Las palabras que Jesús dijo en la cruz a su discípulo amado (ésa es tu madre, Jn 19, 27) y las de Ap 22, 17 donde el Espíritu y la Esposa llaman al Cordero diciendo “Ven, Señor Jesús”, pueden unirse a la de Pablo en Gal 4, 4: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberar a los que estaban sometidos bajo la ley”.
Estos tres pasajes, completados con Mc 6, 3, donde los nazarenos preguntan “¿no es éste el hijo de María? ofrecen la mejor descripción que la Biblia ha trazado de María, madre de Jesús (Gebira), mujer que ha creído en Dios (bienavenuturada tú, porque has creído: Lc 1, 45), y que en la última página de la Biblia cristiana aparece unida (¿identificada?) con el Espíritu Santo, llamando a Jesús y diciéndole “ven (erjou, Ap 22, 17) con toda su pasión de mujer amante..
Éstos son los temas principales de un libro barroco y pretencioso titulado Gebira maría. Hija de Dios padre, madre de Dios hijo y esposa del Espíritu santo que estoy terminando de redactar. Perdone el lector la posible complejidad de algunos de sus argumentos, que se irán aclarando a medida que avanza la Biblia desde Génesis 2-3 hasta las bodas del fin de la historia (Ap 21-22).
Jesús no vino a crear un imperio de soldados según ley romana, ni un cuerpo de sumos sacerdotes, según ley de templo israelita, sino a trazar un camino de vida para el conjunto de la humanidad, como expuse en un libro antiguo titulado Orígenes de Jesús (1976). Escribí ese libro de los Orígenes libo con la ilusión de ofrecer una especie de Trinidad femenina, apoyándome en mis análisis de Biblia y, de un modo especial en mis diálogos y estudios sobre Teología e Iconología ortodoxa (S. Boulgakov), en los que Dios aparece representado como Mujer con un Niño en brazos, el Padre materno en el fondo y el Espíritu Santo como presencia de amor universal.
Publiqué con ingenuidad aquel libro (Orígenes de Jesús 1076), que ahora (2026) cumple medio siglo, pensando que sería recibido con cierta benevolencia, como yo lo había imaginado, pero fue discutido y marginado en algunos círculos clericales de forma que al cabo de un tiempo, por no seguir caminando entre litigios, preferí abandonar la enseñanza en una universidad pontificia.
Pero después, pasando el tiempo, algunos amigos, entre ellos (Ángel Aparicio † 2014) y Alfonso Ropero (Ediciones Clie). me han animado a re-publicar el texto antiguo. Sopesando el tema, he preferido escribir una nueva edición, y le he puesto de título Gebira, insistiendo en la base judía (bíblica) de su función en l iglesia en la relación de María con el Espíritu Santo, desde las perspectiva de los relatos de la anunciación (Mt 1, 18-26, Lc 1, 26- 38) y, sobre todo de la Visitación y diálogo de María, Madre de Jesús, con Isabel, Madre de Juan Bautista (Lc 1, 39-45)
En otro tiempo me importaba quizá más el nacimiento humano de Jesús conforme a la pregunta astuta de los nazarenos que le criticaban diciendo: ¿No es éste el hijo de María? Mc 6, 3, cf. Gal 4, 4). Ahora me interesa especialmente la nueva “filiación de pascua” y la presencia de amor del Espíritu Santo, tal como aparece no solo en Flp 2, 1-11, sino también en Mt 25, 31-46 (Jesús sufre y vive en los hambrientos, extranjeros…) con los signos de fondo del Apocalipsis, más simbólicos que argumentativos.
Ángel Aparicio
En esa línea quiero insistir en mi relación personal con Ángel Aparicio (1942-2014), amigo, colega e inspirador durante muchos años. Coincidimos como estudiantes y amigos en el Instituto Bíblico de Roma (1967-1982). él fue biblista de especialidad en el Instituto Teológico de Vida Religiosa, de la Universidad Pontificia de Salamanca, sede en Roma yo me dediqué a trabajos varios de Biblia y Teología, entre ellos la publicación de mi libro sobre los Orígenes de Jesús.
Nos vimos con cierta frecuencia, Fui durante largos años del consejo de redacción de la revista Eph. Mariologicae, de la que él era director. Me pidió que escribiera varios trabajos de especialidad bíblica sobre la Madre de Jesús, entre los que recuerdocon especial gratitud uno dedicado a la Hija de Sion, que publiqué en el año 1993. También me pidió que escribiera sobre Marìa “gebira”, partiendo de Lc 1, 43. Hablamos mucho sobre el tema. Él Estaba convencido de que el principio y esencia de la mariología cristiana estaba en el paso de la gebira como autoridad de mujer-madre del rey en el AT a la gebira como madre pascual de Jesús en el Nuevo Testamento.
Quería rescribiera un libro, sobre María como (Madre del señor), signo femenino de Dios, en perspectiva bíblica y eclesial, para situar de esa manera en un contexto bíblici más preciso mi obra sobre los Orígenes de Jesús. Pero nunca encontré el momento oportuno, o quizá no tenía todavía las ideas claras para componerlo.
Fui mientras tanto censor de la tesis doctoral de A. Aparicio en teología (Tú eres mi Bien, U. P. de Salamanca 1993) y colaboramos en varios trabajos, pero nunca encontré tiempo ni inspiración para escribir el libro que el me pedía, como recreación de Los Orígenes de Jesús, desde la perspectiva de María Gebira. Nos fuimos haciendo mayores. Su salud empeoró y falleció el día de Santa Teresa (2014) a los 72 años, sin que yo hubiera terminado el libro que él quería que escribiera
ooooo
Han seguido pasando los años. He seguido pensando en lo que Ángel Aparicio me decía sobre la Gebira, en el paso de Antiguo Testamento a la Iglesia, recreando el tema desde la teología de la tradición ortodoxa, en la línea que va de Padres Bizantinos hasta los teólogos rusos del siglo XX que han reflexionado y siguen reflexionando sobre la Trinidad Femenina de Dios, simbolizada por María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu santo.
De todas formas seguí pensando en el tema y el año 2016 publiqué una pequeña monografía sobre el símbolo de la Gebira como principio de la mariología cristiana, trabajo que adjunto en las reflexiones que siguen, para los que quieran seguir pensando conmigo sobre el tema, en la línea de mariología que hubiera querido tener en sus manos mi amigo Ángel Aparicio.
No lo pudo ver en este mundo…pero ya lo tengo prácticamente ultimado. Si Dios quiere, dentro de unas semana podré mandarlo a una editorial ecuménica amiga, como Clie, si sus editores quineen aceptar en su catálogo mi obra.
GEBIRA...Comienzos de la Mariología .In Mari via tua, Homenaje Piñero, año 2016
El Prof. Antonio Piñero ha sido y sigue siendo entre nosotros un pionero en el estudio de la filología y de la historia bíblica, y sus trabajos tienen gran importancia para el conocimiento del cristianismo primitivo. En ese contexto, como testimonio de amistad agradecida, quiero ofrecerle estas notas histórico-teológicas que pueden ayudarnos a situar a la madre de Jesús en el contexto de las iglesias primitivas y del despliegue del Nuevo Testamento.
1. Jerusalén y Galilea, la primera Iglesia
El movimiento de Jesús ha seguido vinculado a su misión pre-pascual de Galilea, con su anuncio profético-escatológico del Reino de Dios, su enseñanza sapiencial y su acción carismática, centrada en gestos milagrosos, que se concretizaron en la acogida y curación de los enfermos y expulsados. Estos elementos (cf. Mt 4, 23; 9, 35), constituyen la base galilea de su memoria eclesial y le definen como profeta, maestro y sanador . En ese contexto podemos añadir que su propuesta fue al menos parcialmente escuchada y recibida, de manera que muchos parecían dispuestos a iniciar con él un camino de reino. Pues bien, entre ellos no se hallaba María, su madre, ni tampoco sus hermanos, como atestigua Mc 3, 31-35 y 6, 1-6. Esa “falta de fe” de María (cf. Jn 7, 1-9) ha de entenderse como opción mesiánica distinta de la de Jesús, dentro de una familia de intenso compromiso “nazoreo”, en una línea de esperanza davídica .
Con ocasión de las fiestas de Pascua, Jesús subió a Jerusalén, para ofrecer allí su proyecto de Reino. Le siguieron los Doce, algunas mujeres y otros simpatizantes. Todo parece suponer que su propuesta fue aceptada por algunos, pero rechazada por los sacerdotes del Templo, que se sintieron amenazados por las consecuencias sociales y sacrales de su mensaje. Podemos pensar que la propuesta de Jesús fue discutida y que las autoridades del Templo actuaron por miedo (cf. Mc 11, 15-15; 14, 1-2.57). Algunos discípulos le traicionaron y negaron (cf. 14, 43-50.66-72). Intervino también la autoridad romana que condenó a muerte a Jesús por las implicaciones político-sociales de su movimiento. Pero algunos, incluso ajenos a su grupo, se pusieron de parte de Jesús, y entre ellos pueden estar los primeros judíos 'helenistas', que definirán de un modo poderoso la visión posterior del movimiento de Jesús .
Es posible que la madre de Jesús estuviera en Jerusalén en ese momento de fiesta (habría subido para cumple la ley de peregrinación judía, quizá para “ver” la suerte de su hijo). Sigue siendo posible que ella estuviera entre las mujeres que Mc 15, 40 sitúa ante la cruz de Jesús (como ratifica Jn 19, 25-27). Pero no es seguro que estuviera allí como creyente; pudo haberlo hecho simplemente como madre. Sea como fuere, la muerte de Jesús fue un acontecimiento desencadenante, que marca la nueva experiencia pascual de la Iglesia.
Los primeros “creyentes” oficiales, aceptados por la tradición cristiana fueron galileos (como supone de Mc 16, 1-8; cf. Mc 26, 69 par; Hch 1, 16; 2, 7; Hch 9, 31; 13, 31) y como ratifica la reinterpretación muy posterior de Mt 28, 16-20) . Ellos se llamaron nazarenos (nazoreos) o galileos y allí, en el entorno donde Jesús había realizado la mayor parte de su anuncio de Reino, siguieron manteniendo su misión, como portadores de su mensaje. En ese momento resulta absolutamente fundamental la misión de las mujeres de Mc 16,1‒8, que son las verdaderas iniciadoras del movimiento cristiano. Pero, partiendo de ellas, en un segundo momento, se pueden trazar tres “movimientos” o, mejor dicho, tres principio eclesiales:
1. Pedro y los Doce en Jerusalén. En un momento dado, muy pronto, algunos discípulos, en especial los Doce a quienes Jesús había elegido para simbolizar el retorno y cumplimiento de las doce tribus de Israel, dirigidos o animados de un modo especial por Simón Pedro, parecen haberse trasladado a Jerusalén, reinterpretando así el mensaje y movimiento de Jesús y esperando su pronto retorno de Cristo resucitado, fundando a partir de esa esperanza una comunidad de “seguidores” mesiánicos, como un tipo de “secta” escatológica judía, entre otras que había ya en su tiempo.
2. Los “helenistas”. En ese movimiento de “seguidores escatológicos” de Jesús se añadieron pronto un grupo muy significativo de helenistas, es decir, de judíos de lengua griega, venidos de la diáspora, para renovar o ratificar su vocación judía y su esperanza mesiánica en Jerusalén. De ellos habla de un modo sorprendente y sorprendido el libro de los Hechos (cap. 6‒7). Fueron hombres y mujeres que no habían conocido a Jesús “según la carne”, pero que quedaron sorprendidos (transformados) por su “destino” mesiánico, por su “crucifixión”. Ellos tendieron así a rechazar el judaísmo del templo, creando, recreando desde Jesús muerto y resucitado su experiencia y compromiso judío. Entre ellos se contará pronto Pablo.
3. Los hermanos de Jesús, una iglesia de parientes. Al mismo tiempo surgió, sin que el libro de los Hechos diga cómo, una “comunidad” de cristianos “judíos‒judíos”, que ven a Jesús como un “renovador de la ley nacional”. Ellos se encuentran encabezados por Santiago, hermano de Jesús, y así aparecen como “fundadores” de un cristianismo “legal”, esperando a Jesús como gran maestro de la Ley. Entre ellos se encuentra, sin duda, la madre de Jesús, que aparece pronto como una figura importante del grupo.
Actualmente resulta muy difícil fijar los contenidos del mensaje y las formas de vida de estas tres comunidades tanto en sentido externo (parece que no lograron convertirse en auténticas iglesias, separadas del judaísmo, en el sentido helenista del término) como en sentido interno (es evidente que se dice que tuvieron relaciones especiales entre sí, pero no es fácil fijarlas, a no ser en un momento posterior, cuando Pablo hable en sus cartas, escritas entre el 49‒57 d.C. de su relaciones con los de Pedro y los de Santiago).
Esas tres “comunidades” tuvieron rasgos distintos, de modo que en principio no estuvieron directamente vinculadas de un modo jurídico‒social. De todas formas, ellas transmitieron el mayor tesoro del recuerdo de Jesús, ampliando, matizando y actualizando su movimiento (anuncio de Reino, enseñanza, acciones carismáticas y exorcismos), como fermento de evangelio, pero sin hacerse “confesionalmente” cristianas, pues siguieron vinculadas al judaísmo, como formas distintas (¿convergentes?) de un movimiento de reforma intrajudía, compartida en parte por otros grupos más o menos parecidos del entorno.
Como he dicho, algunos representantes de esas comunidades galileas (los Doce) se asentaron con seguridad en Jerusalén, esperando allí la llegada de Jesús y la irrupción del Reino de Dios, y allí se asentaron también y con más razón los del grupo de parientes de Jesús (los de Santiago), e incluso los helenistas cristianos quienes, según Hch 6 ss iniciaron su movimiento desde Jerusalén .
El primer testigo fidedigno (de primera mano) que tenemos de esos hechos es Pablo, quien cuenta su historia cristiana en Gal 1‒2 y en el conjunto de Filipenses. Todo parece indicar que él forma parte de la tendencia de los cristianos helenistas, a quienes persigue en Damasco, pero sin decir cómo han llegado a esa ciudad. Pero él recibe una “llamada” de Jesús, se hace cristiana y realiza durante tres años una “misión” en Arabia (quizá en el reino de los nabateos, no lejos del mismo Damasco).
Sea como fuere, a los tres años “sube” a Jerusalén para “historêsai” (compartir su visión) con Pedro, con Santiago, el hermano del Señor. Significativamente él no “ve” (no conversa) con ningún representante de la comunidad helenista, quizá porque él mismo se siente “de los helenistas”, quizá porque entre ellos no exista ningún personaje destacado (que podría ser Bernabé).
Pues bien, pasados los años, muertos los tres líderes (Pedro, Santiago y el mismo Pablo) a principio de la década de los 60, entre Jerusalén (Santiago) y Roma (Pedro y Pablo) recibimos el testimonio de unas iglesias que mantienen sus diferencias pero dialogan. En ellas destacan los testimonios de Marcos y de documento llamado Q:
‒ Tradición de los Dichos (Q), ausencia de la madre. Esa tradición ha empezado interpretando a Jesús básicamente como un profeta y maestro sabio, en la línea de Mc 6, 2: "¿de dónde le viene esta Sabiduría...?". La sabiduría de Jesús no tiene ni padre ni madre en este mundo, pues supera las estructuras familiares antiguas, las normas sociales codificadas por la ley de Israel, situando a los hombres y mujeres de su entorno (especialmente a los pobres) ante la libertad y la gracia de Dios, revelada en Cristo. Lógicamente, en ese contexto, la Madre de Jesús apenas ocupa lugar: no existe una mariología del Q, que pueda inscribirse en las primeras tradiciones antiguas de la iglesia. En ese fondo se entiende el tema de la ruptura familiar de Jesús que la tradición de Q ha destacado (como hará Marcos), en un contexto que parece autobiográfico: la opción por el Reino supera el tipo normal de fidelidades familiares, que son fundamentales en aquel contexto israelita .
‒ Marcos transmite una tradición y teología posterior (hacia el 70 d.C.), influida por los cristianos helenistas (Pablo) y por una visión universal de Jesús (cf. Mc 13, 10; 14, 9), de manera que es muy crítico con la comunidad de Jerusalén, tal como él la ve centrada en la madre y los hermanos de Jesús, que quieren prenderle y llevarle a la buena “casa de Israel” pensando que está loco (3, 20-21.31-35). Esos “hermanos” de Jesús, con su madre, parecen vinculados a una tradición nazorea particular, de forma que no entienden (no aceptan) el carácter universal del mensaje de Jesús, en contra de los helenistas .
2. Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén
Como he dicho, el movimiento de Jesús se ha expresado desde el principio en formas distintas, y en ese contexto ha de entenderse el surgimiento y riesgo del grupo eclesial de los seguidores judeo-cristianos de Jerusalén, con Santiago y los 'hermanos' de Jesús . Eso significa que el “cristianismo” no ha empezado con una sino con varias comunidades o “iglesias”, aunque, Lucas (el autor de Lc-Hech) ha "creado" una visión ideal y unitaria de los orígenes cristianos, conforme a su propia teología.
En esa línea, la historia de Lucas (el libro de los Hechos) ha prescindido de aquello que no cabe en ese cuadro, con las comunidades de Galilea y el desarrollo de la primera iglesia judeocristiana de Jerusalén. (a) Así habla de la primera “Iglesia” de Jerusalén, centrada en torno a Pedro y a los Doce, sin hebreos, helenistas o galileos (Hch 1-5). (b) Después habla de la misión helenista, que se abre a los gentiles, especialmente por medio de Pablo (Hch 6-14). (c) Solo en este contexto, y sin aviso previo, supone que la iglesia de Jerusalén está presidida por Santiago, hermano del Señor, que no tiene dificultad en situarse dentro de las corrientes del judaísmo nacional de Jerusalén (Hch 12, 17) .
Pues bien, estos modelos de Iglesia que Lucas presenta de forma sucesiva se han dado quizá desde el comienzo o simultáneamente, como supone 1 Cor 15, 3-8 hablando de la resurrección, lo mismo que Hch 15 y Gal 2, 1-14 hablando del 'concilio' de los apóstoles (año 48-49) :
− La comunidad de Santiago, en Jerusalén, asume la sacralidad judía del templo y de la nación, reinterpretándola desde Jesús. Ella está formada sólo por cristianos de observancia judía, que empezaron viniendo de Galilea, pero se instalaron en Jerusalén, donde recibieron nuevos miembros que Hch vincula a los grupos sacerdotales (Hch 6, 7) y fariseos cristianos (Hch 15, 5). La relación de parentesco con Jesús parece importante en esta comunidad formada por judíos cristianos. En este contexto se puede hablar de la madre de Jesús como “gebîra”, señora mesiánica. Para ser miembro de esa comunidad, un pagano tendría que hacerse al mismo tiempo judío (circuncidarse etc.).
− La misión helenista se inspira en una visión escatológica mucho más intensa, en forma de crítica del templo y del judaísmo de la ley (que aparece ya en Hch 6-7), suponiendo que la muerte de Jesús ha superado las viejas diferencias sacrales simbolizadas por el templo y las leyes de pureza nacional judía; por eso, el evangelio puede extenderse a los gentiles, que son aceptados en el gran cuerpo renovado de Israel. En este contexto se puede hablar de una “concepción virginal de Jesús”, superando un tipo de maternidad puramente judía de María.
− La misión paulina empieza vinculada a la helenista, pero lleva hasta el final su tendencia universal, creando iglesias pagano-cristianas, donde no se exige la observancia de la Ley judía. Sus iglesias no son ya comunidades de judíos helenistas que admiten en su grupo a los gentiles, sino comunidades de paganos que se hacen cristianos de un modo directo. Ciertamente, ellas pueden aceptar también a cristianos de origen judío, pero ellos tendrían que aceptar las normas de vida pagana (comidas compartidas, leyes de pureza).
Conforme al testimonio de 1 Cor 15, 7 y al conjunto de la obra paulina, confirmada de algún modo por Hch 1, 13-14 (y 12, 17), podemos suponer que la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, reunida en torno a Santiago, no ha nacido por escisión o separación, ni a través de un posible "golpe de mano" de los parientes de Jesús, sino por una experiencia pascual de Santiago y de esos familiares de Jesús, que han establecido en Jerusalén su propia iglesia, entre el año 30-33 d.C. No han vuelto a Galilea como Pedro y los doce (cf. Mc 16, 7-8), para continuar allí el tipo de misión de Jesús, sino que han fundado un nuevo tipo de "sacralidad mesiánica", en torno al templo, esperando, sin duda, el próximo retorno de Jesús como Hijo de David, mesías escatológico .
3. Gebira. La madre del “señor”
Conforme al testimonio tardío, pero exacto, de Jn 7, 1-9, los parientes no habían reconocido la misión mesiánica de Jesús en Galilea, pero le “vieron” tras su muerte y le aceptaron como mesías de Israel. Nos gustaría saber la relación que tenían con la madre de Jesús y la posibilidad de que su visión pascual estuviera vinculada al 'luto' funerario por la muerte de su hermano, pero carecemos de datos para precisarlo . También nos gustaría conocer mejor sus vinculaciones con Pedro y los Doce (las comunidades de Galilea), pero tampoco tenemos testimonios más precisos de ello.
Sea como fuere, esos parientes de Jesús han reinterpretado sus relaciones con las leyes del templo y con la vida social de Israel, diciendo que él no ha venido a destruirlas, sino a plenificarlas. Pero, al mismo tiempo, ellos han mantenido relaciones de solidaridad con los otros cristianos (galileos y helenistas). No se han rechazado unos a otros, de forma que tanto Pedro como Pablo han podido acudir a Jerusalén (para estar con Santiago) y Pablo ha querido volver allí con su "colecta", para expresar sus lazos con la comunidad que es "madre" o centro de referencia de todas las iglesias (cf. 1 Cor 9; Rom 15; Hch 21-22). En este contexto puede hablarse de la madre de Jesús como gebîra y se han escrito sus genealogías davídicas.
1. María Gebîra. La Madre del Señor (cf. Lc 1, 43). María parece vinculada a la comunidad de los judeo-cristianos de Santiago, y tanto Mc 3, 31-35 como Hch 1, 13-14 suponen que ella forma parte de la iglesia dirigida por los parientes del Señor en Jerusalén. Es muy posible que haya venido a convertirse en una figura importante para el grupo, como parecen exigirlo las tradiciones que la presentan como gebîra o Señora-Madre del Mesías de Israel. La historia y cultura israelita más antigua avala esta visión: el hombre es fuerte como guerrero y gobernante, la mujer como madre, pues en cuanto esposa, ella estaba a merced del marido que podía expulsarla de casa (cf. Dt 24, 1-4). Pero, muerto el marido, y defendida por sus hijos, ella se vuelve muy importante en la familia .
Parece que Jesús no se casó, pues un tema como el matrimonio era en aquel tiempo algo público. Pero aunque lo hubiera hecho, su mujer en cuanto tal no habría tenido autoridad, pues la autoridad no le venía como esposa (un marido podía tener varias), sino como madre. Parece claro que Jesús no tuvo hijos, pues si los hubiera tenido la madre de esos hijos hubiera tomado la autoridad en la iglesia judeocristiano.
Pues bien, en esa línea, descubrimos por Lc 1, 43, que a la muerte de Jesús algunos “cristianos” conceden autoridad (como madre del Señor, gebîra) a su madre María (Cf. 1 Rey 15, 13; 2 Rey 10, 13; Jer 13, 18). El grupo judeo‒cristiano de Jesús es un grupo de “varones”, al estilo judío, hombres que son importantes (gbr) por lo que hacen. La mujer, en cambio, es importante por los hijos que engendra. Pues bien, en esa, por razón de su hijo Jesús, el Mesías, los parientes del Jesús, pretendiente mesiánico, mesías resucitado, han considerado a su madre como gebîra o Señora. Este puede ser uno de los primeros signos de “veneración” mariana. La madre de Jesús aparece como gebîra o Señora en el fondo de las narraciones de Mt 2 (Jesús está en sus manos); en esa perspectiva pueden entenderse también Lc 1, 43 (¿de dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor) y Jn 2, 1-11 (donde parece que María acude a su calidad de madre para pedirle a Jesús que actúe, como indicándolo qué ha de hacer).
2. Jesús, hijo de David, genealogías mesiánicas. Esa comunidad, centrada en los parientes de Jesús, en Jerusalén, ha empezado dando bastante importancia al mesianismo davídico, en una línea nacional judía. Así parece reconocerlo Pablo, al menos de manera táctica, en su saludo de Rom 1, 3, cuando define a Jesús como "hijo de David según la carne", para añadir que "ha sido constituido Hijo de Dios por el Espíritu, en la resurrección de entre los muertos". Según eso, el origen davídico de Jesús, que se da por supuesto, pertenece al nivel de la carnalidad, entendida no en un plano de fragilidad humana, sino de poder genealógico. Pablo admite esa genealogía Jesús, hijo de David en perspectiva "carnal", es decir, por descendencia de varón, pues las genealogías sólo se cuentan y valoran en línea de varones, pero añadiendo que ella no tiene sentido salvador; lo que define a Jesús como salvador es su origen pascual, por la resurrección, como hijo de Dios.
Es muy posible que la tradición de Mc 12, 35-37, aceptada de modo reticente por el autor del evangelio, nos sitúe en el mismo contexto. Los que apelan al mesianismo nacional, diciendo que Jesús es Hijo de David, se sitúan en un plano imperfecto. El Jesús mesiánico y resucitado pertenece a un plano superior, pues David, autor simbólico del Sal 110, 1, le llama mi Señor, y Dios, verdadero protagonista de la historia, le hace sentar a su derecha, como mesías y juez definitivo. Esta es la cita del salmo: "Dios el Señor (=Dios) a mi Señor (=el mesías Jesús): ¡siéntate a mi derecha...!" (cf. Mc 12, 36) sólo de un modo reticente ese título mesiánico de Jesús, al ponerle por encima de David.
No conocemos directamente las pretensiones davídicas de la familia de Jesús y de la iglesia primitiva de Jerusalén, pero es claro que jugaron un papel importante en la cristología de la comunidad de Jerusalén. En esta perspectiva, la madre de Jesús quedaría integrada (yelevada) dentro de una familia davídica, determinada por la línea masculina: ella tiene valor como esposa de un descendiente de David y, sobre todo, como madre mesiánica de Jesús. Evidentemente, los cristianos de esta comunidad han considerado a Jesús como Hijo de David a través de su padre. Desde esta perspectiva se han establecido las genealogías, conservadas y transformadas en línea distintas, pero convergentes por Mt 1, 1-17 y Lc 3, 23-36. Pero, en ese mismo contexto (muerto probablemente José), ellos han dado importancia a la “madre viuda del mesías” .
En este contexto de crítica y desbordamiento del origen genealógico de Jesús se inscriben (y se superan) los relatos de la concepción virginal de Jesús por el Espíritu, pues la tradición helenista que está al fondo de ellos invalida los argumentos básicos de la iglesia de los parientes de Jesús, con sus pretensiones genealógicas. Nos gustaría conocer mejor la vida de esa iglesia, pero no conservamos ningún testimonio directo de Santiago o de alguno de los miembros de su grupo, ni tampoco un evangelio escrito en esa perspectiva.
Solamente conocemos la teología de esa iglesia por las referencias exteriores de Pablo y Hech, por la elaboración de algunos elementos de su piedad en el evangelio de Mt y por algunas posibles alusiones de Jn. Sea como fuere, los parientes de Jesús y los fieles de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén mantuvieron una "misión" propia, y en algún sentido opuesta a la Pablo, como indica no sólo 1 Cor 9, 5, sino toda la polémica de Gal y 1 Cor contra los judeocristianos (cf. Hch 15, 3; 21, 18) .
En esa línea resulta fundamental la aportación de Lucas que recoge numerosas tradiciones judeocristianas en Lc 1-2 y al comienzo del libro de los Hechos, en una línea que muestra gran simpatía histórica por los judeocristianos, en especial por María, la madre de Jesús, cuya verdadera “elevación” como signo cristiano (figura y modelo de fe) comienza a destacarse precisamente ahora. No sabemos cuándo murió, pero debió hacerlo en un momento en que la comunidad judeo-cristiana, dirigida por su hijo Santiago, hermano de Jesús, estaba bien consolidada, quizá después del 41-44 d.C. (cuando Pedro abandona la Iglesia de Jerusalén) y antes del el 62 (cuando Santiago fue asesinado); murió después de haber realizado una tarea simbólica importante como “gebîra” (madre mesiánica y figura de la Iglesia judeo‒cristiana).
Sólo así se explica la importancia que ella ha tenido en las iglesias posteriores, y la función que ha realizado en ellas, como muestran los evangelios. Su recuerdo dejó una huella intensa en la vida de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, y de allí pasó al resto de las comunidades, de formas diversas, como seguiré indicando. Debió morir en Jerusalén, pues las tradiciones que la vinculan en forma geográfica con el Discípulo Amado, interpretando de forma sesgada el texto Jn 19, 25-27 y añadiendo que murió en Éfeso, carecen de fundamento. Una tradición antigua, propia de las comunidades judeo-cristianas de Jerusalén (¡no de las helenistas), sitúa su sepulcro en el lugar que ahora ocupa la basílica de la Dormitio Maríae, junto al torrente Cedrón, cerca del lugar donde se supone que estaba el Huerto de los Olivos. No es imposible que ella hubiera sido enterrada allí .
4. La novedad judeo-helenista
Podemos suponer que los llamados “helenistas” (Hch 6) habían venido a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua o Pentecostés, de manera que pudieron ser testigos de los últimos acontecimiento de la vida, juicio y muerte de Jesús, dentro de un contexto judío marcado por las esperanzas proféticas y los anuncios de renovación escatológica (cf. Hch 2). Sabemos que muchos habían venido a vivir a Jerusalén desde la diáspora, por motivos básicamente religiosos, porque esperaban un movimiento mesiánico o buscaban una forma nueva de experiencia de Dios en la ciudad del santuario. Hch 6, 9 supone que podían tener sus propias sinagogas o lugares de estudio y oración.
Evidentemente, traían sus propias ideas sobre Israel y su misión entre los gentiles. Pues bien, algunos de ellos pudieron ponerse en contacto con Jesús y con su grupo (como supone quizá Jn 12, 20). Pero la novedad que ellos destacan es la muerte “mesiánica” (¡de fracaso!) de Jesús, en línea pascual En este contexto se inscribe la conversión y trayectoria posterior de Pablo (quizá el 32 d.C., a los dos años de la muerte de Jesús). La misión helenista hizo posible el establecimiento del cristianismo con su propia identidad, a partir del trasfondo judío:
‒ Muerte de Jesús, fin del templo. Estos cristianos retomaron la crítica de Jesús contra el templo (cf. Mc 11, 15-19), desarrollando una interpretación judía muy especial de la historia, que veía el templo como signo de rechazo contra Dios (cf. Hch 7, 44-50). Pero su novedad no está en su crítica del culto del templo (cosa que podían hacer otros judíos), sino en relacionarla con la muerte de Jesús, quien de esa forma asume y sustituye (niega y supera) los valores anteriores de sacralidad legal judía. A su juicio, la novedad de Jesús se condensaba en su muerte pascual (resurrección), que supera el culto del templo.
‒ Nacido de mujer (Gal 4, 4). Pero ellos entienden a Jesús no sólo como aquel que muere por los hombres, sino también como el Hijo que Dios ha enviado a este mundo, nacido de mujer. Ciertamente, en un sentido, el nacimiento de Jesús como hijo de David pertenece al plano de la ley, entendida como “carne” (cf. Rom 1, 3-4). Pero él nace en otro plano, como Hijo de Dios, enviado divino, superando así el nivel de la “ley judía”. En ese contexto, el dato más significativo no está en decir que Jesús “nace de Dios”, como ser divino, sino en seguir diciendo que él nace de María, según la carne.
A partir de aquí ha podido surgir bastante pronto (aunque después de haber muerto María) el simbolismo teológico (theologumenon) del “nacimiento virginal”, que sirve para superar la visión “genealógica” del origen de Jesús, reinterpretando su nacimiento (que Rom 1, 3-4 sitúa todavía en un plano de la carne, en línea nacional judía) como expresión de la filiación divina de Jesús. Desde aquí se puede afirmar que Jesús ha sido concebido “por el Espíritu”, es decir, por la presencia especial de Dios en la historia y vida de Marís.
Ese signo de la "concepción por el Espíritu" traduce en formas helenistas, cercanas a las empleadas por Filón de Alejandría (filósofo judío del tiempo de Jesús), la experiencia de un nacimiento mesiánico que desborda el plano genealógico y nacional del judaísmo. Según eso, Jesús no es Mesías (Hijo de Dios) por haber brotado del “semen de David” (en forma biológica), sino por haber surgido por obra del Espíritu de Dios, por medio de María, su madre, a quien se entiende ya en forma mesiánica, como “gebira” del Cristo.
En esa línea podían reinterpretarse algunos elementos de la teología de Filón de Alejandría, que hablaba de un nacimiento virginal-espiritual, pero con una diferencia. Según Filón lo que nacía de forma "virginal" (por el poder de Dios) eran las virtudes en el alma de los justos. Ahora, en cambio, el que nace es un hombre, el mesías de Dios.
Ese tema podía hallarse evocado por el mismo Pablo cuando afirma que Abrahán tuvo dos hijos, uno que nació según la carne (de Agar, la esclava), otro que nació según la promesa (de Sara, la libre; cf. Gal 4, 21-5, 1). Es evidente que ese nacimiento a partir de la promesa-espíritu no niega el aspecto "biológico" del nacimiento de Isaac, pero lo sitúa más allá de la "carne", en el nivel pascual del Espíritu (cf. Rom 1, 3-4). Dando un paso más, una visión helenista que se vinculará pronto con tradiciones judeo-cristianas de Santiago y que será asumida y reinterpretada de formas distintas por Mt 1-2 y Lc 1-2, afirmará que Jesús ha nacido "por obra del Espíritu".
Estrictamente hablando, lo que está en juego no es un tema de biología, sino de teología (presencia actuante de Dios) y de antropología mesiánica (el carácter y hondura humano‒divina de la generación de Jesús como mesías de Israel e hijo de Dios), de una forma “virginal” (es decir, superando el plano puramente patriarcalista de su nacimiento). No sabemos dónde ha surgido esta tradición del nacimiento virginal de Jesús, por obra del Espíritu. Quizá en la misma comunidad judeo-helenista de Jerusalén, quizá en alguna comunidad posterior, en el entorno de la misión helenista (en una línea cercana a la de Pablo), pero ha tenido un éxito inmenso en gran parte de las comunidades cristianas posteriores. Éstos son algunos de sus elementos más significativos.
− Dualismo espiritualista, irrupción del poder trascendente de Dios. Estrictamente hablando, esa tradición sólo ha podido surgir en un contexto como el helenista (judeo-helenista) donde se supone que cada nacimiento surge a través de una acción espiritual muy intensa de Dios. Estrictamente hablando, esa “irrupción” del Espíritu de Dios no anula la intervención del varón, sino que puede suponerla, pero ella se expresa de un modo tan hondo e intenso que la acción humana del varón (de la dinastía de David) queda en la sombra, o incluso puede no ser necesaria. De esa forma se evita la mediación genealógica de la familia de David y del pueblo judío en el despliegue del mesianismo.
− Ruptura de las generaciones, universalismo humano. El nacimiento 'genealógico' de Jesús en la línea de David corría el riesgo de encerrarle en los cauces de la ley y de la nación judía, como ponían de relieve los judeo-cristianos de Santiago quienes, a la luz del mensaje y destino de Jesús, habían sacado la conclusión de que debían insistir aún más en el cumplimiento de la Ley nacional. Al afirmar que Jesús ha superado ese nivel, naciendo por obra del Espíritu, de María Virgen, esta tradición se pone al servicio de un nuevo orden humano, en línea de salvación universal. Ciertamente, María es judía (y Jesús nace dentro del judaísmo), pero de un modo universal, como salvador de todos los hombres.
− La madre de Jesús, superación del riesgo gnóstico. Tomado en sí mismo, el helenismo podía conducir a un espiritualismo como el de Filón, en el que sólo importa la vida interior, o a una forma de gnosis, donde la madre y el nacimiento biológico carecen de importancia. Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha mantenido en su confesión la palabra 'nacido de María virgen', para destacar así la humanidad de Jesús. En ese sentido, la apelación a María como madre de Jesús (por obra del Espíritu Santo) sirve para destacar la carnalidad de Jesús, su cuerpo histórico (su “carne”). Paradójicamente, ella, la virgen, es una expresión privilegiada de la carne humana, pero en sentido personal y universal, como seguiremos viendo en Mateo y Lucas.
− La madre de Jesús. Narraciones evangélicas. Al llegar a este nivel, debemos añadir que una cosa es confesar que Jesús ha nacido por obra del Espíritu (superando así la genealogía de los varones y la ley) y otra es articular esa confesión en un relato. Eso es lo que han hecho, de un modo ejemplar, en formas distintas pero convergentes, Mt 1-2 y Lc 1-2. Sus relatos no pueden entenderse en forma “dogmática”, como han pensado muchos teólogos posteriores, sino en línea histórico-salvífica, mostrando de forma simbólica cómo Jesús no ha empezado a ser salvador en un momento posterior, a través de su mensaje especial y de su muerte, sino desde su mismo nacimiento, por obra del Espíritu Santo en María Virgen.
Ni Mateo ni Lucas han querido narrar el nacimiento virginal de Jesús por sí mismo, sino que lo han puesto al servicio de algo que para ellos es más importante (la filiación salvadora universal de Jesús) y así lo han hecho poniendo de relieve la exigencia de conversión de José, el hijo de David (Mt) y la experiencia creyente de María (Lc). Tanto el uno como el otro reinterpretan de modos distintos, pero convergentes, la misión y figura de María como “gebîra” (Señora Mesiánica), asumiendo, criticando y superando la visión de los judeo-cristianos de Santiago .
Las palabras que Jesús dijo en la cruz a su discípulo am dentro de unas semanas podré mandarlo a una editorial “ecuménica”, si es que mi amigo Alfonso Ropero y sus compañeros de Ed. Clie quieren inclirlo en su catálogo
ado (ésa es tu madre, Jn 19, 27) y las de Ap 22, 17 donde el Espíritu y la Esposa llaman al Cordero diciendo “Ven, Señor Jesús”, puquiere,