Liberados para amar. Contra el poder opresor, la trata de personas y el amor adulterado. Una reflexión de Pablo (Rom 13, 8-9)

NO SE TRATA DE VOLVER A UNA PRETENDIDA NATURALEZA SIN MÁS

  Nacer de amor implica surgir a la vida en libertad. Otros vivientes, que no brotan de amor personal, se encuentran fijados de antemano (desde fuera), nacen y crecen con respuestas ya sabidas (en la línea del instinto). Los hombres, en cambio, nacen de tal forma que su vida no se encuentra fijada de antemano, pues  para vivir han de ser acogidos en amor por sus padres (o los que hacen sus veces) [1].  

− Una liberación natural del amor es buena, pero insuficiente, pues la naturaleza puede estar adulterado . Muchos jóvenes que tú misma conoces, e incluso hombres maduros, que han sufrido diferentes procesos represivos, buscan un amor “liberado”. Sienten que la puerta de su libertad está cerrada: Inhibi­ciones y tabúes, ordenamientos sociales y mandatos han convertido el huerto del deseo y del placer en un coto vigilado donde sólo puede entrarse en el silencio de la noche temerosa. Parece que la humanidad está empeñada en poner trabas al amor, y con ese fin ha construido murallas religiosas, racionales, psicológicas, sociales. Muchos se sienten rodeados de una inmensa barrera de mandatos y señales prohibitivas que les dicen: ¡Cuidado! ¡Eso es pecado! ¡Es peligroso! ¡Morirás cuando lo intentes! ¿Qué puedes hacer? Algunos responden que sólo hay una respuesta buena: Dejar que el sexo sea, que renazca cada día como Venus de la espuma de los mares, en la playa de la vida ahora cansada.

Así opinaba W. Reich (1897-1957). Así razonan con amable optimismo y voluntad de cambio miles y millones de personas, sobre todo en los años sesenta y setenta del siglo XX. Bien sabes que tienen parte de razón: El amor es libertad, nada se logra con principios opresivos. Pero también sabes que el amor verdadero exige más que superar las represiones. Amar es recibir la vida autonomía, pero es también desarrollarla y compartirla, en comunión gozosa, regalándola a los otros, especialmente a los pobres. No basta con dejar que el amor sea y se expanda por sí mismo; hay que acogerlo y regalarlo generosamente, dando así la vida. La libertad del amor es más que pura liberación natural. Por eso, la revolución del amor que propugnaba W. Reich puede ser liberación por adulteración, no por libertad, conforme al principio básico: amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19, 18; Mc 12, 28-35 par; Rom 13, 8-9; como buscas tu vien en amor busca siempre el bien de los otros

− La liberación social del amor  también es buena, pero tampoco basta. En esa línea podemos recordar también a  H. Marcuse (1898-1979)[2]. A su juicio, los hombres y mujeres de occidente estamos alienados y oprimidos no sólo en el nivel económico-social, sino, y sobre todo, en el plano erótico-sexual, por razón de la cultura. El hombre debía haber sido, ante todo, un ser-para-el-amor, desarrollando su vida de una forma gozosa, relacionándose en gozo y libertad con los demás. Pero, en lugar de eso, hemos creado una cultura de opresión: Nos hemos convertido en seres-para-el-trabajo, de manera que el mismo cuerpo, que debíamos cuidar y cultivar, como signo de placer, medio de encuentro interhumano, ha venido a convertirse en máquina oprimida y alienada, al servicio del sistema (dirigido por el poder y  capital: Mt 6, 24; Rom 8). De esa forma perdemos la capa­cidad de gozar, la matamos cada día a través de imposiciones laborales, disputas de poder y luchas económicas. De esa forma, mientras vamos construyendo una máquina productora cada vez más perfecta, al servicio del sistema, perdemos la capacidad de imaginación y gozo, de placer personal y de encuentro gratuito con los otros.  Amar es crear espacios de comunicaciónpersona, como encarnada de la palabra; la palabra encarnada es comunicación en amor…

3. La liberación económica del amor es buena, pero se puede convertir en libertad para la compra y venta de amores, pues algunos piensan que no hay más amor que el dinero.   Ha llegado el momento de invertir el proceso, no empezando por el rendimiento («vales lo que produces»), sino por el gozo, según los tres frutos del Espíritu Santo que son amor, gozo y paz (Gal 5, 21:«eres lo que gozas, haciendo gozar a los demás»). Sólo de esa forma el sexo que ahora se halla reprimido y asfixiado, como válvula de escape neurótica del hombre oprimido lograría convertirse en eros liberado, capaz de vincular en libertad y emocionada a los hombres y mujeres. Tanto Marcuse, como W. Reich, tiene parte de razón. Pero, a mi entender, su proyecto resulta insuficiente: El tema del amor es más complejo, más intenso. No basta con lograr que haya un contexto favorable: es necesario un cambio más profundo, un despliegue de amor que nos permita superar las pulsiones de violencia interna y externa, en la línea de una «liberación amorosa ».  

4. El amor humano es palabra encarnada, es decir comunicación para la vida Según Jn 1, en el principio era la palabra…, pero la palabra que se comparte en amor, en libertad, para bien de los demás. Me has dicho que la liberación natural (por la naturaleza) y la social (por el entorno) no bastan, sino que debemos llegar al amor como experiencia de autonomía personal y principio de liberación compartida. Sólo quien sabe amar es verdaderamente libre, no por estoicismo (resistencia paciente), sino por encuentro y entrega a los otros.  

 AMOR AL PRÓJIMO, CAMINO DE LIBERTAD. UNA REFLEXIÓN DE PABLO:

8A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. 9De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 10El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Los cristianos viven, según este pasaje y el anterior, entre dos tiempos o, quizá mejor, entre dos mundos: un mundo de ley, definido por la espada (guerra, justicia legal, economía impositiva) y un mundo de gracia, definido por el amor al prójimo, sin espada militar, ni judicial, ni deudas. Conforme a la visión de Pablo, la ley militar, judicial, económica de Roma sirve para mantener una paz impositiva sobre el mundo. Pero, en sì misma, esa espada resulta insuficiente y Pablo debe situarse por encima de ella (no contra ella, de un modo militar) la gratuidad del evangelio, centrado en el amor al prójimo, que no es imposición, sino libertad en Dios.

       En la línea del mensaje de Pablo, la iglesia no puede luchar contra Roma en un plano militar, pues el evangelio supera toda forma de guerra. En ese plano de regulación legal, impositiva, los cristianos deben obedecer a los poderes establecidos, que, a su manera, responden también al plan de Dios, pero sólo en un nivel de ley, no de gracia (Rom 13, 1-7), pues, en cuanto creyentes, por don de Dios, ellos han superado ese nivel (cf. Rom 8, 31-39) y, sin rechazarlo de un modo violento (sin guerra de ningún tipo contra los contrario, viven ya en un plano de gracia, de manera que trascienden toda imposición y justicia coactiva (de espada militar o judicial):

- Según ley, hay que dar a cada uno lo debido (τὰς ὀφειλάς: Rom 13, 7), de un modo especial a los que regulan el orden público. En ese plano, puede apelarse al modelo de la espada/deuda, que tiene vigencia en las estructuras políticas, tal como ratifica Rom 13, 1-7. Según eso, los cristianos siguen sometidos a un poder que less domina desde arriba (o desde fuera) y que se estructura en forma de sistema económico/militar, en la línea del imperio romano. Según eso, los cristianos no quieren crear un “estado propio”; no declaran una guerra en contra del imperio, no quieren crear un estado propio, con su administración económico-militar, como querían en aquel tiempo los celotas (según indicaré en el próximo capítulo, comentando los cantos del Lc 1: Benedictus y Magnificat).

- Pero, conforme al evangelio, todo ha de ser gracia, de manera no debe haber deudas (Μηδενὶ μηδὲν ὀφείλετε: Rom 13, 8), pues en ese plano, todo ha de hacerse por gracia de amor, como suponía no sólo el Padrenuestro, «Perdona nuestra deudas, como nosotros perdonamos... » (Mt 6, 12), sino el conjunto del Sermón de la Montaña, que no forman parte de la ley del imperio sino del ser de Dios.

El modelo cristiano está definido por el amor mutuo, sin espada, sin ley imposiiva, ni deudas, pues la vida no es lucha sino gracia, no es ley, sino amor, sin impuestos ni espada. Para formular ese modelo, Pablo asume los mandamientos centrales del decálogo (Ex 20, Dt 5) y los resume en la superación de los tres deseos violentos (codicias) que dominan y definen la vida de los hombres como lucha.

Superar tres deseos, amar al prójimo. Este principio (superar los tres deseos, amar gratuitamente al prójimo) define el paso (salto) de la ley a la gracia, de los mandamientos que se imponen a la revelación de Dios que se ofrece gratuitamente. Este paso no se puede realizar por voluntad/acción humana (en un nivel de deseos), sino por revelación personal de Dios en Cristo (cristianismo) o por iluminación supra-racional, como la de Buda en Benarés, bajo la higuera de la revelación.

Que yo sepa, sólo el cristianismo y el budismo han postulado esta experiencia originaria de superación del deseo-apetito violento de la vida (es decir, la superación del orden legal, impuesto en el mundo, con la apertura y despliegue de la vida en un plano de gratuidad superior, formando a partir de ella una comunidad de creyentes[3].

Tres mandatos, negativos, según ley: ►No adulterar, no matar,no robar

 Condensados por la misma ley en un principio negativo: ► No desear

Norma positiva. Por encima de la ley: ◄Amar al prójimo como a uno mismo

  Tres son los deseos de los que proviene la violenta lucha de la vida (Gen 3, 6) y del “pecado” de los “vigilantes” o invasores de la apocalíptica judía (Gen 6; 1 Henoc, Sab 2) y del mismo budismo[4]. Tres son los ·espacios· o lugares en los que se fundan y despliegan los deseos violentos de la vida, que han de “dominarse” (superarse) por ley y castigo, según las tres leyes fundaentales de la sociedad, no sólo según el AT, sino segúnlos grandes códigos legales del conjunto de la humanidad, que se expresan como han mostrado los antropólogos en las tres leyes básicas de todos los grandes códigos letales de la humanidad

(1) Plano afectivo, eros. No adulterar: no imponer un deseo sexual sobre otros. En ese sentido, la palabra no adulterarás significa, no poseerás o dominarás a otros, no impondrás tu deseo a los demás, pecando así no sólo por “dominio afectivo/sexual sobre ellos, sino también por provocar una guerra o competencia entre dos o más que desean lo mismo (a la misma o a las mismas personas) y así luchan por “poseerla”..

 (2) Plano de poder e imposición sobre los otros, thanatos: Superar el, homicidio (no matarás). Deseo de destrucción del otro en cuanto contrincante, alguien que no sólo puede disputar mis bienes, sino negarme a mí mismo; por eso le envidio (le temo y deseo), queriendo en el fondo matarle, para así hacerme dueño de su vida.

(3) Deseo de tener, posesión de bienes, de tobo de personas o de benes personales. Un pecado es la “posesión de bienes” como tal (la avaricia por la que el ser humano se define aquellos bienes que posee y que, en el fondo, le poseen). Otro pecado es la lucha o competencia entre personas que desean poseer los mismos biene, y que se enfrentan y luchan ,hacer querra por poseerles, como veremos en el próximo capítulo hablar de lapostituta del Apoccali`ss.b

Esas tres prohibiciones se sitúan en el centro del ·decálogo”, en los campos de mayor conflicto de la vida (sexo-eros, violencia-thanatos, riqueza-plutos), en el lugar donde la vida debe controlarse por leyes (no adulterar, no matar, no robar), castigando por ley de talión a los transgresores, es decir, a los que adulteran, matan y toban. Estas tres prohibiciones se condensan en un único mandato interior y superior cuyo cumplimiento no se puede regular por ley-castigo, sino por una norma interior: no desearás (Οὐκ ἐπιθυμήσεις).

El texto primitivo del decálogo (Ex 20, 17; Dt 5, 21) prohibía deseos concretos (casa, mujer, siervo, criado, toro, asno del prójimo: γυναῖκα οἰκίαν ἀγρὸν αὐτοῦ παῖδα αὐτοῦ… ). Pablo los ha condensado en su origen, diciendo «no desearás» (Rom 13, 8-9)[5].

El mandamiento fundamental del AT ha sido el shema: Amarás a Dios sobre todas las cosas… (Dt 6, 5). Pues bien, según Pablo no es amar a Dios sino al prójimo, como a ti mismo (Lev 19, 18) en una línea que ha sido retomada por algunos proto-fariseos como Hillel, superando los tres mandamientos negativos del decálogo (Ex 20 y Dt 5: No adulterar, no matar, o robar)[6].

En este contexto, simplificando los mandamiento centrales del decálogo y condensando el último, Pablo ha reformulado y universalizado el mendamiento final del Decálogo (Ex 20 y Dt 5.El Decálogo formulaba ese mandamiento de un modo concreto y detallado, entendiendo el deseo en forma no sólo interior, sino exterior: No exforzarse por poseer los bienes del prójimo, no “luchar”activamente por conseguirlos:

No codiciarás (οὐκ ἐπιθυμήσεις ), la mujer de tu prójimo;

No codiciarás la casa de tu prójimo (ὐκ ἐπιθυμήσεις τὴν οἰκίαν τοῦ πλησίον σου ),

ni su campo, ni su suevo, ni su sieerva,,

ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20 17)

Codiciar no es aquí un simple deseo interno, sino un “deseo activo”, que se expresa en la forma de vida, en el comportamiento social de las personas, que se expresa en la forma de vivir de comportarse, como guerra de deseos, que se manifiesta en miradas y actitudes, en la relación social entre los hombres y mujeres. Este mandamiento de la superación del deseo se expresa, evidentemente, en un plano afectivo, sexual y familiar. Por eso he citado el pasaje desde el texto griego de los LXX, que pone de relieve el deseo de la mujer y de la “casa”, repitiendo por dos veces la misma palabra (οὐκ ἐπιθυμήσεις, no desearás).

Hay, sin duda, un pecado o guerra externa que puede llamarse “de obra”, pero hay también un pecado más interno de “deseo”, pero que no es simplemente de deseo invisible, puramente oculto, sino que se manifiesta en miradas y actitudes, en un “mundo” de envidias. Esta guerra de deseos constituye para Pablo la raíz de todos los pecados y desajustes de los hombres, tal como lo había formulado ya Buda (en su experiencia y discurso de Benarés).Es posible que Pablo conociera, a través de tradiciones y gestos religiosos que habían llegado ya por entonces del mundo greco-romano, a través de Persia esta formulación básica del budismo, que identifica el mal deseo como principio de todas la guerra y males de la historia humana.

De todas formas, Pablo no se cierra en este plano “budista” se superación de los deseos, sino que introduce aquí el mandamiento fundamental de judaísmo sacerdotal, que vincula la superación de las guerras (de todos los deseos de placer u dominio sobre los demás, con la palabra suprema de la Biblia Hebrea. Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19, 18). Estos dos supra-mandamientos peronales (no desearas y amarás al prójimo como a ti mismo están por encima de los tres mandamientos legales (no adulterarás, no matarás, no robarás personas). Estos dos supra-mandamientos están por encima de la ley y constituyen el principio ymotor del evangelio de Jesús.

Estos dos principios, uno negativo, en plano de ley, el decálogo (no desearás) y otro positivo, sobre la ley, conforme a Lev 19, 18 (amarás a tu prójimo como a ti mismo) ofrecen el más hondo camino moral de la historia, para superar toda gerra, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Zacarías en Lc 1, 79).

 Pablo había aceptado en un plano de pedagogía (educación o sumisión de niños) el orden romano y judío (no adulterar, matar, robar, con su castigo correspondiente), que puede mantener sometidos a los transgresores, pero añadía, por encima de la ley punible con pena de muerte, la supra-ley de gratuidad (amar al prójimo como a ti mismo. Gal 5, 15) que puede y debe formularse como principio de toda conducta cristiana, aunque no puede castigarse su no-cumplimiento con pena de muerte, pues la ley sólo castiga pecados externos (cf. (como he puesto ya de relieve al comentar

La ley “imperial” no puede castigar un deseo de adulterio o robo, pero el camino religiosa más profunda de paz (budismo y cristianismo) puede aconsejar y dirigir a los creyentes, diciéndoles “no desearás” (para superar así adulterio, guerra y robo). Pues bien, en esa línea de interiorización de la conducta humana, en contra de cierto judaísmo e islam que insisten en el o sometimiento a Dios por ley, el cristianismo pone más de relieve el amor al prójimo, que exige la creación o surgimiento de una humanidad vinculada por amor, pidiendo a los hombres no sólo que no adulteren- maten-roben, sino también y sobre todo que no quieran hacerlo (no desearás…), de manera que puedan amarse unos a otros, como cada uno se ama a sí mismo, buscando el bien de de los demás como propio

  Cuando llega al centro de su teología Pablo no dice “amad a Dios, sino “amad al prójimo como a vosotros mismos” (Gsl 5, 14; Rom 13, 8-9; Lev 19, 18), en una línea en la que el amor no es deseo posesivo (adulterar, matar, robar), sino comunicación gratuita de vida y palabra. Antes, los tres deseos posesivos eran adulterar, matar, robar y la respuesta legal era el castigo/talión (ojo por ojo), ahora impulso gratuito de la vida es el amor y la respuesta y solución no es simplemente no desear, ni siquiera amar a Dios en sentido privado, sino amar al prójimo como a ti mismo, como hondura y verdad de tu existencia. Para esto nos ha creado Dios, para amar, no simplemente a él, sino para amarnos, amando al prójimo a nosotros mismos.

El decálogo judío y la justicia romana pretendían cerrar imponer un tipo de paz por ley y castigo (ojo por ojo), pudiendo llegar en esa línea hasta el no desearás del budismo. Pablo, en cambio, descubre y confirma, por encima de la ley del no-deseo (budismo) la gracia del amor de Dios, enunciada en el shema (amarás a Dios con todo tu corazón: Dt 6, 5 -9) y ampliada en la supra-ley judía de Lev 19, 18 (amarás al prójimo como a ti mismo”. Frente al deseo posesivo (adulterar, matar, robar) Pablo no apela Jesús al nirvana budista, sino al amor al prójimo[7].

  Conversión del deseo, principio de paz

La tradición sinóptica vincula el amor al prójimo con el amor a Dios, en una línea que habían destacado algunos escribas y sabios judíos (como supone Mc 12, 28-32 par), un tema que Jesús ha desarrollado de un modo consecuente abriendo un camino que ha sido justificado y elaborado por Pablo en Rom 13, 7-9, vinculando el amor a Dios del Dt 6, 4 con el amor al prójijo de Lev 19, 18. En esa línea, en el momento culminante de su obra (Rom 13), Pablo no habla de los dos amores (a Dios y al prójimo, como hacen los sinópticos: Mc 12, 28.35), sino sólo del amor al prójimo, esto es, a los demás seres humanos, pues en ese amor al prójimo está incluido el de Dios[8].

Los tres mandamientos legales (no adulterar, no matar, no robar), con el mandato superior, que los vincula de un modo supra-legal (no desear) quedan superados y ratificados directamente con un supra-mandamiento de amor al prójimo (Lev 19, 18. Los tres mandamientos legales (no adulterar, no matar, no robar) con el mandamiento supra-legal (no desear) sólo se pueden cumplir amando al prójimo como a uno mismo, y sólo de ese manera adquiera sentido la bendición y promesa de de Zacarías (Lc 1, 79), situada en el borde entre el AT y el NT.

En esa línea un modo consecuente (desde la perspectiva de Lev 19, 18), hombres y mujeres han de quererse a sí mismos, pues sólo queriéndose (aceptando el don de la vida, que es presencia de Dios) pueden amar a los demás, de manera que la identidad (el yo) y la alteridad (el otro) se vinculan en un mismo despliegue de amor gratuito, superando el deseo interior y cumpliendo los tres mandamientos externos (no adulterar, no matar, no robar), convirtiendo la vida en experiencia de amor en gratuidad y comunión, por encima no deseo de dominio sexual, social, económico y de los “pecados” externos de adulterio, asesinato y robo[9].

Conforme a los tres deseos “carnales” (adulterio, asesinato, robo), habiendo superado el equilibrio vital/animal con el entorno (de lirios y pájaros), los hombres tendemos por impulso de dominio (cf. Gen 3) a comer el fruto de la vida ) a buscar y poseer lo que otros tienen (son), para así ponerles a nuestro servicio, en guerra permanente de adulterio, asesinato y robo. En contra de esa tendencia de dominio elevan su barrera esos tres mandamiento externos del decálogo, con su norma final ley negativa (no desear), poniendo en marcha un ejercicio de represión que es bueno y necesario, pero insuficiente Esos tres mandamientos de ley imponen un tipo de superación activa de la guerra, pero no ofrecen paz verdadera, pues no consigen transformar el deseo en amor[10].

 La paz según ley (Rom 13, 1-7 8) se consigue por espada militar, μάχαιρα (venciendo a los enemigos) y por sometimiento judicial, ὑποτάσσεσθαι (Rom 13, 4-5), pues también el juez lleva espada para imponer su razón (οὐ γὰρ εἰκῇ τὴν μάχαιραν φορεῖ, Rom 13, 4) en un mundo donde los pecados se castigan y las deudas se pagan (Rom 13, 5-7).. Sólo transformando el deseo en amor, en la línea de Lev 19, 18 se puede hablar de paz verdadera, según Cristo.

 A fin de superar el dominio del deseo, Pablo insiste en el principio del amor al prójimo como a ti mismo, y Lev 19, 18, que puede vincularse con la revelación teologal del shema (amarás al Señor con todo tu corazón: Dt 6, 4-5), para cumplirla plenamente al Dios que nos capacita para amar a los demás como el ama a los demás, creando a los vivientes (seres humanos, varones y mujeres) y amándoles para que viven en plenitud, dando su via divina al amarlos, viviendo así en ellos y por ellos, realizando y cumpliendo así su amor en forma humana.

Ese principio “divino” del levítico 19, 18 no es una ley en el sentido estricto del término, sino revelación del ser de Dios como amor y una invitación al amor interhumano, por encima de los deseos posesivos, que nos llevan a la gerra universal y al dominio de unos sobre los otros, en forma egoísta.

1. Rom 13. 8-9 no dice “amarás al prójimo como a Dios”, porque no todos los seres humanos aman a Dios expresamente, ni le conciben de la misma manera. Según eso, el centro del judaísmo de Lev 19, 18 y del cristianismo no es el amor a Dios (como supone el Shema de Dt 6, 4-9, con algunas interpretaciones del judaísmo y del Islam), sino el amor al prójimo, (como el de Dios que ama a todos los seres que ha creado y está creando (pues crear es amar) y como el amor de Jesús, que ha interpretado y realizado su mesianismo en forma de amor a los demás, de un modo gratuito y creador, acogiendo, curando, perdonando a todos, dando su vida por ellos, no como expiación, sino como donación gratita de amar, desde la periferia de la vida humana, en la línea del chivo emisario de Lev 16, más que del chivo expiatorio, como he venido destacando en los capítulos anteriores de este libro.

2. El hombre no es esclavo ni siervo dependiente, sino amigo, presencia, de Dios; por eso debe amarse a sí mismo y vivir en salud, amando de esa forma a los demás seres humanos, viviendo por ellos y con ellos. Dios no ha creado a los hombres para que le amen a él, sino para que se amen entre sí (que crezcan y se multipliquen. Gen 1). Por eso, los cristianos pueden proponer el amor a Dios como punto de partida, pero no imponerlo. Por eso, la invitación de Lev 19, 18 (asumida por Pablo en Rom 13, 9, cf. Mc 12, 31) no pide que amemos al prójimo como a Dios, sino que nos amemos a nosotros mismos, y amemos también de esa manera al prójimo.

3. El amor a los demás está incluido en el amor a sí mismo: Cada uno ama a los demás porque ha empezado a ser amado por ellos, de forma que el amor que unos varones y mujeres se tienen a sí mismos, es consecuencia del amor que han recibido y, de un modo consecuente, el amor que tienen a otros es despliegue y expresión del que se tienen a sí mismos, porque en amor han nacido y son y, de esa forma, en consecuencia pueden amar a los otros. Por eso, el Levítico (libro sacerdotal) vincula el amor a los demás (al prójimo) con el amor que cada uno se tiene a sí mismo dentro de una familia, grupo, o pueblo que se define como experiencia de amor compartido.

4. Este amor al prójimo está abierto a la humanidad en su conjunto, a modo de comunión o cuerpo de amor, como ha puesto de relieve Pablo (especialmente en Rom 13, 8-9, superando de esa forma una posible interpretación particular de Lev 19, 18, donde el prójimo podía reducirse al hermano israelita según ley. Toda la misión de Pablo, su experiencia radical de Cristo se concentra en esta apertura universal del amor al prójimo, superando las fronteras del amor intra-israelita como sabe (Gal 3, 28) y ratifica Hch 17, 28-31.

El supra-mandato del levítico (amarás al prójimo como a ti mismo) no es una ley que se pueda imponer), sino una experiencia y camino que brota del amor de la Vida que es Dios, tal como lo muestra su encarnación. De esa forma se vincula amor a Dios y al prójimo, no sólo en Rom 13, 8-9, sino también en Mc 12, 28, 28-3 par. En esa línea, podemos añadir que el amor a los demás, con quienes nos unimos de un modo gratuito, sabiendo que son distintos, resulta inseparable del amor que nos tenemos en Cristo.

  

Amar al prójimo, esencia de la paz

     En la base de ley que, como Pablo decía en Gálatas sigue siendo necesaria para niños (hombres sin madurar), guardan su valor los tres mandamientos (no adulterar, no matar, no robar), para controlar las obras que brotan de esos deseos, pero sin poder superarlos. Tanto el budismo como el cristianismo saben que la superación de esos deseos sólo es posible por una iluminación supra-racional (Buda) o por una revelación del principio divino de la vida humana en Cristo (Pablo), como experiencia de un gozo más hondo, de una madurez salvadora (como he destacado al comentar los frutos del Espíritu: Amor, gozo, paz, Gal 5, 22-23.

En esa línea se puede añadir que mayor que el gozo limitado de adulterar (aprovecharte de otros sexualmente) es el gozo y alegría ilimitada de poner tu vida al servicio del gozo, amor y libertad de otros. Sólo así se puede convertir la epit-hymia (=deseo fuerte de placr a costa de otros) en kharis o gracia de amor (=de forma que sean y gocen aquellos a quienes amamos). Así lo ha ido desarrollado la carta a los romanos:

- Según Rom 6, 12, la epithymia (cf. también Rom 1, 24) proviene de nuestra base de corporalidad cósmica, tal como se expresa en el despliegue de nuestra corporalidad de muerte (ἐν τῷ θνητῷ ὑμῶν σώματι). Somos un cuerpo mortal, sometido a deseos (ἐπιθυμίαις), que nos impulsan, dominan y arrastran. No sabemos, amar a los demás, no somos dueños de nuestros impulsos. Es como si estuviéramos en manos de unas fuerzas externas de deseo sexual (adulterio), de violencia y posesión, que nos traen y llevan, fuera de nosotros mismos. No somos dueños de nuestra propia vida; sino como posesos, controlados y arrastrados por un poder exterior que nos domina. Por eso es fundamental amarnos a nosotros mismos (aceptarnos, conocernos y querernos en Dios, pues sólo de esa manera podremos amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, buscar su bien como vivimos el nuestros, habitar en ellos par bien como habitamos en nosotros mismos.

-Rom 7, 8. La epitimia es un impulso y deseo egoísta de vivir a cosa de los otros, no sólo en un plano afectivo (adulterando), sino agresivo (matando o dañando a otros para ocupar nosotros su lugar) y posesivo (robar, poseer lo de los otros para así tener y ser nosotros mismos). El tema de fondo no es que yo cometa algunos pecados, manteniendo mi propia identidad inalterada, sino que yo mismo me hago pecado, de manera que la misma ley que me prohíbe pecar se vuelve para mí incitación al pecado (ἀφορμὴν δὲ λαβοῦσα ἡ ἁμαρτία διὰ τῆς ἐντολῆς κατειργάσατο ἐν ἐμοὶ πᾶσαν ἐπιθυμίαν), de manera que a medida que crece en nosotros un tipo de ley (un tipo de cultura moral) va creciendo en nosotros un deseo de pecado.

  Como he puesto de relieve en el comentario sobre lirios y pájaros (cf. cap 4: Mt 6,24-34) hay en nuestra vida un elemento importante de integración cósmica. En un sentido, seguimos siendo como lirios que no hilan, pero Dios (naturaleza) les viste; como pájaros que no siembran ni siegan, pero Dios (naturaleza) les mantiene. Pues bien, siendo en un plano como pájaros y lirios, satisfechos en su vida natural, los hombres hemos pasado del plano de los instintos inmediatos (integrados en la naturaleza) a un deseo superior de tenerlo todo, de manera que la vida se vuelve apetencia infinita de placer, de dominio sobre otros y de enriquecimiento propio a costa de los demás.

Lirios y los pájaros no saben que mueren, ni tienen deseos infinitos. A diferencia de ellos, los hombres pueden tener y tienen deseos infinitos de amor posesivo, de poder y riqueza, de manera que deben poner leyes para limitar esos deseos (no adulterarás, no matarás, no robarás…). Precisamente por estar prohibidos por ley, estos tres deseos que se vuelven apetecibles, fuente y expresión de pecado, de manera que aparecen como “riesgos fundamentales” de la vida, que antes no advertíamos (no veíamos su peligro), pero que ahora, precisamente por la ley que los prohíbe, descubrimos que son más importantes.

De esa forma se expresa la guerra universal humana, por adulterio (eros de deseo posesivo), violencia mortal (thanatos) y robo (conquista, plutocracia). Sólo en este contexto descubre el hombre la importancia que tienen en un plano de naturaleza y de historia el adulterio, asesinato y posesión dominadora de bienes, que los profetas y apocalípticos habían vinculado con el deseo de dominio y robo que está en el fondo de todas las guerras, como ha formulado Pablo en Rom 1-3. En esa línea se entiende el mensaje de Jesús que identifica el pecado con Belzebu (poder de imposición que destruye al ser humano) y con Mammón (poder de posesión que le hace esclavo del dinero), En este preciso lugar de enfrentamiento y superación de los tres deseos posesivos (falso amor, poder y riqueza) ha situado Pablo, el riesgo del hombre y la posibilidad de su salvación en Cristo.  

 Jesús asume el shema del Deuteronomio 6,5-8 (amarás a Dios) pero lo expande y concretiza en amarás al prójimo como a sí mismo (código de santidad: Lev 19, 18). En principio estos dos mandamientos estaban separados, en dos códices distintos y el más importante parecía ser el shema (amar a Dios) del Deuteronomio, El segundo (amar al prójimo como a ti mismo) quedaba como menos importante, en un código especial para sacerdotes dentro del pueblo de Israel[11]. Pero Jesús ha vinculado esos dos “amores” dando toda su importancia al segundo.

Jesús no ha centrado su mensaje en el amor a Dios, sino que ha insistido en el prójimo, como muestra sermón de la montaña, sus curaciones y su muerte. Por eso, no ha creado una escuela de oración mística, sino un grupo de seguidores expertos en curaciones y exorcismos No le han matada por su forma de entender a Dios en sí, sino por su manera de poner en marcha un camino de transformación de la vida humana como amor de unos a otros, superando la guerra militar y religiosa del imperio y del templo.

Jesús pensó quizá más en el bien de los hombres que en la gloria de Dios. En contra de eso, muchos cristiano han insistido más en la gloria de Dios que en el bien de los hombres, aunque algunos Padres de la iglesia dijeran que la gloria de Dios se identifica con el bien de los hombres. Al principio (en el NT y en los dos primeros siglos de la Iglesia el amor al prójimo importaba más que el culto de Dios, conforme al dicho de Jesús: El Sábado se ha hecho pare el hombre, no el hombre para el sábado ( Mc 2, 27). Pero, a partir del triunfo político/social de la iglesia (siglo IV d.C.) el cristianismo ha tendido a convertirse en religión de amor (culto) a Dios en Cristo, dejando en segundo lugar el amor al prójimo.

Los que aman pueden empezar diciendo te deseo o, mejor, nos deseamos uno al otro, inmersos en la gran marea de una vida que tiende a vincularnos. Luego pueden añadir te necesito o nos necesitamos, como si fueran incapaces de vivir sin otro, esclavos de su necesidad afectiva. Pero en último término ellos dicen: te quiero, nos queremos, mostrando así que el amor es libertad: aquello que los amantes eligen y quieren. Ciertamente, en el fondo del “querer” puede esconderse un impulso que parece irresistible (no podemos vivir uno sin otro), pero, en sí mismo, el querer incluye un elemento de elección del hombre (varón o mujer) que, libremente, sin imposiciones internas o externas, escoge a otra persona y decide compartir con ella un plano de su vida.

En ese plano de amor lo que el hombre más desea no son “cosas”, bienes materiales o seguridades económicas, sino el amor de otras personas: Quiero que me quieran y que quieran que les quiera, en libertad gozosa, que no sirve para imponerme a los demás, sino para compartir con ellos la vida. En esa línea digo que amor es descubrimiento y despliegue de nuestra libertad compartida.

En ese nivel, la libertad del amor, reflejada en el «te quiero» de la voluntad, sólo se alcanza superando toda imposición, en libertad de amor compartido, recibido, regalado. Según eso, brotando de las fuentes de la naturale­za (deseo y necesidad), el amor es mucho que la naturaleza: Es «mío», siendo nuestro, aquello que somos al querer la vida y al querernos. No es un derecho al uso y al abuso; no es poder para engañar o seducir a los demás, para violarles o gozarles, sino libertad para crear juntos, crearnos uno al otro, compartiendo la existencia. Una mala educación nos ha llevado a pensar que la libertad es derecho al uso y abuso, de manera que ella nos permite hacer la propia gana. Pues bien,tú sabes que la verdadera libertad es elección y respeto, el “te quiero porque quiero y porque tú me quieres”. Es la libertad que se expresa en la palaba “nos queremos”, es decir, una libertad compartida.


[1]C. Castilla del Pino, Sexualidad y represión. Madrid 1971; H. Marcuse, Eros y civilización, Barcelona 1968; W. Reich, La revolución sexual, Valencia 1978; R. Radford Ruether, Mujer nueva, tierra nuera. La liberación del hombre y la mujer en un mundo liberado, Buenos Aires 1977; F. D. Wilhelmsen, La metafísica del amor, Rialp, Madrid 1964; X. Zubiri, Sobre el sentimiento y la volición, Alianza, Madrid 1993; Sobre el hombre, Alianza, Madrid 1998

[2] H. Marcuse, pensador alemán, de origen judío. Emigró a USA donde enseñó en diversas universidades, especialmente en Berkeley, California, vinculando un tipo de marxismo con los ideales y proyectos de una liberación social del hombre. Su obra más significativa para nuestro tema es Eros y Civilización (1955; ed. Española: Seix y Barral, Barcelona 196).

[3] Cf. Hombre y mujer, Violencia y diálogo de religiones, Religión y globalizaciónb

[4] En la línea de Rom 13, 8-10 pueden situarse las antítesis de Mt 5, 21-48 y las formas de codicia o deseo (epithymia) de 1 Jn 2, 16.

[5] Cf. A. Exeler, I dieci comandamenti, Paoline, Roma 1985, 159-169. Sobre Rom 13, 8-10, cf. C. K. Barret, Romans, Black, London 1973, 249-251; O. Michel, Romer, Vandenhoeck, Gottingen 1966, 323-327; H. Schlier, Romani, Paideia, Brescia 1982, 632-635; E. Käsemann, Romer, Mohr, Tübingen 1974, 344-348; U. Wilckens, Romanos II, Sígueme, Salamanca 1992, 407-415.

[6] Cf J. P. Meier, Ley y amor. Un judío radical IV, Verbo Divino, Estella 2019

[7] He desarrollado el tema en Mística Cristiana y místicas de Oriente, en Orientaciones para visualizar, contemplar y encontrar lo sagrado, Cites/Ávila, 2025, 274-320. Cf. Hombre y mujer, Violencia y Alternativa ecológica.

[8] Cf. J. P. Meier, Un judío marginal IV, Estella 2010.

[9] Cf. K. Berger, Die Gesetzesauslegung Jesu I, BibS, Neukirchen 1972, 56-257; R. H. Fuller, «Das Doppelgebot der Liebe», en Fests. H. Conzelmann, Mohr, Tübingen 1975, 317-329; H. Merklein, Gottesherrschaft als Handlungsprinzip, FB 34, Würzburg 1981, 100-104; E. Jüngel, Dios, misterio del mundo, Sígueme, Salamanca 1984.

[10] La ley insiste en el peligro de los deseos y nos prohíbe realizarlos, pero, en sí misma, es incapaz de conseguir lo que manda. S. Freud (1856-1939), desde la tradición judía, ha realizando el más hondo análisis antropológico del pre-amor como eros de dominio y del thánatos, como impulso de muerte, pero no un análisis semejante del plutos o concupiscencia de riqueza, cosa que ha empezado a realizar la Escuela de Franckfurt: W. Benjamin (1892-1940 y Th. Adorno (1905-1969, como he puesto de relieve en Dios o el dinero.

[11] Cf. J. P. Meier, Judío Marginal IV. Pikaza:. Antropologia y Religión y violencia.

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