Semana de Unidad: 18-25. 2026. Esencia cristiana, comunión interhumana

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En sentido “teológico” hay tres dogmas: Creo en Dios Padre, creo en Jesucristo su Hijo, creo en el Espíritu Santo. En sentido evangélico solo hay un dogma (creo en la comunión entre todos los seres humanos) y un camino de salvación: mi amor se abre hacia todos los hombres y pueblos del mundo, esperando la salvación o plenitud de vida de todos ellos.

                       

(1) Punto de partida. Jesús, mensaje y principio de la unidad/comunión universal.

Los judíos decían dicho: "¡Dios vendrá!. Estemos mientras tanto separados y cumplamos su Ley mientras no llega". Jesús, en cambio, ha proclamado: "¡Dios está llebando! ¡Vivamos a la luz de su venida, abiertos a los pobres y excluidos del sistema!" (cf. Mc 1, 14-15 par). De esa forma se expresa la novedad radical del evangelio, como experiencia teológica (Dios fuente de riqueza y gratuidad para los hombres) y como experiencia social (los hombres pueden comunicarse y compartir la vida de un modo gratuito, a partir de los más pobres: cojos, mancos, ciegos...). El evangelio no es una ratificación del ser actual del mundo (con sus modelos de religión-sistema: templo e imperio), sino un descubrimiento gozoso del amor de Dios Padre/Madre y un movimiento de comunicación universal, que Jesús ha iniciado con su vida y ha ratificado con su muerte.

(2) Jesús no ha presentado su proyecto en un mercado de ideas, sino que ha iniciado un proceso de comunicación (amor compartido) para todos los hombres.

            Desde un rincón de la tierra (como grano de mostaza, simiente sembrada) ha descubierto y expresado el camino de Dios. Por eso le hemos llamado mutación antropológica, pues supera el mundo viejo de violencia y lucha mutua, introduciendo en la historia un "genoma de evangelio": que es vivir desde la gracia, de un modo que todos los hombres pueden vincularse, dándose la vida unos a otros. Así le llamamos Palabra, aquel en quien pueden vincularse, en diálogo personal y entrega mutua, todas las palabras de los hombres. Desde un rincón del Imperio (pero sin contar con el imperio), sabiendo que ha llegado el tiempo de la profecía de Israel (tiempo de Dios, humanidad universal), Jesús ha expandido su proyecto religioso (humano) de comunicación total para los hombres[1]. De esa forma asume y comienza a realizar en su vida aquello que los israelitas esperaban para el tiempo mesiánico, traduciendo la Palabra (amor) de Dios en forma de comunica­ción (entrega) humana[2].

(3) Pascua de Jesús, principio de comunión universal.

            La "mutación" cristiana se identifica con la confesión práctica (no teórica) de la divinidad de Jesús, es decir, de su poder salvador. El signo mayor de impotencia consiste en matar a los demás para acallar su voz. La forma suprema de comunicación es vivir (incluso morir) ofreciendo y compartiendo de forma gratuita la vida, como Jesús, sin denario ni espada. La resurrección de Jesús ha de interpretarse como experiencia de gratuidad, expresión del don de la vida….

           Jesús vivió y sembró su camino de Reino en una provincia aparentemente marginada del imperio (Galilea), entre campesinos y pescadores, enfermos y expulsados de la buena sociedad. Otros hubieran esperado la llega del Reino en Alejandría o Roma, grandes ciudades imperiales. Pero los cambios radicales no suelen darse allí donde parece que las condiciones son mejores en línea de poder o ciencia. Además, como hemos visto al hablar del judaísmo y de Jesús, Galilea (y Palestina en su conjunto) era una zona donde se cruzaban los impulsos más fuertes de aquel tiempo. Fue buena tierra para sembrar, lugar de encuentro de judíos y gentiles, fenicios y griegos, sirios y romanos. Por otra parte, Jesús no quedó en Galilea sino que, asentada su obra, subió con su mensaje y proyecto de Reino a Jerusalén, sin armas, sin dinero, sin justificaciones ideológicas, como un particular (un campesino, un marginado, un carismático), con un grupo de amigos y un proyecto de humanidad reconciliada.

Para mantener sus privilegios y seguir dominando como hacían, los poderes establecidos que controlaban las redes sacrales (sacer­dotes) y e imperiales (soldados) mataron a Jesús, pensando que así deshacían su obra y acallaban su mensaje. De esa forma mostraron su impotencia: se negaron a dialogar con él. Sacerdotes y soldados podían apelar a fuerza, pero no tenían palabra ni proyecto de vida compartida. Mataron a Jesús, pero no pudieron destruir su mensaje, ni su vida, sino todo lo contrario: hicieron posible que Jesús mostrara y desplegara radicalmente su proyecto, como nuevo comienzo de vida (grano de trigo que cae en la tierra...: Jn 12, 24).

(4) Subió Jesús sin armas ni dinero a la ciudad de las promesas, al margen de los poderes establecidos, tanto israelitas como romanos.

            De igual forma, los hombres religiosos de este tiempo (año 2026) pueden y deben ofrecer su tarea de humanidad (comunicación y paz) al margen de las grandes instituciones militares, políticas y económicas, elevando, sin embargo, ante ellas su proyecto y su mensaje. (1) Para promover la paz, las religiones no necesitan mejores ejércitos, sino todo lo contrario: deben renunciar a los ejércitos, que sólo sirven para realizar su tarea, siempre ambigua, según ley violenta, de una forma limitada y peligroso. (2) Las religiones no tienen necesidad de asumir los poderes del mundo, ni en la ONU ni en la UNESCO, ni tampoco en otras instancias militares y gubernamentales (sentándose con príncipes y reyes), sino todo al contrario: deben promover la paz desde unos principios de pura humanidad, desde los pobres y excluidos de la tierra. (3) Las religiones tampoco necesitan dinero, pues aquello que se adquiere con dinero continúa situándose en un plano de la ley, dentro del sistema. Sólo así ha podido presentarse como "hombre de vida compartida", creador de humanidad pacificada.

(5). Novedad cristiana, la alternativa Jesús, Dios Crucificado.

           Jesús no fue un héroe, ni un superman, ni un santo asceta o moralista..., sino sólo un hombre que vivió en plenitud por los demás, abriendo un cuerpo o comunión de humanidad compartida. Esta es la propuesta de la paz cristiana.

En un sentido, él murió como tantos millones y millones de asesinados de la historia; según la tradición cristiana, murió con otros dos crucificados, igualmente queridos de Dios. Afirmar que tenía más mérito o que era mejor que los demás carece de sentido; es algo que se opone a todo lo que aquí decimos sobre la gracia religiosa y la superación del principio legal. Pero, en otro sentido, siendo uno de tantos (cf. Flp 2, 6-11), Jesús ha sido y sigue siendo aquel en quien muchos hemos descubierto la gracia que es Dios y la comunicación de amor que somos (que podemos ser) los hombres.

           Este es el tesoro (capital no monetario), ésta es la fuerza (imperio no-militar) de los cristianos: Jesús resucitado como presencia (conciencia) de Dios y "cuerpo" donde pueden comunicarse todos los hombres (cf. 1 Cor 12-14). Las iglesias cristianas han buscado muchas formas de extender la paz mesiánica de su Fundador: han apelado a los poderes civiles para defenderse, han creado instituciones sacrales y sociales, con aparatos de poder administrativo y legal, han edificado catedrales, han creado grandes obras de cultura... Pero en el fondo todo eso es secundario, pues sólo hay un camino de paz: la gracia de la Vida, la Vida compartida, no como información de noticias y datos, sino como entrega personal.

Por eso, la experiencia pascual es el triunfo de la comunicación. Ante la tumba vacía de Jesús (lo que ha pasado en un nivel externo con su cuerpo no interesa), algunos de sus seguidores y amigos (sobre todo unas mujeres) descubrieron que él era (que él es) la Palabra, la Vida compartida. Esta es la verdad, esta la novedad divina y/o humana de la pascua: la Vida se muestra (es divina) allí donde se entrega; el Amor es pleno cuando muere por los otros. Por eso, la paz de los cristianos no necesita instituciones centrales (pues en ella todo es centro y todo periferia), ni nuncios políticos o pactos especiales con los poderes del sistema (que apelan siempre a las armas para defenderse). Ella necesita sólo comunidades cristianas donde el mismo amor mutuo de los fieles sea testimonio de la gracia y del impulso de la fe cristiana, esto es, de la fe en el hombre[3].

(6). Diferencia cristiana.   Jesús es el Mesías, la humanidad compartida, comunicada, un cuerpo abierto a todos los pobres y excluidos de la historia.  Jesús, Palabra encarnada, es "conciencia de Dios", siendo conciencia y camino de comunicación trinitaria.

     En la línea lo anterior, los cristianos afirman que Dios es comunión (intimidad y revelación, amor en sí y efusión de amor). No hay primero un Dios en si (Elefante separado) y después comunicación de Dios (Elefante al que palpamos). Dios es Luz en los colores, es Palabra en las palabras. De manera sorprendida y gozosa, los cristianos han traducido el mensaje de Gen 1, 1 (en el principio, Dios creó...) en claves de "comunicación personal” intradivina: “en el principio era la Palabra...”, de tal manera que Dios mismo es Palabra que se da, se acoge, se comparte (Jn 1, 1).

Esto es la diferencia cristiana. Judíos y musulmanes siguen dejando a Dios en el silencio, como Nombre que no puede nombrarse (YHWH), Voluntad en la que nunca podemos entrar. Por eso ellos extienden en torno a Dios un halo de silencio, situándole más allá de todas las palabras: no sabemos quien es, siendo el gran desconocido; por eso, en principio, podrían tolerar la violencia y la guerra desde el ser divino. Los cristianos, en cambio, creemos que Dios es Amor comunicado y compartido que se expresa y encarna allí donde nosotros nos damos la vida, como el Cristo. Por eso, afirmamos que Dios es Trinidad: Comunicación personal, Palabra de gracia que se da (Padre), que se acoge en amor (Hijo) y se comparte (Espíritu Santo).

(7) La paz cristiana es Palabra encarnada en comunicación, no argumento en demostración

           El argumento en sí, como separada de la vida, es una ideología que plantea por encima de la humanidad, como una ley que se impone sobre ella. En contra de eso, la iglesia sólo puede ofrecer paz siendo ella misma palabra encarnada de paz. Los cristianos creen en el Dios de Cristo que es Palabra: viven de ella y la comparten unos con otros, como espacio y camino de comunicación donde ellos puedan encontrarse (si es que quieren). Por eso, la propuesta de paz que en este libro hemos querido formular desde las religiones y en especial desde el cristianismo es una propuesta de palabra. No quereos ni podemos apoyarnos en otras cosas: verdades separadas, pactos políticos, ejércitos, dinero... Pero tenemos algo anterior y superior, universal, que es Cristo, Palabra encarnada (Jn 1, 14).

Ella es el principio y base de la propuesta cristiana de paz. Por eso, el cristianismo no condena a las otras religiones, ni quiere destruirlas o convertir a sus creyentes por la fuerza, pues la fuerza es lo contrario a la palabra universal del evangelio. La verdad del cristianismo es su oferta de palabra; por eso, allí donde triunfara por imposición habría fracasado. La finalidad del cristianismo no su triunfo, ni la extensión de una iglesia que dice llamarse cristiana, sino que los hombres y mujeres puedan darse vida y compartirla en gratuidad, siendo así Palabra encarnada y comunicada, de un modo directo, inmediato, sin la mediación impositiva de una ideología, de un capital, de un ejército.

La paz cristiana es la Palabra de Dios encarnada en la vida de los hombres, de forma que todos puedan ser "hijos de Dios", con Jesús, en el Espíritu. Que puedan ser (=ser conscientes de) su identidad, en gratuidad de amor, comunicándose la vida unos a otros, sin más tesoro que la Palabra que ellos son al decirse y al darse, de un modo desnudo y luminoso, cuerpo a cuerpo, sin imposiciones ni ventajas propias.

 Por eso, una iglesia que utilizara algún poder para imponer o expandir su pretendida verdad dejaría de ser cristiana. La verdad solo es "verdadera" allí donde no apela a su verdad por fuerza, donde no toma ni impone ningún tipo de ventaja (cf. Mt 12, 18-21). Por eso, si los cristianos de cualquier color (católico, ortodoxo, evangélico) buscaran el triunfo de su iglesia como institución dejarían de ser evangélicos y la iglesia no sería ya cristiana. Ellos no quieren su bien, sino el de los otros, no quieren su paz, sino la paz de los demás, para compartirla con ellos. Eso significa que quieren el triunfo del budismo y el Islam, del hinduismo y de los otros caminos religiosos, siempre que sean caminos de Palabra encarnada, compartida, esto es, de paz humana.

(8). La paz entre las iglesias no es doctrina que quiere demostrarse con razones, sino Evangelio que se ofrece y extiende por comunicación personal de  vida.

           Ni una iglesia en particular ni todas en conjunto tiene que dar lecciones a otros, ni resolver problemas en un plano de sistema, diciendo a políticos o economistas, militares o jueces lo que ellos han hacer en sus respectivos campos. La iglesia debe limitarse a ser cristiana, en diálogo de paz con otros movimientos religiosos y humanos que también la buscan, escuchando y ofreciendo de manera esperanza su propuesta, es decir, su Buena Noticia.

La verdad de la iglesia no es un dogma separado, sino su misma vida, que ella ofrece y comparte con todos los hombres. Ella no está para decir cosas (doctrinas, teorías), sino para presentarse a sí misma como itinerario de paz, lugar donde es posible la palabra. Ciertamente, hay en la iglesia creyentes que acentúan el aspecto sacral y presentan la fe como una cosa que está fuera de ellos, como un depósito casi objetivo de verdades y sacramentos que los jerarcas cristianos deberían custodiar y proponer y los simples fieles recibir agradecidos y sumisos. La fe tendría un sentido y consistencia (realidad) en sí misma, fuera de la comunicación creyente. En contra de eso, conforme a todo lo que he venido destacando, pienso

(8) El contenido" de la fe no puede separarse de su comunicación, ni la verdad de una iglesia de su relación de paz/unión de amor con otras iglesias y religiones (culturas).

           No hay primero fe cristiana, sin comunicación personal ni diálogo gratuito, y luego comunicación, porque el contenido de la fe es la misma comunicación, es decir, el amor mutuo entre los fieles y todos los hombres. Por eso, una propuesta de paz cristiana que fuera independiente o viniera después, como una consecuencia que brota de otros contenidos, no sería cristiana. Este es el contenido de la fe evangélica: que los hombres se amen, dándose la vida, en camino pascual de paz. Otras religiones pueden ofrecer una propuesta convergente, como hemos dicho, pues todas deben compartir sus experiencias, es decir, comunicarse (como hemos seguido diciendo). Pero aquí no hemos querido hablar de otras religiones o comunidades, sino básicamente de las iglesias cristianas entendidas como comunidades de comunicación gratuita de la vida, comunidades cuya única tarea y meta es el despliegue y surgimiento de la vida humana, en comunión de paz, entre todos los hombres.[4] No hay verdad cristiana independiente del amor. No hay amor cristiano sin oferta y despliegue de paz. Así culmina nuestra propuesta cristiana de paz.


[1] Desde este fondo vinculamos acción comunicativa y utopía mesiánica, pero interpretadas ambas en línea de gratuidad. La misma conciencia de Dios (ha llegado el reino: ¡Abba, Padre!) nos capacita para ser como es él: conciencia regalada, compartida.

[2] He ofrecido una visión sistemática del tema en Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2013

[3] Conforme a lo que venimos indicando, el evangelio es "conciencia de Dios" (presencia de Dios en nuestra vida), siendo comunicación humana. Esta afirmación nos sitúa en el centro de la cristología actual, que he desarrollado en La palabra se hizo carne, Verbo Divino, Estella 2020

[4]El cristianismo tiene aspectos informativos (que se pueden codificar y aprender, en forma impersonal, incluso en un manual de teología). Pero la utopía del evangelio en cuanto tal no es información, sino comunicación personal: ella no transmite saberes o noticias, sino que ofrece unas "formas" de vida en encuentro personal, en diálogo afectivo (el amor de Dios sólo se expresa y realiza en el amor al prójimo) y en búsqueda compartida de la vida.

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