No quiero la paz de los vencedores, sino el perdón de los vencidos
La paz de los vencedores suele ser una nueva forma de guerra
El sistema de poder político/económico no conoce perdón (en el sentido cristiano), sino indulto o amnistía, para provecho propio.
Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de perdón que tendía a estar controlado por sacerdotes y políticos, al servicio del sistema. Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas,
Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor, desde una perspectiva actual
- Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano). En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en nombre de esos ofendidos unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.
- Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista. Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a.C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse. No todos los implicados suelen estar de acuerdo con esas amnistías, ni en el plano legal, ni en el personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta lo bastantes sólido como para permitir excepciones en el cumplimiento de la Ley, en circunstancias de fuerte cambio político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social. Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal[1].
- Puede haber también un perdón sagrado, ontrolado por los sacerdotes del templo, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores (=superiores), al servicio de su sistema de poder; es un perdón de templos y de grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue formando parte del aparato servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha ofrecido, en nombre de los ofendidos y con ellos un perdón gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo en Dios y por Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.
El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los imperios) estaba al servicio de los poderosos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del templo. No es que él perdone desde arriba, por excepción, sin necesidad de templo y sacrificios, a los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada de Israel y del imperio, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley. Los únicos que pueden perdonar son los ofendidos y/o robados, es decir, las víctimas, como Jesús.
Perdón de Jesús. La paz de los vencidos
Se sitúa en la línea de los profetas de Israel, que identificaban la justicia con la liberación de los oprimidos. Como he puesto de relieve en cap 4-5 (cf. Lc 4, 18-19, con citas de Isaías), Jesús ha radicalizado y universalizado esa experiencia del perdón, desde los pobres y oprimidos, ofreciéndolo en nombre de Dios y pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, ellos mismos, desde abajo (y no por obra ni al servicio del templo o del sistema político).
Este e perdón de los pobres y excluidos de la sociedad, que responden con amor no-violento a la violencia del sistema, es el punto de partida de la paz mesiánica, es un perdón que va más allá del talión, que no está al servicio del poder, que no es de tipo sacrificial ni penal, sino que implica una ruptura creadora, una liberación, una áfesis (a quienes perdonéis…), no una krátesis (a quienes retengáis), como proclamó Jesús resucitado en Jn 20, 23).
El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba, es decir desde la espada, como una forma de dominio (Rom 13, 1-7). En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón gratuito, sin imposición social, sin dominio económico, sin ventajas propias de los poderosos, superando una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. En esa línea podemos y debemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es principio de perdón, fundamento de paz, conforme al argumento central de la carta a los Romanos[2].
-Sólo el perdón rompe la espiral de venganza del talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente). Sólo el perdón libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre en su violencia, conforme a un karma siempre repetido de deseo y opresión. Sólo el perdón rompe el encierro de la pura Ley y nos conduce a un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia de un pasado y presente de opresión, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.
- Perdón gratuito, no expiación. Expiar es pagar por la culpa, de manera que quien ha quebrantado la Ley tiene que recibir su merecido y penar (ser castigado), conforme al sistema de deudas que Jesús ya superado en el padre-nuestro (perdona nuestras deudas, como nosotros personamos…). Sin, duda, es conveniente un tipo de reparación para mantener el orden del sistema, como saben las religiones sacrificiales y los sistemas políticos en los que domina una Ley punitiva de castigo “reparador”, no un proycto de perdón creador). Pero el Dios de Jesús no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que él mismo “expía” (si es que puede aplicarse esa palabra) por los pecados de los hombres a quienes ama por gracia de un modo infinito, como Jesús, que ha perdonado a los pecadores, sentándose a su mesa y dialogando con ellos, a fin de que puedan retomar la vida de un modo más alto, en perdón de gratuidad (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1).
- Perdón, antes de conversión. Sacerdotes y políticos perdonaban a los convertidos, que expiaban por su culpa y retomaban el camino de una ley, que no es paz liberada y liberadora (justificación por gracia), sino imposición de poder. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores reparar su falta,, los culpables arrepentirse. La misma Ley que condenaba al pecador le ofrecía un camino de perdón, si se convertía y volvía al orden, pero un perdón de ley (dentro de la ley), no una justificación por gracia. Jesús, en cambio, ha empezando perdonando, de un modo gratuito, y sólo después (por gracia de perdón) ha perdido a los perdonados que perdonen, justificando así la vida. De esa forma ha invertido el camino de la Ley: no exige arrepentimiento y expiación para perdonar, sino que empieza perdonando y confiando que el mismo perdón seguirá guiando a los perdonados por el camino de la paz (Lc 1, 79)
- El perdón y la paz tiene tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de ley de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que es signo y consecuencia de la mayor de todas las autoridades, la autoridad de creación y justificación de vida. Ellos, los oprimidos y ofendidos que perdonan, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, creadores de una iglesia o comunión de amor, que no es dominio de unos sobre otros, ni revancha de los sometidos, sino gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los precisamente ellos, los pobres, ofendidos y marginados, los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando un camino de paz, que se expresa en forma de comunidad de de hermanos y amigos.
El Evangelio, testimonio y camino de perdón. Esos testimonios y textos están en el centro del Sermón de la Montaña y se vinculan con otras dos palabras esenciales de los evangelios (no juzgar, amar a los enemigos). Sólo se puede perdonar allí donde, superando la Ley del talión (juicio legal), hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, superando la esclavitud del pasado y abriendo un futuro de vida para los mismos enemigos, por encima de la ley (sin negar su valor en un plano de imperio, no de reino de Dios.
Jesús no ha trazado un programa político-religioso, para sacerdotes de templo como el de Jerusalén y gobernantes de imperio, sino un camino de no-violencia creadora, a partir de las víctimas, trazando un proceso de trasformación humana, que puede influir en las mismas instituciones sociales y sacrales de la sociedad establecida, para que la ley y profecía, su vuelva gracia de Reino (Rom 3, 31: μαρτυρουμένη ὑπὸ τοῦ νόμου καὶ τῶν προφητῶν, La justicia ha sido testimoniada bajo la ley y los profetas, es decir,, por la ley y los profetas, pero cumplida en Jesucristo)-
1. Principio. Perdón quiero, no pura justicia: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel. Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada.
Al decir expresamente ¡no-juzguéis!, Jesús no ha pensado en unos casos particulares, ni ha impuesto unas condiciones que el perdón pueda aplicarse, sino que ofrecido/abierto un camino ilimitado de vida en paz (cf. Lc 1, 79), que sólo puede recorrerse en amor, un proceso de no-violencia para voluntarios, no un ordenamiento obligatorio para sometidos.
Esta palabra de perdón aparece en el evangelio como revelación, una mutación antropológica radical. No puede probarse, pero se pueden probar sus consecuencias, pues allí donde los hombres no perdonan ellos mismos terminan cayendo bajo el poder del juicio («con el juicio con que juzguéis seréis juzgados»). El juicio se sitúa y nos sitúa ante el talión (ojo por ojo…) y así nos deja en manos de la Ley de la espada (quien a hierro mata a hierro muere: Mt 26, 52), como sabe Pablo (Rom 13, 4). Pues bien, por encima del juicio está el Dios de la gracia, que no defiende la vida con espada, sino que la crea en amor y perdón y así quiere que nosotros perdonemos (cf. Rom 13, 10).
2. Sentido. El perdón es la primera oración. En el centro de la plegaria de Jesús se encuentra esta palabra: “Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12; Lc 11, 4). Los orantes piden a Dios que les perdone, y se comprometen a perdonar, no sólo entre sí (unos a otros), sino incluso, y de un modo especial, a los deudores que están fuera de su comunidad. Como hemos dicho, los que aquí se comprometen a perdonar no son los ricos y fuertes (gobernadores, sacerdotes, terratenientes), sino los pobres enviados de Jesús (campesinos desposeídos) a quienes los ricos (gobernadores, terratenientes, comerciantes) habían “robado” sus tierras, en el torbellino de cambios producidos en Palestina a comienzos del siglo I d. C. Jesús pide a los pobres que perdonen a sus opresores ricos; no sólo las ofensas, sino las deudas, que no les hagan guerra, que no detengan una violencia con otra. Él se dirige de un modo especial a los campesinos que han perdido sus tierras y a los mendigos a quienes el orden social ha privado de todo, diciéndoles que sean ellos los que perdonan, no sólo las ofensas, sino también las deudas, como ha destacado Mateo en su versión del padrenuestro[3] y como sigue diciendo Marcos: “Cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno; para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (11, 26-27)
Ésta es la religión de Jesús, éste su culto. No hay otro mandamiento ni otro rito, sino el amor mutuo expresado en el pan compartido y el perdón, a partir de los pobres (ofendidos, víctimas), a quienes él pide que empiecen perdonando, no en nombre del Estado o de otro poder superior, sino del mismo Dios que se ha hecho (que se ha encarnado en las víctimas). Estrictamente hablando, mientras conservan sus bienes por encima de los otros, los ricos no pueden perdonar, pues son ellos los que han hecho daño; por eso, tienen que empezar pidiendo perdón y devolviendo lo robado, como supone el relato de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10).
3. Despliegue. Perdón amante. Ese perdón sólo es posible por amor, como gesto creador, desde los ofendidos, como dice Jesús: “Habéis oído que se ha dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo… Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Mt 5, 38; Lc 6, 27-28). El texto supone que vivimos en un mundo dominado por la enemistad y el odio, la maldición y la calumnia (Lc 6, 27-28), un mundo de violencia donde cada uno quiere imponerse sobre los otros a golpe de opresión física (herida en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar). Suele decirse que el mundo es así y en él estamos. Pues bien, sobre ese mundo, por encima de una justicia que se cierra en un círculo de “amigos interesados” (do ut des, doy para que me devuelvas, como hacen los “gentiles”: Mt 5, 46-48), abre Jesús un camino de perdón y gratuidad, que empieza precisamente desde los pobres (ofendidos y víctimas). En el lugar donde ellos perdonan y aman empieza la paz[4].
La justicia legal mantiene lo que existe, suscita un orden militar, social y económico, y lo defiende, si hace falta, con violencia. Por el contrario, la gracia del perdón crea una vida distinta de comunión en amor, por encima de la pura Ley, desde los expulsados de la sociedad (pobres, ofendidos, víctimas). El que perdona no niega la Ley civil (¡dad al César lo que es del César!), pero se sitúa por encima, de manera que ella no puede dominarle, sino que son los hombres y mujeres los que libremente, por amor, se aman a sí mismos y aman a los otros como a sí mismos, de manera que la alteridad (amor a los otros) se vincula con la identidad (se aman a sí mismo).
Los que perdonan no actúan de esa forma por desinterés (¡todo es igual!), sino para instaurar un tipo de interés y compromiso superir, en comuniónde vida, compartiendo así lo que sois, amás y tenéis, unos con otros, viviendo al mismo mismo tiempo, en vosotros mismos y en los otros (amarás a tu próimo como a ti mismo: Lev 19, 18; Mc 1, 31-33). Jesús sabe que la pura Ley no puede convertir/transformar al hombre, haciéndole portador del Reino. Por eso no discute sobre Leyes concretas, como los rabinos y juristas de su tiempo, sino que se sitúa y nos sitúa en un plano de gracia y perdón (que vincula en comunión a todos los hombres, uno con otros, resucitando así, viviendo en sí y en los demás, a lo largo yancho de una vida que nunca termina.
[1] Cf. M. Zapella (ed.), Le origini degli anni giubilari, PIEMME, Casale Mo 1998.
[2] Ese perdón supera el nivel del sistema legal y de la justicia política, pero, una vez “proclamado”, puede y debe introducirse en la misma experiencia política y social. Cf. L. Álvarez Verdes, El imperativo cristiano en san Pablo Monografías, Verbo Divino, Estella 1980; J. M. Díaz Rodelas, Pablo y la ley. La novedad de Rom 7,7-8,4, Verbo Divino, Estella 1994; J E. P. Sanders, Paul, the Law, and the Jewish People, Fortress, Philadelphia 1983; Jesus y el judaísmo, Trotta, Madrid 2004.
[3] Lucas, al traducir la experiencia de Jesús en un espacio de origen pagano, se atreve a introducir respecto a Dios un lenguaje más sacral («perdona nuestros pecados»), pero conservando el lenguaje de las deudas para el perdón interhumano («como nosotros perdonamos a todos los que nos deben algo»: Lc 11, 4). Pero tanto Mateo como Lucas saben que el perdón no es un atributo de los poderosos (¡ellos no pueden perdonar, sólo imponerse!), sino de los pobres-ofendidos, que renuncian desde Dios a exigir lo que les deben y a buscar venganza. Este principio del perdón de las deudas (personales, sociales y económicas) iguala a judíos y gentiles). En esa línea, podríamos decir: todos los que perdonan son del Cristo.
[4] Éste perdón se expresa como amor y generosidad con los «enemigos»; no basta decirles que les quiero, sino que debo mostrarlo, actuando bien con ellos. Es un perdón religioso, que se manifiesta a través de la oración a favor de los enemigos, y es también un perdón económico: hay que amar con el corazón y con la mente y con los bienes económicos. Por encima del orden judicial (¡sin negarlo!), está el perdón de las ofensas, transmitido y regalado por los mismos ofendidos. Así podemos decir que ellos, los rechazados de la sociedad, son sacerdotes de la comunidad de Jesús, que la tradición cristiana ha interpretado como movimiento de perdón (cf. Lc 24, 47; Hech 5, 31).