Especial Bergoglio: un año después
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Por poder asesinar piensan algunos que son Dios. Falsos americanos y falsos iraníes, falso Dios en el Estrecho.

En el estrecho que lleva precisamente el nombre de Dios (Ormuz), jugando su vida y la vida de media humanidad a matar, a cara y cruz, unos falsos americanos e iraníes se están haciendo. No todos son así, gracias a Dios, no todos siguen sus “razones” (que las tienen unos y otros), pero unas razones que son sólo  eso son locura y se convierten en pecado de infierno.

                                  Desde ese fondo llevo un par de días pensando sobre Juan de la Cruz, Cántico Espiritual estrofa ocho. Tiene otras interpretaciones, pero ésta es, a mi juicio, una de ellas. Americanos e iraníes apelan a Dios, como la Virgen María (perdonen la comparación), pero   de forma muy equivocada. Unos y  otros piensan hacer obra de Dios matando.

                              Desde ese fondo, con cierta libertad y amor a la vida, simbolizada por la Madre Maria/Myriam/Marien  he querido interpretar el texto Siga interpretando como vea mejor quien me quien quiera tomar como base la Biblia común y la Canción de Juan  de la Cruz.

Mas ¿cómo perseveras,

¡oh vida! no viviendo donde vives,

y haciendo por que mueras,

las flechas que recibes,

de lo que del Amado en ti concibes? (CB 8)

Pensando como le piensa y concibiéndole como ella le concibe, la amante  de San Juan de la Cruz (virgen María, Llama 3), debería haber muerto, pues vive donde no vive (en este cuerpo) y no en la Vida de Dios, de quien proviene su aliento). Concebido así, el ser humano es un viviente contradictorio: Dios en forma humana, hombre en forma divina (conforme a Flp 1, 1-11), teniendo que morir, pero que, sin embargo, vive

-Vivir muriendo: “¿Cómo perseveras, oh vida, no viviendo donde vives...?”. Estas palabras definen al amante, hombre o mujer (cf. CB XV-XVI), como persona (aliento de Dios que habita fuera de patria divina, de manera que su misma existencia (su perseverancia en este mundo) es un milagro.

      Por eso, la amante se admira y pregunta: ¿Cómo perseveras? Desde su raíz bíblica, B. Espinosa (1632-1677) decía que, por naturaleza, cada cosa persiste en su ser (Etica I, 25 corolario). Por el contrario, tanto aquí como en Llama 3,  SJC (=san Juan de la Cruz) afirma que, por impulso de amor, todo ser humano tiende a morir en este mundo y culminar en Dios que es su vida plena

         .Éste parece el pensamiento más  recurrente de SJC en la cárcel de Toledo donde le habían encerrado los poderes de orden del mundo, allá el año 1578, la visión más profunda de su identidad. Encerrado entre cuatro paredes estrechas, el pensamiento de Dios tendría que hacerle morir de pena,   quebrantado en el mundo, y, al mismo tiempo de alegría, porque el dolor de este mundo parecía acercarle a Dios, haciéndole pasar de esta vida estrecha de cárcel a la infinita de Dios.  

- Morir en la vida de Dios. La amante sabe que las flechas de amor del Amado a quien ella ha concebido en su interior, como la Virgen María ha concebido a Jesús el mundo, deberían haberle matado, muriendo así de amor, de forma que tendría que haber muerto, pero no lo han hecho y así sigue viviendo.

Ésta es su contradicción,   su paradoja en el mundo. SJC se presenta a sí mismo como mujer amante que ha concebido a Dios en el corazón de forma de que debería haber muerto ya y vivir en Dios (porque el Dios en quien piensa, el Dios a quien lleva en su seno/corazón, es más grande que ella, y así quiere vivi en Dios.. y sin embargo, teniendo a Dios que es vida infinita en su corazón (=siendo Vida eterna en Dios), ella sigue viviendo esta vida de muerte en la tierra.  

      La vida en el mundo (pensar en Dios, entregarse en su amor sin morir) es la mayor paradoja, como muestra G. C. Bernini (1647-1652) en la  “transverberación” de Santa Teresa, representada por en S. María de los Ángeles, Roma Lógicamente, el hombre que “concibe a Dios” en su pensamiento de amor debería morir, pues una existencia “física” en el mundo es incapaz de soportar sin morir la grandeza infinita de Dios, como repite el AT (cf. Is 6, 4).

      Por eso, la amante del Cántico se sorprende por amar como ama, por ser lo que es en Dios y no morir, por concebir como concibe, por gracia y presencia del Amado, en una línea que ha sido desarrollada de un modo más “narrativa” en el Romance de la Trinidad y más evocativa y mística en Llama, como indicaré en el capítulo final de este libro.  ste es, por otra parte, el argumento ontológico supremo de   San Anselmo  Proslogion, 1077-1078): El hombre ha concebido una “idea” (un pensamiento, una realidad) mayor que su vida y  que todo el mundo, una idea de Dios.

    El tema está en saber si esa idea-realidad superior, concebida por el ser humano es real o es un delirio falso, una locura. Sobre esa idea-realidad, falsa o verdadera, ha discutido de forma apasionada el pensamiento de occidente desde el siglo XII al XIX, sin llegar a un resultado conclusivo. Unos dirán que esa realidad-idea superior concebida por la mente humana es valiosa en sí misma, está en el fondo de la visa, como verdad fundente, su principio de amor. Otros dirán que ella e un engaño de la mente, una ideología de engaño que ha mantenido al ser humano oprimido en su propio delirio de muerte (buscando una vida superior falsa se está matando a sí mismo.

   Éste es en el fondo, a mi juicio, el “argumento” de la narración o poética, Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, que ha de entenderse desde una perspectiva cristiana de encarnación de Dios (teología: Romance de la Trinidad-encarnación) y de divinización del hombre en/por Jesucristo, el amado, que es, al mismo tiempo Palabra de Dios y Amor en plenitud entre los hombres.

   Desde ese contexto  ha de entenderse la mariología (visión materna) de Juan de la Cruz, no sólo la de Llama, sino también la de Romance y Cantar, condensada de forma popular en el Villancico de Adviento: La Virgen preñada del Verbo divino… Esta es una mariología reducida a su mínima expresión y, sin embargo esencial para reinterpretar y vivir el cristianismo como experiencia de la encarnación de Dios y de la divinización del hombre, desde una perspectiva en la que resulta esencial la figura y función histórica de María, como expresión de la humanidad en forma y figura de mujer, protagonista/amante del Cántico, en una línea que puede y debe interpretarse desde el evangelio de Juan.

   Cada ser humano es María, que concibe por su pensamiento a un Dios que es mayor que ella misma, más que la humanidad, Dios que ha querido hacerse humano como Amado/querido por ella y en ella.. De esa forma, concibiendo y dando a luz a Dios en sucorazón, la amante debería haber muerto y sin embargo vive. Esta es la paradoja de la existencia humana, tal como se expresa en el  llamado argumento ontológico de san Anselmo

   El Cántico había comenzado hablando de un Ciervo fugitivo, que hería a la amante con mirada de amor (CB 1). Ahora descubrimos que la herida la ha causado el mismo Amado Flechador, Arquero divino que habita en el interior de la amante María, pues en realidad no es el hombre el que concibe a Dios, sino el mismo Dios Hijo el que se engendra a sí mismo en el interior de cada ser creyente humano, como lo ha hecho de un modo paradigmático/ejemplar en María[1].

             Esta imagen del Dios-Niño  (Dios Joven, Cupido flechador que dispara saetas de amor) forma parte de la iconografía greco-romana, que es muy influyente en tiempo de SJC, como aparece en el bajo-relieve de la escalera de la Universidad de Salamanca (1553), por la que él pasaba en sus años de estudiante (1564-1568).

     Conforme al mito antiguo, Cupido/Amor dispara sus flechas de amor desde fuera a los que pasan por la vida, no para matarles, sino para hacerles padecer o enfermar de amor, hasta alcanzar un tipo de locura o manía. Matizando ese símboloo, SJC afirma que las flechas de muerte de amor o manía divina no las dispara un Cupido externo, sino el Cristo interior de los creyentes, esto es, el pensamiento  de amor de la amante María que se dispara a sí mismo al concebir y engendrar al Dios amor en su vientre o corazón de humanidad, como símbolo de todos los seres humanos. El amor se concibe así como concepto (engendramiento amor/Dios) en la vida humana de la mujer María, que son todos los seres humanos, de los que se puede decir: y haciendo porque mueras la flechas que reciben de lo que del amado en ti concibe (CB 8)

     Esta mujer amante (María/humanidad) concibe al Amado  que le atrae de tal forma y le dispara con tal fuerza con sus flechas de amor que ella tendría que haber muerto (=hacerse Cielo en Dios)  y sin embargo  realiza un camino de amor ejemplar en la tierra, un camino que SJC ha descrito de forme ejemplar y genial en el resto del Cántico, especialmente desde CB 12-13, como seguiré indicando:

El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida,antes ella la da al cuerpo y así vive por amor en lo que ama (Dios)

Así el alma que le ama, tiene su vida radical y naturalmente en Dios– como también todas las cosas criadas –según aquello de San Pablo, que dice: en él vivimos, y nos movemos y somos... (Hech 17, 28).

Y como el alma ve que tiene su vida natural en Dios por el ser que en Él tiene,y también su vida espiritual por el amor con que le ama, quéjase y lastímase que puede tanto una vida tan frágil en cuerpo mortal, que la impida vivir una vida tan fuerte, verdadera y sabrosa como vive en Dios por naturaleza y amor.(Cf. Coment CB 8, 3).

[1] Esta experiencia de muerte por amor responde a la teología fundamental del judaísmo, según la cual “el hombre que ve a Dios muere”, pues sólo muriendo se puede ver plenamente y amar a Dios.

Xabier Pikaza
Xabier Pikaza

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