Mundo de locos, entre Ceuta y Gerasa. Jesús psiquiatra/exorcista (con A. Diez Macho)
Jesús fue un hombre de su tiempo y creyó que había demonios, como aparecían en los libros de Henoc y en otros textos canónicos y apócrifos de la Biblia.
También yo soy de mi tiempo, y al escuchar las historias de USA, Israel e Iran, con Rusia y Ucrania, España y Marrueco creo más en hombres-demonios que seres racionales
1. Introducción: Enfermos, posesos y pecadores
Nosotros, ilustrados del XXI, solemos decir que no hay demonios y que los exorcismos son pura magia o engaño, pero con eso podemos mostrar nuestra ignorancia: Quizá no haya Diablo (en sentido ontológico), ni demonios personales, pero “lo demoníaco” existe y marca la existencia humana. En esa línea podría afirmarse que lo demoníaco es un “mal interno” (social, personal), que se objetiva en instituciones y formas de vida exteriores, que vuelven a influir en las personas, añadiendo que su maldad se manifiesta de manera más intensa en algunos segmentos (eslabones) frágiles de la cadena humana, suscitando diversas formas de “locura”.
Ciertamente, lo que llamamos hoy locura (y todo el espectro de enfermedades psico-somáticas y sociales) tiene elementos orgánicos y biográficos, vinculados a su herencia genética y la trama personal, familiar y social de las personas. Pero, en el fondo de ella late casi siempre un tema de opresión (e incomunicación), que en tiempo de Jesús se interpretaba de un modo religioso positivo o negativo, vinculando enfermedad y diablo, posesión y ruptura personal. Siguiendo en esa línea, podemos afirmar que en la raíz de gran parte de las enfermedades antiguas y actuales sigue habiendo un tipo de pobreza, una falta de relación, una de-mencia o dis-locamiento que destruye al ser humano de manera personal (alienación) y/o social (opresión). pensado que el mundo entro (al menos el pueblo de Israel) se hallaba bajo el Pecado/Diablo, de tal forma que debía ser juzgado (destruido) y sólo unos pocos convertidos/bautizados podrían liberarse para iniciar un mundo nuevo.
Pero en su experiencia posterior, volviendo a Galilea para proclamar el Reino, él ha descubierto que Dios es vida y perdón, y que la llegada de su Reino implica una victoria de Dios sobre el pecado, que se manifiesta en la opresión y en la locura de los “pobres”. Más aún, Jesús ha descubierto que el mismo Dios le ha dado poder para vencer al Diablo, no en un tipo de lucha celeste (ángeles contra satanes), sino en el interior de su actividad humana, como sanador y exorcista.
A su juicio, el Diablo era falta de comunicación, una vida en que los hombres y mujeres no quieren dialogar unos con otros de un modo gozoso, confiado, sin imposiciones ni rupturas personales, que se expresan en forma de violencia y de locura. Ciertamente, en el fondo de la “posesión”, así entendida, hay componentes neurológicos y biográficos, pero, como supone Mc 4, 15, “Diablo” es “aquello” que devora la Palabra, impidiendo que los hombres y mujeres se comuniquen.
En tiempos de Jesús se había extendido en Galilea una gran ola de locura, en la que confluían razones políticas y sociales, económicas y culturales, personales y religiosas… Gran parte considerable de la población vivía en el umbral de eso que entonces se llamaba posesión diabólica y que hoy podría interpretarse como desintegración cultural y psicológica, opuesta a la expansión del Reino de Dios. Por eso, Jesús debió actuar como “exorcista”, al servicio de la salud interior y la comunión social de las personas.
Jesús supo que el hombre está hecho para la “vida”, y que aquello que va contra esa vida forma parte de una trama diabólica (opuesta a Dios, simbolizada por el “diablo”). En esa línea, la lucha contra el “diablo” es un elemento importante del proyecto sanador de Jesús, que es la revelación de Dios (el Reino) en forma de comunicación y amor de unos seres humanos con otros.
Exorcismos: comunicación, acogida y diálogo (entre Gerasa y Ceuta)
Jesús escribió tratados de psiquiatría o políticaNo trazó teorías sobre posesiones diabólicas, sino que vio a Satán en los posesos, y entendió el Reino de Dios como victoria sobre el Diablo, no de un modo abstracto o en lo alto de los cielos, sino en la misma vida de los hombres, a quienes quiso curar a través de sus discípulos (cf. Mc 6, 7-13 par; Lc 10, 17-18). No fue exorcista solitario, sino maestro de exorcistas con quienes compartió la tarea de liberación de los posesos, para el Reino, en un plano personal y familiar, político, social, y religioso.
Por eso, hay que relacionar exorcismos individuales (de personas concretas) y sociales (un demonio como Belcebú parece identificarse con el orden social pervertido, cf. Mc 3, 22). Una parte considerable de la población campesina de Galilea parecía endemoniada (sufría un tipo de locura, vinculada a las circunstancias económicas, sociales y culturales). Pero también parecían endemoniados otros hombres y mujeres no judíos del entorno, como el legionario de Gerasa (Mc 5, 1-20) y la hija de la siro-fenicia (cf. Mc 7, 25-30).
1. Plano personal y familiar. Los exorcismos forman parte del proceso de liberación personal, Jesús, no porque los demonios sean personas en sentido estricto, sino, al contrario, porque ellos causan la destrucción personal de los posesos. En ese contexto podemos hablar también de su lucha contra los demonios familiares, que se expresan en la distorsión de las relaciones personales entre padres, hijos y parientes, allí donde se ha roto la relación entre generaciones y personas (cf. Mc 7, 24-30; 9, 14-29).
Plano político y social. El loco se legión romana de Gerasa (=los locos del imperio en Gerasa) En ese fondo se sitúa, por ejemplo, la historia del demonio legionario (Geraseno de Mc 5, 1-20) y quizá también el nombre Belcebú (cf. Mc 3, 22-27 par), Señor de la Casa, a quien podemos vincular con la Bestia de Roma, según Ap 13. Como sabe y dice San Pablo en Rom 13,
la locura es un tipo de volencia y enfrentamiento, el gran político-militar de Gerasa social, muestra el exorcismo practicado a la orilla del lago de Gerasa (Mc 5, 1-20ss): los demonios que habían entrado en la piara de cerdos se comportan como las fuerzas de ocupación. Hablan latín (¡), se presentan como legión y, lo mismo que los romanos, no tienen más que un deseo: el poder permanecer en el país.
En Gerasa y Ceuta: puede haber demonios internos, pero la mayoría son p externos ( Mc 5, 1-20 par) [1].
Vino Jesús a Gerasa, centro pagano de riqueza y cultura elevada, signo de un imperio que vive utilizando y oprimiendo a sus súbditos (especialmente a los soldados). Un turista actual hubiera visitado el templo y teatro, signos de arte o poder de la metrópoli. Jesús, en cambio, vino al cementerio, que puede compararse con el estercolero donde antaño habían expulsado a Job[2], lugar donde la ciudad expulsa a los que juzga peligrosos:
Vino al encuentro (de Jesús) un hombre que salía de entre los sepulcros, poseído por un espíritu inmundo. Tenía su morada en los sepulcros y ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo. Muchas veces le habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grilletes. Nadie podía domarlo. Continuamente, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras (Mc 5, 3-5).
Este es el poseso contrario a la ley de la buena sociedad. No tiene un demonio puramente espiritual o privado, sino todo lo contrario: utilizando símbolos de tipo sacral y dramático (las cadenas que ponían al poseso, sus intentos de suicidio, la muerte de los cerdos que se ahogan en el mar), el evangelio ha querido destacar el carácter social de esta posesión. Los espíritus que del enfermo geraseno son legión (como el ejército romano) y están relacionada con los habitantes de la gran ciudad, que le expulsan y atan (encerrándole en una cárcel/sepulcro), sin poder nunca domarle, como si fuera un animal furioso, al que se apresa con cadenas, para que no dañe y perturbe.
Las conexiones con nuestra sociedad y sistema social de domino de unos sobre otros resultan evidentes. También nosotros, para vivir tranquilos, expulsamos de nuestra ciudad o sociedad a los que juzgamos peligrosos (quizá lo son, en un aspecto), proyectando sobre ellos nuestra legión de demonios. Allá en las afueras de la ciudad (entonces como hoy), a manera de sepulcro o estercolero está la cárcel y el horno donde se queman las basuras. Irónicamente, el texto advierte que los gerasenos no podían atar ni domar al poseído: la gran ciudad de los carceleros era incapaz de reducir la violencia de este pobre hombre con prisiones (grillos, cadenas). Tampoco nuestra sociedad (siglo XXI) y su sistema carcelario consigue "domar" (humanizar) a los que expulsa y encierra en la cárcel, pues quizá los necesita así (enfermos, posesos, violentos), para sentirse tranquila al juzgarlos y expulsarles.
Significativamente, el texto no expone la posible culpa del poseso-encadenado, no cuenta sus razones o delitos. Sólo dice que es poseso (loco) y relaciona su enfermedad con la violencia del sistema. Por eso, cuando Jesús quiere saber cómo se llama, él mismo responde: «Legión es mi nombre, porque somos muchos» (Mc 5, 9).
Su locura es un reflejo de la enfermedad social de la ciudad (imperio) que se expresa de un modo especial en su "legión", en el sistema militar que necesita para vivir "en paz con su locura", sin querer curarse. Ciertamente, están en guerra: el endemoniado con la ciudad, la ciudad con el endemoniado. Signo y víctima de esa guerra es este endemoniado legión, poseído por unos poderes de violencia que no pueden (ni quieren) apaciguarse. Unos y otros, encarcelados y encarceladores, siguen inmersos en una espiral de lucha sin fin. La cárcel no es respuesta ni terapia.
Palabra de libertad. Curación del poseso. Oponiéndose a la acción de la ciudad, Jesús inicia con este loco-expulsado una cura de atención personal y liberación por la palabra. No le pone nuevos grillos, no le echa en cara nada, ni le acusa ni condena. Simplemente, habla con él: dialoga, le conoce, escucha sus razones. En ese fondo, los diversos momentos de su curación reciben un valor simbólico (universal) y reflejan con todo realismo la "conversión" (transformación) del poseso.
(1) Jesús expulsa a los demonios, dejando que vayan al lugar que han escogido (cerdos): así salen del cuerpo del poseso, de un modo visible, en clara escena de catarsis interior y exterior.
(2) Los demonios quedan destruidos: ellos mismos han querido introducirse en los cerdos donde encuentran un lugar que les parece propio de su condición (son signo judío de impureza), para después precipitarse con ellos en la hondura del mar (que es expresión de muerte: cf. Mc 5, 9-14).
(3).El hombre así curado (con la legión expulsada pereciendo en el fondo del agua) puede iniciar una vida de libertad y comunicación, de manera que la gente de la ciudad viene y le encuentra bien sentado, vestido y en su sano juicio, dialogando en grupo (Mc 5, 16): sabe compartir su vida con los demás (sentarse con ellos), presentarse con dignidad (se viste) y dialogar de un modo razonable, resolviendo sus posibles problemas a través de la palabra.
Los que apacentaban los cerdos huyeron y dieron aviso en la ciudad y por los campos. Y fueron para ver qué era lo que había acontecido. Llegaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su sano juicio; y tuvieron miedo. Los que lo habían visto les contaron qué había acontecido al endemoniado y lo de los cerdos, y ellos comenzaron a implorar a Jesús que saliera de sus territorios. Y mientras él entraba en la barca, el que había sido poseído por el demonio le rogaba que le dejase estar con él. Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
«Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales las cosas tan grandes cosas que el Señor ha hecho por ti, y cómo tuvo misericordia de ti».
Él fue y comenzó a proclamar en Decápolis las cosas Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban (Mc 5, 14-20).
Podía parecer que la ciudad debería agradecer a Jesús la curación de su loco-apresado, pero ella no quiere esa curación, como tampoco nuestra sociedad quiere seriamente la curación de los posesos/oprimidos, que vagan sin culpa por la ciudad.
Por eso, al enfrentarse con su antiguo encarcelado, que ya no grita sino habla, no amenaza a los demás, sino comparte la vida con ellos, los representantes del orden social, en vez de alegrarse, sienten miedo: no son capaces de buscar una sociedad (estado) donde los problemas se arreglen a través de la palabra; no quieren sentarse con Jesús y el antiguo endemoniado, en un corro de amistad dialogal (cf. Mc 3, 31-35); necesitan que locos y/o presos se pudran en sepulcros vivientes, no pueden sentirse seguros sin expulsar y echar la culpa a los que consideran peligrosos.
Para vivir tranquilos, justificando su propia violencia, aquellos magistrados "sociales" necesitan cárceles y oprimidos y sólo viven seguros si expulsan, atan y demonizan a los que consideran "asociales". Primero les utilizan (les hacen legión de soldados, al servicio del sistema de violencia) y luego les expulsan, acusándoles de ser inútiles y peligrosos; primero les enloquecen o criminalizan y luego les encierran o recluyen entre los sepulcros de la ciudad. Por eso ruegan a Jesús que vaya de su tierra. No quieren iniciar un proceso en el cual también ellos deberían cambiar y convertirse, expulsando sus demonios de violencia, pues los necesitan. Se sienten seguros y quieren mantener su seguridad, expresada en unas cárceles (sepulcros) donde se pudran y mueran los distintos y para "justificarse" a sí mismos.
Entendido así, este relato cobra una inquietante actualidad. Ciertamente, son muchos los que quieren arreglar los problemas sociales dialogando como Jesús. En esa línea se ha movido una parte de la iglesia y de la sociedad en los últimos decenios. Pero el conjunto de la sociedad prefiere la opresión generalizada y la cárcel, como los magistrados de Gerasa que expulsan a Jesús, pues no están dispuestos a iniciar un cambio. ¡Ellos no tienen que dialogar con estos hombres peligrosos, legiones de locos perdidos, itinerantes sin padre, a quienes, por otra parte, no pueden controlar por más que refuercen las cadenas!.
No necesitan mediadores de paz, no quieren iniciar conversaciones de igualdad y justicia. Prefieren los sepulcros y las cárceles para expulsar a los distintos, quedando así tranquilos.
Da la impresión de que también nosotros (occidentales del siglo XXI), reprentados de algún modo igual que los “buenos” magistrados de Gerasa, necesitamos encarcelados o "chivos expiatorios". Nos parece más fácil meterlos en la cárcel (expulsarlos de nuestra sociedad) que dialogar con ellos. Preferimos tenerlos oprimidos y decir que son "culpables": no nos atrevemos a iniciar con ellos un camino de perdón, de reconciliación y búsqueda compartida.
Pues bien, oponiéndose a la actitud de los antiguos y nuevos magistrados, Jesús "cura" al geraseno con el poder de su palabra, enseñándole a dialogar e invitándole a quedarse allí, en medio del pueblo violento, para dar testimonio de lo que el Señor le ha hecho, es decir, de la obra de Dios que libera a los encadenados. Así acabe este pasaje, que ofrece quizá el más bello testimonio de liberación del Nuevo Testamento. Al lugar donde se cruzan las contradicciones del paganismo (imperio romano), en la tierra gerasena, ha venido Jesús, para romper la lógica de la legión (de ejército y sepulcros, de violencia y cárcel) e iniciar, en las márgenes de la gran ciudad, un estilo diferente de curación, de vida dialogada[3].
Pero los magistrados de un lado o de otro no quieren que se cure a los “endemoniados”.
Estos magistrados no quieren reconciliación, curación justicia… Quieren chivos emisarios a los que echar la culpa, para quedar nosotros tranquilos con nuestra violencia, los de un lado y otro, USA/Israel e Irán…
La acción de Jesús resulta profundamente conflictiva pues le enfrenta con los habitantes de la gran ciudad, las dos ciudades que habitan en ella… Quieren tener endemoniados dentro para controlales… y sentirse ellos buenos, saalvaodres. Prefieren seguir cultivando su violencia, atando con grilletes a los "asociales" que ellos mismos han creado.
Lógicamente, Jesús les resulta peligroso y por eso le expulsan de su territorio (5, 16-17): no pueden encadenarle, en lugar del poseso curado, quizá porque le tienen miedo, pensando que es un mago; no quieren encarcelarle, quizá porque es extranjero. Buscan una solución más simple: le expulsan de su territorio. No pueden vivir sin aquel "loco" atado en los sepulcros sobre el que descargan su agresividad, necesitan la Legión para vivir. Sólo de esa forma desahogan y de algún modo controlan su violencia interna expulsándola hacia fuera (hacia el "loco" de los sepulcros)[4].
– En la actualidad tenemos otro imaginario y empleamos otro tipo de terapias, de manera que, en general, no solemos apelar a la hipótesis (signo) del Diablo. Pero lo que Jesús descubrió en los posesos (falta de comunicación, ruptura personal) y lo que él quiso hacer con ellos (ofrecerles la Palabra como fuente de comunicación gozosa) sigue siendo un reto de la humanidad al comienzo del siglo XXI. O aprendemos a vivir en libertad y gozo (compartiendo así la vida), o los nuevos demonios de la opresión, tristeza, angustia y desampara terminarán destruyéndonos.
¿No sería mejor matarlos a todos? ¿Un nuevo Qumrán?
Los esenios de Qumrán elaboraron un proyecto de lucha (exorcismo) militar contra Satán, como muestra el Rollo de la Guerra (1QM: Milhama) y como ratifica la Regla de la Comunidad, que manda «amar a todos los hijos de la luz y odiar a todos los hijos de las tinieblas» (cf. 1QS 3-4), interpretando los exorcismo desde un fondo de violencia militar. En esa línea, el verdadero exorcismo sería un tipo de guerra, al menos simbólica, dirigida por sacerdotes, una lucha angélico/satánica donde el mismo Dios combate con los suyos y mata a todos los enemigos, porque esta es guerra de exterminio
Por eso no pueden participar en esa contienda los impuros, enfermos o manchados (como supone la ley de la guerra santa israelita). La Gran Batalla (exorcismo radical) será una lucha de hombres de valor muy puros (jueces, oficiales, jefes de millares y centenas), de la que se excluye a los «contaminados, paralíticos, ciegos, sordos, mudos... porque los ángeles de la santidad están entre ellos» (Regla de la Congregación, 1QSa 2, 1-9; cf. Rollo del Templo, 1QT 45). Sólo en la asamblea pura, sin enfermos y manchados, surgirá el Mesías, Hijo de Dios (1QSa 2, 12-22).
Pues bien, en contra de esa ley de pureza de Qumrán y de su guerra, Jesús ha penetrado en el lugar de los impuros y los locos para realizar allí su acción liberadora. Lógicamente, sus exorcismos han resultado escandalosos para muchos, pues parecían contrarios a las normas de pureza y guerra santa del Israel sagrado.
Por eso, los exorcismos liberadores de Jesús han sido discutidos y rechazados por algunos judíos (¿judeocristianos?) que ponían un tipo de ley por encima de la curación y libertad de los endemoniados, dando más valor a la pureza nacional que a la comida compartida.
-- Para entender el mensaje de la vida de Jesús resulta imprescindible conocer y aceptar el impulso liberador de sus exorcismos, en un mundo como el nuestro, que sigue estando demonizado, aunque con rasgos simbólicamente distintos de aquellos que el "demonio" ofrecía en tiempos de Jesús.
Recuerdo personal de Gerasa, con Alejandro Díez Macho (1916-1984)
El año 1981, en ese mismo lugar simbólico, ofrecí una interpretación del texto del Geraseno (Mc 5, 1-20) a un grupo de amigos y peregrinos, entre los que se hallaba uno de los mayores filólogos bíblicos de lengua castellana, el profesor Díez-Macho; sus ideas no eran exactamente las mías, pero pudimos dialogar y coincidir en lo esencial, con respeto emocionado. A él dedico este post, dedicado en el fondo a los nuevos demonios de la nueva Gerasa de este mundo.
Tanto el profesor Díez Macho como yo, estábamos convencidos de los escribas aparecen como representantes de una ley nacional (sagrada de USA o de Irán, de Marruecos o de España) que garantiza el orden legal de la sociedad (dominada por los fuertes, los legales), para edificar al buen pueblo, elevando un muro de seguridad según Ley y dejando en la cárcel exterior de su locura o su pecado, a los posesos. Por eso, acusan a Jesús diciendo que, bajo capa de bien (ayudando al parecer a unos posesos), arruina o destruye la sagrada unión del pueblo (casa buena de Dios), haciendo que Israel quede en manos del Diablo.
Según los escribas (=juristas o letrados), aquellos que ayudan y “curan” a los que merecen la cárcel del diablo (asociales, impuros, peligrosos) son una amenaza para el buen orden del pueblo. Por liberar, al margen de la ley, a unos pocos, Jesús pondría en riesgo la Ley de salvación universal, el bien del pueblo. Con la Ley en la mano, la sociedad debe expulsar (controlar, encarcelar), en gesto de legítima defensa, a los posesos, para mantener el orden del sistema: Una buena estructura social sólo se alza y defiende encadenando a los culpables/posesos, separando bien lo puro y lo impuro, lo que favorece el orden y lo que es peligroso. Por eso, quien acepta y cura, quien valora y reintegra en la buena sociedad a un tipo de posesos pone en riesgo el orden de los limpios ciudadanos.
Conforme a los escribas, los buenos exorcistas deberían avalar y confirmar el poder de las instituciones sagradas. Jesús, en cambio, libera a los endemoniados sin estar (ni ponerles) bajo el control del templo. Ese es su riesgo
En el fondo hay un tema de política religiosa: ¿Dónde está lo diabólico? ¿Quién controla a los poderes perversos y ofrece estabilidad y justicia al pueblo? En principio, todos los interrogados responderán diciendo que ellos quieren reducir la agresividad personal, familiar y social; pero muchos lo harán de un modo violento, suscitando así nuevas formas de opresión diabólica. Los escribas oficiales piensan que se deben mantener las instituciones actuales: ¡Que se cumpla la ley sagrada! Jesús, en cambio, supone que esa ley, tal como se impone en Galilea, bajo el poder romano, resulta no sólo insuficiente, sino contraria a la verdad y libertad del hombre. En ese contexto, los escribas aparecen como representantes del poder, los únicos capaces de controlar la amenaza diabólica en el mundo. Por eso, ellos acusan a Jesús de estar poseído por Belcebú y de actuar como un subversivo: sus exorcismos representarían un peligro para el orden sagrado del pueblo.
Según ellos, los que ayudan y liberan a “condenados” de la cárcel diabólica (asociales, peligrosos) son una amenaza para buen orden del pueblo. Con el código en la mano, los escribas oficiales afirman que la sociedad ha de expulsar y controlar (=encarcelar) con legítima violencia a los endemoniados, para mantener el orden sagrado.
Una estructura social social de podersólo puede edificarse y defenderse separando a culpables y justos, poniendo una valla entre lo puro y lo impuro, lo firme y aquello que amenaza ruina. Por eso, quien acepta y cura, quien valora y reintegra como Jesús a unos posesos peligrosos, apelando a la Palabra de Dios pone en riesgo la buena sociedad de limpios ciudadanos. Estos escribas defienden la vida del pueblo sagrado, que se protege a sí mismo y rechaza a quienes lo amenazan. Fuera de las fronteras de ese pueblo quedan los leprosos y posesos. No hace falta matarles, ni encerrarles en la cárcel, pero hay que expulsarles del espacio sagrado de la buena sociedad, establecida por escribas que definen lo bueno contra lo perverso.
Frente a la Casa-cárcel de Satán, que domina a los hombres a través de la violencia (haciendo que ellos hagan aquello que no quieren), ha inaugurado Jesús su nueva Casa-de-libertad (Reino de Dios), que se expresa en forma de comunión en la que todos pueden hacer lo que quieren desde el fondo de su vida, queriéndose entre sí. Los que acusan a Jesús llamándole servidor de Satán intentan mantener un orden viejo de violencia, que se instaura y triunfa expulsando (encarcelando en su locura) a los más débiles o peligrosos. Los escribas quieren arreglar los problemas del mundo con la cárcel, expulsando a los endemoniados, para así mantener sus estructuras de seguridad nacional israelita. Jesús, en cambio, ofrece la libertad (la nueva humanidad) a los endemoniados y de esa forma muestra que ha llegado el Reino .
En este pasaje no se dice que el Reino vendrá, sino que ha venido: «Si yo expulso a los demonios con el Espíritu [Lc 11, 20: dedo] de Dios, el Reino de Dios ha llegado a vosotros». Jesús no expone aquí una teoría, sino que hace Reino; no dice lo que puede pasar, hace que pase, que acontezca, que se manifieste, haciendo que Dios mismo esté presente y actuando entre los hombres.
Esto es el Reino: Que un loco/poseso, que antes era servidor/legionario de un imperio de muerte, pueda convertirse simplemente en ser humano, en libertad, en diálogo con los demás. Así han empezado las grandes mutaciones de la historia cósmica (el nacimiento de la vida, el despuntar de la conciencia…). Así comienza la nueva y definitiva mutación de la humanidad, que es Mutación de Reino. Éstas son sus notas principales.
1. Jesús abre ante los endemoniados un espacio donde puedan acoger y compartir la Palabra, que les hace ser y entenderse, en apertura al Reino (frente al Diablo que es “ladrón” de la Palabra: cf. Mc 4, 15). De esa forma expresa su experiencia de comunión en contra de una lógica de miedo y exclusión (personal, psicológica y social), propia del Diablo, que se expresa como locura .
2. Jesús pone a los hombres en manos de sí mismos, de forma que algunos pueden convertirse en diablos de los otos. Diablo es aquello/aquel que “posee”, invade y utiliza al hombre. Dios, en cambio, es Aquel que le hace capaz de escuchar la Palabra, es decir, de escucharse a sí mismo y de comunicarse con los otros, aceptando el don y camino de la vida. Sus exorcismos son por tanto una terapia de personalización, para que los hombres puedan nacer de Dios, que es el principio de la Vida, es decir, comunicarse entre sí .
–- El principio de los exorcismos es la misma vida de Jesús, que actúa como mensajero de Dios/amor, principio de libertad y responsabilidad expansiva, gratuita, creadora. En el centro de su vida y mensaje está su experiencia activa y creadora, como amor de hombre. Por eso, el milagro de Jesús es su amor: la capacidad de centrar y trazar su camino en un gesto de entrega a los demás, gratuitamente, como Dios, dentro de un mundo donde todo parece imponerse por la fuerza.
Pero Jesús quiere curar a todos, en Gerasa y Cauta. En esa línea, los exorcismos son una terapia gozosa, como lo indica la expresión jubilosa de Jesús. Los setenta discípulos (a quienes él había enviado para realizar la obra del Reino según Lucas) volvieron con gozo, diciendo: «Señor, ¡aun los demonios se nos sujetan en tu nombre! Él les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10, 17-18). El “nombre” de Jesús se expresa en la “sujeción” de lo demonios, es decir, en el hecho de que “la misma sujeción queda sujeta” (es decir, dominada: hypotassetai).
Los discípulos de Jesús descubren un poder más alto. Ellos, unos simples hombres (sin poderes imperiales o sacerdotales) pueden iniciar e inician un camino dominio sobre lo diabólico. Jesús responde revelando, en ese fondo, su experiencia más profunda, paralela a la que vimos al tratar al tratar de su “vocación” tras el bautismo (Mc 1, 10-11). El cielo se abre nuevamente y ve cómo Satanás, que parecía estar sobre la altura, al lado de Dios (como consejero suyo; cf. Job 1), cae sobre el mundo, rechazado y condenado, Diablo que ha perdido el trono (cf. Ap 12, 1-5).
NOTAS
[1] Los dos pasajes que estudio en las páginas siguientes están tomados de Marcos. Comentarios básicos sobre Mc: M. J. Lagrange, Évangile selon Saint Marc, EB, Paris 1929; J. Gnilka, El evangelio según san Marcos I-II, BEB 55-56, Sígueme, Salamanca 1986-1987; J. Mateos y F. Camacho, El Evangelio de Marcos. Análisis lingüístico y comentario exegético, I-III, Almendro, Córdoba 2000; J. M. González Ruiz, Evangelio según Marcos, Verbo Divino, Estella 1988; V. Taylor, Evangelio según san Marcos, Cristiandad, Madrid 1979; J. Schmid, El evangelio según san Marcos, CR, Herder, Barcelona 1966; R. Schnackenburg, El evangelio según san Marcos I-II, NTM, Herder, Barcelona 1969. Otros estudios sobre Mc, significativos para nuestro tema: F. Belo, Lectura materialista del evangelio de Marcos, Verbo Divino, Estella 1975; D. Kingsbury, Conflicto en Marcos. Jesús, autoridades, discípulos, El Almendro, Córdoba 1991; X. Pikaza, Pan, casa, palabra. La Iglesia en Marcos, BEB 94, Sígueme, Salamanca 1998; A. Maggi, Jesús y Belcebú, Satán y demonios en el Evangelio de Marcos, Desclée de Brouwer, Bilbao 2000; D. Juel, Messiah and Temple: The Trial of Jesus in the Gospel of Mark, Scholars P., MissoulaMO 1977; K. Tagawa, Miracles et Evangile. La pensée personnelle de l'évangeliste Marc (EHPhR 62), Paris 1966.
[2] Cf. R. Girard, La ruta antigua de los hombres perversos, Anagrama, Barcelona 1995. Fino análisis del tema del geraseno en el mismo R. Girard, El chivo emisario, Anagrama, Barcelona 1986
[3] Muchos seguirán pensando que al loco hay que atarlo, al asocial expulsarlo, al delincuente encerrarlo. Ciertamente, hoy no existe lugar suficiente para los “gerasenos” en las montañas sepulcrales del entorno del imperio. Además, estos locos-criminales resulta peligrosos. Por eso muchos prefieren construir para ellos hospitales apropiados y cárceles de máxima seguridad, que los encarcelados terminan siempre rompiendo como el geraseno, pues la violencia necesita violencia para mantenerse y si todos los locos estuvieran seguros en la cárcel la sociedad no sabría ya contra quien luchar, para justificarse a sí misma. Este encadenado-loco es el último eslabón y el signo más sangrante de la cultura de muerte del imperio. La racionalidad social de la gran ciudad sólo triunfa (y se justifica) expulsando a los que son como este, pero sin aniquilarlos ni curarlos. Sin nuevos gerasenos que expulsar, el imperio perdería su sentido, sin nuevos delincuentes y/o terroristas que encerrar la buena sociedad no sabría justificar su violencia. Jesús, en cambio, penetra con sus discípulos en ese territorio de "locos" (encarcelados en sepulcros), donde sólo habitan los porqueros y sus cerdos (que son signo de impureza suma para los judíos) y lo hace en gesto de diálogo y liberación, no de conquista. No necesita legiones, ni cárceles, ni grillos, ni cepos. Trae su palabra y con ella, preguntando y dialogando, cura al endemoniado, al que habían querido domar con cadenas, sin lograrlo. No necesita gestos externamente confesionales (un tipo de credo judío o cristiano), no le impone dogmas o leyes sacrales, sino que le ofrece algo más hondo: un camino de humanidad solidaria.
[4] Estos magistrados gerasenos que expulsan a Jesús representan los sistemas sociales que no quieren dialogar para resolver sus problemas. Entre las cadenas del geraseno poseído por el espíritu-legión de la ciudad y la expulsión de Jesús hay una conexión íntima. Frente a todos los racionalismos de violencia de la antigua Gerasa y de la nueva cultura occidental, que necesita expulsar a sus "locos" (asociales y distintos), se alza Jesús, ofreciendo un camino de solidaridad y curación. Por eso, este pasaje es profundamente misionero y eclesial, como indican sus últimos versos. El curado quiere seguir a Jesús, para hallarse seguro. Pero Jesús le envía de nuevo a su patria, como testigo de la nueva libertad que ha recibido (cf. Mc 5, 18-20). En esa línea, podemos y debemos confesar que los encarcelados (los pobres) nos evangelizan; no somos nosotros los que debemos liberarles, sino ellos los que pueden liberarnos a nosotros.