Irán (2). Maniqueísmo Religión irania, espiritualidad mundial
Irán (2) Maniqueísmo, religión irania, religión universal
Presenté hace dos días una postar sobre Zoroastro y el principio de la "religión irania"· Continúo hoy con Mani y el maniqueísmo.
Mani es el primer fundador de una religión “universal”, entre oriente y occidente, en el “centro del mundo”, en apertura hacia oriente (budismo, hinduismo) y hacia occidente (judaísmo, cristianismo, paganismo).
Era persa, hijo de un cristiano bautista (interesado en purificaciones), y vivió a mediados de III d. C., fundando una iglesia mundial, con elementos cristianos, budistas y zoroastristas. Entendió la religión en clave intimista, uniendo el cristianismo con la lucha escatológica de Zoroastro y la superación del deseo del budismo, destacando de esa forma el drama (caída y ascenso) del espíritu divino. Hacia el 240 d. C., se sintió inspirado y pensó que Dios le había convertido en el Paráclito de Jn 14-16:
– «El Dios supremo, Rey del Paraíso de las luces, dijo a Mani: Es el momento de que te manifiestes públicamente y proclames muy alto tu doctrina.
– La versión del Kephalaion copto dice: El Espíritu santo, el Paráclito prometido por Jesús, reveló al niño (=Mani) la Verdad total, el Pasado, el Presente y el Porvenir»[1].
Habitado así por el Espíritu, Mani se sintió Revelador final, último de los enviados de Dios, mensajero de la gnosis, portador de la Verdad completa, manifestación corporal del Paráclito anunciado por Jesús en Juan. De esa forma se insertó en una línea de reveladores (Adán, Set, Henoc, Noé, Sem, Abraham, Jesús), estructurados por la tradición gnóstica (judeocristiana), introduciendo en ella algunos personajes nuevos (Buda o Zoroastro). A su juicio, la historia es reiteración: Los enviados de Dios han repetido un único misterio, pero no lo han hecho de un modo perfecto; por eso, sus religiones sólo fueron valiosas por un tiempo y deben superarse. El último profeta fue Jesús, que anunció su venida final, pues Mani no se tomó ya como profeta, sino como Paráclito de Dios, presencia del Espíritu Santo[2].
-Mani no es encarnación de Dios. Estrictamente hablando, no existe encarnación, pues conforme al dualismo gnóstico lo divino es incapaz de expresarse en un cuerpo de carne (hecho de materia, apariencia). El Dios de Jn 4, 24 era Espíritu, pero no como opuesto a una materia, sino a los cultos particulares de Garicín o Jerusalén. El de Mani es puro Espíritu, de forma que en su mensaje no puede haber encarnación (en contra de Jn 1, 14), sino superación de la carne, des-materialización religiosa.
- - Mani tampoco es plenitud de la historia, pues la historia no tiene plenitud. La biografía humana (generación y nacimiento, crecimiento y comunicación personal) no es signo de Dios, sino sólo un proceso de caída (las partículas divinas son esclavizadas por la materia), de manera que para salvarse las almas deben retornar al pléroma divino. No existen personas valiosas en sí, ni comunidad positiva de hermanos o miembros de un grupo religioso, sino Espíritu divino, que ha quedado caído (cautivo) en la materia y debe salir de ella, retornando a su origen supra-material.
Mani actuó como Apóstol de Dios, afirmando que el mismo Jesús había anunciado y preparado su venida. Era ciudadano persa y pensó que su tierra era centro del mundo, entre oriente (India, China) y occidente (cristianismo, helenismo). Por eso quiso unir las religiones de un extremo y otro: la divinidad le había llamado para liberar de la materia a los humanos y conducirlos a la libertad sobre la historia. No se limitó a recibir una revelación interior y a cultivarla en un pequeño grupo de iniciados, como hicieron otros, sino que vinculó su experiencia gnóstica (cercana a la budista) con un tipo de estructura y proselitismo cercano al de los cristianos, organizando un movimiento universal de salvación:
«Los que tienen su iglesia en occidente (cristianos) no han alcanzado el oriente; los que han elegido su iglesia el oriente (budistas) no han llegado hasta occidente... En cambio, mi esperanza irá hacia occidente, e irá también hacia oriente. Y se oirá la voz de mi mensaje en todas las lenguas, y se anunciará en todas las ciudades. Mi iglesia es superior en este punto a las iglesias anteriores, porque ellas fueron elegidas en países determinados y en ciudades determinas; la mía, en cambio, se difundirá por todas las ciudades y mi evangelio llegará a todos los países»[3].
Quiso que su religión fuera cumplimiento y culminación de las anteriores. Tuvo la certeza de que la historia ha de acabar y sólo queda poco tiempo para que los hombres se conviertan y liberen de este mundo material, retornando a lo divino. Con ese fin organizó un movimiento consistente, con una Escritura sagrada, que se extendió por más de diez siglos, desde China hasta el extremo occidental de Europa, expresándose en grupos como los cátaros y albigenses. Quiso vincular las religiones, pero no fue hombre de diálogo, sino de silencio y mística negativa. Su religión no ha pervivido, pero algunos elementos de ella retornan con regularidad, presentando a Dios como lo opuesto a la materia con una teodicea de juicio y separación (rechazo del mundo, espiritualismo puro)[4].
A pesar de llamarle Paráclito de Cristo, sus seguidores no divinizaron a Mani, pues no se presentaba como portador personal de salvación, sino como mensajero de la negación del mundo. Además, él había anunciado el fin de la individualidad egoísta y la superación del tiempo de maldad y ruina de la historia, a fin de que las almas volvieran a su origen divino, superando la situación actual de caída. El mundo no es creación de Dios, sino efecto de un pecado, realidad perversa. Por eso, el verdadero Dios (espíritu, no mundo) se distingue del «dios de la materia» (que es el mal, deseo pervertido). Siendo portador de una revelación supra-mundana, Mani no quiso salvar la historia, sino librarnos de ella, elaborando una teodicea dualista, no en línea apocalíptica, como Montano, sino gnóstica (rechazando materia y carne, deseo y vida, en aras de la interioridad sagrada). Su Dios es espíritu puro. Su teodicea es anti-material y anti-histórica:
- Anti-material. Mani y sus discípulos (iluminados, pneumáticos) se sienten caídos en un mundo de perversión, enfrentamiento y muerte, pero descubren en sí mismos un germen de divinidad, que les permite superar este mundo de materia y mal deseo. Cada uno ha de salvarse a solas, cultivando su interior divino, sin mediaciones ajenas (de Cristos). De esa forma, los iluminados liberan su chispa de divinidad, que estaba caída y perdida, superando la materia y retornando a su verdad en el Espíritu.
- Anti-histórica. La historia no es revelación de Dios, ni producto de una acción positiva de los hombres, sino olvido y exilio. El alma es parcela divina, caída del alto, que sufre en el mundo y desea liberarse de su encierro histórico, donde la dominan dos grandes deseos perversos: placer sexual y violencia asesina. La religión no quiere transformar la historia, de manera que los hombres puedan descubrir su vida en ella, sino ayudarles a dejarla: El verdadero Dios no enseña a vivir y crear, sino a morir y des-vivirnos.
Sexo y violencia (placer y muerte) son los dioses falsos de la historia pervertida, dos caras de un mismo sistema de opresión donde los hombres se atraen y rechazan, procrean y matan por pecado. Origen y contienda (sexo y batalla) definen y destruyen la historia. De manera consecuente, Mani condenó la violencia del sexo (y el mismo sexo), como deseo pervertido y creatividad de muerte. También condenó otras formas de violencia social (caza de animales, guerra entre naciones). El rey de Persia se sintió acusado y respondió encerrándole en la cárcel donde murió (hacia el 276 d. C.). Jesús fue condenado por transformar la historia, Mani por negarla; lógicamente, sus discípulos pudieron presentarle como testigo y mártir del Espíritu.
En ese fondo se sitúa su visión de Dios y el Diablo. El verdadero Dios habita más allá de los deseos y contiendas de la historia: No podemos descubrirle en el Antiguo Testamento, religión de violencia, sino en la ascesis consecuente, renunciando a los deseos materiales (procrear, poseer, luchar). El Dios de este mundo es el Diablo, vinculado al deseo sexual, que puede concretarse en el mito de la Mujer perversa (que cautiva y encierra al alma en la materia) y en el deseo de violencia interhumana (guerra). Por eso, el hombre religioso no debe transformar y salvar este mundo sino terminarlo[5]. En esa línea, la teodicea maniquea parece más cercana a Zoroastro y Buda que a Jesús: El Dios-Espíritu se opone al Dios-Materia o Diablo; la salvación consiste en superar el deseo y violencia del Dios de este mundo, negando una forma de historia que se identifica en el fondo con la muerte[6]. Mala es la procreación (por su placer perverso) y toda forma de creatividad mundana (que nos sigue vinculando a la materia). No hay libertad, ni gratuidad, ni comunión positiva en esta tierra de materia antidivina a la que hemos caído por pecado y de la que debemos liberarnos[7].
Entendido así, el maniqueísmo (como los sistemas gnósticos radicales) es contrario al cristianismo. A pesar de ello, ha influido y sigue influyendo en muchos cristianos, que identifican a Dios con los valores espirituales y olvidan el dolor de los excluidos del sistema: Muchos acentúan la bondad de Dios, pero la identifican con su propia interioridad y en función de ella, rechazan o juzgan a quienes no forman parte de su grupo o no piensan como ellos. Esa teodicea o defensa de Dios se opone en el fondo al Dios de Jesús y al mismo ser humano[8]. (maniqueísmo occidental, seguirá)
[1] Cf. H. Ch. Puech, El maniqueísmo, IEP, Madrid 1957, pp. 31-32. Mani elaboró una teodicea dualista, de tipo gnóstico, concibiendo al Espíritu como interioridad espiritual, en oposición a la materia. A su juicio, Dios se manifiesta allí donde los hombres se elevan sobre el mundo material (propio del Diablo) para alcanzar su verdad interna.
[2] Este esquema de la sucesión de profetas, que van diciendo una misma verdad, siempre parcial, hasta la culminación, aparece en las Pseudo-clementinas. Cf. O. Cullmann, Le Problème littéraire et historique du Roman Pseudoclémentin, Alcan, Paris 1930; Id., Cristología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1998, pp. 65-104 ; L. Cerfaux, Le Vrai Prophète des Clémentines: RSR 18 (1928) pp. 143-163. Un esquema semejante ha sido aceptado por Mahoma y otros grupos de inspiración gnóstico-monoteísta, como lo Bahais.
[3] Cf. Kephalaion CLIV, en Puech, op. cit. 46.
[4] Babilonia (centro por entonces del imperio persa) era una encrucijada de movimientos sacrales e iglesias, donde junto a Zoroastro influían esquemas religiosos orientales (hinduismo, budismo), judíos y cristianos, en línea ortodoxa o heterodoxa. En ese contexto, Mani, hombre de gran cultura religiosa, se sintió inspirado por Dios para unificar las religiones. Cf. Ch. Puech, El maniqueísmo, en Historia de las religiones 8, Siglo XXI, Madrid 1978; G. Widengren, Mani und der Manichaeism, London 1965; J. A. Asmussen, «Maniqueísmo», en Bleeker/Widengren, Historia Religionum I, Cristiandad, Madrid 1973, pp. 561-590; A. Böhlig (ed.), Die Gnosis III. Der Manichäismus, Artemis, Zürich 1980; J. Ries, «La gnosis de Mani: lo sagrado, el hombre y la sociedad. Ruptura religiosa y proyecto de religión universal», en Id. (ed.), Tratado de antropología de lo sagrado IV, Trotta, Madrid 2001, pp. 171-196.
[5] El matrimonio no es signo de Dios y tampoco lo es el nacimiento pues introduce a los hombres en el proceso de la vida material en sus reencarnaciones. Todo lo que encadena la luz de Dios (alma divina) en la materia es malo. Por eso, la sexualidad procreadora es perversa: Es la manera que Satán ha escogido para engañar a los humanos.
[6] «El pecado capital es la fornicación, que es en sí abyección, bestialidad, inconsciencia; y, por consiguiente, la procreación de hijos nos hace cómplices e instrumentos del plan forjado por el Mal, llevándonos a prolongar en el cuerpo de nuestros descendientes la cautividad de una parte de la Luz que estaba en nosotros»: H. Ch. Puech, El maniqueísmo, IEP, Madrid 1957, p. 65. Nuestra forma de vida actual carece de valor. Nuestro proyecto o camino en la historia es ilusión. Por eso, debemos des-hacernos, superando el deseo de la vida (sexo, fuerza agresiva). No deberíamos haber nacido, pues el nacimiento, que nos escinde de Dios y nos hace individuos en el mundo, proviene del deseo malo. El buen vivir es aprender a morir, para que volvamos al Dios supramundano. Casi todos los hombres son imperfectos y débiles, siguen vinculados a los deseos de la tierra; por eso no pueden ser más que oyentes o principiantes de la iglesia maniquea. Sólo son maniqueos de verdad los perfectos: Aquellos que han vencido, de manera programada, los deseos de poder-placer, conforme a la doctrina de las tres interdicciones: De la carne y bebida fermentada (sello de la boca), de la violencia contra la vida (sello de la mano) y de la acción sexual (sello del vientre).
[7] Los maniqueos ofrecen una experiencia extrema de extrañamiento y negación de Dios en la historia: Ellos deben separarse de todo lo que pueda vincularles con la tierra, por sexo o violencia. No existe sexo bueno (no hay deseo positivo, ni generación creadora). Por eso, su teodicea exige rechazar al Dios del mundo, con los deseos y poderes malos de la historia. Muchos cristianos, influidos por un tipo de maniqueísmo, tienden a entender el mundo como cautiverio, les cuesta interpretar la religión y vida como gracia. Pero debemos añadir que la condena del mundo y la renuncia a la solidaridad carnal no son gestos cristianos. Tampoco es cristiano un elitismo, que divide a los hombres en perfectos (que han superado el deseo de la vida) e imperfectos (que siguen vinculados a ella).
[8]En este sentido se entiende el carácter peyorativo del término: Suele llamarse maniqueo a quien juzga a los demás, separando con precisión el bien y el mal, como lo blanco de lo negro, imponiendo su opinión sobre personas y cosas. Maniqueo es alguien que se piensa justo (iluminado) y condena a los otros, rechazando los valores de este mundo. Al Dios maniqueo le falta gratuidad y libertad, amor mutuo y fe en la historia. Un Dios así ha dañado al cristianismo.