"Mester" de artesanía, no de clerecía (Mc 6, 3) Por una iglesia de artesanos
Así definen a Jesús es Mc 6,3.¿No es ése el artesano, el hijo de María? No es hijo de reyes, ni escriba de leyes, ni soldado de celotas... Ni forma parte del mester de clerecía de su tiempo. Era un artesano, un "tipo" que sabía hacer cosas, de oficio "constructor del reino de Dios".
Siguiendo en la línea de Jesús, maestro artesano, la iglesia actual podría definirse como menester de menestrales artesanos, expertos en construir un reino de humanidad.
Jesús vivió en un mundo que empezaba a estar dominado, de hecho, por una clase de letrados-juristas/jueces, hábiles en manejar sus intereses, con una sub-clase mercantil dedicada a reunir dinero, para convertirlo en “dios” independiente, (Mammón), escindido de la vida real, es decir, del trabajo y de las necesidades concretas de los hombres y mujeres, hasta convertirlo en mamona o capital divinizado, como gran ídolo, contrario al Dios del Reino (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13).
Ciertamente, Jesús no ha sido un purista, contrario al progreso: no ha condenado en general a los comerciantes, ni ha rechazado a los publicanos (recaudadores de impuestos, al servicio de un orden socio/económico vinculado a Roma), a los que gran parte del pueblo consideraba impuros. Pero, en una línea de mayor profundidad, él quiso que comercio y dinero estuvieran al servicio de los pobres, de un modo gratuito (por comunicación directa), sin convertirse en Dios sobre los hombres.
En esa línea, el proyecto de Jesús implicaba un cambio total en la manera de ver la economía, de manera que el dinero no sea valor en sí y el comercio se convierta en medio de comunicación. Jesús no ha sido un reformador, en la línea de muchos fariseos que empezaban a tener gran influjo en el pueblo, mejorando cierto tipo economía, dentro del sistema, sino un profeta de comunión de amor entre personas (hoy podríamos decir: del trabajo directo) y de la gratuidad, apelando para ello a los principios de la tradición israelita, pues, a su juicio, el dinero que no está al servicio de los hombres se convierte en mamona. Él no quería una simple reforma, sino el cambio total de la economía.
En principio, Israel había formado una federación o liga de clanes de agricultores y pastores libres, con tierras y trabajos parecidos, de manera que no había campesinos inferiores, separados de la clase superior de gobernantes-soldados-mercaderes, pues funciones y grupos no habían desembocado en clases opuestas. No existían reyes (jerarquía social), ni sacerdotes especiales (jerarquía sacral), ni soldados profesionales (todos debían colaborar en la defensa), ni comerciantes para controlar los excedentes alimenticios al servicio de sí mismos y de las clases superiores (no-productivas).
No había oposición de clases, sino una comunidad o federación de agricultores-pastores autónomos y capaces de defenderse unos con otros y de intercambiarse bienes y servicios (sin una clase intermediaria, liberada para funciones burocráticas), sin apelar a un “dios dinero” (Mammón) por encima de ellos. Conforme al ideal bíblico, Israel había sido (=debía ser) un pueblo de agricultores libres, sin estructuras clasistas (distinción entre poderes superiores y campesinos inferiores).
Pero las cosas cambiaron y Jesús nació y vivió precisamente en uno de los momentos cruciales de ese cambio, vinculado a la caída de la federación de agricultores libres y a la degradación de un campesinado sometido al poder político/mercantil de reyes, ciudades y comerciantes. Pues bien, precisamente en aquel momento (ya en el tiempo de sus padres) una parte considerable de los agricultores no pudieron mantener su autonomía familiar y social, de manera que tuvieron que ponerse (les pudieron) al servicio de una estructura política y comercial, centrada en las ciudades (dentro de un reino o imperio más grande: el de Roma).
Los artesanos eran, en general, campesinos que habían perdido la propiedad y el uso de sus tierras, de manera que no podían cultivarlas por sí mismos, sino que estaban obligados a vender su trabajo, poniéndolo y poniéndose al servicio de reyes, ciudades o templos y de comerciantes o propietarios ricos.
Pues bien, en un momento como el de Jesús, en el que muchos propietarios habían perdido su heredad/propiedad (por confiscación, deudas, movimientos migratorios o super-población) empezaron a multiplicarse los “artesanos” sin más riqueza que su propia vida, condenados a convertirse en esclavos, a quedar sometidos o encarcelados (cautivos de otros, como dirá Mt 25, 31-46) o a juntarse entre sí o pactar por amor, en comunión de vida, en esperanza de Reino de Dios.
Era un momento crucial, que tiene muchas semejanzas con el que estamos viviendo ahora (año 2026), cuando una pequeña “clase”, con dominio militar y económico, con una inmensa capacidad “intelectual” (IA,inteligencia artificial) puede hacerse dueña de la humanidad entera, esclavizando o encerrando en “cárceles” o reservas “raciales y sociales”, controladas desde arriba al resto de la población, conforme al programa de control de Mt 25, 31-46 (desde el hambre a un tipo nuevo de cárcel universal).
El sistema económico de Roma se podía definir como esclavista, pues fundaba su economía y administración en la existencia de personas-objeto, sin derechos propios. Pero en el contexto rural de Galilea, en tiempos de Jesús, había pocos esclavos o tenían menos importancia, y en esa línea Jesús no encabezó una rebelión de esclavos (como pudo haber hecho Espartaco en Roma, el 71 a.C.), sino un movimiento de Reino, con campesinos, artesanos y mendigos, al servicio de un proyecto de sanación e igualdad en el que resulta impensable la existencia de esclavos, como ratifica la iglesia primitiva en un texto recogido por Pablo: «Ya no hay hombre ni mujer, no hay esclavo ni libre, no hay judío ni griego» (Gal 3, 28).
No había en Galilea muchos esclavos legales, pero había algo muchísimo peor: Una masa creciente de prescindibles sin ley, ilegales, sin posible oficio o beneficio. En aquella situación, Jesús vino a presentarse como representante “artesano” de los prescindibles, esto es, de los que carecían de valor para el sistema, pues no tienen poder laboral, ni garantía legal, afectiva o simbólico… Eran los cojos-mancos-ciegos a los que alude el evangelio, los leprosos-impuros. No eran ni esclavos, pues los esclavos tienen un valor (un precio) para sus dueños. Los prescindibles, en cambio, no tienen ni dueños, son simplemente mendigos sin rendimiento, envejecidos, incapaces de realizar su servicio, enfermos marginados, especialmente locos.
El número de prescindibles varía de sociedad a sociedad y ellos pueden volverse relativamente numeroso en momentos de crisis (como lo fueron en tiempos de Jesús). Son prescindibles porque parece que no aportan, ni importan a nadie, de manera que todo seguiría igual si ellos murieran.
Éstos son los que importaban de verdad para Jesús. Él se sintió y se hizo artesano amigo, animador y gerente de los valores de los in-válidos, es decir, de los prescindibles.
. En este lugar de los pobres-prescindible escuchp Jesús la palabra de Dios; desde este lugar iniciará su camino de Reino. No hablará de Dios en general, de un modo evasivo, desde una superestructura impositiva, sino desde los pobres, enfermos y expulsados de la sociedad israelita de su tiempo.
Entre Dios y Satán, Jesús artesano del Reino. Él era en principio fue un trabajador eventual, en tiempos de crisis y destrucción de los tejidos sociales, y eso le permitió entender a Juan Bautista, que anunciaba la destrucción de este orden político-social injusto.
Fue trabajador operario al servicio de los pobres-pobres, sin derechos, prescindibles, de esos que mueren en la calle y a la mañana los recoge la guardia para echarlos a la fosa común….,
Vivió en un tiempo de trasformación comercial y urbana en el que muchos agricultores no pudieron mantener su autonomía, de manera sus campos cayeron en manos de la oligarquía de las ciudades y ellos mismos se volvieron renteros o artesanos al servicio de las clases ricas (comerciantes y funcionarios: militares, burócratas, sacerdotes…) de las ciudades. Fue el comienzo de un proceso que, en algún sentido, ha culminado en nuestro tiempo (año 2026), con el triunfo y crisis brutal del capitalismo y el paso de una sociedad de agricultores autosuficientes (en nivel de subsistencia) a una sociedad industrial y comercial. Ese paso implica, por un lado, un gran avance (genera riqueza), pero conlleva mucho sufrimiento (destrucción social e injusticia).
Jesús no proclamó el Reino en las ciudades helenistas (Scitopolis, Tiro) o judías de su entorno (Séforis, Tiberíades), probablemente porque pensaba que su misma estructura (con división jerárquica y dominio de clase) iba en contra del ideal de fraternidad del Dios israelita. Su misma identidad (nazoreo) y su experiencia posterior le impulsará a recrear el orden social, pero en línea de fraternidad universal de campesinos, no de organización política desde las ciudades, básicamente clasistas. Desde aquí podemos trazar ya tres afirmaciones que marcarán todo lo que iremos diciendo.
1. Jesús no quiso cambiar el orden urbano porque el Dios de su tradición campesina/nazorea no era Dios de ciudades dominadoras, en la línea de la religión y cultura helenista; además, posiblemente, el pensó que la vida de las ciudades no podía cambiarse partiendo de ellas mismas, pues los habitantes de las ciudades eran responsables de la situación de los campesinos-artesanos, que habían perdido su identidad y autonomía.
2. Jesús será un profeta mesiánico, de tipo nazoreo, a partir del campo, es decir, desde Galilea, y en ese contexto anunciará e iniciará el Reino de Dios, desde la tierra de los campesinos pobres, subiendo a Jerusalén para culminar su obra. En esa perspectiva, conforme a su proyecto, Jerusalén no aparecerá como una ciudad helenista (que domina sobre el campo, de un modo político), sino como ciudad de las promesas de Dios, lugar donde debe decidirse el movimiento del Reino.
3. Jesús se distingue así de gran parte del movimiento cristiano posterior, básicamente urbano, de manera que los no cristianos se definirán precisamente como paganos (de «pagus», campo), habitantes de aldeas no urbanas, que no han aceptado el nuevo orden social cristiano. Aquí se sigue dando una de las paradojas centrales del cristianismo. Quizá podemos decir que Jesús descubrió e inicio desde las zonas rurales (es decir, desde lo primigenio) un movimiento social y religioso que puede y debe extenderse a todos los estratos de la población, empezando por las duras ciudades del imperio romano .
No se puede ser universal en abstracto, diciendo que se ama a todos por igual, pues eso sirve para justificar y sostener el orden establecido. Sólo se puede ser universal de un modo concreto, desde los más desfavorecidos. En ese contexto de universalidad concreta, desde los más pobres, escuchó Jesús la voz de Dios y pudo desarrollar su proyecto mesiánico (nazoreo) a través de un intenso trabajo de búsqueda y compromiso humano. No nació teniendo la respuesta sabida de antemano, pues eso no sería perfección, sino imperfección humana.
Lc 2, 52 afirma que creció en humanidad y sabiduría a lo largo de los años, en apertura a Dios, al Dios de la experiencia israelita y de la esperanza nazorea, que es la esperanza del Dios de Dios entre los hombres. Sin esos treinta años de aprendizaje y misión en la escuela de Dios, que es la escuela de la vida humana, en contacto con las tradiciones de Israel y con las necesidades de los hombres, en solidaridad laboral y cercanía humana, Jesús no había podido ser mensajero de Dios. Jesús no trabajó como artesano para después ser otra (como en un tiempo de paréntesis o prueba), sino para cumplir su propia vocación y su tarea humana, israelita.
Nadie puede quemar las etapas de la vida, pues sólo viviéndolas se aprende a ser humano. Jesús no las quemó, sino que las fue recorriendo, hasta la edad de la “segunda madurez” que para él parecen haber sido los treinta años. Primero fue maduro como artesano, comprendiendo y sabiendo por experiencia laboral y luz sagrada, por comunión y solidaridad, en amor y sufrimiento, lo que implica la existencia humana, lo que son los hombres y mujeres desde Dios. Sin esa primera madurez orante y comprometida de Jesús no se entiende su mesianismo.
En esa línea, podemos afirmar que él dejó el trabajo de artesano, no por negación o rechazo, sino por búsqueda de un Reino superior desde los trabajadores (para todos). No abandonó el tipo de familia que existía en su entorno por rechazo o represión, sino por búsqueda de un tipo distinta de familia donde cupieran los expulsados de las familias anteriores. Algo especial le mantuvo abierto al Dios de los pobres, que es el Dios de la esperanza y experiencia de su pueblo, el Dios de la gracia para todos. Iba a comenzar un camino distinto, que nadie hasta entonces había explorado, partiendo de una intensa experiencia de Dios, por amor hacia los hombres y mujeres concretos de su entorno. Por eso buscó a Juan Bautista y después de se bautizado en el Jordán, tras escuchar la voz de Dios que le decía “tú eres mi Hijo” (Mc 1, 9-11), Jesús inició su tarea de Reino como lucha contra lo diabólico.