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Ni matri-monio, ni patri-monio, sino ágapo-nomio (iso-nomio), pareja de amor entre personas iguales.

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Las parejas de amor que Jesús envía a proclamar su evangelio, de dos en dos (Mc 6, 7-13 y paralelos, hasta los dos de Emaús, Lc 23) pueden ser de diverso o del mismo sexo. Lo que importa es que se quiera y que su amor sea como tal testimonio de evangelio, no patri-monio (munus o tarea al servicio del dinero o poder del varón-patriarca), ni matri-monio (munus o tarea al servicio de la generación de la matriarca).

       Por eso hablo aquí de agapo- o iso-nomio, de un amor que surge y unifica cono nomos superior de amor en pareja a dos personas, encontrando cada una su vida y amor en la otra (cf. Lev 19, 18 y Mc 12, 28-44). Ciertamente, somos varones y mujeres (sabe Gal 3, 28), pero no nos definimos esencialmente por eso, sino por ser persona, palabra y carne (Λόγος σὰρξ, Jn 1, 14), siendo espíritu, alma y cuerpo (πνεῦμα,   ψυχὴ  y σῶμα).  

       Sería bueno precisar estos matices, tanto en Jn 1, 14 (palabra y carne) como en 1 Tes 5 (espíritu, alma y cuerpo), evocar el tema de conjunto de amor en pareja,  de comunicación radical, libre, variada y creadora, entre personas, varones y mujeres, como he mostrado en La Familia en la Biblia, VD, Estella 2014. Aquí sólo ofrezco una breve introducción, desde la perspectiva de Jesús. Éste es un tema que las iglesias oficiales han interpretado en general al servicio del poder de algunos, sin llegar a la raíz del evangelio, que nos sigue dando miedo, como a los fariseos antiguos.

¿Puede el varón expulsar a la mujer?  

Y acercándose unos fariseos, para ponerle a prueba,le preguntaron si era lícito al varón despedir a la mujer.Y respondiendo les dijo: ¿Qué os prescribió Moisés?

-Moisés ordenó escribir un documento de divorcio y despedirla

.- Por vuestra dureza de corazón (σκληροκαρδίαν ὑμῶν) os prescribió Moisés ese mandato.Pero al principio de la creación Dios los hizo macho y hembra.Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una carne.Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mc 10, 2-9) [1].

      Una parte de la tradición judía había tendido a concebir el matrimonio como un contrato de dominio insistiendo en que el varón podía expulsar/repudiar a su mujer sin más obligación que la de expedirle un libelo/documento de repudio, renunciando a su poder sobre ella. Desde ese presupuesto, unosfariseos tientan a Jesús, para mostrar que su ideal de fidelidad resulta imposible y que, además, va en contra de una Ley (Dt 24, 1-3)., que concede al esposo el poder de repudiar a su esposa.

1. Apoyarse en la Escritura. Los fariseos apelan a Dt 24  y Jesús les responde con textos dos anteriores (Gen 1, 27 y 2, 24-25), que serían palabra original de Dios, no comentario de Moisés Como buen hermenéutica, Jesús sitúa las palabras originales (Gen 1, 27, varón y mujer los creó, y Gen 2, 24-25,  serán una sola carne-sarx) por encima de la ley  de Moisés (Dt 24: el varón puede expulsar a la mujer)

 El un plano de ley, Jesús admite el divorcio (Mc 10, 3-4), concedido o presupuesto por Moisés (Dt 24, 1-3), a modo de concesión legal (¡por la dureza de vuestro corazón...!). Pero en un sentido más hondo rechaza esa concesión pues va contra la Escritura (Gen 1, 27; Gen 2, 24-25) y niega la igualdad de mujeres y varones (en la que Pablo insistirá, en Gal 3, 28.

De esa manera, para rechazar una ley que reprime o regula la vida humana en línea jerárquica (patriarcal), Jesús apela a la experiencia original de Dios que ha hecho iguales a varones y mujeres,  para unirse en comunión de amor como personas, para siempre. Al negar al varón el derecho de expulsar a su mujer, Jesús sitúa a varones y mujeres ante las fuentes de la creación, propias de un Dios que ama a los seres humanos y quiere que ello se vinculen en amor por siempre: 

- Jesús establece y estabiliza la humanidad en forma de parejas (unidades binarias,   de amor y vida), como indicando que la misma unidad del Dios que dice “yo soy” ha de entenderse en forma de comunión, de forma que las personas humanas forman al unirse un mismo cuerpo.

‒En contra de esa unión de pareja, que responde a la voluntad de Dios  se alza el deseo (=dureza) de los aquellos varones (cf. Mc 10, 5) que quieren regular y ratificar por casamiento y divorcio su autoridad sobre las mujeres, expulsándolas cuando les conviene («separando aquello que Dios ha unido»: Mc 10, 9). Esos varones piensan al modo de los hombres egoístas, no al de Dios como decía Jesús a Pedro, (cf. Mc 8, 33). En esa línea, Jesús afirma que algunos aspectos de la Ley de Moisés son una “concesión” (un mal menor), pues no responden a la voluntad original de Dios y en esa línea el divorcio impuesto por el varón sobre la mujer es un “falso remedio”, una “excepción” anti-divina de muerte, no de vida[2].

 En las fuentes de la vida. El modelo de amor de Jesús

 1. Entender la Escritura. Jesús no rechaza a Moisés, pero, como otros apocalípticos, él ha querido fundar su movimiento mesiánico en un principio anterior, más allá de Moisés (e incluso de Henoc, de Matusalén o de otros patriarcas antidiluvianos), para retomar el ideal y camino básico de Gen 1-2 (como hará Pablo en Rom 5)

‒ Según Gen 1, 27, Dios no creó a unos con poder sobre otros (como suponen los fariseos que le tientan, sino en igualdad para el amor, varones y y mujere (arsen kai thêly: Mc 10, 6; cf. Gen 1, 26-27). Según eso, no hay  varón primero y luego mujer.  sino que ambos han surgido al mismo tiempo, como pareja de amor, sobre la base biológica del sexo (macho-hembra), pero  como vida y amor de personas en pacto de comunión, uno con otro, en palabra y carne, en cuerpo y alma.

         Según Gen 2, 24, el anthropos/varón dejará al padre/madre y se unirá a su gynê/mujer y serán ambos una sarx o humanidad dual, uno inseparable del otro (Mc 10, 7-8).  Pues bien, en contra de usa unión de personas que forman una sola carne-vida en comunión de amor, Moisés ha introducido, por dureza de corazón de los varones, un derecho de expulsión de ellos sobre sus mujeres.  Su ley nació según eso para regular el amor en forme de imposición de dominio de varones sobre mujeres, de los judíos sobre gentiles, de ricos y libres sobre pobres y siervos. Pues bien, al criticar el “derecho” de Moisés, Jesús destruye la espina dorsal del patriarcado, no para dejar las cosas a merced de cada uno, sino para fundr  el matrimonio en la fidelidad mutua de varones y mujeres, en libertad de amo

         Parejas de varones y mujeres forman según una sarx (carne), es decir, una relación personal  de fidelidad de amor, por encima de la ley Al decir que no pueden separarse, Jesús no les encierra en una “cárcel legal”, sino que les ofrece la posibilidad de unirse para siempre en comunión de vida, por fidelidad de amor, como don personal, no como expresión de un deseo de la naturaleza biológica. 

 ‒ Jesús restablece así el matrimonio en forma de comunión de personal y voluntaria de de amor, por encima de una ley biológica de sexo. Superando ese nivel de ley, Jesús funda el matrimonio en aquello que pudiéramos llamar la esencia originaria de la vida humana como unidad  de comunión de amor entre personas.  

- Matrimonio en amor. Sólo a través de la entrega mutua de varón y mujer, surge ese matrimonio, pero de tal forma que no matronimia (prioridad de mujer-madre), ni patronimia (superioridad de varón padre), sino iso-nimia igualdad y comunión de amor entre personas.

           La razón masculina de los fariseos, como ley y como fuerza, en unión con la ley imperial de Roma, es comprensible en perspectiva de poder que se impone y se repite en cada matrimonio legal, con superioridad del varón. Pero Jesús nos reconduce al principio de la “creación”, a la estructura original del ser humano, allí donde varones y mujeres emergen como iguales en su diferencia para el amor personal no por ley, ni como obligación, sino como experiencia concreta de libertad en el amor.

Esta libertad y “unidad de carne” en ternura y conversación de espíritu y palabra, de voluntad y gozo mutuo, responde al proyecto creador, no es algo que varón y mujer puedan tomar o dejar a su antojo, sino expresión de la fidelidad originaria de Dios (en creatividad mutua) que se materializa en forma de matrimonio “indisoluble” (es decir, duradero, siempre en camino), como pacto de amor entre personas. Jesús revela de esa forma la tarea de los seres humanos como  fidelidad dual, en forma de pacto, encontrando cada uno su verdad y gozo en el otro.

Conforme a la reflexión de Dios (no es bueno que Adam esté a solas: Gen 2, 18) el surgimiento humano culmina allí donde un ser humano se encuentra y descubre a sí mismo encontrando a otro ser humano y compartiendo con él su deseo y voluntad de vida. Los esposos aparecen así como personas en comunión, cada uno responsable de sí mismo, desde el otro y con el otro, de manera que ambos forman una misma carne (alma, vida) en diálogo de reino de Dios,  encarnado en el amor de unos seres humanos. En ese sentido   el varón patriarca pierde un tipo de independencia al vincularse a la mujer pero en otro sentido gana en libertad e independencia, descubriendo su verdadera realidad e independencia en otra persona.

Eso mismo se puede y debe decir de una mujer qie se encuentra a sí misma al encontrarse y ser en otro, de manera forma que ambos son en sí mismos, siendo cada uno en el otro, conforme Lev 19, 18 (cf. Mc 12, 28-35): Amarás a tu prójimo como a ti mismo, de manera que te amarás y encontrarás a ti mismo en el otro, siendo los dos una carne y   comunión de vida y alma de corazón y pensamiento.

Esa relación de pareja entre personas (varones y mujeres), en palabra y carne, en vida y cuerpo) no es una comunión pasajera, sino compromiso permanente de maduración en pareja de varones y mujeres  en cuanto personas, es decir, vivientes de palabra que per-sonan (de per-sonare), es decir, que se hablan y se comunican entre sí, de manera que la vida de cada uno “suena” en el otro y viceversa.

El varón deja de dominar sobre la mujer con el divorcio y en un sentido parece que pierde), pero en otro más profundo se encuentra y se “gana” en la persona a la que ama, de manera que ambos ganan en afecto, pensamiento y vida, como iguales en su diferencia, como distintos en su comunión, de manera que cada uno es tesoro de vida para el otro, ganancia verdadera, en fidelidad, como personas. Para ello, el varón debe abandonar a sus padres…), de manera que varones y mujeres (anthropos kai gynê) se vinculen a nivel de carne (realización vital), al unirse como personas en forma de palabra compartida.

Amor de fidelidad, persona a persona

 Ésta ha sido la novedad deJesús, quizá su mayor aportación antropológica, en un camino que otros judíos habían explorado y entrevisto (buscando un matrimonio monogámico en libertad de amor sobre la ley), un camino que  sólo él ha llevado que sepamos a las últimas consecuencias, atreviéndose a reformular en esa línea el sentido de la creación (Gen 1-2), antes del pecado (Gen 3) o, mejor dicho, por encima del pecado, en forma de comunión de amor entre personas, no por ley jerárquica presidida e interpretada desde fuera por varones patriarcales (fariseísmo) o por leyes igualmente patriarcales de una iglesia convertida en ley por encima (y a veces en contra) del evangelio..

. En contra de esa intención básica de Jesús (desde una interpretación deficiente de Pablo: Rom 5, 1 Cor 7), algunos han seguido viendo en el matrimonio un resto de pecado, una especie de concesión al deseo sexual. (mejor casarse que abrasarse: 1 Cor, 7, 9, ρεῖττον γάρ ἐστιν γαμεῖν ἢ πυροῦσθαι).Para Jesús el matrimonio no es una concesión al deseo, sino una revelación de la fidelidad de Dios que es amor (deseo de dar/darse, de comunicar y compartir su vida).

Dios no es negación plana de vida, ni indiferencia hesicasta, sino amor expansivo y comunión, buscando, ofreciendo y compartiendo fidelidad y felicidad al comunicarse, arriesgándose a ser unos en otros,  de forma que vivan, se muevan y existan (=alcancen plenitud) al darse entre sí, en camino de resurrección (Hch 17, 28-31).

En contra de un tipo de “ley” anti-gnóstica   y de una demonización del deseo, que lleva al dolor y a la muerte según la iluminación budista de Benarés, Jesús descubre y expresa con su vida y mensaje el deseo bueno de Dios, deseo gratuito del amor, que consiste en ser recibiendo, dando y compartiendo vida unos en otros, como palabra de comunicación personal, de varones y mujeres, judíos y gentiles, libres y siervos que son dándose y compartiendo vida unos en otros, en gratuidad de amor hasta (=sobre) la muerte. El pecado no es desear, sino cerrarse en el deseo  egoísta del matrimonio..

‒   Jesús asume una larga tradición monogámica, expresada de un modo especial en el comienzo de la Biblia, para descubrir allí la voluntad original de Dios (apo arkhês ktiseôs: Mc 10, 6). Por eso, siendo nuevo, su mensaje retoma lo más antiguo, el principio de la creación, que no se centra en una ley particular, ni en un pueblo separado de otros (Israel), sino en la humanidad en cuanto tal, expresada en forma de personas, varónes y/o mujeres en comunión de vida.

Jesús recupera  el camino de amor de la vida humana, antes de las diferencias introducidas por la ley israelita y por la historia de los pueblos. De esa forma, el Reino de Dios, siendo lo más nuevo, es lo más antiguo, lo originario. Por encima de otros temas y motivos, lo que importa es la vida humana, como pacto personal del hombre y la mujer, capaces de suscitar en su misma la realidad más alta definida como sarx, una misma carne, encarnación de la palabra, logos/dabar (/verbo) que se hace carne viva, unión de amor entre varones y mujeres.

Varones y mujeres se re-conocen y re-crean, como quiere Dios (en el querer de Dios) como iguales en el matrimonio, que es valioso en sí, como manadera de amor, encuentro del uno en el otro (amarás a tu prójimo como a ti mismo: Leb 19, 18). Sólo amando a otro uno se encuentra y conoce (puede amarse a sí mismo), en comunión que en principio no está al servicio servicio de la generación, de una “familia posterior”, sino que es ya familia,  institución fundante de la vida humana, promesa de resurrección, pues sólo al vivir uno en otro y los dos (todos) en el Cristo de Dios podemos ir abriendo caminos de resurrección. Entendido así, el matrimonio no deriva del patriarcado (poder del padre sobre los hijos), ni del matriarcado (la mujer para los hijos) , sino de la unión (amor) de los esposos formando una vida, una palabra, una carne.

[1] Para un estudio más extenso del tema, cf. Comentario de Marcos, 2012.

[2] Al interpretar así la Ley, Jesús choca con la exégesis normal de muchos escribas judíos de su tiempo, declarando que una parte de su Ley (que está al fondo de Dt 24, 1-3), es creación de hombres varones, y no expresión de la voluntad original de Dios, pero con eso no destruye la ley de fondo sino que la confirma en su raíz, que es el amor, la fidelidad personal, de vida de unos en otros, por encima de la muerte.

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