Dom 32 (8.11.26) Principados y potestades mueren y acaban, no aman. Los hombres mueren y viven, porque aman (1 Tes 4; 1 Cor 15). Apocatástasis
Entre la fiesta de Santos-Difuntos y Cristo-Rey nos pone este domingo la liturgia ante el texto clave 1 Tes 4, 13-18, que ha de completarse y completaré con 1 Cor 15. El argumento se resumeen tres afirmaciones:
a) Las instituciones fabricadas por los hombres (principados y potestades) acaban y mueren no tienen alma Son cosas, no persona).
(b) Los seres humanos, en cambio viven y resucitan, pues son personas, hijos de Dios en amor, con dignidad infinita.
© Esa resurrección en Dios ha recibido en la tradición el nombre de apocatástasis, recreación divina de la realidad humana. Buen fin de semana
Los principados/potestades (estados, capitales…) parecen dominarnos, pero acaban y mueren… Pero nosotros (personas) somos en Dios, vivimos siempre
Mueren todos los poderes potestades del mundo por guerras o votaciones, por desastres económicos… como vemos estos días… mueren y acaban, porque no aman, no tienen alma.
Los seres humanos somos carne de Dios (1 Jn 14).. Nacemos por amor, vivimos unos en otros. Así morimos y resucitamos, porque somos alma, amor de Dios en carne humana.
Siga leyendo quien quiera descubrir la dignidad y vida de los hombres, por encima de todos los principados y potestades. Vea lo que significa la Apocatástasis.
1 Tes 4. El mismo Señor descenderá del cielo:
El Dios cristiano no es alguiena quien los hombres deben servir, sino aquel que sirve y ama a los hombres, aquel que, de un modo especial les acoge por Cristo en la muerte, como sigue otroel texto clave de 1 Tesalonicenses:
No quiero que ignoréis, hermanos, lo referente a los muertos para que no os entristezcáis, como los otros, que no tienen esperanza.
Porque si creemos que Jesús murió y ha resucitado, de igual modo, Dios tomará también consigo a los que han muerto en Jesús.
Pues esto os decimos, como palabra del Señor:(ἐν λόγῳ Κυρίου, ) que nosotros, los vivientes, los que permanezcamos hasta la venida del Señor no llevaremos ventaja a los que han muerto. Porque, cuando suene la Orden, a la Voz del arcángel y la Trompeta de Dios,
el mismo Señor, descenderá del cielo ( καταβήσεται ἀπ’ οὐρανοῦ,)y los muertos en Cristo resucitarán primero;después, nosotros, los vivientes, los que permanezcamos, seremos arrebatados en las nubes, al encuentro del Señor en el aire,y de esa manera estaremos siempre con el Señor.( πάντοτε σὺν Κυρίῳ ἐσόμεθα. 1)Por lo tanto, consolaos unos a otros con estas palabras (1 Tes 4, 13- 18).
No somos nosotros los que debemos subir a Dios, con gran, sino que es Dios quien viene a nosotros con gran amor, pues no nos ha creado para que le sirvamos, sino porque él quiere servirnos, sin imposiciones, con amor de libertad, viniendo nosotros Si suponemos que él está arriba, él mismo es quien baja (ha bajado) a nuestra vera para acompañarnos y estar con nosotros:
- Venida del Señor. Bajará del cielo hasta el lugar de los muertos, para resucitarles, como sabe el Credo Apostólico (Descendió a los infiernos...). Dios no ha resucitado a Jesús para encerrarle en su Gloria, sino para introducirle como salvador en la hondura de la la muerte, para transformarla en vida. El Señor bajará de la altura del cielo, para introducirse en el espacio de aquellos que han muerto y así resucitarles. Parece indudable que este "descenso" ha de entenderse desde la experiencia de la muerte mesiánica de Jesús, pero Pablo no lo ha explicitado.
- Elevación de los vivos. Dentro de un contexto de apocalíptica judía, Pablo cree que la experiencia personal de la muerte no era necesaria para heredar la gloria del Señor. Por eso, los participantes de la "última generación" (entre ellos Pablo) no tendrán que morir, sino que serían arrebatados a las "nubes" de la gloria, en el aire celeste, para así formar recibir en triunfo al Señor. Normalmente, la última generación de humanos suele aparecer marcada por las grandes crisis y dolores del fin de los tiempos. En contra de eso, Pablo la presenta como generación gozosa, que no muere, sino que pasa directamente (se eleva) de esta forma de vida terrena a la vida de la gloria. Este es un motivo apocalíptico.
Así había proclamado Pablo la cercanía del final (venida del Señor) y los fieles de Tesalónica pensaron que no morirían: Es como si el tiempo hubiera culminado y quedaran sólo unos instantes hasta la parusía del Cristo. Pero algunos cristianos han muerto y así surge la pregunta a la que Pablo responde en este nuevo texto. Queda firme la esperanza apocalíptica judía, centrada en Jesús que ha de venir. Se supone inminente su llegada y en esa línea Pablo se incluye en la "última generación", en la de aquellos que no morirán, pues vendrá a llevarles en persona el mismo Señor, Hijo de Hombre, desde este mundo hasta la altura de la gloria (cf. Mc 9,1 par).
Entre la conversión cristiana y esa venida apocalíptica se abre la brecha del tiempo de aquellos que han muerto. ¿Qué hacen, cómo pueden existir y seguir viviendo en el tiempo del gran "retraso" cronológico de la parusía? Éste era el tema de reflexión de Pablo, éste sigue siendo el nuestro, en este tiempo de crisis, a principios del siglo XXI Entre el principio de la pascua histórica de Jesús y su venida final moramos los cristianos, que vivimos en un tiempo apocalíptico que ha comenzado ya, en un tiempo que es como una estancia de compromiso de amor en esperanza, entre la vida pasada y la fuura de la resurrección..
En este contexto, en este tiempo es fundamental la reflexión que Pablo dirige a los cristianos de Corinto, unos años después de la carta a los tesalonicenses, en torno al año 54 d.D.[1]. El problema no es ya el retraso de la parusía, como en 1 Tes, sino la falta de fe de los creyentes, que han dejado de creer en la plena venida (culminación) de la pascua de Jesús.
1 Cor 15. Principados y potestades mueren, las personas viven
Muchos llamados “cristianos” no creían ya entonces, en realidad, en Jesús resucitado, como ahora, el año 2026 d. C. Pasados unos años (en torno a 53-54 d. C.), algunos cristianos empezaron a negar expresamente la resurrección (1 Cor 15, 12), porque se alarga la espera (¡Cristo nunca llega!) o porque se vuelve innecesaria (¡Dios está ya dentro de nosotros!). Según Pablo, los que razonan de esa forma ignoran a Jesús y niegan a Dios (cf. 1 Cor 15, 12-21). Pues bien, desde ese fondo (en contra de la falta de fe en la resurrección) ha de entenderse el texto clave de la manifestación de Jesús:
Porque así como en Adán mueren todos, así también en Cristo serán todos vivificados. Pero cada uno en su orden: la primicia, Cristo; luego los que son de Cristo, en su parusía; después el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya destruido todo principado, y todo poderío y potestad...
Cuando lo someta todo (al Padre),entonces también el mismo Hijo se someterá al que le ha sometido todo, para que Dios sea todo en todos (1 Cor 15, 22-24. 28).
Pablo sabe ahora que en Adán mueren todos (rectificando quizá la idea de 1 Tes 4,13-18, donde se suponía que algunos no morirán, pero añadiendo que todos serán transformados). La vida se ha vuelto camino de muerte, no sólo (ni sobre todo) por influjo externo de poderes satánicos (invasión de vigilantes: 2 Hen y Jub), sino por el pecado de Adán por el que sufre Cristo asumiendo su aguijón d muerte. Pero Pablo añade que en Cristo resucitarán todos: alcanzarán la auténtica existencia, como don de gracia, en unidad con Dios (1 Cor 15, 20-21), según un orden o tagma que define el proceso apocalíptico cristiano:
1. Primero Cristo, como primicia. Pablo sabe que todos mueren en Adán (rectificando quizá la idea de 1 Tes 4,13-18, donde se suponía que algunos no morirán): La espiral de destrucción de la vida sobre el mundo no es obra de poderes satánicos (Invasores, Vigilantes, como en 2 Henoc y Jub), sino acción del hombre pecador (Adán). La teodicea se define por oposición a esa muerte: Dios vivificará a todos en Cristo[2]. Los judíos saben que las primicias (primogénitos, primeros frutos) han de ser dedicados a Dios, pues santifican y consagran el resto de la cosecha o familia. La resurrección de Cristo, realizada ya, es punto de partida y comienzo (fundamento) de la resurrección de todos.
2. Después los que son de Cristo, en su parusía. Estos son los que forman parte de su comunidad o cuerpo mesiánico. En un sentido (tal como destacarán Efesos y Colosenses), ellos se encuentran integrados ya en la pascua de Jesús, aunque sólo resucitarán plenamente en su parusía. Más que simple anunciador del juicio, mensajero del fin (como Henoc u otros videntes), Jesús es principio de resurrección; él es la resurrección de Dios, el Reino de Dios en la vida de los hombres, no como hombre individual, sino como humanidad resucitada, integrada en la vida de Dios. . Así lo confiesan sus fieles, de esa forma elaboran su teodicea. La prueba definitiva de la existencia de Dios es la resurrección de aquellos que confían en Cristo[3].
3. Cuando haya destruido a los poderes del mal (principados, potestades, todo principado, toda potestad y toda fuerza πᾶσαν ἀρχὴν καὶ πᾶσαν ἐξουσίαν καὶ δύναμιν) que no son personas, sino instituciones de muerte. El Dios de Jesús no manda al infierno de la muerte sin fin a personas concretas, humanas, sino a instituciones (poderes, principados) de muerte, como los estados que viven de oprimir, como los poderes económicos de un tipo de capitalismo que viven de robar… Éste es un clave que proviene de las instituciones de muerte, que se creen inmortales matando a las personas. En contra de eso, lo que son “muerte” son las instituciones de opresión, no las persons.
4. Entonces será el "telos" o culminación, entendida como victoria apocalíptica, con la destrucción de los poderes perversos (Principados, Poderíos y Potestades, que culminan y se centran en la muerte) y la culminación teológica o reintegración (el mismo Cristo, como Hijo, vuelve al Padre. Plenitud. Reino. Jesús anunció y preparó el Reino de Dios. Ahora se cumple su anuncio con la destrucción de los poderes perversos (Principados, Poderíos, Potestades), que ejercían su maldad por medio de la muerte, mientas que Jesús entrega su Reino de vida al Dios y Padre, culminando así su obra. La cristología se vuelve de esa forma teología: Pascua y parusía de Jesús son la mejor teodicea[4].
5. De esa forma, Dios será Todo en todos ( ἵνα ᾖ ὁ Θεὸς πάντα ἐν πᾶσιν.) , en una línea de apocatástasis, de reconstitución de la realidad. Pablo sabe que no hay dos espíritus paralelos (del Bien y el Mal) como en Qumrán, sino en el fondo sólo uno que es « bueno», pues los poderes opuestos a Dios, que no han dejado que la historia sea transparencia de amor, se destruyen a sí mismos. Se destruyen las instituciones del mal, se reconstruye en Dios el tejido de gracia universal de las personas humanas por la resurrección.
De esa forma, Dios podrá presentarse como Todo en todos. En ese Todo de Dios (sin que existan fuera de él poderes perversos) caben los antes excluidos; Este Dios que es Todo-en-Todos (panta en pasin) nos sitúa ante un misterio que es racionalmente insoluble, pero llenos de misterio que aquí sólo podemos evocar, de un modo inicial, con palabras de pura introducción, ante el misterio de la Realidad que nos desborda y fundamenta.
- Estas palabras (Dios todo en todos) implican un Pan-en-teísmo cristológico. Este Dios paulino que es panta-en-pasin paulino ha escandalizado a muchos judíos ortodoxos, que esa formulación nos ponr ante un riesgo de panteísmo. Muchos añaden que pablo se ha vuelto aquí pagano, que ha perdido la visión del “Dios infinito”, que está más allá, sin confundirse con nada, cayendo en manos de un Dios Totalidad, donde se inscriben todas las cosas… Pero no olvidemos que este Dios todo-en-todos no está al principio, sino al final de la gran redención mesiánica, que implica un cambio en el mismo Dios.
- Apocatástasis, Vida en Cristo… En esa línea del Dios Todo-en-Todos ha avanzado Ef 1, 10 cuando dice que Dios ha querido “recapitular” (anakephalaiosis) todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra, en la plenitud de los tiempos. En esa línea algunos de los teólogos más arriesgados y geniales de la historia cristiana, desde Orígenes hasta K. Barth han hablado de una recapitulación salvadora de toda la historia, de forma que Dios, al final, logrará “convertir” y llevar a su cielo (Todo-en-Todos) a los mismos condenados y demonios.
Estos son los elementos fundamentales del despliegue apocalíptico de los cristianos, donde pueden destacarse dos tensiones paradójicas: una entre el ya de la pascua de Jesús (que ha resucitado) y el todavía no de los suyos (que resucitarán); otra entre la destrucción de los poderes adversarios (Principados, Poderíos...) y la inserción o comunión de todo en Cristo. La obra de Jesús se inscribe así dentro de la gran batalla apocalíptica entre el enviado o salvador de Dios y los poderes cómico/satánicos del mal[5].
[1] Esta teodicea apocalíptica se expresa como gran esperanza. Dios no se ha mostrado todavía; lo hará por Jesús, a quien aguardan sus creyentes. Hebr 11 afirmaba que los antiguos murieron sin contemplar lo que anhelaban, pero esperando que podrían verlo en Cristo. Jn 11, 25-26 añade que «quienes creen en Jesús no morirán para siempre».
[2] Eso significa, conforme al sentido normal de las frases, construidas en pasivo divino, que Dios les vivificará, ofreciéndoles su plenitud por gracia. Desde este fondo se despliega el orden o tagma apocalíptico: el pecado fue humano (no angélico, ni demoníaco); la redención será divina, obra de Cristo (cf. Rom 5).
[3] Dios mismo es según eso (poder de) Resurrección, Vida que triunfa de la muerte. En esa línea, las cartas de la cautividad (Ef y Col) afirmarán que los cristianos se encuentran integrados ya en la pascua del Cristo.
[4] Este Cristo que entrega el Reino al Padre no tiene que vencer, condenar o encerrar en el infierno a unos hombres concretos (pecadores), sino a los poderes del mal (Principados-Poderíos-Potestades), para que todo culmine en el Padre.
[5] Cf.. E. Peterson, El libro de los ángeles, Tratados teológicos, Cristiandad, Madrid 1970, y H. Schlier, Besinnung auf das NT, Herder, Freiburg i. B. 1964, 146-165. Ampliación del tema en R. Trevijano, En lucha contra las potestades, ESET, Vitoria 1968. . Barth, Die Auferstehung der Toten, EV, Zürich 1924.