Corregir con evangelio al evangelio: Cristo en las Bodas, Israel en la iglesia (Juan y Tomás)
Como destaqué hace dos días, el contexto del evangelio de Tomás quiso rechazar las bodas y expulsar de la iglesia a Israel.
Ese evangelio podía apelar a una de tradición venerable que provienen del mismo Jesús o de su entorno (en la línea del documento Q), apelando a la tradición de dos hermanos de Jesús: Judas-Tomás, el Mellizo, en cuyo nombre se inscribe (cf. EvTom, inscriptio y num 13), y Santiago, el Justo, por quien fueron hechos el cielo y la tierra (EvTom 12).
Esto significa que al menos una parte de la iglesia representada por esos “hermanos” de Jesús (en una línea en principio judeo-cristiana) ha desembocado en un tipo de gnosis, pasando, en nombre de Jesús, del legalismo a la interioridad mística. Algunos elementos del evangelio de Tomás están cerca del de Juan, Pero hay dos diferencias básicas: (a) Juan apela así a la carne de Jesús y puede elaborar un cristianismo de carácter histórico. Por el contrario, EvTom tiende a dejar a un lado la carne (con la muerte) de Jesús, de manera que resulta difícil elaborar desde su visión un cristianismo encarnado en la historia, asumiendo y recreando desde Cristo el compromiso y camino profético-social de Israel.
Evangelio de Juan, la Madre de Jesús respuesta “gnóstica” a la gnosis
He presentado ya algunas relaciones entre el evangelio de Juan y el de Tomás, quehan debido surgir en contextos semejantes o, al menos, vinculados. Tomás aparece en el relato pascual de Jn 20, 24-31 como primera conclusión del evangelio de Juan, que culminaría con la “conversión de Tomas”, como signo de la integración de la iglesia de Tomás en la Gran Iglesia de los Doce.
Pero, en un momento posterior esta “reconciliación” o integración de Tomas en la iglesia de los Doce, con la aceptación salvadora de la encarnación y muerte de Jesús (con sus llagas pascuales), no parece suficiente, de manera que el evangelio de Juan que introducir un capítulo nuevo (Jn 21) en el que expresamente introduce a Tomas como de los siete fundadores de la gran pesca universal de la iglesia (Jn 21), vinculándole expresamente con Natanael de caná de Galilea, signo de del evangelio de las bodas. A partir de aquí, en este contexto, se entienden las dos “correcciones marianas” del evangelio de Juan que son, a mi juicio, una crítica y superación de dos grandes riesgo de la gnosis que están el fondo del evangelio de Tomas:
- Uno es el riesgo de las bodas (Mt, 2, 1-13). La gnosis tiende superar y criticar las bodas, por lo que tienen de AT, es decir, carne y sexo, de maternidad y de ley. Son bodas imperfectas, de un tipo de religión “de tropa”, de purificaciones de ley, para “gente imperfecta”. En contra de eso, con su inmensa elegancia, conforme a ese evangelio de Juan, la madre de Jesús (que es mujer, que el AT) dice a Jesús que “no tienen vino” y, en vez de prohibir las bodas, las purifica y transforma desde dentro, con pureza, libertad y amor de vino.
-El segundo es el riesgo de condenar a la mujer-madre que es el AT, que es la madre de Jesus, a la que ni siquiera se le llama….. Jesús dice a su madre (que es Israel que es el AT) que el Discípulo Amado (la iglesia de su amor es su hijo…). Y dice al discípulo amado (Iglesia) que su madre (que es el AT, que es Israel) es madre de la iglesia. Y desde aquel día el discípulo la “recibió entre sus bienes, en su casa” (ἔλαβεν ὁ μαθητὴς αὐτὴν εἰς τὰ ἴδια, Jn 19, 27
El evangelio de Juan tiene elementos gnósticos, pero, en su última redacción ha sido concebido como una respuesta “ortodoxa a la gnosis, una respuesta aceptada por la gran iglesia. En esa línea son fundamentales estos dos textos que me atrevo a llamar “marianos” o, quizá mejor, , sobre la madre de Jesús, colocados estratégicamente al principio y final del evangelio.
El primer texto (Jn 2, 1-1) asume la teología de las Bodas, vinculada al Antiguo Testamento (Israel) simbolizadas por la madre de Jesús, pero transformadas por el mismo Jesús, como bodas de vino del reino de Dios, de carne hecha Reino de Dios.
El segundo texto (Jn 19, 25-27) asume (integra) dese la Cruz de Jesús a la Madre-mujer Israel y al Discípulo Amada, que es la iglesia, reinterpretando así la conversión de Tomás (Jn 20, 24-29)… El mismo Jesús de la cruz unifica en amor a la Mujer-Madre (AT, Israel) y al discípulo amado, ratificando la transformación de las bodas de Jn 2, 1-11, como indicaré en lo que sigue .
Evangelio de bodas (Jn 2, 1-11). La madre de Jesús estaba allí (Jn 2, 1-12)
El evangelio de Juan incluye dos textos marianos básicos, de gran importancia en la historia cristiana. En ambos interviene de una forma decisiva la madre de Jesús, no sólo como persona individual, sino como signo del judaísmo o, quizá más en concreto del judeocristismo, en un momento en que la iglesia del discípulo amado se estaba configurando a sí misma en relación con el judeo-cristianismo y con la gran iglesia de Pedro[1].
Las bodas siguen siendo campo de disputa en la iglesia: (a) Si son sólo de hombre-mujer, o de dos seres humanos, varones o mujeres. (b) Si hay sólo bodas o también divorcio. (a) ¿Qué significa invitar a Jesús, es decir, que se hagan bodas por amor de Jesús, en oración, en un tiempo éste, año 2025, cuando muchos viven en pareja sin casarse por la iglesia.
El tema es serio y así lo ha sentido el cuarto evangelio. Por eso, tras hablar de Juan Bautista (Jn 1), es decir, de los temas penitenciales y del agua del bautismo pasa a las bodas, un tema importante para este tiempo en que la gente sigue viviendo en pareja, pero quizá sin boda de Iglesia, esto es, sin invitar a Jesús. ¿Qué sentido tiene invitarle o no invitarle Jesús para las bodas? ¿Qué sentido tiene la oración de bodas.
Aquí no puedo responder a esas preguntas, sino comentar el texto de Jn 2, 1-12, evocando la oración de bodas, con la madre de Jesús presente como iniciadora y la transformación del agua de la Ley en vino del Reino, pasando así de las purificaciones legales a la experiencia Mesiánica del Reino, con la Humanidad como Novia del Cordero (cf. Ap 20‒21).
1A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. 3Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». 4Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». 5Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».
6Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. 7Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. 8Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron.
9El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo 10y le dice: Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora (Jn 2, 1-10).
No tienen vino
Había una boda en Caná de Galilea y la Madre de Jesús se hallaba allí (Jn 2,1). Esta anotación causa cierta sorpresa. Podía parecer en el principio que, según el evangelio de Juan Jesús carecía de padres de la tierra, pues había provenido como Palabra de Dios (Jn 1, 1-18). Después se nos ha dicho casi de pasada que era el hijo de José de Nazaret, en afirmación cuyo sentido no quedaba claro (1, 45; cf. 6, 42). Pero el texto añade: La madre de Jesús estaba allí.
La Madre es importante, se la conoce por su título (cf. Jn 19, 25-27). Ella pertenece al espacio y tiempo de las bodas. No era necesario invitarla: ¡Estaba allí! Las bodas eran para ella un espacio normal (natural), forman parte de su preocupación y de su historia. No está fuera, como invitada, en actitud pasiva; está muy dentro, actuando como supervisora, atenta a lo que pasa y diciendo a Jesús: “No tienen vino·.
Jesús, en cambio, empieza siendo un invitado, viene de fuera, no pertenece al espacio de bodas antiguas: Él y sus discípulos son de un mundo aparte, están como de paso. Lógicamente, no se preocupan de los temas de organización, al menos en un primer momento. Esta es la paradoja de la escena: Jesús viene como por casualidad, per luego actúa como guía y autor (proveedor) de vino de bodas.
Y faltando vino le dijo la madre de Jesús: ¡No tienen vino! (2,3). Situemos los rasgos de esta frase. Lo primero es la carencia: ¡faltando el vino! Todas las explicaciones puramente historicistas de ese dato quedan cortas: los novios serían pobres, se habrían descuidado en la hora del aprovisionamiento, habrían llegado (con los discípulos de Jesús) demasiados invitados, diestros bebedores... El mensaje y conjunto de la escena es demasiado importante como para contarlo a ese nivel. El tema es que hay bodas de y que falta vino.
Esa carencia es un elemento constitutivo de la escena en aquella situación de bodas. Hombres y mujeres se casan, celebran bodas, tienen hijos… Pero la madre de Jesús sabe que falta vino, gozo de fiesta, celebración, abundancia feliz. Hombres y mujeres se casan, forman casas, se relacionan, pero no son felices, de manera que pasan por la vida sin saberlo, sin saberse (saborearse), conocerse y comunicarse de un modo radical, como ha mostrado la parte anterior de este libro al tratar de la eucaristía de Jesús y del vino de las fiestas de la vida humana
Como si supera que su hijo es especialista en vida humana (eucaristía, comunión), la madre dice a Jesús “no tienen vino”, falta vida de evangelio. Esto es lo que sabe y dice la madre. Si Jesús no hubiera esta allí, si no hubiera sido invitado, no se hubiera notado a falta: ¡Por siglos y siglos los hombres se habían arreglado sin (buen) vino! Sólo ahora, cuando llega Jesús, se nota la carencia, la ruptura entre lo antiguo (bodas sin vino) y lo nuevo (vino de Cristo).
Daba la impresión de que nadie había descubierto esa carencia. Jesús está de incógnito. Rueda normalmente la vida y, al no tener más referencia, los esposos (y todos los invitados) se contentan con poco. Sólo la madre (estando Jesús allí) nota la falta, en gesto de vidente o profetisa, en una línea que se puede comparar con la de Juan Bautista. María pertenece al mundo antiguo, de bodas sin vino, pero sabe que su hijo forma parte de un mundo distinto con vino de boda en las bodas.
En esa línea, ella se puede comparar con Juan Bautista, que había descubierto y destacado la carencia a la vera del Jordán (río de purificaciones), para decir a todos que la respuesta era Jesús: ¡Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Jn 1, 29). Avanzando en esa línea, la Madre de Jesús ha descubierto que en las bodas falta vino (2, 3). Pero ella no ha empezado diciendo eso a los hombres; se lo dice a Cristo en palabra de riquísima advertencia, oración iluminación y velada petición (queriendo que Jesús remedie la carencia).
Para decir ¡no tienen vino! ha de estar (¡y está!) en las fronteras de la vida, en el lugar donde se pasa del día sexto de la creación antigua (bodas sin vino) al séptimo de la plenitud, del día segundo de la muerte al tercero de la resurrección. Por un lado, la Madre de Jesús es mujer del mundo antiguo, de las bodas sin vino, pero ella conoce y comparte los problemas y preocupaciones de aquellos que no logran gozar el verdadero matrimonio de la vida, el lugar donde debiera desplegarse el vino de las bodas. Ella sabe lo que falta y no lo puede conceder por sí misma, pero sabe que su hijo puede y le dice “no tienen vino.
Siendo mujer del mundo antiguo, ella es, al mismo tiempo, mujer del mundo nuevo: pues sabe que hay un vino distinto de bodas y sabe quién puede concederlo y así se lo dice. La impaciencia del Reino de Dios late en su vida y tiene que expresarla, diciendo a Jesús reverente: ¡no tienen vino! Esas palabras de oración condensan todas las formas de necesidad humana (incluyendo las que vio y destacó Buda en la India unos siglos antes: Hombres y mujeres enferman, envejecen y mueren sufriendo. ¿Cómo responder? ¿Hacerse monjes, casarse por un tiempo?). Buda se hizo monje y siguió caminando hasta la higuera de Benares (junto al Ganges). Jesús ha ido a las bodas de Caná, donde está su madre, que sabe que en la sala del banquete hay seis vasijas de piedra para el agua de las purificaciones, pero que no hay vino[2].
Haced lo que él os diga (Jn 2, 5) La Madre conoce el problema, pero no puede resolverlo, no puede conceder por sí misma lo que Dios había querido conceder a los hombres, ahora que culmina el día séptimo de la creación!). Ella sabe que su hijo ha venido a traer plenitud al mundo y por eso le confía reverente ¡no tienen vino! (el vino de la Pascua del día 3º, cf. Jn 15: Yo soy la vid). Recordemos que Jesús no es novio, en contra de una perspectiva que muy pronto (cf. Ef 5) se hará común en el conjunto de la iglesia. Su Madre tampoco es esposa, es sólo iniciadora mesiánica del Cristo. Los esposos son dos desconocidos cuyo nombre no interesa recordar, dos cualquiera, todos los humanos, judíos y gentiles, que al buscarse y al casarse (para vivir) están buscando plenitud, felicidad, sobre la tierra.
Iniciadora mesiánica. Ella ha vivido, ha sufrido, conoce, Dios le ha confiado el encargo de educar al Hijo eterno en la vida de los hombres, y esa educación culmina precisamente ahora: desde su misma madurez, en el momento primero y más solemne de su iniciación, en el centro de la crisis y pecado (carencia) de la historia, tiene que enseñar y enseña al Cristo, su Hijo, aquello que los hombres necesitan (vino de bodas), algo que Jesús no pudo aprender en el templo (cf. Lc 2, 41-52).
María enseña a Jesús y parece que Jesús empieza protestando (no necesita que nadie le enseñe, ni su madre ni la mujer siro-fenicia de Mc 7), de manera que parece distanciarse de ella: ¿Qué hay entre yo y tú, mujer? ¡Aún no ha llegado mi Hora! (Jn 2, 4): ¡Qué nos importa a ti y a mí! ¿Qué tenemos en común nosotros?... Es normal que en una situación como ésta Jesús se distancie de su madre a quien llama, de forma significativa, mujer. Parece distanciarse, pero en realidad escucha, aprende y cumple lo que ella le pide:
- Se distancia de ella para marcar su propia su autonomía mesiánica: ¡El Hijo de Dios no depende de una madre de la tierra! Él tiene su propio tiempo y verdad, como aparece en el texto convergente de la sirofenicia (Mc 7, 27; cf también Mc 3, 31-35). En un determinado nivel, la madre pertenece aún al pueblo israelita y Jesús tiene que romper con ella y superarla para ser auténtico mesías.
- Jesús la llama ¡Mujer! en palabra que, aludiendo al principio de la creación (Gén 1-3), ilumina y encuadra el sentido de la escena. La madre de Jesús es la verdadera Mujer/Eva de este día séptimo de la creación pascual; por eso, ella no puede apoderarse de la voluntad de Dios, ni encauzar la vida de su Hijo, pero su Hijo tiene que es escucharse, si es Hijo del Dios que escucha las peticiones de los hombres, como he puesto de relieve en la parte anterior de este libro, al centrarme en ese tema (oraciones de petición).
La alusión queda velada y debe interpretarse (recrearse) desde el fondo de lo que sigue. Estamos, sin duda, en un momento de suspense. El lector normal no habría esperado esta respuesta de Jesús; es más, la encuentra escandalosa. Pues bien, sólo penetrando en ese escándalo (que en perspectiva teológica resulta necesario)se entiende lo que sigue.
He situado este pasaje en el trasfondo de Mc 7, 24-30 donde Jesús y la madre pagana dialogan y aprenden (van cambiando) uno del otro, en diálogo también escandaloso: Jesús rechaza primer a la mujer, para escuchar y realizar después, en un nivel más alto, lo que ella le pedía, como Dios que escucha las peticiones de los hombres.
-Parece que Jesús rechaza aquello que su madre le ha pedido, marcando su propia independencia mesiánica, distanciándose de ella con palabras que parecen marcadas de dureza: ¿Qué tenemos que ver nosotros? (2,4)
- La madre a quien Jesús llama ¡mujer! acepta su respuesta y cambia de actitud. No puede exigir nada, no argumenta ni polemiza, pero tiene a su lado a los servidores, diáconos de las bodas, y como primera de todos los ministros de la iglesia les dice: ¡Haced lo que él os diga! (2, 5).
- Por su parte, Jesús, que parecía haberse distanciado de su madre, cumple luego, de modo distinto, por su propia voluntad, que lo que ella le pedía: ¡Ofrece vino abundante y muy bueno a los invitados de bodas! Así realiza y desborda el deseo más profundo de María (2, 6-10)
De manera paradójica, desde el mutuo movimiento de gestos y palabras, debe interpretarse la escena, como descubrimiento y más honda apertura de María. Precisamente allí donde pudiera parecer que la madre quiere dominar al Hijo (¡no tienen vino!) ella viene a presentarse como servidora de ese Hijo, pidiendo a los servidores de la boda que escuchen a Jesús y cumplan su voluntad (como en el Padre-Nuestro: Hágase tu voluntad).La palabra de María (¡haced lo que él os diga!) nos sitúa dentro de la teología de la alianza, conforme a la cual los antiguos judíos se comprometían a cumplir la voluntad de Dios (¡haremos todo lo que manda el Señor!: Ex 24, 3).
Ha culminado la historia antigua, ha llegado el tiempo de la alianza nueva del vino de Jesús (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25), el tiempo de las bodas que vinculan para siempre a Dios con los hombres, y a los hombres y mujeres entre sí, en celebración y fiesta de vino. Pues bien, como ministro (diácono entre diáconos) de esa alianza está María, Madre mesiánica, ocupando el lugar que en tiempo antiguo, ante el monte Sinaí, tenía Moisés (Ex 24)..
María ha debido renunciar a la palabra directa, que podría sonar a imposición (¡no tienen vino!), para mostrar su voluntad de manera suplicante, indirecta, más profunda. Había empezado educando a Jesús (es su Madre); pero ahora debe hacerse educadora de los servidores de las bodas, pedagoga de los hombres, en la fiesta de la nueva alianza:
- Renuncia a dominar a Jesús después de haberle engendrado (siendo como es su Madre). Renuncia a imponerse y dirigirle, como si Jesús no supiera lo que debe hacer, como si ignorara que a los hombres falta el vino.
-No domina porque confía en él: escucha gustosa su respuesta (¿qué hay entre nosotros?) y en amor total acepta lo que él haga. Ha llegado la hora de Jesús, ella queda atrás, está tranquila.
- Por eso se vuelve servidora de la obra de su hijo, pidiendo a los ministros de las bodas que cumplan lo que él diga. Así viene a presentarse como el personaje primero y más valioso de aquellos que preparan las bodas mesiánicas del Cristo sobre el mundo.
Ella no es Eva caída, como serpiente que, conforme a una interpretación extendida (poco fiable) de Gen 2-3) ha tentado al primer hombre (Adán), separándole de Dios. En contra de un tipo de “eva”, pero como Eva verdadera, ella es la mujer que sabe educar a los humanos (varones y mujeres) para el descubrimiento mesiánico del Cristo, es decir, para las bodas. No teme al Cristo de las bodas, ni tiene miedo al vino (con el riesgo que puede suponer). No quiere a un Cristo de ley (con seis tinajas de aguas penitenciales), sino al Cristo de las bodas). Sabe hablar y habla con responsables de esta fiesta. Sabe organizar y organiza la tarea de los servidores, diciéndoles que pongan lo que tienen (lo que saben) para que Jesús realice su tarea mesiánica.
No es mujer silenciosa que calla en la asamblea sino al contrario: es la que tiene más voz y palabra en el banquete, preparando de esa forma a los novios de Caná (que sólo tienen agua de purificaciones) para el vino de la boda universal del Cristo. El texto nos conduce de esa forma al lugar de Lc 2, 34-35 (los siete dolores de la madre), pero Lucas resaltaba el rasgo doloroso (espada de la división israelita), Juan en cambio acentúa la transformación gozosa (el agua convertida en vino).
Oración de vida. Del agua de purificaciones al vino de la fiesta, Había seis ánforas de piedra, colocadas para las purificaciones de los judíos (2, 6). Eran necesarias y debían encontrarse llenas de agua, para que los fieles de la ley se purificaran conforme al ritual de lavatorios y abluciones. Pues bien, el tiempo de esas ánforas (¡son seis! ¡el judaísmo entero!) ha terminado cuando llega el día séptimo de las bodas con Cristo.
Los judíos continúan manteniendo el agua, el rito de purificación en que se hallaba inmerso Juan Bautista (cf Jn 1, 26). La Madre de Jesús había descubierto la necesidad de vino, superando la clausura legal (nacional) del antiguo judaísmo reflejada por el agua. Finalmente, cumpliendo la palabra de Jesús (que anuncia y anticipa el misterio de su Pascua), los ministros de las bodas ofrecen a los comensales el vino bueno de la vida convertida en fiesta.
- En este comienzo eclesial, expresado en el primero de los signos de Jesús, está presente a influye su Madre, como iniciadora paradójica y certera de su obra. Ella, la mujer auténtica, sabe aquello que los otros desconocen, como servidora de la Iglesia mesiánica que dice a los restantes servidores de las bodas: ¡haced lo que él os diga! Como mediadora de la alianza, ella pide a los servidores hombres que cumplan lo que Cristo les enseña. Ella ocupa de algún modo el lugar del Dios de la Transfiguración, cuando decía desde la nube a los seguidores de Jesús: ¡Éste es mi Hijo querido, escuchadle! (Mc 9,7 par).
-¡No tienen vino! (2, 3). Esta es una palabra central del NT y del conjunto de la Biblia. La Madre se la dice en primer lugar al Hijo, pero luego la podemos y debemos aplicar a nuestra historia. ¡No tienen libertad, están cautivos! ¡No tienen salud, están enfermos! ¡No tienen pan, están hambrientos! ¡No tienen familia, están abandonados! ¡No tienen paz, están, enfrentados!
Nosotros podemos sentirnos ajenos a esa boda judía, que no es todavía la del Cristo de Dios: ¿Qué nos importa a ti y a mí? ¡No es nuestra hora! Pero la Madre conoce a Jesús nos conoce, y sabe que nos falta vino y que sólo Jesús puede resolver nuestra carencia. Y en ese contexto se escucha la palabra de María: ¡Haced lo que él os diga! (2, 5). Esta es la hora marcada por la sabiduría de la Madre de Jesús. Se ha dicho a veces que ella nos separa del auténtico evangelio, que nos lleva a una región de devociones intimistas y evasiones. Pues bien, en contra de eso, ella nos sigue diciendo lo que dijo a Jesús y a los servidores de la historia humana: No tienen vino, haced lo que Jesús os diga. En ese contexto. La palabras de la Madre de Jesús es un manifiesto de espiritualidad cristiana en ocho momentos:
1. Un presente estéril. La iglesia/sociedad actual se encuentra en la misma situación de los novios y los invitados de la escena: No tenemos vino. Anunciamos con trompetas nuestra fiesta, pero lo ofrecemos nada. Sólo la apariencia de unas bodas, fiesta externa, incluso músicos pagados, pero nos falta vino. Y sin vino ni los novios pueden pronunciar su palabra de amor, ni los amigos compartirla y celebrarla. Para ellos ha escrito Juan evangelio.
2. Toma de conciencia, la Madre de Jesús… Lo primero es conocer la situación... Nadie se daba cuenta de ella. Los convidados hablan, quizá discuten, pero no logran comprender que su fiesta está vacía. Han preparado seis grandísimas tinajas de agua (leyes, normas para purificaciones, sólo eso: Normas, leyes, prohibiciones, purificaciones y nuevas purificaciones, con leyes nuevas… Una vuelta obsesiva a las normas de poder, simbolizadas por el agua de una liturgia vacía. Sin fiesta de vino, la boda no es boda
3. Resistencia, no ha llegado mi hora, mi vino no es tu vino. ¿Quién le dice a Jesús que falta vino? ¿Quién puede decirle ¡es tu hora!? El evangelio concede ese “oficio” a la madre de Jesús, que es el signo de las promesas del judaísmo. No es tiempo de purificaciones, tinajas de normas y normas, y ella se lo dice Jesús parece resistirse, y dejarnos con el agua de los ritos, como si nada hubiera pasado (con templos externos, rituales vacíos, aguas de prohibiciones). Es como si nos hubiera abandonado, dejándonos en manos de nuestros cenáculos vacíos, de bodas que no son bodas, de vino que no es vino… Parte de la Iglesia actual parece resistirse, diciendo que no es todavía la hora.
4. Llenad las tinajas… Jesús escuchó en otro plano a la madre y pone en movimiento mesiánico el vino. Por eso pide a los servidores que llenen hasta arriba las tinajas, rebosantes… para que el agua del antiguo rito (purificación, gloria vacía…) se convierta en vino de fiesta. Éste es oficio de todos, de los servidores de la boda y del architriclino. Sólo este paso del agua que nunca limpia del todo al vino del renacimiento a la vida se expresa la novedad de Jesús
5. Celebración. Es vino de “novios”, para celebrar la fiesta de su vida, para beber juntos de una misma copa el vino del amor que crece y crece… Es la fiesta de todos los invitados, entre ellos los discípulos, que deben transformar el mundo a base de buen vino. Cuando abunda el vino, y se aprende a beber en comunión de gozo, la vida renace (Jn 15). Este es el motivo central de la fiesta de los casados por Jesús, hombres y mujeres, invitados al banquete de bodas, sin que nadie quede excluido, sin que nadie lo acapare. Es tiempo de pasar del vino malo al buen vino de fiesta, amor generoso, e bodas de vino para todos, superando las viejas leyes y las purificaciones, para ponernos al servicio de la vida.
6. Expansión: discípulos. El evangelio dice que ellos creyeron y le acompañaron, poniéndose en marcha. Pues bien, también los nuevos ministros han de creer y convertirse en servidores de la fiesta del vino, ellos, los que ahora existen y muchos nuevos. Por eso ha de darse un cambio radical. Ciertamente, muchos ministros de las iglesias (varones y mujeres) siguen siendo portadores de vida. Pero muchos parecen cerrados en leyes de purificaciones, en normas ya antiguas a diferencia de aquello que empezó a realizar Jesús en Caná de Galilea.
7. Compromiso gozoso, siempre vino. Las tinajas de las purificaciones no son algo del pasado, forman parte del presente de una Iglesia, hecha de ritos, envidias, cansancios, normativas… que no dejan que el vino se expanda y que corra por todos los sarmientos y cepas de Iglesia y de savia de Jesús (cf. Jn 15).
8. Transformar el templo. La escena estrictamente dicha de Caná (2, 1-11) termina con un breve comentario sobre el sentido del signo (2, 11) y una indicación sobre la estancia “eclesial” de Jesús en Cafarnaúm (con madre, hermanos y discípulos: 2, 12). Luego, sin ninguna preparación, se añade que era Pascua de los Judíos y que Jesús subió a Jerusalén, para expulsar a los compradores y vendedores, en escena de dura polémica y fuerte simbolismo, referido a su muerte y resurrección (2, 13-22). Las dos narraciones (bodas de Caná y signo del templo de Jerusalén) forman un doblete: dicen lo mismo en perspectivas diferentes; ambas se completan, ofreciendo una preciosa introducción al ministerio de Jesús.
Las bodas de Caná presentan el cambio de Jesús en perspectiva positiva: cumpliendo de un modo más alto el deseo de su madre: Que sea tiempo vino para todos, tiempo de bodas La “parificación” del templo nos sitúa de nuevo ante el agua de los ritos (negocios de templo), ante la necesidad de una transformación social, religiosa, personal (orante) de todos los judíos; se trata de purificar el templo (de cambiar la forma de vida de los hombres y mujeres, su más honda vocación) para que puedan darse bodas de amor. De esa forma, el evangelio de Juan ha trazado una línea que lleva del vino de Caná al amor supremo de Jesús en la cruz donde dará su sangre como alimento de reino (comparar Jn 19, 34, con 6, 52-59) y hablará nuevamente con su madre, diciéndole, refiriéndose al discípulo amado, ése es tu hijo (19, 25-27). Al decirle a Jesús ¡no tienen vino! ella misma le ha colocado en camino de cruz[3].
Esa es tu madre, ese es tu hijo (Jn 19, 25-27)
El evangelio de Juan ha supuesto y afirmado que la madre ha sido fiel desde el principio. Sin vacilación ha recibido la palabra de Jesús y se ha puesto a su servicio, para decir a los diáconos de bodas lo que deben hacer en este mundo (Jn 2, 4-5). Luego ha seguido a Jesús hasta Cafarnaúm y finalmente ha estaco con él en el Calvario. Ha cumplido su tarea: ha sido discípula de Jesús, maestra, educadora de sus discípulos.
María en la historia de Jesús. El discípulo amado. Los hermanos o parientes de Jesús han hecho, en cambio, un camino de rechazo. Han comenzando bajando con Jesús (con su Madre y discípulos) a Cafarnaúm, tras el signo de Caná, como esperando la irrupción externa del reino de Dios (2, 12). Pero después no le han seguido cuando han visto que la fiesta de Jesús no era su fiesta, que el mensaje que ofrecía era distinto a sus deseos e intereses. No han creído en él, han querido utilizarle (Jn 7, 1-8). No le seguirán al Calvario, dejándole sólo con la madre, a la que Jesús dará allí nuevos hijos.
En el primer grupo de Jesús (con la madre y parientes) se hallaban tras el signo de bodas sus discípulos (2, 12) que han empezado creyendo (2, 11) y han hecho después un camino especial de seguimiento, lleno de luces, sombras y rupturas. Entre ellos se encuentran los Doce, encabezados por Simón Pedro, que acompañan a Jesús, pero sin entenderle, porque ¿a dónde iremos, Señor? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! (6, 68).
A pesar de esa protesta de fidelidad, el grueso de discípulos (los Doce y Pedro) no han seguido a Jesús hasta el Calvario, abandonándole al fin, ante la cruz, igual que sus parientes. Ellos reaparecen, son recuperados tras la Pascua (Jn 20-21) e inician la misión universal del resucitado, pero hay algo que no pueden ofrecer: les falta la experiencia gloriosa de la muerte de Jesús, no han estado en el Calvario. No pertenecen, por lo tanto, al corazón del evangelio, formado por aquellos que el texto ha colocado ante la Cruz: la madre, dos mujeres (María de Cleofás y María Magdalena) y el discípulo querido (compendio y verdad de los creyentes que aman a Jesús y se aman entre ellos.
Parece que este discípulo querido ha empezado a seguir en un momento tardío de su misión. No sabemos si formaba parte de los Doce, ni sabemos si estaba ya presente con Jesús desde las bodas de Caná y la purificación del templo. No le hallamos tampoco en la gran prueba de Cafarnaúm, en la multiplicación de los panes y en el sermón de Pan de vida. Algunos le han identificado con uno de los discípulos de Juan Bautista, que siguió desde el principio a Jesús (Jn 1, 19-51); otros le siguen identificando con Juan Zebedeo, otros con Lázaro (Jn 11). Pero ninguna de esas hipótesis es segura, ni siquiera probable. Lo único cierto es que aparece de pronto en la Última Cena (a partir de Jn 13, 26), vinculado a Pedro, pero muy distinto de él.
De una manera sorprendente, en el momento final de la vida de Jesús ese discípulo forma parte de su camino más hondo como las mujeres del evangelio de Marcos (Mc 15-16), con la madre de Jesús, a quien el evangelio de Marcos vincula a las mujeres de la pasión y muerte (cf. Comentario Marcos: Mc 15, 40-41.47, 16, 1-8). Cumpliendo la función de las mujeres del final de Marcos, el evangelio de Juan sitúa al final de la historia de Jesús no sólo a la madre de Jesús, sino al discípulo amado (que aparece como figura central de la última cena: Jn 13, 26) y del comienzo de la misión cristiana (Jn 21).
Ciertamente, Pedro guiará la barca de esa misión cristiana y tendrá que apacentar el rebaño de Jesús (Jn 21), asumiendo el camino y tarea de pascua, pero le falta algo esencial, pero no ha sido testigo de la muerte del mesías, no ha estado ante junto a su cruz, ni en su entierro, ni en la primera experiencia de pascua. Esa función la cumple sólo el discípulo amado con la madre y las mujeres con las que podríamos vincularle. (cf Mc 15, 40-16,8 y 16,9-20).Entre esas mujeres hay una que destaca: María Magdalena. Ella aparece en el final canónico de Marcos como discípula perfecta, fundadora de la iglesia (cf Mc 16,9-10). El evangelio de Juan ha recogido y expandido su figura, dándole un alcance e importancia primordial de misionera en el texto de la primitiva y más intensa experiencia de la pascua (Jn 20,1-18).
- María Magdalena se encontraba con Jesús junto a su Cruz, conforme a Jn 19, 25, que asume aquí la misma tradición de Mc 15, 40. Pero ella cumple sólo una tarea pasiva: se limita a estar (confesar su fe en Jesús, acompañarle en el dolor) con María de Cleofás. No se dice que haga nada; su función y su importancia dentro de la iglesia se vincula a la experiencia de pascua.
- La Madre de Jesús no necesita recibir una experiencia posterior de pascua para llegar así a la meta de la fe cristiana. Ella cree ya al principio (desde Jn 2,1-12) y completa ante la Cruz su obra al servicio de la Iglesia. Por eso la encontramos aquí, con las mujeres (María de Cleofás y Magdalena) y el discípulo querido, que culmina con ella su camino de fe (en 19, 25-27), Pues bien, a pesar de esa importancia de Magdalena y de la otras mujeres, en la escena final de la precisión testamento de Jesús junto a la cruz, al lado de la madre, formando pareja con ella, encontramos al Discípulo querido.
Madre y el discípulo querido ante la Cruz. Históricamente es segura la presencia de mujeres ante la Cruz, conforme a Mc 15-16. La madre de Jesús y su discípulo querido (hermano del alma, compañero y heredero) han estado allí tambén, al menos de manera simbólica. Más que un hecho externo, que podría acabar en pura anécdota, El evangelio de Juan ha revelado aquí un misterio: La presencia de la Madre y del Discípulo ante el Cristo del Calvario forma parte del principio de la iglesia. De ellos trataremos; del sentido y permanencia de la iglesia que ellos forman debemos ocuparnos.
- La madre viene del principio (Jn 2, 1-12): ella ha asumido como propia la tarea de Jesús allí donde faltaba el vino, para lograr que los ministros de las bodas escuchen y obedezcan al mesías. Evidentemente, el mismo servicio mesiánico le lleva hasta la Cruz; está allí, al lado de Jesús como primera iniciadora de sus bodas.
- El camino del discípulo querido es más reciente. No sabemos cuándo ni cómo se ha comprometido con Jesús; ignoramos su nombre (aunque algunos se empeñan en identificarle con Juan el Zebedeo). Se ha recostado (¿simbólicamente?) en el pecho de Jesús en el momento de la despedida, en la gran Cena (Jn 13,23), y posiblemente le ha seguido hasta la casa de juicio del Sumo Sacerdote (cf. 18,15). Ahora está aquí. Quizá no forma parte de los Doce; pero el amor a Jesús (el saberse amado por él) le ha dado autoridad y valor para seguirle hasta el Calvario, donde le encontraremos con la madre y las mujeres. Puede ser un nuevo tipo de “sacerdote judío”, pero no vinculado al templo, puede ser un pagano que ama a Jesús.
- Este amor le sitúa ante la Cruz. Más tarde, investido y recreado por ese amor, correrá con Pedro, como testigo tempranero, hasta la tumba vacía (20, 1-10). Pero él no necesita tocar a Jesús resucitado como Magdalena (20, 11-18), ni mirarle y descubrirle vivo como el resto de los discípulos y Tomás (20, 19-29). Le bastará mirar al hueco de la tumba para descubrir la vida del Señor (cf 20, 8). Este es el discípulo que puede enseñar a Pedro quien es Cristo a, patrón de la barca misionera, en la mañana de la pesca milagrosa (21, 1-14). Este es el que debe acompañar a Pedro, el frágil pastor de la Iglesia, para que no olvide que su tarea es servicio en amor y nunca imposición sobre los otros (cf. 21, 15-23). Este es en fin el discípulo que puede dar y ha dado testimonio de todas estas cosas, es decir, del Evangelio entero de la Iglesia (21, 24). Lógicamente, él tenía que hallarse despierto, cercano, en el momento del testimonio supremo de Jesús, vinculándose a su Madre, en el Calvario.
Así se van trenzando los hilos de la trama. Lo que en un primer momento podía parecer casualidad es providencia teológica y narrativa. La providencia va guiando los caminos de tal forma que en la culminación de la historia de Jesús, ante la Cruz, se encuentran para siempre la madre y el discípulo querido (el conjunto de la iglesia), para dar así sentido (salvación) a la historia cristiana. Es providencia narrativa de Juan va trenzando los hilos del relato de tal forma que emerja aquí lo inesperado: el momento en que se juntan y fecundan lo antiguo (madre) con lo nuevo (discípulo), naciendo así la Iglesia.
¿Qué hacen en Jn 19, 25-27? Pueden darse varias y ricas respuestas: Están ambos porque quieren a Jesús y no le pueden dejar solo en el momento de su trance; están porque creen en él y se atreven a rendir el testimonio de su fe cuando parece que toda fe se eclipsa. Están porque esperan en Jesús allí donde se vuelve más difícil la esperanza. La misma fe y amor al Cristo les vincula; por eso se encuentran de antemano unidos en un mismo misterio.
La tradición ha visto en la actitud y tarea de este discípulo amado, en compañía de la madre de Jesús, una especie de co-redención: Ambos estarían animando, acompañando y, en algún sentido, completando la acción del Cristo en el momento y gesto de su entrega; ellos serían el signo y compendio de una humanidad que ha recibido ya a Jesús y puede ayudarle con su gesto de amor (compasión y ofrenda) en el momento supremo del Calvario.
En este momento aparecen ellos dos, iluminados por Jesús y acompañados por algunas mujeres que evocan la promesa de la fe (no cumplida todavía), son compendio de la humanidad entera, compendio del Antiguo y Nuevo Testamento, de la vida de Israel y de la Iglesia. Por eso se puede afirmar que ante la Cruz, fundados en Jesús, Señor que reina por su muerte, ellos son principio y prenda, garantía y sentido de la nueva creación. En esa línea, el texto nos invita a vincular a la madre y al discípulo; son ellos los que, potenciados, recreados por Jesús, constituyen el principio de la nueva humanidad.
Este es el testamento de Jesús, que ratifica y sella una historia que había comenzado antes, al menos en la última cena. Le han dejado los demás; parecen llorar las mujeres; pero sólo estos dos bastan y se unen para recrear desde la Cruz la historia de la humanidad entera. Les vincula el mismo Jesús en ceremonia muy sencilla, en una especie de bodas materno/filiales de nueva humanidad. Como Gran Creador, liturgo y testigo, él les habla desde la Cruz. Como nuevos contrayentes, retomando un camino anterior y asumiendo con su gesto la historia entera de sus vidas, escuchan y obran ellos:
Jesús... dijo a la Madre: ¡Mujer! Mira (ahí tienes) a tu hijo (19, 26)
Después dijo al Discípulo: ¡Ahí tienes a tu Madre!
Y desde aquella hora la recibió el Discípulo en su casa (entre sus cossas, 19, 27)
María había dicho a los servidores de la boda: ¡haced lo que él os diga! (2, 5). Pues bien, culminando su camino, Jesús ya no tiene servidores o criados (cf 15, 15); por eso dice a su Madre: ¡ese es tu hijo! pues Jesus sigue estando en aquellos a quienes él ama y se aman entre sí. Por eso le dice a su madre: Ahí tienes a tu hijo De ahora en adelante, ella no será servidora de servidores sino madre de todos los que aman a Jesús, de todos los que en él son redimidos, amados (especialmente los hambrientos-exilados-enfermos/-autivos de Mt 25, 31-46).
María no es ya Madre de un niño pequeño al que puede traerse y llevarse a placer, sin pedirle permiso. Ella es Madre de un hijo ya grande, un creyente que ha hecho el camino total del mesianismo, siendo discípulo querido de Jesús. Por eso se añade que fue él, el discípulo querido, quien llevó a la madre a su casa. Ella ha dicho ya lo que tenía que decir (en 2, 1-12) y sigue repitiendo a los discípulos con voz del Padre Dios: ¡haced lo que él os diga!. Sabe seguir a Jesús, hacer lo que él enseña. Por eso, el narrador no tiene que afirmarlo más, pues el hacerlo pudiera parecer ofensa contra aquella que (siguiendo a Lc 1, 35) su vida sólo ha dicho fiat: hágase lo que Dios pide.
Del discípulo se añade, sin embargo, que la recibió en su casa (o la tomó como tesoro grande, entre sus bienes, pues también puede traducirse el texto de esa forma). Anotemos bien la escena: no es la madre la que acoge y cuida al hijo como se pudiera suponer (como debiera afirmarse si el pasaje fuera una versión de la parábola del hijo pródigo de Lc 15). Es el discípulo amado el que aparece como dueño de una casa, recibiendo en ella a la madre de Jesús, para cuidarla en su vejez y recibir el tesoro de su maternidad y su presencia (todo el tesoro de Israel, del AT). En esa indicación (el Discípulo acoge a la Madre) se pueden escuchar varios motivos que ahora quiero presentar en un esquema, para destacar después los más significativos:
- Hay al fondo un dato histórico. María, la madre de Jesús, ha formado parte de la Iglesia (como sabe también Hech 1, 13-14). Más aún, ella aparece vinculada a la comunidad del discípulo amado, de aquellos que elaboran y encarnan el Evangelio de Juan.
- Ésta es una historia polémica. Posiblemente algunos seguidores de Jesús (en especial aquellos parientes que en Jn 7, 1-9 aparecían como incrédulos) han querido capitalizar la memoria de la madre. Pues bien, nuestro pasaje zanja esa cuestión: la madre pertenece al discípulo querido, es decir, a la iglesia que se centra en el amor.
- La madre es de todos, porque la comunidad del discípulo querido no quiere presentarse como grupo cerrado sino como esencia o denominador común de todos los auténticos creyentes, llamados a vivir en libertad y amor el camino de Jesús (incluido el mismo Pedro, como supone Jn 21). Allí se guarda y asegura la memoria de la Madre para todos los creyentes.
- La unión de Madre y Discípulo querido es signo de la unión de judíos y cristianos. Como hemos visto en 2, 1-12, la madre pertenece a las Bodas de Israel (agua de purificaciones) que deben transformarse en vino universal de gracia. En el paso de lo antiguo hacia lo nuevo, recorriendo el camino que conduce de Caná al Calvario, sigue enseñándonos ella: ¡Haced lo que él os diga! Por el contrario, el discípulo amado es la iglesia universal que ha superado la ley del judaísmo. Por eso, Jesús pide a esa Iglesia qu asuma en su casa a la madre Israel, que la siga queriendo como a madre de Jesús.
- Este es un elemento del signo del Calvario ¡Hijo y Madre forman la primera pareja de la humanidad! Hay en el evangelio de Juan y en el NT otras forman de amor que vinculan a Dios con los hombres y a los hombres entres sí: El amor de Hijo y Padre que define a Jesús en su apertura a Dios; la llamada al amor mutuo de hermanos que atraviesa y da sentido a todo el evangelio; la imagen de las bodas, subyacente en Jn 2,1-12... Pero nuestro texto ha destacado la unión de Madre e Hijo (discípulo) querido.
Dirigiéndose a ella (como en Jn 2, 4), Jesús no le llama madre sino Mujer, reasumiendo el simbolismo de Eva y situando el tema en el trasfondo de la creación y promesa de Gén 1-3 (tema que reaparece en Ap12). La llama mujer, pero la convierte en madre, al decirle: ¡ahí tienes a tu hijo! (entendido ya como conjunto de la humanidad). Así lo ratifica, al añadir a su discípulo/amigo: ¡ahí tienes a tu Madre! Según estamos diciendo, madre y discípulo comparten el mismo amor de Jesús que les vincula y les hace fecundos.
La madre de Jesús es Antiguo y Nuevo testamento, siendo signo de la humanidad entera, en forma de mujer madre y compañera. Siguiendo en la línea anterior, pudiéramos decir que este Jesús del evangelio de Juan ha interpretado a su Madre como signo y cumplimiento de la Mujer originaria. Es la Mujer-María que en Jesús y por Jesús recibe nuevos hijos (todos los cristianos); es la Mujer-Israel que alumbra al Cristo y de esa forma engendra para la vida mesiánica a los creyentes del amor cristiano; es la Mujer-Eva, madre universal, que llega en Cristo a la plenitud de su maternidad.
No es fácil inclinarse por un sentido y dejar a un lado los restantes. Hay al fondo de Juan una rica polisemia: una abundancia de matices que se implican y completan. Ratificada y bendecida por Jesús desde el Calvario, la pareja que forman su madre y el discípulo querido viene a presentarse como principio y compendio de nueva humanidad. No hace falta que después venga una Pascua distinta: ¡Esto es la Pascua!, esta es la meta y nacimiento de lo humano, como saben bien los comentarios: en la misma Cruz culmina Cristo su camino e instituye el reino (cf. Jn 12,32).
Precisamente ahora, cuando está el Cristo elevado, comienza a atraerlos a todos hacia sí: esta es su glorificación, es la hora del surgimiento eclesial, desde la fuerza del Espíritu (cf 19,34, unido a 7, 39 etc,). En esta pareja que forman la madre y el discípulo se incluye y recrea la humanidad entera. En el fondo de ese simbolismo sigue encontrándose ella, la madre histórica de Jesús. Sólo se puede hablar así y se puede elevar el edificio de la nueva humanidad sobre el cimiento de la Madre de Jesús si su recuerdo histórico pervive fuerte, luminoso.
La memoria de María, madre concreta de Jesús, persona de la historia, se ha mantenido viva y gozosa en el corazón de la iglesia: a ella han apelado los seguidores de Jesús, de su vida y recuerdo se han alimentado. Sólo por eso, pasados los años, se han escrito estos pasajes sobre ella (Jn 2, 1-12; Jn 19, 25-27), no para mentir y confundirla (convertirla en una especie de mito o semidiosa) sino para expresar con más verdad el sentido de su relación con Cristo.
Ella no ha querido separarse, no ha buscado una verdad distinta, sino que ha conducido a los humanos hacia el Cristo: ¡haced lo que él os diga! Frente a todos los riesgos de mitologización mariana se eleva fuerte y digna, actual y luminosa, esta palabra. Por contenr esta sentencia, Juan es fuente y centro de la Mariología.
- María no se ha separado de la Cruz, no nos conduce a mundos resguardados de dolor intimista, de piedad vacía. Ellas nos conduce Calvario de Jesús con el Discípulo querido, para escuchar y cumplir su palabra, como ella misma dijo en las bodas: ¡Haced lo que él os diga! Ella viene hasta el Calvario, para escuchar y hacer lo que Jesús le diga.
- María se vincula y nos vincula con la Iglesia. No se ha separado del resto de la comunidad, no ha hecho vida aparte. Por eso la encontramos en la casa del discípulo querido, es decir, allí donde los fieles se reúnen impulsados por el mismo amor de Cristo. Una devoción mariana que nos desvincule de la iglesia, para conducirnos hacia campos de pura fantasía espiritual acaba siendo infiel al evangelio.
- María nos vincula con la comunidad del discípulo querido, es decir, de aquellos que viven del amor ardiente a Cristo. Ciertamente, se puede trazar un paralelo entre Pedro y María, como algunas veces ha hecho la piedad e incluso la misma teología. Pero el paralelo primero, la identificación más profunda, es la que existe entre la madre de Jesús y el discípulo de la libertad amante (si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva ¿a tí qué?: Jn 21, 23).
Ella es madre siendo mujer y es mujer siendo amiga, aquella que comparte con el Discípulo amado la herencia de Jesús. Varón y mujer, madre y discípulo, como amigos de Jesús, unificados por el mismo Amor crucificado forman el pasado y presente, la actualidad y futuro de la iglesia. Este es un signo muy hermoso de la comunidad cristiana como Iglesia donde en un momento posterior vendrá a inscribirse el mismo Pedro con su tarea de pastor. Esta es la iglesia donde, con la madre y el amigo, tenemos cabida y podemos hallar espacio todos nosotros.
María es una persona histórica hecha teofanía o signo de manifestación de Dios. Por eso, al verla junto a la Cruz de su Hijo podemos descubrir en ella a toda la humanidad sufriente que llora por la pérdida de un ser querido. Fácilmente nos identificamos con ella, descubriendo así a Dios en nuestro mismo sufrimiento. Pero, al mismo tiempo, ella como fuente de nueva vida. No podemos unirnos a ella sin que escuchamos muy pronto la voz que nos dice: ¡ahí tienes a tu hijo! Hijos nuestros son los que padecen aquí al lado, todos los que comparten la dura y creadora experiencia del Calvario.
En la madre y el discípulo amado estamos todos incluidos: ¡Ese es tu Hijo! ¡esa es tu Madre! Tales son las palabras que compendian y ofrecen sentido a nuestra historia. Solemos caminar indiferentes, como si la vida de los otros no nos importara, cada uno encerrado en su propio sufrimiento, de un modo egoísta. Así andaban, así se sentían otros muchos aquella tarde oscura y fuerte del Calvario. Pero precisamente allí, la Madre y el Discípulo escucharon desde el trono de Jesús una llamada de consuelo, de amor y de camino de evangelio.
[1] He desarrollado el tema en Madre de Jesús. Además de comentarios a Juan (Lagrange, Bultmann, Schnackenburg, Brown, Barret, Lindars, Beutler etc.), cf. G. Boismard, Du Baptéme a Cana, Paris 1956; R. E. Brown (ed.), María en el NT, Sígueme, Salamanca 21986, 176-200; A. Feuillet, La signification fondamentale du premier miracle de Cana (Jo 2,1-11) et le symbolisme iohannique: RevThom 65 (1965) 517-535; P. Gächter, María en el evangelio, Bilbao 1959, 249-327 ; J. McHugh, The Mother of Jesus in the NT, London 1975, 351-403; J. P. Michaud, Le signe de Cana (Jean 2,1-11) dans son context johannique, Montréal 1963; R. Schnackenburg, Das erste Wunder Jesu. Jo 2,1-11, Herder, Freiburg 1951; A. Smitmans, Das Weinwunder von Kana, Tübingen 1966; A. Serra, Maria a Cana e presso la troce, Marianum, Roma 1978, 13-78.
[2] Las bodas humanas con agua de purificaciones constituyen una promesa de futuro,, libertad y cielo, pero al fin nos dejan en un mundo de opresiones, recelos, envidias y muerte.
[3] Éste ha sido el evangelio de bodas y por eso en el fondo de todo sigue estando la alegría de un varón y una mujer que se vinculan en amor y quieren que ese amor se expanda y que llegue a todos, expresado en el vino de fiesta y plenitud gozosa de la vida. El judaísmo era religión de purificaciones y ayunos (cf Mc 2, 18 par); por eso necesitaba agua de abluciones. Pues bien, en contra de eso, el evangelio empieza siendo (unir Jn 2, 1-12 con Mc 2, 18-22) experiencia mesiánica de fiesta. En medio de ella, como animadora y guía, como hermana y amiga, hemos encontrado a la Madre de Jesús.