Semana Santa 2026. Sobre la muerte y la vida de los hombres en Cristo (Pensando en Noelia y Manolo)

Estos últimos días hemos pasado momentos de intensa pasión y duelo por el suicidio “legal” de Noelia. Con ella quiero recordar  a mi amigo Manolo, que murió hace unos años,sin llegar a la Semana Santa,

De Noelia no quiero ni puedo hablar más, no tengo distancia ni conocimiento para ello; sólo decir que elevo mi oración a Dios por ella y con ella; Que en la luz de Dios descanse (RIP), que en Dios resucite   con Cristotodos los difunto (1 Cor 15, 22-28; 4 Esdras 2, 34-35)

De Manolo, en cambio, quiero y puedo hablar con emoción, aunque han pasado 37 años de su muerte (3.2.1989), como verá quien siga leyendo la reflexión que sigue sobre la vida y muerte de los hombres en Semana Santa.

Y con ellos (Noelia y Manolo) quiero recordar especialmente a Jesús el Nazoneo de Nazaret, condenado por sacerdotes de Jerusalén y crucificado los soldados de Roma. Requiem aeternam dona eis (et nobis) Domine et Lux perpetua luceat eis (et nobis) ( IV Esd 2, 34-35).

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Sobre la muerte y la Vida en Semana Santa (para Manuel)

     Había sido alumno mío y atendía en clase con ojos grandes, admirados, un boli en la mano y media cuartilla en la mesa. De vez en cuando escribía una idea en la cuartilla, y seguía escuchando. No necesitaba estudiar más, le bastaba oir en clase.

         De vez en cuando, al acabar la clase, me decía “hablamos” y salíamos a la glorieta del naranjo donde me preguntaba los problemas que le quedaban oscuros. Conversábamos, opinaba. Le bastaba con eso. Le interesó desde el principio el sentido de la muerte, sobre la que tuve que escribirle al fin unas páginas personales, cuando supo que se moría, y me pidió que lo hiciera.

         Hacia el año 1975 nos separamos, pero mantuvimos mucho contacto, no por carta (no era hombre de escritos), sino por múltiples encuentros. A finales del año 1988, amenazado de muerte, me llamó a Salamanca y me dijo: “Me voy; me quedan tres meses, no puedo engañarme. Quiero que me digas qué es morir como cristiano, pues moriré hacia la Semana Santa de 1989.

         Así hablamos toda una tarde, bajo la inmensa higuera otoñal de un patio de Verín, a la vera del Támega, que bajaba corriendo hacia el Duero.. Me contó, le conté, nos contamos. No sacó ni un solo apunte. Al día siguiente, de mañana,   me pidió: “Escríbeme cuatro o cinco páginas de eso que me has dicho. Me las mandas por correo, me quedan dos meses”.

         Escribí unas páginas, se las mandé. Me llamó para darme gracias, diciéndome que había subrayado y “pintado” algunas líneas. “Quiero pensar en ellas”, nos vemos dentro de dos meses, ya te dije; pásate por Madrid te estaré esperando, pues moriré hacia la semana santa del próximo año.

         Así fue como pase con él una mañana de fnales de enero del año 1989.  Me dijo que gustaría vivir todavía unos meses, recibir la muerte con las flores de la Pascua Florida de Primavera. No pudo verlas, murió  muy pronto el 3 de febrero de 1989, la Pascua la celebró en cielo.

         Tenía mis cinco folios coloreados y subrayados en la mesilla de noche. No hablamos apenas de ellos. Nos miramos mucho, yo sentí que todo estaba bien. Él me dio las gracias por haber sido su amigo, y también su profesor (¡sé algo más de teología, he leído un par de veces todos los evangelios…). Le dije que volvería al final del semestre. No pude volver para verle en vida. Murió, como he dicho  el día 3 de Febrero.

         No sé qué pasó con aquellos cinco folios titulados “morir como cristiano”. No me atreví a pedírselos. No tenía copia, aunque sé que los había transcrito, caso de memoria, para el último capítulo de un libro titulado Trinidad y Comunidad Cristiana (Secretariado Trinitario, Salamanca 1989, pags. 293-298),  donde siguen estando, por si alguno busca el libro descatalogado y forrado de polvo en alguna vieja biblioteca de facultad de teología.

  Para facilitar la tarea de alguno que tenga interés por esas páginas (¡que para mí son emocionantes, una parte de vida, mi relación más honda con Manolo) las transcribo aquí, con algunas leves correcciones y adaptaciones.  

(Dios de vivos, Dios Padre)

         Muchos han definido al al hombre como ser para la muerte. Nosotros, loss cristianos  podemos definirlo como ser para la vida, en la línea de Sab 2,23 (Dios creó al hombre para la inmortalidad), conforme a la palabra de Jesús en Mc 12, 27, donde se presenta a Dios como Dios de vivos, no de muertos.

         El Dios cristiano es Dios de vivos porque es Padre en un sentido muy profundo, principio y fin de todo lo que existe. Es Padre originario porque da la vida, en gesto de confianza y libertad: nos capacita para ser y realizarnos dentro de este mundo conflictivo, amenazado por la herida del dolor y de la muerte. Así nos acompaña, a lo largo de un camino que resulta muchas veces enigmático e hiriente, como Padre amigo que nos permite ser y nos alienta en medio de los riesgos de la historia. Pero Dios es, a la vez, Padre final.

         Los padres de este mundo dan la vida y normalmente nos ayudan y acompañan mientras somos aún pequeños. Pero luego mueren y nos dejan solos, de manera que debemos morir sin su asistencia. El Padre Dios es diferente: nos ha dado vida en el principio, nos acompaña en el camino y nos espera al final, de tal manera que su paternidad se define del modo más profundo precisamente aquí, en la línea de frontera de la muerte. En un nivel de experiencia cristiana, Dios se muestra plenamente como Padre porque nos recibe tras el velo de la muerte, nos acoge y resucita, como indica Rom 1, 3-4.

         Pero Jesús vivió la muerte como trance de dolor y abandono, como muestran su palabras del Calvario, tomadas del Salmo 22, 1: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34), y como expresión de esperanza, pues ese mismo Sal 22 habla de nacer del seno de Dios y de morir en su Vida.  v

(Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu)

 Manuel me dijo aquella tarde de nuestra última conversación que, penetrando más profundamente en el Cristo del Calvario, podemos escuchar las palabras del mismo Jesús, tomadas de Sal 31, 6: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu (Lc 23, 46). Jesús ya  no dijoe Dios mío, Dios mío, como en Mc 15, 34, sino Padre-Madre, palabra primera de los niños, cuando nacen a la vida, sino Padre mío, que me has dado la vida, Madre mía, que me has acunado en tu seno.

También Jesús comenzó a conjugar su vida con estas dos palabras, padre mío, madre mía… Por eso un día, todavía casi niño,para ratificar su experiencia y camino israelita, sus padres le llevaron al templo de Jerusalén, donde Jesús por un tiempo se “perdió” (se hizo perdidizo, con los doctores del templo de Dios). Precisamente allí, y ante los ojos suplicantes y llorosos de María que le buscaba atribulada, con José, su padre, Jesús respondió:«¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que he de ocuparme de las cosas de mi Padre de los cielos?» (Lc 2, 49).

 Las cosas del Padre ocuparon a Jesús hasta un extremo insospechado de emoción de vida, de comunicación de amor en libertad completa, en gozo supremo, en entrega y sacrificio. Por el Padre ha renunciado a casa y bienes, ha salido por los campos, ha vivido en los caminos, anunciando la palabra del reino y reflejando así lapresencia de Dios Padre, siendo amigo de enfermosy pobres, de mujeres y niños, de todos.

De esa forma, sin más tarea que amar hasta perderse y encontrarse en el templo superior de sus amigos enfermos, pobres, niños… Jesús cumplió la voluntad del Padre. Esa experiencia de amor humano, esa obediencia a Dios Padreha sido su comida y su bebida, su amor y su riqueza (cf.Jn 4, 34).

Por amor a los hombres, nmerso en el amor del Padre, Jesús ha padecido y ha soñado, ha trabajado y ha querido, ha proyectado su esperanza de Reino, ha realizado hasta el final su tarea de hombre, que es tarea de amor, hasta amar de tal manera que ha debido fracasar y morir joven (al menos en lo externo).

Así también, después de haber querido, en libertad de amor, libre como el viento, fuerte como toro de lidia, débil como flor que en unos días se consume, también él Manuel  mi amigo de reza de torero, se hallaba dispuesto a morir en plena juventud,quizá un poco mayor que Jesús, cuando murió, pero igualmente joven e inocente, ilusionado ante la vida, sin poder cumplir sus más hondo deseos (ni siquiera el de ver las flores de la primavera del 1989 tras su ventana).

Del Padre Dios había recibido su vida, al Padre se la entregaba, sabiendo que la pone en buenas manos, en un gesto supremo de felicidad y dolor, de confianza y de miedo entrañable, para romper así la tela del encuentro pleno con la Vida (¡llama de amor viva, Juan de la Cruz), en el Trance supremo del despojo enriquecido en manos de Dios Padre.

Si Jesús no hubiera muerto nunca hubiéramos sabido la hondura de su amora, la fuerza radical de su confianza. Antes había creído con palabras, con gestos que podrían entenderse como fingidos. Ahora cría con la propia entrega de su vida.Elevado sobre una muchedumbre hostil, desde el acoso de la gente que le grita, le desprecia o y condena, en la impotencia de su cuerpo clavado a la agonía, Jesús sabe decir su gran palabra. Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu.

Sólo de esa forma, la muerte pudo convertirse para él en cuna y gozo de nuevo nacimiento. Estaba en manos de hombres que le habían acusado ante el ejército romano… Estaba ante soldados de una Legion  romana (quizá la Germánica, quizá la Hispánica) Clavado de una cruz que le perfora los pies y las manos, con una sed de amor y vida, dolor y angustia que perforaba su alma…, con un dolor terrible que le va poseyendo y le muerde, de manera inexorable.

Maniatado,atormentado, aterrado, destruído, amordazado estaba  Jesús. Y sin embargo sabe descubrir y recibir el brillo de otras manos de poder omnipotente y cariñoso que le acogen y le acunan, le acarician, le sostienen y consuelan. ¡Las manos de Dios Padre, a quien le dice: en tus manos encomiendo mi Espíritu!.

 Éstas son ya manos sanadores de su madre, que le acogió de niño y le acunó en su pecho, unas manos creadoras, como aquellas que supo pintar Miguel Ángel en la cúpula de la Capilla Sixtina, al dibujar la creación. Son manos que dicen: ¡vive! y dan la vida. Manos de una madre que acoge y acaricia al niño herido; manos de amigo que abraza, manos de amor enamorado, de aliento y esperanza...

(El tiempo de los ruegos y peticiones ha culminado)

Pues bien, todas estas manos culminan y se expresan en las manos de Dios Padre a quien Jesús entrega su existencia. Por eso, colocado en una cruz, como Hijo pronto ya a nacer, en los dolores del más alto nacimiento del Calvario, Jesús llama a Dios (al Dios que le ha abandonado), diciéndole: en tusmanos de vida entrego mi espíritu. Nada pide, nada exige, nada ruega.

El tiempo de los ruegos y peticiones ha pasado. Ahora, en la línea de la muerte, sólo queda una palabra: ¡en tus manos encomiendo mi persona! Así, al final de su camino, ya no aduce nada: no se defiende ante Dios, no justifica sus trabajos, sus dolores o sus penas. No es tiempo de andarse defendiendo, ni de confesar pecados, ni de pedir perdón… Es simplemente tiempo de decir: Aquí estoy, porque tú me has llamado.

Por encima de sí mismo, Jesús ha creído y cree en el misterio de vida de Dios Padre. Por eso le entrega su persona. Por eso su palabra sigue y dice: en tus manos encomiendo mi Espíritu. Espíritu significa varias cosas: es la vida y la persona, es el aliento más profundo, el amor y la esperanza. Todo eso, todo lo que ha sido y lo que ha hecho, su presente, su pasado, su persona, persona, su futuro, aquello que ha de ser, lo pone Jesús muriendo en manos de Dios Padre.

En primer lugar, se ha puesto él mismo. Gota a gota ha derramado la sangre de su vida, sorbo a sorbo ha consumido el cáliz de su muerte. Y al final, en el vacío pleno, cuando ya no tiene nada, cuando sólo le ha quedado un soplo de impotencia, lo coloca y se coloca en manos de Dios Padre. Precisamente aquí, donde parece que no hay nada, estalla poderoso el milagro de la vida, como el soplo de Dios que estremeció en el monte a Elias (cf 1 Rey 19, 11 ss), como aliento creador del paraíso (cf. Gen 1 2).

(Triunfo de Dios sobre la muerte)

Sobre el valle de la seca y descarnada muerte, donde parece que no somos más que un manojo de huesos descarnados (cf. Ez 37), sopla el aire de la vida que todo lo remueve, que recrea todo lo que existe. Jesús ha entregado en manos de Dios Padre un aliento casi imperceptible de muerte que se apaga. Ya no puede darle nada. Pues bien, en ese mismo aliento que parece ya acabado actúa la fuerza creadora de Dios, está el Espíritu de vida que triunfa de la muerte, está el camino de la pascua, está la nueva creación de Dios que resucita a los que mueren. La muerte de Jesús ha sido el triunfo de Dios sobre la muerte, el nacimiento de la Vida nueva que perdura para siempre.

En el principio Dios quiso crear a los hombres del barro de la tierra, del camino inconsciente de la vida de este cosmos. Pues bien, ahora al final, Dios nos recrea y resucita desde el mismo pasado personal de nuestra historia: renacemos desde Dios, pero partiendo de aquello que hemos sido sobre el mundo. Esto es lo que muestra y nos enseña el Dios de Jesucristo.

Muchos fieles de antiguas religiones cósmicas pensaban que la vida (su vida) se encontraba encadenada en el gran ciclo de las muertes y los renacimientos de este cosmos. Los iniciados de las religiones místicas se esfuerzan por librarse de la gran cadena de las reencarnaciones, rompiendo de esa forma el ciclo de la vida sobre el mundo, retornando de nuevo a lo divino.

Nosotros, los cristianos hemos descubierto que la vida es don que Dios gratuitamente nos ha dado para ser lo que él es, siendo aquello que somos nossotros,de manera personal, individual y social, sobre la tierra.  

Por eso, un teólogo genial, llamado Duns Escoto, del que hablaba en mis clases ante los ojos atentos de Manolo, definía a la persona como soledad final, definitiva (solitudo radicalis) en la absoluta presencia y compañía de Dios. En esta soledad radical nos situamos por la muerte, unidos a Jesús, el Cristo. En esa soledad, desde la entraña de una vida que hemos ido haciendo, en gesto de confianza, gozo y miedo , para ver al fin cómo nos deshacen de ella, podemos confiarnos en manos de Dios Padre, expresando así la fe de un modo pleno. Precisamente ahora, en el momento de la muerte, podemos confesar o señalar: ¡yo creo en alguien que es más grande que mi vida!

(No “creo” en la naturaleza que rueda y gira…)

No creo en la naturaleza que rueda, gira y vuelve a ser la misma. Tampoco creo en la inmortalidad de un alma que es divina en sí y tiene derecho de existir por siempre, en ámbito de cielo. Desde el fondo de mi propia finitud y mi impotencia, siendo por mí mismo carne de muerte, creo en Dios que es Padre: creo en  el Padre/Madre que me acoge, me transforma y me recrea precisamente en el abismo impenetrable de la muerte.

 Esto es lo que creo por Jesús, porque él ha hecho con nosotros (por nosotros) la experiencia de la muerte. No se ha limitado a nacer sobre la tierra, demostrando así que todo nacimiento (¡Navidad!) tiene un momento que es divino. Tampoco se ha limitado a caminar sobre la tierra, curando y animando a los enfermos, para señalar así que todo amor por los demás es amor es sagrado, como el amor de Cristo, muriendo en la cruz por todos.

Porque Jesús no ha muerto sólo por ser hombre (como todos y cada uno de los seres humanos), sino por ser Hijo de Dios sobre la tierra, introduciendo el mismo amor de Dios (eterno, infinito) en las entrañas de su muerte. Por eso, los hombres no morimos nunca solos, arrojados sobre el mundo, abandonados. Morimos siempre con otros, que vienen con nosotros y morimos  con el Hijo de Dios que se ha entregado por amor, en manos de Dios Padre, penetrando de esa forma en el camino del misterio divino, para que así podamos penetrar con él, diciendo al Padre: en tus manos encomiendo mi persona.

(Morir con Jesús)

 Así podemos concretar nuestro argumento. Ya hemos dicho que sólo por la muerte demostramos del todo nuestra fe, de tal manera que podemos cumplir la gran palabra de amar a Dios «con todo el corazón, la vida y pensamiento» (cf. Mc 12, 30). Pues bien, ahora podemos añadir: sólo por la muerte nos unimos al gesto de amor plena de Dios Hijo que se pone, confiada y totalmente, en manos de Dios Padre.

         Morimos con Jesús, con él estamos de algún modo ya crucificados (cf. Rom 6); por eso resucitaremos con él, actualizando en nuestra vida el misterio de Dios que es vida que triuna de la muerte. Según eso, la resurrección puede entenderse como plenitud y cumplimiento de aquello que vivimos por la muerte.

El cielo no es un éter azulino, ni un tipo de espacio superior de campos “elíseos”más perfecto donde penetramos cuando el alma se encuentra ya madura, transparente, y se deja caer con suavidad del árbol del manzano donde ha estado colgada algunos años…..

El cielo del alma, es Dios, el mismo amor intradivino, de Dios que es Padre y Madre, Hijo y espíritu de vida, Jaun Goikoa, en el que nosotros venimos a insertarnos, con Jesús, por medio de la muerte, sino nuestra propia existencia, vinculada a la existencia de todos los seres y los tiempos divinos y humanos, pues todos están entrelazaos.

 La muerte nos sitúa, de esta forma, ante el enigma de Dios, que se transforma y nos conforma como revela así en misterio de gracia y nacimiento verdadero, en contemplación suprema, permanente. Veremos como somos vistos, amaremos como somos amados, en el seno de Abraham y los patriarcas, tierra superior de todas las tierras,  nuestra Estrella particular, con todas las Estrellas, Con-stelación de todas las estelaciones, Archi-piélago de todos los piélagos, Itxaso luzea, zabala, sakona…de todos los mares itsasos.

Sin duda, la muerte es un enigma, una pregunta abierta que ningún poder del mundo logra silenciar ni responder. Sobre todos los proyectos y problemas de los hombres, sobre todas las justicias e injusticias de la historia, viene planeando la sombra de la muerte, como signo de interrogación que nunca resolvemos. Por eso, al fin de un argumento retorcido por la lucha de la vida, en nombre de todos los que sufren sobre el mundo, san Pablo exclamaba: ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom 7, 24).

Cuerpo es aquí la misma condición de una existencia dividida, limitada, dominada por las fuerzas de una ley que esclaviza, que mata. ¿Quién me librará de esta manera de vivir que es muerte?Pues bien, el mismo Pablo ha respondido triunfador, hablando de la gracia de la vida de Dios, que actúa en Cristo (Rom 7, 25). Así acaba diciendo:¡ Cristo mismo se expresa y vive en mi existenciade muerte (cf Gal 2, 20-21), superando en mí la angustia de la vida!

Ciertamente, en un nivel de mundo, tengo que morir, igual que mueren los otros animales y vivientes de la tierra (cf 1 Cor 15, 35 ss). Pero, a medida que ese cuerpo externo va muriendo, descubro en mi interior un potencial de vida más intensa (cf 2 Cor 5, 1-2). Siembro mi semilla en corrupción, en formas limitadas de este mundo; por la fuerza del Espíritu de Cristo vengo a recoger vida incorruptible (cf 1 Cor 15, 42-43).

 Este es el misterio de Jesús, la fuerza de su Espíritu. Por eso puedo confesar con Pablo: «para mí vivir es Cristo y la muerte una ganancia (pues me asocia más profundamente a Cristo); pero vivir en este mundo significa para mí que aún puedo conseguir más fruto (sobre todo en el servicio a los demás); por eso no sé qué pedir. Estas dos cosas me empujan. Tengo el deseo de morir y estar con Cristo, porque esto es lo mejor. Sin embargo, quedarme en este mundo resulta más valioso por vosotros» (Flp l, 21-24).

Pablo pedía para sí más tiempo para vivir, si Dios así lo quería. Yo sé que tú también, Manolo (¡tienes el nombre de Jesús!) le pedía un poco de tiempo más. Pero, al mismo tiempo le decías, tú le dijiste: en tus manos encomiendo mi Espíritu, llévame cuando tu quieras.

Bueno es vivir, pero también es bueno morir, pero sabiendo que tanto vivir como morir sin más son cosas secundarias. Lo que importa es vivir y/o morir en amor, según la buena nueva de Jesús, de manera que en la vida y en la muerte se refleja la existencia de Jesús en nuestra misma forma de existencia.

De esa forma, la muerte que era enigma se convierte ya en misterio: es un momento primordial de tu encuentro con el Cristo. Sólo por la muerte nos unimos con Jesús hasta el final, en una especie de unidad sacramental donde culminan todos los restantes sacramentos de la iglesia: devolvemos la existencia al Padre y nos ponemos con Jesús en manos de su gracia (de su Espíritu).

(No hace falta saber más)

Una vez que hemos llegado aquí es mejor no seguir imaginando demasiado. Ciertamente, la simbólica cristiana nos ha hablado del cielo (encuentro con Dios) y del infierno (fracaso de la vida que se pierde) en términos a veces muy concretos, muy materialistas. Pues bien, pensamos que a ese plano es mejor no imaginarnos demasiado. Confiamos en Dios y le dejamos ser Padre, en plenitud, en el momento final de nuestra muerte, poniéndonos del todo entre sus manos.

Creemos en Jesús y agradecemos su presencia y compañía en el momento de la muerte, sabiendo que nuestro dolor es su dolor (cf Mt 25, 31-46) y su victoria será nuestra victoria; por eso, nuestro cielo se define como presencia de su pascua en nuestra propia vida

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