Estáis oyendo: Amad a vuestros amigos, odiad a vuestros enemigos. Pero yo os digo. Amad a vuestros enemigos….

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     Éste es el centro del cristianismo, al pie de la letra. Todo lo demás son explicaciones mentirosas.

    No hablo de política, la política tiene sus “reglas” de talión y sin talión de espada es posible. Pero el evangelio es “otra cosa”. No digo que pueda cumplirse o no, quizá no puede cumplirse en “este mundo· actual. Pero en su centro está el amor al enemigo.

 Enemigo (de in-amicus) es en principio el no-amigo. La tradición antropología normal divide a los hombres en amigos y enemigos, es decir, entre aquellos a quienes se debe responder con amor y aquellos a quienes no debe responderse con amor, sino con algún tipo de odio o rechazo, conforme al principio del talión, que mantiene la equivalencia entre acción y reacción, aquello que se recibe y aquello que se ofrece.

Pues bien, en contra de ese principio, que estaría representado en un tipo de interpretación legal del judaísmo, se ha elevado Jesús en el Sermón de la Montaña, tal como ha sido recogido por las antítesis de Mateo (Mt 5, 21-48), donde se pasa del no matar al no airarse, del no adulterar al no desear y del no amar al amar al enemigo[1] :

Mateo. Para que seáis hijos de vuestro Padre

Habéis oído que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos

y orad por vuestros perseguidores;

para que seáis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿no hacen lo mismo los publicanos?...

Vosotros, pues, sed perfectos,

como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 43-48).

Suponemos que este texto proviene básicamente de Jesús y guarda conexiones con Lc 6, 27-28.32-36. Es posible que ambos evangelistas (Mt y Lc) beban en una misma fuente escrita (el documento Q), ofreciendo versiones distintas y complementarias de una experiencia fundante de Jesús y de la iglesia primitiva. Aquí  analizamos en el texto clave teológica y social, destacando el sentido de Dios y la novedad del grupo eclesial que se atreve a formularlo como guía de su vida.

1. ¡Habéis oído...! Punto de partida (Mt 5, 43). Todo grupo particular presupone o suscita diferencias: trata de una forma a los de dentro (amor) y de otra a los de fuera (odio o, por lo menos, prevención). Esta es la ley que brota del talión: ¡ojo por ojo y diente por diente! (5, 38). Es la tesis natural que sigue guiando la vida de los pueblos. Bastará con formularla en esquema.

(1) Se ha dicho. Jesús se dirige a los judíos, especializados en la escucha de una palabra que viene de Dios. El verbo (errethê) es pasivo divino, de manera que parece que ha sido el mismo Dios quien ha proclamado en otro tiempo la palabra (como pensaba un tipo de Judaísmo). Pero Jesús no lo destaca de una forma expresa. Más aún, pudiendo utilizar una fórmula que cite directamente la Escritura (como en Mt 1, 22-23; 2, 5-6. 17-18 etc.) no lo hace. Por eso, este se ha dicho pudiera aludir a una sentencia de maestros judíos que Jesús combate y no a a una palabra de la Escritura.

(2) Amarás a tu prójimo. Esta palabra es una cita de Lev 19, 18, texto asumido por Mc 12, 31 y Mt 22, 39 al tratar del mandato fundamental. Jesús la acepta como tal, no la discute. El problema estará cuando se quiera aplicar, definiendo la extensión de ese prójimo; saber si ha de entenderse de manera universal o exclusivista.

(3) Y odiarás a tu enemigo. Está palabra constituye una ampliación de la cita, pues no se encuentra (tal como aquí aparece) en ninguno de los textos del Antiguo Testamento. Quizá es una ampliación retórica: Jesús toma la frase anterior (amar al prójimo) en sentido particularista, como hacen muchos judíos de su tiempo y se limita a sacar las consecuencias que de ella derivan. También puede tratarse de una interpretación sesgada del Antiguo Testamento: hay lugares donde supone que el judío debe separarse del gentil. Finalmente, puede aludir a la Regla de Qumrán (cf 1Qs 1, 10; 9, 21ss; 10, 17 etc) donde se exige amar a los hijos de Dios y odiar los hijos de las tinieblas. De esa manera, Jesús ha recordado una interpretación posible de la ley israelita: el amor al propio grupo puede (y en algún sentido debe) traducirse como rechazo de los otros grupos.

Parece que el ser humano opera por antítesis de forma que sólo puede defender lo propio en la medida en que combate a los contrarios. En esta línea suele actuar normalmente la ley, expresándose en forma de talión y sancionando así un tipo de maniqueísmo la misma ley pide que opongamos el bien y mal (cf Gen 2-3), de manera que podamos proteger a unos (los buenos, los nuestros) y combatir a los otros (los malos, los de fuera). Pues bien, Jesús ha venido a superar esa disociación, volviendo a la bondad universal de Gen 1, donde se dice varias veces que Dios vio todas las cosas y eran buenas.

2. Pero yo os digo: revelación mesiánica (Mt 5, 44). Frente al impersonal habéis oído, frase que pareciendo venir de Dios, procede en realidad de la lucha interhumana, ratificada por un tipo de ley, eleva Jesús su más clara palabra personal: pero yo os digo. De esa manera se presenta como testigo auténtico de Dios. Parecía que la vida de los hombres se encontraba definida de antemano y cada uno tenía que amoldarse al lugar donde se hallaba (siendo amigo de los amigos, enemigo de los enemigos). Pues bien, la palabra de Jesús rompe ese esquema, supera la fatalidad de la ley de contrarios y sitúa al hombre ante la posibilidad de una respuesta unitaria de amor, por encima del juicio (Mt 7, 1-6).

(1) Juzgar significa discernir y dividir, dando a cada uno su lugar en el conjunto, siguiendo el talión o correspondencia entre acción y reacción. Así, según ley, hay que “juzgar”, amando a unos, condenando a otros. (

2) No juzgar supone en cambio situarse en un nivel superior de gratuidad; no se trata de dejar que las cosas sucedan de modo fatalista, sin influir en ellas; tampoco es poner la vida social en manos de la pura violencia de los prepotentes. Todo lo contrario. No juzgar significa superar con amor la violencia de aquellos que no aman. De esa manera, cuando dice que “no juzguemos” y que “amemos a los enemigos”, Jesús rompe así la simetría de la ley y quiebra el mimetismo que consiste en depender de algo exterior: de aquello que nos hacen.

Para amar a todos, hay que asumir las riendas de la vida, no en plano de capricho o egoísmo (buscar nuestro provecho, pase lo que pase), sino en gesto de creatividad, ofreciendo amor gratuito precisamente a aquellos que no pueden reportarnos beneficio.

(1) Amad a vuestros enemigos. Enemigos son aquellos que están fuera de nuestro círculo y se pueden aprovechar de nosotros. El amor que les debemos ofrecer no es respuesta al amor que recibimos (o esperamos recibir) sino don creador de gracia: deseo de que vivan, se desplieguen, triunfen.

(2) Orad por vuestros perseguidores. Son perseguidores aquellos que nos amenazan en concreto y nos hacen daño, los que impiden que vivamos en libertad, los que ponen en riesgo nuestra vida. Orar por ellos significa pedir a Dios que les bendiga, sosteniendo su camino. Esta doble palabra rompe la lógica del talión. Humanamente hablando, es normal que pidamos que el bien triunfe del mal; que se desplieguen y venzan los buenos sobre el mundo. Pues bien, aquí se nos pide precisamente lo anormal (supra-normal): pedimos a Dios que triunfen los adversarios. Cesa la lógica ordinaria, se abandona el nivel de la ley (¡a cada uno según sus méritos!) y se introduce sobre el mundo una nueva lógica de gratuidad, abierta precisamente hacia aquellos que parecían ser contrarios.

(3)Para que seáis hijos de vuestro Padre: el Dios de la gratuidad (5, 45). Este mandato de amor a los enemigos no puede probarse, porque toda prueba cae dentro del talión. No se prueba pero puede razonarse en clave de revelación: quien obre en gratuidad sabrá que todo es gracia y entenderá a Dios, como un hijo que comprende por connaturalizad al padre.

No estamos ante una demostración racional, en la línea de las vías cósmicas (Aristóteles), racionales (Descartes) o morales (Kant), sino ante una verdadera revelación del Dios de la gracia. En el principio de esa palabra de amor al enemigo se halla Dios: sólo quien sabe que hay Dios y que Dios es gracia (que ama gratuitamente a todos) puede amar también, por encima de la ley.

(1) Para que seáis hijos... Hijo es el que expresa lo que ya estaba en el Padre. Serán hijos de Dios los que imiten su gesto creador, respondiendo en gratuidad (amor) a los que estaban inmersos en odio.

(2) Del Dios que hace salir su sol para buenos/malos, que hace llover para justos/injustos. Estas palabras de tipo sapiencial superan toda sabiduría dualista: Dios se ocupa de todos, amando de manera creadora a justos y a pecadores, superando de esa forma el pretendido reparto moralista, que tiende a separar a unos y otros.

Estas palabras nos sitúan en el centro de una problemática moral que ha preocupado a los hombres desde antiguo: ¿Por qué sufren los buenos? ¿Qué importa la justicia, si Dios trata por igual buenos y malos, a justos e injustos? Estamos ante un problema que tiene tres posibles soluciones. (1) Fatalismo. Si llueve lo mismo sobre justos e injustos, si el sol alumbra por igual sobre buenos y malos... no merece la pena hacerse justo; nada cambia orando, nada mejora cambiando de conducta. Sobre un mundo de fatalidad vivimos; Dios es simplemente un nombre del destino. Todo da lo mismo. (2) Solución escatológica. La dieron los apocalípticos antiguos, lo mismo que Kant, desde la filosofía, en tiempos más recientes: en ese mundo no hay respuesta, pero la habrá al final, es decir, tras la muerte, cuando Dios premie a los buenos y castigue a los malos. (3) Respuesta mesiánica. Jesús no es fatalista, ni espera una respuesta para el fin de los tiempos, sino que es un profeta mesiánico del amor de Dios, un profeta de la nueva creación, que está empezando precisamente ahora.

Jesús, profeta mesiánico, sabe que el mundo actual es valioso, porque está lleno de la gracia de Dios. Sólo puede hablar de Dios (y obrar en actitud de gracia) aquel que interpreta la realidad como experiencia de gracia: sol y lluvia son regalos que al mismo tiempo Dios ofrece, sin regateos ni equilibrios partidistas, para unos y otros. Democrático es el sol, democrática la lluvia: viene como don y nadie puede apoderarse de ellos; carecen de dueño, no tienen color racial, moral o intelectual. En ese contexto, Jesús sabe que la vida humana es un don de amor. En el principio (Gén 1) está la gracia, el descubrimiento de la vida como fuente de amor, abundancia de vida que se ofrece por igual a todos los humanos. Malo es el deseo de apoderarse de algo (hacerlo mío) en contra de los otros. Buena es en cambio la vida que se ofrece a todos, como el sol y como el agua. Sólo sobre un mundo entendido como don puede hablarse de Dios como Padre, superando de raíz el exclusivismo judío y haciendo que todos se vuelven hermanos.

Cuando se plantean las cosas de esa forma desaparecen los signos particulares y exclusivistas de un pueblo como Israel. No se puede hablar de un Dios nacional, como si los judíos tuvieran derechos especiales; no hay un Dios exclusivo para los justos y buenos, como sí su gracia dependiera de la forma en que los hombres cumplen su ley. Dios es divino por sí mismo, en gesto paternal de amor, un Dios que abre su amor a buenos/malos, justos/injustos, superando así toda ley particular. Partiendo de ese Dios, podemos seguir dos caminos. (1) Podemos volver a la barbarie. Si no vale ya la ley ¿qué queda? ¿cómo podemos comportarnos? De esa forma han preguntado muchos temiendo que retorne la violencia. (2) Pero podemos trascender la ley en gesto de amor. No se trata de negarla (en su plano sigue teniendo valor) sino de potenciar el surgimiento de una experiencia fuerte de vida en gratuidad universal.

Mundo sin Dios: “paganos y publicanos” (cf. Mt 5, 46-47). Jesús confirma lo anterior con unas preguntas de tipo retórico sobre la ley fundamental de las sociedades egoístas (de publicanos y paganos), que, sin necesidad de evangelio, cumplen el mandato del amor a los amigos, en plano de equivalencia o talión. (1) Sociedad de publicanos. Defienden su grupo y encuentran en su misma relación la recompensa que buscaban. Es evidente que su amor puede entenderse en clave de negocio económico: al servicio de su interés monetario se ayudan; para triunfar juntos se defienden. (2) Sociedad de paganos. También ellos se saludan, es decir, se respetan entre sí. No viven en clima de puro egoísmo individual, porque en ese caso no podrían subsistir. Unos a otros se vinculan y protegen, creando así un espacio más extenso de egoísmo grupal. (3) Sociedad de judíos legalistas. Se mantiene en un plano semejante, de interés de grupo. Como los publicanos se ayudan, para bien de su economía; como los paganos se saludan, para triunfo de sus estrategias. Así quieren mantener su proyecto nacional y religioso. Por beneficio grupal se defienden; por interés particular se aman.

En contra de eso, ha ofrecido Jesús el ideal de su amor gratuito, siguiendo el gesto de Dios Padre que generosamente ama sin buscar ninguna forma de oculta recompensa. Al llegar aquí, cuando se ha superado el egoísmo y la seguridad de un amor puramente grupal, puede hablarse de una verdadera sanción de la gratuidad. Esta es la paga más alta, que no se busca, que no se exige, pero que emerge luminosa porque hay Dios y Dios nos ama. Esta es recompensa de la gracia, lo que Jesús llama misthos (5, 46). Ni publicanos ni gentiles pueden alcanzar esa recompensa de la gratuidad, ese don del amor. Judíos legalistas (o cristianos legalistas), publicanos y gentiles ya han tenido su paga mundana, pues por ella han trabajado.

Por el contrario, los que aman en gratuidad, los que dan sin exigencia (los han ofrecido oración y gesto bueno a enemigos y adversarios) pueden confiar en la sanción divina: con su misma acción apelan a la recompensa de la gracia. Este es el misthos o don supremo, el perisson (gesto especial) de los que viven el amor gratuitamente: no tienen más recompensa que el amor, es decir, la gracia. Esta es su verdad, esta la prueba de su religión: creen en la gratuidad y la expresan sobre el mundo. De esa forma se ponen en manos del Padre de la gracia: son testigos de un amor que desborda toda ley, representantes de la vida que se vuelve gracia; es aquí donde Dios se manifiesta.

Conclusión: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (5, 48). El texto paralelo de Lc 6, 36 ha pedido que los hombres sean oiktirmones (misericordiosos). Mt 5, 48 ha preferido que sean perfectos (tammim) reelaborando desde Dt 18, 13 las palabras de Lev 19, 2 (sed santos, como yo Yahvé...). que culminan en el gran mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo . Buenas son las tres palabras (sed perfectos, misericordiosos o santos). Clara es la exigencia de misericordia que brota de Dios y se expresa en el amor gratuito (como quiere Lc). Fuerte la experiencia de santidad que exige amar al prójimo, incluido aquí el mismo enemigo (desde Lv 19, 2.18). Definitiva es la gracia de la perfección que nos asemeja al Dios que ama a todos los humanos.

Formulación de Lucas [2]

  Partiendo de la misma tradición de  Mt 5, 43-48, Lucas 6, 27-36 puesto de relieve la eficacia de las bienaventuranzas (cf. Lc 6, 20-25), que se expresan en forma de amor creador, de un amor que nos permite superar una ley entendida como pura equivalencia de justicia legal.

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,

haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan,

rogad por los que os difamen.

Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra;

y al que te quite el manto, no le niegues la túnica.

A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames.

Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.

Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?

Pues también los pecadores aman a los que les aman.

Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis?

¡También los pecadores hacen otro tanto!

Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?

También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente.

Pero vosotros amad a vuestros enemigos; haced el bien,

y prestad sin esperar nada a cambio;

y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo,

porque él es bueno con los ingratos y los perversos.

Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo (Lc 6, 27-36).

El texto supone que estamos en un mundo dominado por enemistad y odio, por maldición y calumnia; en un contexto de violencia donde cada uno quiere imponerse sobre los otros, utilizando para ello la opresión física (herir en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar).   Lucas no tiene que ofrecer explicacioness: ¡El mundo es así y en él estamos! Sobre ese mundo debemos expresar el evangelio como signo y presencia de la paternidad amorosa y creadora de Dios que desborda el nivel de justicia del sistema, que suele mantenerse en un plano de equivalencia: amar a los que nos aman, favorecer a quienes nos favorecen. Esa justicia suscita un círculo de amigos interesados, vinculados por la ley del egoísmo compartido; los que no nos sirven quedan fuera del círculo de egoísmo compartido y se vuelven objeto de no-amor o de rechazo. La ley de este mundo justifica así el pecado: sanciona el egoísmo de grupo, en clave de equivalencia comercial (do ut des) y expulsa fuera a quienes la quebrantan.

El principio del texto (revelación del amor) ofrece cuatro ejemplos de inversión o ruptura de ese esquema comercial: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que maldicen, orar a favor de los que calumnian. Pero después (en la reflexión) se omiten los dos últimos casos (bendecir y orar), poniendo en su lugar un ejemplo de tipo comercial: prestar sin exigir que nos devuelvan. Mirando el texto en su conjunto podemos condensar el tema enemigo en tres niveles.

(a) Nivel básico de amor y generosidad activa en relación con los «enemigos», superando así los esquemas de retribución (de mérito y provecho egoísta). No basta la cordialidad o amor interior; es necesario que el amor se exprese en el gesto de la ayuda dirigida hacia los otros. No basta con decir que quiero a los demás, debo mostrarlo haciéndoles el bien gratuitamente.

(b) Nnivel religioso, que se expresa orando por los enemigos y bendiciéndoles, bendigamos, en contra de algunas oraciones de la misma Biblia israelita (y de la liturgia cristiana) que han pedido su derrota y destrucción.

(c) Nivel económico (dar, prestar a fondo perdido). No basta amar con el corazón y orar con la mente; hay que ayudar económicamente a los enemigos.

El amor al enemigo (nivel básico) se manifiesta así en la vida concreta, en forma de oración (¡religión!) y economía (comunicación de bienes).Vivimos sobre un mundo definido por la violencia (golpear en la mejilla, robar) y por un tipo de necesidad (vivir dependiendo de otros). Pues bien, para evitar que la espiral de los deseos se convierta en guerra de todos contra todos, el texto nos invita a realizar una renuncia creadora que se expresa en tres gestos. (1) No responder a la violencia con violencia (poner la otra mejilla). (2) No impedir con violencia el robo. (3) Ser generosos con aquellos que nos piden algo, no exigírselo que nos lo devuelvan a la fuerza. Esos gestos implican transparencia económica (no oculto lo que tengo, no lo cierro, ni lo tapo, sin excitar el deseo de posibles ladrones escondidos) y desprendimiento activo (no exijo con violencia mis derechos, ni interpreto mi vida en clave de propiedad). De esa forma, el amor al enemigo se expresa en gestos de gratuidad activa. Esta es la experiencia clave del ágape, que es amor creador, frente a un eros que podría interpretarse en clave de equivalencia entre aquello que se recibe y se da, dentro de un sistema cerrado de ley que vincula a Dios y al hombre.

La ley del talión se expresa en un nivel de equivalencia, dentro de un mundo en el que, conforme a una ley normal de la física, nada se crea, nada se destruye, sino que todo se trasforma. En contra de eso, el amor a los enemigos supera ese nivel de equivalencia y nos vincula con de Dios, que no es ley, sino amor creador.  


[1] Además de comentarios a Mateo  cf. G. Lohfink, El sermón de la montaña, Herder, Barcelona 1988; A. Nygren, Érôs et Agapè. La notion chrétienne de l’amour et ses transformations I-II, Aubier, Paris 1944, 1952 [trad. castellana: Eros y Agape, Sagitario, Barcelona, 1969];J. Piper, 'Love your enemies", SNTS MonSer 38, Cambridge UP 1979; X. Pikaza, Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca 2006; R. Schnackenburg, Mensaje moral del Nuevo Testamento, Herder, Barcelona 1989; W. Schrage, Ética del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1987;  C. Spicq, Teología moral del Nuevo Testamento, I-II, Eunsa, Pamplona 1970/3; Agapé en el Nuevo Testamento, Cares, Madrid 1977; G. Theissen, «La renuncia a la violencia y el amor al enemigo (Mt 5, 38-48 / Lc 6, 27-38) y su trasfondo histórico social», en Estudios de sociología del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1985, 103-147.

[2] Además de trabajos citados en nota anterior, cf. W. D. Davies, El Sermón de la Montaña, Cristiandad, Madrid 1975; J. M. Ford, Mi enemigo es mi huésped: Jesús y la violencia en Lucas, Biblia y Fe, Madrid 1991; J. J. Mateos, El Sermón del Monte, Ega, Bilbao 1993; J. Rius Camps, El éxodo del hombre libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, El Almendro, Córdoba 1991.

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