León XIV. Dilexi te (Te quise/te quiero). Amor en tiempos de ira: Apocalipsis 3, 9.
El título de la encíclica de León XIV está tomado de Ap 3, 9 donde el Vidente Juan escribe a los creyentes de la iglesia de Filadelfia en tiempos de ira y guerra, con riesgo de opresión y de persecuciones, asegurándoles que Cristo está con ellos les sostiene en el camino porque te quise, quiero (Ap 3, 9: hoti êgapesa se, dilexi te).
Éste no es un título al azar. El papa Francisco y sus colaboradores tomaron para una encíclica anterior (24.10.2024) otro título muy pertinente Dilexit nos, nos quiso (êgapêsen hêmas) de la carta de Pablo a los Efesios (Ef 5, 2), que fue y sigue siendo (con el evangelio de Mateo) el documento fundacional más importante de la Iglesia como testimonio y presencia del amor de Cristo.
Avanzando en la línea de Francisco, el papa León y sus colaboradores (que parecen los mismos de Francisco), han querido situar su nueva encíclica (êgapêsa se, dilexi te) de Ap 3, 9¸ en el contexto de la nueva persecución anticristiana, antieclesial, que está amenazando a nuestro mundo, en tiempos de ira como los del Apocalipsis
Avanza (incluso con nombre de Cristo y de Iglesia) una persecución contra el verdadero amor del evangelio, con rasgos parecidos a los del principio de la iglesia, como muchos han puesto de relieve y como yo mismo indiqué en mi Comentario al Apocalipsis (GLNT, Verbo Divino, Estella 1999). Por eso, a fin de situar en su contexto la encíclica de León XIV, en la línea del papa Francisco, me ha parecido conveniente poner de relieve su contexto apocalíptico.
Su título (Dilexi te, te quiero), tomado de Ap 3, 9 no es una referencia casual de tipo erudito, sino el motivo central y argumento de toda la encíclica, como ponen de relieve sus tres primeros números (Dilexi te 1-3). Tanto en los libros de la Biblia como en los documentos oficiales de la iglesia, las citas deben entenderse como “referencias de conjunto”. En esa línea, León XIV ha querido entender e interpretar su encíclica a la luz inquietante, poderosa y esperanzada del Apocalipsis, en especial, de la Carta a los Filadelfios (Ap 3, 7-13) y más en especial a su mensaje específico: porque te quise, te quiero (Ap 3, 9).
Por esa razón, para interpretar la encíclica de León XIV (Dilexi te, te quise/te quiero) y para entender El amor de Cristo en la Biblia y la Biblia entera como Testmento de amor de Dios a los hombres, me siento obligado a exponer el argumento y motivos centrales del Apocalipsis, con sus siete cartas (Ap 2-4) a las iglesias y en especial la de Filadelfios, con el mensaje de fondo: Te quise / te quiero.
1. Apocalipsis de Juan. Revelación del amor de Jesús. Este libro pertenece a la tradición apocalíptica judía, que surgió en el siglo IV-III a.C., para responder, de manera teórica y práctica, a los problemas esenciales de la vida, vinculados al enigma del mal y a la tarea del hombre en la historia, para culminar en el triunfo del amor de las bodas del Cordero (Ap 21-22). Su autor, Juan profeta, asume la tradición apócrifa judía (expresada en libros como Henoc, Esdras o Baruc), pero se inspira sobre todo en los textos canónicos el AT, ofreciendo un midrash o relectura cristiana de la tradición israelita.
Juan profeta (no Juan evangelista) fue un vidente de estirpe judía, seguidor de Jesús de Nazaret, que había anunciado y preparado la llegada del Reino de Dios, siendo condenado, porque superaba las fronteras convencionales del judaísmo, manipuladas por los sacerdotes de Jerusalén, apareciendo también como peligroso ante Roma, en una línea de amor universal, en oposición al Dragón asesino de Ap 12, a las dos las bestias (Imperio y falsa profecía, Ap 13) y especialmente a la prostituta anti-amor de la misma Roma, Ap 17-18.
Unos y otros (sacerdotes judíos y soldados romanos, en nombre de la su prostituta de amor adulterado, cf Rom 13, 8-9), condenaron a muerte a Jesús, defendiendo su falsa religión e imperio. En la línea de Jesús surgió Juan profeta, autor de nuestro libro, en defensa del amor verdadero de Dios, revelado en Cristo, Cordero sacrificado (cf. Ap 5).
Al fondo del Ap se halla el signo de las bodas de amor, que el AT utiliza para indicar la unión de Dios con el pueblo elegido, destinatario de su amor. Este Juan profeta ha evocado en un texto poético el amor de las bodas humanas, donde esposo y esposa se gozan en canto común compartido (Ap 18, 23). Pero las bodas que más le interesan son las del final de su drama: allí donde aparece la novia del Cordero, adornada y preparada para las bodas (cf. Ap 19, 7.9).
Esa novia de amor triunfante es la humanidad reconciliada, con los nuevos cielos y la nueva tierra (Ap 21-22), es la nuevaiglesia conforme a una tradición que hallamos más desarrollada en Ef 5, partiendo del texto programático de Ef 5, 2 (dilexit nos, nos amó y se entregó por nosotros), que el Papa Francisco había tomado como lema y argumento de su encíclica, centrada en el amor de Dios, revelado en el Sagrado Corazón de Jesús, en un contexto de misión universal del evangelio, como principio de unificación de todos los pueblos, superando las enemistades y guerras anteriores.
De las dificultades de ese camino de unificación universal en el amor se ocupa la nueva encíclica del papa León, Dilexi te, Ap 3, 9, situándose en el contexto del Apocalipsis. Es muy posible que tanto el tratado misionero de la carta a los Efesios como el libro profético del Apocalipsis hayan surgido en la misma ciudad de Éfeso, a finales del I d.C., dentro de una iglesia llena de riqueza y de tensiones o en dos comunidades de la misma iglesia, que en ese momento era la más importante de la cristiandad, en comunión con otras iglesias como la de Jerusalén, Antioquìa, Corinto y Roma.
Sea como fuere, surgió en el entorno de Éfeso esta profecía del Apocalipsis, como texto clave que recoge, por un lado, la esperanza y camino de la misión universal de la iglesia, pero destacando, al mismo tiempo, sus riesgos y peligros, desde la amenaza del imperialismo militar, religioso y económico de Roma, unida a la amenaza del judaísmo del entorno de la iglesia de los Filadelfios.
2. Contexto social y eclesial. Juan profeta parece un judeocristiano de Jerusalén que emigró de Palestina en los años de guerra y convulsiones del 67 al 73 d. C., integrándose en una comunidad de Asía (probablemente Éfeso), donde fue guía de profetas (cf. Ap 19, 10; 22, 9), aceptando parcialmente la herencia de Pablo, promotor principal de aquella iglesia (52/55 d. C.), pero manteniéndose fiel a su herencia apocalíptica judeocristiana.
Fue universal, como Pablo y el autor del evangelio Marcos, pero vio el riesgo que la iglesia corría de volverse institución de poder o secta gnóstica, y supo también que ella sería perseguida al mantenía fiel al evangelio de Jesús. Por eso proclamó su voz de alarma, presentando al poder imperial de Roma (y a los cristianos que aceptaban sus principios políticos, económicos y religiosos) como Bestia y Prostituta.
Escribió su libro en circunstancias eclesiales y políticas distintas a las de Pablo (que había misionado y escrito, en su etapa decisiva hacia el 49/56 de C.) y a las de Marcos (que había elevado su proclama de evangelio en torno ruina del 70 d.C., quizá en Antioquía, más que en Éfeso, abriendo un camino universal de evangelio, para quienes quisieran abandonar Jerusalén (templo/ley) retomando desde siria y su entorno el evangelio en Galilea (Mc 16, 6-7).
Juan profeta escribió el apocalipsis cuarenta años después de Pablo, y veinte después de Marcos, en circunstancias de enfrentamiento, cuando parecía inevitable un choque entre el mensaje de Jesús y la política de Roma, como se entendía desde las siete ciudades/iglesias de la provincia romana de Asía, la más culta, consiente de sí y “cristianizada” del Imperio (Ap 1, 4.11: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea). Juan profeta expone al principio de su libro (en Ap 2-3) su preocupación por esas siete iglesias pues a su juicio estaban muy amenazadas, corriendo el riesgo de perder su identidad cristiana, dominadas por la economía e ideología (falsa espiritualidad) del Imperio y por un tipo de judaísmo nacional, opuesto a Crisro.
Sin duda, Juan tiene en su mente la existencia y problemas de otras iglesias (Jerusalén/Judea, Antioquía/Siria, Corinto/Acaya y Roma…), pero se refiere directamente sólo a las siete iglesias de Asía, que son las que se encuentran bajo su “cuidado” pastoral de tipo profético más que administrativo. Son iglesias “sinodales” (si se puede utilizar esa palabra), iglesias de tipo comunitario, autónomo, asambleario (como las comunidades sinagogales judías), sin obispos monárquicos (como los que surgirán más tarde en el contexto de Antioquía/Siria).
Son comunidades vinculadas en torno a Jesús, en relación de amor, unas con otras, en un contexto lleno de posibilidades y amnazas, representadas por los tres “poderes” dominantes de la zona: (a) La religión del imperio universal de Roma; (b) la espiritualidad intimista de la gnosis, sin lazos de comunión social; (c) el retorno a un judaísmo de poder nacional/social, como pueblo separado de otros pueblos.
En ese contexto, para proclamar su profecía y mantener firme la herencia cristiana, Juan asume el lenguaje apocalíptico de su tradición, pero desligada del judaísmo nacional, propio de un pueblo separado de los otros. No escribe como erudito, en un plano de teoría, sino como responsable desterrado de unas comunidades que, al menos en parte, parecen seguir a personas que como Balaam y Jezabel (nombres simbólicos), prefieren “pactar” con el espíritu imperial de Roma, desde una perspectiva de poder político/económico o diluirse en formas de intimismo gnóstico, como experiencias religiosas interiores, desligada del amor socia, comunitario, que deriva del auténtico Israel, tal como ha sido recreado por Jesús, conforme a los profetas Éstos son los pilares de su profecía:
1. Apocalipsis rechaza la configuración espiritual y política del Imperio romano que, al menos en Asia, quería imponer un modelo de economía e unidad social que implicaba idolatría yabandono de la fidelidad cristiana. En un aspecto, el imperio resultaba "tolerante": dejaba que individuos y grupos expresaran hacia dentro (en casas y grupos cerrados) sus creencias religiosas. Pero su tolerancia implicaba una opresión que se expresaba en la comida/economía al servicio del poder (carne consagrada al ídolo Imperio, con el hambre consiguiente de los pobres) y en el sometimiento social y exclusión de los marginados, en un mundo en el que se compra y vende todo, empezando por el oro y la plata y terminando con los cuerpos y almas humanas (Ap 18, 13).
2. Apocalipsis condena la “prostitución” eclesial. Sabe que otros llamados cristianos(como los gnósticos y los defensores de Roma en la línea de 1 Clemente) quieren colaborar de forma irénica con el imperio (como hacen balaamitas y jezabelianos: Ap 2-3), en una línea de sometimiento social y religioso que habían condenado los profetas. Contra ellos eleva Juan su denuncia, su fuerte manifiesto anti-romano, mostrando lo que implica la “profecía” cristiana. A su juicio, el Dragón y las Bestias (Prostituta) no pueden “convertirse”, no tienen otro fin que la destrucción, derrotadas por la espada de la Palabra, sin guerra militar (Ap 19), pero los cristianos pueden y deben mantenerse fieles a la palabra y amor de Cristo.
3. Apocalipsis rechaza finalmente toda prostitución personal, propia de aquellos que se venden a la religión social del Imperio, con su imaginario espiritual, de manera que convierten el evangelio en un tipo de barniz de superficie, dejando inalterado el fondo de la vida y comunión. En contra de eso, Juan ofrece un programa de resistencia y terapia de fondo, un “imaginario” espiritual, un ideario básico de vida y compromiso, para así oponerse al Sistema opresor, no a través de una guerra externa (en contra del celotismo militar de judíos de la guerra del 66-70 d.C.), sino un nuevo nacimiento humano; la unión en amor entre los hombres sólo puede alcanzarse a través de la comunión gratuita de vida entre todos los creyentes, como propone y anuncia el libro del Cordero Sacrificado de Ap 5.
El Apocalipsis tiene un fondo de violencia, pero no deseboca en un programa de odio y violencia, en forma de lucha económico-militar, en contra de los "adversarios", pues su profecía surge de la raíz creadora del mensaje y de la vida de Jesús, en una perspectiva convergente (aunque distinta) a la del evangelio de Marcos, en forma de renuncia al poder de imposición y de condena de toda ideología opresora (Ap 13), rechazando de una prostitución económica que compra-vende y destruye todo lo que existe en nombre del dinero (Ap 17-18)
Juan profeta sabe que el cristianismo no es victoria del poder político/ideológico, ni prostitución económica, pero tampoco un “puro” sentimiento interior de libertad, sino una cultura o, mejor dicho, una revelación y camino de comunión fundada en Jesús y que se expresa en forma de comunicación de vida, en forma de palabra y amor entre todos los creyentes, superando así el miedo, la violencia mutua o un tipo de talión impositivo de venganza.
--Miedo. El Apocalipsis ha sabido expresar (desde un fondo de salvación en Cristo) los terrores de una humanidad que parece condenada al fracaso y a la muerte. En ese sentido, Apocalipsis es un programa/proyecto de liberación personal, pues no deja que los terrores nos dominen de manera fatalista. Ciertamente, el Apocalipsis evoca miedos ancestrales, catástrofes cósmicas, fieras malditas), pero lo hace para que podamos superarlos, en terapia de evangelio y bodas, en espiritualidad de victoria personal.
--Violencia. El Apocalipsis nos sitúa en un lugar donde parece estallar la más fuerte violencia cósmica (caída de astros, plagas, terremotos), histórica (guerras, lucha interhumana) y divina (infierno, ira de Dios). Pero lo hace para que reconozcamos esa violencia, enfrentándonos a ella, a fin de que podamos vencerla, reconciliarnos con nosotros mismos y superar la agresividad que llevamos dentro.
--Justicia y amor de Dios. Dentro de la mejor tradición del AT y de la apocalíptica judía, el Apocalipsis busca el restablecimiento final de la justicia de Dios, sobre el miedo y la violencia, de manera que podamos descubrir la justicia como superación (inversión pacificadora) de la violencia universal (por Jesús, Cordero degollado y victorioso). Entendida así, la justicia del Apocalipsis se identifica con el amor, es decir, con la comunicación de gozo, gratuidad y paz entre personas (Gal 5, 21), de manera que cada uno busque el bien de los demás como suyo propio (Lev 19, 18; Mc 12 28-35 par; Rom 13, 8-9.
Entendido en esa línea, el Apocalipsis ha sido (y sigue siendo) uno de los testimonios más significativos de la espiritualidad y comunicación cristiana. No cuenta ni predice historias que pudieron suceder entre el I/II d.C., ni catástrofes que sucederán en el XXI, sino que ilumina los conflictos (esperanzas) del momento actual, para que así podamos superarlos en amor, esto es, en catarsis, resistencia y acción comunicativa:
1. Catarsis personal. Plano psicológico. Juan profeta ha escrito un psicodrama histórico en clave cristiana, con símbolos que nos capacitan para entender la realidad y organizar nuestra vida interna. Así aparece como itinerario de sanación, con un cambio de imaginario, tanto en plano negativo (para proyectar miedos y males, expulsándolos fuera) como positivo (descubrir nuestra bondad interna, reconciliarnos con nosotros mismos). Esta lectura es necesaria, siempre que no sea una evasión intimista
2. Resistencia activa. Plano social. El Apocalipsis nos mueve a tomar partido en contra de los poderes de la Bestia, en línea de insumisión imperial (rechazo de la economía/política opresora) y de creatividad cristiana. Evidentemente, los protagonistas son Dios y el Cordero (con sus ángeles). Pero el Apocalipsis convierte a sus lectores en actores principales. En ese plano, Ap no es un libro de evasión o diversión externa, ni de pura sanación interior, sino de transformación personal y comunitaria en amor: un manual de práctica comprometida.
3. Celebración. Pero siendo libro de catarsis interna y resistencia externa, el Apocalipsises libreto del más fantástico drama litúrgico, un manual de visiones, acciones y representaciones que nos introduce en la alabanza de Dios (plano celeste) y nos capacita para convertir nuestra existencia en canto admirado, agradecido, ante el misterio. El texto se mueve, de esa forma, en dos niveles: visión (descubrimos lo que sucede: plano de historia, relato) y representación coral (los lectores responden al canto de Dios del Cordero victorioso con su canto de victoria). Esa dialéctica de contemplación (visión, narración) y canto (coro litúrgico) es el centro del Apocalipsis
Desde ese fondo, el Apocalipsis eleva su voz de alarma y pone de relieve el peligro que la violencia implica para los cristianos Ciertamente, en un plano, el Imperio Romano era tolerante: dejaba que individuos y grupos expresaran hacia dentro (en sus casas y grupos cerrados) sus creencias religiosas y sociales. Pero, al mismo tiempo, exigía un tipo de sacralización estatal, de tipo económico (comida para el imperio), político (sumisión al poder romano) e ideológico (compartir el pensamiento del poder.
En ese contexto se sitúan las siete cartas de Ap 2-3, dirigidas por Juan, profeta, a siete iglesias de Asia, actual Turquía: Éfeso (Ap 2, 1-7), Esmirna (Ap 2, 8-11), Pérgamo (Ap 2, 12-17), Tiatira (Ap 2, 18-29), Sardes (Ap 3, 1-6), Filadelfia (Ap 3, 7-13) y Laodicea (Ap 3, 14-22).Parece que muchos cristianos de esas iglesias habían aceptado en un nivel los dictados del paganismo (cultural, social y militar) de Roma. Con fuerte lenguaje profético, escribe Juan contra ellos, exigiendo fidelidad a Jesús y resistencia frente a Roma.
Significativamente, las dos iglesias más frágiles de ese grupo de siete por su pobreza y falta de poder (Esmirna y Filadelfia: 2ª y 4ª), son para Juan las más fuertes, aunque vivían bajo de aquellos que él llama falsos judíos, que expulsaban de su seno a los cristianos, privándoles de la protección social que el judaísmo gozaba en el Imperio romanoDesde aquí destaca el profeta Juan tres riesgos:
1. Riesgo de falsos judíos. En otro tiempo, los judeocristianos podían presentarse como miembros de la sinagoga: un grupo al interior del judaísmo. Pero ahora, un tipo de “falsos judíos” se han cerrado en sí mismos, absolutizando su identidad nacional y han dejado a los cristianos sin defensa legal ante el imperio. En contra de eso, el profeta Juan responde con dureza, llamando a esos judíos nacionales “sinagoga de Satán” y defendiendo, en contra de ellos, lo que a su juicio constituye el verdadero judaísmo, como pueblo abierto a las promesas bíblicas; pueblo en el que deben integrarse los auténticos cristianos.
2. Riesgo de Roma. Para otros cristianos, el peligro no es el judaísmo, con su rechazo anticristiano, sino la atracción que ejerce Roma. Estos cristianos (nicolaítas y jezabelianos) tienden a separar el aspecto social y religioso de la vida. En esa línea, ellos forma han tendido a pactar con Roma, siendo romanos en lo externo y cristianos en lo interno. De esa forma aceptan la economía y el poder de Roma, integrándose en su forma de vivir, de enriquecerse a cosa de los pobres, de dominar sobre los marginados y excluidos sociales. Según ellos, el cristianismo sería un elemento “privado” de sus comunidades. Para Juan, ese pacto es imposible, porque el evangelio es un programa y estilo de vida total: por eso los cristianos deben presentarse como resistentes ante Roma, hombres y mujeres que rechazan la comida y la fidelidad del imperio. A su juicio, la iglesia debe convertirse en comunidad humana integral.
3. Riesgo gnóstico. Llegando hasta el final en la línea romana, empieza a surgir cristianos de tendencia “gnóstica” puramente interior. El evangelio se convierte para ellos en una experiencia intimista de vinculación individual con la divino. Según ellos noimporta nada, en un plano religioso, el poder y economía de Roma, ni tampoco la ley “particular” del judaísmo como nación sagrada. La verdadera religión de Jesús no es más que una experiencia interior de liberación espiritual[1].
Estamos en torno al año 95 d.C. Habían pasado más de cuarenta años desde que Pablo y sus discípulos habían fundado las iglesias del entorno Ha surgido una profunda conmoción en ellas, pues algunos cristianos parecían inclinarse hacia un tipo de gnosis (espiritualismo intimista, sin compromiso de amor mutuo) y otros que aceptaban si más la sacralidad política de Roma, con un tipo de culto al poder económico-social del imperio y otros tendían a volver a la ley social y sacral del judaísmo.
En otro tiempo, los judeocristianos podían presentarse como miembros de la sinagoga: un grupo al interior del judaísmo. Ahora se han cerrado las fronteras. Conforme a la visión del profeta Juan, "falso" judaísmo, vinculado a sus purezas y gestos nacionales, ha dejado a los cristianos sin defensa legal ante el imperio. Juan responde con dureza, llamándole sinagoga de Satán y defendiendo el "verdadero" judaísmo de la iglesia.Desde ese fondo se entiende el mensaje de Cristo, Hijo de Hombre, a la iglesia de Filadelfía, en el se incluye el título de la encíclica de León XIX; Dilexit te, yo te quise:
Presentación. Cristo mesiánico
Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David,
el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir: (Ap 3,7)
Cristo aparece como mesías de la iglesia, como aquel que tiene las llaves del reino de Dios, que es el Reino de David (comunidad verdadera), en una línea que puede y debe compararse con la que aparece vinculada a Pedro en Mt 16, 18. Judíos verdaderos son los que toman como referencia (principio de verdadera identidad judía) las llaves que Cristo ha concedido a Pedro, dentro de una iglesia judeo-cristiana fiel al evangelio, centrado en la confesión mesiánica de Pedro.[2]
Puerta abierta para los filadelfios
Conozco tus obras, y he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar.
Ya sé que tu poder es pequeño,
pero has guardado mi palabra y no has negado mi nombre (Ap 3, 8).
Al separarse del judaísmo nacional, cerrado en sí mismo (=o al ser expulsados por los judíos nacionales de su sinagoga), estos cristianos, fieles a la confesión de Pedro, que confiesan a Jesús como Cristo (no han negado su nombre), tienen abierta la puerta del Reino de Cristo, que nadie podrá cerrar, que nadie ni nada podrá quitarles.
No tienen poder como el poder de los romanos, no tienen la libertad social de los judíos, pero han guardado la palabra de Jesús, pueden confiar en su nombre. Están expulsados fuera de los dos grandes poderes del mundo (el imperio de Roma, la identidad nacional del judaísmo), pero cuentan con la identidad y promesa de Jesús
Promesa. Conversión de los enemigos judíos
Voy a entregaros a algunos de la sinagoga de Satanás,
de esos que se dicen judíos, pero mienten porque no lo son:
voy a hacer que se postren a tus pies, para que sepan que te quiero (Ap 3, 9)
Ésta es la sección más compleja, más difícil de interpretar más importante y me parece voluntariamente “críptica”, propia de un texto apocalíptico. No todos los autores están de acuerdo con la interpretación que ahora ofrezco, pero es la más coherente, conforme a los cuatro rasgos que ahora pongo de relieve:
1. Estos judíos que se oponen a los cristianos no son verdaderos judíos, sino que forman parte de la “sinagoga de Satán” (συναγωγῆς τοῦ Σατανᾶ); no son auténticos judíos, sino que “mienten”, van en contra de su identidad israelita. Esta es una acusación durísima y podemos llamarla falsa; pero no olvidemos que en el texto “paralelo”, el mismo Jesús de Mt 16, 23 llama “Satanás· a Pedro, porque rechaza la “entrega” de amor de Cristo.
2. Jesús dice “voy a entregar/dar a algunos de esa sinagoga (ἰδοὺ διδῶ ἐκ τῆς…). Esa palabra “dar” es a mi juicio voluntariamente críptica. Entregarles ¿cómo, para qué…? Puede ser en manos de romanos, o en manos de cristianos… Incluso podría ser en manos de Satán. Pienso que “dar” significa “poner en vuestras manos, hacer que ellos se vuelvan cristianos, así podría compararse con el “dar” de Cristo en Gal 3, 20.
3. Haré que vengan y se inclinen ante tus pies… (ἵνα ἥξουσιν καὶ προσκυνήσουσιν ἐνώπιον τῶν ποδῶν σου). Todo nos lleva a pensar que esta venida y postración de los judíos anteriores ante los pies de los cristianos de Filadelfia tiene un sentido mesiánico de “conversión y reconocimiento mesiánico”. No serán los gentiles los que vendrán y reconocerán como pueblo de Dios a los judíos de Jerusalén, con los que se unirán, sino que serán los judíos anti-mesiánicos los que vendrán y reconocerán como pueblo mesiánico a los cristianos, conforma a un motivo que está en el fondo de Rom 10-11 (cf. 11-26). La conversión de un tipo de judaísmo a la iglesia de Jesús (al mesianismo de Jesús) no se hará en virtud de un triunfo cristiano (de una superioridad cristiana), sino todo lo contrario: A través del sufrimiento (persecución) que han padecido los cristianos. Este es el logos de la cruz (1 Cor, 1, 18-25)[3]
4. Para que sepan que te quise (que te quiero: καὶ γνῶσιν ὅτι ἐγὼ ἠγάπησά σε). Ésta es la palabra enigmática y fuerte que León XIV ha puesto como “lema” y argumento clave de su encíclica (Dilexi te). Ésta es una palabra que puede interpretarse también de varias formas. Claro es el hecho de que Cristo ama a su iglesia de perseguidos de Filadelfia. Seguro es también el hecho de que ese conocimiento de amor está vinculado a la forma de actuar de los filadelfios judíos y cristianos: De los cristianos que han mantenido la confesión de Cristo en medio de su pobreza, siendo perseguidos y de los judíos que se han prostrado ante los pies de los cristianos en gesto de reconocimiento, no por venganza, sino por amor.. No está claro quiénes son los que reconocen (reconocerán) que Jesús ha amado/ama a los cristianos filadelfios: ¿Son sólo los judíos filadelfios convertidos? ¿Son todos los hombres y pueblos en general?
Conclusión. Gran prueba. Promesa de Cristo
Porque tú has guardado la palabra de mi resistencia,
también yo te guardaré en esta hora de la tentación.
que se avecina sobre el mundo entero,
para tentar a los habitantes de la tierra (Ap 3,10).
Esta conclusión conserva la estructura de los textos bíblicos de pacto, como Mt 25, 31-46. El Dios de Israel premia a los que han sido fieles a la prueba, resistiendo con paciencia en el tiempo de la tribulación, conforme al logos palabra de paciencia/resistencia (λόγον τῆς ὑπομονῆς μου), que está en el fondo del apocalipsis.
La novedad del texto está en el hecho de Cristo anuncia, en este contexto la llegada de hora de tentación/prueba que se avecina sobe el orbe de la tierra (ὥρας τοῦ πειρασμοῦ τῆς μελλούσης ἔρχεσθαι ἐπὶ τῆς οἰκουμένης ὅλης). Esta es la hora del apocalipsis antiguo, de finales del siglo I d.C. Pero esto es también, al mismo tiempo, la hora de la tentación actual de la iglesia y de la humanidad, en este comienzo del siglo XXI en el que el Papa León XIV ha situado el tiempo no sólo de la gran prueba de Dios, conforme a la Encíclica Dilexi te (te quise, te quiero) .
[1]He desarrollado el tema en El Apocalipsis, Verbo Divino, Estella 1999. C. M. Oliver Roman, «El Septenario de las cartas a las Iglesias (Ap 1, 4–3, 22)», Communio/Sevilla 9 (1976) 377-439; A. Puig, Cartas a las Siete Iglesias, Emaús 14, Pastoral Litúrgica, Barcelona 1995; X; U. Vanni, Lectura del Apocalipsis. Hermenéutica, exégesis, teología, Verbo Divino, Estella 2005.
[2] He desarrollado este motivo en Evangelio de Mateo, Verbo Divino, Estella 2027, comentario a Mt 16, 13-20
[3] He planteado el tema en Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, Sígueme, Salmanca 1985.