lo que es y compartiéndolo con otros, en un camino cultural, histórico. Somos comunicación. Ningún continente de la tierra es nuestra tierra, ninguna zona del mundo nuestra patria. Nuestra "casa" o patria es el lenguaje, es decir, una historia y praxis de comunicación, concretada a través de varios lenguajes, todos ellos traducibles entre sí. De la comunicación nacemos (de lo que nos dicen y ofrecen en plano de palabra); en ella nos realizamos, acogiendo, ofreciendo y compartiendo un proceso simbólico de interacción personal; en ella somos, escogiendo nuestro ser; en ella se encuentra nuestro destino (no podemos ser de otra manera, ni volver al cosmos inconsciente).

Quizá podamos distinguir tres planos.

(1) Somos naturaleza. Por eso nuestra comunicación sigue arraigada en el proceso expresivo (expansivo) del mundo físico y del despliegue de la vida.

(2) Somos naturaleza consciente de sí misma, comunicación que se sabe y dirige (regula) a sí misma, elaborando así nuestra identidad en forma supra-física y supra-biológica, es decir, de cultura.

(3) Somos "sujetos" de comunicación personal, de tal forma que podemos afirmarla o negarla, relacionándonos con otros a un determinado nivel o cerrándoles la relación (la palabra). De esa manera, el proceso (estructura) de la comunicación resulta inseparable de las personas o sujetos que se comunican, de manera que ellos no varían ya por mutaciones físicas o biológicas (como en la evolución de las especies) sino por opción e intenciones .

El principio de todo conocimiento no es que exista el ser, y no más bien la nada, como algunos han dicho, sino que nosotros, seres humanos, hayamos despertado a la conciencia que empieza como descubrimiento de la realidad y comunicación con ella o, mejor dicho, en ella. En ese sentido podemos afirmar que, conforme a la palabra que puso de moda R. Otto (1869-1937) , lo sagrado o numinoso es la comunicación. En el momento en que despiertan a su conciencia, cuando rompen su matriz cósmica y salen a la luz del mundo, los hombres se han descubierto inmersos en una realidad que es comunicación. Lo primero, según eso, no es la existencia de un posible Dios externo, ni la conciencia interior, sino el hecho de que somos al comunicarnos.

Ciertamente, esa comunicación implica un principio trascendental que es la fe en la “fuente” de esa misma comunicación que podemos definir como “lo divino” (el mundo de los dioses); ella implica, al mismo tiempo, la certeza de que el hombre es capaz de surgir en su interior como sujeto oyente y actuante (consciente y creador). Pero, en un primer momento, lo que importa destacar es la comunicación en cuanto tal, en sus diversos planos (biológico, lingüístico…).

Hombres y mujeres despiertan a su vida, como brotando de la totalidad vital del útero cósmico donde sigue inmerso el resto de las cosas, y se descubren a sí mismos en la realidad, vinculándose, es decir, comunicándose con ella. Esta experiencia no es un sentimiento subjetivo (de dependencia o vinculación sagrada), ni argumentación filosófica o científica, sino que emerge en nuestra apertura a la realidad, como elemento originario de nuestro encuentro con ella (en ella).

En ese primer plano, no se puede hablar de realidades distintas, por una parte lo divino y por otra las cosas externas, ni se puede hablar del mundo por un lado y de los hombres por otro, pues todo se encuentra vinculado, en forma de comunicación. Pues bien, desde ese mismo fondo descubrimos que la realidad nos acoge, pero al mismo tiempo nos separa haciéndonos independientes. Ella no mantiene en su seno; pero al mismo tiempo nos impulsa a ser distintos, en un gesto de comunicación especial, con el conjunto de la realidad, con otros seres humanos y, en fin, con nosotros mismos. Éstos son los momentos de nuestro despliegue en la realidad:

– Hay realidad (comunicación) y en ella somos. Existía antes que nosotros, pero sólo nosotros los hombres somos (que sepamos) conscientes de ella. En ese contexto podemos hablar de lo divino (numinoso), pero no podemos entenderlo como sentimiento subjetivo, sino como un aspecto de la misma realidad en la que estamos inmersos, y de la que formamos parte (en línea subjetiva y objetiva). Eso que llamamos “numinoso” (y que podríamos llamar “divino”) no es una cosa, ni un conjunto de cosas separadas de las otras, sino una dimensión de todas ellas, su carácter misterioso, la energía y dinamismo que las mantiene vinculadas.

Con lenguaje tradicional se podría afirmar que la misma comunicación es Dios (lo numinoso), pues en ella vivimos, nos movemos y somos, conforme (cf. Hch 17, 28). Entendida así, la Comunicación está fuera, sale a nuestro encuentro y nos sorprende, con su misma fuerza; pero, al mismo tiempo, pertenece a nuestra vida, entendida como tarea de ser, que nos impulsa y que se expresa, al mismo tiempo, en nuestro desarrollo consciente. Despertando a la conciencia, nosotros, hombres y mujeres, descubrimos que no estamos simplemente sometidos a los impulsos del entorno (que nos domina en un nivel, de forma impositiva), sino que vamos descubriendo la realidad como distinta (poderosa), pero sabiendo, al mismo tiempo, que ella no está fuera de nosotros, sino que forma parte de nuestra misma vida, de manera que así nos descubrimos a nosotros en (ante) ella, descubriendo que podemos reaccionar a su presencia.

– Somos un momento especial (consciente) de esa gran (red) realidad comunicativa. En un momento dado, al despertar a nuestra identidad, nos sorprendemos dentro de ella, descubriendo nuestra identidad, y así nos hacemos “conscientes”, llevando de algún modo en nuestra mente todo el mundo. Nuestra primera actitud ante esa situación no es ponernos arriba y manejar el mundo entero, utilizarlo, sino admirarnos, descubriendo lo que ella significa: así hemos ido “probando” de manera tanteante las posibilidades y tareas de la realidad, en un intenso proceso de experiencia. No somos servidores de las cosas (esclavos de un amo exterior), pero tampoco somos capaces de dominarla plenamente desde arriba (como si dioses poderosos), sino que empezamos a admiramos ante su presencia, por el hecho de que exista, y de que nosotros existamos, despertando ante ella, en ella.

Esto es lo asombroso, lo admirable: Que la realidad vaya apareciendo ante nosotros, y que así aparezcamos nosotros en (ante) ella, de manera que no sólo podamos descubrirla, sino descubrirnos a nosotros como seres distintos, con nuestra propia interioridad, pero en comunicación (inter-acción) constante, manteniéndonos en pie ante ella (sin que nos domine), pero al mismo tiempo respetando su lenguaje, su forma de presencia. Nuestra vida es, según eso, un gran pacto activo con la naturaleza. Somos (¡que sepamos) los únicos que se “saben” a sí mismo, que se han hecho conscientes de su identidad, en un mundo del que dependen y en el que interactúan. En esa línea descubrimos que lo divino se halla dentro de nosotros, pero no en un gesto de aislamiento, sino en interacción frente y con el mundo.

‒ La realidad más importante para nosotros son otros seres humanos, con los que nacemos y nos mantenemos en comunicación. No somos conciencia en solitario, frente al mundo, sino en comunión con otras conciencias. De esa forma, nosotros los hombres, dentro de la gran red de relaciones cósmicas, formamos una trama especial de relaciones personales, constituyendo así lo que pudiéramos llamar la globalización del conocimiento y de la comunicación interhumana, en un plano teórico y práctico.

Esa relación especial con otros seres humanos de los que nacemos y con los que convivimos constituye para nosotros el aspecto esencial de la realidad, entendida ya en forma de referencia pensante o religiosa. Ciertamente, en un primer nivel todo es “numinoso”, empezando por nuestra relación con el mundo, pero de un modo especial resulta “numinosa” (religiosa) nuestra relación con otros seres humanos. En un momento dado, las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islam) afirman que hay un Dios Creador en el que aquí centran su religión. Pero ésta es una interpretación posterior. En un primer momento, la relación religiosa no se expresa como apertura a un Creador más alto, separado del mundo, sino como vinculación sorprendida (admirada) en el mundo, con otros seres humanos.

La conciencia nos distingue de los animales, que ni se sorprenden, ni admiran, sino que son sin más, instalados ante (en) la realidad, sin preguntarse por qué, ni cómo o para qué, sin tener que precisar de un modo “religioso” su relación con otros. Ellos están naturalmente instalados en las cosas, en equilibrio con su entorno, a través de una adaptación natural, instintiva que les vincula con los restantes animales, pero sin conocerse a sí mismos, ni saber que existe realidad, ni que otros animales de su especie o de otras especies tienen una realidad independiente. Es como si no vivieran ellos, como si la Vida superior les «viviera», sin saberlo .

2. En el principio de la vida

Hombres y mujeres despiertan de esa forma, admirados sobre (en) aquello que ven y les adviene, ante una realidad que les desborda, de manera que deben situarse ante ella, y responder de forma activa, si quieren seguir existiendo. Ellos han salido del mundo de las cosas (sin haber salido…), de tal modo que las ven ya fuera de sí mismos, y se ven ante ellas, de un modo admirado, sorprendido. Ésta es su novedad: Más que simples estímulos (como para los animales), las cosas son realidades con sentido que ellos pueden mirar y ad-mirar, tocar y re-tocar. Así las pueden «prender», y sor-prenderse de su realidad, descubriendo que deben con-vivir con ellas a través de una tarea de aprendizaje creador, descubriendo, sobre todo, que su esencia más profunda está formada por su comunicación con otros seres humanos de los que provienen y con quienes se realizan.

En un momento dado, dentro de una determinada tradición religiosa, ellos deberán interpretar esa experiencia y lo podrán hacer diciendo que lo numinoso es un alma interior de las cosas en línea cósmica, o que hay un Dios, un espíritu, en la raíz del mundo, como un tipo de presencia espiritual (en línea monoteísta o politeísta, personal o supra-personal), o concluyendo que no hay Dios ninguno o que Dios en realidad es la misma posibilidad de su relación (comunicación) personal con otros seres humanos. Pero eso son interpretaciones posteriores. En principio, es mejor quedarse con un nombre general, como es lo numinoso, sin llamarle Dios, precisando sus notas principales, entre las que quiero destacar dos principales que son la admiración y la comunicación.

‒ Admiración. Los animales sienten el estímulo de las cosas concretas, pero nunca admiración ante la Realidad como tal, pues no la conocen ni saben que exista; las cosas le ofrecen signos de atracción, hambre, miedo concreto, nada más. Los hombres, en cambio, descubren en el fondo de las cosas una dimensión especial de realidad: La cosas están ahí, tienen su propia entidad, y los hombres son (despiertan), situándose ante ellas, sintiéndose admirados, sorprendidos, enriquecidos. Eso significa que los hombres ya no discurren por la vida entre puros estímulos (como animales), sino en la Realidad, descubriendo que ella podría no existir y sin embargo existe…, podría desaparecer, pero aparece. La Realidad así descubierta tiene un carácter simbólico, es misteriosa, no se puede probar ni manejar, ni dominar, pero nos puede aterrar y fascinar, al mismo tiempo. El hombre no puede limitarse simplemente a vivir, como los animales: O sobre-vive, situándose en un plano más alto ante la realidad, o acaba siendo inviable como especie y muere.

‒ Tarea. Diciéndolo de un modo simbólico, el hombre podría haberse vuelto atrás, retornando al simple mundo, como los restantes animales, ajustados a su medio. Pero ha mantenido su identidad, como viviente que ha salido del mundo, a pesar del terror que ello implica, porque la fascinación del camino que se abre a su paso ha sido aún mayor. De esa forma, se ha elevado, se ha liberado de la inmediatez del mundo y, se ha atrevido a vivir frente a las cosas, conociéndolas como realidad, conociéndose a sí mismo, iniciando así la fuerte travesía de lo humano. El animal está entre cosas, pero no lo sabe (porque no se sabe a sí mismo, ni conoce las cosas como tales); por eso, nada le admira. El hombre, en cambio, conoce las cosas como realidad, aunque no puede penetrar plenamente en ella, pues las cosas son para él misteriosas; por eso se admira… y si sigue viviendo es porque ha «sobre-vivido» .

En este contexto se sitúan las aperturas radicales, hacia el mundo (comunicación objetiva), hacia sí mismo (profundización personal) y hacia los otros seres humanos (intercomunicación). De esas tres, la más significativa es la comunicación con otros seres humanos. A lo largo de siglos, los hombres se han sentido congregados y capaces de comunicarse por un principio divino que les unifica socialmente. Más que la existencia ontológica de un Dios en sí, separado de ella, importa el carácter sagrado de la sociedad, como muestra este esquema histórico de las etapas de la humanidad:

‒ Divinidades totémicas. En sentido general podemos afirmar que en el principio, lo divino es el tótem del grupo (familia, tribu), la expresión del conjunto social, que se impone como realidad superior y numinosa sobre cada uno de los individuos. De un modo consecuente, los dioses son símbolos del valor sagrado de la sociedad, en sus formas de engendramiento (en línea más matriarcal) de defensa mutua y de comunicación. El mismo pueblo, representado por figuras maternas, aparecía como una “matriz sagrada”, de manera que lo divino (numinoso) venía a presentarse como hipóstasis o personificación del mismo grupo. El mismo tótem aparece así como principio y garantía de nuestra comunicación, conforme a la fisión de E. Durkheim .

‒ Divinidades tribales y nacionales. En un momento dado, los dioses totémicos de los pequeños grupos (tribus y clanes) tuvieron que transformarse, pues los grupos se unieron formando unidades más grandes, como naciones e imperios. Pasamos así de los totems más inmediatos y particulares a los grandes dioses nacionales, que en el fondo siguen simbolizando la misma realidad social del pueblo o del imperio, pero vinculada, con los principios cósmicos de la vida y de la muerte, con la lucha por la supervivencia, dentro de un orden que suele estar determinado por el cielo y la tierra, con el cambio y permanencia de las estaciones. Así, por ejemplo, el Faraón, principio unificador de Egipto, actuaba como verdadero Dios, pero vinculado con el despliegue de la naturaleza. Lo mismo sucedía en Roma o en China, donde la religión ha tenido la función básica de mantener la cohesión sagrada del grupo nacional.

‒ Religiones globales o universales. En un momento posterior, la humanidad ha superado la identificación de Dios con un pueblo o imperio, de manera que lo divino o los dioses vinieron a presentarse como signo de identificación del ser humano en cuanto tal y de vinculación para la humanidad en su conjunto. Así lo habían formularon de un modo inicial los judíos, que interpretaron a Yahvé, Dios de Israel, como Dios del mundo y de la humanidad, aunque su manifestación plena sólo se daría al final de los tiempos (de un modo mesiánico); en esa línea han avanzado cristianos y musulmanes. En una línea convergente, aunque partiendo de otra perspectiva, se sitúan las religiones orientales, especialmente el budismo que han desarrollado una experiencia de vinculación universal partiendo de una visión interior del hombre, que es la misma para todos, pues a todos les vincula, en compasión y solidaridad, superando los deseos particulares que les enfrenten y dividen.

Muchos piensan que ese modelo de unificación de fondo religioso ha terminado ya, y añaden que la nueva sociedad postmoderna ha perdido sus resortes religiosos, de manera que debe aprender a vincularse de otra forma, para no perder sus razones de vivir y avanzar en el camino de la globalización, pues carece de un poder sagrado real que vincule de verdad a todos (y los dioses sociales de capital o mercado no pueden cumplir esa función) .

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