Montañas nevadas, mi Amado las montañas
Montañas nevadas… Mi amado las montañas
Me arrancaron de casa a los 13 años, de la vista del monte Gorbea nevado y me llevaron al desierto, haciéndome cantar: Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila. Yo sabré vencer (Cara al sol).
No supe ni quise vencer y aquí estoy, 75 años después, mirando desde mi ventana de atardecer de San Morales, con Mabel,, los montes nevados de Gredos, entre la vieja y la nueva Castilla, que solía mirar Juan de la Cruz (SJC), viendo a Dios en ellos.
Acabo de escribir un comentario a su Cántico de amor CB 14 (=Cántico espiritual 14) y quiero ponerlo en mi página personal. Si alguien desea, si le hace ilusión puede seguir leyendo.
Mi montaña ha sido, pero ya no es vencer, ni conquistar otros continente, sino compartir en amor montes y valles, ínsulas y ríos del universo de amor que es Dios y que es la vida de unos en otros y con otros
Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos (CB 14) [1].
Recordemos la situación dentro del Cántico Espiritual: La mujer (=persona) amante había buscado los ojos del amado en el espejo dela fuente, lanzándose en un vuelo de paloma; pero, en medio de su movimiento, oyó una voz que le decía ¡vuélvete! mientras su amado aparecía como ciervo herido sobre el otero (CB 13-14).
El mundo del Amado no es ya una cueva, ni una cárcel, sino todo el universo éxtasis de amor que había comenzado en CB 12 y seguido en CB 13. Pero lo que antes era ensueño o vuelo de imaginación se vuelve aquí descubrimiento del cosmos entero que es Cristo de Dios.
Éste es el primer día del mundo, como la mañana en que Adán asumió su tarea poniendo nombre a cada uno de los animales y las cosas (Gén 2). Lo primero es ver, aceptar y nombrar el mundo como amado (no como hermano conforme a Francisco de Asís, cántico de las creaturas. La amante enamorada, en vuelo de amor, mira y dice lo que ha visto, recreando en Jesús todo el universo (cf Jn 1, 1-3).
Y en este dichoso día, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes tenía; mas, quedando adornada de los bienes que digo,
comiénzale un estado de paz y deleite de suavidad de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas del amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión de desposorio (Coment CB 14-15,2).
El alma enamorada: canta y cuenta la grandeza del mundo en el amado, de forma que en un sentido aquí podría terminar la biografía de SJC. Sabe mirar y contar el universo, como poeta de palabras que recrean la verdad y amor de Dios como macrocosmos (montañas y valles, islas y ríos). En las estrofas precedentes parecía que el espacio se achicaba ante el agua de la fuente. Pero luego la fuente se ha expandido, de manera que,, descubriendo al ciervo en el otero, podemos ver y vemos en él todas las cosas, en la línea del Cantar cuyo sentido había expuesto Luis de León
Mi amado es blanco y colorado, se distingue entre millares. Su cabeza es de oro macizo; su melena, racimos de plata de un negro brillante de cuervo. Sus ojos son palomas junto a la acequia, lavadas en leche, posadas junto al canal. Sus mejillas son bancales de aromas, setos de perfumes. Sus labios son lirios que destilan mirra. Sus brazos, modelados en oro, con topacios incrustados. Su vientre, de marfil pulido, cruzado de zafiros. Sus piernas, columnas de mármol sobre plintos de oro. Su figura, como el cedro más esbelto del Líbano. Su paladar, dulcísimo. Es todo deseable. Así es mi amado, mi querido, doncellas de Jerusalén (Cantar 5,5-16).
Este es el mundo de toda la Escritura contenido en un ser humano el Amado. Vemos su cabeza y su cabello, sus mejillas y sus labios, sus brazos y su vientre, en retrato que empieza por arriba y baja hasta las piernas, para centrarse de nuevo en su boca deseable. SJC conoce de memoria esta visión, pero en su poema cambia totalmente su figura. El lector desprevenido esperaba las palabras del Cantar: "Mi amado es blanco y colorado, su cabeza..." Pero en el hueco del cuerpo deseado que el oyente aguarda introduce el Cántico todo el universo.No desprecia el cuerpo humano, sino todo lo contrario, en la línea de Jn 1 14, cuando dice que la palabra vida y luz de Dios (Jn 1, 1-3) se ha encarnado en Cristo. El amado está ahí, personalmente, en el mundo entero, como amor personal, y así lo dice SJC con palabras de belleza desbordante:
- Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas, hermosas, graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi amado para mí. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi amado para mí.
- Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de (las de) por acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve. Estas ínsulas es mi amado para mí) (cf. CB 14-15,6-8)
Éste es uno de los· lugares donde, expresando su visión del mundo, SJC no ha querido o podido comentar sus versos, limitándose a parafrasearlos en la prosa poética de su comentario. Los críticos y teólogos pueden (hasta deben) buscar el sentido de las expresiones. Posiblemente nunca se pondrán de acuerdo, porque SJC ha condensado las palabras y ha recreado de tal forma los símbolos que, al fin, resulta muy difícil presentarlos de otro modo. Por eso he renunciado a explicar más por extenso estas palabras. Sólo puedo y quiero situarlas, para que el mismo lector las interprete:
- Línea ascendente. Las estrofas anteriores (CB 1-13) han sido un ejercicio de ascesis: el alma enamorada ha tenido que dejar todas las cosas para subir hacia el amado, en vuelo final que parecía de locura. De esa forma, descubriendo ya al amado, ella prorrumpe en letanía de gozo jubiloso: ha redescubierto en él todas las cosas. El amado es de esa forma todo el mundo de la esposa
- Línea descendente. Entre "mi amado" y "las montañas" puede haber una pausa de silencio... Parece que me engolfo en el amado, que me abismo, que me pierdo en su fulgor callado, más allá de las palabras. Pero, en un momento posterior, el mismo amado me señala y me dirige con su amor al mundo, haciendo que vuelva a descubrir todas las cosas. No soy yo quien las digo; él me las dice de nuevo (dícelas nuevas) y yo las repito, haciéndome y siendo ya eco de sus palabras creadoras.
La naturaleza viene a presentarse así como lugar y espacio, expresión y hondura del amado, transformando el mundo platónico de Luis de León en tiempo y espacio humano de Jesús de Nazaret, que es Dios todo amor sobre la tierra, dando su vida por los hombres y en los hmbres.
Dice la esposa que todas estas cosas (montañas, valles...) es su Amado en sí y lo es para ella, porque en lo que Dios suele comunicar en semejantes excesos,
siente el alma y conoce la verdad de aquel dicho que dijo San Francisco, es a saber: ¡Dios mío y todas las cosas! De donde, por ser Dios todas las cosas al alma y el bien de todas ellas, se declara la comunicación de este exceso por la semejanza de la bondad de las cosas...
Que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios, (ella) siente ser todas las cosas Dios, según lo sintió San Juan, cuando dijo: Lo que fue hecho en Él era vida Y así no se ha de entender que lo que aquí dice que siente el alma es como ver las cosas en la Luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle todas las cosas Dios…
Este tacto de amor en el aire que abraza mi cuerpo, esa voz de silbido del viento que habla y despierta mi oído..., eso es mi amado para mí. Entonces se dice venir el aire amoroso, cuando sabrosamente hiere, satisficiendo el apetito del que deseaba el tal refrigerio; porque entonces se regala y recrea el sentido del tacto, y con este regalo del tacto siente el oído gran regalo y deleite en el sonido y silbo del aire (cf. Jn 1, 4; Coment CB 14, 5.6.13).
La novedad no es que el mundo sea Dios (montes, valles, ríos , islas), sino que, siendo el Amado para mí, las creatura son Dios en sí, el Amado. En un plan de conocimiento racional, ellas son diferentes del amado, en dura objetividad. Pero en contemplación de amor son el mismo Amado, quees Dios para sus amantes. Sólo quien ama descubre y sabe que, desbordando argumentos y razones, todos seres son Amado, pues en Dios existen y se hacen presentes (cf. Jn 1, 1-5; Col 1, 15-18)[2].
De esa forma, los cinco elementos (montes, valles, islas, ríos, silbo) no son referencia a Dios, sino Dios mismo como amado Por eso, la experiencia de este cosmos no se puede argumentar ni demostrar, sino sólo decir, nombrando y cantando sus momentos como signo y presencia del Amado (en la línea de Gen 1), un amado que es Dios en amor. Hay posiblemente amores que estrechan y reducen la atención del amante, que queda así achicado, cerrado en un mundo reducido en sus visiones. Pero nuestro amor ensancha y amplía la mirada del amante, de forma que ahora puede contemplarlo todo de un modo más hondo, como el primer día de la creación, cuando Dios fue nombrando las cosas (Gen 1) [3].
-Elección de elementos. Luis de León evocaba un cielo neoplatónico divino. San Francisco había citado sol, luna y estrellas, con las cuatro esencias o elementos: de la cosmología griega (tierra y agua, aire y fuego). SJC ha prescindido, en un primer momento a los astros y el fuego (que apareceal fin en CB 39) y ha destacado algunos rasgos de la tierra, agua y aire, construyendo un universo simbólico de montes y valles, islas y ríos, para insistir finalmente en el aire que respira y silba (CB 39)[4].
-Naturaleza virgen. Juan de la Cruz no cita ciudades ni plazas militares, ni estados políticos ni pueblos organizados de modo “político” de engaño (corona española, francesa o inglesa, con USA o un tipo de papado). En un momento anterior (CB 3), él había aludido a los fuertes y fronteras, dejando abierta la amenaza de guerras. Pues bien, aquí desaparecen esos rasgos de cultura ciudadana y militar y nos hallamos ante un mundo virgen, abierto sólo al amor, sin ciudades, castillos ni fuertes militares[5].
-Dios que habla, silbo de amor. Todas las criaturas culminan en el aire hecho llamada, silbo de amor. En esa línea, retomando el título de un libro de K. Rahner (1904-1984), "Oyente de la palabra"), definimos al hombre como aquel que puede escuchar y escucha el silbo amoroso de Dios. Los pastores se comunican a veces por silbidos que sólo ellos entienden. También los pastores en la noche silban y así se reconocen, enviando mensajes. Pero sólo los enamorados de Dios escuchan suel silbo divino, de manera que su misma vida es revelación de Dios[6].
El canto cósmico nos lleva del Amado-Monte, pasando por valles, islas y ríos, al Amado-Silbo, aire amoroso que llama y alienta (Espíritu creador: cf. Gen 2, 6-7). Eso significa que en sentido muy profundo los elementos del mundo se identifican con el amado, y al identificarse con él se identifican con Dios amado.
NOTAS
[1] En este contexto ha citado SJC a Francisco de Asís, asumiendo el espíritu y fuerza de su Canto de las Criaturas. Francisco y SJC se elevan, dentro de la conciencia de occidente, como patronos de una ecología fraterna, enamorada, pues han visto a Dios con más intensidad y en él han descubierto la belleza de todo lo que existe. En esa misma ha citado y confirmado esta estrofa (CB 14) e Papa Francisco, en Lodato si (2015), como argumento básico a favor del sentido divino de la belleza y armonía del cosmos: “San Juan de la Cruz enseñaba que todo lo bueno que hay en las cosas y experiencias del mundo “está en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios. No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así «siente ser todas las cosas Dios» (Lodato si, 234)
[2] Muchos contemplativos, neoplatónicos y renacentistas, sufíes o cabalistas, han tenido una experiencia parecida, en perspectiva filosófica y/o religiosa. Otros como Espinosa, Newton y Schelling, Hegel y Nietzsche, parecen haber vislumbrado esa experiencia de la totalidad divina del mundo (aunque en forma menos amorosa).
[3] J. Ortega y Gasset, Estudios sobre el Amor, Alianza, Madrid 1980, 22-65, interpretó el enamoramiento como una estrechez de la atención por la que sólo podemos escuchar alamado.
[4] En un momento anterior (CB 4), SJC había contrapuesto montes y riberas, como signo de totalidad; pero había evocado también otras oposiciones (flores y fieras: lo que atrae y lo que aleja). Aquí evoca la totalidad de elementos también contrapuestos (montañas-valle, ríos-islas), que culminan en el silbo del aire.
[5] SJC ha querido llevarnos a la naturaleza primigenia para encontrar allí a Dios en soledad completa. Hoy (2026) resulta quizá más urgente una mística de la ciudad activa.
[6] En este contexto ha recordado SJC el carácter paciente o receptivo del entendimiento humano, que puede acoger la “inteligencia sustancial” de Dios, como Elías “a la boca de la cueva”, cuando escuchó el “silbo de aire delgado” de Dios (1 Rey 19, 12; cf. Coment 14, 13). Para SJC, el aire tiene otras funciones, (CB 17 y 39), pero aquí aparece como portador del “divino silbo que entra por el oído del alma”.
Todo el Cántico es un ejercicio de escucha, en la línea de las revelaciones bíblicas, desde Elifaz que recibió en su oído “un susurro” divino (Job 4, 12-16), hasta Pablo “que oyó palabras secretas que al hombre no es lícito hablar” (2 Cor 12, 4). Esta experiencia del Amado nos sitúa en el nivel del "fides ex auditu" (cf. Rom 10, 17), en susurro de amor (cf. Coment 14, 15-17).