Eres Cristo, hijo de hombre, hijo de Dios... y Tú eres Pedro (Mc 8, 27-31; Mt 13-18)
Así dice Pedro, en el centro del evangelio aunque luego, como Papa de Poder (Roca intocable), quiere manipular a Jesús y ponerle al servicio de su dominio espiritual y social, desde el año 30 a 2026 dC, invirtiendo a su servicio el sentido de Cristo, hijo de hombre e Hijo de Dios. Así lo han mostrado, con asombrosa claridad los evangelio de Marcos y Mateo, en una historia que he querido explicar en mis comentarios de Marcos y Mateo y que a continuación he resumido con gozo emocionado por poder leer (y ver que se sigue cumpliendo el evangelio):
Jesús y sus discípulos llegaron hasta las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos: ¿quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le contestaron: unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros ¿Quién decís que soy?
Pedro respondió diciéndole: ¡tú eres el Cristo! Pero Jesús mandó que no se lo dijeran a ninguno. Y comenzó a enseñarles que el Hijo de Hombre debe padecer mucho y ser rechazado... (Mc 8, 27-31)[1].
Hace dos días presenté FB y en RD la palabra que está al fondo de este pasaje: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre. Dos o tres somos Cristo, somos Papa, somos iglesia. Véalo quien siga leyendo. Así dice Mateo
13Al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». 14Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». 15Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». 16Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 17Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». 20Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías. 21Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. 22Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». 23Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Apártate de mi, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». 24Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16, 13-24)
Introducción: Los de fueran la consideran un profeta
Si Jesús les considera colaboradores (cf. Mc 3, 14-15) ha debido enseñarles el sentido de su colaboración. En ese fondo se presenta nuestra escena. Ella distingue con toda precisión dos planos: lo que piensan los de fuera (Mt 8, 28) Los de fueran toman a Jesús como un profeta: como Isaías, Mahoma, Buda y otros…
En un nivel diverso nos sitúa la confesión de Pedro: ¡tú eres el mesías! (Me 8, 29). En un primer momento la novedad parece pequeña y diferentes exegetas aseguran que en el fondo da lo mismo «cristo» que «profeta»27• A mi entender, eso resulta poco exacto. Profeta alude a penitencia y ley, un cambio de los hombres que prepara la llegada de Dios o de su reino. El mesías, sin embargo, viene a inaugurar sobre la tierra el reino, suscitando aquello que pudiéramos llamar la nueva creación (recreación) cualitativa de los hombres.
No es que resulte más fácil hacer a Jesús un cristo militar, quizá más que un profeta mora que profeta. Es al contrario. Es más fácil ser cristo por guerra y dinero que profeta por conversión… Pero dejo ese tema abierto
La confesión de Pedro
Parece claro que en el pueblo había personas que entendieron a Jesús como mesías, relacionando quizás su mesianismo con el gesto de la ofrenda del pan y los milagros. Así lo reconoce el evantelio de Juan (cf. Jn 4, 29; 6, 14-15; 7, 41-42.). Esa visión mesiánica recibe cuerpo en los discípulos y así la manifiestan a través de Pedro. El problema no está en su confesión en cuanto tal sino en la forma de entenderla. En ese contexto el evangelio ha recordado dos respuestas de Jesús que tengo por auténticas.
Por un lado, Jesús ha aceptado la visión de Pedro en términos que básicamente hallamos en Mt 16, 17-19: «Bienaventurado tú, Simón Barjona... Yo te digo: tú eres "Piedra" y sobre esta Piedra edificaré mi iglesia»30• Jesús ratifica su mesianidad, pero la interpreta en términos de construcción escatológica del «qahal» o pueblo de los salvados: cumple ya funciones de mesías, pero no para luchar sobre la tierra, no para vencer y organizar una estructura de poder sino para fundar el nuevo pueblo, ese «qahal» de Dios que desde ahora y para siempre se sustenta en la palabra de Simón que le confiesa como Cristo• Esto significa que Jesús no ha rechazado el mesianismo; lo asume y reinterpreta de manera escatológica: por eso ha de poner las bases de esa nueva humanidad en que consiste el reino. Sabe que el reino es de Dios; pero Jesús asume su encargo y prepara ya sobre la tierra la nueva comunión escatológica en que el reino viene a explicitarse.
Por otro lado, Jesús rechaza el mesianismo de poder que le propone Pedro. Quizá esta palabra (la de Jesús que rechaza a Pedro Mt 16, 21-23 par) estuvo en principio separada de la otra (de la palabra de Pedro que confesaba a Jesús como mesías….Mt 16, 17-19). Sea como fuere, Jesús ha ido explicitando, con gestos y doctrina, su manera de entender el mesianismo, en actitud de servicio a los pequeños y de entrega de la vida. En ese fondo ha de entenderse su sentencia sobre la pasión del hijo de Hombre (Mc 8, 31-33 par).
En su forma actual este pasaje refleja la vivencia de la iglesia tras la pascua pero en el fondo ha conservado un evidente recuerdo de la historia. Jesús fue explicitando el mesianismo en forma de servicio. Por eso ha rechazado el gesto del poder y los esquemas de dominio que parecen convenir a quien pretenda ser mesías en la tierra. Resulta normal que Simón Pedro proteste: Jesús le ha confirmado como base de su nueva construcción. Precisamente porque toma en serio su encargo, como piedra-fundamento de la comunión escatológica, se atreve a precisar su visión del mesianismo diciéndole a Jesús: «¡De ningún modo, Señor!; tú no puedes hacer (no te puede pasar eso» (Mt 16,22). Como primera base de edificio, Pedro dicta lección de mesianismo. Jesús ha respondido de manera fuerte: «¡Apártate de mí, Satán! Eres para mí un escándalo (piedra de tropiezo), pues no piensas como Dios sino como los hombres» (Mt 16, 33; Mc 8, 23).
Este es el centro del conflicto mesiánico, asumido por la Iglesia posterior pero nunca inventado por ella. Pedro, tentador, representa el mesianismo de los hombres (como los Zebedeos en Mc 10, 35-37) que la tradición evangélica interpreta después como visión de Satanás, el Diablo. Con un poco de libertad y tomando en cuenta las líneas de fondo del mesianismo de entonces, la escena podría traducirse como sigue. Pedro admira las palabras de Jesús sobre el perdón, su ideal de pequeñez y amor al enemigo; pero piensa que en la hora del final, cuando se debe cimentar en serio su «qahal» escatológico, no hay más remedio que emplear la fuerza; sólo así se puede gobernar la plenitud del reino y superar a los poderes enemigos. Con esa confianza ha seguido a Jesús, orgulloso de llamarse «Piedra», cimiento de la nueva comunión escatológica. Pues bien, lo sorprendente no es que Jesús haya imprecado a Pedro por su forma equivocada de entender su cometido; lo sorprendente es que le siga manteniendo allí a su lado, conformándole en su encargo. Todo nos permite confesar que Jesús ha seguido reconociendo a Pedro y a sus Doce, confiando en que, más allá de su ceguera y limitaciones, acabarán siendo principio y base del Israel escatológico.
Yo soy Hijo de hombre, la humanidad de Dios, hambriento, expulsado…
Jesús ha interpretado su función en clave mesiánica. Por eso proclama el reino y actúa como plenipotenciario (¿virrey?) del mismo Dios. Su palabra es definitiva, su acción escatológica. Tras él no hay otra cosa; con él se hace presente el reino. Las restantes funciones mediadoras (rey, profeta, sacerdote) pierden su valor o se realizan a través de su persona. En este aspecto no encontramos en Jesús ninguna indecisión, ninguna duda. Se sabe portador de una tarea y la cumple sin vacilaciones. Por eso, el problema no estaba en afirmar el mesianismo de Jesús sino en la forma de entenderlo.
Volvamos al texto anterior. Simón le confiesa mesías (Me 8, 29). Jesús asiente pero impone silencio para indicar después que el mesianismo sólo se realiza en el camino de servicio del Hijo de Hombre (Me 8, 30-31 par; cf. 14, 61-62 par). Evidentemente, la redacción actual del texto responde a Me pero el tema de fondo es de Jesús. Le preguntan quién es; él se presenta normalmente como «un hombre»: no ha tejido sobre sí coronas de grandeza, no pretende honores que le pongan por encima de los otros. Como delegado de Dios y plenitud de todo mesianismo, Jesús se ha definido sencillamente como «un hombre»: empalma de esa forma con Adán, en el principio de la creación, y se presenta al mismo tiempo como plenitud de la revelación de Dios, culmen de la historia
Al referirse a sí mismo como Hijo de Hombre, dejando a un lado otros títulos de la tradición mesiánica, Jesús se ha presentado ante todo como «un ser humano amenazado». No ha buscado grandezas, títulos de honor. Entonces como ahora parecía insuficiente ser un hombre. Por eso andaban (y andamos) inventando honores y palabras que aumenten y potencien nuestra dignidad.
Invirtiendo esos deseos de honor, Jesús ha descubierto que el mismo Dios le ha querido humano y como humano se mantiene. Por eso ha planteado su propia identidad sobre ese plano. De manera, al mismo tiempo, creadora e inquietante para aquellos que buscan el poder, en contra de aquellos intentaban encerrarse, para bien o para mal, en las fronteras de un determinado espacio de grandeza (profeta, mesías, rabino, poseso), Jesús se ha presentado simplemente como un ser humano, amenazado por la muerte36.
La paradoja de Jesús se ha planteado de esta forma: actúa con la autoridad de Dios, pero al mismo tiempo se presenta como humano (bar nasha, ben adam). De esa forma representa a todos los hombres de la tierra. No se quiere encasillar, no se define en virtud de alguna diferencia con respecto de los otros. Por eso, cuando actúa en señal de autoridad y perdona (acoge) a los que vienen aplastados por la vida (Me 2, 10) o cura en sábado (Mc 2, 28), se presenta sencillamente como un hombre que viene a comer y beber en actitud de reino (Mt 11, 19; Le 7, 34), por sin una casa donde hallarse protegido(Mt 8, 20; Lc 9, 58), sin seguridad para vivir, amenazado de muerte•
Pienso que parte de la crítica moderna sobre el Hijo de Hombre está un poco deformada por dos supuestos previos: l. Toma esa expresión como un título ya hecho y definido; 2. Piensa que Jesús no ha podido suscitar desde ese nombre una postura mesiánica propia y distinta de las otras. Pues bien, debemos afirmar que Jesús escogió precisamente el término Hijo de Hombre por su amplitud significativa, empleándolo a manera de enigma en tomo a su persona, quizá en la línea de Ezequiel (cf. Ez 2, 1; 3, 1.17; 4, l; 5, 1; 2; 7, 2 etc.). Así mantuvo abierta la pregunta por su propio mesianismo.
En esa línea, su visión de Hijo de Hombre, enraizándole en el camino de sufrimiento de la humanidad, le valió para entender su camino de entrega por los otros. En ese fondo se entienden los pasajes que interpretan la muerte de Jesús como pasión del Hijo de Hombre (cf. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33.45; 14, 21.41). Pero al fondo de ellos se conserva un auténtico recuerdo de Jesús: su camino de entrega como «un hombre». Jesús no es Cristo a la manera que lo quiere Pedro sino porque inicia un gesto de servicio y lo mantiene hasta el final; sólo de esa forma su mensaje de amor se ha condensado de verdad en su persona: sólo así puede llamarse Hijo de Hombre38•
Desde aquí es normal que el término reciba una función escatológica: Jesús es ante todo un hombre amenazado de muerte. Jesús no es simplemente «un hombre» que actualiza la verdad de Dios sobre la tierra, expresando el reino en su camino de entrega por los otros. Jesús vive desde el reino que se acerca y lo explicita ya como verdad futura y plenitud de realidad para los hombres. En ese aspecto me parece equivocada la postura de aquellos que han opuesto Hijo de Hombre y reino, como si fueran signos contrarios e incompatibles: Como si una cosa fuera el Reino de Dios y otra cosa el estar amenazado de muerte. Precisamente por buscar a Dios, por ser signo del Reino, tanto Jesús como Pedro son Hijo de homre, están amenazados de muerte.
La novedad de Jesús ha consistido precisamente en entender el reino o plenitud de manifestación de Dios como emergencia o realización del hombre, a través del Hijo de Hombre, pero no en poder sobre los cielos, sino en sumo peligro, entre los hambrientos, sedientos extranjeros… (Mt 25, 31-46). Sólo entre ellos se puede encontrar el verdadero “papa”, si es posible un Papa en este mundo.
Por eso, cuando alude a la llegada del futuro prometido, Jesús no trata de seres misteriosos, entidades de carácter astral o extraterrestre; habla del «hombre» que llega y se refiere al cumplimiento de aquello que en la creación de Dios se anunciaba ya en el principio…, el hombre hambriento, exilado, desnudo, sin leyes que le protejan…•
De esta forma, Jesús se mueve en la línea de Dan 7 donde se asegura que al final del tiempo un «como Hijo de Hombre» llegará ante el anciano (Dios) para recibir la gloria y el poder originarios. Daniel se refería ciertamente al pueblo de los santos de Israel que, al cumplirse los caminos de la historia, llegaría a ser presencia y expre sión, representante de la verdadera creatura humana, frente a todos los antiguos poderes de la historia brutal y despiadada que dominan y terminan destruidos en la tierra • Lógicamente, Jesús ha recreado el tema, pero sigue recordando que el reino de Dios viene en forma de verdad y plenitud del hombre. Así lo ha explicado en su llamada parenética: «¡velad, pues no sabéis: nadie conoce el día en que vendrá el Hijo de Hombre!» (Cf. Mt 24, 42-44)…. El Hijo del hombre no vendrá: Está ya presente en todo hambriento, desnudo, extranjero de la tierra. Todo extranjero sin defensa es Cristo, Hijo de hombres
Sólo en esta perspectiva, resaltada de manera especial por muchos exegetas, recibe su carácter fundamental la expresión Hijo de Hombre, cada ser humano amenazado, expulsado condenado a muerte. A todo el que se identifique con los expulsados, habrietos, extranjeros… le confesará Dios, le confesará el Cristo, pues ellos son los verdaderos “papa”, vicarios del Cristo de Dios en la tierra, la nueva humanidad: A todo el que me confesare ante los hombres también el Hijo de Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. A todo el que confiese a los hambrientos, extranjeros, desnudos, expulsaos le confesarán los ángeles de Dios en el Reino. (Lc 12, 8; cf. Mt 10, 32; Mc 8, 38 par)45
Jesús está al servicio del Hijo de Hombre que se acerca. No quiere, no pretende imponerse sobre nadie con ventajas: desprendidamente ha realizado su misión y espera la llegada, el total desvelamiento del Hijo de Hombre que es presencia de Dios y realización de lo humano. Pero, dicho esto, debemos añadir: Hijo de Hombre y Jesús se identifican, al menos de manera funcional. El evangelio no presenta dos verdades, una aquí (en Jesús) y otra más tarde (en el Hijo de Hombre). La auténtica realidad ha comenzado: en Jesús, Hijo de Hombre dentro de la historia, hallamos el principio y fundamento de lo humano, el Hijo de Hombre escatológico. Por eso, confesar a Jesús (recibir su don de reino) significa estar inmersos en aquella realidad que permanece para siempre.
Hijo de Dios
Estos los verdaderos Cristos de Dios, hijos de hombre, hijos de Dios sobre la tierra. Algunos pasajes, redactados probablemente por Mt (cf. 16, 27 frente a Le 9, 26; también Mt 25, 31.34) presentan a Dios como Padre del Hijo de Hombre, ofreciendo así una contaminación de perspectivas. Jesús interpretaba al hombre desde un Dios que es Padre. Lógicamente, el hombre nuevo (Hijo de Hombre) puede explicitarse como hijo de Dios. Con esto planteamos otro aspecto de la conciencia de Jesús: su relación con Dios en términos de «hijo». Para precisarlo distinguimos dos figuras: hijo de Dios e Hijo del Padre
Parece evidente que Jesús se ha interpretado como hijo de Dios, dentro de una línea que proviene del AT y resulta normal para el judaísmo de su tiempo. Hijos de Dios son en principio todos los israelitas: de manera especial habrán de serlo aquellos que asumen y practican con más intensidad los principios de la alianza49. En este plano es difícil encontrar algún rasgo diferenciador en la experiencia de Jesús, aun cuando insista de manera especial en la paternidad de Dios y en lo que implica para el hombre (cf. Mt 5, 44-45; 6, 32). Quizá lo más importante en un nivel de historia ha sido el que le llamen de esa forma los posesos: ¡eres el hijo de Dios! hijo del Dios excelso! (Mc 3, 11; 5, 7). Ellos perciben de manera especial lo misterioso; más aún, ellos podrán «tantear» (tientan) a Jesús llamándole hijo de Dios (cf. Mt 4, 3.6 par). En ese nivel de tentación se han situado los jerarcas de Israel que le condenan, con el pueblo que se mofa ante su muerte (cf. Me 14, 61; Mt 27, 40.43).
De ese modo indica que en su vida hay un misterio de amor y cercanía, de verdad y plenitud que sólo puede interpretarse en relación de amor y encuentro inmediato con su Padre. Esta expe riencia personal, que ha desbordado la estructura de una ley que parecía ya fijada, le permite llegar hasta las fuentes del misterio, descubriendo allí la vida y realidad del reino para el hombres• A partir de ella debemos afirmar, en terminología bien precisa, que Jesús no es sim plemente un hijo, ni siquiera el Hijo (enviado escatológico) de Dios (cf. Me 3, 11; 12, 6). En el mismo centro de su vida, Jesús se explicita como (el) Hijo del Padre, en el más hondo contexto de revelación y encuentro mutuo:
Todas las cosas me han sido dadas por mi Padre
Esto no lo saben los grandes teólogos o jerarcas de Iglesia, (por grandes) sino los pequeños y expulsados de la tierra Parece un texto difícil. Así responde Jesús, así pueden responder los pobres y expulsados de la tierra, los hambrientos, los extranjeros… los desnudos los condenados a muerte, como Jesú, le preguntan a Jesús «¿quién eres?» y Jesús responde: «lo que soy lo sabe el Padre». En el fondo está diciendo: todo lo que tiene pertenece al Padre; se lo ha dado como don y como don lo ofrece. Nada es suyo propio en el sentido de logrado por su esfuerzo; sólo por hallarse plenamente abierto al don del Padre puede actuar como lo hace. Antes, Dios se mantenía inaccesible: estaba oculto tras los velos de la ley, las palabras de violencia de los hombres, el deseo de conquista y egoísmo de los pueblos. La misión de Jesús ha consistido en descorrer los velos, dejando que Dios se manifieste hasta el final. Por eso, cuando le preguntan por su identidad responde simplemente: se me ha manifestado el Padre y quiero revelarlo.
Estas palabras de Jesús no intentan esconder ninguna teoría sobre Dios ni han de entenderse de manera apocalíptica, del final de los tiempos.. Ellas reflejan una experiencia originaria: la realidad fundante de Jesús es solamente el Padre. Él ha descubierto a Dios como Padre al final de la historia de su pueblo; por eso se ha descubierto a sí mismo como Hijo. ¿Cuándo? ¿Cómo? El texto no permite responder a esas preguntas. Se trata cier tamente de un pasaje confesional, en el sentido más profundo: Jesús cuenta en parábola su propia vocación, esa llamada que sustenta su existencia. Por eso afirma que el mismo Dios le avala: nadie conoce al Hijo sino el Padre. Sólo ante ese Dios debe responder de sus acciones.
Todos los restantes poderes de la tierra carecen de poder para juzgarle. Sabe a Dios y gusta su misterio: le conoce desde el centro de su vida y no por referencias escuchadas de los otros. Pero no lo saborea encerrándose en sí mismo sino para decirlo y revelarlo a todos los que quieran escucharle. Lógicamente, Mt ha interpretado esta parábola del mutuo conocerse de Hijo y Padre como centro de un pasaje radicalmente abierto: con palabras de la más rica tradición sapiencial, Jesús invita a todos y les llama, ofreciéndoles el propio misterio de su vida (Mt 11, 28-30).
Jesús se ha desvelado como Hijo que dialoga con el Padre. No lo extiende en forma de mensaje impersonal: no lo ha proclamado en forma de teoría. Resguardado entre los suyos, desde un plano donde puedan escucharle, Jesús -diestro en parábolas- presenta su vida en forma de parábola. No dice: ¡Soy Hijo del Padre más que los demás, sino cn todos ello! No discute ni rebate otras opciones. De manera muy sencilla, en palabra que no obliga a nadie pero a todos abre un horizonte de esperanza, cuenta su vida como vida vida de Hijo del padre… Así pueden responder, así responden todos los “pontífices” de Dios, los amenazados, expulsados, hambrientos…
[1] La confesión de Pedro y el anuncio de los sufrimientos del Hijo de Hombre debieron estar en principio separados. Pero al unir los dos pasajes Me no actúa por puro concordismo: refleja una tensión que está latente en las tradiciones primitivas de Jesús, la tensión del mesianismo. Esa unión (confrontación) de falso mesianismo y entrega de der Echtheit Mt 16, 17-19, en Exegetica, Tübingen 1967, 255- 277; O. Cullmann, Petrus - Jünger, Apostel, Martirer, Zürich 1960; L. Ruppert, Der leidende; E. Schweizer, Erniedrigung. Los anuncios expresos de la pasión del Hijo de Hombre han sido elaborados por la tradición postpascual, pero retraducen un gesto y palabra de Jesús. Sobre ese fondo adquiere su sentido el «rechazo» de Pedro que la Iglesia postpascual no habría inventado y que tampoco puede explicarse como reformulación de sus negaciones (cf. Me 14, 66-72). Tanto la confesión mesiánica de Pedro como el rechazo del mesianismo que Jesús le ofrece pertenencen a la historia original del evangelio. Cf. E. Dinkler, Petrusbekenntnis und Satanswort, en Signum crucis, Tübingen 1967, 283-312; R. Pesch, Das Messiasbe kenntnis des Petrus (Me 8, 27-30): BZ 17 (1973) 178-195; 18 (1974) 20-31. Desde ese fondo del «profeta asesinado y resucitado» elabora su visión cristo lógica K. Berger, Auferstehung, seguido en parte por E. Schillebeeckx, Jesús y por R. Pesch, Zur Entstehung des Glaubens an die Auferstehung: ThQ 153 (1973) 201-228 y 270-283. R. Pesch ha matizado después su postura en La Genese de la foi en la Résurrection, en Mel. P. F. X. Durrwell, Paris 1982, 51-74. En contra de A. Schweitzer, Geschichte, 407 ss. pienso que Jesús no ha ocultado la verdad de su persona a sus discípulos. El tema del secreto mesiánico hay que tomarlo en otra línea.