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Dom 28 TO (11.10 26.) No puedes amar y ser esclavo del dinero (Mt 6, 24) Parábola del banquete en Lucas, Mateo Tomás.

Curso impartido por PIkaza en UNMINUTO
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En la postal anterior he presentado la parábota del banquete conforme a la versión de Mt 22, 1-10 y Lc 14, 16-24. Hoy añado la versión de Tomás  64.  Diversos pasajes del Antiguo Testamento y de la tradición apocalíptica presentan el banquete como signo del Reino de Dios (culminación escatológica). Un texto que se evoca a menudo es Is 25, 5-10: “El Señor de los ejércitos prepara en el Monte Sión un festín de manjares suculentos, aniquilando allí a la muerte”. También suele citarse Zac 9, 17: ¡Qué espléndido será, qué hermoso! El trigo hará florecer a los jóvenes, el mosto a las doncellas!”. Ese banquete se sitúa sobre el Monte Sion, que Is 2, 1-5 presentaba como lugar de reconciliación universal (¡de las espadas forjarán arados!)[1].

 La versión de Mateo y Lucas contiene un recuerdo original de Jesús, que puede y debe situarse en el contexto de su misión, quizá en su ascenso a Jerusalén, tras haber culminado (¿con fracaso?) su mensaje en Galilea. Así lo ha destacado Lucas, que entiende esta parábola desde la perspectiva general de la llamada de Jesús, sin referencia al rechazo de los sacerdotes y escribas, y al juicio sobre Jerusalén (que ha introducido Mateo), manteniendo así el carácter más simbólico del texto, con los tres trabajos y riquezas que se oponen al “seguimiento” del Reino: compra de un campo (tierra), de bueyes (trabajo agrícola) y matrimonio (me he casado).

Significativamente, esas tres ocupaciones o riquezas son las que dispensan al israelita de alistarse en la guerra (cf. Dt 20 5-7; 24, 5). No se trata pues de trabajos secundarios, sino de aquellos que marcan la vida del hombre (y que tienen más valor que la guerra en defensa del pueblo). Pues bien, a pesar de ello, los que han sido llamados al banquete, aunque estuvieran exento de la guerra, ha de dejarlo todo en un segundo plano (tierra, trabajo, matrimonio), para acoger la riqueza de Dios que es el Reino, desde el que reciben su sentido las otras riquezas, que pueden comprarse con dinero (tierra, campos) o que sólo pueden entenderse desde la riqueza suprema del Reino (matrimonio). 

Entendida así, esta parábola, tal como ha sido expuesta de manera armónica por Lucas (tres escusas, dos envíos…), tiene un hondo carácter económico y debe entenderse en un sentido “material”, no para negar el valor del dinero-economía, sino para reinterpretarlo al servicio del Reino.

Mateo, en cambio, la convierte en una alegoría, dirigida primero a los invitados de origen judío, y luego a todos los pueblos (misión universal), con un tinte apocalíptico, que incluye la más dura amenaza contra algunos que, siendo judíos, han rehusado la llamada (Mt 22, 7: destrucción de Jerusalén) y para otros que aun aceptándola y sentándose en la cámara de boda (los cristianos) no mantienen la vestidura del banquete (añadido eclesial de Mt 22, 11-14).

Mateo no concreta ni distingue de un modo preciso los motivos del rechazo que aparecían en Lucas (campo, bueyes/negocio, matrimonio), sólo evoca dos en general, y los mantiene unidos, unos marcharon a su campo (agron), otros a su negocio o riqueza (emporia: Mt 22, 5), omitiendo el de la boda, pues no está en el plano monetario de los otros, y no se opone de esa forma (como ellos) a la invitación del Reino. Y a partir de aquí presento la versión de cada evangelio, para ofrecer al final una versión de conjunto del tema, comparando amor y dinero,  negocios y reino de Dios

 Lucas  14, 16.

Un hombre cualquiera ( Ἄνθρωπός τις), dio una gran cena (δεῖπνον μέγα) y convidó a muchos; 17 a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: Venid, que ya está todo preparado. 18 Pero todos a una empe­zaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.” 19 Y otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses. 20 Otro dijo: Me he casado, y por eso no puedo ir.

21 Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad (πλατείας καὶ ῥύμας τῆς πόλεως), y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos. 22 Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.” 23 Dijo el señor al siervo: Sal a los caminos y cercas (τὰς ὁδοὺς καὶ φραγμοὺς ), y obliga a entrar hasta que se llene mi casa. 24 Porque   ninguno de aquellos in­vitados probará mi cena (μου τοῦ δείπνου. [2].  

                         La parábola le llega de Jesús y él la cuenta a su manera desde su visión del cristianismo, quizá desde Roma[3].Es una parábola sencilla, elegante. Probablemente proviene de Jesús, pero ha sido reformulada por Lucas, pensador e historiador que conoce bien el mundo romano y lo respeta. Da la impresión de que la historia y vida de la humanidad está al s servicio de la Cena del hombre, a la caída de la tarde (el séptimo día de la tradición judía. El “hombre” invita a todos, gratuitamente, pero con gran interés, como si todo su placer consistiera en ofrecer su cena de amor y vida plena a los hombres, al llegar la oscuridad de la noche, que es la muerte, el fin del mundo.

                         Por eso invita a hombres y mujeres al amor y a la vida en plenitud, empezando por los de la ciudad, que desde un punto de vista puede ser Jerusalén, capital de los judíos y por otro Roma, capital del imperio del mundo y ellos se excusan con buenas razones, las tres razones fundamentales de la historia humana: Comprar/adquirir un campo, adueñarse de la tierra, comprar y adiestrar unas yuntas de bueyes, que son signo de los medios de producción de bienes de consumo, y casarse, que es el signo supremo de la vida social en el mundo, crear familia, ciudades, sociedades.

                         No son unos bienes cualquiera, son los tres bienes que definen la existencia del hombre en el mundo, la gran tarea y bendición de la historia de Dios en Roma y el mundo (urbi et orbi), en Israel y en las naciones, como ha puesto de relieve con gran precisión la ley de la guerra de Deuteronomio.: Por diversas razones pueden salir los pueblos a la guerra, pero hay tres que están por encima de la guerra, de tal forma que los hombres más guerreros han de renunciar a la guerra y hacer paz: Comprar un campo para vivir, unos bueyes para trabajarlo y casarse y casarse para habitar en amor y fecundidad sobre la tierra.

                         Pero el conjunto de la humanidad, tanto los de la ciudad (Roma o Jerusalén), como los de fuera de la ciudad (los paganos) buscan eso: Propiedad, trabajo productivo, casa propia (un matrimonio para ellos). No les importa el plan de Dios que es la cena, es el amor… Gentilmente se excusan. El Hombre no les castiga, simplemente les deja arreglando sus cosas, sus campos, sus bueyes, sus bodas particulares, que, en un sentido son buenas pero que, en otro sentido no son cena universal de bodas.

                         El Hombre no les castiga, no les mata ni manda al infierno, simplemente queda triste porque no aceptan su boda, su cena, su campo y sus bueyes de cielo, de transformación de amor del universo. Ésta es la gran pena del Hombre, el fracaso de su plan universal de vida humana como Cena suprema de amor de bodas. Así deja Lucas el tema, pero Mateo lo matiza y recrea desde una perspectiva israelita.

Mateo  22, 1-10:

El reino de los cielos se parece a un Hombre Rey (ἀνθρώπῳ βασιλεῖ) que celebraba las bodas para su hijo (γάμους τῷ υἱῷ αὐτοῦ). Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les di­jeran: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y se llenaron de ira hasta matarlos (ὕβρισαν καὶ ἀπέκτειναν). El rey montó en cólera (ὠργίσθη), envió sus tropas, que mataron a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciu­dad (ἀπώλεσεν τοὺς φονεῖς ἐκείνους καὶ τὴν πόλιν αὐτῶν ἐνέπρησεν.).

        Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convi­dados no eran dignos (οὐκ ἦσαν ἄξιοι·). Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda ( καλέσατε εἰς τοὺς γάμους.). Los criados salieron a los ca­minos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos y la sala del banquete se llenó de comensales (καὶ ἐπλήσθη ὁ νυμφὼν ἀνακειμένων).

     Mateo ha contado la historia con grandes novedades, unos años después de Lucas (hacia el 90 d.C.), quizá desde Antioquía, aplicando la vida y mensaje de Jesús, desde el interior de la historia judía y cristiana. Es una aplicación histórica, pero no olvidemos que sigue siendo en forma de parábola, no de doctrina

     En forma de parábola, el hombre del evangelio de Lucas aparece como Rey de Israel y del mundo, un rey especial que tiene un Hijo querido, heredero de su viña a quien habían matado los renteros (Mt 21, 33-45). Pues bien, ahora, el hombre-rey quiere celebrar las bodas de su hijo, en amor en dignidad, y por eso invita a todos para que el rey y su hijo puedan celebrarlas con ellos.

     Éste es un cambio cualitativo respecto a Lucas, donde el banquete era sólo para los hombres; ahora, en cambio es importantísimo para Dios, como ha puesto de relieve Juan de la Cruz en su Romance de la Trinidad. Estas son las bodas íntimas de Dios, el banquete de su Hijo de Dios con los hombres, como gozo supremo de los convidados humanos, sino de la familia de Dios que es su Hijo Jesús, encarnado en la historia

     Dios quiere celebrar su amor con Cristo (su hijo), vinculando así su amor paterno con el amor fraterno-esponsal de su Hijo, como ha puesto de relieve el verso final del cántico de Flp 2, 1-1. Jesucristo es Kyrios para gloria de Dios Padre. El Kyrios es, según eso el esposo pascual de los hombres, a quienes Dios Padre ha invitado a las bodas, pero ellos no han querido.

     Per en la parábola de Mateo hay aún otra novedad respeto a Lucas: Los invitados no se han limitado a excusarse y no asistir a las bodas, sino que se han airado con los enviados del rey (los profetas), llegando a matarles. No han podido matar al hijo-novio, pero han matado a los profetas de Israel siervos del rey, que han anunciado y preparado las bodas de su hijo, como ha hecho de un modo especial Juan Bautista del que he tratado en cap 5,

     Este asesinato de los siervos de Dios y profetas forma parte no sólo de la historia de Israel, sino de la humanidad en su conjunto, desde Caín y Abel hasta la muerte de Zacarias, hijo de Baraquías (Mt 23, 35) como he puesto de relieve en Antropología de la Biblia (Salamanca 205). El amor de Dios, traducido en forma de amor interhumano, se ha convertido en ira de muerte, asesinato de los enviados de Dios y profetas (ὕβρισαν καὶ ἀπέκτειναν, Mt 22, 6).

     En lenguaje de parábola (advertencia simbólica y aviso), Mateo responde citando el juicio y destrucción de los judíos en la guerra contra Roma (67-70 d.C), con un lenguaje que aparece no sólo entre cristianos, sino especialmente en la literatura judía del siglo I-II d.C. y especialmente en la obra de Flavio Josefo. Aquí nos importa sólo en lenguaje de Mateo en la parábola, conforme a la norma del talión intra-judío. Las palabras de la parábola son claras, no necesitan explicación: El rey montó en cólera (ὠργίσθη), envió sus tropas, que mataron a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciu­dad (ἀπώλεσεν τοὺς φονεῖς ἐκείνους καὶ τὴν πόλιν αὐτῶν ἐνέπρησεν).                 En sentido histórico, el rey que mandó aquellas tropas no fue Dios, sino el emperador romano (Vespasiano). Pero, en último término, el responsable teológico de la derrota y destrucción de Jerusalén fue Dios, conforme al talión teológico utilizado por una parte de la tradición judía, hasta el día de hoy. Pero como he puesto de relieve en los tres capítulos anteriores, lo que en un sentido puede y debe entenderse como venganza de Dios (en la línea del Yom Kippur de Lev 16), puede y debe interpretarse como superación de la venganza.

     Dios no destruyó a Jerusalén para vengarse por la muerte de su hijo, sino todo lo contrario: Dios permitió la muerte de Jesús (y la muerte de todos los asesinados desde Abel a la actualidad), para salvación de los, especialmente de los judíos, como he venido poniendo de relieve en este libro, abriendo un camino de conversión y transformación

      La muerte de Jesús, con la derrota del judaísmo histórico del judaísmo del “segundo templo”, con la destrucción de Jerusalén forma parte de la historia mesiánica de Dios con Israel, una historia que los cristianos han definido y siguen definiendo todavía como “holocausto” o expiación, en una línea que que se sitúa en la línea del Yom Kippur de Lev 16, pero que yo he querido y quiero exponer en una línea anti-expiatoria. Jesús no ha muerto como el chivo expiatoria de Lev 16, pues el Dios verdadero, cuya esencia/historia ha definido la carta a los Hebreos no es un Dios de expiación-expulsión, sino de encarnación y acogida gratuita de amor.

     Este es un tema en el que debemos seguir profundizando, no sólo los cristianos por aislado, sino en comunión con el judaísmo, que ha reinterpretado /(y a mi juicio debe seguir reinterpretando) el Kippur en una línea no-expiatoria, contraria al sentido sacrificial del holocausto, en la línea de la mayor parte de los intérpretes modernos, como M. Buber y J. Rosenzweig). Por nuestra parte, los cristianos debemos rechazar también la interpretación sacrificial, expiatoria, de Jesús.

     Ni los judíos de la guerra del 67-70 d.C., ni los del 1936-1939-1945 murieron para expiar los pecados ante Dios, ni tampoco Jesús murió para expiar ante Dios, aino que Jesús y los judíos antiguos y actuales murieron “por los pecados de los hombres” (1 Co 15, 1-3), en manos del amor de Dios. Tanto el judaísmo rabínico posterior, como el cristianismo, han superado de hecho (aunque algunos quizá no lo hayan advertido) y deben seguir superando el lenguaje expiatorio de reparación ante Dios y de holocausto, como sigue indicando la parábola: La boda está preparada, pero los convi­dados no la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los ca­minos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos y la sala del banquete se llenó de comensales.

     Aquel tipo de judaísmo no eran digno (ἄξιοι) de aquella manera, como nosotros no éramos ni somos todavía dignos de que llegue el gran banquete final. Humanamente hablando, lo judíos muertos de la guerra del 67-70, como los judíos de la gran soah o cataclismo humano del 1939-1945 han sido víctimas de enfrentamientos inter-humanos y guerras que forman parte de nuestros pecados, no de una necesidad que Dios tendría de ser expiado. Por eso, la única respuesta es seguir anunciando por todo el mundo la preparación y llegada del banquete, a todos los pueblos, judíos y gentiles, como sigue diciendo esta parábola y el mensaje final de Mt 28, 16-20.

Evangelio Tomás 64:

      Jesús ha dicho: Una persona tenía huéspedes. Y cuando había preparado el banquete, envió a su esclavo para convidar a los huéspedes. Fue al primero, le dice: Te convida mi amo. Respondió: Tengo unos negocios con unos mercaderes, vienen a mí por la tarde, iré para colocar mis órdenes con ellos, ruego ser excusado del banquete. Fue a otro, le dice: Mi amo te ha con­vidado. Le respondió:He comprado una casa y me exigen por un día, no tendré tiempo libre. Vino a otro, le dice: Mi amo te con­vida. Le respondió: Mi compañero va a casarse y tengo que preparar un festín, no podré venir, ruego ser excu­sado del banquete. Fue a otro, le dice: Mi amo te con­vida. Le respondió: He comprado una finca, voy a cobrar el alquiler, no podré venir, ruego ser excusado. 

Vino el esclavo, dijo a su amo: Los que has convidado al banquete se han excusado a sí mis­mos. Dijo el amo a su esclavo: Sal a los caminos, trae a quienesquiera que encuentres, para que cenen. Y él ha dicho: Comerciantes y mercaderes no entrarán en los lugares de mi Padre   

    Esta versión de Tomás ofrece un hondo contenido parabólico y conserva (pone de relieve, aumenta) las razones del rechazo de los invitados, que no son tres sino cuatro, como signo de totalidad de un mundo que se niega a recibir el Reino de Dios: (1) Uno se niega porque han llegado mercaderes, y tiene que tratar con ellos de negocios. (2) Otro no va porque ha comprado una casa. (3) El tercero porque tiene que preparar la boda de un amigo, no la suya, quizá porque en un contexto semi-gnóstico no se puede hablar de bodas propias. (4) El cuarto porque tiene una finca arrendada y debe cobrar su renta.

Son excusas comprensibles, pues derivan de ocupaciones importantes: negocios, casa propia, boda de amigos, rentas económica…, pero impiden que los invitados acudan al banquete. Unas excusas o razones semejantes aparecen en otros lugares del mensaje de Jesús y de la primera iglesia, como pueden verse en el motivo de las “malas” tierra que impiden que crezca la semilla del Reino, a partir de Mc 4, 15-19 (dureza de la tierra, persecuciones, preocupaciones del mundo, deseo de dinero), pero aquí han recibido quizá un sentido simbólico intimista.

Pues bien, de manera sorprendente, al final del pasaje, Ev Tom 64 introduce un “logion” que puede formar parte de una tradición antigua: Comerciantes y mercaderes no entrarán en los lugares de mi Padre. El gran impedimento para el reino de Dios (para el amor) son loe negocios de este, es decir, el dinero absolutizado, tal como afirma Jesús en Mt 6, 24: No poddeía servir a Dios y al dinero

Esta sentencia (no entrarán en el Reino: en los “lugares de mi Padre”, cf. Jn 14, 2”) aparece en varios lugares del Nuevo Testamento, aplicada a diversos tipos de personas, y el mismo final de Lc 14, 24 dice que “ninguno de aquellos in­vitados probará mi cena”, refiriéndose en concreto a los citados: el que ha comprado un campo o unos bueyes o se ha casado. Pero EvTom reinterpreta ese final de un modo restrictivo (no alude a los que se casan o asisten a la boda de otros, ni tampoco a los reciben dinero de una renta) y al mismo tiempo expansivo: se refiere a todos los que negocian con dinero (no sólo a los que compran una casa o unas yuntas de bueyes), llamándoles comerciantes (los que compran: agorastai) y mercaderes (emporoi)[4].

La parábola trata así de personas que compran (agorastai, hombres de mercado, que adquieren y tienen bienes: casas, fincas) y viven del comercio (emporoi: mercaderes), como el anthropos emporos, comerciante en ricas margaritas de Mt 13, 45. Tanto esa parábola de Mateo, como la anterior (Mt 13, 44: tesoro escondido en el campo) proclaman la exigencia de “venderlo todo” (=quedarse sin dinero), para comprar de esa manera el campo del tesoro o la misma margarita, superando de esa forma un tipo de economía (vender todo) para iniciar una economía de Rein.

Pues bien, en esa línea, pero avanzando hasta el final, EvTomás habla de hombres que compran y negocian con dinero, añadiendo que no entrarán en el lugar del Padre (el Reino), mostrando así la necesidad de un intenso cambio personal y económico. No se trata de portarse mejor o peor, de un modo más o menos leal, en el comercio, sino de superar toda economía dinero (de compras, de negocios). En esa línea, de un modo absoluto, EvTom 64 afirma que los que venden o negocian no entrarán en el Reino (=casa de mi Padre).

-- Esa palabra (EvTom 64) ha de entenderse de un modo social, pues se aplica en un primer momento a los compradores y comerciantes, que viven “al servicio del dinero”, en la línea de Mammón, y no de Dios. En esa línea, al condenar a los comerciantes y vendedores de (por) dinero, Ev. Tomás podría aceptar (por inversión) un proyecto de fondo semejante al de Mc 10, 28-31, donde se dice que los seguidores de Jesús comparten bienes y lazos familiares en la línea del ciento por uno. Pero, en conjunto, EvTom ha optado por una superación radical de una economía de campos-casas-familia, situándose en un plano intimista (en línea de gnosis), de forma que no asume ni desarrolla un proyecto campo-casas compartidas, con producción al ciento y familia de cien “madres e hijos” (que procrea y trabaja en abundancia).

-- Esta parábola de EvTom contrapone amor a negocios: Para entrar en el Reino habría que superar los negocios monetarios, con casas-campos de trabajo, con familia extensa (de madres, hermanos, hijos…), iniciando una búsqueda de transformación interior, de iluminación o “matrimonio místico” con la divinidad (tema del tálamo o matrimonio interior con Dios, elaborado especialmente por la gnosis). En ese contexto, los compradores y comerciantes a los que condena este dicho serían no sólo los dedicados por oficio a la compra-venta de bienes materiales sino todos los que, de un modo u otro se ocupan de bienes y tareas “materiales” que les impiden entrar en el plano interior de la vida, que es el lugar de Dios.

Amor y negocios, reino y dinero

Tanto Mateo como Lucas (siguiendo el motivo clave de Mc 10, 28-31) aceptan el tema de los “trabajos del mundo”, esto es, de la casa y campo que produce el ciento por uno, y lo mismo el tema de la gran familia (cien hermanos, madres, hijos…), que ha de traducirse en forma social. No se trata, por tanto, de dejar el campo, los buenos, la familia, sino de cambiar su sentido, poniéndolo todo y poniéndose de un modo personal y familiar al servicio del Reino. Ésta es en el conjunto de la tradición sinóptica la respuesta de Lucas, y también la de Mateo, y será especialmente la respuesta que veremos en la glosa de Rom 13, 2-7 (cf. cap. 9).

Pero EvTom parece rechazar esa apertura y esa visión positiva de la riqueza al servicio de la fraternidad, con el motivo familiar (cien madres/padres, hermanos, hijos…) pues ha optado más bien por un modelo de antítesis radical, insistiendo en la contradicción entre las cosas de mi Padre (reino de Dios) y las del dinero (vendedores y comerciantes). En este contexto queda claro que, a su juicio, el Reino del Padre (es decir, la iglesia) se opone de un modo directo al comercio del dinero, aunque no en línea de oposición apocalíptica (como la que hallaremos en Apocalipsis de Juan), sino de enfrentamiento interno, pues como se sabe la gnosis traduce el modelo apocalíptico (escatológico) en clave de oposición protológica (o quizá más bien intimista)[5].

Según EvTom 64, comerciantes y vendedores forman parte de una sociedad es pecadora, no sólo porque busca el lucro, por la administración y manejo del dinero, expulsando y oprimiendo a los pobres, sino también y sobre todo porque “olvida su sentido más hondo”, el origen y salvación divina de la vida. En contra de eso, el Reino del Padre (es decir, la Iglesia) es por principio una sociedad sin interés material, donde lo que importa no es comprar y vender (enriquecerse), sino vivir unión con la interioridad sagrada, cultivando el aspecto más hondo y verdadero de la vida. En esa línea, de un modo consecuente, los gnósticos deberían separarse y vivir aislados, fuera de la sociedad de comerciantes (¡no comprar, no vender, no negociar…!), vinculándose así (en otro plano) a los “resistentes” económico-políticos del Apocalipsis de Juan.

Esta vinculación profunda de Apocalipsis y Gnosis viene siendo destacada desde antiguo, pues tanto en una línea como en otro se puede afirmar que “mercaderes y comerciantes” no entrarán en el Reino, un tema que volveremos a encontrar y desarrollaremos con extensión cuando hablemos del Apocalipsis, en el capítulo final de este libro. Pues bien, en contra de ese doble tipo de huida, la tradición común de los sinópticos, a partir de Mc 10, 28-31, sostiene que los discípulos de Jesús pueden crear comunidades alternativas en las que no se quiere superar el riesgo del dinero (del comercio, de la venta de bienes…) retirándose a un espacio interior resguardado del mundo, sino transformando la misma vida económica y social de este mismo mundo, en línea de comunión de bienes y de comunicación liberada y fraterna de personas, en apertura al Dios Padre Creador, como han puesto de relieve las tradiciones de Marcos y Mateo (y ahora la de Lucas)[6].


[1] He desarrollado el tema en Fiesta del Pan, Fiesta del Vino. Mesa común y eucaristía, Verbo Divino, Estella 2000. En esa línea avanzan, en el tiempo de Jesús, las Parábolas de Henoc (1 Hen 37-71), refiriéndose a un banquete del Hijo del Hombre como salvador escatológico: «Dios habitará con ellos; morarán y comerán con este Hijo del hombre, se acostarán y se levantarán por los siglos» (1 Hen 62, 7-14). Ese símbolo se encuentra en el centro del mensaje y vida de Jesús, como indican las multiplicaciones (Mt 14, 15-21; 15, 32-38; cf. Jn 6, 1-5), que la tradición cristiana ha presentado con rasgos pascuales y eclesiales, aunque en su fondo late un recuerdo histórico, vinculado a las comidas de Jesús con pecadores y excluidos, invitándoles al Reino (cf. Mt 11, 19). Cf. también ApBar 29, 5-8 y  4º Esdras.

[2] Esta parábola, tal como aparece en Lucas, pone de relieve la gratuidad de la invitación y la abundancia de la fiesta de: El hombre/rey invita a todos, sin imponerles ninguna obligación. Sólo quiere honrarles, compartiendo su alegría, aunque corra el riesgo de ser rechazado, por motivos de tipo sino social y económico (campo, bueyes, matrimonio). Cf. A. Stöger, Armut und Ehelosigkeit. Besitz und Ehe der Jünger nach dem Lukasevangelium, Geist und Leben 40 (1967) 43-59; D. B. Kraybill y D. M. Sweetland, Possessions in Luke-Acts: A Sociological Perspective, PRS 10 (1983) 215- 239.

[3]He destacado la importancia histórico-teológica de esta “parábola” en El Evangelio. Vida y Pascua de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990, 63-67. Sobre su sentido, con referencia especial a la historia de Jesús y a la interpretación de EvTom, cf. J. P. Meier, Un judío marginal. V. Parábolas, Verbo Divino, Estella 2017, 281-307.   J. D. M. Derrett, The Parable of the Great Supper, en Law in the New Testament, Darton, London 1970, 126-55; J. Dupont, La parabole des invités au festin dans le ministère de Jésus, TSRT 14 (1978) 279-329; J. F. Hahn, Das Gleichnis von der Einladung zum Festmahl, en FS G. Stählin, Wuppertal 1970. 51-82; A. Vögtle,Die Einladung zum großen Gastmahl und zum königlichen Hochzeitsmahl, en Das Evangelium und die Evangelien, KBANT, Patmos, Düsseldorf 1971, 171-218.

[4] Para el trasfondo griego de EvTom, cf. R. Kasser, L’Évangile selon Thomas, Labor et Fides, Genève 1961 90. Para situar el tema de la parábola en el conjunto de los evangelios, cf. J. S. Kloppenborg, Q parallers, Polebridge, Sonoma CA 1988. El tema de entrar o no entrar en el Reino aparece en el NT desde 1 Cor 6, 9-10 (no entrarán los injustos…), pasando por Ef 5, 5 (los fornicarios, avaros…), hasta Ap 25, 15 (los perros, hechiceros…). En un contexto simbólicamente semejante, Mt 18, 3 par dice que para entrar en el Reino hay que “hacerse niños”, en sentido más social (niño como necesitado) o más gnóstico (niño como inocente). Cf. R. Trevijano, Estudios sobre el Evangelio de Tomás, Ciudad Nueva, Madrid 1997, 179-194.

[5] He desarrollado el tema en Enchiridion Trinitatis. Textos básicos sobre el Dios de los cristianos, Sec. Trinitario, Salamanca 2005, 29-38. Sobre la relación estructural entre apocalíptica y gnosis cf.H. J. Collins y S. Stein (eds.), The Encyclopaedia of Apocalypticism, I-III, Collins, New York 1998s. Cf. también F. García Bazán, Gnosis. La esencia del dualismo antiguo,Castañeda, Buenos Aires 1978; F. Bermejo, La Escisión imposible. Lectura del Gnosticismo Valentiniano, Pontificia, Salamanca 1998; H. Jonas, La religión gnóstica. El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo, Siruela Madrid 2003; E. Pagels, Los evangelios gnósticos, Grijalbo, Barcelona 1980; Ch. Puech, En torno a la Gnosis I-II, Taurus, Madrid 1982; K. Rudolph, Gnosis, Clark,Edinburgh 1977.

[6] La tradición del Nuevo Testamento ha sabido recoger elementos más gnósticos (Ev. Juan) y otros más apocalípticos (Ap Juan), pero en conjunto ella se sitúa en una línea media de “encarnación “ (formulada expresamente por Jn 1, 14), identificando al Dios creador y al Salvador (que actúa en la misma historia), de manera que los hombres no se encuentran fatalmente condenado a (por) Mammón, sino que pueden abrir en este mundo caminos de libertad y comunión económica, en la línea de Mc 10, 28-31, como muestra lo que sigue, aceptando en un sentido la palabra de EvTom 64 (comerciantes y mercaderes no entrarán…), pero afirmando en otro más alto que el mismo comercio (con un tipo de mercado) puede ponerse al servicio del Reino de Dios, como ha mostrado de Mt 25, 31-46 y como indicará de un modo paradójico el próximo texto de Lucas.

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