Somos post-cristianos, no cristianos ¿Sabes qué implica el bautismo?
Venimos de una cultura cristiana, pero la inmensa mayoría hemos abandonado el cristianismo real, como vaticinó J. Ratzinger en una página famosa de mediados del siglo XX. El problema no es que los bautizados vayan siendo minoría. Sino que una mayoría de bautizados no asuman (=no asumamos) lo que implica el bautismo. He vuelto a estudiar el tema en el NT y lo expongo a continuación con emoción y experiencia. Pongo como imagen el baptisterio como cielo junto a la catedral de Florencia.
Introducción
Los cristianos asumieron como propio el signo del bautismo iniciado por Juan Bautista (cf. Mc 1, 9-11), tal como había sido vivido por Jesús en el Jordán, pero recreado desde la experiencia de su muerte y resurrección, e interpretado como recreación pascual. Los cristianos renacen, resucitan en Cristo, siendo bautizados en su nombre, insertados (insertados) de esa forma en su resurrección.
Esta experiencia del bautismo, como celebración pascual (morir y resucitar con Cristo) debió introducirse muy pronto en la iglesia, a los dos o tres años de la muerte y resurrección de Jesús. Probablemente empezó a celebrarse en la comunidad helenista a la que alude el libro de los Hechos 6-7. Nos nuevos cristianos se injertan en la muerte de Cristo, introduciéndose en el agua, no para perdón de los pecados, como en el bautismo de Juan, sino para renacimiento en Dios por Cristo.
Así debió suceder en la conversión de Pablo en Damasco hacia el año 33-35 d.C, de forma que él, como los restantes convertidos-iniciados, fue introducido en el agua, para así asumir en su propio cuerpo, en su vida entera la muerte de Cristo, resucitando con él, de forma que no era ya Pablo quien vivía, sino que era Cristo quien resucitaba y vivía en él.
De esa manera, cada nuevo bautismo era una experiencia de nueva resurrección de Cristo, de manera que el nuevo bautizado así lo debía experimentar,para así descubrirse como resucitado en Cristo, forman así parte de la comunidad de los creyentes mesiánicos, Éste es el motivocentral de la teología de Pablo, tal como se desarrolla en todas sus cartas, desde Gálatas a Romanos, desde Filipenses a 1-2 Corintios y a Romanos.
Al asumir como propio el bautismo (signo fundente de Jesús, y reinterpretado desde la experiencia pascual: muerte‒resurrección en Dios), la iglesia ha ratificado su opción fundacional, definiéndose a sí misma como pueblo mesiánico universal, por gracia de Dios y comunión de los creyentes, todo en Cristo, unos con otros.
No sabemos quién fue el primero en impartir/celebrar el bautismo entre los seguidores de Jesús, quizá Pedro (cf. Hech 3, 38), quizá, como he dicho, los primeros cristianos helenistas. Tampoco sabemos si al principio entraban todos y siempre en el agua física o bastaba el "bautismo en el Espíritu", como renovación interior, en el aire de la Palabra/Respiración de Dios (cf. Gen 2, 7; Mt 12, 28).
Muy pronto, el bautismo vino a convertirse en paradigma y momento clave, celebración/fiesta de iniciación y pertenencia cristiana, fiesta y experiencia de resurrección. El bautismo vino a concebirse primera institución o sacramento visible (paradigma) de los seguidores de Jesús, signo de renacimiento personal y eclesial, como nueva creación (en cada bautizado se actualiza la misma experiencia de Jesús), para todos los pueblos.
‒ Bautismo escatológico y pascual. Por un lado, el bautismo mantiene a los creyentes en continuidad con Juan Bautista y su judaísmo, en la línea del Antiguo Testamento. Pero, al mismo tiempo, expresa y expande la experiencia de la vida, muerte y pascua de Jesús, en cuyo nombre se bautizan sus seguidores, identificándose con él, ya en este mundo, sin esperar la llegada del Reino futuro, pues el Reino ha comenzado aquí, es la vida de Cristo en los creyentes. Los bautizados no sólo simplemente unos sellados por el agua lustral para esperar la llegada del Reino de Dios, sino unos recreados en la muerte y resurrección de Jesús como miembros de su cueerpo mesiánico.
‒ Iniciación y demarcación. Quienes lo reciben renacen, insertándose en la vida, muerte y resurrección de Jesús, por obra de Dios Padre en el Espíritu (cf. Rom 6). De esa forma se distinguen y definen los creyentes, como indicará la fórmula trinitaria de Mt 28, 16-20 (en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu: cf. cap. 20), que les introduce creyentes en el espacio total del Dios de Cristo.
Entendido así, el bautismo supera la división de naciones, estados sociales y sexos, como sabe Gal 3, 28, retomando un pasaje clave de la liturgia bautismal: "ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, macho ni hembra...", pues todos los bautizados han muerto a la vida anterior, no son ya varones frente a mujeres, judíos frente a gentiles, esclavos frete a libres, sino renacidos en Cristo.
La circuncisión discriminaba, como signo en la carne del sexo masculino, a judíos de no judíos, a varones de mujeres... Por el contrario, el bautismo es el mismo (uno mismo) para varones y mujeres, libres y esclavo, judíos y gentiles, como sacramento de más alto nacimiento personal en la comunidad de los creyentes, que no deja una marca exterior en la “carne” (como un tatuaje de esclavo), sino un signo permanente de vida y de muerte (de resurrección) en cada uno de los miembros de la comunidad de Cristo.
El hombre o mujer que se bautiza ha tenido un primer nacimiento humano, en un plano social y cultural, con padre y madre, en una familia que le define en sentido muy preciso como “ser natal”, dentro de una cultura social, en un plano de educación… Pues bien, en la línea de ese nacimiento cultural (social, familiar), la iglesia abre para los creyentes el espacio y camino de un nacimiento superior, universal, vinculado a lo que pudiéramos llamar la nueva individuación y comunicación de vida en “Cristo”, en un plano de surgimiento personal, desde Dios, como experiencia unitaria y triple:
‒ El neófito (neonato bautismal) se descubre nacido en Cristo resucitado (es decir, como nuevo Cristo), en libertad de amor, en perdón, en comunión a los demás, en apertura infinita a la Vida (es decir, al sí mismo divino). Esta experiencia de “surgir de Dios” constituye el signo de identidad radical de los cristianos que, siendo seres de este mundo, se descuben nacidos y arraigados en el Dios de Cristo (Vida universal), en cuyo Espíritu surgen, se mueven y existen, es decir, son ellos mismos (seres individuados), siendo presencia de Dios (de su Selbst o arquetipo originario). Ellos experimentan el bautismo como resurrección, nuevo nacimiento en Cristo, de tal manera que la resurrección de Jesús se encarna, se visibiliza y se cumple en la resurrección de cada uno de los bautizados
‒ El neófito tiene la experiencia de haber nacido en Dios por la resurrección de Cristo, en su profundidad divina (como Hijo de Dios), desplegando sus posibilidades, como persona que crece y se despliega desde el interior divino de su realidad, superando así la “condena” de la muerte o, mejor dicho, descubriendo y potenciando su destino para la vida. Este Dios del que nace el cristiano (Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo: cf. Mt 28, 19), en Cristo, no es alguien extraño al bautizado, sino su propia identidad más honda (su Selbst) del que nace cada uno, surgiendo de su propia hondura divina, en comunión con otros, en diálogo de amor.
‒ En tercer lugar, el neófito nace de (en) una comunidad o iglesia, entendida como familia, que le acoge, le potencia y acompaña, integrándole en su cuerpo mesiánico. Sin Iglesia (es decir, sin comunidad de creyentes) no puede haber bautismo, pues la vida cristiana no se reduce a una relación individual con Dios, sino que es comunidad‒familia de bautizados, que comparten su experiencia y la comunican. Ciertamente, podría haber un renacimiento personal en (desde) Dios, sin una comunidad‒familia de creyentes, pero no sería un renacimiento cristiano, que es inseparable de una comunidad de bautizados.
El bautismo enmarca y ratifica el renacimiento cristiana que es universal y concret, en un plano de fe y vida, en un nivel de experiencia interior de renacimiento y de experiencia compartida, pues de/con otros nacemos, y a otros hemos de legar nuestra vida por la muerte/resurrección. El bautismo es para “perdón de los pecados”, esto es, para superar un plano de vida en pecado, pero se expresa y define como más hondo nacimiento en amor con y para todos. Entendido como unión con Cristo y aceptación de su misterio, el bautismo ratifica y expresa la apertura personal y universal de Dios, por encima de otros ritos parciales, incluida la circuncisión judía (cf. Jn 3,1-21 y Gal 3,27- 28; 6, 15; 2 Cor 5,17; Rom 6, 1-14; Ef 4,29):
El bautizado confiesa que ha muerto con Jesús (que está inserto/injertado en su entrega hasta la muerte como principio de reconciliación universal), y de esa forma supera un tipo de lucha de todos contra todos, propia de un mundo que camina hacia la muerte, recordando que en el fondo de la vida del hombre sigue habiendo una “concupiscencia” de ruptura y finitud, que ha de ser superada a través un cambio interno y comunitario, de una “meta-noia”, de perdón y acogida de los otros, superando así una vida dominada por la muerte (cf. Mc 1, 14-15). Ya no es él quien vive, en sentido radical quien vive en el bautizado es el mismo Cristo
El bautismo se expresa como experiencia simbólica (sacramental) de muerte y de renacimiento, no por castigo del pecado (cf. Gen 2‒3), sino por descubrimiento y aceptación de un don más alto de vida, por gracia de Dios en Cristo, en fe y perdón, es decir, en comunión de vida de creyentes. Aquí no tiene ya sentido la experiencia del Yom Kippur, como expiación ante Dios, ni como compromiso de lucha contra los enemigos de Dios, conforme al signo del chivo emisario.
El bautizado en Cristo no tiene ya enemigos, sino que está abierto en amor (en el Dios de Cristo) a todos los hombres y mujeres de la tierra. En nombre de Cristo (o de la Trinidad: Mt 28, 16-20), en total desnudez, como recién nacido, el bautizado sale del agua y se reviste de una nueva vestidura (identidad), en gesto (experiencia) que troquela radicalmente su vida, en apertura transparente y comunión de vida con los otros.
De esa forma, renaciendo en la Iglesia de Jesús, el creyente supera una vida anterior en división, como lucha entre varón-mujer, judío-griego, esclavo-libre, como ratifica la palabra bautismal de Gal 3,28: “No hay hombre ni mujer, judío ni griego, libre y esclavo, pues todos sois uno en Cristo”. Por eso, el bautismo en Cristo es un renacimiento mesiánico, en una iglesia o comunidad donde hombres y mujeres, judíos y gentiles, se vinculan desde y por Dios en comunión personal de amor[1].
Según eso, los cristianos, en cuanto tales, no nacen (no surgen) ya por origen biológico, sino que se hacen, por un renacimiento personal, nacen por la palabra de Dios en Cristo, para una vida que se despliega en amor, por la palabra. en gesto de apertura hacia la comunidad de los creyentes (hacia toda la humanidad), que expresa en opción personal y en el gesto de la comunidad que les acoge, en la “pila” natal del bautismo.
Eso significa que su pertenencia eclesial constituye una experiencia públicamente ratificada de nuevo nacimiento, no en una pequeña familia, sino en la comunidad de creyentes, como paradigma de inmersión en el Dios de Cristo y de opción mesiánica a favor de Cristo, conforme a la fórmula bautismal más antigua o como inmersión en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, conforme a la formula posterior de Mt 28, 16-20, que se ha vuelto normativa en las iglesias posteriores..
Estas palabras (bautismo en el nombre del Padre, Hijo y espíritu Santo) constituyen la mayor audacia teológica (de experiencia) de la Iglesia cristiana que aparece así como “institución creyente” de iniciados, que quieren abrir y compartir con todos los hombres y mujeres su experiencia de iniciación y “renacimiento” en un Dios concebido como Padre universal del que nacemos, como Hijo Jesús con quien compartimos el camino y como Espíritu de vida en el vivimos[2].
[1]Toda la Biblia aparece así como preparación para el bautismo, es decir, para el nacimiento de una humanidad nueva, fundada en Cristo, como sabe Ef 4, 5‒7: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre (epi) todos y por medio (dia) de todos y en todos”.
[2] El bautismo no es “un” sacramento entre otros (confirmación, penitencia, matrimonio, ordenación sacerdotal…), sino “el” sacramento, la gran audacia de la iglesia que se atreve a ofrecer a unos hombres y/o mujeres un signo y lugar (camino) de renacimiento superior, y también la audacia de los bautizados que se atreven a descubrirse renacidos, desde el Dios de Cristo, recibiendo y cultivando su identidad como resucitados en el Cristo. La Iglesia vinculó el bautismo de Jesús con la experiencia de toda su vida y de su muerte/resurrección (cf. 1 Cor 1, 13; 6, 3; Gal 3, 27; Hech 2, 36-8; 10, 48; 19, 5), desde una perspectiva trinitaria, es decir, de despliegue y presencia total de Dios: en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28, 16‒20).