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Jesús el artesano. Ni obispo, sacerdote, rabino, ni escriba. Sin ficha laboral, descatalogado.

Gracias, Francisco, por tus doce años
Gracias, Francisco, por tus doce años

(20+) Facebook 1. Jesús el Artesano (tektòn: Mc 6, 3). Ni obispo, sacerdote, rabino o escriba[1]. Descatalogado, sin identidad laboral

El tema de Jesús «nazoreo mesiánico» est-a en el fondo de toda su vida sigue, pero ha de verse en relación con su situación social y su trabajo de tekton o artesano, obrero no especializado, que se ocupa, sobre todo, de labores relacionadas con la construcción: cantero, carpintero, trabajador de la madera o piedra. Ciertamente, Jesús parece haber sido desde niño un «judío piadoso», abierto a la palabra de Dios, desde la historia de su pueblo (que hemos visto encarnada en Abraham y Moisés, en David y Elías, por citar los ejemplos más significativos). Pero, desde las mejores tradiciones proféticas de Israel, su piedad resulta inseparable de su vida social, de su trabajo y de sus relaciones con los pobres.

Por eso, al ocuparnos del trabajo de Jesús no abandonamos su mesianismo, sino lo situamos mejor, para comprenderlo. No abandonamos tampoco su relación especial con Dios, su experiencia originaria del misterio, sino que hemos querido situarla. En ese contexto, más que su genealogía intrafamiliar (fijada simbólicamente en Mt 1 y Lc 3, como hemos visto), nos importa su genealogía laboral, para entroncar en ella su encuentro con Dios y su palabra mesiánica, es decir, su nueva vocación nazorea.

Pues bien, en este contexto podemos recordar que Sus antepasados vinieron(probablemente)  de Judea a Nazaret, tras la conquista de Alejandro Janeo (en torno al 100 a.C.), como agricultores, recibiendo en propiedad unas tierras, que les vinculaban a la promesa y bendición antigua, que se expresaban en los propietarios campesinos, casados, con familia y campo, que eran signo visible de Dios. Los campesinos varones que perdían su campo (y no podían sustentar una familia) quedaban desamparado no sólo en sentido económico, sino también en sentido simbólico/religioso, pues les faltaba la herencia de Dios (el campo/heredad). Pues bien, los familiares de Jesús (quizá José su padre), habían perdido la tierra, volviéndose así campesinos sin campo (obreros sin obra), herederos de Dios sin heredad, artesanos a lance (carpinteros, albañiles, herreros…).

1. Marcos le define directamente como el tekton (artesano) (Mc 6, 3). Ésa es su escuela, ése es su oficio e identidad: debía vender su trabajo, de forma que, para vivir, no se hallaba vinculado a la providencia de Dios (lluvia) y a su propio esfuerzo (trabajo personal en la tierra de dios), sino que dependía de la oferta y demanda de otros, en un mundo lleno de carencia y dureza. Pero Jesús no es simplemente «un» tekton, sino «ho» tekton: «el» artesano/carpintero. Antes de llamarse el Cristo (y para serlo), Jesús Galileo ha sido «el obrero», un hombre que depende de aquellos que le llaman y encargan tareas ajenas. La “obra de Dios”, centrada después en el mensaje del Reino, se relaciona con el trabajo eventual de gran parte de la gente de su entorno. Sin duda, tiene un conocimiento básico de la Escritura y, como nazoreo, se siente identificado con la tradición religiosa del judaísmo. Pero, al mismo tiempo, se encuentra a merced de las necesidades y de las ofertas de trabajo (o del desinterés y el poder opresor) de unos propietarios. Es evidente que esa situación implica una disonancia muy fuerte: su forma de vida no responde a lo que Dios había prometido a su pueblo.

2. Mateo parece suavizar esa afirmación y presenta a Jesús como el hijo del tekton (Mt 13, 5). Ese cambio podría atenuar la dureza de su estado laboral, pues no se le llama directamente «el», sino «el hijo» del tekton, pero en realidad no la atenúa, pues no presenta a Jesús como un nuevo tekton, alguien que acaba de empobrecer, por situaciones inmediatas de familia, sino como «hijo de», alguien que ha nacido en una familia sin la seguridad económica que ofrece un campo propio, como signo de bendición de Dios. Cuando más tarde prometa a sus seguidores «el ciento por uno» en campos (agrous: Mc 10, 30 par), Jesús querrá cambiar esa situación en la que muchos hombres y mujeres como él no habían tenido un campo para mantener una familia; cuando se cumpla su mensaje todos tendrán campo compartido.

3. Lucas y Juan pueden haber sentido embarazo de llamarle tekton (o hijo de tekton) y por eso cambian la expresión, diciendo: «¿No es éste el hijo de José?¡¡ (Lc 4, 22 y Jn 6, 42). Ciertamente, se podría afirmar que lo hacen por un simple ahorro verbal (les basta con decir que es hijo de José, no necesitan más información), pero Mc 6, 3 llama a Jesús hijo de María y, sin embargo, añade que es tekton… y Mt 13, 5 presenta a Jesús como hijo de tekton. En esa línea, podemos suponer que Lucas (y Juan) han ocultado el dato laboral de Jesús porque, en el contexto donde escriben, les parece indigno definir a Jesús por un trabajo que le hace dependiente de los otros. Evidentemente, Jesús no tenía un currículo elevado[2].

Como he dicho, un israelita de alcurnia (galileo) ideal debía ser propietario de una tierra, una heredad de Dios, como muestra todavía la legislación de la Misná (siglo II- IV d.C.), que toma como referencia una sociedad de agricultores (familias) libres. Pues bien, la política urbanista de Herodes el Grande y de su hijo Herodes Antipas hizo que una parte considerable de los agricultores de Galilea, fueron incapaces de mantener sus propiedades, volviéndose campesinos sin campo, artesanos o mendigos (en contra de la ley de jubileo: Lev 25). Por eso, si quiere proclamar la palabra de Dios en su circunstante concreta, como mesías nazoreo, Jesús tiene que conocer la situación social concreta de su pueblo. Desde ese fondo veremos que su guerra no es un alzamiento militar, sino un proyecto y camino de transformación social, al servicio de la vida.

1. Jesús marginal y marginado. La propiedad de la tierra (que debía ser compartida entre todos) fue pasando a manos de unos pocos, de manera que una parte de la población vino a engrosar el proletariado (y clientelismo) urbano de las nuevas capitales (Séforis, Tiberíades) y otra parte quedó en el campo, pero en situación de dependencia (como renteros o artesanos eventuales). Desde ese fondo se entiende la situación de Jesús.

En contra de lo que prometían las bendiciones de Israel y las promesas davídicas, era un hombre sin importancia social: no era propietario de tierras (con la bendición de Dios), ni miembro de una estirpe sacerdotal, más o menos rica, como el Bautista (cf. Lc 1) o F. Josefo (según su Autobiografía). Era un heredero sin herencia. Conocía la pobreza por dentro y no de un modo intelectual. No era un pobre de espíritu (o pobre sólo ante Dios), sino de realidad, por su trabajo y el puesto que ocupa en la sociedad, y así se le puede llamar judío marginal (como hace J. P. Meier), aunque preferimos llamarle marginado[3]:

 1. Era un marginal, sin conocimientos académicos ni poderes económicos, un galileo sin cargo especial… Pero, en sentido más estricto, era un marginado, pues los cambios sociales y económicos, que se habían dado en los últimos decenios, dentro de un mundo controlado cada vez más por escribas (de las varias escuelas), sacerdotes oficiales y miembros de la nueva aristocracia económica (que había pactado con Roma), le habían arrojado al margen de la sociedad. Estaba a merced del trabajo de otros, de manera que no podía cumplir la Ley como aquellos que tiempo para ello (como muchos fariseos).

2 Era un marginado activo. Esa situación le había vinculado con otros hombres y mujeres, expulsados como él, pero le había permitido entender desde otra perspectiva y de otra forma la Escritura y la tarea de su pueblo. Era un marginado, pero no un resentido (no propugna la violencia reactiva en contra de los ricos), un marginado con un potencial inmenso de creatividad. Desde ese fondo se entiende la respuesta que ofreció a los retos de su tiempo, la manera en que vino a situarse ante la realidad israelita, desde su contacto con Juan Bautista, hasta el momento en que inició a proclamar su mensaje en Galilea. En esa marginación realizó su tarea como nazoreo.

Cuando habla de pobreza y llama bienaventurados a los ptojoi (mendigos, aquellos que no tienen ni siquiera trabajo), Jesús no está proponiendo una teoría sobre la vida de otros, ni un mensaje universal, de tipo abstracto, sino que hablando de su propia situación de marginado. No es un marginal que se retira y aleja, saliendo de los círculos sociales, alguien que no tiene nada que aportar, un idiota que no sabe oponerse y negar (Nietzsche, El Anticristo, 1888), alguien que no ofrece un aporte positivo a las instituciones de su tiempo (J. Klausner, Jesús de Nazaret, 1907). Al contrario, Jesús ha sabido oponerse de un modo más intenso a los poderes dominantes, desde su más honda experiencia de Dios, como Vida fundante o Padre del que provienen todas las cosas.

Jesús no se ha enfrentado con la realidad desde arriba, ni ha pedido o concedido una simple limosna, ni se ha limitado a mejorar un poco lo que ya existe, con unos pequeños retoques desde el interior del sistema, sino que ha iniciado un camino de fuerte construcción social y humana (de oposición creadora), precisamente desde aquellos que, como él, carecen de poder y tierra. No empieza siendo marginal por vocación, sino por realidad social y familiar. Sólo en un segundo momento ha escogido la marginación como principio de trasformación mesiánica. Su escuela ha sido la pobreza y el trabajo alienado de millones de personas, que no tienen nada y dependen de aquello que otros quieran ofrecerles. No ha sido un trabajador autosuficiente (dueño de su empresa o campo), sino que ha dependido de otros. Desde esa dependencia iniciará su misión como nazoreo del Reino.

            2. Marginado dependiente. No ha sido uno de aquellos carpinteros sabios de taller rico,   hombres eficientes, con trabajo asegurado, que podían volverse maestros de otros trabajadores “buenos”, pues tenían tiempo libre para argumentar sobre problemas muy profundos de la Ley israelita. Al contrario, él ha debido formar parte de los carpinteros-dependientes, sin acceso a una tierra que, en aquel momento, en una sociedad como la israelita se concebía como signo de elección de Dios y fuente de bendiciones. No ha sido un pensador de tiempo libre, deseoso de mejorar de lo que existe, sino profeta en tiempos de opresión, empeñado en iniciar una transformación total de las condiciones de vida de su pueblo[4].

 He supuesto que sus antepasados emigraron de Belén de Judea a Nazaret de Galilea, con el fin de poseer una tierra buena. Pero, en el fondo, eso termina siendo secundario. Fuera oriundo de Belén o descendiente de una antigua familia de Galilea, Jesús ha sido una víctima de las trasformaciones laborales y sociales que se habían dado en los últimos decenios, marcados por la comercialización del campo, trabajado antes por agricultores autónomos, que, por influjo de la política de Roma y de los herodianos, pasaron a depender de las ciudades del entorno y de los grandes comerciantes. Ciertamente, él pudo tener más movilidad y conocimientos que un campesino propietario, pero carecía del poder y, sobre todo, de la autonomía que ofrece un campo propio, una herencia en la tierra que Dios había prometido a los israelitas.

1. El trabajo en la casa-campo arraiga al hombre (a la familia) en una tierra que los israelitas entendían como don de Dios. La familia de agricultores propietarios posee una identidad sagrada, pues tradición y tierra se trasmiten por generaciones, en una historia donde padre (y madre) son testigos de una Providencia buena, portadores de unas bendiciones y valores, que se mantienen con pocos cambios a lo largo de siglos. En ese contexto, Dios tiende a manifestarse a través de la sacralidad de la tierra y de la continuidad del grupo, sancionando unos valores de justicia y solidaridad, simbolizados por los padres, que garantizan la continuidad de la vida (herencia).

Vinculado así a la tierra, el Dios israelita había cumplido una función esencial, a lo largo de la historia. Pero ya no respondía a las necesidades de los campesinos sin tierra, entre los que hallamos a Jesús Galileo. Por eso, para descubrir sus raíces religiosas, él tuvo que ir más hacia atrás, hasta un tiempo en que los hebreos no tenían tierra. El Dios de Jesús no actuará como aval de la propiedad de los «buenos» campesinos de Galilea, sino que deberá actuar desde un nivel más hondo.

2. Los campesinos y artesanos sin tierra se parecían a los hebreos de Egipto. Habían perdido o estaban perdiendo su herencia, de forma que ya no podían creer en el Dios de los «buenos» propietarios y tenían que buscar nuevas formas de experiencia religiosa y/o convivencia. Carecían ya de patrimonio (vinculado al patriarcado) y no tenían una herencia/heredad para dejarla a los hijos, de manera que, estrictamente hablando, carecían de herederos. En el fondo, eran hombres sin patria, itinerantes obligados a “pedir” trabajo en aldeas y pueblos, a merced de aquellos que quisieran dárselo o negárselo.

En realidad, los campesinos sin tierra no tenían estructuras familiares (casas), en el sentido tradicional, pues las casas resultaban inseparables de la tierra. Ciertamente, algunos de ellos podían volverse ricos. Pero les faltaba la tierra/heredad que se transmite y se mantiene en la familia, como propiedad que permanece por generaciones, aunque podían conocer otros pueblos y gentes, logrando así una visión más extensa de las condiciones humanas, especialmente de los pobres.

En ese fondo se sitúa la vida y mensaje de Jesús, a quien veremos iniciando un nuevo tipo de familia. Debió trabajar como artesano, por diversos lugares de Galilea, a partir de su mayoría de edad (en torno a los 12-13 años). Primero lo haría con su padre, después quizá solo (tras la muerte probable de su padre), conociendo así, de un modo directo, a las gentes de su entorno, a los pequeños propietarios agrícolas, a otros artesanos u obreros sin tierra, como él. Por eso, cuando más tarde recorra Galilea como predicador itinerante del Reino, volverá a los mismos pueblos que había conocido como artesano también itinerante, en contacto con expulsados, enfermos y marginales, con aquellos que parecían hallarse fuera del campo de las promesas de Israel, en los albergues y caminos. Eso le permitirá retomar y recrear la historia de la presencia de Dios en Israel (como historia de libertad), partiendo de los nuevos hebreos de su tiempo y circunstancia[5].

  Clases sociales. Ser campesino y artesano en Galilea

Los rasgos anteriores expresan una fuerte disonancia. (1) Como israelita (y de un modo especial como nazoreo), Jesús se sabe portador de la promesa davídica, que incluye la posesión de una heredad o tierra propia. (2) Pero de hecho él forma parte de la masa de hombres y mujeres que han perdido la tierra, de manera que parecen expulsados de la herencia de Abrahán y de David. (3) En ese contexto apela a Dios, viéndole como aquel que puede ofrecer su heredad a los pobres y marginados. Esta experiencia está al fondo de las bienaventuranza (¡los mansos heredarán la tierra! Cf. Mt 5, 5) y de la promesa del ciento por uno, según la cual aquellos que han perdido (lo han dejado) todo recibirán de otra manera, por caminos nuevos (pero en esta misma tierra), una gran abundancia en familia, casas, campos etc. (cf. Mc 10, 29-30).

La experiencia del ciento por uno resulta imposible donde se mantiene un sistema, que divide a los hombres en propietarios (que tienen y aumentan lo tenido) y expulsados (que lo pierden); pero es posible y lógico allí donde se instaura un tipo de propiedad compartida, que es signo de la bendición de Dios. Para entender esa experiencia es bueno que recordemos la división de clases que se daba en aquel tiempo en Galilea (en Palestina). Lo más espiritual del mensaje de Jesús (el don de Dios, las bienaventuranzas) sólo se entiende teniendo en cuenta la base social de su experiencia y su proyecto (vinculado a los pobres sin tierra y al pan mensaje del pan compartido). Desde ese fondo ha de entenderse y valorarse este largo «paréntesis» que trata de las clases sociales:

1. Gobernantes. Son la clase superior, formada por los reyes y sus familiares. Tienden a presentarse como delegados de Dios, concentrando todos los poderes, como dueños del conjunto de las tierras, que habrían recibido de ese Dios, para ofrecer después una parte de ellas, de un modo generoso, a sus mejores subordinados. Así poseen no sólo los productos directos de sus propias tierras (que cultivan por sus siervos y colonos), sino también un impuesto considerable (un tercio o incluso la mitad) de los ingresos de los propietarios. Normalmente, los gobernantes emplean lo así recibido para su propio disfrute, para sus edificaciones y sus empresas militares y sociales. En tiempo de Jesús, esta clase gobernante estaba representada en Israel por los representantes Imperio romano (Legado, Procurador…) y por los reyes vasallos de la dinastía herodiana (Antipas o Filipo), que gobernaban en nombre del mismo imperio.

  Ministros y/o funcionarios superiores. Forman las jerarquías militares y burocráticas, sacerdotales e intelectuales que sostienen y acompañan a los gobernantes propiamente dichos. Son aproximadamente un 5% de la población y suelen estar muy vinculados al monarca (como servidores).

1. Subclase militar. En tiempo de Jesús no había una clase militar israelita propiamente dicha, pues el ejército estaba en manos de la potencia dominante (Roma) o dependía estrechamente de ella, de manera que Poncio Pilato era gobernador y comandante del ejército de ocupación en Judea/Samaría. Herodes Antipas, rey vasallo de Galilea-Perea, mantenía un pequeño ejército autónomo, encuadrado en la milicia romana, que podía considerarse israelita, pero que no tenía autonomía estricta, ni era bien aceptado por el conjunto de los judíos. En conjunto, los judíos de una zona y otra carecían de autoridad militar propiamente dicha, de manera que se hallaban bajo el dominio de una milicia exterior, que se consideraba sagrada. Parece que en tiempo de Jesús no había un ejército celota (anti-romano) propiamente dicho, que surgirá en los años que preceden a la guerra (del 67-70 d.C.). De todas formas había un conflicto militar latente entre Roma y muchos judíos palestinos, incluso no-nacionalistas, que tendían a ver el ejército como signo demoníaco, más que como instrumento de Dios. Jesús no reclutará un ejército, ni planeará un alzamiento militar, pero morirá condenado por el comandante del ejército romano (Poncio Pilato).

2. Subclase sacerdotal. Roma, que ejercía un control militar, pero no religioso, sobre los judíos, a fin de asegurar su dominio, tuvo que pactar con la clase sacerdotal, presidida por un Sumo Sacerdote, que gozaba de gran autonomía, pues tenía un templo propio y a unas instituciones que no derivaban de Roma, sino de tradiciones anteriores, vinculadas a un Dios independiente, reconocido por la misma Roma. En esa línea, el judaísmo de aquel tiempo podía interpretarse como comunidad del templo. De todas formas, a través de su pacto con Roma, los sacerdotes eran, en algún sentido, servidores de Roma y así estaban vinculados con los gobernantes, militares y administrativos del imperio, de manera que formaban parte del sistema oficial. Pero, en otro sentido, poseían una gran autonomía, pues se consideraban depositarios y garantes de la palabra de Dios. Tenían además un pequeño ejército propio (la guardia para-militar del templo) y controlaban una parte considerable de la economía del entorno de Jerusalén. Ellos influyeron en la muerte de Jesús, en alianza, como es lógico, con Roma.

           3. Subclase intelectual. En tiempo de Jesús estaba surgiendo en Israel una clase intelectual muy importante, formada por escribas, que interpretaban y recreaban las tradiciones de la Escritura, adaptadas a las necesidades del conjunto de la población. Esa clase estaba vinculada con los sacerdotes, pero, al mismo tiempo, disfrutaba de una gran autonomía, aunque no tanta como la que obtendrá después, con el despliegue del judaísmo rabínico, a partir del siglo II d.C. El movimiento de Jesús tendrá que situarse en este contexto de surgimiento del poder de los escribas.

3. Clase mercantil. En el comienzo de Israel, según la Escritura, no había una clase superior de comerciantes, que controlara los excedentes agrícolas y organizara los intercambios económicos, entre otras razones porque apenas había excedentes. Pero más tarde, y de un modo especial con el desarrollo del mercantilismo, vinculado a la nueva administración política y social de la familia de Herodes, la economía de subsistencia, vinculada al trabajo directo de la tierra, se hizo inviable y, en su lugar, se impuso una casta de comerciantes, bien relacionada con los reyes, militares y soldados y con las élites ciudadanas. Las relaciones entre los campesinos dejaron de ser directas e inmediatas y surgió esta clase especial de burócratas mercantiles, al servicio del sistema. Surgió así el dominio de los comerciantes, que no son productores directos de bienes, sino que dirigen e intercambian los bienes producidos por otros, quedándose con una parte considerable de los excedentes. Ellos, en alianza con los gobernantes y los ciudadanos ricos, controlarán la economía, convirtiendo a los agricultores libres en renteros, artesanos dependientes o mendigos.

 1. Comerciantes. En principio, ellos pueden entenderse como campesinos que han subido de nivel (en contra de los artesanos, que son campesinos descendidos). Pero de tal forma controlan los productos del trabajo que acaban dominando sobre los antiguos agricultores, dentro de una economía comercializada y dominada ya por el dinero. Frente al trabajo del agricultor, que produce bienes que se consumen o intercambian de un modo directo, surge así y se desarrolla el dinero, entendido como propiedad primaria de los comerciantes, que dirigen la vida del resto de la población, planificándola al servicio de sus intereses. De esa forman controlan a los trabajadores, introduciendo una separación entre trabajo y economía, entre riqueza y vida real…

 2. Mamona, el Dios de la clase mercantil. El símbolo básico de los comerciantes no es la tierra, ni el trabajo, ni la familia, ni las relaciones directas, sino el capital, que podría estar al servicio de un César neutral (cf. Mc 12, 15-16), pero que a los ojos de Jesús tiende a presentarse como Mamona, es decir, como un ídolo o dios objetivado, contrario al Dios verdadero (cf. Mt 6, 24). Los miembros de la clase mercantil suelen pactar con los funcionarios superiores y con los sacerdotes (que sacralizan, al menos de un modo indirecto, el dinero) y, sobre todo, con los reyes. En esa línea, ellos pueden convertirse en árbitros de la sociedad, pues dirigen el proceso real de la producción y distribución de bienes. Ciertamente, en un sentido, los gestores comercio/mercado dependen de los gobernantes y de los militares; pero, en otro sentido, pueden controlarles y de hecho les controlan. Ellos son los sacerdotes de la religión del dios-dinero.

Jesús vivió en un mundo que empezaba a estar dominado, de hecho, por una clase mercantil que ha separado ya el dinero, para convertirlo el algo independiente, escindido de la vida real, es decir, del trabajo y de las necesidades concretas de los hombres y mujeres, hasta convertirse en mamona o capital que puede divinizarse, como el gran ídolo, contrario al Dios del Reino (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13). Ciertamente, no parece que Jesús haya sido un purista, contrario al progreso: no ha condenado en general a los comerciantes, ni ha rechazado a los publicanos (recaudadores de impuestos, al servicio de un orden socio/económico vinculado a Roma), a los que gran parte del pueblo consideraba impuros. Pero, a mayor profundidad, él quiso que comercio y dinero estuvieran al servicio de los pobres, de un modo gratuito (por comunicación directa).

En esa línea, el proyecto de Jesús implicaba un cambio total en la manera de ver la economía, de manera que el dinero no sea valor en sí y el comercio se convierta en medio de comunicación. Jesús no ha sido un reformador, en la línea de muchos fariseos que empezaban a tener gran influjo en el pueblo, mejorando cierto tipo economía, dentro del sistema, sino un profeta del encuentro inmediato entre personas (hoy podríamos decir: del trabajo directo) y de la gratuidad, apelando para ello a los principios de la tradición israelita, pues, a su juicio, el dinero que no está al servicio de los hombres se convierte en mamona. Él no quería una simple reforma, sino el cambio total de la economía.

4. Clase campesina. En principio, Israel formaba una federación o liga de clanes de agricultores y pastores libres, con tierras y trabajos parecidos, de manera que no había campesinos inferiores, separados de la clase superior de gobernantes-soldados-mercaderes, pues funciones y grupos no habían desembocado en clases opuestas. No existían reyes (jerarquía social), ni sacerdotes especiales (jerarquía sacral), ni soldados profesionales (todos debían colaborar en la defensa), ni comerciantes para controlar los excedentes alimenticios al servicio de sí mismos y de las clases superiores (no-productivas). No había oposición de clases, sino una comunidad o federación de agricultores-pastores, autosuficientes y capaces de defenderse unos con otros y de intercambiarse bienes y servicios (sin una clase intermediaria, liberada para funciones burocráticas).

En sentido estricto, los agricultores subordinados (campesinos) nacen como clase o grupo especial, cuando surgen y se imponen los intermediarios citados (gobernantes, soldados, sacerdotes), vinculados a la trama de las ciudades, que ofrecen una serie de servicios, pero no produce bienes de consumo (viven de lo producido por el campesinado). Conforme al ideal bíblico, Israel había sido (=debía ser) un pueblo de agricultores libres, sin estructuras clasistas (distinción entre poderes superiores y campesinos inferiores).Pero las cosas cambiaron y Jesús nació y vivió precisamente en uno de los momentos cruciales de ese cambio, vinculado a la caída de la federación de agricultores libres y al nacimiento de un campesinado sometido al poder político/mercantil de reyes, ciudades y comerciantes.

El imaginario simbólico de Jesús era, como ya hemos dicho, una sociedad sin clases, una federación de agricultores, pastores y/o pescadores, compartiendo bienes y trabajos, formando una sociedad igualitaria (no mercantil, no imperial) de familias y clanes libres en la línea de Lev 25 (ley del jubileo). Pues bien, precisamente en aquel momento (ya en el tiempo de sus padres) una parte considerable de los agricultores pudieron mantener su independencia, de manera que tuvieron que ponerse (les pudieron) al servicio de una estructura política y comercial, centrada en las ciudades (dentro de un reino o imperio más grande: el de Roma). En general, las tierras de los campesinos pasaron a ser propiedad de la clase mercantil y/o de los grandes propietarios (vinculados a los gobernantes, militares y/o sacerdotes), perdiendo su autonomía y haciéndose dependiente de unas ciudades y/o de unos comerciantes, que controlan, dirigen y consumen su producción[6].

5. Los artesanos. Son, en general, campesinos que han perdido la propiedad y el uso de sus tierras, de manera que no pueden cultivarlas por sí mismos, sino que están obligados a vender su trabajo, poniéndolo y poniéndose al servicio de reyes, ciudades o templos y de comerciantes o propietarios ricos. No les queda más posesión que su trabajo y deben venderlo para así vivir. Los artesanos (carpinteros, herreros, alfareros, albañiles, expertos en pozos y riegos…) han existido desde antiguo, pero antes de la división de clases, eran agricultores que, además de trabajar su tierra, tenían cierta capacidad o experiencia para realizar otras funciones especiales y así las realizaban, sin perder básicamente sus propiedades agrícolas. Pues bien, cuando muchos propietarios pierden su heredad (por confiscación, deudas, movimientos migratorios o super-población) empiezan a multiplicarse los campesinos sin campo, que deben vender su trabajo como renteros, braceros o artesanos (carpinteros etc.). Esto es lo que había sucedido en tiempos de Jesús, cuando el proceso de urbanización y el lujo de las ciudades, ha convertido a los hijos de los antiguos agricultores libres en campesinos sometidos y en artesanos aún más sometidos, como el mismo Jesús[7].

 

1. Había artesanos asentados,clientes favorecidos del sistema político, económico y/o religioso del que dependen y al que sostienen. Ellos actúan en general como operaros fijos al servicio de los gobernantes, de las ciudades o los templos (como el de Jerusalén) que les contratan y pagan. Entre ellos están los que trabajan en las grandes obras reales de Palestina (Cesarea y Sebaste, Séforis y Tiberíades) o en el templo de Jerusalén, donde se dice que, desde el tiempo de Herodes, se juntaban más de 15.000 trabajadores, como artesanos al servicio de un sistema rico que podía pagarles. Gran parte de la población de Jerusalén estaba formada por obreros del templo, quienes, como es normal, no respaldarán a Jesús cuando ofrezca allí su proyecto de Reino, pues sus ideales e intereses son distintos.

2. Había artesanos itinerantes,sin estabilidad, eventuales al servicio de agricultores más ricos o de propietarios con ciertos medios económicos. Entre éstos parece haber estado Jesús, que no ha sido (presumiblemente) obrero de la construcción del templo de Jerusalén, ni de las ciudades y cortes de los reyes galileos, sino que dependía de un mercado de trabajo inestable. Aunque dominados por comerciantes y ciudades, los campesinos propietarios seguían disponiendo de una tierra que era símbolo de estabilidad y bendición de Dios. Por el contrario, estos artesanos (campesinos sin tierra) dependían totalmente de las condiciones sociales y laborales de otros más ricos.                                             

6. Clases inferiores. En el último escalón se sitúa una serie de grupos y gentes que están fuera del esquema anterior, de manera que no pueden llamarse ni siquiera pobres (penes, penetes), es decir trabajadores con pocos recursos, pues no tienen libertad ni medios para ejercer su trabajo, de manera que son por-dioseros (¡en manos de Dios!) o mendigos (ptojoi) sin propiedad alguna. Dentro de esas clases podemos distinguir tres grupos:

1. Esclavos. El sistema económico romano se puede definir como esclavista, pues fundaba su economía y administración en la existencia de personas-objeto, sin derechos propios. Pero en el contexto rural de Galilea, en tiempos de Jesús, parece que había pocos esclavos o tenían menos importancia. Jesús no ha iniciado una rebelión de esclavos (en la línea de lo que pudo haber hecho Espartaco en Roma, el 71 a.C.), sino un movimiento de Reino, con campesinos, artesanos y mendigos, al servicio de un proyecto de sanación e igualdad en el que resulta impensable la existencia de esclavos, como ratifica la iglesia primitiva en un texto recogido por Pablo: «Ya no hay hombre ni mujer, no hay esclavo ni libre, no hay judío ni griego» (Gal 3, 28).

2. Impuros, degradados… Están cerca de aquellos que en otros contextos sociales se llaman intocables o manchados. No parece que en Galilea formaran una clase especial (como ha podido suceder en la India), pero afloran con frecuencia en el evangelio. Así vemos a muchos enfermos (como los leprosos) y en especial a los posesos o endemoniados, tan abundantes en el contexto de Jesús. En relación con ellos podemos hablar también de expulsados sociales (publicanos) o socio-religiosos (prostitutas), que forman parte del corazón del evangelio (del mensaje de Jesús), como destinatarios de su reino. En este grupo vienen a situarse los pobres radicales ya citados (ptojoi), que no pueden ni siquiera trabajar, pues no encuentran trabajo o no son capaces de realizarlo y así viven de la mendicidad.

3. Prescindibles. Son aquellos que carecen de valor para el sistema, pues no tienen influjo ninguno, ni en un plano laboral, ni en un plano afectivo o simbólico. Pueden ser prescindibles los esclavos que ya pueden ofrecer ya ningún rendimiento, las prostitutas envejecidas, incapaces de realizar su servicio, algunos enfermos, especialmente los locos. El número de prescindibles varía de sociedad a sociedad y ellos pueden volverse relativamente numeroso en momentos de crisis (como lo fueron en tiempos de Jesús). Son prescindibles porque parece que no aportan, ni importan a nadie, de manera que todo seguiría igual si ellos murieran. Son los pobres de los pobres, aquellos que malviven al margen de la sociedad (por culpa propia o por razón del sistema) sin posibilidad de que se escuche su palabra. De esa forman dependen totalmente de los demás. Entre ellos ha iniciado Jesús su movimiento de trasformación, es decir, de Reino.

Las seis clases anteriores (gobernantes, altos funcionarios, mercaderes, campesinos, artesanos y pobres) nos sirven para situar el mensaje y la experiencia vital de Jesús, que no aprendió su doctrina estudiando Escritura, en un entorno elitista (como F. Josefo), sino en el mundo del trabajo, como indica Mc 6, 3 al decir que es tekton: «¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿No es éste el carpintero?». Éste fue su lugar, el mundo de los trabajadores sin tierra, mundo de enfermos y expulsados sociales. Ésta su tarea: anunciar y cumplir las esperanzas de Israel desde el espacio y camino de vida de los artesanos dependientes.

En este lugar de los pobres ha escuchado Jesús la palabra de Dios; desde este lugar iniciará su camino de Reino. No hablará de Dios en general, de un modo evasivo, desde una superestructura impositiva, sino desde los pobres, enfermos y expulsados de la sociedad israelita de su tiempo. Ciertamente, Jesús será nazoreo, cumplirá las Escrituras de Israel, iniciaría el Reino de Dios… pero lo haría desde la zona inferior, como artesano, en contacto con los rechazados y fracasados de su pueblo, llamados especialmente por Dios para realizar su obra. Sólo desde este lugar podrá hablar de lo más alto (que es Dios) que se introduce y revela en lo más bajo, que son todos (incluso los opresores), iniciando un camino de recreación humana, es decir, de Reino de Dios.

 

3. Campesino sin campo, obrero de Dios

           Podemos ya resumir y aplicar las reflexiones anteriores, que han puesto de relieve la disonancia entre el ideal o imaginario de Jesús y la realidad concreta de la sociedad galilea. La problemática era nueva, pero tenia orígenes antiguos, pues aparece ya tras la ruptura del orden tradicional y la caída de la monarquía (año 721 a.C. en Israel; 587 a.C. en Judea). Con la expulsión y cautiverio, muchas tierras habían cambiado de dueño, de manera que a la vuelta del exilio algunos sacerdotes idearon un sistema de recuperación, a fin de que ellas volvieran a los 49/50 años a sus propietarios antiguos (o sus descendientes). Ese sistema de retorno (jubileo) parecía bueno, pero dejaba muchas cosas sin resolver: ¿Qué pasaba con los nuevos expulsados? ¿No sería preferible repartir la tierra entre todos por igual?

           Los investigadores afirman que la ley del jubileo no se cumplió nunca del todo, pues resultaba difícil determinar quiénes eran los propietarios de una tierra que había cambiado varias veces de dueño. Además, esa ley no resolvía los problemas a una cultura nueva, de tipo imperial y comercial, como la del tiempo de Jesús, cuando los campesinos pasaron a ser dominados por una élite no campesina.

           Por lo que se refiere a Galilea, el cambio más significativo debió darse tras la conquista de los asmoneos (hacia el 103 a.C.), que parecen haber concedido gran parte de la tierra a los colonos de Judea, y después, tras la caída de los asmoneos y la toma de poder por los herodianos (37 a.C.), que marcaba el inicio de otra política comercial y urbana; no era sólo un cambio de propietarios, sino de sistema cultural y comercial, con la introducción intensa del helenismo y la comercialización del conjunto de la zona, que dejaba las tierras en manos de comerciantes o grupos más ricos de las nuevas polis o ciudades[8].

           En este contexto se sitúa Jesús. No fue artesano parcial, por vocación, como en tiempos en que había campo y trabajo para todos. No fue artesano experto, por opción, capaz de enriquecerse a través de su destreza (como algunos que podrían realizar trabajos bien remunerados, al servicio de la administración política o religiosa). Fue artesano sin más, del gran grupo de los nuevos pobres, por necesidad social, dentro del contexto en que había nacido, aunque por familia tuviera una intensa formación (era nazoreo israelita).

           Fue un trabajador eventual, en tiempos de crisis y destrucción de los tejidos sociales, y eso le permitió entender a Juan Bautista, que anunciaba la destrucción de este orden político-social injusto. Fue trabajador pobres, con una rica pretensión mesiánica, un nazoreo de Dios. Es evidente que esa conciencia, que le venía de familia y grupo, definió la trama de su vida; pero no fue una conciencia teórica, aprendida en libros, sino una experiencia de trabajo concreto, de inmersión vital.

           Vivió en un tiempo de trasformación comercial y urbana en el que muchos agricultores no pudieron mantener su autonomía, de manera sus campos cayeron en manos de la oligarquía de las ciudades y ellos mismos se volvieron renteros o artesanos al servicio de las clases ricas (comerciantes y funcionarios: militares, burócratas, sacerdotes…) de las ciudades. Fue el comienzo de un proceso que, en algún sentido, ha culminado en nuestro tiempo (año 2010), con el triunfo y crisis brutal del capitalismo y el paso de una sociedad de agricultores autosuficientes (en nivel de subsistencia) a una sociedad industrial y comercial. Ese paso implica, por un lado, un gran avance (genera riqueza), pero conlleva mucho sufrimiento (destrucción social e injusticia).

             Jesús no proclamó el Reino en las ciudades helenistas (Scitopolis, Tiro) o judías de su entorno (Séforis, Tiberíades), probablemente porque pensaba que su misma estructura (con división jerárquica y dominio de clase) iba en contra del ideal de fraternidad del Dios israelita. Su misma identidad (nazoreo) y su experiencia posterior le impulsará a recrear el orden social, pero en línea de fraternidad universal de campesinos, no de organización política desde las ciudades, básicamente clasistas. Desde aquí podemos trazar ya tres afirmaciones que marcarán todo lo que iremos diciendo.

           1.Jesús no quiso cambiar el orden urbano porque el Dios de su tradición campesina/nazorea no era un Dios de ciudades dominadoras, en la línea de la religión y cultura helenista; además, posiblemente, el pensó que la vida de las ciudades no podía cambiarse partiendo de ellas mismas, pues los habitantes de las ciudades eran responsables de la situación de los campesinos-artesanos, que habían perdido su identidad y autonomía.

           2. Jesús será un profeta mesiánico, de tipo nazoreo, a partir del campo, es decir, desde Galilea, y en ese contexto anunciará e iniciará el Reino de Dios, desde la tierra de los campesinos pobres, subiendo a Jerusalén para culminar su obra. En esa perspectiva, conforme a su proyecto, Jerusalén no aparecerá como una ciudad helenista (que domina sobre el campo, de un modo político), sino como ciudad de las promesas de Dios, lugar donde debe decidirse el movimiento del Reino.

            3. Jesús se distingue así de gran parte del movimiento cristiano posterior, básicamente urbano, de manera que los no cristianos se definirán precisamente como paganos (de «pagus», campo), habitantes de aldeas no urbanas, que no han aceptado el nuevo orden social cristiano. Aquí se sigue dando una de las paradojas centrales del cristianismo. Quizá podemos decir que Jesús descubrió e inicio desde las zonas rurales (es decir, desde lo primigenio) un movimiento social y religioso que puede y debe extenderse a todos los estratos de la población, empezando por las duras ciudades del imperio romano[9].

           No se puede ser universal en abstracto, diciendo que se ama a todos por igual, pues eso sirve para justificar y sostener el orden establecido. Sólo se puede ser universal de un modo concreto, desde los más desfavorecidos. En ese contexto de universalidad concreta, desde los más pobres, escuchó Jesús la voz de Dios y pudo desarrollar su proyecto mesiánico (nazoreo) a través de un intenso trabajo de búsqueda y compromiso humano. No nació teniendo la respuesta sabida de antemano, pues eso no sería perfección, sino imperfección humana.

           Nació en el lugar apropiado para aprender por experiencia y entrega personal aquello que era más importante, aquello que hasta entonces nadie había descubierto y explorado como él lo hizo. Algunos preguntan: ¿qué hizo Jesús durante treinta años de vida oscura y oculta, antes de ponerse a predicar y curar a los enfermos? ¿no hubiera sido mejor que empezara a proclamar antes su mensaje, para así tener más tiempo?

           Pues bien, los que así preguntan ignoran la trama de la vida humana. Ser hombre (hombre o mujer) es aprender y recorrer un camino de despliegue humano, que nos capacite poder responder de manera creadora al reto de la propia vida y del entorno. Durante sus primeros treinta años (cf. Lc 3, 23), antes de iniciar su mensaje, Jesús escuchó y aprendió, trabajó y sintió, en la fuerte escuela de la vida, abriéndose desde ella al misterio de Dios, uniéndose quizá, por algún tiempo, a algunos de los grupos religiosos y sociales que abundaban en la tierra (algún tipo de esenios o proto-fariseos).

            Nos hubiera gustado saber las amistadas que tuvo en su adolescencia, las relaciones que mantuvo más tarde, al llegar a la edad en que los hombres de Israel solían casarse (¡antes de los treinta años!), pero los evangelios no han querido decirnos nada de eso, de manera que debemos guardar un silencio respetuoso en torno a ello. De todas formas, podemos y debemos decir, con Lc 2, 52, que creció en humanidad y sabiduría a lo largo de los años, creciendo en apertura a Dios, al Dios de la experiencia israelita y de la esperanza nazorea, que es la esperanza del Dios de Dios entre los hombres.

           Sin esos treinta años de aprendizaje y misión en la escuela de Dios, que es la escuela de la vida humana, en contacto con las tradiciones de Israel y con las necesidades de los hombres, en solidaridad laboral y cercanía humana, Jesús no había podido ser mensajero de Dios. Jesús no trabajó como artesano para después ser otra (como en un tiempo de paréntesis o prueba), sino para cumplir su propia vocación y su tarea humana, israelita.

           Nadie puede quemar las etapas de la vida, pues sólo viviéndolas se aprende a ser humano. Jesús no las quemó, sino que las fue recorriendo, hasta la edad de la “segunda madurez” que para él parecen haber sido los treinta años. Primero fue maduro como artesano, comprendiendo y sabiendo por experiencia laboral y luz sagrada, por comunión y solidaridad, en amor y sufrimiento, lo que implica la existencia humana, lo que son los hombres y mujeres desde Dios. Sin esa primera madurez orante y comprometida de Jesús no se entiende su mesianismo.

           Pero, al llegar su segunda madurez, Jesús siguió descubriendo algo especial, que le hizo abandonar su vida «regular» (según regla) de trabajo, sin vincularse a un tipo de pequeña familia (a través de un matrimonio). En esa línea, podemos afirmar que él dejó el trabajo de artesano, no por negación o rechazo, sino por búsqueda de un Reino superior desde los trabajadores (para todos). No abandonó el tipo de familia que existía en su entorno por rechazo o represión, sino por búsqueda de un tipo distinta de familia donde cupieran los expulsados de las familias anteriores. Algo especial le mantuvo abierto al Dios de los pobres, que es el Dios de la esperanza y experiencia de su pueblo, el Dios de la gracia para todos. Iba a comenzar un camino distinto, que nadie hasta entonces había explorado, partiendo de una intensa experiencia de Dios, por amor hacia los hombres y mujeres concretos de su entorno. Por eso buscó a Juan Bautista.


[1] Para trazar la situación social de Jesús, he utilizado básicamente los estudios de eso que pudiéramos llamar la “escuela social USA”. Cf. H. Kerbo, Estratificación social y desigualdad. El conflicto de clases en perspectiva histórica, comparada y global, McGraw-Hill, Madrid 2003; R. Crompton, Clase y estratificación, Tecnos, Madrid 1994; G. E. Lenski, Poder y privilegio. Teoría de la estratificación social, Paidós, Buenos Aires 1993. En sentido general, E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Verbo Divino, Estella 2001.

[2] Jesús no es un tekton de ocasión (hombre con tierras propias aunque, en ocasiones, trabajara también como artesano), sino el tekton, alguien sin trabajo propio, pues no tiene tierras ni hacienda agrícola, ni otros medios de subsistencia, teniendo que vivir a merced de los demás, en un mundo sin contratos fijos ni salarios permanentes. Esta anotación puede ofrecer un aspecto positivo: Jesús ha tenido que trabajar al servicio de otros, dentro de un duro mercado de oferta y demanda. Así ha podido conocer la realidad desde la perspectiva de precariedad y pobreza de los campesinos expulsados de su tierra.

[3] J. P. Meier define a Jesús como Un judíos marginal (Verbo Divino, Estella 1994 ss). La marginación que, en un sentido, es maldición y estigma, se vuelve para Jesús (y los suyos) fuente de carisma, pues ellos aceptan esa acusación y convierten el rechazo en principio de prestigio. Cf. H. Mödritzer, Stigma und Charisma im Neuen Testament und seiner Umwelt, Vandekhoeck, Göttingen 1994; C. J. Gil Arbiol, Los Valores Negados. Ensayo de exégesis socio-científica sobre la autoestigmatización en el movimiento de Jesús, Verbo Divino, Estella 2003.

[4] Cf. G. Vermes, Jesús el judío, Muchnik, Barcelona 1979, 25-26.

[5] Sobre Galilea cf.   R. Aguirre, Los estudios actuales sobre Galilea y la exégesis de los evangelios en: A. Borrell, A. de la Fuente y A. Puig (eds.), La Bíblia i el Mediterrani, Associació Bíblica, Barcelona 1997, 249-262; J. D. Crossan y J. L. Reed, Jesús desenterrado, Crítica, Barcelona 2003; S. Freyne, Jesús, un galileo judío, Verbo Divino, Estella 2007; E. M. Meyers (ed.), Galilee through the centuries. Confluence of cultures (Duke Judaic Studies), Eisenbrauns, Winona Lake IN 1999; K. H. Ostmeyer, Armenhaus und Räuberhöhle?: Galiläa zur Zeit Jesu, ZNT96 (2005) 147-170; J. L. Reed, Population Numbers, Urbanization, and Economics: Galilean Archaeology and the Historical Jesus, Ibid, 203- 219; El Jesús de Galilea. Aportaciones desde la arqueología, Sígueme, Salamanca 2006.

[6] Según eso, los campesinos del tiempo de Jesús trabajan y producen al servicio de una estructura social clasista, presidida por comerciantes, ciudades y/o reyes. No viven, por tanto, en igualdad y comunión (económica, social y/o religiosa), sino que unos dependen de otros. En otros tiempo, ellos fueron libres y autónomos (autosuficientes), al menos en sentido imaginario, pero ahora han venido a formar el primer estrato de los sometidos o dependientes de la población. Ciertamente, algunos siguen trabajando su campo, pero no para sí mismos, sino bajo dependencia de otros, bajo el poder de los estamentos superiores. En esa situación elevará Jesús su mensaje y promesa de Reino.

[7] El agricultor libre depende sólo de la tierra/clima y del trabajo propio, en comunicación con otros agricultores que se sitúan en la misma línea. El agricultor campesino sigue trabajando en principio su tierra, pero no es autosuficiente, sino que depende de una estructura clasista (estatal, comercial) que controla su producción a través de impuestos y de otros tipos de intervenciones. El artesano campesino ha perdido las tierras, por presión fiscal o por otras razones. Depende de que otros le contraten y paguen, no es autosuficiente: no tiene asegurada la comida para la familia. En un momento posterior de la evolución social (en la Edad Moderna) los braceros/artesanos, convertidos en obreros, han podido volverse una clase productora importante… Pero en el tiempo de Jesús, en general, ellos carecían de organización y constituían el escalón más bajo de la sociedad.

[8] La polis griega sólo funciona bien en grupos poco extensos, con intercambio y simbiosis entre campo y ciudad, agricultura y comercio, y sólo puede desarrollarse en una sociedad con división de clases: la ciudad vive del campo; las clases ricas (gobernantes, comerciantes) viven de las pobres. Cuando un sistema de ese tipo se extiende y domina sobre territorios donde antes existían intercambios económicos directos (más igualitarios) se producen graves desajustes: la riqueza se concentra en manos de unos pocos comerciantes y administradores (clases superiores), mientras la mayoría de los pequeños agricultores se vuelven campesinos sometidos o pierden sus tierras, convirtiéndose en colonos (renteros) o artesanos de un sistema que les utiliza.

[9] Jesús no se opuso a las ciudades por atavismo rural, sino por protesta contra el sistema que se impone en ellas (y desde ellas en el campo). Algunos piensan que actualmente (año 2010) la ciudad ha terminado dominando de manera irremisible sobre el campo, imponiendo en todo el mundo su división de clases, de manera que algunos han pensado que el proceso que Jesús quiso iniciar ha fracasado. Pues bien, en contra de eso, queremos afirmar que ese proceso sigue abierto. El tema que Jesús ha destacado no es un simple enfrentamiento entre campo y ciudad, sino entre opresión y libertad, entre esclavitud y comunión. Jesús no fue un artesano influyente, en la línea de Jeroboam, «joven decidido a quien Salomón puso al mando de los obreros de la construcción» (cf. 1 Rey 11, 28), que pudo iniciar un levantamiento y fundar el nuevo Reino de Israel (cf. 1 Rey 12). Tampoco fue un jefe de sindicatos obreros, capaz de liderar una revolución social, con toma de poder, como muchas que se han realizado en Europa y en el mundo a lo largo del siglo XIX y XX, a través de la creación de un partido político triunfante. Él fue portavoz de los más pobres, de aquellos que no tienen más posesión que su trabajo (o su falta de trabajo). Por otra parte, él no quiso tomar el poder, sino cambiar el poder en servicio.

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