"Cuando la naturaleza se abre al infinito" Reflexión en tiempo de Carnaval: Del amor y el deseo; la pulsión eterna

Tiempo de Carnaval
Tiempo de Carnaval

"No es reflexión 'de carnaval', sino 'en tiempo de' carnaval... No trata de la fiesta de la vida en sí, sino de algo que se encuentra en el fondo de ella y que suele salir a la calle en tiempo de carnaval"

"El ser humano es un laberinto de amor como supo la Biblia y ratificó el judío  S. Freud, en esfuerzo genial de hondura y lucidez,trazando algunas líneas de amor que hacen al hombre ser humano en un difícil equilibrio entre deseo y pasión, algo a veces reprimido, pero otras veces suelto en carnaval"

"En este contexto, he querido recuperar dos secciones de una larga carta de "palabras sobre el amor" que antaño escribí para una amiga interesada en el tema desde un fondo antropológico  y cristiano, en una Universidad Pontificia, lugar bueno para tratar de amor"

"Aquella carta se publicó hace tiempo. Anda por ahí alguna edición pirata y alguna todavía 'en regla'. Recojo aquí, en tiempo de carnaval, dos secciones o capítulos (uno sobre el deseo, otro sobre la pasión), presididos por un cartel de Ane Pikaza, maestra en el arte y en la vida"

Amor y deseo

Voy a emplear la fantasía. Borra, claro está, las referencias perso­nales. Supón que estás muy cerca de un hombre al que tú quieres. Quizá no le has mostrado nunca tu cariño y te mantienes en serena distancia que él respeta dignamente. Un día en que el ambiente parece más propicio, él te sorprende diciendo con toda seriedad esta palabra: te deseo.

Nada más. Sin añadir ni un comentario. Tú quizá esperabas otra cosa: un te quiero más solemne, una caricia, una expresión de amor. Pero él ha sido más escueto, más hiriente, quizá más primige­nio. Descubres, de pronto, que formáis pareja, sois un hombre y una mujer. Aunque quizá lo estabas esperando sin decírtelo a ti misma, esa palabra ha cambiado todos tus factores.

Te sientes turbada. Algo se mueve, estalla en tu interior, un mar inmenso que amenaza con barrerte y arrastrarte. Te sorprendes mirando y adviertes que la confesión de deseo continúa allí, en el rostro y en los ojos de aquel hombre que te sigue preguntando. Vuelves hacia adentro y sientes que esa voz te está llenando. Es como un árbol que ha plantado sus raíces en tu tierra. Casi sin darte cuenta, adviertes que en medio de los dos ha estallado, a modo de impulso y de milagro, la fuerza turbadora del deseo que os envuelve y os arrastra, como un dios que alienta y va cambiando vuestra vida desde dentro.

El resto lo puedes imaginar a tu manera. Quizá el movimiento comenzado a través de aquella palabra se concreta, avanza y se realiza en el lenguaje del regalo y la fusión del cuerpo. Quizá el comienzo del proceso quiebra porque hay algo que le impide realizar­se hasta el final; otros valores o deseos superiores se interfieren. Yo sólo he pretendido presentar este contexto a fin de que percibas, en uno de sus rasgos principales, el impulso del deseo y su incidencia en las raíces de tu vida.

El deseo, como sabes, constituye el principio del camino del hombre sobre el mundo.

Nace el niño deseando, toda su actitud se mueve en plano de apetencias o necesidades; amar supone para él hallarse vinculado, depender de la existencia de los padres, que responden a la llamada de su necesidad y le ofrecen su cuidado. Recuerda desde ahora estas palabras: deseo del niño, don de los padres. En ellas se define y concretiza, en su cimiento, el contenido de la vida para el hombre.

Desea el hombre va maduro: todo su camino sobre el mundo se explicita a modo de «apetencia», como apetito de comida y sexo. La apetencia de comida, indispensable en el plano individual, resulta de algún modo más fuerte y apremiante, ya que tiene rasgos de necesidad física que debe satisfacerse casi de inmedia­to.

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El hambre de sexo no implica ese tipo de necesidad material pero marca, condiciona y enriquece toda la existencia. Más allá de pan y sexo, el hombre se define en forma de deseo ilimitado: esta es su novedad frente al conjunto de vivientes anteriores. Los animales de la tierra están movidos por un tipo de exigencia que llamamos instinto: una vez que su tendencia es satisfecha, se acalla el movimiento, se reinstaura el equilibrio. En el hombre acaece lo contrario: saciado un deseo se abre otro y así hasta el infinito. Por eso, la palabra que hemos visto, el «te deseo», nos sitúa en el comienzo de un proceso de apertura que nunca llega a clausurarse.¿Cómo se interpreta esta apertura? ¿qué sentido tiene para el hombre? A mi juicio, su valor sólo se entiende a partir de la escisión del ser humano.

a) Somos naturaleza y como tal formamos parte del proceso del cosmos y la vida. Quieras o no, en ti se refleja y se concretiza, se hace carne, tensión y movimiento, acción y reacción, el gran proceso de los seres, esa fuerza que comienza con la luz, sube a la estrella, se derrama a los abismos, se expande en las raíces del proceso y siembra de la tierra.

Sientes la vida, en ti acaece, la percibes como inmenso mar de fuerzas que se extienden, se condensan y se vuelven a expandir hacia lo nuevo. Quizá fuera preciso añadir que, al ser viviente personal tú eres un centro del latir del cosmos. Una especie de dique en que la vida se recrea y toma fuerza, se cimienta en lo interior y asume impulso hacia lo externo. ¿No es maravilloso? ¡Recibes y das vida! La acoges y la expandes, en el mar indefinido de las cosas.

b) Pero, al mismo tiempo, eres persona. En un momento, sientes que eres dueña de tu vida: no en modo absoluto, pues no puedes realizar con ella lo que quieres, pero sí de una manera relativa. Eres dueña porque emerges del conjunto de esa vida y te descubres capaz de realizarte: te conoces, sabes lo que tienes, lo que puedes, sientes tu existencia y te hallas responsable; quieres con firmeza, proyectas tu existencia sobre el mar de los poderes naturales, te recibes y realizas a ti misma. ¿No es maravilloso?

De pronto, adviertes que la vida no se ha limitado a desplegarse: tú la asumes y construyes. No sólo la sientes sino que la consientes, la rechazas, la reprimes, la moderas o diriges. Y a través de ese camino descubres que eres «tú», un sujeto; y hallas que a tu lado emergen otros sujetos diferentes y puedes mantener con ellos un contacto en libertad. Más aún, el proceso de la vida indefinida y sin sentido se convierte para tí en camino que debes realizar y puede conducirte a un infinito hacia el que tiendes.

Estrictamente hablando, la naturaleza no desea: se expande, fluye y refluye en un impresionante equilibrio de poderes que en los seres animales se mantiene en el plano del instituto, en armonía de acción y reacciones. Para la naturaleza nada es infinito sino más bien indefini­do. Cuando llega el ser humano todo se hace diferente.

En primer lugar, la naturaleza deja de hallarse regulada por si misma. Existe en una especie de centro superior que, al transcenderla, hace que empiece a realizarse sobre un fondo de deseo que jamás logra colmarse. En los estratos inferiores, el proceso de la vida está saciado en lo que tiene, de tal forma que conduce a un equilibrio en que se aquieta.

Cuando llega al plano humano, esa misma naturaleza, reflejada de manera especial en la apetencia de la vida como impulso por tener y por gozar, acaba siendo algo inviable tomada por sí misma: gira sobre un círculo sin fines, sale de sí misma y nunca vuelve a reencontrarse. Ya no existe desligada y por sí misma; existe en la persona. Por su parte, la persona tampoco es un vacío: ella se expresa, adquiere realidad y se concretiza en la medida en que dirige el río de deseos de la vida; sólo así es capaz de definirse como autodominio, apertura hacia los otros, tendencia a lo infinito.

Para ti, viviente humano, el deseo no aparece ya como expresión de puras fuerzas naturales; deriva de la naturaleza en cuanto abierta u tu persona. Los poderes y las fuerzas que subyacen en tu vida empiezan a ser tuyos: son pulsiones que asumes y padeces, sufres y gozas, diriges y actualizas. Te construyes a ti misma humanizando esas pulsiones, integrándolas de un modo misterioso en un conjunto de sentido en el que emerges como libre y entregada hacia los otros. Sólo eres persona haciendo tuyo el impetuoso mar (le los impulsos, realizándote por ellos y logrando estructurarlos de una forma equili­brada y llena de sentido. Así conviertes tu «medio» cósmico-vital en mundo humano.

Por eso, lo específico en el tema del deseo del hombre no es su base natural de impulso ciego ni es tampoco una posible nota racional de autodominio ya perfecto. Lo específico es la unión de ambos momen­tos: la naturaleza que, al abrirse a la persona, pierde su equilibrio cósmico-instintivo y viene a abrirse a lo infinito; la persona que se actúa y tiende a realizar su propia meta a través de los impulsos naturales.

Si los impulsos estuvieran definidos, clausurándose en un cerco propio de sentido, el hombre no podría realizarse en forma de persona; acabaría siendo esclavo de su propia realidad, dentro de un campo de pulsiones inamovibles. Sólo la plasticidad de los impulsos y deseos naturales permite que el hombre se vuelva persona y pueda realizarse como tal, en equilibrio de acción y de sentido.

Por eso, lo que en un momento determinado nos podía parecer imperfección (la apertura indefinida del deseo) se convierte en fundamento de aquello que nosotros somos y buscamos: sólo de ese modo nos podemos realizar como personas. Ten en cuenta lo que digo: tus deseos han dejado de ser naturaleza pura; son naturaleza abierta a la persona. Eres persona que se actúa dirigiendo sus impulsos naturales.Desde esta perspectiva tengo que advertir que el tema del deseo ha de estudiarse, a mi entender, en cuatro planos.

a) En un campo de la reflexión filosófica, desde la perspectiva aristotélica, asumida y recrea­da en el medioevo, los deseos aparecen sobre todo como signo de que somos realidad del cosmos.

b) En línea psicológica, definida especial­mente por Freud, ellos son un elemento constitutivo de la Génesis del hombre, partiendo de su infancia.

c) La Biblia los ha puesto en relación con el pecado del hombre y su camino de realización sobre un mundo conflictivo.

d) Finalmente, la reflexión teológica recrea y retraduce el tema en función de la concupiscencia, interpretada como desnivel que escinde al hombre entre aquello que «quiere» en su voluntad última de apertura hacia Dios y aquello que «apetece» en sus pulsiones de egoísmo de este mundo. Deja que exponga estos momentos.

Plano filosófico. Aristóteles afirma que el mundo está regido por un tipo de fuerza universal de cohesión que liga el gran conjunto de las cosas. Esa fuerza, según la perspectiva más antigua, está escindida en dos momentos: acción y reacción, amor y repulsa, salida y retorno. Pues bien, sobre ese fondo se explicita para el hombre la potencia del deseo que, a mi juicio, va marcada por tres grandes rupturas.

La primera se podría llamar ruptura de la alteridad y nos permite distinguir, con los autores medievales, entre concupiscencia y benevo­lencia. Concupiscencia llamamos a la fuerza del deseo del hombre que se apropia de las cosas y personas: las emplea y utiliza en su provecho. Pero, al mismo tiempo, el hombre, como dueño de sí mismo, puede dar de su existencia a los demás y enriquecerles con su don, por medio de eso que llamamos amor de benevolencia. Como ves, en este plano del deseo humanizado, amar implica recibir y dar, es deuda y gracia. Mi deseo y el deseo de los otros se respetan y completan, de manera que logramos cohesión al encontrarnos.

Viene, luego, la ruptura de la trascendencia que me lleva a distinguir entre apetito ilimitado v don de gracia. Tú eres apetito abierto ¿sabes? Buscas lo infinito, tiendes siempre a lo que habita más arriba de tus fuerzas, vas hacia el misterio. Pues bien, en la frontera de tu búsqueda y camino encuentras, como humana, que no puedes conseguir por tus esfuerzos aquello que pretendes. Por eso, tu apetito quiebra desde dentro y da lugar a la esperanza de la gracia. ¿Te sorprende esa dialéctica? Allí donde mayor ha sido tu ansiedad y tu deseo, más potente y fuerte surge tu actitud de entrega receptiva, de sorpresa agradecida por el don que te ofrecieron.

Viene, finalmente, la ruptura de la interioridad. Quieres ser tú misma, intentas realizarte por medio de un proyecto de existencia. Pues bien, también en este plano sabes que no puedes realizarte plenamente. Al llegar hasta la meta de tu anhelo encuentras igual­mente que tu vida acaba estando abierta hacia el misterio.

Esto muestra que el deseo no se puede convertir en lo absoluto de la vida para el hombre: está junto al deseo el don, emerge el gesto receptivo de la gracia que nos llena desde fuera, está el descubrimien­to de sabernos por encima de aquello que queremos. En otras pala­bras, la persona, siendo dueña de sí misma, no es producto de su propia voluntad ni puede hacer que su existencia sea igual a sus deseos. 

Plano psicológico. El lugar donde el deseo ha recibido, por ahora, un tratamiento más preciso y sistemático es, sin duda, el análisis freudiano: el hombre se edifica a partir de una primera situación en que el deseo lo domina y llena todo. El niño es una especie de deseo indefinidamente abierto, una libido siempre insatisfe­cha, receptiva y pedigüeña. Para hacerse hombre maduro, necesita superar esa actitud, reconocer la dignidad y los derechos de los otros, ajustarse a los principios que le marca el mundo de su entorno. Evidentemente, aquí no he de exponerte el pensamiento de Freud, su concepción de la libido y su manera de enfocar el eros. Baste lo anterior para que veas la importancia de su obra en este campo.

Dejando pues de lado sus aspectos técnicos, quiero recordarte los momentos del deseo en el proceso psicológico.

a) Hay un punto de partida de deseo universal: el niño nace dependiendo, necesita pan, cariño, asistencia, lenguaje... Este es el primero de sus gestos.       

b) El niño madura al descubrir y al aceptar la ley del otro: el deseo ha de integrarse en un proyecto; tienes que asumir la ley del padre, la exigencia de los hombres que se encuentran a tu lado, tan valiosos como tú y tan necesitados. Por eso, es verdaderamente humano aquel que, conociendo su deseo, ha conseguido introducirlo en un contexto más amplio de justicia, solidaridad o convivencia.

c) Narcisista es quien no asume esta exigencia: no ha logrado aceptar al otro, nunca sale de sí mismo, piensa que las cosas y los hombres han de estar a su servicio. Por una paradoja de la vida descubrimos, sin embargo, que aquel que sólo sabe buscar su realidad se autodestruye, nunca llega a ser humano; su deseo universal acaba haciéndole un demente.   

d) En el polo opuesto se halla el altruista, el que pretende olvidarse de sí mismo y entregarse de manera plena por los otros. Esa actitud, psicológicamente mirada, acaba siendo irrealizable: quien se olvida del todo de sí mismo nunca llega a ser humano.

Como puedes observar, también este plano repite lo que has visto en el campo filosófico: en el hombre están unidos deseo y regalo, dependencia y gracia. Si el hombre no desea no es humano. Si queda simplemente en el deseo también se autodestruye. Estrictamente hablando, sólo llega a ser persona el hombre que, emergiendo del mar de los deseos y ordenándolos por medio de su libre voluntad, se hace capaz de abrirse hacia los otros, realizando con ellos una vida cargada de sentido.

Plano bíblico. Las perspectivas anteriores analizan al hom­bre de una forma neutral, sin arriesgarse a dar valoraciones. Si penetras en la Biblia todo cambia: el proceso de la historia del hombre se desvela ahora a partir de la palabra de Dios y su presencia. En esa luz se entiende el gran dualismo. a) Está, por una parte, el hombre como gracia. De esta forma indico aquello que el misterio de Dios quiere ofrecernos, como seres abiertos al misterio, pacíficos por dentro, en paz con los hermanos. b) Por otra parte está el hombre de la historia: aquello que ahora somos, impotentes ante el mundo, semi-ciegos ante Dios, sin paz interna, enfrentados con los otros. La Biblia ha descubierto en la raíz de esta escisión un germen de pecado.

Advertirás que me refiero a la visión del pecado original: hay en el fondo de la vida del hombre un desajuste entre aquello que debía ser y sus deseos, el designio de Dios y la respuesta humana. Así lo ha entrevisto ya el antiguo testamento cuando entiende el camino de la historia a partir de una ruptura originaria, reflejada en el Adán de los principios. Sin embargo, sólo el nuevo testamento ha penetrado hasta el final de esta dialéctica, al centrarse en Jesucristo y concretar nuestra existencia en dos cimientos.

a) Somos, por un lado, los deudores de Adán, hombre del mundo: llevamos su semilla de soberbia y desajuste, como seres que se encierran en un circulo egoísta y hacen solos su existencia, convirtiendo su camino en un reguero de rupturas, de combates y de muerte.

b) Pero, al mismo tiempo, somos herederos de la gracia de Jesús, el Cristo: llevamos en la entraña la semilla de un misterio de amor y gratuidad que nos transciende; nos abrimos a los otros y esperamos en la pascua que transforma nuestra muerte (cf. Rom 5).

Todo lo anterior ha recibido así un principio nuevo. Recuerda la palabra de san Juan cuando asegura que en el fondo de este mundo actúan siempre tres poderes: el deseo de la carne que pretende el placer ilimitado, a costa de los otros; el deseo de los ojos, que es el hambre de tenerlo todo y realizarnos como humanos en un gesto de dominio sobre el mundo; la soberbia de la vida, que pretende afirmar su realidad en lo infinito, hacerse dueña de sí misma y de los otros (1 Jn 2, 16). A través de estos poderes, que reflejan y actualizan la ruptura del pecado original, el hombre se esclaviza, destruyendo su existencia sobre un mundo limitado por el odio y por la muerte. De ese estado sólo puede libertarnos la presencia de Dios en Jesucristo.

Quien mejor ha reflejado esta dialéctica de gracia y de pecado es Pablo. Antes de Cristo el hombre «no sabe»: está perdido pero no puede saberlo; vive esclavo de sí mismo, pero no lo reconoce. Quiere cimentar su vida por la ley; quiere fundarla por la ciencia; pero en uno y otro caso se desliza hacia la sima de sus propios deseos impotentes. Sólo existe salvación de una manera: si confiesas que tu línea de pecado quiebra, si descubres que el poder de los deseos te destruye. Lo que debes hacer es confesarte necesitada y refugiarte en el abismo luminoso de la gracia que te ofrece la cruz de Jesucristo.

Pues bien, esto que en principio te parece -y es- suicidio del deseo acaba dándote el poder de realizarte: superas tu pecado, renuncias a enten­derte como Dios y te descubres como efecto y consecuencia de la gracia; entonces puedes dialogar con Cristo, confías en su amor y reconoces el futuro de la cruz como camino en el que puedes realizar­te. Quiero formularlo. El pecado original es, según esto, aquel proce­so en que los hombres convierten el deseo en absoluto, destruyendo de esa forma la apertura a Dios y degradando su camino de hombres en la historia.

La salvación, en cambio, implica recibir la gracia; es fundar nuestra existencia en el don de Jesucristo. Comprenderás, por tanto, que el deseo del hombre ha de integrarse en el misterio del camino, de don y de la gracia de Dios en Jesucristo; sólo de esa forma es deseo redimido.

Nivel teológico. El pensamiento de la iglesia se ha ocupado de los datos anteriores y los pone a-la luz de su visión del hombre y de la historia. Sabes que las grandes religiones orientales tienden a entender el mal como expresión del mundo y la materia, interpretados en un plano de carne. Esa visión influye en el mismo cristianismo. A través de una violenta evolución teológica, condicionada en parte por Agustín de Hipona, la experiencia humana del deseo y la ruptura bíblica del pecado original se han unido, originando la visión de la concupiscencia como campo de lucha entre la carne y el espíritu. Carne sería el hombre malo, apegado a la materia, dirigido hacia el placer, atado en las cadenas de su sexo, como efecto del pecado y signo de la muerte. En contra de eso, la verdad del hombre ha de buscarse en el espíritu, entendido en forma de poder contemplativo que supera la materia y puede abrirse de manera enriquecedora hacia los otros.

¿Sabes que siento un gran respeto hacia ese dualismo? Por lo menos ha reconocido la escisión del hombre, la dureza de la vida, la tragedia del pecado en la existencia. Sin embargo, hay algo que no puedo aceptar: es la manera de entender concupiscencia y carne como efecto del deseo corrompido por la fuerza de los sexos. Tampoco puedo interpretar la gracia como espíritu. En contra de eso, pienso que la dualidad humana atraviesa todos los estratos de la vida, marca todos sus niveles y fronteras.

Deja que de un modo artesanal señale los planos de la lucha del hombre, reflejada en el deseo, aun a sabiendas de que nunca pueden precisarse plenamente.

a) Hay un primer nivel de desajusteque es reflejo de la vida, del proceso que corremos, como seres escindidos, doblemente abiertos: es insaciable, indefinido, el deseo de los hom­bres, como signo de ansiedad de la naturaleza que jamás llega a colmarse plenamente, como signo de la misma persona que se hace y nunca alcanza su verdad definitiva.

b) Hay un segundo nivel de desajuste que se encuentra marcado por la historia pecadora desde Adán hasta el espacio de vida en que habitamos: eres consecuencia de aquello que te han hecho, estás inserta en este mundo de ruptura, de ambición y de ansiedad, de lucha y de pecado. ¿No lo entiendes? ¿no te sientes enraizada en un poder de mal que te desborda? c) Hay un tercer nivel de desajuste: el tuyo propio, el que has creado en tu existencia, con tus fallos, con tu historia personal, con tus rupturas. ¿No te sientes esclava de las fuerzas que tú misma has suscitado?

Palpa desde aquí el enigma del deseo. Supongo que algún día habrás gritado: ¡basta! ¡Voy a ser lo que he de ser, permitiré que mi existencia sea, dejaré que los poderes naturales se realicen a través de mi camino! Quizá te has reprimido muchas veces, quizá te has dominado demasiado. Estás cansada y sueñas con mecerte sobre un mar de paraíso: dejar que la tersura de las olas naturales acaricie palmo a palmo la piel de tu inquietud, vivificándote por dentro. La potencia natural de los deseos mostraría su faz buena, tu existencia verdadera. Ese dominio que has tenido de ti misma ha terminado pareciéndote alienante. Estoy seguro de que alguna vez has respondi­do así y has dicho: vamos a sentir y a consentir, a ser, vivirnos sin  mesuras racionales; vamos a dejar que avance, estalle y se realice en nosotros el mar de los deseos.

Es normal que sientas de esa forma algunas veces. Es normal que así respondas, a manera de rechazo, en contra de un control que pudo ahogarte en las cadenas de falta de humanismo. Pero deja que aconseje: ¡ten cuidado! Es cierto que los deseos son tuyos, tus deseos naturales. Pero nunca olvides que estás dentro de este mundo, que te encuentras escindida en una tierra conflictiva. Ese conjunto de deseos forman parte del poder de tu existencia. Pero encima encontrarás otro poder: es tu persona, tu dominio, ese milagro que consiste en ir haciendo tu existencia. No olvides jamás que estás llamada a ser la dueña de tus fuerzas, que vendrás a ser persona cuando guíes tus deseos por un campo de encuentro interhumano, en gesto gratuito de don y de confianza.

Ya sé que los deseos, con su mismo desajuste, constituyen algo humano. Alégrate al sentirlos y vivirlos, fuertes, perturbantes, pode­rosos. ¡Es tu vida la que sientes! Te descubres de esa forma, muy real, sobre la tierra. Acabas siendo como aquella caracola del poema de Neruda en que resuenan los vientos de los mares y las olas de la historia (cf. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Barce­lona 1980, 15). Pero luego, cuando vuelves a tí misma, encuentras que esa voz de los deseos no te basta. Tienes que ser tú, mujer, persona. Debes realizarte en libertad, logrando que el deseo se convierta en lugar de transparencia, lugar en donde enciendes el camino de la vida como gracia. ¿Verdad que eso te importa? Así termino. Pero antes de hacerlo deja que presente, ahora de forma estructurada, los niveles del deseo en tu existencia.

a) El deseo eres tú, como lugar donde la naturaleza se ha personalizado. Por eso vives tus deseos como buenos, cantas la alegría de su fuerza y sabes que por ellos viene a hablarte la voz de la marea, de la sangre y de la carne de la historia. Vives la atracción de la montaña, la llamada de los campos y de forma peculiar la fuerza de tu sexo y la atracción de otras personas. ¿No sería horrible despertarte un día sin sentirlo? Se habría apagado tu vida en derrota de indiferen­cia, en atonía de palabras sin sentido, de anhelos sin sustancia.

b) Tus deseos pueden encontrarse reprimidos. Sucede así cuando no sabes encuadrarlos en tu gesto personal, asumirlos en tu responsa­bilidad, aceptarlos como tuyos, con humor, firmeza y gracia. Tapa­dos en sí mismos, los deseos te perturban, estallan de forma inespera­da, te sorprenden donde tú no los habías presentido. No está la solución en dominarlos con la brida y freno del caballo, no se puede maniatarlos. Aquí tienen su razón los que aseguran que hemos hecho una cultura represora, una cultura que no sabe asumir su propia fuerza, sus deseos, su ansiedad, su sexo.

c) Pero nunca olvides que el deseo puede destruirte. Llega un momento en que enciendes en tu vida la corriente del deseo y dices: ¡vive! ¡soy tu siervo! Quizá lo has hecho sin sentirlo, por cansancio, por rechazo de tabúes anteriores, por miedo e impotencia. Y de pronto, antes de que puedas corregirlo, el rumbo de deseos te derrota: vienen desde el fondo de tí misma, provienen de la historia de pecado de la tierra; son como legión de monstruos, de violencias, de placeres, de demonios. Deja que ahora emplee este lenguaje, quizá el único que puede iluminarnos: hemos olvidado un gran detalle, la fuerza del pecado, los demonios desbocados; y acabamos siendo juguetes de sus olas, cautivos de su fuerza. Tú que sabes mirar en el camino de la historia de los hombres, ¿no has logrado comprenderlo?

d) Tu verdad sólo se expresa allí donde consigues personalizar tus deseos.- los encauzas sin reprimirlos, los asumes como tuyos sin esclavizarte a ellos. Para eso necesitas que tu vida se teja con pasión sobre un tamiz de encuentros verdaderos, de ideales, de existencia realizada. Sé persona, vive tu ideal de realidad y vete concretándolo a través de tu existencia. Sé realista: reconoce que el deseo tiene, ha de tener, independencia relativa: nunca puedes dirigirlo plenamente; pero nunca debes permitir que se realice a sí mismo del todo... Acéptalo con cariño, dirígelo con fuerza al plano de tu verdad, sitúalo en el campo de tu encuentro con los otros. Bueno es el deseo, pero estando incontrolado y escindido puede convertirse en dictador de tu existencia.

e) Hay, finalmente, un nivel de deseo redimido y abierto hacia En la raíz de aquel poder que he comenzado a señalar con la palabra del hombre a la mujer (¡te deseo!), en la raíz del desajuste de la vida... existe un signo de trascendencia: deseamos a Dios. Buscamos aquello que nos fundamenta, rompe nuestra soledad, supera nuestra impotencia. ¡Deseamos a Dios! Voy a citar en este campo dos pala­bras de poesía. La primera alude a una mujer que, en actitud acogedo­ra, se estremece anhelando lo infinito: «Toda mujer quisiera / en una noche encapotada y fiera / estarse a solas abrazando el mar» (E. Marquina, Antologia poética, Madrid 1944, 231): deseas alcanzar el absoluto; mejor aún, deseas que el absoluto te envuelva, encendiéndo­te por dentro en manantiales de agua y fuego, de poder y de existen­cia. El otro verso, fuerte y creador, presenta al ser humano peregrino: «así voy yo... pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla» (A. Machado, Poesías completas, Madrid 1959, 71): a través de tus deseos, en niebla que se agranda, en camino que se achica, en tormento que se enciende..., vas buscando a Dios entre tu sombra y la sombra de las cosas.

Así comienza la antropología del amor, situándonos en el plano del deseo. Con ella se inicia un gran camino. Te invito a recorrerlo.  Atraviesa conmigo las estaciones de la pasión, el enamoramiento, la amistad... Sube hasta la puerta en la que puedas descubrir el gran deseo que se escinde y se recrea, se pierde y recupera ante la voz de lo divino. 

Amor y pasión

Para hablar del amor he comenzado refiriéndome al deseo. ¿No piensas que mi método es extraño? Si tú fueras budista me dirías: bien está que hayas tratado expresamente del deseo; pero sigue hacia adelante, estúdialo mejor y encontrarás que su poder te lleva hacia una tierra destructora, en un final de muerte que retorna, en un camino donde rueda la existencia maldecida que no acaba; libérate por dentro; vive en absoluto desapego y hallarás la vía salvadora.

Pues bien, yo te contesto: reconozco la potencia destructora del deseo; pero aliado que en su fondo hay algo más valioso, está la fuerza del ser que se construye, está el poder de creación de Dios que nos convoca a su tarea. Por eso he comenzado por hablar de los deseos, aunque has visto cómo advierto que es preciso superar su exclusivis­mo: hay que fundarlos, completarlos y asumirlos en ámbito de gracia y vida como encuentro.

Déjame que avance. En el fondo del deseo del hombre, reflejado en dimensión de apertura interhumana, se desvelan realidades y poderes muy valiosos: está el gozo del contacto sensible, la emoción de la cercanía, el anhelo de (a presencia, el ensueño de la ausencia y otros muchos rasgos semejantes. Pues bien, a mi entender, hay algo que desborda y se explicita en todos ellos: la acción y la pasión. El deseo es una fuerza que se expresa de manera muy activa: tiende a conseguir que el hombre sea, le sitúa en plano de apertura, de entrega ¡limitada, de don, de de construcción, de engendramiento. Pero, al mismo tiempo incluye un rasgo de pasión.- quien no desea no padece, dicen los budistas; quien desea, en cambio, sufre; sufre por la ausencia del bien y padece en su presencia, con el miedo de perderlo.Con esto me sitúo en el centro del problema.

a) El deseo se explicita como acción: es la apetencia del sujeto que tiende a los valores de lo externo, que se expande, que se busca y se realiza en un proceso que no puede nunca clausurarse.

b) Pero la fuerza del deseo me conduce a la pasión: cuando quiero que algo llegue a mi existencia me convierto en receptivo, en dependiente. Sabes bien lo que sucede cuando, en un determinado momento, decides cerrarte en ti misma, ser suficiente, como estatua, sobre un mar de indiferencia. Quizá resistes algún tiempo. Luego estallas: se te rompe el ánimo por dentro, Quiebras con fragor, encuentras tu necesidad, te descubres en manos de la gracia y vida de los otros, buscando que te acepten y te quieran.

Ya Aristóteles sabía que la acción y la pasión forman aspectos primordiales de la realidad: son, dentro de ella, categorías o principios de ser. Por eso los dispuso y estudió, después de la sustancia, cualidad, cantidad y relación. Santo Tomás se fundó en esa visión y construyó un espléndido tratado en torno a las pasiones en la vida de los hombres. A su juicio, ellas provienen del impulso de la naturaleza y se definen como respuesta del «apetito sensitivo» que sufre la atracción del bien y la repulsa de aquello que descubre como malo.

– Las pasiones son un signo del poder del cuerpo que, de un modo casi autónomo, rompiendo la frontera racional, nos conduce al deseo de lo bueno (plano concupiscible) o nos retrae con violencia de lo malo (plano irascible). A través de la pasión, como seres de este mundo, nos hallamos sometidos al impulso (no a la necesidad) de las fuerzas de atracción y repulsión que rigen el proceso de vida de la tierra.

La síntesis tomista, en riqueza de matices que no puedo señalar, resulta todavía espléndida. Es más, ella me parece válida en gran parte. Sin embargo, hay, elementos que no puedo hacer ya míos.  

a) Lo primero es la manera de entender la acción-pasión como accidentes, en vez de interpretarlas desde dentro de la esencia de las cosas. A mí juicio, no existe un ente quieto, un ser inmóvil al que luego adviene el movimiento. El ser es radicalmente fluencia, de tal forma que la acción y la pasión le pertenecen desde dentro y constituyen un aspecto de su más profunda entraña.

b) El segundo límite proviene del contexto cosmológico en que vienen a entenderse las acciones y pasiones. Sabes que yo entiendo el ser como un proceso, una incesan­te relación de perspectivas y de influjos. Pues bien, lo que eso implica sólo llego a comprenderlo un poco en la existencia de los hombres. Sólo en ellos se explicita el fundamento de la acción. Sólo en ellos se descubre la pasión como principio originario que se extiende en un contexto lleno de sentido.

c) Finalmente, está el defecto de entender lo pasional en perspectiva sensitiva. De esa forma- el hombre se interpreta partiendo de una intensa y peligrosa división de planos: acabaría siendo agente responsable por su espíritu, entendido como  racional; el aspecto de pasión se arraigaría sólo en lo sensible. Advierte bien lo que eso implica: por principio, los espíritus (Dios, ángeles, las almas) resultan impasibles; la pasión, con lo que incluye de receptibilidad, cambio y sufrimiento, sólo es propia de los cuerpos.

Pienso que este esquema ha de ser reformulado. En primer lugar, diré que la acción y la pasión son consecuencia o, mejor dicho, momento necesario de la vida que se hace. La vida es un proceso que nosotros asumimos sin poder identificarnos con ella totalmente. Por eso, en la medida en que la hacemos y guiamos somos los agentes. Pero allí donde su fuerza nos desborda y no podemos desligarnos de sus leyes acabamos siendo, en realidad, pacientes.

Este es, a mi entender, el nivel que ahora podemos llamar cósmico: en esta perspec­tiva, la pasión consiste en el descubrimiento vivencial de una fuerza de ser que nos engloba, nos asume y nos desborda. Resuena en nuestra vida algo más grande que nosotros, la marea de vida de este cosmos, la atracción de la especie, el despliegue de toda realidad. Es evidente que no estamos simplemente maniatados; podemos actuar sobre esa fuerza. Pero, al mismo tiempo, nos hallamos obligados a asumirla y, en algún sentido, a respetarla. A1 situarte en este plano encontrarás que la pasión desborda el campo puramente sensitivo; es más, trans­ciende todos los discursos racionales; pertenece a la raíz de la existen­cia, a ese nivel en que nosotros, emergiendo de este cosmos, nos hallamos a la vez inmersos en su fuerza constructora.

Hay un segundo nivel: la dimensión interhumana o del encuentro. En este plano, soy activo en cuanto influyo en la existencia de los otros y les hago ser al realizarme. Pero, al mismo tiempo, soy radicalmente pasivo: estoy en manos de los otros, de los hombres que me llaman, que me hacen, que despiertan en mi entraña fuerzas nuevas que no había ni siquiera barruntado. La relación personal es un proceso en que, de forma necesaria, se van entretejiendo acciones y pasiones, mi influjo en los demás y mi existencia abierta hacia los otros. Este es el nivel en que pretendo propiamente situarme. Por eso me pregunto: ¿cuál es la potencia de pasión que en nuestra vida se despliega por medio del contacto con los otros?

Todavía has de anotar otro nivel: la apertura del hombre hacia el misterio religioso. Como sabes, el hombre es un ser que rebasa los planos naturales y también los racionales. Hay en su existencia un excedente, una ruptura que le lleva a buscar algo distinto. La tradi­ción religiosa interpreta esa actitud como búsqueda de Dios y signo de su respuesta. Pues bien, tanto la búsqueda como la respuesta nos desbordan: pertenecen a ese campo en que la acción -transcendién­dose a sí misma- se desvela en forma de pasión, influjo de algo diferente. Recuerda este nivel, pues he querido estudiarlo en lo que sigue. 

A partir de estos supuestos, me atrevo a señalar que el amor es una acción: algo que busco, que proyecto y que planeo; algo que emerge de la entraña de mi propia vida creadora. Pero, al mismo tiempo, encuentro que el amor es el lugar ¿le la pasión originaria. Piensa un momento. Es muy probable que te sientas ya cansada de mí forma de escribir trazando esquemas ternarios. Perdona, pues aún pienso utili­zarlos.

a) El amor es pasión en cuanto brota de una fuerza que llega a transcendernos: es un poder que me desborda, como un río de agua tensa, amenazante, que de pronto estalla en mis entrañas. Soy incapaz de reprimirlo, represarlo, dominarlo. Surge y brota siempre nuevo, desde el rondo abismal en que me asiento en la existencia. Si sólo existiera este principio tendríamos que interpretar el amor partiendo de la fuerza de este cosmos.

b) Pero luego has de pasar ese nivel y encontrarás que el amor es la pasión que se explicita en el encuentro con los otros: es la presencia del amigo, es el recuerdo de la amada, que te enciende en llama desde dentro. No es tu persona la que forja la pasión; no eres tú quien la dispones y la ordenas con tu mente. Ella te adviene a través de otra persona que te influye, pues penetra en el fondo de ti misma y desde allí, desde la fuente de los ríos de tu vida, abre el caudal de tu existencia. c) Finalmente, tanto tu vida en el cosmos como el influjo de los otros parecen situarte en perspectiva de revelación, de trascendencia que se abre y te desborda. ¿Recuerdas mi discurso'? Había comenzado presentando el campo del deseo, que podía parecerte tan pequeño, tan concreto. Ahora descubro que tu vida se halla abierta en la pasión a dimensiones siempre ilimitadas: desde la hondura del cosmos, a través del contacto con los otros, algo te conduce al fuego del misterio trascendente.

Permíteme volver sobre el esquema. De manera general, llamo pasión al interés comprometido, a una especie de poder que, condu­ciéndome hasta más allá de la razón y obligándome a salir de mi seguridad, me arrastra fuera de mis limites, haciendo que yo sea de manera diferente. El lugar en donde emerge la pasión es la apertura existencial, ese lugar en que se encuentran y dividen los poderes naturales de la tierra y la verdad de la persona, ilimitadamente abierta hacia Dios y hacia los otros. Con Tomás de Aquino, comenzamos a saber que el poder de la pasión se funda en la vertiente sensitiva, sobre el plano de inserción de la existencia del hombre en este cosmos. Pues bien, superando el esquema del tomismo, añado que, propiamente hablando, la pasión emerge y se desvela como humana allí donde rompemos 1a opresión del cosmos y empezamos a existir en apertura trascendente dirigida hacia Dios y hacia los otros.

Brota la pasión donde el poder de la existencia nos sorprende y no podemos reducirlo  a conceptos. Allí donde el deseo nos desborda y descubrimos que no hay fuerza capaz de controlarlo. Ciertamente, somos libres; podemos encauzar esos impulsos, dirigirlos de algún modo, pero nunca controlarlos plenamente. Están allí y de cuando en cuando nos recuerdan su existencia. ¿Qué hacer? ¡Asumir la pasión!

Asumirnos como pasión para llegar a ser humanos. Por eso es necesario que aceptemos el reto de la vida y que busquemos su equilibrio en un proceso de apertura personal que nos permite reali­zarnos como auténticos.

Corremos el riesgo de claudicar ante la pasión cósmica, haciéndonos esclavos de su fuerza y retornando de esa forma al nivel de lo infrahumano, lo anterior a la persona.

También podemos engañarnos en anhelos de angelismo que terminan siendo infecundos, destructores de lo humano: quien renuncia a la pasión pierde la fuerza para ser; el que pretende arrinconarla y realizarse en un nivel que sea puramente racional acaba destruyéndose. Pues bien, a mi entender, el proceso de realización del hombre, a partir de la pasión, implica dos momentos.

a) Debes pasar del nivel de la inmersión puramente cósmica al plano de apertura trascendente: lo indefinido del placer no se puede interpretar como deseo de retorno hacia la naturaleza sino como signo de apertura hacia un misterio de verdad y ser que te desborda.

b) Has de convertir la apertura pasional en lugar de realidad, en expresión de un proceso que nunca acaba, en base y fundamento de apertura interhumana. Si no hubiera pasión en tu existencia llegarías a perderte sobre el mundo, olvidarías la grandeza del amor, acabarías ignorando a los demás, terminarías perdida y egoísta, en verdad particular, sobre tu propia tierra. Por eso, tienes el deseo de afirmar: ;bendita la pasión que me permite vivir inquieta de amor sobre la tierra de los hombres!

El lugar privilegiado en que se expresa la pasión es el encuentro sexual, con todo lo que implica de inmersión en el torrente de la vida, recuerdo del origen, apertura hacia los otros y eclosión de trascendencia. Interpreta. como mujer, estas palabras del poeta, tan signifi­cativas como parciales:

Ah vastedad de pinos. rumor de olas quebrándose, lento juego de luces, Campana solitaria, crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca. Caracola terrestre, en ti la tierra canta.En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye como tú lo desees y hacia donde tú quieras. Márcame mi camino en tu arco de esperanza y soltaré en delirio mi bandada de flechas.(P. Neruda, Treinta poemas de amor y una canción desesperada,Barcelona 1980. 15).

¿No sientes aquí pasión de vida? Monte y mar, luces y tierra, todo emerge en el contacto sexual entre personas. De pronto, el hombre flota y se anega en un océano. Hay recuerdos de campanas, hay  camino de esperanza, hay delirio. Quien asume este momento y lo destila en su alambique, gota a gota, saborea el valor de su existencia. El proceso de la vida, el sufrimiento de la historia y la ansiedad por el futuro quedan integrados en un centro superior que los engloba. En él se integran pasión y deseo, sobre el fondo del proceso de la tierra. Dicho esto, es necesario hacer un corte y distinguir dos cosas: la atracción del sexo cerrada en sí misma y la apertura pasional hacia niveles superiores.

Puede haber sexo sin fondode pasión. Habría sólo un movimiento de emoción corporal o de placer. Allí donde ese gesto se persigue, allí donde se evoca el gusto del cuerpo, sin más profundidades ni miste­rios, el hombre corre el riesgo de perderse. Deja que haga historia. Los famosos amantes de los siglos XII al XV buscaban a través de la amada el rostro de la gracia, la apertura al nivel de lo infinito. El don Juan de Tirso de Molina perseguía todavía la aventura, el riesgo de burlar la dama y seducirla y desflorarla.

Pues bien, en nuestro tiempo, está surgiendo un nuevo tipo de búsqueda de sexo sin pasión y sin contacto verdaderamente humano. Parece que se tiende al absoluto del disfrute pulsional, del gesto externo y el olvido. Hay una especie de gimnasia corporal del sexo y poco más. Frente a una sociedad antigua, posiblemente represiva, se ha ganado la libertad del cuerpo; pero quizá puede perderse la pasión de vida y muerte, de amor y de misterio. Se ha perdido la capacidad de encuentro con el otro. Donde esto pasa, donde el sexo pierde la referencia pasional, el hombre se degrada, degrada su existencia, se destruye.

En campo opuesto se sitúa la pasión sin sexo. Sabes que se encuentra reflejada, de manera espléndida, en aquello que llamamos el amor cortés de la edad media. Tres fueron, a mi juicio, sus factores principales.

a) Es un amor intersexual: el caballero tiende hacia una dama, la idealiza y la convierte en expresión de su absoluto.

b) Excluye, al menos en principio, el contacto de los cuerpos: la mujer desborda el plano material, transciende las funciones fisiológicas y llega a convertirse, para el hombre, en signo de misterio.

c) Es amor que tiende a lo infinito, de tal forma que sólo se realiza plenamente en el nivel de lo sagrado, tras la muerte.

Aquí se expresa lo que implica, en plano antropológico, pasión sin sexo. Allí donde el contacto de los cuerpos se degrada, convirtiéndose no más que en un anhelo de goce material sin don ni trascendencia, es absolutamente normal que el hombre busque otros niveles de apertura y termine convirtiendo a la mujer en signo del misterio: la diluye como sexo-carne, la eleva como sexo-signo. Permíteme decirte que me siento un poco avergonzado. ¡Tú entiendes mejor este proble­ma! Has sentido en tu persona y en tu historia lo que implica esta escisión que ha dividido a la mujer en «dama-virgen» de belleza pura   y «cuerpo-sexo» de placer para los hombres. La historia la han trazado los varones. Por eso se han sentido deslizados a las formas de un «eterno femenino» que mitigue el impacto de placer que está ligado a la figura de la «hembra». Vosotras, las mujeres, ¿estaríais dispuestas a crear un contrapeso de eterno masculino, escindiendo a los varones en la doble función de símbolo infinito y mero cuerpo?

Pero sigo con el tema. Desde una perspectiva humana, siento el valor de los extremos. Reconozco la atracción que ejerce la mujer­ objeto, el puro sexo. También descubro la llamada femenina de lo eterno, esa visión ideal de la mujer que se desvela como signo privilegiado de trascendencia. Es normal que así acaezca. A pesar de eso, yo tengo la certeza de que ambos extremismos deben superarse, no sólo en la razón sino en la hondura radical de la existencia. Sexo y pasión han de integrarse en un misterio de amor que se refleja, de manera especial, en el encuentro interhumano.

Estoy en contra del retorno cósmico: el sexo no puede interpretar­se sólo como fuerza que nos vuelve, nos devuelve, al olvido de la materia. Estoy en contra de todas las pasiones que, en aras de una búsqueda infinita, vuelven imposible el encuentro concreto de los hombres-del hombre y la mujer- sobre la tierra. También estoy en contra de la pura técnica del gozo, del placer del sexo separado del misterio y la apertura hacia los otros. Pero, después de afirmar eso, debo añadir que en el encuentro sexual se despliegan o iluminan una serie de valores que es preciso respetar con toda fuerza.

El encuentro sexual es el lugar donde se encienden y se colman los deseos, pero, al mismo tiempo, es campo en que se alumbra la pasión de la existencia como gesto de apertura a lo gratuito, en tensión de trascendencia y encuentro con el otro. De eso habré de ocuparme en adelante, al tratar del enamoramiento, la amistad, la mística. Pero ya desde aquí quiero ofrecerte unas leyes generales.

a) A mi juicio, ni deseo ni pasión son absolutos: ambos deben entenderse como medio 0 como campo en que se expresa la existencia. b) La pasión es elemento esencial en el proceso de emergencia y génesis del hombre: allí donde la pasión se extingue y retorna al nivel de los deseos inmediatos -sea en plano de sexo o de realización vital- el hombre muere.

Muchas veces he afirmado que el hombre es un viviente dividido, que se transciende a sí mismo y se desborda en un proceso de apertura ilimitada. Pues bien, el poder de esa apertura es, a mi juicio, la pasión.

c) La forma originaría del proceso es lo que puede llamarse la pasión de la existencia: la misma vida humana como anhelo ilimitado de ser, de realizarse, en apertura creadora, corriendo el riesgo de la libertad, asumiendo la dificultad de un camino en que no existen señales ni fronteras.

Quiero decirte solamente que el hombre es una inmensa pasión de realidad o de existencia. Enigmáticamente ha llegado al nivel de libertad y de sentido, a la razón y a los proyectos, desde el viejo, oscuro túnel del deseo. Ha roto su matriz cómica y se encuentra de pronto sorprendido de sí mismo, incapaz de comprender su inmensa hazaña, el resultado de su pasión conquistadora. Ha salido del mundo y ya no puede planear ningún retorno. En este contexto, el afán de resguardarse sobre el mundo no implica una pasión sino todo lo contrario, el miedo, el retroceso a los oscuros poderes instintivos y a las luces sin luz de su subsuelo.

Sabes que actualmente algunos sueñan en sembrar la vida huma­na en otra estrella. Ignoro si podrán hacerlo. Lo que sé es que el hombre ha realizado algo a mis ojos infinitamente más valioso: dentro de su propia estrella, fría y medio seca, ha conseguido un orden nuevo de existencia, en gesto de apertura y pasión ilimitada. ¿Cómo entender ese camino? ¿hay en su fondo un orden razonable? ¿no será nuestra pasión vital un elemento que no puede nunca comprenderse?

Para responder a las últimas preguntas resulta necesario situar la pasión creadora y vital del hombre en el contexto de su vida, en el lugar de su emergencia y su futuro. Comprenderás que yo he querido responderte aquí como cristiano. Desde esa perspectiva puedo con­densar mi respuesta en los siguientes elementos.

a) La pasión del hombre no es un simple resultado del proceso cósmico. Es imposible que el conjunto de acción y reacción de los poderes instintivos de la vida haya suscitado, desde dentro, una ruptura de pasión ilimitada como aquella que encontramos en el hombre. Esto es a mi entender algo evidente. Nuestra pasión incluye algo que es más que mero mundo, más que tierra, más que impulso de la vida.

El impulso de la vida

b) La pasión tampoco puede ser invento o creación que ha realizado el hombre. La apertura ilimitada le precede: es fundamento que potencia nuestra vida, es realidad que nos permite ser humanos. Eso implica, a mi entender, que es necesario encontrar en la raíz de nuestro ser alguien que pueda habernos hecho y sostenido como somos, pasionales, arriesgados, siempre abiertos.

c) En línea bíblica es bien claro. El cimiento de nuestra pasión no es otro que Dios. A través de una intensa herencia racional, parece­mos convencidos de que Dios es simplemente pensamiento, un ser apático que gira en torno a su planeta de ideas infinitas. Es evidente que Dios nos transciende. Mejor dicho, todo lo que sabemos de Dios nos conduce al infinito, a esa frontera en la que quiebran las razones y palabras de los hombres. Pues bien, sobre ese fondo confesamos, con palabras del antiguo testamento: Dios es la pasión originaria; sale de sí mismo y crea vida en un impresionante alarde de confianza y libertad, de riesgo y de esperanza; por eso se apasiona con los hombres, les visita, les sostiene y ama de manera ilimitada.

d) Todos los resortes de pasión estallan y culminan nuevamente al llegar a Jesucristo. Es pasión su entrega por el reino, su amor hacia los hombres, su confianza hasta la muerte. Cualquiera que analice la conducta de Jesús con las medidas de la lógica y razón analítica fracasa. Tampoco explican su camino los motivos del deseo. Hay, en el fondo de su vida una pasión: es la apertura al Padre, es la existencia abierta hacia los hombres. Sabes bien que esa actitud ha culminado en la «pasión del Cristo», en el gesto de la cruz como dolor y entrega por los otros, descentramiento radical, muerte de sí y apertura hacia Dios Padre.

e) Sólo desde Dios-pasión y desde el Cristo apasionado se com­prende, al menos de una forma muy lejana, la apertura pasional del hombre sobre el mundo. Esto permite realizar una inversión respecto a todos los poderes que se expresan en la unión del sexo. ¿Sabes dónde encuentro la pasión más grande, la más fuerte pérdida de sí, la apertura mas total y la entrega creadora más incandescente? En la actitud del verdadero místico; conoces bien el fuego de pasión que hay, en Teresa de Avila, la inmensa fuerza de las llagas de Francisco que camina por el mundo con los signos de la entrega apasionada de Jesús. La pasión no es simplemente la raíz del sexo, ni tampoco su abandono sublimado, en un camino que asciende hacia la idea, por medio de la imagen de la dama, como han dicho los autores del amor cortés. El místico no niega el bien del mundo, ni pretende deslizarse hacia horizontes ideales. Su pasión es, al contrario, una venida hacia la carne: quiere compartir la herencia del camino de Jesús, su amor crucificado por los hombres, en medio de una tierra duramente despiadada y dividida. Frente a toda la teoría de la idea de aquellos que han querido construir un mundo de razón en nuestra tierra, se alza y se alzará la voz apasionada de amor de los místicos. Ellos son los que, de un modo más hiriente nos permiten llegar a las raíces de Dios sobre la tierra.

f)  Desde aquí he de dirigir la luz de la pasión hacia el encuentro entre los hombres. Comenzaba hablando del deseo. Después me he detenido en la dialéctica del sexo. Ahora, al final de mi discurso, enhebro en unidad esos motivos. Toma una pareja, un hombre, una mujer. Mira su gesto, respeta su deseo. Pero acércate más: observa cómo se apasionan, como brota de su encuentro un fuego ilimitado de ternura, de tendencia hacia un futuro que se quiere compartido. Así se enciende la palabra de amor en matrimonio. La pasión deja de ser simple camino que conduce desde el sexo hacia una idea de hondura trascendente. En un proceso de unidad humanizadora, el vigor de la pasión se integra en la armonía de un encuentro, en el compromiso de unos desposorios. Sé que esto te puede parecer extraño. ¿No se destruye el matrimonio al convertirse en campo de pasión? ¿no se diluye su armonía, se rompe su equilibrio? ¡De ninguna forma! La novedad radical del cristianismo consiste en descubrir que en el amor hombre-mujer, cuando se busca la fidelidad del matrimonio, se expli­cita el gran misterio de apertura, de pasión y entrega de Jesús, el Cristo.

g) ¿Puede haber pasión en la amistad? Comprenderás que el modelo es diferente. Parece que, en principio, la amistad ha de entenderse como amor no apasionado, encuentro racional o modera­do entre personas que persiguen unos mismos ideales. Pues bien, el cristianismo ha cultivado y aún cultiva una forma de amistad que puede llamarse apasionada: aquella en que se integran los hermanos de una comunidad religiosa. No les unen las ventajas materiales ni el cultivo de las ideas o valores de la tierra. Les ha unido y les mantiene vinculados una misma pasión de Jesucristo que se expresa en su manera de encontrarse dirigidos los unos a los otros, en un largo camino -ilimitado, misterioso- de encuentro con Dios Padre.

Voy a concluir. Por la pasión, el hombre se introduce en el proceso de vida de este cosmos. Pero luego, como has visto, a través de una profunda eclosión creadora, el mismo hombre desborda la corteza cósmica y se encuentra libremente abierto hacia lo que es ilimitado. En ese gesto, de raíces cósmicas y tendencia trascendente, dislocado desde dentro y abierto hacia su vida, el hombre se realiza. Esta es su pasión. Así lo muestra, de algún modo, la dinámica de encuentro entre los sexos. Así lo indica, de una forma inexpresable, creadora y siempre nueva, el misterio de Jesús, el Cristo, cuya pasión hace presente a Dios sobre la tierra. Las consecuencias de este plantea­miento podrán verse más tarde.

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