Mi padre fue un arameo errante. Futuro de emigraciones
En esta situación crispada (3.8.26), tras el “intento” de entrada de 60.000 mil migrantes de África en Europa a través de Ceuta/España, quiero ofrecer una reflexión bíblica de fondo sobre el tema.
Introducción
1. Todos venimos de emigración en parte pacífica, en parte, aunque algunos nos hemos “con más fuerza y violencia que otros en unos territorios que antes habían pertenecido a otros y los hemos tomado como propios, sin más ley que la guerra.
2. Una vez asentados en unas tierras las hemos tomado como propias, dictando unas “escrituras” de propiedad sobre ellas, declarando que nadie más podrá venir a poseerlas.
3. Pero la historia de las migraciones sigue, y esmuy posible que nuevos y más hábiles migrantes se apoderen pronto de unas tierras que ahora nosotros tomamos como propias.
4. En este contexto quiero recodar que la Biblia (libro de inspiración culturl y religiosa para occidente) ha sido un libro de migrante, como indicaré en las reflexiones que siguen. Como dice el evangelio de Tomás somos transeúntes, no propietarios del mundo, y en especial de la tierra de nuestras naciones.
Reflexión de principio. Mi padre fue un arameo errante
Nosotros, los asentados, tenemos a olvidar que nuestros “padres” fueron arameos/hebreos errantes como Jacob y sus hijos, que “bajaron” a Egipto por hambre (Dt 26, 5).Se ha dicho siempre que en caso de necesidad (hambre, peligro de muerte) cesa la propiedad privada, pues la tierra es de todos y todos pueden comer de ella (como supone Gen 2).
Nadie tiene derecho a elevar fronteras contra el hambre. En ese contexto se inscribe la historia de la gran emigración de los hebreos (Jacob y sus hijos) que “bajan” por hambre desde las tierras secas y pobres del entorno de Palestina y se introducen como extranjeros en Egipto, buscando allí el pan que les niega su patria.
En ese contexto es bueno que evoquemos la historia de nuestros orígenes, recordando que los israelitas fueron un pueblo de gentes marginadas, en busca de una tierra donde fuera posible el pan y la libertad, como sigue diciendo el principio de su “credo” (decálogo), donde se presenta su Dios y proclama: “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te he sacado de Egipto” (Ex 20, 2; Dt 5, 6; cf. 1 Rey 12, 28; Jer 2, 6 etc.).En esa línea podemos afirmar que la Biblia es una guía de vida para los emigrantes, esto es, para aquellos que tienen que dejar sus seguridades y pobrezas antiguas, para crear un nuevo orden social en otra tierra, como confiesan los israelitas al presentar sus ofrendas en el templo:
«Mi padre era un arameo errante; bajo a Egipto y residió allí con unos pocos hombres... Pero los egipcios nos maltrataron y humillaron... Gritamos a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz, vio nuestra miseria... y nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido y nos trajo a este lugar...» (Dt 26, 5-10; cf. Jos 24, 2; Sal 136, 78).
El patrono de lo emigrantes no es aquí Abrahán, sino Jacob (Israel), antepasado de aquellos que han buscado una nueva tierra que pudiera alimentarles. Desde ese fondo se entiende la paradoja de la Biblia, tal como aparece reflejada al final del Génesis (Gen 37-50) y al comienzo del Éxodo (Ex 1-13), pasajes que nos permiten entender mejor nuestra historia del siglo XXI.
a. Por un lado está el “capital” de los ricos, representado por Egipto, centro del Imperio, un país que por fertilidad de la naturaleza (el Nilo) y por industria de una clase de gobernantes y administradores ha logrado un nivel de vida confortable, asegurando el futuro de la población de un modo “racional”, a través de una racionalización de la agricultura y de un sistema de seguridad (se han edificado silos para almacenar los alimentos sobrantes y para venderlos a grupos más pobres de personas del entorno). Egipto es quizá el primer ejemplo de un sistema económico eficiente de la tierra.
b. Por otro lado está la necesidad de los pobres, que “bajan” a Egipto para comprar alimento, gastando así sus ahorros (como hacen los primeros hebreos: cf. Gen 42), y para instalarse después allí, primero como “amigos” y más tarde como jornaleros emigrantes, es decir, como hombres y mujeres de segunda categoría (cf. Ex 1-2). El “capital” de Egipto aparece así como un “realidad bifronte”: Por un lado atrae a los hebreos, emigrantes pobres, a quienes seduce con su abundancia; por otro lado les esclaviza, convirtiéndoles en trabajadores sin derechos, condenados a la esclavitud e incluso a la muerte (no pueden multiplicarse, han de ver como mueres sus primogénitos).
c. El futuro está en manos de los pobres, no en mano del capital .Estos pasajes de los libros del Génesis y el Éxodo, con toda la Biblia posterior, saben que los imperios económico/militares, como la torre de Babel (Gen 10) tienen los pies de barro (Dan 2). Parecen eternos y, sin embargo, llevan dentro una contradicción insalvable, que termina destruyéndoles. Los grandes sistemas imperiales (como el neo-capitalismo actual) no se destruyen desde fuera, sino por corrupción y lucha interna, como sucedió con los grandes imperios antiguos (asirio, babilonio, persa, helenista; cf. Dan 7). Frente a los imperios ricos se eleva el hombre, es decir, la humanidad, representada por los emigrantes y los pobres.
La Biblia, libro de la victoria de los migrantes. Primero José
En ese contexto ha contado la Biblia una historia ejemplar, hecha de ironía bondadosa, una de las primeras “novelas” de la historia de la literatura (Gen 37-50). José, un hebreo pobre y soñador (inteligente) fue vendido por sus hermanos envidiosos, que le entregaron así como esclavo en manos de unos traficantes de personas, que le vendieron en Egipto, donde Dios le ayudó y pudo convertirseen Virrey, artífice de la riqueza del imperio.
Esa historia supone que en sí mismo el “sistema” (Egipto) no es malo: Es bueno producir bien y almacenar (crea capital, un banco de alimentos) para “saciar el hambre” de la población e iniciar un comercio que podría ser justo (humano).Pero el texto es realista y supone que, a pesar de que José era bueno y a pesar de que acogió a sus hermanos (que le habían vendido) no pudo impedir que los egipcios acabaran oprimiendo a los emigrantes hebreos.
Moisés y el Éxodo. Liberación de los emigrantes oprimidos
El Imperio económico-social de Egipto lo había creado José, un buen hebreo pobre (vendido como esclavo), con las mejores interiores: Dar de comer a todos los egipcios y acoger a los emigrantes (los hebreos hambrientos del entorno y de todo el mundo). En esa línea, la lógica del dinero y del poder sería capaz de solucionar todos los problemas de la humanidad, como asegura un tipo de neo-capitalismo actual que, unido al Imperio militar, afirma que no existe más alternativa.
Pero la Biblia sabe que esa lógica no ha funcionado y no funciona, a pesar de los buenos intentos de José, el hebreo “capitalista” y Jefe de Estado. El sistema no tiene “memoria” de los pobres, como afirma el libro del Éxodo, de un modo lógico y sorprendente (cf. Ex 1, 9-10), iniciando un relato ejemplar que ha marcado (y sigue marcando) la historia de la humanidad. El Gran Imperio/Capital (Egipto, países ricos de Europa) logra elevarse y crear una sensación de seguridad invencible, pero lo hace a costa de dos opresiones, que están vinculadas:
‒ Opresión interna. Los bienes del Imperio no se extienden a todos los estratos de la población, sino sólo a los grupos de los privilegiados. Mientras éstos disfrutan y quieren asegurar su supremacía, los pobres (en especial los emigrantes internos) deben realizar los trabajos sucios (construir graneros y almacenes militares para los ricos), como muestra con sorprendente claridad Ex 1. El Gran Imperio se eleva sobre los pies de barro de las poblaciones sometidas.
‒ Injusticia externa. El gran faraón del Imperio siente miedo de los oprimidos de dentro, que pueden unirse a los excluidos de fuera, que sienten “envidia” de la Gran Riqueza de Egipto y se disponen combatir contra ella (cf. Ex 1, 10). La Biblia evoca así al “fantasma” de la posible coalición de todos los pobres del mundo, que ha sido retomada por los “sueños” de liberación de muchos grupos de oprimidos.
En este contexto se sitúa el relato de la liberación de los hebreos de Egipto (Ex 1-15), que empieza evocando la miseria de las poblaciones sometidas al sistema económico y militar del Imperio, que les ofrece un tipo seguridad, pero imponiéndoles su norma e impidiéndoles que puedan desarrollarse en libertad. En aquel contexto, la Biblia supone que no se puede derrotar militarmente al Imperio, ni cambiarlo por dentro, tomando el poder y el dinero (como había hecho José), pues el poder/capital, una vez tomado, sigue sus propias directrices y corrompe a quienes lo ejercen y destruye a quienes lo sufren.
Desde ese fondo, recreando sus tradiciones antiguas, los judíos, herederos de los hebreos antiguos, han elaborado uno de los proyectos más fascinantes de liberación humana, centrado en la experiencia y proyecto (tarea) de crear un tipo de humanidad distinta (de pueblo)fuera del Imperio. No se trata pues de derrotarle en un plano militar, sino de crear una “humanidad distinta”, dejando que el Imperio se destruya a sí mismo, en manos de sus propias contradicciones .Éstos son los primeros elementos del relato:
Esclavitud-opresión y hambre,, el punto de partida.
Mirando al principio de su historia, los israelitas se descubren “hebreos” liberados, que han logrado salir del sistema imperial (Egipto) que les mantenía dominados. La investigación crítica de la Biblia nos dice que los hebreos habían sufrido varios tipos de opresiones: Habían sido campesinos explotados bajo las ciudades cananeas, mercenarios sin derechos, al servicio del poder, pastores trashumantes, mendigos en el borde de la tierra cultivada... Estos y otros grupos de personas marginadas, formaban los «hapiru», siempre amenazados bajo el yugo de Egipto o de los pequeños reinos cananeos. Sufrieron esclavitudes distintas, pero estaban vinculados por una misma experiencia de opresión, que la memoria israelita ha condensado en Egipto, donde vivían explotados, como cargadores y obreros sin apenas salario, para la construcción de las ciudades-granero de Pitón y de Ramsés, en el extremo amenazado del Imperio (Ex 1, 11-14).
2. Dios, poder de libertad. Conforme a un tipo de “realismomiedoso” que sigue imperando en nuestro tiempo, las circunstancias mandan, de manera que los “esclavos” nunca pueden alcanzar su libertad: no tienen poder para lograrla, porque los poderes pertenecen a los dueños del sistema (del dinero y de lasarmas, con la tecnología dominante). Sin embargo, la Biblia sabe que los oprimidos tienen un “capital” mucho más grande: El grito de dolor que se abre al cielo y la conciencia de su propia dignidad como personas: «Los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios... que escuchó sus quejas y se acordó del pacto hecho con Abrahán…» (Ex 2, 24-25).
La humanidad es mucho más que un sistema económico-militar. Los oprimidos (los pobres) tienen un valor o capital mucho más alto, que la Biblia identifica con Dios, a quien no entiende en un sentido religioso “espiritualista”, como a veces se ha hecho (un refugio interior en la lucha), sino como principio creador de libertad. Dios se identifica así con el “capital humano” de la libertad. También los egipcios “creen” en dios,pero su dios es un ídolo, justificación del sistema, un capital de muerte, que se expresa en las inmensas pirámides que expresan el culto a la muerte. Pues bien, en contra de eso, los hebreos se sienten portadores de la promesa de un Dios libertad, que les “empodera” (les da poder para alcanzarla).
En este contexto se sitúa la historia del Éxodo. La Biblia ha empezado hablando del pueblo que sufre y grita a Dios, desde la opresión. Pero, si quiere liberarse de verdad, el pueblo necesita unos líderes o conductores carismáticos, que conozcan la situación yasuman la tarea del conjunto del pueblo, que la animen y dirijan con su propia vida. Normalmente, los líderes son hombres de frontera, vinculados a los oprimidos por familia o recuerdo, pero capaces de enfrentarse con los opresores, conociéndoles por dentro.
Entre ellos, el más grande fue Moisés. La historia le recuerda como «hebreo», esclavo por su nacimiento, pero fue educado como egipcio, en la familia del gran rey o faraón (Ex 2, 1-10). Podría vivir para el “sistema”, aprovecharse de sus ventajas, pero un día «recuerda su origen», “visita” a sus hermanos oprimidos, se identifica con ellos, y así inicia un camino de entrega personal y de liderazgo intenso, que pasa a través de diversas etapas. Su primer intento acaba en un fracaso, y por eso debe realizar una larga “travesía de desierto”, que le lleva al encuentro don Dios y al fortalecimiento de su empeño (cf. Ex 2, 11‒3, 17).
Moisés ha nacido en Egipto, en una tierra donde su familia ha tenido que emigrar para subsistir, pues en Palestina no hay comida. A pesar de su condición de “hebreo” (hijo de emigrantes marginados), ha logrado hacer fortuna, de manera que aparece como “hijo del Faraón”, miembro de la familia imperial. Pero no quiere gozar de los privilegios que le ofrece su fortuna, su puesto imperial, sino que decide liberar a sus hermanos oprimidos. Esa decisión le lleva a enfrentarse con los egipcios, de manera que tiene que esconderse en el desierto, donde le acoge una familia de pastores, de manera que podía haber pasado allí toda su vida, sin preocupación. Pero Dios (la voz de la libertad) salió a su encuentro en el desierto:
«El ángel de Yahvé se le mostró en forma de llama...»; él sintió curiosidad, se acercó y escuchó la palabra: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... He visto la aflicción de mi pueblo de Egipto y he escuchado el grito que le hacen clamar sus opresores, pues conozco sus padecimientos. Y he bajado para liberarlo del poder de Egipto y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que mana leche y miel, el país del cananeo, del heteo...» (Ex 3, 7-8).
Ésta llamada y este encargo de liberación definirá no sólo la vida de Moisés, sino la experiencia más alta de la liberación de los oprimidos. Éste pasaje (Ex 3) y los capítulos que siguen nos ponen en el centro de la Biblia Hebrea, que podemos y debemos entender como carta magn a de la liberación de los emigrantes pobres y de los oprimidos:
El Dios de los emigrantes.
«El ángel de Yahvé se le mostró en forma de llama...». Moisés siente curiosidad, se acerca y escucha la palabra: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham...» (Ex 3, 1-6).Cuando Moisés le pregunta quién eres, él responde: “Soy el que soy” (=Yahvé: Ex 3, 14). Soy el que soy significa soy el que estoy presente con vosotros, como Dios de los hebreos (es decir, de mis emigrantes y oprimidos, de los humillados y desposeídos…), en una línea que culminará para los cristianos en Mt 25, 31-46, donde Jesús, Mesías de Dios se identifica con los hambrientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados.
Moisés inicia y promueve un movimiento de liberación de los emigrantes y esclavos, pero no en línea de alzamiento armado, pues en ese nivel los “faraones” de este mundo tendrán siempre ventaja. Nosotros (año 2016) sabemos que el tiempo de las guerras puramente militares en contra del sistema puede haber terminado ya… No podremos derrotar a los poderes de opresión con armas, sino a través de una trasformación personal y social, como la de Moisés.
‒ Moisés ha sido un liberador y emigrante no-guerrero: no se ha enfrentado con armas al ejército de Egipto, como han hecho y siguen haciendo los imperios de este mundo, desde los persas de Ciro (549 a.C.), los griegos de Alejandro Magno (332 a.C.) o los romanos de Cesar (siglo I. a.C). El éxodo o“guerra” de Moisés, no se situó en un plano militar, pero vino favorecida por el orden de la vida cósmica y social, es decir, por el despliegue de la naturaleza, tal como aparece en el relato de las “plagas” y el paso por el Mar Rojo: los opresores sufren el castigo de la naturaleza que ellos manejan de un modo egoísta y que les destruye; por el contrario, Moisés y los hebreos quisieron descubrir y desarrollar un nuevo tipo de equilibrio cósmico y social, saliendo del Imperio (Egipto) y creando nuevas estructuras de vida en el desierto.
‒ La obra de Moisés, el emigrante, estuvo al servicio de la humanidad. El Faraón representa la violencia del sistema que se diviniza a sí mismo y que al hacerlo se destruye. Moisés, en cambio, representa la confianza del pueblo en los valores del hombre, es decir, de la libertad. Sólo unos pobres emigrantes liberados (que asumen y recorren su camino) pueden crear la nueva humanidad… En esa línea, la libertad implica una decisión por parte de los emigrantes pobres. Perseguidos, prácticamente atrapados por el ejército del Faraón, los exilados deben un paso y arriesgarse. Son ellos los que deben liberarse, sin esperar que les liberen otros, desde fuera: «Di a los israelitas que avancen: tú alza el bastón y extiende la mano sobre el mar y el mar abrirá en dos, de modo que los israelitas puedan atravesarlo a pie enjuto» (Ex 14,16).
Moisés ha sido y sigue siendo iniciador de una "religión de libertad" en la que pueden incluirse estos momentos. (a) El Imperio es poderoso y tiene grandes valores económico/sociales, pero en su condición de Imperio (como el neo-capitalismo actual) termina destruyendo a los pobres de dentro y de fuera. En línea de Imperio no puede haber libertad para todos los hombres. (b) Pero hay un Capital y Poder superior al Imperio, que es el Dios de los pobres, el Dios que escucha su lamento y promueve un camino de liberación universal, que no lleve a la construcción de un nuevo Imperio, sino al surgimiento de una humanidad distinta, abierta a todos, fraterna.
Un día entrarán los emigrantes de Ceuta
He puesto de relieve la “salida” del sistema imperial, dominado por un tipo de poder político/religioso que, en sentido extenso, podría compararse con elneo-capitalismo de la actualidad. Pues bien, esa salida, que se expresa y expande a través de “cuarenta años de peregrinación por el desierto” (de la que se habla en los cuatro últimos libros del Pentateuco: Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) desemboca en un tipo de nueva humanidad que se exprese a través de la “entrada” de la tierra, un tema complejo que la Biblia ha presentado de diversas formas.
La tradición predominante de la Escuela Deuteronomista ha creado un esquema simbólico, de tipo militar: Tras vagar cuarenta años por los desiertos del Sur de Palestina (en la zona del Sinaí), las tribus hebreas, convertidas ya en pueblo de Israel y dirigidas por un caudillo guerrero (Josué), penetraron de manera militar en Palestina. Dios mismo avala esa conquista militar y sigue protegiendo a los jueces y reyes posteriores, empezando por David. Ese esquema “oficial” tiene ciertamente su valor, pero otros datos de la misma Biblia, interpretados desde su trasfondo histórico-literario, nos obligan a matizarla, para interpretar de otra manera el origen de Israel en Palestina, uniendo otros motivos como una invasión pacífica y una revolución interna:
Tres formas de entrada de los emigrantes
1. Invasión pacífica. El pueblo de Israel se fue formando, al menos parcialmente, a partir de grupos de emigrantes que llegaron de manera pacífica y progresiva a Palestina, unos grupos vinculados a diversas tradiciones patriarcales, ligadas a los nombres de Abrahán, Isaac y Jacob, cuyo recuerdo se conservaba en diversos santuarios (Hebrón, Betel, Berseba, etc.) donde se decía que Dios les había prometido tierra y descendencia numerosa. En esa línea, muchos investigadores y exegetas han interpretado el surgimiento de Israel como efecto de una emigración pacífica de nómadas que, llegando del desierto (de las zonas pobres del entorno), ocuparon las zonas montañosas y las más deshabitadas, hasta convertirse en dueños de ella.
Más que choque armado o invasión militar hubo un proceso de sedentarización pacífica. Los emigrantes pobres fueron realizando los trabajos más duros de la tierra. Conservaron su identidad, crearon instituciones de ayuda mutua, mantuvieron un ideal comunitario de propiedad de los bienes y, de esa forma, mientras las ciudades militarizadas de Canaán se fueros destruyendo (a causa de su mismo modelo de vida comercial, militarista, que exigía mucho dinero), los nuevos hebreos terminaron imponiendo (extendiendo) su nueva visión de la vida, en un plano social y religioso, en el siglo XII-XI a.C., y acabaron por controlar toda la tierra palestina, formando así su propio Estado con Saúl, hacia el 1020 a. C.
2. Conquista guerrera. Pero otros siguen defendiendo la visión tradicional, según la cual los guerreros de Israel, concientizados e integrados como grupo militar, habiendo salido de Egipto, tras un tiempo de estancia en el desierto del sur, conquistaron de manera rápida y violenta la tierra palestina. Ésta es la postura que está al fondo del libro de Josué (Js 1-12), y que ha influido en el conjunto de las tradiciones posteriores de la Biblia. Ella presupone que los israelitas se encontraban ya formados como pueblo en el desierto, bajo la inspiración del Dios Yahvé, y que así, como pueblo unido y bien armado, conquistaron el país de las promesas y, matando a sus antiguos habitantes, repartieron a cordel sus tierras (cf. Js 13-22).
Tomada de un modo estricto, esta visión no puede aceptarse: ni existió Israel como pueblo unificado antes de su entrada en Palestina, ni los hebreos conquistaron la tierra en una gran campaña militar. Sin embargo, ella transmite un auténtico recuerdo: Entre los grupos que formaron la unidad israelita había uno especial, dotado de rasgos militares. No eran pacíficos pastores trashumantes, ni sencillos campesinos marginales, sometidos al control de las ciudades cananeas, sino guerreros conscientes de su poder, como aparece enDt 7 y 20, 11-18; Ex 23,20-33; 34, l0s; Jc 2, 1-5). Ellos reflejan una misma gran certeza: La transformación social exige un gran esfuerzo, algo que en aquel contexto sólo podía expresarse en forma militar. La entrada en Palestina se interpreta así a manera de guerra de conquista. Dios mismo combate con sus fieles, enviando su terror y destruyendo (en guerra santa) a los antiguos habitantes de la tierra. No puede haber mundo nuevo sin destrucción del antiguo; eso exige un tipo de guerra, pero una guerra que será distinta de todas las anteriores, con la ayuda del Dios de la paz, una guerra que al fin quiere ser principio de paz, superación de todas las guerras.
3. Revolución popular. Los motivos anteriores tienen su valor. Israel se fue formando a partir de orígenes distintos: Emigrantes que se fueron asentando en zonas montañosas o boscosas, menos habitadas y pequeños grupos militarizados, movidos por la fe en Yahvé, Dios de la guerra, que les había liberado de Egipto. Pues bien, entre el 1300 y el 1100 a.C., ellos se fueron uniendo a otros grupos de marginados de la misma tierra de Canaán, con los que fueron compartiendo una misma experiencia de fondo. De esa manera, los emigrantes, evadidos de Egipto y los trabajadores oprimidos de la tierra de Canaán se sintieron vinculados por una misma opresión y un mismo deseo de libertad y autonomía. Intercambiando experiencias sacrales y buscando un camino compartido de vida, estos grupos fueron descubriendo a Dios como poder de libertad, uniéndose a los nómadas que venían de Oriente y creando así una conciencia de pueblo.
Los nuevos hebreos (evadidos de Egipto, emigrantes de la estepa, proletarios de la tierra de Canaán) rechazaron la estructura feudal de las ciudades cananeas, donde una pequeña cúpula militarizada de comerciantes ricos, dueños del capital, dominaban sobre el resto de la población. Tampoco asumieron sus diferencias sociales y económicas, y así fueron estableciendo y consolidando como tribus, es decir, como una federación autónoma de hombres libres, organizados para la convivencia, vinculados para la defensa, sin un capital superior, sin un ejército profesional. Estos «hebreos» (emigrantes, esclavos liberadores, oprimidos de diverso tipo) se fueron organizando como israelitas, pueblo del Dios de la libertad.
No entronizaron a un rey (no le necesitaban), ni tuvieron una ciudad capital, ni un templo unificado, sino que se iban reuniendo en los diversos santuarios de la tierra, unidos por una misma experiencia religiosa, social y política de libertad compartida. No delegan el poder en manos de una superestructura económica, militar o religiosa (una ciudad central, un gran mercado, un ejército un templo), sino que buscan y ejercen un tipo “democracia popular” de hombres libres, organizándose por tribus, con estructuras de libertad y convivencia que les capacitan para extenderse y triunfar sobre la tierra palestina.
El triunfo de los migrantes. Hagámonos migrantes (trnseuntes)
De un modo convencional, pudiéramos decir que el triunfo de Israel (tal como desemboca en la nueva experiencia monárquica del siglo X, con Saúl y luego con David) se consiguió a través de un pacto de diversos grupos, de manera que los emigrantes de oriente y los evadidos de Egipto lograron vincularse con los miembros marginales de la sociedad cananea. Israel surgió, por tanto, como resultado de un pacto de campesinos pobres, fugitivos de Egipto, pastores trashumantes, restos del proletariado militar (hapiru)…De esa forma se realizó eso que pudiéramos llamar el milagro israelita: Una sociedad que, naciendo de emigrantes, pobres y oprimidos, consiguió organizarse de manera efectiva, como signo de una humanidad diferente, sin un gran ejército (fuera del Imperio), pero con una experiencia intensa de identidad y ayuda (solidaridad), desde los más pobres[1].
Eso significa que los proto-israelitas tuvieron varias raíces: eran pastores trashumantes, campesinos marginales que habitaban en la zona montañosa, siervos de los señores cananeos, aparceros de sus latifundios, etc. Unos mismos intereses económicos y un tipo de costumbres y creencias les fueron vinculando para formar grupos autogestionarios de tribus asociadas. Israel surgió, según eso, como resultado de pacto socio-religioso, en oposición a la oligarquía militar y económica de los cananeos.
[1]Cf. W. F. Albrigh, Arqueología de Palestina, Barcelona, 1962; Y. Kaufmann, The Biblical Account of the Conquest of Palestina, Jerusalem, 1953; G. E. Mendenhall, The Hebrew Conquest of Palestine, BibArch, 25 (1962) 66-87; Id., The Tenth Generation. The Origins of the Biblical Tradition, Baltimore 1987;N. K. Gottwald, The Tribes of Yahweh, London 1980; R. B. Coote,Early Israel: A new Horizon, Fortress, Minneapolis 1990.