Irán (1). Zoroastro, dualismo, Islam chiita ante Israel/USA... Pero sin Irán no hay Israel (Biblia, Estado judío) ni USA (apocalíptica, moral maniquea)

La religión y política actual de los ayatolas de Irán/Persia es en gran parte una mala reacción contra un dominio político, económico y cultural de occidente (Francia, GB, USA…) en un pasado reciente). Pero Irán es mucho más que eso, desde la entrada de los arios (hace unos 5000/4000 mil años) hasta la actualidad, como “estado del centro de la tierra”, entre la India y Grecia…

Todas la grandes culturas del mundo dependemos de algún modo de Irán, empezando por Israel, que sin el apoyo de Ciro, el iranio/persa del siglo V aC habría desaparecido.

Escribiré sobre este tema cinco “postales. Empiezo hoy con los orígenes (Zoroastro); seguiré con Irán y la Biblia, con la gnosis, el maniqueísmo y la cultura mundial, entre oriente y occidente. La guerra actual con USA e Israel no es más que un mal epifenómeno del pan-iranismo, propio de aquellos que piensan que todas las culturas e historias del mundo se enfrentan, vinculan y pueden dialogar (o destruirse) en torno iranismo.

Es posible que la deriva jomeinista/jameinista de los últimos deceios sea una brutal deformación del verdadero espíritu iranio, por cuestiones de control mundial, petronio y dinero. Pero es también posible que Israel y USA estén cayendo en la trampa irania.

Irán/Persia, con sasánidas, partos etc era para la Biblia la tierra de los buenos magos, de donde vinieron para “anunciar” la llegada del Jesús universal cristiano. Quizá puedan volver.

En ese contexto debemos empezar hablando del zoroastrismo, que constituye uno de los grandes enigmas de la historia. Nietzsche popularizó la figura de su fundador en Así habló Zaratustra, pero su reconstrucción del viejo profeta de los persas resulta históricamente y religiosamente inexacta

Apenas conocemos a Zoroastro, pero la posteridad de sus más hondas intuiciones religiosas ha sido inmensa. Pocos movimientos han encontrado mayor difusión, al menos indirecta, dentro de la historia. Muchos dualismos posteriores (judíos y gnósticos, cristianos y maniqueos) apelan o, de alguna forma, recuerdan a Zoroastro.

La razón parece clara: Zoroastro ha sabido situarnos en un lugar decisivo de la historia y experiencia humana: ante el problema del mal. No sabemos de dónde viene, desconocemos su función en nuestra historia. Misterioso es su origen, grande su fuerza; difícil será destruirlo.

             Zoroastro ha tenido la osadía de trazar una especie de simbología del mal, utilizando para ellos unos signos que se encuentran dentro (o muy cerca) de lo divino. Es evidente que el bien y el mal estána relacionados con la vida y con la muerte, con el varón y la mujer, con el camino de la historia. Aquí nos ha colocado el antiguo profeta, aquí queremos estudiarlo.

Introducción

        No se sabe con seguridad cuando nació y vivió Zoroastro (forma latinizada de Zaratustra), creador o reformador religioso de los persas. Es muy probable que actuara a principios del VI a. C. Su doctrina aparece reflejada en los Gathas y los Yhast, donde encontramos los cantos e himnos sacrificiales más antiguos de su movimiento religioso. En ellos destaca la figura de un Dios Bueno y Creador (Ahura Mazda) y de un Principio Negativo a quien se mira como Espíritu Perverso (Aingra Mainyu). No parece que exista entre ellos un dualismo de tipo metafísico (no pueden entenderse como dioses contrapuestos). Su oposición es más bien de carácter moral: todos los humanos nos hallamos enfrentados ante el destino y tarea del Bien (que recibimos) y del Mal (que nosotros mismos escogemos). La religión se ha interpretado así a manera de moralidad estricta.

Parece que, en un primer momento, en los siglos que van de su nacimiento a la entrada y despliegue del Cristianismo en el imperio persa, la enseñanza de Zoroastro había corrido el riesgo de paganizarse otra vez, con la introducción del culto a muchos Daeva, que eran parecidos a los dioses anteriores de la religión irania e hindú (que estaban entonces muy emparentadas). Pero hacia el siglo IV d.C. en tiempos del rey Shapur II, se reformó el zoroastrismo, con el intento volver a los principios de su fundador y para convertirse en un tipo de" ortodoxia" para el conjunto de los persas. En ese momento se escribieron o codificaron las antiguas tradiciones, surgiendo así lo que se llama el Canon Phalevi (colección de textos sagrados que se encuentran escritos en phalevi o persa medio). De la visión que ellos ofrecen trataremos brevemente en lo que sigue.

La gran dualidad. Canon Phalevi

La vida del hombre se interpreta aquí como un inmenso drama. Ciertamente, sólo existe un creador de tipo bueno que ahora toma el nombre de Ormuz (Ahura Mazda). Pero su fuerza es limitada, quizá mejor, finita: ha de oponerse y vencer al Diablo pervertido que se llama Arhiman (Aingra Maynyu), para imponer de esa manera su dominio en todo lo que existe. Los hombres participan dentro de esa misma lucha superior de los divino y, en algún sentido, ellos definen su sentido y resultado, contribuyendo de esa forma a la victoria del principio bueno (del Dios Ormuz).

El dualismo es, según eso, de carácter moral: va vinculado a la elección y la conducta de los mismos seres. Por eso, estrictamente hablando, ni la materia es mala ni la mujer perversa o deficiente, en contra de lo que después afirmarán algunos tipos de gnosis o maniqueísmo, quizá en la línea abierta por el zoroastrismo. La dualidad moral no ha de tomarse según eso en clave ontológica, cósmica y sexual bien definida.

Las fronteras de la realidad no pueden trazarse de un modo cósmico u ontológico, como si lo bueno se identificara con el cielo-espíritu-varón y lo malo, en cambio, estuviera vinculado a la tierra-materia-mujer. En contra de eso debemos afirmar que lo Bueno es Espíritu creador, que suscita la materia buena (tierra); lógicamente, esa realidad fundante buena posee rasgos que pudiéramos tomar como masculinos y femeninos, superiores e inferiores, celestes y terrestres. También lo Malo es Espíritu; pero se expresa en forma destructora y se desvela igualmente en la materia; asume así los rasgos de los masculino y femenino.

A pesar de eso, a lo largo de un proceso de simbolización cultural y religiosa, la materia y la mujer (internamente vinculadas al proceso de la vida) van recibiendo rasgos negativos. Ormuz, principio bueno, ha creado las almas inmortales de los hombres que se encuentran de algún modo vinculadas al gran signo del Hombre Primigenio a quien los textos sagrados han llamado Gayomard. No es aún un individuo concreto. Es la totalidad humana, el hombre en cuanto tal dentro de una línea que también hallamos en autores apocalípticos (o gnósticos) judíos y cristianos que vendrán a referirse al Anthropos (o Hijo del Hombre), visto ya como expresión fundante de la plenitud humana.

El mito de la Tríada Perfecta

Sea cual fuere el origen de este mito del Hombre original, lo cierto es que él ha recibido, una importancia grande dentro del zoroastrismo y su figura viene a quedar incluida dentro de eso que pudiéramos llamar la triada perfecta que estaría formada por Ormuz (espíritu bueno de tipo masculino),  Spandarmat, la Tierra buena (que aparece, al mismo tiempo, como hija y esposa de Ormuz) y Gayomard (el hombre originario). Un esquema de este tipo resulta conocido y aparece en casi todas las religiones de tipo dualista: la misma diada hierogámica (lo masculino/femenino, el padre/madre se abre, en proceso de fecundidad, hacia el tercer elemento que aparece como Hijo divino.

En el principio hay por tanto un Espíritu masculino (Ormuz). A su lado aparece la Materia que ofrece carácter derivado: ella es, a la vez, "hija" (creada) y consorte del Espíritu bueno; se llama Spandarmat y viene a presentarse como Tierra madre que origina el conjunto de las cosas. El surgimiento de lo femenino (tierra), puede interpretarse al mismo tiempo como expansión y abajamiento del Dios bueno, como plenitud e imperfección. Lógicamente, el Hombre originario (Gayomard) proviene de Ormuz y Spandarmat: por el lado de su padre es espíritu; es materia por parte de la madre.

Hasta aquí todo es normal: hallamos un proceso descendente (espíritu, materia, hombre) pero todo lo que surge en el proceso es bueno, de manera que en principio el mismo proceso se puede invertir, trazando luego un camino ascensional que lleva desde el fondo de lo humano, a través de la materia-tierra, hasta el origen del Espíritu divino (Ormuz). Sin embargo, los principios ya indicados del zoroastrismo nos invitan a ser cautos a la hora de entender y superar el dualismo antagónico de la realidad. No podemos olvidar nunca el influjo perverso de Arhiman, principio malo, que introduce los poderes de la destrucción dentro del mismo proceso de vida ya indicado.

Estamos inmersos en una lucha divina. El semen del “hombre bueno” que muere

Arhiman es incapaz de vencer directamente a Ormuz. Por eso está empeñado en combatir aquello que Ormuz ha realizado, suscitando una especie de "sombra", un tipo de "doble" perverso de todo lo que existe. Así, frente a la tierra buena de Ormuz (Spandarmat, que es esposa), Arhiman hace surgir la tierra mala, que aparece como Prostituta, es decir, pervertidora de la vida. Como suele suceder en muchos mitos, los aspectos simbólicos se implican y cruzan, de manera que la Prostituta viene a presentarse como la otra cara (negativa) de la Tierra buena. En otras palabra, Ormuz tiene una esposa que es Buena; Arhiman tiene la suya es mala.

Así empieza el drama de la historia. En contra de la Tierra Buena (Spandarmat) esposa de Ormuz y madre del Hombre verdadero (Gayomard), viene a elevarse así la Tierra Mala, que es como el aspecto femenino de Arhiman, su consorte destructora. Siendo la esposa perversa, ella aparece, al mismo tiempo como Madre Destructora, principio femenino pervertido del que brota el mal de los humanos, oponiéndose por tanto a Gayomard, el Hijo Bueno (que proviene de Ormuz y Spandarmat).

Gayomard, Hombre fundante (el ser humano bueno), tiene que morir, vencido en la batalla que Arhiman le ha declarado, batalla en la que combaten sus hijos (los hijos de su esposa mala, la Gran Prostituta). En un sentido, como sucede siempre en este mundo, el Hombre Bueno tiene que morir, porque el Mal es más activo, más poderoso (externamente). Pero antes de morir (o en el mismo gesto de morir) Gayomard ha podido realizar su obra principal, suscitando así (de su propio semen), en el momento de la muerte, a los hombres ya concretos: su semen fecundante cae mientras muere sobre el seno de la Madre-Tierra, que en sí misma es  creadora y buena, aunque se encuentra amenazada (y en parte pervertida ya) por Arhiman y su Prostituta.

Sólo así, muriendo, entregando su vida por el bien de la humanidad, Gayomard, el Hijo Bueno de Ormuz, ha podido “fecundar” a la tierra amenazada, dividida… sembrando en ella su semen de vida. Del semen que ese Hijo del Dios bueno moribundo deposita sobre el gran regazo de la madre tierra buena y cautivada, nacemos los humanos. Estrictamente hablando, somos hijos de un Dios positivo (espirituales), pero al mismo tiempo nacemos y crecemos en el seno de una Tierra Dividida, que es buena (creatura de Ormuz), pero que es también mala, amante verdadera y prostituta.

La mujer en el Zoroastrismo

A partir de aquí debe entenderse el sentido de lo femenino. Ciertamente, la mujer en cuanto tal no es mala, aunque ella viene a presentarse siempre como derivada: Ella, Spandarmat, es hija-esposa de Ormuz (lo mismo que Gayomard su Esposo bueno), pero está siempre más amenazada por Arhiman, corriendo el riesgo de pervertirse. Por eso, ella (Spandarmat: la Mujer-Tierra) aparece y actúa sin cesar de manera ambivalente: como Madre buena vinculada con Ormuz; y como Madre Terrible y destructora (esposa de Arhiman).

De esa doble madre nacemos, entre esas dos madres realizamos nuestra vida. Somos hijos del “semen bueno” del Dios que tiene que morir (vencido en ese mundo por Arhimal, poder perverso), pero hijos en un mundo ambivalente, en una Tierra que puede pervertirnos.

Se puede afirmar que también lo masculino es bueno y es malo: masculino es el Espíritu perfecto (Ormuz), lo mismo que el Espíritu perverso y destructor (Arhiman), de manera que parece así existir un equilibrio de motivos. Pero al llegar al plano humano ese equilibrio o simetría cesa, estableciéndose una especie de jerarquía sexual, vinculado a los principios ya indicados de surgimiento humano, de manera que lo masculino es “mejor” (sin ser totalmente bueno) y lo femenino es peor (sin ser totalmente malo).

- El hombre originario, Gayomard, es sólo bueno y tiene forma de varón; así refleja los valores de su padre celestial (Ormuz)… Pero los hombres de la historia humana no sólo son hijos de Gayomard, sino también de una Tierra (Spandarmat) que ha corrido el riesgo de pervertirse y se ha pervertido.

- La mujer originaria viene a presentarse, al mismo tiempo, como buena y como mala: es la Madre Tierra positiva, acogedora y es, al mismo tiempo, Prostituta terrible que utiliza y destruye a los humanos.

            Ciertamente, la mujer no es sólo negativa, enemiga de lo humano. Ella es también acogedora de vida, es fuente de fecundidad positiva, signo de la tierra creadora. Pero en el fondo aparece siempre como "peligrosa": se mantiene en un espacio jerárquicamente inferior, está formada por materia que se inclina hacia la muerte. Por eso, la perversión primera de los hombres tiene forma de mujer: el Adan masculino (Gayomard) se ha mantenido fiel a su principio original, sin caer en el pecado; pero la misma fuerza mala de la realidad (donde Arhiman se ha introducido) le ha obligado a derramar su semen bueno sobre una tierra en parte corrompida (en el seno de la gran prostituta).

Pecado sexual, la mujer un Engaño personificado

Quizá pudiéramos decir, partiendo de ese mito de la creación y la caída, que la misma función sexual y engendradora de lo femenino es mala pues viene a realizarse de algún modo bajo el signo del útero perverso de la prostituta. Por eso, toda unión sexual del varón con la mujer ha de entenderse en realidad como experiencia destructora: los varones pierden su equilibrio superior y de esa forman malgastan y arrojan (pervierten) su semilla buena en la tierra mala de Arhiman. Toda mujer es, de algún modo, un signo del demonio, es prostituta. Así lo ha destacado el gnosticismo maniqueo que, a pesar de las protestas de sus seguidores, ha llevado hasta su culmen lógico un aspecto social y religioso que se encuentra latente en el zoroastrismo.

Sin embargo, en paradoja que es corriente en casi todas las grandes religiones, los zoroastristas han podido asegurar que el mismo Ormuz (Dios bueno) se ha valido de la atracción de la mujer y del poder del sexo para derrotar a los principios de lo malo.

- Arhiman intenta destruir la obra perfecta de Ormuz que es Gayomard (el Hombre bueno) a través de la mujer que así aparece como "trampa": ella es el cebo del pecado y de la muerte, que pretende cautivar la fuerza buena, la semilla de vida que proviene de los cielos, para corromper así toda semilla de bondad y mantenerla sometida para siempre en nuestra tierra.

- Ormuz, siendo más sabio, acepta el reto: deja que el semen de Gayomard principio bueno de las almas, se introduzca en la materia y nazcan de esa forma los humanos suscitando así el camino de la historia, a partir de una primera pareja de hermanos-esposos (Masie y Masane).

- Ha surgido el conflicto. El mismo Ormuz permite que los hombres vivan sin cesar una existencia conflictiva, inmersos en la lucha de lo bueno y de lo malo. Largo y duro es el combate pero al fin se resuelve de manera positiva: vencerán las fuerzas de lo bueno (los hombres que han optado por Ormuz), derrotando a Arhiman sobre el mismo campo de batalla que él había señalado.

   Se supera de esa forma la ambivalente de la vida humana y el peligro o perversión de la mujer viene a mostrarse al fin como principio de liberación para la historia. Conforme a lo indicado ya, toda mujer lleva en sí el sello de la Prostituta: por un lado es materia y como tal más es imperfecta; por otro lado es signo de la esposa de Arhiman y como tal es prostituta, pervertida. Pero, en el fondo de esa perversión se manifiesta en ella una potencia positiva: a través de eso que pudiéramos llamar el "engaño personificado" que es la mujer (toda potencia de deseo y fuente de vida sobre el mundo) surgen los hijos, hombres nuevos que podrán alzarse en contra de Arhiman y derrotarle.

En camino de salvación

Quizá pudiéramos decir que en el fondo de toda Prostituta hay una Mujer buena. Se ha pervertido la tierra (mujer) por influjo de Arhiman. Pero ella sigue siendo, en realidad, esposa verdadera de Ormuz: conserva en su vida un elemento positivo que no puede corromperse. Por eso ha permitido el mismo Ormuz que su semilla (semen de Gayomard, fuerza vital de los varones) se introduzca en el seno ansioso y destructor de la prostituta: deja que la mujer atraiga a los varones sin que ella sepa verdaderamente lo que hace al desearlos para recibir el germen de su vida.

Lo que quiere Ahiman es malo: quiere aprisionar en su tumba de tierra y de muerte el germen bueno de los hombres, que viene de Gayomard, semen divino… pero lo que hace resulta al fin muy positivo. Ella, la gran Mujer-Tierra (Spandarmat), tiendo rasgos y elementos de Prostituta, actúa al fin como esposa buena del mismo Dios (Ormuz) y como madre buena; por eso surgen de ella hijos que un día podrán derrotar sobre la tierra a los poderes de Arhiman.

Quizá ninguna otra cultura religiosa haya resaltado con más fuerza la riqueza y riesgo (ambivalencia) de lo femenino: la mujer atrae para "destruir" (aprisionar a los varones, degradando y cautivando el semen de la vida); pero en ella existe y se despliega algo más fuerte que su destrucción, una fuerza creadora buena, un principio de maternidad. Estrictamente hablando, la mujer acaba siendo necesaria para el triunfo del buen Dios, como "máquina engendradora" que produzca y eduque soldados fieles a la verdad, para que combatan y venzan al mal en la gran batalla antisatánica.

Zoroastrismo y Código Da Vinci

El zoroastrismo parece una religión muerta… Pero una y otra vez ha influido de forma decisiva en la historia de las religiones del mundo y de un modo especial en la de Occidente:

El mito de Isis, tal como lo recoge Plutarco, es una simbolización greco-egipcia del zoroastrismo

Gran parte de la apocalíptica judía recoge elementos zoroastristas

−La gnosis judeo-cristiana que ha influido de forma poderosa en la formulación del cristianismo de los siglos II-III tiene fuertes elementos zoroastristas

− El Maniqueísmo es una versión “sistemática” del zoroastrismo, con elementos cristianos y budistas…Es la religión original de San Agustín y de Prisciliano de Ávilo, con gran influjo n Galicia

Los grupos cátaros y albigenses de la Edad Media cristiana tienen rasgos zoroastristas…

− El “mito” universalizado por la Novela y Película EL CÓDIGO DA VINCI tiene elementos zoroastristas ¿quién no los ha visto? Están en el fondo de un tipo de religión nacional de USA, con la lucha entre el bien y el mal, con la apocalíptica y la guerra contra el eje del mal. No vale la mujer en sí, como persona que madura y se realiza en actitud de autonomía. Más aún, ella aparece en un sentido como fuerte peligroso: puede pervertir a los varones. Pero luego ella misma "redime" su culpa, convirtiéndose en madre de los hijos salvadores. Este es el milagro de lo femenino que podemos encontrar también otras culturas semejantes: la mujer- peligro (signo de Arhiman-Satán), engaño de varones, se convierte por su maternidad en tierra santa, imagen de Ormuz-Dios, educadora fiel y santa de la prole. Ella no vale por sí, vale por sus hijos; ellos son los que la honran y la salvan.

Por no entender este doble aspecto de la mujer, ciertos grupos gnóstico (como el maniqueísmo) tenderán a condenar toda relación del varón con la mujer, llegando en algún caso a defender la abstinencia sexual más rigurosa: para impedir que la vida perversa se extienda en el mundo es preciso dejar de casarse; de esa forma, a través de un "suicidio genético" (o antigenético) los humanos volverán a su principio espiritual, más allá de la materia: desaparecerá la vida mala de este mundo; se salvarán las almas buenas en la hondura del espíritu abismal de Dios.

En contra de ese dualismo extremo, negador de vida humana (en su forma actual de mundo y sexo), el zoroastrismo ha defendido la importancia de la transmisión sexual de la vida. Ciertamente, el sexo es riesgo: la mujer-perversa quiere aprisionar la vida del varón en la materia, a través del engaño del placer; pero el Dios bueno (Ormuz) convierte el riesgo en fecundidad positiva: la generación hace que surjan hombres nuevos, luchadores de la verdad contra las fuerzas de lo malo.

La visión que aquí se tiene de la historia acaba siendo según eso positiva: no caminamos hacia el infierno, no avanzamos hacia la destrucción. A través del nacimiento y proceso de la vida, los humanos vamos colaborando en la lucha de Ormuz que al fin podrá vencer a los poderes de Arhiman, sobre el mismo campo de batalla de este mundo. Entonces las almas de los buenos (varones y también mujeres) volverán a su principio celestial, de tal forma que se logre así una especie de gran restitución o redención divina (Dios se salvará a sí misma al redimir o liberar las partes de su espíritu que estaban cautivadas y perdidas en el mundo, entre los hombres).

Esta visión de la mujer encuentra grandes paralelos dentro de otros esquemas religiosos, especialmente en la gnosis y el maniqueísmo (quizá en cierto helenismo tardío, lo mismo que en los filósofos neoplatónicos). Es más, por medio de algunos apocalípticos judíos y de autores como S. Agustín, que se han movido cerca de la gnosis (y el maniqueísmo), esta manera de entender el sexo ha penetrado con alguna intensidad dentro de ciertos moralistas de la iglesia cristiana.

Bibliografía. Textos: J. P. Bergúa (Ed.), El Avesta, Bergúa, Madrid 1974. Historia: R. Girsham, Persia, Aguilar, Madrid 1964; N.H.Hosten, El mundo de los persas, Castilla, Madrid 1966. Religión: H. Ch. Puech, Historia de las religiones: II. De Babilonia a Zoroastro, Siglo XXI, Madrid 1978; J. Varenne,  Zaratushtra et la tradition mazdéenne, Du Seuil, Paris 1966; F.König,  La religión de Zarathustra, en Id. (ed.), Cristo y las religiones de la tierra II, BAC 203, Madrid 1960, 567-617; J. Duchesne-Guillemin,  La religión del antiguo Irán, en Bleeker/Widengren, Historia Religionum I, Cristiandad, Madrid 1973, 319-370; M.Boyce, Zoroastrismo,  en  Ibid II, 211-236.

Es particularmente extensa la bibliografía sobre las posibles relaciones entre el mito iranio y el surgimiento del cristianismo, sobre todo en relación al Hijo del Hombre. A modo de ejemplo citamos F. E. Borsch, The Son of Man in Myth and History, SCM, London 1967; C. Colpe,  Ho huios toy anthropou, TDNT 8, 400-477; R. Otto,  Reich Gottes und Menschensohn, Beck, München 1934. He presentado mi visión del tema en Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, Sígueme, Salamanca 1984, 89-128.

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