“Cultura de violencia”. Cinco principios: Un pentágono de falsedad
Se dice que la cultura ha nacido para impedir la violencia, y en parte puede ser cierto. Pero actualmente (año 2026) parece que estamos viviendo bajo una cultura (=dictadura) de violencia, en la que dominan cinco principios, formando un pentágono de falsedad. Éstos son sus cinco ángulos o principios: Capital sobre todo guerra legítima y cara para todo, mentira oficial con IA, estados de violencia legalizada y civilizaciones falsificadas
1 Dinero
Sistema capitalista y violencia económica.
Como primera de las opresioes y violencias he querido destacar la pobreza, pensando sobre todo en los hambrientos-sedientos (como sabe Mt 25, 31-46)[1]. Sin duda, el hambre es un fenómeno “natural”: se relaciona con la escasez de bienes materiales y con otros fenómenos del cosmos (tempestad o sequía, fuego o terremoto). Pero, dentro de un mundo globalizado el hambre tiene un carácter social: es signo de injusticia.
El sistema social de occidente se ha comprometido a garantizar los derechos humanos, el primero de los cuales es la vida, inseparable de la comida y bebida, es decir, de la subsistencia. Pero esos derechos, avalados de palabra por las constituciones y leyes de las naciones, acaban siendo “formales” y mentirosos, porque el mismo sistema los niega después, pues impide que algunos tengan comida suficiente. En su forma capitalista actual, el sistema sabe organizar y producir, pero no quiere compartir lo producido, condenando al hambre a millones de personas[2].
Por eso, la primera y más fuerte de las violencias sociales es el hambre que mata cada día a miles de personas (entre 25.000 y 40.000, según los cálculos), en un pequeño mundo donde, a cuatro o cinco horas de avión, sobran alimentos y se consume de forma innecesaria (en lujo y medios de violencia: armas). Lógicamente, esa misma situación de violencia estructural masiva (cf. Lc 16, 19-31) puede suscitar gestos de ruptura y violencia (a veces de terror) a los que, de un modo habitual, el sistema responde, reforzando su propia seguridad económica, social y militar[3].
Siempre ha habido pobres en el mundo (como sabe Dt 15, 11), pero muchos grupos humanos habían creado equilibrios de racionalidad y participación, al menos dentro de unos conjuntos sociales más pequeños (tribus y naciones), como podía suceder en la antigua sociedad israelita. La mayoría de estos equilibrios menores se han roto (lo mismo que se han roto muchos grupos culturales autóctonos) y de esa forma ha empezado a expandirse una economía mundial, que formalmente ofrece a todos las mismas oportunidades, pero que de hecho expulsa a los más débiles y/o les pone en manos de los triunfadores del sistema, de manera que aumenta de forma escandalosa el número de los que mueren de hambre.
El tema de la pobreza ha dejado de ser un asunto privado, al que se podría responder con gestos de caridad particular, como han intentado muchas veces los beneficiados de un sistema social jerárquico, básicamente estable, suponiendo así que Dios mismo ha querido que haya ricos y pobres, conforme a unos principios de organización social que responderían a la misma naturaleza humana. Pero lo que antaño pudo tomarse como natural (siempre han existido ricos y pobres, ha existido hambre en el mundo) se percibe ahora como expresión de una injusticia social en la que estamos implicados todos, pues somos responsables de ella. No es Dios el que ha dividido a ricos y pobres, sino que nos hemos dividido nosotros mismos. Eso significa que debemos oponernos a la pobreza, creando formas de comunicación igualitaria, pues de lo contrario negaríamos nuestra humanidad y la violencia del hambre acabarán destruyéndonos a todos. Esto nos permite plantear una serie de interrogantes y problemas, que se vinculan con la violencia económica:
Desde ese fondo, afirmaremos que la violencia primera es aquella que se encuentra asociada con el hambre[6]. Parece que el hambre fue ya desde el principio un factor de creatividad (nos lleva a buscar comida) y oposición intensa, de lucha y pasión. Para superar la opresión irracional del hambre nació en algún sentido el capitalismo. Pues bien, de hecho, el capitalismo, desarrollando un principio de producción y abundancia racional, se ha convertido en un nuevo principio de hambre mucho más extensa, en factor de violencia. Para muchos hombres y mujeres de nuestro mundo, el hambre no es ya un principio ambivalente, de creatividad y violencia, sino un signo de pura destrucción, de muerte pasiva o de violencia externa[7].
2. La ley de la guerra legítima. azón armada: violencia legal y terrorismo.
Mientras la vida física de un tercio de la población mundial se encuentra amenazada por el hambre, muchos hombres siguen buscando su seguridad a través de la violencia asesina y militar. En otro tiempo, la guerra podía parecer irracional o supra-racional: estaba motivada o se expresaba en principios religiosos, de manera que los mismos dioses eran sus patronos y patrocinadores, pues ellos mismos la iniciaban y la resolvían, conforme a los principios del chivo expiatorio[8]. Ahora, en cambio, a partir de la Ilustración, parece que los hombres han querido superar un tipo de guerra irracional antigua, pero han desarrollado una guerra racional a veces más perversa, una guerra ilustrada, organizada y calculada de modo científico, al servicio de valores o intereses egoístas bien calculados. Pues bien, al organizarse de esa forma, los hombres han corrido el riesgo de caer en manos de nuevas formas de violencia, aún más duras que las anteriores.
Ciertamente, la guerra ha existido desde el principio de la historia. Pero sólo en estos últimos siglos se ha racionalizado, organizando la producción masiva de armamentos y utilizando de manera consecuente unas estructuras de tipo nacional o multi-nacional, que acaban convirtiendo la sociedad en una fábrica de guerra. Los estados modernos se han hecho gestores de violencia legal, organizando de forma planificada (científica) sus medios ofensivos y defensivos al servicio de una paz egoísta, para defender los intereses económicos del sistema[9].
Vivimos dominados por una violencia guerrera, que se expresa en el despliegue de los aparatos militares y se encuentra esencialmente unida a la anterior, de tipo económico, pues ambas son difíciles de separar y no es fácil decir cuál es causante de la otra. Además, los grandes ejércitos actuales acaban poniéndose al servicio del capitalismo, esto es, de la producción, distribución y dominio de bienes materiales (entre los que se cuentan las mismas armas). Ciertamente, las guerras surgen también por enfrentamiento nacionales o culturales (religiosos) y por ambiciones de tipo personal o social, pero en el fondo de ellas late una exigencia de dominio económico e imposición de unos hombres y grupos sobre otros. La misma forma de organización social y económica del mundo puede entenderse como una gran guerra. Desde ese fondo queremos presentar, de un modo general, algunos de los rasgos más significativos de la violencia que están vinculados a la guerra. Empezaremos por aquellos que suelen llamarse los efectos colaterales de la guerra:
En este contexto, como garantes de una paz fundada en el despliegue de la violencia "legal" han surgido los estados modernos. Así se puede hablar de la violencia buena (legal) de los poderes establecidos y de la violencia ilegal de los grupos marginados, que no habían logrado triunfar (ni se habían adaptado al orden de los triunfadores), de manera que no podían contar con los aparatos racionales del estado, ni con la posibilidad de ejercer y expandir un orden legal. El estado puede ejercer un "terror" bueno (con sus medios de represión). Por el contrario, los grupos marginales desarrollarían un terror perverso[12]. En un sentido general podemos hablar de dos tipos de terror.
El tema del terrorismo (militar o anti-militar, estatal o anti-estatal) resulta complejo y debería matizarse. Como hemos dicho ya, casi todos los estados e imperios han apelado al terror para realizar o mantener sus conquistas y objetivos (con deportaciones masivas y escarmientos públicos, con torturas y ejecuciones sumarias). Pero, en general, la sociedad occidental moderna ha condenado formalmente el uso de terror, tanto en plano social como militar (al menos en principio), y quiere buscar unos mecanismos legislativos y sociales, judiciales y económicos que permitan la superación y cambio de formas políticas, sin tener que apelar al terror y a la guerra. En esa última línea, siempre que los mecanismos sociales sean flexibles y permitan realizar de un modo dialogal los cambios que las diversas poblaciones busquen y quieran, podemos afirmar que el uso de terror como medio político resulta esencialmente perverso. De todas formas, en la situación actual, cuando la ley fáctica de las grandes naciones es violenta y asesina (en plano económico y administrativo), resulta a veces un sarcasmo y una burla condenar sólo a los “terroristas menores” de los grupos dominados. Sólo puede superarse el terror de la violencia legal o ilegal con la justicia y la igualdad dialogal entre los pueblos. Seguir hablando de terrorismo perverso mientras los estados poderosos continúan buscando su seguridad y su poder egoísta a través de unos armamentos cada vez más mortíferos resulta un sarcasmo[14].
El tema de la violencia (y del terror militar o anti-militar unido a ella) se ha convertido de hecho en objeto de disputa y propaganda. Unos combaten contra la violencia del sistema que se expresa en el gran Imperio (USA y el capitalismo mundial) a los que conciben actualmente como principales terroristas. Otros combaten la violencia de los grupos de oposición, que utilizan a veces técnicas de muerte (terror) para triunfar, como en el atentado de las Torres Gemelas (XI del 2001); es normal que el presidente de USA y sus aliados digan que esos grupos, contrarios a su modelo de economía y estado, son en la actualidad el mayor problema y peligro del mundo[15].
3. El arte de mentir. Educar e informar para la violencia ideológica
Tras la violencia económica y militar, destacamos la ideológica, que Ap 13 había presentado como 2ª Bestia, al servicio de la primera (de la militar). Esta es la violencia del engaño “racional”, esencialmente vinculada al mecanismo del chivo emisario, al que no solamente se mata, sino que se acusa de mentiroso y seductor. Esta forma de presión resulta más sutil y muchos afirman que es menos peligroso; pero, en el fondo, ella acaba siendo la más fuerte, de manera que en torno a ella se jugará el futuro de la humanidad sobre la tierra[16].
Nos hallamos en el centro de una guerra ideológica, que resulta hoy más visible porque el poder económico y político tiende a vincularse con la “democracia”, es decir, con la opinión y votaciones de la mayoría. Por eso es importante suscitar y manera esa opinión, pues ella es fuente de poder. De esa forma se distinguen dos conocimientos. (1) Uno implica libertad: es educación al servicio del diálogo social y de la trasparencia personal. (2) Otro se pone al servicio del engaño: la falsa filosofía, religión y educación que quiere controlar la vida de los ciudadanos, para que adoren a la Bestia grande del poder (Ap 13). De esa forma surge la violencia ideológica, que esclaviza a los hombres a través de la propaganda, es decir, de un pensamiento instrumental, que les manipula, con apariencia de servicio[17]. Desde este fondo se entienden los cuatro grados de manipulación y esclavitud cultural, que presentamos en orden ascendente:
4. La estados, instituciones de violencias. Apariencia de derecho y realidad de violencia.
Los mitos hablan, en general, de un caos primero, que era lucha universal, y de un Dios o unos dioses que impusieron el orden sobre aquella lucha, introduciendo unas leyes, que permiten la convivencia entre los hombres; de esa forma habrían nacido los estados (ciudades, reino), como portadores de un orden sagrado, positivo. Los teóricos sociales suelen hablan de un magma primigenio, que sería como un Dios engendrador (Castoriadis) o un carisma instituyente (Max Weber), que existe en sí mismo y que, para volverse operativo, tiene que actuar a través de instituciones, que terminan dominadas por la burocracia del sistema.
Ciertamente, no podemos volver a un tipo de supuesta anarquía primera, donde todo sería un magma incandescente, puro carisma, sin leyes de ninguna especie. Pero tampoco podemos absolutizar un tipo de leyes, pues, tan pronto como lo hiciéramos, ellas se volverían dictatoriales. No hay para el hombre ninguna solución fija: no puede volver a la espontaneidad natural, pues eso implicaría atarse a sus deseos incontrolados, que llevan a la lucha de todos contra todos; pero tampoco se puede convertir en puro viviente sometido a una ley, pues en el momento en que lo hiciera perdería su libertad.
Esta es nuestra situación, propia de seres híbridos, como nosotros somos. No podemos volver a la pura anarquía, pero sin una dosis de anarquía creadora nos destruimos a nosotros mismos, perdemos nuestra base de libertad. Tampoco podemos encerrarnos en unos estados que, en contra de lo que Hegel pensó en algún momento, tienden a convertirse instituciones de violencia. Seguimos en el centro de la gran paradoja de la vida humana. (1) Por un lado, corremos el riesgo de encerrarnos en unos sistemas de violencia estatal, que ofrecen anchos espacios de intercambio personal en libertad, pero que, al mismo tiempo, tienden a convertirse en máquinas de guerra, al servicio de sí mismos. (2) Por otro lado, si abandonamos las instituciones estatales de tipo legal, que estén conexionadas con la economía y administración, corremos el riesgo de volver a la pura lucha del principio y no podemos subsistir sobre la tierra.
Nuestra forma de existencia se ha complicado de formas antes insospechadas. La economía de subsistencia, propia de pequeñas sociedades agrícolas o ganadera, resulta ya incapaz de mantener al conjunto de la humanidad: para alimentar a masas urbanas de millones de personas son necesarios unos sistemas estatales (sociales) muy ágiles y eficientes, pues de lo contrario, esos millones morirían de hambre en pocos meses. Ahora sólo podremos existir sobre el mundo si creamos (si mantenemos y actualizamos) unas estructuras de tipo administrativo y económico complejo. Ya no podemos vivir sin eso que venimos llamando el gran sistema[23].
5. Del enfrentamiento cultural a la guerra de civilizaciones.Violencia étnica y cultural.
Hemos evocado inicialmente el tema al ocuparnos de la ideología como factor de comunicación y violencia. Ahora lo planteamos desde la perspectiva de las grandes unidades culturales y de los grupos étnicos menores, en un tiempo de unificación y de rupturas fuertes, como el nuestro, desde el centro de un conflicto donde se oponen poderes o culturas distintas. En un sentido extenso, podemos distinguir cuatro elementos o estratos.
Evidentemente, esos cuatro elementos o estratos no se oponen, sino que se mezclan entre sí. Por una parte, todos nos hallamos integrados de algún modo en la cultura única, en el gran sistema económico-social que traza su ley sobre el mundo, con riesgo de imponer su propia dictadura sobre todos. Por otro lado, la mayor parte de nosotros pertenecemos, de algún modo, a uno de los grandes espacios culturales ya indicados (Occidente, China, mundo musulmán...) que, según algunos, podrían acabar enfrentándose entre sí. Pero en estos momentos parece más urgente el problema que plantean las culturas menores (con riesgo de extinción) o las culturas mestizas, si es que no logran crear espacios de simbiosis y convivencia pacífica.
Siempre han existido conflictos de este tipo, pero en los últimos siglos, con el colonialismo y las migraciones, con el surgimiento de los grandes estados nacionales (que han impuesto una cultura niveladora sobre el conjunto de su territorio) y con la extensión del capitalismo, esos conflictos se han multiplicado. El ser humano había venido construyendo estructuras relativamente estables de convivencia social, fundadas en un tipo de tradición secular, que solían expresarse en el idioma y las costumbres nacionales. Los miembros de esas estructuras (de tipo tribal o nacional) se sentían identificados con ellas, viviendo en cierta libertad, satisfechos de su suerte[24].
Los cambios económicos y culturales están rompiendo (si no han roto ya) gran parte de las estructuras y tejidos de la sociedad tradicional, de manera que muchos que antes se sentían resguardados por ella están perdiendo su identidad y se sienten prisioneros del sistema dominante, como "parias" de una sociedad que les utiliza y margina. Es normal que muchos de ellos parezcan (que se hagan o les hagan) a-sociales, de manera que acaban presentándose como portadores de violencia. Es normal que se les tome como peligrosos, cargados de agresividad y capaces de expandirla, poniendo de esa forma en riesgo el orden social, pues no aceptan su situación de cautiverio[25].
En ese contexto, muchas de las antiguas estructuras estatales han perdido su sentido o parecen incapaces de ofrecer espacios de existencia pacífica para los diversos tipos de ciudadanos, a los que a veces se les mide y define sólo por su dinero, no por su valor como personas. Por otra parte, la misma estructura de los estados, que tienden a imponer su ideología y su forma de vida sobre todos los ciudadanos (que en principio poseen culturas distintas), está creando fuertes desajustes y formas de violencia.
En este contexto se ha podido hablar de los pueblos paria, pueblos que han tenido o tienen cierta identidad histórica o social, pero que (por dominación exterior o por impotencia interna) no han logrado construir su propia administración social, de manera que se encuentran sometidos a la administración y cultura del estado dominante. Antes existían imperios multi-étnicos (como el austriaco o el turco) donde el estado central imponía un orden militar, pero dejaba mucha autonomía religiosa y cultural a los diversos pueblos del imperio. Los estados modernos, de tipo nacional y unificado han tendido a uniformar al conjunto de la población, destruyendo así, de manera más o menos violenta, a las minorías o a los grupos marginales. En este contexto se puede hablar de pueblos parias, de grupos sometidos que no han podido asumir el control de su administración social y política y que viven así inmersos dentro de otros grupos dominantes, que en general se sienten superiores, juzgándoles “parásitos”, como si hubieran nacido para ser dominados (gitanos, ciertas castas de la India, inmigrantes ilegales...). Por su parte, estos “parásitos” pueden acusar a los grupos dominantes de “señores violentos”. Entre estos pueblos parias pueden contarse ahora los nuevos proletariados urbanos sin identidad, los grupos de gentes de diverso origen que se juntan en las grandes ciudades, en situación de violencia permanente[26].
En este contexto se habla de los estados multi-étnicos y multi-religiosos, donde existe igualdad real para todos los grupos, sin que uno se impongas sobre otros. Pero no es fácil encontrar un equilibrio de justicia. Habrá casos en los que el estado central quiera imponer un nacionalismo exacerbado, y habrá casos en los que el nacionalismo exacerbado venga de las minorías. La verdadera universalidad no está sin más en la línea de la uniformidad, sino del diálogo entre todos[27].Los ideales de la libertad y la fraternidad, que preconizó la Revolución Francesa, no se pueden alcanzar a través de una igualdad unificadora, impuesta por igual sobre todos los grupos e individuos, a los se exige unos mismos esquemas culturas y legales. La verdadera igualdad no es uniformidad, sino respeto de las diferencias, pues somos diferentes, varones y mujeres, ancianos y niños, miembros de un grupo étnico o de otro. Por eso, la verdadera libertad y fraternidad sólo tienen sentido y sólo pueden articularse allí donde cada grupo busca su propio bien buscando el de los demás.
Esa igualdad en el diálogo sólo puede alcanzarse allí donde se acepta y valora la existencia de los diversos grupos (étnicos, sociales) con tendencias religiosas y opciones culturales distintas. Para que se consiga así la igualdad de oportunidades hay que ofrecer un trato especial a los que se encuentran en situaciones de inferioridad social (huérfanos y viudas de la tradición bíblica judía, cojos-mancos-ciegos de la historia evangélica) y cultural o étnica (a los que corren un peligro mayor de perder su identidad). Buscamos así una igualdad que acepta las diferencias y que se goza en ellas, de tal forma que no se expresa por la imposición de la mayoría, sino por el respeto a las minorías. Esta es una igualdad que no se gana por mayorías absolutas, ni por presiones violentas de las minorías, sino por respeto a todas las opciones y, en especial, a las de aquellos que tienen menos posibilidades de expresar su identidad. Para que pueda darse una cultura que sea verdaderamente multi-étnica es necesario el surgimiento de unas experiencias de gratuidad, en las que cada grupo busca el bien de los otros[28].
En contra de este ideal de diálogo entre grupos y culturas, algunos tratadistas modernos (como S. Huntington, El choque de las civilizaciones, Paidós, Barcelona 2000, original norteamericano de 1996) han pensado que las grandes culturas, vinculadas con tradiciones y experiencias religiosas especiales, aparecen como portadoras de unos ideales de universalidad, que no son compaginables entre sí, de manera que terminarán enfrentándose a muerte. El sistema comunista ha fracasado. Externamente ha triunfado, al menos en occidente, el modelo capitalista, que suele vincularse a la tradición judío-cristiana. Pero hay otros pueblos y culturas que mantienen su propia identidad y que, de algún modo, aspiran al dominio sobre todo el mundo. Es muy posible que entre ellos surja en el próximo futuro un tipo de guerra por el dominio mundial.
No es fácil valorar los argumentos de Huntington y de otros teóricos occidentales, pues de la impresión de que apelan al peligro de la diversidad de cultura para imponer por la fuerza la propia (lo que sería la cultura del capitalismo mundial). De esa forma utilizan el mismo argumento de los políticos cuando condenan todos los terrorismos menos el propio. Ciertamente, hay un problema que está fundado en la diferencia que hoy existe entre el único sistema mundial (económico-técnico) y la diversidad de civilizaciones (es decir, de formas de entender la vida humana). Pero la solución de ese problema no está en destacar el peligro de las diversas culturas, sino más bien (y sobre todo) el riesgo de violencia del capitalismo mundial.
Ciertamente, vivimos, sin duda, en una situación inestable, de manera que muchos tienen miedo y piensan que el futuro de la humanidad se encuentra hipotecado por el enfrentamiento entre las varias tradiciones religiosas y culturales; pero ese enfrentamiento total no parece inevitable. Pero el mayor peligro no viene de las antiguas culturas (islámica o taoísta, por poner dos ejemplos), sino más bien del sistema que quiere imponer sobre todos los hombres su falta de cultura, haciéndolo en nombre del dinero.
(Seguirá)
[1] Los pobres pueden vivir en un contexto en que la mayoría son pobres (el sistema social no producir medios suficientes) o en un contexto donde hay bienes suficientes, pero poseídos sólo por una minoría. Esta segunda es la situación es más normal dentro de un mundo globalizado como el nuestro: la pobreza de unos se encuentra vinculada a la riqueza de otros, como supone ya el mismo Mt 25, 31-46.
[2] El mismo sistema acaba siendo contradictorio: promete y ofrece a los pobres una amplia libertad formal, pero no les capacita para desplegarla, pues sus mismas estructuras económico-sociales se lo impiden, dejando a esos pobres fuera de los cauces dominantes de la producción y consumo. Por eso, muchos pobres se encuentran condenados a morir en puro silencio, expulsados de la gran ciudad del bienestar, sin más remedio que buscar unas relaciones y valores (desvalores) al margen de la autoridad dominante.
[3] De todas formas, muchos de los condenados al hambre suelen ser “pacíficos”, en el sentido ordinario de ese término: no tienen ni siquiera fuerzas, ni medios económicos (armas) para amenazar con violencia a los violentos que dominan el orden económico del mundo; por eso, la mayoría mueren en silencio.
[4] Todos corremos el riesgo de quedar destruidos por la violencia de un capitalismo que se absolutiza a sí mismo y por la búsqueda de ganancia de un mercado universal, como sabía Ap 17 cuando presentaba al mercado-capital como Prostituta que cabalga sobre la Bestia militar y bebe en su copa de falso misterio la sangre de la vida de los pobres La mentira mayor de ese capitalismo consiste en presentarse como portavoz y garante de la paz, como ha señalado Ap 13, cuando condena la Segunda Bestia, que es la propaganda filosófico-religiosa al servicio del sistema. Esta Bestia expresa el máximo peligro porque se presenta a sí misma como portadora de verdad, revelación de un orden divino sobre el mundo. Esta es la Bestia de la ideología, que justifica el poder del sistema, sacralizando su violencia. Más que el tener para vivir importa, según ella, el vivir para tener, para comprar y consumir. El humano ya no vale como ciudadano (por su dignidad personal), sino por lo que puede consumir, dentro de un mundo hecho mercado.
[5] Lógicamente, en muchos lugares se ha creado una conciencia fuerte de inseguridad y violencia. En este contexto surgen, por un lado, las asociaciones de violencia armada, sobre todo de jóvenes sin referencias familiares o sociales y, por otro lado, las mafias económicas, que suelen actuar como grupos desarmados, pero violentos, que buscan su propio enriquecimiento con métodos que suelen tener rasgos delictivos. Algunas de esas bandas parecen perfectamente legales, e incluso pueden presentarse como buenas para la sociedad, pero la mayoría desembocan en gestos de violencia social (a veces, incluso, militar o para-militar), sobre todo cuando entran en juego el tráfico de armas, de drogas etc.
[6] Cf. M. Hernández, “El hambre”, en El hombre acecha, Obras completas, Losada, Buenos Aires 1976, 326-327. “El hambre es el primero de los conocimientos…/ Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos / donde la vida habita siniestramente sola. / Reaparece la fiera, recobra sus instintos, / sus patas erizadas, sus rencores, su cola”.
[7] El capitalismo ha terminado convirtiéndose en un sistema de violencia económica, que ha sido capaz de organizar la producción y ha producido muchos bienes de consumo, pero ha condenado al hambre y a la muerte a millones de personas, pues ha dado más valor a la producción y posesión de bienes económicos que a la vida de los hombres y de esa forma corre el riesgo de destruir a la misma humanidad. Estrictamente hablando, el capitalismo no necesita matar con violencia directa, aunque los ejércitos que están a su servicio lo han hecho (y lo seguirán haciendo). Pero la misma estructura capitalista está condenando al hambre y a la muerte a millones de personas, suscitando además reacciones a veces “terroristas” de aquellos grupos pobres, que tienen capacidad para reaccionar. Ciertamente, el hombre no vive sólo de pan (cf. Mt 4, 4), pero sin pan no puede mantenerse. Donde se amontonan los bienes crecen de manera inexorable los ladrones (cf. Mt 6, 19-21).
[8] Cf. en El Señor de los ejércitos. Historia y teología de la guerra, PPC, Madrid 1996.
[9] Muchos piensan que está surgiendo ya o que surgirá muy pronto una federación supranacional o incluso de un estado mundial, que podrá superar las formas de violencia militar antigua. Pero de hecho, en contra de ese ideal, gran parte de los estados actuales (y sobre todo el gran imperio actual que es USA), siguen cultivando una ideología de seguridad militar, suponiendo que ellos son respetables con un tipo de ejército fuerte, de manera que para mantener la paz siguen apelando a la violencia de sus armas. Así afirman que quieren superar la guerra, pero siguen creando armamentos capaces de destruir la humanidad entera y que la están destruyendo ya, pues con los gastos militares se podría ofrecer alimento y educación a todos los pobres del mundo.
[10] Cf. E. Sábato, Abbadón, el exterminador, Seix Barral, Barcelona 1981, 3-85. Cf. P. Sloterdijk, Temblores de Aire. En las Fuentes del terror, Pre-Textos, Valencia 2003.
[11] En otros tiempos, se podía suponer que la guerra desembocaba en la victoria de un grupo y la divinización de sus poderes de violencia, de manera que podría crearse un nuevo equilibrio de racionalidad sobre la tierra. Eso parece ahora imposible: la guerra tiende a convertirse en destrucción universal, sin fin, como una espiral que se enrosca en sí misma, exigiendo siempre nuevas destrucciones.
[12] En un sentido extenso, el terror forma parte de la experiencia humana, tal como ha dicho R. Otto, al describir la religión como simbiosis de lo fascinante y pavoroso Lo Santo, Rev. de Occidente, Madrid 2000. He desarrollado el tema, criticando una visión “terrorista” de la religión, en El Fenómeno Religioso, Trotta, Madrid 1999. El uso de la palabra terror como elemento político está vinculada a la conducta del antiguo Comité de Salud Pública, dominado por los jacobinos, que desataron un período de Terror en los momentos cruciales de la Revolución Francesa (1793-1794), antes que Napoleón tomara el poder absoluto. El terror había sido siempre un medio de coacción militar, ejercido por todos los grupos y estados conocidos, desde China a Babilonia, desde el Imperio Romano hasta los conquistadores europeos de los siglos XVI al XX. Pero algunos dicen (más por conveniencia egoísta que por verdad histórica) que ha estallado de forma especial en 11 del XI de 2001, con el atentado contra las Torres Gemelas de New York. En ese contexto se habla en España de terrorismo y los mismos obispos católicos han publicado una carta (diciembre de 2002) para condenarlo
[13] Los “estados de derecho", que se presentan a sí mismos como garantes de legalidad “pacífica”, afirman que ellos no acuden al terror para conseguir sus objetivos, sino al poder del razonamiento (quieren convencer y convencerse a través de la palabra) y a una ley que se expande en un sistema judicial y punitivo. Pues bien, algunos grupos “menores”, que se sienten desamparados u oprimidos por un tipo de ley de la mayoría, se creen capacitados para no aceptar el tipo de ley y de sistema represivo de la mayoría, que a su juicio no responde a unos principios de libertad y de justicia universal.
[14] En línea general, apelan al terror los grupos más pequeños, que se sienten incapaces de transformar de un modo “legal” y democrático el orden o estructura de una sociedad determinada. Es normal que en este campo se crucen las acusaciones. Los poderes establecidos tienden a llamar terroristas a los grupos que se oponen a su dominación “legal”. Por su parte, muchos movimientos revolucionarios tienden a llamar terroristas a los poderes establecidos, porque absolutizan su sistema y no permiten el despliegue de grupos menores.
[15] En perspectiva general resulta a veces muy difícil ofrecer una respuesta clara. De todas formas, en una situación en que los estados establecidos (y el Imperio) quieren mantener el control “legal” de la violencia (ejército, policía) y donde imponen por la fuerza su propia economía, resulta difícil condenar sin más la violencia de la guerrilla callejera o de ciertos terrorismos de tipo anti-estatal. En un contexto como ese, muchos piensan que sólo hay tres salidas (1) Crear un tipo de policía universal, al servicio del imperio y de los poderes establecidos, vendiendo de esa forma nuestra libertad. (2) Quedar en manos de una violencia múltiple, que parece incontrolable, siempre amenazadora. (3) Buscar formas no violentas de vinculación múltiple, en gesto de diálogo y respeto universal, como indicaremos en la segunda parte de este trabajo.
[16] Ciertamente, el hombre es economía, como hemos dicho ya. Pero, al mismo tiempo, en un nivel más hondo, es palabra de encuentro racional y cordial, como sabe Mt 4, 4. El hombre es afecto y pensamiento, es amor y razón, pero un amor y razón que pueden estallar de un modo violento, como hemos visto ya al tratar del chivo expiatorio.
[17] Esta es, a mi juicio, la violencia que resulta más peligrosa y se ejerce a través de controles genéticos y educativos, familiares y sociales, como ha evocado A. Huxley, A Brave New World (=Un mundo feliz). Ap 13, 11-12 afirma que los portadores de esta violencia tienden a presentarse como corderos, pero en el fondo son bestias destructoras, que pueden llevar, incluso, a la aniquilación del mismo ser humano.
[18] La información se convierte en principio de violencia: no nombra a las cosas por lo que son, sino por lo quieren que sean aquellos que las pagan o consumen. En esa línea, los que llevan el control de los medios de la prensa escrita y de la radio-televisión pueden acabar construyendo un mundo mental a imagen y semejanza. Ciertamente, este control nunca será total, de manera que surgirán formas de comunicación alternativa, que utilizarán sobre todo los medios “menores” (menos costosos), más directos, de encuentro inmediato o más cercano entre los hombres y mujeres, utilizando de un modo especial los medios más individualizados que ofrece la informática.
[19] En este campo, se puede y debe hablar de opresión cultural no sólo allí donde se impone una lengua o cultura por la fuerza, sino también, y sobre todo, allí donde un grupo dirige la forma de pensar del conjunto, creando un tipo de cultura o incultura dominante (donde la mayoría acaban estando dominados, quizá sin darse cuenta de ello)..
[20] El Apocalipsis cristiano (Ap 13) ha puesto de relieve el riesgo esclavizante de la falsa religión de los ídolos (del ídolo Roma), que hace que todos piensen y vivan de una manera (sólo los que llevaban la marca del ídolo podían pensar y comprar). En contra de eso, judaísmo, cristianismo y otras grandes religiones (budismo, hinduismo...) serían liberadoras. Pero, al instituirse en forma social, ellas han corrido el riesgo de emplear medios de esclavitud religiosa para tener “sometidos” a sus fieles, y salvarles así de su riesgo de caída o herejía. Basta con pensar en la Inquisición y en otras formas cercanas de sometimiento religioso
[21] En este lugar de la anarquía creadora sitúan los cristianos al Espíritu Santo, que es anterior a todas las leyes posibles y que vincula a los hombres con el poder creador de Dios, en la línea de Jesús, es decir, en línea de gratuidad y donación de vida. En esa misma perspectiva se sitúan las diversas religiones cuando hablan de un descubrimiento de la Presencia, es decir, de una manifestación de los poderes fundantes de la Vida. Miradas las cosas así, podemos afirmar en el fondo de todos los hombres existe un momento de anarquía, que no implica enfrentamiento y lucha, sino retorno a los principios divinos de la vida. Si se seca esta fuente de energía superior, los hombres y mujeres concretos se destruyen, pierden su humanidad.
[22] Parece que los estados sólo pueden sentirse satisfechos cuando poseen armas suficientes para defenderse. Por eso se afanan, en una carrera económica y militar, que pone a los habitantes del país al servicio de la guerra. Esclavos de los dioses de violencia seguimos siendo sobre el mundo; adoramos todavía a los ídolos de muerte. Hay que empezar resaltando el valor de los estados, entendidos no sólo como “encarnaciones sociales” del poder simbólico de algunos grupos dominantes, sin también como racionalización de las relaciones sociales. Los estados tienden a divinizarse, como ha dicho Hobbes: ellos se vuelven el signo supremo de Dios sobre la tierra: reciben un carácter mesiánico.
[23] Hemos creado y seguimos creando (aumentado) redes de información y comunicación, de capital y producción, que nos conectan en todos los lugares del mundo. En este contexto se plantea el tema de la globalización y la libertad. Pueden discutirse algunas de sus formas, pero la globalización se ha extendido de un modo imparable, de manera que puede acabar imponiéndose sobre todos los hombres y mujeres de la tierra, en una especie de dictadura mundial. Por eso es necesario mantener un nivel de gratuidad, por encima de todos los principios sociales y legales del sistema.
[24] Pues bien, esos esquemas seculares de identidad nacional se están resquebrajando rápidamente en los últimos siglos. Siempre han existido conquistas, invasiones, migraciones y procesos de mestizaje que han cambiado las formas sociales de los grupos humanos, pero tenemos la impresión de que nunca habían sido tan fuerte como ahora. Parece estar llegando un tiempo de cambio global, que de algún modo afecta a todos los humanos. Las necesidades de una comunicación mundial y los desajustes económicos y sociales, vinculados al triunfo del capitalismo y a la desaparición de la forma de vida tradicional (más estable, más cerrada en sí misma, de tipo agrícola) han hecho que diversos grupos humanos (con fuerte identidad nacional y lengua propia) se encuentren amenazadas.
[25] El cautiverio se hallaría en la línea de lo que la tradición inglesa ha llamado bondage, abarcando gran parte de las opresiones, marginaciones y sometimientos que la teología y filosofía de la liberación ha estudiado con detención en los últimos decenios.
[26] Quizá se puede afirmar que se ha aplicado, de manera cultural, el principio básico de la paz de Westfalia (1648), que decía: “cuius regio eius et religio”. El poder dominante de una zona determinada recibía así el derecho de imponer su religión (y en este caso su cultura) sobre el conjunto de la población. Nacieron de esa forma los estados uni-étnicos, por imposición nacionalista. De esta forma se crean situaciones de fuerte violencia, que suelen valorarse de manera distinta, según se mire desde la perspectiva del estado central (que tiende a presentarse como portador de la única ley y violencia legal) o desde la perspectiva de los pueblos sometidos.
[28] La Biblia conoce el ideal de Cultura mesiánica, que vincula a todos los humanos en un mismo diálogo de amor, en las Bodas del Cordero de la patria final. Pero ella conoce también el riesgo de un grupo que quiera imponer su cultura por la fuerza, con métodos dictatoriales... Parece que vamos caminando hacia una cultura global, en plano sistémico (de economía capitalista, de burocracia administrativa y de ciencia). Al mismo tiempo parece que van a seguir existiendo algunas grandes culturas, con sus lenguas y tradiciones... Es evidente que seguirá habiendo tensiones y pueden darse diversos tipos de imposición y de esclavitud para los grupos menos competitivos.