Hazte socio/a
Última hora:
Omella condena la violencia en Barcelona

Sólo el prójimo basta. Santa Teresa decía: Solo Dios basta. Pero Jesús responde “sólo el prójimo basta”

Expuse ayer los dos mandamientos que Jesús ha tomados del AT (Mc 12, 28-35): Amarás a Dios, amarás a tu prójimo como a ti mismo. De entre esos dos la tradición religiosa cristiana ha destacado el amor a Dios, como si fuera el más importante. Pero Jesús no tiene un mandamiento nuevo de amor a Dios, sino de amor al prójimo (Jn 13, 34); el de amar a Dios lo toma del AT y lo matiza a través de todo el evangelio, donde lo primero es amar al prójijo.   

 Jesús nunca manda directamente amar a Dios, sino sólo amar al prójimo; su evangelio no es un proyecto de amor de Amor a Dios, sin un proyecto y camino de amor al prójimo. Ni Caifás ni Pilatos le condenan porque ama a Dios, sino porque ama al prójimo.

Así lo ha entendido y destacado   san Pablo en Rom 12, 8-9. Ciertamente, Dios Padre está al fondo del prójimo, pero no como mandamiento, sino como don (a no ser en la cita de la ley del AT, para judíos oyentes).

En sentido estricto, ni Jesús, ni los sinópticos, ni Pablo, ni Juan insisten en el amor a Dios como mandamiento, sino sólo en el amor al prójimo, como indicaré a continuación, comentando el texto más profundo, en de Pablo en Rom 13, 8-9

Expuse el día 15 sentido del amor de Dios en Teresa, amor que incluye al prómimo, en las siete Moradas. Suponiendo eso sabido, expongo hoy el sentido del amor del prójimo, como amor primero y principal (único) en el mensaje de Jesús, tal como lo destacan los sinóptico y Juan, y de un modo especial el texto básico de Pablo en Rom 13. El trabajo que sigue es algo largo, pero recoge el mensaje central de evangelio, que muchos cristianos han olvidado y siguen olvidando.

Formulación de Pablo

No debáis (ὀφείλετε,) nada a nadie, antes bien amaos mutuamente,  pues quien ama al otro ha cumplido (πεπλήρωκεν) la ley. Porque el no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro mandamiento queda asumido (y cumplido) en amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor al prójimo no hace ningún mal; porque el amor es la plenitud (πλήρωμα) de la ley (Rom 13, 8-10).

 Los cristianos viven, según este pasaje y el anterior, entre dos tiempos o, quizá mejor, entre dos mundos: un mundo de ley, definido por la espada (guerra, justicia legal, economía impositiva) y un mundo de gracia, definido por el amor al prójimo, sin espada militar, ni judicial, ni deudas. Conforme a la visión de Pablo, la ley militar, judicial, económica de Roma sirve para mantener una paz impositiva sobre el mundo. Pero, en sì misma, esa espada resulta insuficiente y Pablo debe situarse por encima de ella (no contra ella, de un modo militar) la gratuidad del evangelio, centrado en el amor al prójimo, que no es imposición, sino libertad en Dios.

         - Según la  ley civil, hay que dar a cada uno lo debido (τὰς ὀφειλάς: Rom 13, 7), de un modo especial a los que regulan el orden público. En ese plano, puede apelarse al modelo de la espada/deuda, que tiene vigencia en las estructuras políticas, tal como ratifica Rom 13, 1-7. Según eso, los cristianos siguen sometidos a un poder que less domina desde arriba (o desde fuera) y que se estructura en forma de sistema económico/militar, en la línea del imperio romano. Según eso, los cristianos no quieren crear un “estado propio”; no declaran una guerra en contra del imperio, no quieren crear un estado propio, con su administración económico-militar, como querían en aquel tiempo los celotas (según indicaré en el próximo capítulo, comentando los cantos del Lc 1: Benedictus y Magnificat).

- Pero, conforme al evangelio, todo ha de ser gracia, de manera no debe haber deudas (Μηδενὶ μηδὲν ὀφείλετε: Rom 13, 8), pues en ese plano, todo ha de hacerse por gracia de amor, como suponía no sólo el Padrenuestro, «Perdona nuestra deudas, como nosotros perdonamos... » (Mt 6, 12), sino el conjunto del Sermón de la Montaña, que no forman parte de la ley del imperio sino del ser de Dios.

El modelo cristiano está definido por el amor mutuo, sin espada, sin ley imposiiva, ni deudas, pues la vida no es lucha sino gracia, no es ley, sino amor, sin impuestos ni espada. Para formular ese modelo, Pablo asume los mandamientos centrales del decálogo (Ex 20, Dt 5) y los resume en la superación de los tres deseos violentos (codicias) que dominan y definen la vida de los hombres como lucha.

Superar tres deseos, amar al prójimo. Este principio (superar los tres deseos, amar gratuitamente al prójimo) define el paso (salto) de la ley a la gracia, de los mandamientos que se imponen a la revelación de Dios que se ofrece gratuitamente. Este paso no se puede realizar por voluntad/acción humana (en un nivel de deseos), sino por revelación personal de Dios en Cristo (cristianismo) o por iluminación supra-racional, como la de Buda en Benarés, bajo la higuera de la revelación.

Que yo sepa, sólo el cristianismo y el budismo han postulado esta experiencia originaria de superación del deseo-apetito violento de la vida (es decir, la superación del orden legal, impuesto en el mundo, con la apertura y despliegue de la vida en un plano de gratuidad superior, formando a partir de ella una comunidad de creyentes[1].

Tres mandatos, negativos, según ley: ►No adulterar, no matar, no robar

Condensados por la misma ley en un principio negativo: ► No desear

Norma positiva. Por encima de la ley: ◄Amar al prójimo como a uno mismo

Tres son los deseos de los que proviene la violenta lucha de la vida (Gen 3, 6) y del “pecado” de los “vigilantes” o invasores de la apocalíptica judía (Gen 6; 1 Henoc, Sab 2) y del mismo budismo[2]. Tres son los ·espacios· o lugares en los que se fundan y despliegan los deseos violentos de la vida, que han de “dominarse” (superarse) por ley y castigo, según las tres leyes fundaentales de la sociedad, no sólo según el AT, sino segúnlos grandes códigos legales del conjunto de la humanidad, que se expresan como han mostrado los antropólogos en las tres leyes básicas de todos los grandes códigos letales de la humanidad

(1) Plano afectivo, eros. No adulterar: no imponer un deseo sexual sobre otros. En ese sentido, la palabra no adulterarás significa, no poseerás o dominarás a otros, no impondrás tu deseo a los demás, pecando así no sólo por “dominio afectivo/sexual sobre ellos, sino también por provocar una guerra o competencia entre dos o más que desean lo mismo (a la misma o a las mismas personas) y así luchan por “poseerla”.

 (2) Plano de poder e imposición sobre los otros, thanatos: Superar el, homicidio (no matarás). Deseo de destrucción del otro en cuanto contrincante, alguien que no sólo puede disputar mis bienes, sino negarme a mí mismo; por eso le envidio (le temo y deseo), queriendo en el fondo matarle, para así hacerme dueño de su vida.

(3) Deseo de tener, posesión de bienes, de tobo de personas o de benes personales. Un pecado es la “posesión de bienes” como tal (la avaricia por la que el ser humano se define aquellos bienes que posee y que, en el fondo, le poseen). Otro pecado es la lucha o competencia entre personas que desean poseer los mismos bienes, y que se enfrentan y luchan hacen querra por poseerles

Esas tres prohibiciones se sitúan en el centro del ·decálogo”, en los campos de mayor conflicto de la vida (sexo-eros, violencia-thanatos, riqueza-plutos), en el lugar donde la vida debe controlarse por leyes (no adulterar, no matar, no robar), castigando por ley de talión a los transgresores, es decir, a los que adulteran, matan y toban. Estas tres prohibiciones se condensan en un único mandato interior y superior cuyo cumplimiento no se puede regular por ley-castigo, sino por una norma interior: no desearás (Οὐκ ἐπιθυμήσεις).

El texto primitivo del decálogo (Ex 20, 17; Dt 5, 21) prohibía deseos concretos (casa, mujer, siervo, criado, toro, asno del prójimo: γυναῖκα οἰκίαν ἀγρὸν αὐτοῦ παῖδα αὐτοῦ… ). Pablo los ha condensado en su origen, diciendo «no desearás» (Rom 13, 8-9)[3].

El mandamiento fundamental del AT ha sido el shema:Amarás a Dios sobre todas las cosas… (Dt 6, 5). Pues bien, según Pablo no es amar a Dios sino al prójimo, como a ti mismo (Lev 19, 18) en una línea que ha sido retomada por algunos proto-fariseos como Hillel, superando los tres mandamientos negativos del decálogo (Ex 20 y Dt 5: No adulterar, no matar, o robar)[4].

En este contexto, simplificando los mandamiento centrales del decálogo y condensando el último, Pablo ha reformulado y universalizado el mendamiento final del Decálogo (Ex 20 y Dt 5.El Decálogo formulaba ese mandamiento de un modo concreto y detallado, entendiendo el deseo en forma no sólo interior, sino exterior: No esforzarse por poseer los bienes del prójimo, no “luchar” activamente por conseguirlos:

No codiciarás (οὐκ ἐπιθυμήσεις ), la mujer de tu prójimo; No codiciarás la casa de tu prójimo (ὐκ ἐπιθυμήσεις τὴν οἰκίαν τοῦ πλησίον σου ),ni su campo, ni su suevo, ni su sierva,,ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20 17) . 

Codiciar no es aquí un simple deseo interno, sino un “deseo activo”, que se expresa en la forma de vida, en el comportamiento social de las personas, que se expresa en la forma de vivir de comportarse, como guerra de deseos, que se manifiesta en miradas y actitudes, en la relación social entre los hombres y mujeres. Este mandamiento de la superación del deseo se expresa, evidentemente, en un plano afectivo, sexual y familiar. Por eso he citado el pasaje desde el texto griego de los LXX, que pone de relieve el deseo de la mujer y de la “casa”, repitiendo por dos veces la misma palabra (οὐκ ἐπιθυμήσεις, no desearás).

Hay, sin duda, un pecado o guerra externa que puede llamarse “de obra”, pero hay también un pecado más interno de “deseo”, pero que no es simplemente de deseo invisible, puramente oculto, sino que se manifiesta en miradas y actitudes, en un “mundo” de envidias. Esta guerra de deseos constituye para Pablo la raíz de todos los pecados y desajustes de los hombres, tal como lo había formulado ya Buda (en su experiencia y discurso de Benarés).Es posible que Pablo conociera, a través de tradiciones y gestos religiosos que habían llegado ya por entonces del mundo greco-romano, a través de Persia esta formulación básica del budismo, que identifica el mal deseo como principio de todas la guerra y males de la historia humana.

De todas formas, Pablo no se cierra en este plano “budista” se superación de los deseos, sino que introduce aquí el mandamiento fundamental de judaísmo sacerdotal, que vincula la superación de las guerras (de todos los deseos de placer u dominio sobre los demás, con la palabra suprema de la Biblia Hebrea. Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19, 18). Estos dos supra-mandamientos peronales (no desearas y amarás al prójimo como a ti mismo están por encima de los tres mandamientos legales (no adulterarás, no matarás, no robarás personas). Estos dos supra-mandamientos están por encima de la ley y constituyen el principio ymotor del evangelio de Jesús.

Estos dos principios, uno negativo, en plano de ley, el decálogo (no desearás) y otro positivo, sobre la ley, conforme a Lev 19, 18 (amarás a tu prójimo como a ti mismo) ofrecen el más hondo camino moral de la historia, para superar toda gerra, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Zacarías en Lc 1, 79).

 Pablo había aceptado en un plano de pedagogía (educación o sumisión de niños) el orden romano y judío (no adulterar, matar, robar, con su castigo correspondiente), que puede mantener sometidos a los transgresores, pero añadía, por encima de la ley punible con pena de muerte, la supra-ley de gratuidad (amar al prójimo como a ti mismo. Gal 5, 15) que puede y debe formularse como principio de toda conducta cristiana, aunque no puede castigarse su no-cumplimiento con pena de muerte, pues la ley sólo castiga pecados externos (cf. (como he puesto ya de relieve al comentar

La ley “imperial” no puede castigar un deseo de adulterio o robo, pero el camino religiosa más profunda de paz (budismo y cristianismo) puede aconsejar y dirigir a los creyentes, diciéndoles “no desearás” (para superar así adulterio, guerra y robo). Pues bien, en esa línea de interiorización de la conducta humana, en contra de cierto judaísmo e islam que insisten en el o sometimiento a Dios por ley, el cristianismo pone más de relieve el amor al prójimo, que exige la creación o surgimiento de una humanidad vinculada por amor, pidiendo a los hombres no sólo que no adulteren- maten-roben, sino también y sobre todo que no quieran hacerlo (no desearás…), de manera que puedan amarse unos a otros, como cada uno se ama a sí mismo, buscando el bien de de los demás como propio

  Cuando llega al centro de su teología Pablo no dice “amad a Dios, sino “amad al prójimo como a vosotros mismos” (Gal 5, 14; Rom 13, 8-9; Lev 19, 18), en una línea en la que el amor no es deseo posesivo (adulterar, matar, robar), sino comunicación gratuita de vida y palabra. Antes, los tres deseos posesivos eran adulterar, matar, robar y la respuesta legal era el castigo/talión (ojo por ojo), ahora impulso gratuito de la vida es el amor y la respuesta y solución no es simplemente no desear, ni siquiera amar a Dios en sentido privado, sino amar al prójimo como a ti mismo, como hondura y verdad de tu existencia. Para esto nos ha creado Dios, para amar, no simplemente a él, sino para amarnos, amando al prójimo a nosotros mismos.

El decálogo judío y la justicia romana pretendían cerrar imponer un tipo de paz por ley y castigo (ojo por ojo), pudiendo llegar en esa línea hasta el no desearás del budismo. Pablo, en cambio, descubre y confirma, por encima de la ley del no-deseo (budismo) la gracia del amor de Dios, enunciada en el shema (amarás a Dios con todo tu corazón: Dt 6, 5 -9) y ampliada en la supra-ley judía de Lev 19, 18 (amarás al prójimo como a ti mismo”. Frente al deseo posesivo (adulterar, matar, robar) Pablo no apela Jesús al nirvana budista, sino al amor al prójimo[5].

  Conversión del deseo egoísta, amar al prójimo, ésta es toda la religión

La tradición sinóptica vincula el amor al prójimo con el amor a Dios, en una línea que habían destacado algunos escribas y sabios judíos (como supone Mc 12, 28-32 par), un tema que Jesús ha desarrollado de un modo consecuente abriendo un camino que ha sido justificado y elaborado por Pablo en Rom 13, 7-9, vinculando el amor a Dios del Dt 6, 4 con el amor al prójijo de Lev 19, 18. En esa línea, en el momento culminante de su obra (Rom 13), Pablo no habla de los dos amores (a Dios y al prójimo, como hacen los sinópticos: Mc 12, 28.35), sino sólo del amor al prójimo, esto es, a los demás seres humanos, pues en ese amor al prójimo está incluido el de Dios[6].

Los tres mandamientos legales (no adulterar, no matar, no robar), con el mandato superior, que los vincula de un modo supra-legal (no desear) quedan superados y ratificados directamente con un supra-mandamiento de amor al prójimo (Lev 19, 18. Los tres mandamientos legales (no adulterar, no matar, no robar) con el mandamiento supra-legal (no desear) sólo se pueden cumplir amando al prójimo como a uno mismo, y sólo de ese manera adquiera sentido la bendición y promesa de de Zacarías (Lc 1, 79), situada en el borde entre el AT y el NT.

En esa línea un modo consecuente (desde la perspectiva de Lev 19, 18), hombres y mujeres han de quererse a sí mismos, pues sólo queriéndose (aceptando el don de la vida, que es presencia de Dios) pueden amar a los demás, de manera que la identidad (el yo) y la alteridad (el otro) se vinculan en un mismo despliegue de amor gratuito, superando el deseo interior y cumpliendo los tres mandamientos externos (no adulterar, no matar, no robar), convirtiendo la vida en experiencia de amor en gratuidad y comunión, por encima no deseo de dominio sexual, social, económico y de los “pecados” externos de adulterio, asesinato y robo[7].

Conforme a los tres deseos “carnales” (adulterio, asesinato, robo), habiendo superado el equilibrio vital/animal con el entorno (de lirios y pájaros), los hombres tendemos por impulso de dominio (cf. Gen 3) a comer el fruto de la vida ) a buscar y poseer lo que otros tienen (son), para así ponerles a nuestro servicio, en guerra permanente de adulterio, asesinato y robo. En contra de esa tendencia de dominio elevan su barrera esos tres mandamiento externos del decálogo, con su norma final ley negativa (no desear), poniendo en marcha un ejercicio de represión que es bueno y necesario, pero insuficiente Esos tres mandamientos de ley imponen un tipo de superación activa de la guerra, pero no ofrecen paz verdadera, pues no  

 A fin de superar el dominio del deseo, Pablo insiste en el principio del amor alprójimo como a ti mismo,  Lev 19, 18, que puede vincularse con la revelación teologal del shema (amarás al Señor con todo tu corazón: Dt 6, 4-5), para cumplirla plenamente al Dios que nos capacita para amar a los demás como el ama a los demás, creando a los vivientes (seres humanos, varones y mujeres) y amándoles para que viven en plenitud, dando su vida divina al amarlos, viviendo así en ellos y por ellos, realizando y cumpliendo así su amor en forma humana.

Ese principio “divino” del levítico 19, 18 no es una ley en el sentido estricto del término, sino revelación del ser de Dios como amor y una invitación al amor interhumano, por encima de los deseos posesivos, que nos llevan a la guerra universal y al dominio de unos sobre los otros, en forma egoísta.

1. Rom 13. 8-9 no dice “amarás al prójimo como a Dios”, porque no todos los seres humanos aman a Dios expresamente, ni le conciben de la misma manera. Según eso, el centro del judaísmo de Lev 19, 18 y del cristianismo no es el amor a Dios (como supone el Shema de Dt 6, 4-9, con algunas interpretaciones del judaísmo y del Islam), sino el amor al prójimo, (como el de Dios que ama a todos los seres que ha creado y está creando (pues crear es amar) y como el amor de Jesús, que ha interpretado y realizado su mesianismo en forma de amor a los demás, de un modo gratuito y creador, acogiendo, curando, perdonando a todos, dando su vida por ellos, no como expiación, sino como donación gratita de amar, desde la periferia de la vida humana, en la línea del chivo emisario de Lev 16, más que del chivo expiatorio, como he venido destacando en los capítulos anteriores de este libro.

2. El hombre no es esclavo ni siervo dependiente, sino amigo, presencia, de Dios; por eso debe amarse a sí mismo y vivir en salud, amando de esa forma a los demás seres humanos, viviendo por ellos y con ellos. Dios no ha creado a los hombres para que le amen a él, sino para que se amen entre sí (que crezcan y se multipliquen. Gen 1). Por eso, los cristianos pueden proponer el amor a Dios como punto de partida, pero no imponerlo. Por eso, la invitación de Lev 19, 18 (asumida por Pablo en Rom 13, 9, cf. Mc 12, 31) no pide que amemos al prójimo como a Dios, sino que nos amemos a nosotros mismos, y amemos también de esa manera al prójimo.

3. El amor a los demás está incluido en el amor a sí mismo: Cada uno ama a los demás porque ha empezado a ser amado por ellos, de forma que el amor que unos varones y mujeres se tienen a sí mismos, es consecuencia del amor que han recibido y, de un modo consecuente, el amor que tienen a otros es despliegue y expresión del que se tienen a sí mismos, porque en amor han nacido y son y, de esa forma, en consecuencia pueden amar a los otros. Por eso, el Levítico (libro sacerdotal) vincula el amor a los demás (al prójimo) con el amor que cada uno se tiene a sí mismo dentro de una familia, grupo, o pueblo que se define como experiencia de amor compartido.

4. Este amor al prójimo está abierto a la humanidad en su conjunto, a modo de comunión o cuerpo de amor, como ha puesto de relieve Pablo (especialmente en Rom 13, 8-9, superando de esa forma una posible interpretación particular de Lev 19, 18, donde el prójimo podía reducirse al hermano israelita según ley. Toda la misión de Pablo, su experiencia radical de Cristo se concentra en esta apertura universal del amor al prójimo, superando las fronteras del amor intra-israelita como sabe (Gal 3, 28) y ratifica Hch 17, 28-31.

El supra-mandato del levítico (amarás al prójimo como a ti mismo) no es una ley que se pueda imponer), sino una experiencia y camino que brota del amor de la Vida que es Dios, tal como lo muestra su encarnación. De esa forma se vincula amor a Dios y al prójimo, no sólo en Rom 13, 8-9, sino también en Mc 12, 28, 28-3 par. En esa línea, podemos añadir que el amor a los demás, con quienes nos unimos de un modo gratuito, sabiendo que son distintos, resulta inseparable del amor que nos tenemos en Cristo.

  Amar al prójimo, esencia de la religión

     En la base de ley que, como Pablo decía en Gálatas sigue siendo necesaria para niños (hombres sin madurar), guardan su valor los tres mandamientos (no adulterar, no matar, no robar), para controlar las obras que brotan de esos deseos, pero sin poder superarlos. Tanto el budismo como el cristianismo saben que la superación de esos deseos sólo es posible por una iluminación supra-racional (Buda) o por una revelación del principio divino de la vida humana en Cristo (Pablo), como experiencia de un gozo más hondo, de una madurez salvadora (como he destacado al comentar los frutos del Espíritu: Amor, gozo, paz, Gal 5, 22-23.

En esa línea se puede añadir que mayor que el gozo limitado de adulterar (aprovecharte de otros sexualmente) es el gozo y alegría ilimitada de poner tu vida al servicio del gozo, amor y libertad de otros. Sólo así se puede convertir la epit-hymia (=deseo fuerte de placr a costa de otros) en kharis o gracia de amor (=de forma que sean y gocen aquellos a quienes amamos). Así lo ha ido desarrollado la carta a los romanos:

- Según Rom 6, 12, la epithymia (cf. también Rom 1, 24) proviene de nuestra base de corporalidad cósmica, tal como se expresa en el despliegue de nuestra corporalidad de muerte (ἐν τῷ θνητῷ ὑμῶν σώματι). Somos un cuerpo mortal, sometido a deseos (ἐπιθυμίαις), que nos impulsan, dominan y arrastran. No sabemos, amar a los demás, no somos dueños de nuestros impulsos. Es como si estuviéramos en manos de unas fuerzas externas de deseo sexual (adulterio), de violencia y posesión, que nos traen y llevan, fuera de nosotros mismos. No somos dueños de nuestra propia vida; sino como posesos, controlados y arrastrados por un poder exterior que nos domina. Por eso es fundamental amarnos a nosotros mismos (aceptarnos, conocernos y querernos en Dios, pues sólo de esa manera podremos amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, buscar su bien como vivimos el nuestros, habitar en ellos par bien como habitamos en nosotros mismos.

-Rom 7, 8.La epitimia es un impulso y deseo egoísta de vivir a cosa de los otros, no sólo en un plano afectivo (adulterando), sino agresivo (matando o dañando a otros para ocupar nosotros su lugar) y posesivo (robar, poseer lo de los otros para así tener y ser nosotros mismos). El tema de fondo no es que yo cometa algunos pecados, manteniendo mi propia identidad inalterada, sino que yo mismo me hago pecado, de manera que la misma ley que me prohíbe pecar se vuelve para mí incitación al pecado (ἀφορμὴν δὲ λαβοῦσα ἡ ἁμαρτία διὰ τῆς ἐντολῆς κατειργάσατο ἐν ἐμοὶ πᾶσαν ἐπιθυμίαν), de manera que a medida que crece en nosotros un tipo de ley (un tipo de cultura moral) va creciendo en nosotros un deseo de pecado.

     Jesús asume el shema del Deuteronomio 6,5-8 (amarás a Dios) pero lo expande y concretiza en amarás al prójimo como a sí mismo (código de santidad: Lev 19, 18). En principio estos dos mandamientos estaban separados, en dos códices distintos y el más importante parecía ser el shema (amar a Dios) del Deuteronomio, El segundo (amar al prójimo como a ti mismo) quedaba como menos importante, en un código especial para sacerdotes dentro del pueblo de Israel[8]. Pero Jesús ha vinculado esos dos “amores” dando toda su importancia al segundo.

Jesús no ha centrado su mensaje en el amor a Dios, sino que ha insistido en el prójimo, como muestra sermón de la montaña, sus curaciones y su muerte. Por eso, no ha creado una escuela de oración mística, sino un grupo de seguidores expertos en curaciones y exorcismos No le han matada por su forma de entender a Dios en sí, sino por su manera de poner en marcha un camino de transformación de la vida humana como amor de unos a otros, superando la guerra militar y religiosa del imperio y del templo.

Jesús pensó  más en el bien de los hombres que en la gloria de Dios. En contra de eso, muchos cristiano han insistido más en la gloria de Dios que en el bien de los hombres, aunque algunos Padres de la iglesia dijeran que la gloria de Dios se identifica con el bien de los hombres. Al principio (en el NT y en los dos primeros siglos de la Iglesia el amor al prójimo importaba más que el culto de Dios, conforme al dicho de Jesús: El Sábado se ha hecho pare el hombre, no el hombre para el sábado ( Mc 2, 27). Pero, a partir del triunfo político/social de la iglesia (siglo IV d.C.) el cristianismo ha tendido a convertirse en religión de amor (culto) a Dios en Cristo, dejando en segundo lugar el amor al prójimo.

 1. Los cuatro primeros concilios (Nicea 325; Constantinopla 381; Éfeso 431; Calcedonia 451) “definieron” la esencia divina de Jesús, no su humanidad, de manera que, interpretados de un modo “trascendente”, han tendido a crear un cristianismo de divinidad de Jesús y del Espíritu Santo (iglesia) más que de la humanidad del hombre en/según Jesús, conforme al NT. La aportación de esos cuatro concilios sigue siendo fundamental, no podemos volver atrás y negarlos, pero tampoco podemos cerrarnos en ellos, como si sólo importara la divinidad (consubstancialidad divina de Jesús) y no su humanidad mesiánica, su camino de paz, esto es, la obra de su salvación.

2. La reforma protestante y católica del siglo XVI no supuso un retorno a los orígenes del evangelio, con el servicio redentor de Jesús, según los sinópticos (amor mutuo y comunión eclesial, amaos unos a otros: Rom 13; 1 Jn 4), sino un intento de “purificar” la fe en Dios más que el amor entre los hombres (Lutero), de manera que el lema cristiano fue AMGD (a mayor gloria de Dios Ignacio de Loyola) y no AMGH (a mayor gloria de los hombres, según el adagio de Ireneo de Lyon: Gloria dei vivens homo, la gloria de Dios es que los hombres vivan). Desde ese fondo se ha podido formular la misión cristiana de la modernidad, católica y protestante, empeñada en extender sobre el mundo la gloria del un Dios desligado del amor y paz entre los hombres.

      No quiero rechazar los cuatros primeros concilios, ni el cristianismo de la modernidad, desde el siglo XVI al XX, con un Dios absoluto de poder, por encima de los hombres, Pero quiero insistir en el hecho de que Dios no ha creado a los hombres para que le amemos a él (y así le sirvamos), sino para que nos sirvamos y amemos unos a los otros, como él nos ha servido y amado, de manera que nos convirtamos (cf. meta-noia, Mc 1, 14-15), nos amemos y resucitemos, unos en otros, conforme al programa de Pablo en Rom 13, 8-19 y a la interpretación del amor a Dios en forma de amor al prójimo, como proponen los evangelios, Santiago y Rom 13, 8-9.

     Así lo ha entendido y formulado el NT en su conjunto, como recuerdan sus tradiciones más importantes, partiendo de Mc 12, 28-35, donde se plantea el tema de los dos amores (a Dios y al prójimo), como inseparables y de la misma importancia). El tema está en ver cómo se vinculan, desde dónde se unifican, cual es el punto de partida y principio de esos dos amores, de Dios y del prójimo, como camino de paz en la línea de Zacarías (Lc 1, 79). Los restantes “dogmas” vienen después, pueden tomarse como derivados, como muestran Lucas y Mateo, cuando interpretan el texto base de Mc 12, 28-35.

- Lc 10, 25-37. Buen Samaritano (servicio al prójimo, sin citar a Dios). El doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo se centra y cumple en el amor al prójimo, sin que se hable de un Dios explícito, ni judío, ni cristiano, como indica la parábola añadida del buen samaritano. El escriba, que ha escuchado el mandato de los dos amores” da por supuesto que entiende el sentido del “amor a Dios”, y que en ese campo no hay problemas, ni entre judíos, gentiles o cristianos. Lo discutido es el amor al prójimo, centrado en el hombre necesitado (herido, abandonado en el camino) y por otro en el samaritano, que le ayuda por encima de las restantes diferencias o problemas. Éste debería haber sido el tema de fondo de los dogmas que van de Nicea (325) a Calcedonia (451), que deberían haberse centrado en el amor al prójimo, con la superación de las guerras y bandidajes sociales que arrojan a una multitud de heridos al margen del camino de la vida mientras pasan a su lado, sin fijarse ni ayudarles, los levitas y sacerdotes de las religiones o sistemas sociales de la tierra, muy interesados quizá en el amor abstracto a Dios.

- Mt, 25, 31-46. Tuve hambre, estuve encarcelado… (servicio al hombre, no a Dios). El amor a Dios y al Cristo se cumple en el amor a los necesitados (hambrientos, emigrantes, desnudos, enfermos, encarcelados. A diferencia de Lucas, el evangelio de Mateo cita sin añadido del Buen Samaritano el motivo de los dos amores de Mc 12 (cf. Mt 22, 35-46), pero incluye después, como expansión, interpretación y comentario. el la parábola/enseñanza de Mt, 25, 31-46, donde Dios está al fondo en figura de Padre (como dice Jesús: Venid, benditos de mi padre (Mt 25, 34).

     Según este pasaje, el tema de fondo del cristianismo no es amar a Dios, sino al prójimo, es decir, a los necesitados, como hermanos/presencia del Hijo de Hombre que es Cristo: Hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados… Estos son los derrotados de todas las guerras, heridos, condenados, desde los hambrientos a los encarcelados. El texto clave sobre la paz (Mt 25, 31-46) no habla de amar directamente a Dios,, sino al prójimo necezitado (hambriento, extranjero, enfermo… como presencia de Dioa.

- Sant 1, 25-26. Esta es la piedad o religión ante Dios Padre: Cuidar a los huérfanos y a viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo (ἐπισκέπτεσθαι ὀρφανοὺς καὶ χήρας, ἄσπιλον ἑαυτὸν τηρεῖν ἀπὸ τοῦ κόσμου). La verdadera religión (θρησκεία ) no es amar a Dios en si (separado), ni confesar la divinidad de Jesús, ni crear una iglesia sagrada y separada, sino visitar/cuidar a los necesitados del mundo (cristianos o no, judíos o gentiles), representados por los huérfanos y viudas La religión no se identifica con un tipo de iglesia poderosa, ni con un culto a Dios en sí, sino con el cuidado (ἐπισκέπτεσθαι) a los necesitados de la vida, que son ante todo, huérfanos y viudas, conforme a una intensa tradición judía). Estos “prójimos necesitados” son los heridos del borde del camino (Lucas), los hermanos menores de Jesús (Mateo)[9].

-Discípulo amado. En una línea convergente se sitúa la tradición del discípulo amado, llena de amor de Dios, pero no se pide a los cristianos que amen a Dios (como el shema de Israel: Dt 6, 5), sino que se amen entre sí, como Cristo les ha amado. Éste es el mandamiento nuevo (ἐντολὴν καινὴν: Jn 13, 34), que equivale al nuevo testamento de Jesús: Que os améis unos a otros como ama Cristo (ἵνα ἀγαπᾶτε ἀλλήλους). El mandamiento cristiano no es amar a Dios sobre todo, sino amarnoa nosotros, como establece el canto al amor 1 Jn 4, 7-21: “Amémonos amados, porque el amor viene de Dios… porque Dios es amor (ὅτι ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν). Desde ese fondo, al final del evangelio (Jn 21), Jesús pide a Pedro que le ame a él, para así amar como él a sus “ovejas”, es decir a los cristianos. Que los hombres se amen, eso es Dios. El problema no es discutir teóricamente cómo es Dios, sino amar prácticamente como el Dios de Jesucristo.

Culmina así este programa universal de paz, quizá el más importante de los que han sido formulados a partir del “tiempo eje” (V-II a.C), tanto en el budismo como en el cristianismo, de manera que puede tomarse como inspiración y programa de paz para la humanidad futura. Pablo insisten en el amor al prójimo, en la línea de Lev 19, 18 (amarás a tu prójimo como a ti mismo y no en el principio teologal del shema (amarás al Señor con todo tu corazón: Dt 6, 4-5).

1. Rom 13. 8-9 no dice “amarás al prójimo como a Dios”, porque no todos los seres humanos aman a Dios expresamente, ni le conciben de la misma manera. Según eso, el centro del cristianismo no es Dios (como supone el Shema de Dt 6, 4-9, con algunas interpretaciones del judaísmo y del Islam), sino el prójimo, pues Dios se ha encarnado en los hombres, a quienes él y nosotros debemos amar ante todo.

2. El hombre no es un esclavo de otros seres humanos, siervo dependiente, sino amigo, presencia, de Dios; por eso debe amarse a sí mismo y vivir en salud, amando de esa forma a los demás seres humanos. Dios no ha creado a los hombres para que le amen a él, sino para que se amen entre sí (que crezcan y se multipliquen. Gen 1). Por eso, los cristianos pueden proponer el amor a Dios como punto de partida, pero no imponerlo como supuesto universal de todo amor. Por eso, la invitación de Lev 19, 18 (asumida por Pablo en Rom 13, 9, cf. Mc 12, 31) no pide que amemos al prójimo como a Dios, sino que nos amemos a nosotros mismos, y amemos también de esa manera al prójimo.

3. El amor a otros es inseparable del amor a uno mismo: Cada uno ama a los demás porque ha empezado a ser amado por ellos, de forma que el amor que uno varones y mujeres se tienen a sí mismos, es consecuencia del amor que han recibido y, de un modo consecuente, el amor que tienen a otros es despliegue y expresión del que se tienen a sí mismos, porque en amor han nacido y son y, de esa forma, en forma de consecuencia pueden amar a los otros. Por eso, el Levítico (libro sacerdotal) vincula el amor a los demás (al prójimo) con el amor que cada uno se tiene a sí mismo dentro de una familia, grupo, o pueblo que se define como experiencia de amor compartido.

4. Este amor al prójimo forma parte de un amor dirigido a la humanidad en su conjunto, a modo de comunión o cuerpo de amor, como ha puesto de relieve Pablo (especialmente en Rom 13, 8-9, superando de esa forma una posible interpretación particular de Lev 19, 18, donde el prójimo podía reducirse al hermano israelita según ley. Toda la misión de Pablo, su experiencia radical de Cristo se concentra en esta apertura universal del amor al prójimo, superando las fronteras del amor intra-israelita como sabe (Gal 3, 28) y como ratifica Hch 17, 28-31.

El “mandamiento” de Lev 19, 18 (amarás al prójimo como a ti mismo) no es una ley que se pueda imponer), sino una experiencia y camino que brota del amor de la Vida que es Dios, tal como lo muestra su encarnación.

[1] Cf. Hombre y mujer, Violencia y diálogo de religiones, Religión y globalización.

[2] En la línea de Rom 13, 8-10 pueden situarse las antítesis de Mt 5, 21-48 y las formas de codicia o deseo (epithymia) de 1 Jn 2, 16.

[3] Cf. A. Exeler, I dieci comandamenti, Paoline, Roma 1985, 159-169. Sobre Rom 13, 8-10, cf. C. K. Barret, Romans, Black, London 1973, 249-251; O. Michel, Romer, Vandenhoeck, Gottingen 1966, 323-327; H. Schlier, Romani, Paideia, Brescia 1982, 632-635; E. Käsemann, Romer, Mohr, Tübingen 1974, 344-348; U. Wilckens, Romanos II, Sígueme, Salamanca 1992, 407-415.

[4] Cf J. P. Meier, Ley y amor. Un judío radical IV, Verbo Divino, Estella 2019

[5] He desarrollado el tema en Mística Cristiana y místicas de Oriente, en Orientaciones para visualizar, contemplar y encontrar lo sagrado, Cites/Ávila, 2025, 274-320. Cf. Hombre y mujer, Violencia y Alternativa ecológica.

[6] Cf. J. P. Meier, Un judío marginal IV, Estella 2010.

[7] Cf. K. Berger, Die Gesetzesauslegung Jesu I, BibS, Neukirchen 1972, 56-257; R. H. Fuller, «Das Doppelgebot der Liebe», en Fests. H. Conzelmann, Mohr, Tübingen 1975, 317-329; H. Merklein, Gottesherrschaft als Handlungsprinzip, FB 34, Würzburg 1981, 100-104; E. Jüngel, Dios, misterio del mundo, Sígueme, Salamanca 1984.

[8] Cf. J. P. Meier, Judío Marginal IV. Pikaza:. Antropologia yReligión y violencia.

[9] Este dicho de los huérfanos-viudas que han de ser asistidos/acogidos/amados recoge y resume la tradición fundamental de los huérfanos-viudas-extranjeros del AT, representada tanto por el Pentateuco como por los profetas y Job, como he puesto de relieve en Dios judío, Dios cristiano, Verbo Divino, Estella 1996.

San Francisco Javier, patrono de las misiones

También te puede interesar

Lo último