Ciro el persa. Hace 2500 años nació Israel por “gracia” de Irán ¿Puede repetirse aquella historia
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Los acontecimientos externos no se repiten, pero hay unas constantes históricas significativas. Lo que hoy llamamos “judaísmo” (Israel) nació por gracia de Irán, por obra de Ciro el persa y sus sucesores. Los líderes del judaísmo (empezando por el profeta Isaías II) aceptaron el poder iranio en oriente se constituyeron como pueblo “autónomo” hasta el día de hoy: (a) Crearon una conciencia de unidad nacional que antes no tenían. (b) Fijaron una o constitución nacional (Pentateuco) que los poderes iranios aceptaron como ley de Estado. (c) Crearon la figura más alta de una nación religioso/cultural, sin necesidad de estado imperial.
Se dice hoy (21.6.2026) que americanos, judíos e iranios se han dado 60 días de negociaciones para pactar y crear en oriente un orden político-militar girando sobre dos ejes (Irán e Israel, bajo supremacía USA). No estoy seguro de que el plan triunfe y se matenga, pues ni americanos, ni judíos ni iranios parecen tener la cordura de los antepasados de hace 2500 años. Pero el tema el clave y quiero ofrecer unas reflexiones.
En un momento de máxima convulsión política, entre riesgo y ruina (exilio sin retorno), con el peligro de ser destruidos como pueblo, algunos judíos, con una conciencia religiosa nueva y más honda, sintieron/supieron que el protagonista de su historia era Dios, no los dioses imperiales de Egipto o Babilonia, y descubrieron, al mismo tiempo, que ellos, los judíos, con la tarea que Dios les había confiado, eran representantes (servidores, testigos) de Dios en el mundo. Así se concibieron como “pueblo teóforo”, portador de una nueva tarea universal de vida y testimonio de esperanza para todos los pueblos.
No conocemos ningún otro pueblo que haya formulado de manera no sólo teórica, sino práctica, una visión semejante de la historia, proclamando al Dios Creador y presente (recreador), como principio de identidad del pueblo en su conjunto (Israel) y de cada uno de sus miembros, desde su situación de “derrota”, con riesgo de destrucción, siendo, al mismo tiempo, Dios del mundo entero, es decir, de todos los pueblos.
En ese contexto, con esa certeza, los judíos han podido reinterpretar las tradiciones anteriores de su historia, desde los patriarcas y el Éxodo, con la entrada en Canaán, hasta la vuelta del exilio, con la promesa de la reconciliación final de la humanidad. Sólo así, a partir de esa reinterpretación monoteísta (yahvista) de su identidad, descubriendo la caída de Jerusalén y el exilio como “castigo” terapéutico y amoroso, pudieron sentirse (reconocerse a sí mismos) como pueblo elegido, a quien conciben no sólo como Señor más alto, sino como Amigo cercano, comprometido en la tarea y ser de los hombres que les ha confiado a ellos (los judíos) la misión de ser sus “testigos” entre los pueblos.
Desde ese fondo, a partir de Ezequiel e Isaías II, los israelitas han podido descubrir y proclamar la verdad de Dios, como testigos de su identidad y presencia como creador, esto es, como portador de vida desde el sufrimiento creador (desde el don y regalo de su Vida).En este momento, desde el “reverso” de la historia (vencidos, desterrados, amenazados…), con riesgo de diluirse y perder su identidad como individuos y pueblo en la espiral de los imperios vencedores (egipcios y asirios, babilonios, persas, helenistas), los israelitas reinterpretaron y superaron su catástrofe apelando a Yahvé como inspirador y amigo, espíritu de vida, principio de identidad de todos los pueblos.
De esta forma pudo darse en Israel una interpretación “teísta” de la historia, desde la derrota del pueblo, no desde su victoria. No hubo primero un descubrimiento del Dios único y después una interpretación teísta de la historia, sino que ambas revelaciones se dieron al mismo tiempo, pues de hallaban radicalmente implicadas: Su misma experiencia histórica, su forma de entender su presente y futuro como pueblo, hizo que los judíos vieran a Dios de un modo distinto y más alto, como ningún otro pueblo lo había experimentado (ni los chinos de Confucio o del Tao, ni los hindúes de la Bagavad Gita o de Buda, ni los griegos de Platón…).
Dios, camino para derrotados
No descubrieron a Dios a pesar de su derrota, sino precisamente en ella, no como un Dios superior a otros, sino como no-Dios, fuente y servicio de amor para todos. Esta visión del Dios monoteísta (único, creador, salvador, en todos, para todos, no sobre todos) sólo puede entenderse como interpretación y respuesta al riesgo de muerte de Israel, en oposición a la ideología teológica de unos triunfadores político‒sociales (asirios, babilonios…) que creían que Dios les había concedido la victoria y la buena religión como dominio sobre los pueblos.
Esos pueblos vencedores (con Dios del Triunfo político‒militar y económico) fueron incapaces de entender su destino (la identidad divina de la humanidad) y , de interpretar su historia, de vincularse en gratuidad (pacto) con los restantes pueblos. En contra de eso, los israelitas vencidos descubrieron la mano de Dios (recibieron su máxima enseñanza) en la derrota, abriendo así una conciencia universal de la vida como amor mutuo y presencia de unos en otros. Ésa fue la “filosofía” los israelitas, su mayor revelación: Ellos sintieron la mano de Dios en su derrota, no para morir y terminar, sino para iniciar desde la misma derrota una historia y camino superior de vida para el conjunto de la humanidad, en forma de amor solidario y de esperanza de resurrección.
Los babilonios del año 578 a.C (con Nabu-codonosor) habían ganado la guerra (conquistaron Jerusalén, llevaron cautivos a muchos judíos…), pero “perdieron” su conciencia, su identidad como pueblo germen de humanidad, para actuar como destrucción de humanidad. Por el contrario, muchos judíos derrotados (desde Ezequiel e Isaías II) entendieron la derrota como presencia amorosa de Dios y como oportunidad de renacimiento, en un Dios que es “Uno”, no por exclusión de otros, sino como inclusión y acogida amorosa de todos.
En este contexto podríamos hablar de una “metanoia” o inversión (=conversión) radical de la vida, en paz y servicio mutuo, desde los vencidos”, y entenderla desde una perspectiva de compensación (resurrección) psicológica. Éste fue su cambio de mentalidad. Derrotados y casi destruidos por otros pueblos (asirios, babilonios, persas, helenistas…), los israelitas respondieron diciendo que en realidad, su Dios había sido el auténtico vencedor de los restantes pueblos y dioses. La derrota y destrucción de un tipo de Israel triunfante (reinos) había sido y era la verdadera recreación de Israel. Ellos, judíos, habían perdido la batalla de la vida en un plano externo (militar, político), pero habían triunfado en un nivel más hondo y verdadero, en el nivel de su identidad nacional y de su conciencia de pueblo.
Así lo fue descubriendo y proclamando Isaías II en la línea de Isaías I (740-700 a.C) unos años antes de la Caída de Babilonia (539), mientras evocaba la marcha triunfal de Ciro, rey de Persia, que venía avanzando desde el oriente y el norte Babilonia, como delegado (ungido) de un Dios de libertad.
Isaías II presenta a Ciro, rey de Persia, como enviado de Dios, con la misión de superar la opresión político‒religiosa de los babilonios, dejando en libertad a los diversos pueblos antes oprimidos, en especial a los judíos, y en ese sentido su profecía (su visión de Dios) resulta inseparable de su forma de entender el despliegue y triunfo del imperio persa. Pues bien, en el fondo, según Isaías II, el verdadero representante de Dios, su signo y portador en el mundo, no ha Ciro ni Persia (por más beneficioso que su influjo haya podido resultar), sino el pueblo israelita, representado como “siervo” (=ministro) humano de Yahvé.
De esa manera, los israelitas vencidos aparecen como la más alta conciencia divina, no en un plano de teoría cósmica (como pensaban los griegos), sino de despliegue histórico de la humanidad de Dios. Desde ese fondo, partiendo de la situación de derrota de los israelitas, Isaías II descubrió y proclamó el sentido de Dios “redentor” de los derrotados y de Israel, primogénito de los oprimidos:
Así dice Yahvé el rey de Israel, y su redentor, Yahvé Sebaot:
Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios.
¿Quién como yo? Que se levante y hable… Que diga lo que sucede y lo revele... (cf. Is 44, 6-8). Yo soy Yahvé, no hay ningún otro (cf. 45, 5-8).
Estos y otros pasajes nos sitúan ante la revelación (la más honda conciencia) de un Dios que, habiendo dicho “soy el que soy” (cf. Ex 3, 14), puede añadir ahora “soy el que actúa”, soy el que hace que cambie y resucite el orden de los pueblos trazando un camino de vida a partir de los vencidos (no de los imperios vencedores).
Ciertamente, ese Dios de Isaías II tiene elementos cósmicos (cercanos al de un tipo de monoteísmo de algunos filósofos griegos como Jenófanes, siglo V a.C.), pero su distintivo esencial no fue su dominio sobre el cosmos, sino su forma de entender la historia de los hombres y los pueblos a partir de los derrotados.
Este Dios de Isaías II no interpreta la historia desde el triunfo de los vencedores (ni como expresión de unidad cósmica, en clave de poder), sino desde los vencidos, ofreciendo así una visión unitaria del despliegue y sentido de los acontecimientos históricos, que culminarán en la caída de Babilonia y el triunfo de los persas.
Isaías II establece una continuidad entre aquello que “Dios” ha dicho y realizado a través de los profetas anteriores y aquello que realizará en el futuro. De esa forma, sus profecías trazan una línea de “lógica teísta” (recreadora) de la historia, que desemboca en el triunfo de los derrotados (israelitas).
Isaías II no concede a los judíos un poder militar más alto para ganar guerras o alcanzar un poder superior al de otros pueblos, sino una capacidad más alta para conocer (interpretar) su historia, es decir, una conciencia o conocimiento más hondo de intervención y presencia de Dios en ella. De esa manera, ellos, judíos, derrotados y humillados, pudieron “elevarse” sobre las naciones, pero no a través de un poder militar más alto o de una sabiduría superior, de tipo filosófico o científico, sino de una más honda conciencia de vida de los perdedores, no para vengarse de los vencedores, sino para iniciar un camino nuevo de inter-comunión humana[1].
1. Normalmente, la fe de Israel (Israel) tendría que haber desaparecido en las “garras” de Babel y después en las del Dios helenista de los macabeos, siglo II a.C.). Pues bien, en contra de eso, en el momento de caída y ruina de su estado y templo nacional de Jerusalén, los judíos llegaron al convencimiento de que Yahvé, su Dios, había guiado no sólo la historia de Israel, sino la historia de todos los pueblos, primero de los babilonios y después de los persas y todos[2].
2. Inversión de Dios, nueva conciencia divina, la humanidad entera. De esa forma, los judíos descubrieron que el verdadero Dios se manifiesta, en contra de lo esperado, no en la victoria de los pueblos, sino en la derrota de los justos, en línea de nueva y más alta humanidad, no de progreso político‒militar como el de los grandes imperios de oriente. Esa experiencia de fondo había aparecido ya en los oráculos de Jeremías y Ezequiel, pero sólo se expresa con toda fuerza a través del Segundo Isaías[3].
Con esa visión de Dios, los israelitas pudieron recrear su pasado (libros deuteronomistas) y fijar su identidad presente (Pentateuco), revisando los oráculos de los profetas, siempre con una misma intención, con una misma tarea de fondo: Confesar la presencia de Dios en la historia del pueblo, abriéndose, al mismo tiempo, hacia un futuro de salvación universal partiendo del impulso divino, que se revela en Israel (y por Israel) en la humanidad entera.
Este descubrimiento del Dios Uno en la Historia Una de los hombres, en línea de compromiso activo, desde los oprimidos y vencido, constituye la aportación suprema de Israel y de la Biblia a la cultura universal. Sin esta novedad de Isaías II no podría hablarse de una historia unitaria de los hombres, partiendo de los derrotados, ni podría hablarse del nuevo arquetipo como expresión de una conciencia superior de dignidad y de esperanza humana, desde los más pobres, en línea de nueva inteligencia y plenitud humana.
[1] Cf. G. Theissen, Fe Bíblica en Perspectiva Evolucionista, Verbo Divino, Estella 2002.
[2] Frente a los otros pueblos, que han tendido a interpretar la historia en claves de poder militar o de fatalidad (o simplemente han negado la misma existencia de una historia humana), los israelitas fueron capaces de entenderla en línea de transformación personal y social, desde la derrota.
[3] De esa forma, los judíos “recordaron” (reinterpretaron) las profecías antiguas, no sólo las de Amós y Oseas, que hemos evocado, sino las de Isaías I, Miqueas o Jeremías, descubriendo que ellas se estaban cumpliendo ahora. Toda la profecía antigua podía resumirse, conforma a la visión de Isaías II, en la amenaza de destrucción para los perversos y opresores, tanto en Israel como en los imperios del entorno. Ahora se iba a cumplir (se estaba cumpliendo) lo que había sido anunciado y preparado desde antiguo: Los triunfadores injustos venían a manifestarse como enemigos de Dios, aniquilándose a sí mismos. Iban a triunfar (estaban triunfando) de un modo distinto los antes perdedores.
Nota
La llamada Religionsgeschichtliche Schule (escuela de la religiones) ha sabido situar la Biblia y la historia de Israel en el transfondo o crisol (algunos darían matriz) de las culturas del Oriente. Es evidente que han existido exageraciones: así se habla de un panbabilonismo, que pretende derivar todos los temas importantes de la religión israelita de los temas o motivos paralelos de Mesopotamia; otros han defendido un tipo de panegiptismo o paniranismo, situando así en otro contexto la matriz de los grandes misterios de la biblia[1].
Esta escuela no ha muerto en el siglo XIX, aunque en ciertos momentos ha venido ha quedar algo silenciada. Los descubrimientos de mediados del siglo XX (biblioteca con los mitos cananeos de Ugarit, rollos de Qumrán en el mar muerto con mucho material apocalíctico, libros gnóstico de Nag Hammadi en el alto Egipto) Han ofrecido nuevo material a los investigadores que destacan este tipo de convergencias y paralelos religiosos. Sigue influyendo esta escuela, aunque es posible que no surja ya ningún panugaritismo o pangnosticismo con la fuerza que pudieron los planteamientos totalizantes de finales del siglo XIX[2].
[1] Una y otra vez se ha destacado la conexión egipcia; el ejemplo más significativo en es el de S. Freud (1856-1939) que en Moisés y la religión monoteista quiso relacionar el monoteismo israelita con un tipo de represión de una experiencia monoteista anterior, cultivada por ciertos grupos religiosos y políticos de Egipto. La conexión mesopotamia vuelve ciclicamente, sobre todo en referencia a los "mitos" de la creación. No podemos desarrollar aquí los temas, baste con haberlos evocado.
[2] Los ideales y en gran parte los temas de la antigua escuela de la historia de las religiones siguen vivos en la actualidad. La novedad de nuestro tiempo está en la abundancia de textos descubiertos y publicados en los últimos decenios , relacionados con los momentos estratégicos del surgimiento bíblico: los poemas y mitos de Ugarit nos llevan a eso que pudiéramos llamar la "cuna" de la religión israelita; los manuscritos de Qumrán con la literatura intertestamentaria nos sitúan en el momento de cruce entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento; finalmente, los evangelios y libros gnósticos nos ofrecen una visión distinta y complementaria de eso que pudiéramos llamar "el otro desarrollo" del cristianismo. Es evidente que no podemos ofrecer aquí una bibliografía sobre esos temas, pues resulta inabarcable. Baste recordar sobre Ugarit la valiosa edición de G. del Olmo Lete, Mitos y leyendas de Canaán según la tradición de Ugarit, Cristiandad, Madrid 1981; sobre Qumrán la también valiosa edición de F. García Martínez, Textos de Qumrán, Trotta, Madrid 1992.