Consistorio de Mateo 2026. No jurar, no juzgar, no odiar

Pedro y las llaves
Pedro y las llaves

 Se ha celebrado estos días en el Vaticano un consistorio del Papa con los cardenales de la iglesia católica romana. Han estudiado y dispuesto temas importantes, que yo he seguido con cierto interés, pero sin pasión, pues me han parecido bastante secundarios según el evangelio y según las necesidades actuales de la humanidad que, a mi juicio van por otro lado.

Como puse de relieve en mi postal de hace dos días tanto en RD como en FB, estoy ofreciendo en Ibicla Org de Chicago (Home - Instituto Bíblico Claretiano de las Américas (IBICLA) un curso sobre el evangelio de Mateo que, a mi juicio, fue escrito por un “consistorio” de judeocristianos de Antioquia (actual Turquía) hacia el año 85 d.C. sobre los temas principales del nuevo cristianos, que son los mismos de este tiempo (2026 d.C.). Pues bien, los tres temas o “mandamientos” eran y son tres: No jurar, no juzgar, no odiar, como podrá ver quien siga leyendo.

MANDAMIENTOS DE MATEO (Cf. X. Pikaza, Evangelio de Mateo, Verbo Divino 1917 y  Compañeros y amigos de Jesús, Sal Terrae, Santander 2023X

1. PRIMER MANDAMIENTO: NO JURAR  

 «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No perjurarás, sino que cumplirás ante el Señor (apodṓseis, ‘le devolverás’) tus juramentos”. Yo, en cambio, os digo: no juréis en modo alguno» (Mt 5,33s; cf. Lv 19,12).

           Esta prohibición va en contra de un rasgo importante de la ley judía y, en general, de todas las religiones, que no solamente se atreven a jurar, sino que mandan hacerlo, poniendo a Dios como testigo superior en discusiones y disputas humanas.La Escritura israelita condena los juramentos (promesas y/o votos) en los que se toma el nombre de Dios en vano o con mentira (cf. Ex 20,7; Dt 5,11), pero permite y quiere que ratifiquemos con juramentos ciertas promesas o palabras, pidiendo a Dios que fundamente y avale nuestras pretendidas verdades (cf. Nm 30,3; Dt 23,22-24) y poniéndolo así a nuestro servicio.

           En contraste con eso, por respeto a la sacralidad divina y por elevación de la verdad humana, Jesús pide a sus oyentes que no juren ante/por Dios. No quiere que juremos, porque a Dios, verdad de amor, no se le puede manejar con juramentos y, sobre todo, porque la verdad ya tiene valor en sí misma, sin necesidad de fundarla en un tipo de superestructura sagrada.Dios está presente en la verdad de los hombres, en lo que son y lo que dicen, en sus relaciones humanas, sin tener que apelar a una sacralidad diferente de la vida.

           Por eso, él no necesita juramentos (ni misterios religiosos especiales) para actuar como divino, yl os hombres no necesitan superestructuras sagradas para ser plenamente humanos (plenamente divinos), ni ceremonias especiales para ser religiosos, ni castigos de Dios para decir la verdad, sino que han de decirla por sí mismos, desde su propia honestidad humana, de modo que su palabra sea sí, sí o no, no (cf. Mt 5,37; Sant 5,12), sin apelar a un posible castigo o sanción en caso de no cumplir lo jurado o prometido. Dios es principio de verdad y transparencia, no solo en un plano interior (cada uno en sí mismo) sino también en la comunicación de unos hombres con otros, pues somos portadores de su Palabra, que ha de expresarse en nuestra misma palabra humana[1].

           La novedad de la Iglesia de Jesús es su visión de Dios como verdad simple y directa: un Dios sin diablo; un Dios que es solo bien-bien, verdad-verdad (no bien-mal, verdad-mentira, como en un tipo de apocalíptica); un Dios que parece oculto, estando siempre manifiesto; un Dios a quien todos pueden invocar y acoger como Abba, Padre, fundamento y esencia originaria de su vida; un Dios a quien no tenemos que convencer ni atraer con juramentos o gestos sagrados especiales.

           En este Dios piensa Jesús cuando dice «No juréis»: no apeléis a Dios para declarar o imponer vuestra razón o autoridad. No juréis a Dios, ni juréis en nombre de Dios ante/por otros. No exijáis juramento especial, ni más palabra que la palabra normal de la vida. Por eso quiso Jesús que dijéramos solo «sí-sí, no-no», porque ese es su lenguaje, en contra de un estilo de religión de juramentos, de superestructuras sacrales, que aparecen con cierta frecuencia en un tipo de tradición social y religiosa donde la palabra humana, como tal, no basta, sino que ha de ser ratificada por otra que se supone más alta y divina.

           En contra de una supra-religión centrada en gestos secundarios (palabras, ceremonias, personas, edificios, cultos particulares), la religión de Jesús es la misma vida humana, en comunión de gratuidad, como experiencia divina. La religión/Iglesia de Jesús no se añade a la vida, sino que es la misma vida humana, en comunicación de verdad, en amor mutuo. Por eso dice, en contra de aquellos que apelan a superestructuras divinas, pretendiendo una seguridad más alta, de tipo judicial:«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No perjurarás […]”. Yo, en cambio, os digo: no juréis en modo alguno». Esta es una palabra (actitud) que un tipo de religión establecida, no contenta con la encarnación de Dios en la palabra-vida humana, tiende a olvidar, como supone el catecismo actual de la iglesia católica:

«Jesús expuso el segundo mandamiento en el sermón de la montaña: “Habéis oído que se dijo a los antepasados:‘ No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos’. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno […]. Sea vuestro lenguaje ‘sí, sí’, ‘no, no’, que lo que pasa de aquí viene del maligno” (Mt 5,33s.37; cf. Sant 5,12). […] Siguiendo a san Pablo (cf. 2 Cor 1,23; Gal 1,20), la tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando este se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal)» (Catecismo de la Iglesia Católica 1992, 2153-2154).

           Estas palabras recogen una tradición de Iglesia que ha jurado y exigido que se jure (en una línea de Antiguo Testamento), apelando a 2 Cor 1,23 de una forma discutible. Es mejor volver a Jesús, que decía a sus amigos que no jurasen, que no apelasen a Dios para defender su pretendida verdad, pues la palabra del hombre ha de ser expresión de la de Dios (cf. Jn 1,14), sin añadidos sacrales. En contra del Evangelio, los cristianos han tenido que jurar con cierta frecuencia al asumir cargos de responsabilidad o comprometerse desde el Evangelio, como si el bautismo/eucaristía no bastara, como si Jesús no hubiera vinculado juramento y diablo (=«el que tienta», «el que desconfía»): «Pero yo os digo: no juréis en modo alguno. Sea vuestro lenguaje “sí, sí”, “no, no”, que lo que pasa de aquí viene del maligno (ponērós)»(cf. Mt 5,33-37). Al final de su oración (Padre nuestro), Jesús dice:«No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del maligno (ponērós)» (=del juramento: cf. Mt 6,13)[2].

           El maligno, tentador (diablo), se identifica aquí con la sospecha, es decir, con la falta de confianza. «Diablo» es aquel que duda de los otros, pensando que engañan, obligándolos a jurar bajo castigo («¡Que Dios me condene si…!»). El Dios de la Escritura, desde Ex 34 hasta el Evangelio, es Dios de alianza, misericordia y verdad, que confía en los hombres, dialogando con ellos. Lo que va más allá del sí o no va en la línea del diablo-tentador: es expresión de sospecha, de falta de confianza en Dios y en los otros. Donde se necesita juramento no hay Iglesia.

           Entendido así, el juramento es un medio de «control» sociorreligioso que resulta anticristiano. La religión de Jesús no necesita más sacralidad que la verdad de la vida y la palabra humana. Invocar a Dios como testigo de una verdad de la que sospechamos que sea mentira (obligando a otros a que juren diciendo que dicen la verdad) o hacer que alguien apele al castigo de Dios para ratificar su verdad es religión de la mala. Quien obliga a jurar a los otros está sospechando de ellos, tiene miedo de que mientan. El que jura en esas circunstancias tiene miedo del castigo de Dios si no cumple lo jurado. Por eso, cuando Jesús añade «Pero yo os digo: no juréis», está condenando, al menos implícitamente, todo juramento como acto diabólico. Estas palabras de Jesús nos sitúan ante dos planos o niveles:

(a) La ley, tomada en un plano judicial, permite –e incluso manda– jurar en algunos casos. El juramento así entendido, en un plano legal, puede ser «bueno» en cierta manera (siempre en verdad, evitando el perjurio). Pero ese juramento, con castigo en caso de no cumplirlo, no responde al Evangelio de Jesús, sino que forma parte de una religión judicial; no es expresión de gratuidad de amor, sino imposición que apela al miedo y que deja al hombre en manos del «juicio» (del talión), como seguiré indicando.

(b) Por encima de la ley, el Evangelio supera (rechaza como diabólico, obra del ponērós) todo juramento, diciendo que lo que va más allá del simple y transparente «sí o no» viene del diablo (ponērós): es satánico. Según eso, aquellos que imponen juramentos a otros se aprovechan de Dios, así como del miedo al juicio y al castigo (del diablo), para tener sometidos a los hombres, convirtiendo el Evangelio (buena nueva de Dios, fuente de amor) en mala nueva del maligno.

           El juramento convierte la religión en ley, la gracia en imposición y miedo. Una religión (sociedad, Iglesia) de juramentos es una agrupación «de miedos», de violencias verbales, de amenazas y sospechas mutuas. En esa línea, llegando al principio del mensaje de Jesús y de su revelación de Dios como «plena gracia», no se puede hablar de juramentos buenos y malos, pues, en principio, todos son «insuficientes», ya que van en contra de la gracia y la libertad de Dios, que no quiere juramentos o imposiciones, pues toda imposición es en el fondo diabólica. Ni Jesús ni Pablo quisieron apoyar su Evangelio en juramentos, aunque parecieran buenos. Ni uno ni otro quieren que manejemos a Dios, sino que lo amemos de un modo gratuito y que seamos verdad (que digamos la verdad por sí misma), sin apelar a fórmulas especiales de sometimiento a Dios o a un tipo de autoridades establecidas en su nombre[3].

           Esta palabra, «No juréis», es de las más fiables y fuertes de Jesús, revelación fundante de Dios, que solo puede formularse superando un tipo de interpretación «judicial» de la ley. Al oponerse de esa forma a todo juramento, Jesús quiere expresar la novedad del Dios que es gracia, perdón y amor a la vida, desde los expulsados y condenados de la tierra, en la línea de Ex 34,5-8. Al decir a sus amigos, especialmente a los marginados, que no juren (que no utilicen un lenguaje imprecatorio), que no amenacen a otros ni se amenacen a sí mismos apelando a castigos en el caso de no decir verdad o no cumplir una palabra, Jesús les está pidiendo que no se dejen vencer por imposiciones, que no se dejen someter ni sometan a los otros a una superestructura judicial, violenta, de dominación, al servicio de intereses y pactos de poder, pues la verdad y la vida (la alianza verdadera de los hombres y mujeres) es la misma palabra que los define y vincula en comunión, sin necesidad de imposiciones superiores (es decir, inferiores).

           Jesús dice a los pobres y oprimidos que «no juren», que no se sometan a un Dios que los limite, que vivan en Dios-libertad, porque Dios es principio de amor en comunión entre todos. El ser humano se define así ante Dios como aquel que puede acoger, dar y compartir la palabra. Eso significa que no hay Dios más allá de la palabra, ni hay tampoco en la Iglesia nada más allá de la palabra, pues en el principio era/es la Palabra, y la Palabra/Dios se ha encarnado en la vida de los hombres (cf. Jn 1,14). Por eso, cuando una pretendida Iglesia no se funda y define en sí como palabra compartida, cuando apela a juramentos vinculados a castigos («Así me haga Dios, así me haga la Iglesia si no cumplo…»), está dejando de ser la Iglesia del Dios de Jesús.

 SEGUNDO MANDAMIENTO. NO JUZGUÉIS: MÁS ALLÁ DE LA LEY

Una Iglesia anterior, que culminaba en Juan el Bautista, y cierta Iglesia posterior, que apela al poder/juicio de Dios para imponer su poder sobre el mundo, han insistido en un Dios que juzga, e incluso lo hace con «ira» (orgḗ: cf. Mt 3,7). Jesús se ha opuesto a esa visión, pidiendo a las personas que no juzguen, que no caigan en una dinámica de lucha que termina destruyendo la comunicación y la vida humana (cf. Lc 6,37s; Mt 7,1-5). Normalmente pensamos que la convivencia es imposible sin leyes y sanciones. Por eso apelamos al juicio, el último de los poderes, tras el legislativo y el ejecutivo. Pero Jesús dice: «No juzguéis».

- Esta palabra no traza objetivos ni casos concretos de superación del juicio, sino que promulga un principio superior de vida y comunión, entendido en forma universal. Parte de la Iglesia posterior no ha tomado en sentido radical este principio, multiplicando juicios y condenas para mantener su verdad.

- Esta palabra (con la anterior, «No juréis») nos lleva más allá de las divisiones y juicios eclesiales, en una línea que ha sido retomada en otro nivel por la cábala judía, que llama a Dios «En sof», aquel a quien no puede definirse (los sefirots son «predicamentos» o juicios humanos, no llegan a la entraña de Dios). Solo un hombre como Jesús, con clara conciencia del Reino, asumiendo y desbordando la herencia israelita, en clave de gracia y no de ley, ha podido formular esta palabra, como norma básica de vida de los hombres en Dios.

2.2.1. No juzguéis y no seréis juzgados Mt 7,1s; Lc 6,37s;

La comunión de Jesús se destruye allí donde unos juzgan a otros, o donde la estructura de conjunto juzga y somete a todos. El juicio pertenece al orden racional de una vida que se construye y define a sí misma, pero Dios se sitúa en un plano de gratuidad superior, más allá de razones y juicios humanos:

«No juzguéis, para que no seáis juzgados , porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos»  (Μὴ κρίνετε, ἵνα μὴ κριθῆτε· 2ἐν ᾧ γὰρ κρίματι κρίνετε κριθήσεσθε, καὶ ἐν ᾧ μέτρῳ μετρεῖτε μετρηθήσεται ὑμῖνMt 7,1s).«No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis …(Lc 6,37s).

 

            

           La palabra base de Mt 7,1 y Lc 6,37a («No juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados») es una sentencia apodíctica o axioma, que define a Dios y modela el sentido de la Iglesia como experiencia de gratuidad originaria. No es sentencia de ley sino supra-ley, voz que nos llega de Dios, viniendo, al mismo tiempo, de la profundidad del ser humano arraigado en Dios. Tres son, a mi entender, sus notas principales[4]:

-Esta es una afirmación universal y ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo. Más allá de la ley, allí donde se descubre inmerso en Dios-Gracia, el hombre puede actuar igual que Dios, sin exigir ni pedir nada, sin juzgar por nada.

- Esta palabra retoma el primer mandato: «No comerás…»; no te apoderes para ti de nada, tu vida es don y gracia (cf. Gn 2,17). El precepto dice que no podemos fundar nuestra vida en algo que tengamos o que hagamos. Hemos brotado y somos en un Dios que nos ha dado la vida como gracia y en ella nos mantiene, de forma que podamos vivir de un modo gratuito, unos para otros[5].

- Ella define el riesgo vital, diciéndonos que si juzgamos, caemos en manos de nuestro propio juicio, no del de Dios: «No juzguéis para que no seáis juzgados». El juicio no viene de Dios sino de nosotros mismo. Por eso es esencial la segunda parte del dicho de Jesús: «No seréis juzgados». Dios no es garantía humana de buen juicio (contra lo que afirma Kant en su Crítica de la razón práctica) sino superación divina de todo juicio. Donde hay amor de Dios no hay juicio, no por indiferencia (un Dios que se desentienda) sino por gratuidad más alta.

           Esta palabra («No juzguéis») no puede probarse (si se probara, debería integrarse en un sistema legal expresado en forma de talión), sino que deriva de la experiencia original del Dios creador, que es «gracia universal de Vida». No puede probarse ni postularse, pero puede y debe razonarse a posteriori, como suponen Lc 6,38b y Mt 7,2: con el juicio con que juzguéis seréis juzgados.

           La fe en el Dios creador nos sitúa ante el misterio de su gracia, más allá de todo juicio y castigo. Según eso, el juicio no forma parte originaria de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos en forma de talión. Solo superando la trama de acción y sanción, impulso y respuesta, bien y mal, descubriendo nuestra vida como puro don, en inmersión de amor, podemos hablar de Dios y contemplar (descubrir/desplegar) la vida como gracia, por encima de todo juicio que pueda separarnos del amor de Dios.

           Dios no es bien y mal, gracia y condena, juicio, sino solo bien, pura gracia. El juicio lo creamos nosotros y lo aplicamos a Dios, atreviéndonos a decir que forma parte de su esencia, para defender aquello que hacemos, en contra de Dios, que no es talión de bien/mal sino puro bien que crea; no da (se da) para recibir (obtener ganancias) sino por gratuidad amorosa, para que seamos nosotros[6].

           El juicio cerrado en sí mismo se expresa en forma de lucha mutua y culmina en la muerte (condena) de los perdedores, según la ley del talión. Solo quien supera el nivel del juicio puede vivir en Dios, siendo Dios por gracia (viviendo para siempre). Esta revelación («No juzguéis») no forma parte de la ley sino de la creatividad originaria de Dios, de forma que no podemos decir «No juzguéis porque el juicio es de Dios» (cf. 1 Cor 4,5; Rom 2,16) sino «No juzguéis porque Dios no juzga». Solo porque Dios no juzga (hace llover sobre justos y pecadores, cf. Mt 5,45) también nosotros podemos y debemos superar el juicio, viviendo así en su gracia[7].

- La capacidad de juicio es un elemento esencial del hombre, que piensa, mide y organiza la vida por conocimiento (sabiduría) y trabajo, superando así el nivel de los animales, que no piensan ni juzgan, sino que son por instinto. Juzgar es discernir, planificar y organizar la vida, en un nivel de medios y de fines, dentro de una historia regida por la ley del talión.

- Pero el hombre que cierra su vida en un nivel de juicio pierde su identidad, como saben Gn 2-3 y Mt 7,1-5 y paralelos, porque el ser humano está hecho (se hace) para trascenderse en el Dios creador de vida, que le ofrece un lugar y un camino en su vida divina (véase el discurso de Pablo en Atenas en Hch 17,22-31). No es que el Evangelio condene la razón y el juicio moral, pretendiendo que volvamos a una especie de parque o paraíso de animales sin libertad de elección ni riesgo de muerte. En un determinado plano, la elección resulta imprescindible, el riesgo es bueno y el juicio se hace necesario. Pero el hombre solo surge y solo llega a su verdad cuando supera ese nivel de dualidad y vive (se abre, se deja abrir por Dios) en un nivel de gracia[8].

           La palabra sobre el no juzgar no ha de entenderse de forma regresiva, como retorno a una inconsciencia prehumana, ni como indiferencia o abandono en manos del struggle for life, de una evolución biológica expresada como lucha por la vida. La llamada a no juzgar tampoco es un signo de evasión, como un no saber o no enterarse, dejando así que sean y triunfen los otros, los más aprovechados, sino al contrario. Lo que Jesús pide y ofrece es un supra-juicio: más allá de aquello que miden y calculan, superando el equilibrio de las cosas que programan y realizan en el nivel de la imposición, los hombres solo descubren y alcanzan su verdad por gracia.

           Eso significa que, en un plano, debemos juzgar para ser personas. Pero si nos quedamos solo en ese plano, si comparamos, discernimos y programamos dentro de un camino racional, de lucha entre unos y otros, acabamos destruyéndonos. Allí donde nos cerramos, haciendo del juicio la única verdad de nuestra vida, terminamos condenados bajo el triunfo del más fuerte o bajo el peso del sistema que se impone sobre todos. Por eso postulamos y buscamos un nivel más alto de no-juicio como gracia.

No juzgar significa contemplar en amor, porque así me ha creado y me contempla Dios: en su amor he nacido, en su Vida vivo. Estoy en sus manos y le agradezco la existencia en gratuidad y comunión de vida. En esa línea, la superación del juicio solo puede vivirse en un plano de contemplación gratuita, en línea de eternidad, es decir, de resurrección de vida como gracia.

- Superar el juicio implica conocer de un modo más intenso. Tomo distancia, no dejo que las cosas me agobien, y por eso puedo verlas transparentes, en un plano más alto, de intuición vital, de agradecimiento. Pase lo que pase, actúe como actúe, estoy salvado, porque en él existo y él me salva (es mi salvación, mi dimensión eterna). De esa forma, sin la angustia del hacer para ganar mi vida, puedo conocerla y conocerme en su verdad más honda.

         

  TERCER MANDAMIENTO: NO ODIAR (AMAR AL ENEMIGO (MT 5, 38-48)

Del primer mandamiento, amar a Dios (que he formulado de manera negativa: nojurar-no juzgar) paso al segundo, que es complemento y revelación del primero: amar al prójimo (cf. Mc 12,28-34 y paralelos, Lev 19, 18). Algunos protestantes «ortodoxos», como Joachim Jeremias[9], decían que este mandato no puede humanamente cumplirse, pero que debemos mantenerlo en la raíz del Evangelio, para recordar que somos pecadores (y que así, como a pecadores, nos perdona Dios). Otros, como Albert Schweitzer, pensaban que forma parte de una ética final («del ínterin»), cuando no hay ya tiempo de juzgar, pues el tiempo se acaba.

- Algunos judíos, conforme a la visión clásica de Joseph Klausner[10], afirman que estos mandamientos (no juzgar, amar al enemigo) son antinaturales: se pueden afirmar como utopía pero no cumplirsede hecho, pues la justicia social exige que nos opongamos a los malos/males incluso con violencia, conforme a los principios de la guerra justa.

- Otros, en cambio, defienden –y defendemos– la validez y la urgencia personal y social (eclesial) de estos mandatos, sabiendo que nos sitúan ante la gracia de recrear el Evangelio, no para resistir al mal con otros males (en contra de Jesús) sino para dar testimonio del amor fundante de Dios.

Sobre la ley («Ojo por ojo y diente por diente», cf. Mt 5,38) se eleva una revelación de amor, expresada en un principio general («No resistáis al mal/malo»: cf. Mt 5,39a) y tres aplicaciones (cf. Mt 5,39b-41): poner la otra mejilla, dar también la capa al que toma tu túnica y llevar dos millas la carga de un soldado que te exige una, a lo que se añade dar al que te pide lo que necesita (cf. Mt 5,42).

«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo os digo: no resistáis al mal, sino que a quien te golpee en la mejilla derecha, ponle también la otra; y al que quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien que te haga llevar la carga una milla, llévasela dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues» (Mt 5,38-42).

43Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. 44Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, 45para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. 46Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? (Mt 5, 43-48

           La ley regula el orden social, utilizando una violencia justa en contra de la injusta. Más que ordinatio rationis (ordenamiento de razón) es ordinatio potentiae, regulación del poder. Ciertamente la ley introduce un orden, pero lo hace por la fuerza, conforme a un talión («ojo por ojo») que impone su control con violencia, a fin de que el mal no pueda propagarse de manera incontrolada. La primera obligación de la ley es oponerse al malo (injusto), a fin de que los justos puedan vivir seguros, defendidos por una cerca o valla de seguridad.

           Pero Jesús ha derribado esa valla (cf. Ef 2,14-16), abriendo un espacio de vida por encima de las leyes político-judiciales violentas, renunciando al talión como principio de resistencia violenta. En un plano legal, renunciar al juicio es dejar que la sociedad se destruya, pues sin talión no puede haber justicia legal. Pero Jesús quiere que superemos la ley no para negar la justicia sino para superar un tipo de justicia legal violenta (es decir, de talión).

- El alión es unívoco y claro, como es propio de una ley: sabe distinguir entre inocentes y culpables; tiene lógica y la emplea, a fin de conseguir un equilibrio de violencia sobre el mundo. En ese sentido, no quiere cambiar el orden básico de la humanidad sino mantener por ley lo que existe, pues solo Dios podrá cambiarlo cuando él quiera. La ley no transforma a las personas, sino que regula su conducta, manteniendo de esa forma el orden del conjunto.

- En contraste con eso, Jesús abre para sus seguidores (su Iglesia) un camino de gratuidad por encima de la ley (no en contra de ella) en este mismo mundo. Las cosas de este mundo solo pueden resolverse y mantenerse, en su nivel, empleando la violencia, pero él ha querido situarse –y situarnos– en un plano más alto de no violencia (como testigos de la no violencia activa de Dios sobre la tierra).

           Al plantear de esta manera su camino y mensaje, renunciando al juicio, Jesús esconsciente del riesgo de muerte en que se sitúa, pues la primera obligación de la ley es proteger a unos hombres de la violencia de otros. En el nivel de la ley, el talión es necesario para distinguir entre inocentes y culpables, conforme a un derecho «natural» (romano) centrado en un tipo «civilizado» (bien organizado) de talión («Ojo por ojo y diente por diente»)[11]. Pero, en contra de eso, Jesús afirma que un mal no puede superarse con otro equivalente (aunque se suponga justo), pues esa equivalencia entre delito y castigo, acción y reacción, nos sigue manteniendo en un plano de violencia, dominados por el Malo, en contra del Padrenuestro (cf. Mt 6,13).  

- «A quien te golpee en la mejilla derecha, ponle también la otra» (Mt 5,39). Este es el ejemplo que más ha impactado a la tradición posterior, y proviene con toda seguridad de Jesús, que se opone de esa forma a toda solución armada (violenta) del conflicto social.  

-«Al que quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto» (Mt 5,40). En este contexto, aquel que quiere quitarme la túnica no es un simple ladrón sino un cumplidor de la justicia, que acude para ello al tribunal.   Conforme a este pasaje, si se asume el principio de la gratuidad, el creyente en Jesús debe superar la «razón» judicial (la justicia legal), colocándose en un plano más alto de perdón

- «A quien te haga llevar la carga una milla, llévasela dos» (Mt 5,41). Los soldados del ejército de ocupación podían exigir a los civiles que les llevaran sus enseres a lo largo de un tramo (una milla). Esa exigencia suscitaba la protesta y rechazo de muchos, que se alzaban contra los soldados. Pues bien, subiendo de nivel, en una línea de gratuidad y no-violencia activa, el texto pide que ayudemos a los mismos soldados (¡invasores!), de una forma que resulta al menos paradójica.   


[1] Sobre el trasfondo «religioso» de los votos, véase el salmo 16 (X. Pikaza,Enséñanos a orar. El libro de los Salmos. Lectura cristiana, Verbo Divino, Estella 2023).

[2]Este fue un tema discutido entre grupos de Iglesia, como muestran las matizaciones que hace Mateo (cf. Mt 23,16-22). Ellas atestiguan la dificultad que ha tenido esta palabra de Jesús para ser aceptada (y con condiciones) en el conjunto de la Iglesia, como muestra también el número arriba citado del Catecismo de la Iglesia Católica.

[3]Al pedir a sus ministros que proclamen ante ella un juramento de fidelidad, un tipo de Iglesia muestra que ha desconfiado de ellos, en contraste con Jesús. No se trata de distinguir razones por las que se puede jurar o no jurar, como quiere la glosa circunstancial y miedosa de Mt 23,16-22 (contra Mt 5,33-37 y Sant 5,12). Para Mateo y Santiago resulta necesario retomar y reforzar la experiencia originaria de Jesús, que ha liberado a sus oyentes (pobres, enfermos, oprimidos…) del miedo religioso que se expresa en un tipo de juramentos y votos, que ponen a los hombres en manos de un Dios de imposición (cf.X. Pikaza, Evangelio de Mateo. De Jesús a la Iglesia, Verbo Divino, Estella 2017, ad locum). Como he dicho, el problemano es jurar bien o mal, sino simplemente «jurar». Sobre el tema de fondo, cf. J. P. Meier, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, vol. IV, Verbo Divino, Estella 2010, 203-252).

[4]Cf. H. Merklein, Gottesherrschaft als Handlungsprinzip. Untersuchung zur Ethik Jesu, Echter, Würzburg 1981, 242; S. Schulz,Q. Die Spruchquelle der Evangelisten, Teologischer Verlag, Zürich 1972,146-149.

[5]H. L. Strack - P. Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch, vol. I, Beck, München 1974, 441 no han encontrado paralelos judíos de esta prohibición de juzgar. Pero H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 255-262 ha mostrado que se funda en el judaísmo y culmina en Jesús. Cf. V. Jankélévitch, El perdón, Seix-Barral, Barcelona 1999.

[6]La proyección judicial es consecuencia del egoísmo de los seres humanos, que dan para recibir, que piensan que son por imponerse sobre otros.

[7]No podemos juzgar a Dios, pues juzgarlo implica colocarme en su lugar, pero no en línea de gracia (él no juzga) sino de envidia y deseo de dominio. Pero ese «no juicio» ante Dios no implica sumisión pasiva ante el poder divino, sino todo lo contrario: comunión creadora con él, de forma que nuestra vida sea don y regalo de vida para los demás. Al decir que no (nos) juzguemos, Jesús nos invita a superar dos actitudes que suelen ir unidas: la soberbia del que quiere con-vertirse en dueño absoluto, juzgando a todos los otros, y la autonegación del que se piensa despreciable y así se autocondena.

[8]Muchos afirman, en un cierto nivel, que todo es gracia, pero luego, de hecho, siguen juzgándose a sí mismos como si estuvieran condenados a merecer su salvación. Esta actitud es consecuencia de un orgullo larvado: el que se condena a sí mismo es porque piensa que tendría que «salvarse a sí mismo».

[9]Cf. J. Jeremias, Palabras de Jesús. El sermón de la montaña. El Padre nuestro, Fax, Madrid 1968.

[10] Cf. J. Klausner, Jesús de Nazaret. Su vida, su época, sus enseñanzas, Paidós, Barcelona 1989 (publicado originalmente en 1907).

[11] J. M. Ramírez, De ordine. Placita quaedam thomistica, San Esteban, Salamanca 1963, defiende en el fondo una violencia de ley previa al Evangelio. A. González, Reinado de Dios e imperio. Ensayo de teología social, Sal Terrae, Santander 2003, afirma que esa«violencia de ley» (=de Estado) es contraria al Evangelio.

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