Soltero y casado a la vez. Jesús, celibato mesiánico

El mensaje de Jesús en Galilea se condensa en dos lemas  centrales. Amar a los enemigos, no juzgar. Ese mensaje, encarnado en forma de celibato mesiánico), se expande y recrea en varios amores fundantes: niños, casados por amor y excluidos de la tierra (cojos, mancos, ciegos, ciento por uno en casas-tierras, con madres, hermanos niños...) de los que seguirá hablando en días sucesivos.

Hoy comienzo con Jesús, celibato mesiánico. Tras separarse de Juan Bautista, para anunciar, provocar e iniciar el Reino de Dios, Jesús centró su camino en los pobres, excluidos, enfermos y hambrientos de Galilea,  desde su identidad como nazoreo.

         Jesús no era un judío galileo sin más, sino un nazoreo, “descendiente” de David, pero eso no le daba superioridad, sino que le hacía ponerse al servicio de los otros, especialmente de los pobres y marginados (sin familia), a quienes anunciaba y ofrecía el Reino.  

Para ellos, para los otros vivió, fue hermano y familiar de los carentes de familia, sanador de vidas destrozadas, de forma que tras su muerte en cruz «aquellos que antes le habían amado, no dejaron de hacerlo…» (Josefo, Ant. XVIII, 63-64). En esa línea decimos que fue célibe, varón de familia extensa.

 1. No fue célibe por pureza o espiritualismo (huída del mundo), ni para cultivar una “virtud” superior, sino para desarrollar mejor su amor e identificarse con los pobres, en especial con aquellos que no podían crear familia estable según ley, pues no contaban con “medios” materiales, sociales o personales para ello (= para mantener una casa).

En principio, pudo haberse casado antes de ser discípulo de Juan  Bautista, pero la tradición no ha conservado recuerdo de ello, en un contexto donde su matrimonio no hubiera creado problema para una Iglesia posterior, que tuvo, sin embargo, dificultades para aceptar el hecho de que su madre y hermanos habían querido casarle al modo tradicional del patriarcado.

 Un texto de tradición antigua (Mc 6, 4) le presenta como artesano (tektôn), pero ignoramos su identidad más precisa, y el conjunto del Nuevo Testamento (que sabe que su madre y hermanos formaron al fin parte de su Iglesia) no cita a su mujer y a sus posibles hijos, como hubiera hecho de saber que los había tenido. Un pasaje muy significativo le sigue presentando como “eunuco por el Reino” (Mt 19, 12), en un contexto donde esa palabra tiene matiz peyorativo y polémico.

 No fue célibe  por oponerse al amor humano, sino por más intenso amor humano, por experiencia y voluntad de comunión con miles de personas que no podían mantener (fundar) una familia patriarcal, creando comunión con excluidos, enfermos,, abandonados, eunucos” y prostituidas. En esa línea, su celibato  se define  por la forma concreta de vivirlo, como expansión y consecuencia de su opción de Reino, en una espedie de poli-amor d gratuidad sanadora

 No fue célibe por alejamiento y soledad, sino por experiencia de palabra y vida (comunicación), que le permitió descubrir y suscitar una familia de comunión abierta, superando las limitaciones del orden patriarcal, para convivir con hombres y mujeres de diversos estratos personales sociales y afectivos, sin capacidad o medios para establecer una casa (=casamiento) tradicional de patriarcado, esto es, de poder del varón, esposo y padre, sobre la mujer y los hijos.   Sólo así pudo crear solidaridad y comunión (cf. Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41) desde la vida entera, no sólo desde lazos de carne y sangre (Jn 1, 12-14).

 ‒ Trató en amor servicio de vida con varones y mujeres dentro y fuera de su grupo: Amó al rico dispuesto a seguirle (Mc 10, 21), acogió al centurión que, al parecer, mantenía relaciónes homo-erótica con su siervo (cf. Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10) y se fijo de manera especial en el “aguador” (Mc 14, 13) del cántaro, posiblemente “afeminado” que condujo a sus discípulos a la sale del banquete de pascua (última cena). El joven que le seguía y que escapó desnudo del huerto donde le arrestaron (Mc 14, 51-52) puede ser una figura simbólica del mismo Jesús o de los creyentes, pero incluye rasgosabiertos a diversas interpretaciones.

‒ Amó a sus discípulos (=se vinculó con ellos), con fuerte intimidad dramática (cf. Mc 4, 10-12), vinculando su vida con la de ellos. En ese contexto es significativo (luminoso y perturbador) el modo en que Jn 13, 21-26; 19, 26: 20, 22; 21, 7. 20 ha planteado su relación afectiva con “un discípulo al que amaba”. Esa relación ha de entenderse en un contexto donde la relación entre maestro/ y discípulos aparecía marcado con tintes afectivos. Pero esa fórmula hubiera sido imposible si Jesús no hubiera mantenido una relación de amor con sus discípulos (cf. Flavio Josefo, Ant XVIII, 63-64).

‒ Se relacionó de un modo especial con mujeres. Jn 11, 5 afirma que amaba a Marta y a su hermano Lázaro, y Lc 10, 38-39 supone que amaba de un modo especial a María, hermana de Marta, que escuchaba su palabra. Las pretendidas relaciones matrimoniales de Jesús con Magdalena han sido objeto de especulaciones de poca base, pero en el fondo de ellas se conserva el recuerdo de una amistad especial, que la tradición no ha podido (ni querido) borrar, insistiendo en que María Magdalena, con otras dos “marías” (entre las que emerge la madre del mismo Jesús) mantuvieron su fidelidad de amor por él hasta después de la crucifixión, de forma que sólo por ellas (tres mujeres) pudo iniciarse la experiencia pascual de la iglesia. Estos y otros datos muestran que Jesús no ha sido célibe por despecho (represión o miedo), sino para establecer relaciones de intimidad y diálogo en un contexto patriarcal[1].

-  No fue varón de patriarcado y protección de dominio, en forma de poder sexual, político, social, religioso o ideológico, como avala su oposición al dominio masculino reflejado en el el divorcio (Mc 10, 1-7), con su manera de referirse a los “eunucos”, solidarizándose con ellos (Mt 19, 10-12). Su opción social y afectiva ha de entenderse como potenciación personal y social de  amor, en relación personal, íntima y abierta, pero no realizada desde arriba, de un modo impositivo ni por rechazo de todocompromiso afectivo, sino por comunicación real de unos con otros y por solidaridad con aquellos que vivían en los márgenes de la sociedad establecida, en un plano de vinculación personal, no simplemente biológica, de carne y sangre.

- Fue hombre de amor compartido y múltiple, en intimidad y variedad de niveles, aceptando así la comunicación dual de matrimonio, en pareja de amor), hasta la paternidad-filiacion, la hermandad y la amistad de grupo,  como seguiré indicando. No quiso mejorar una estructura patriarcal, con superioridad de varones (maridos y padres), sino crear comunidades personales e afecto donde cupieran varones y mujeres, casados y solteros, niños y mayores, por comunión personal entre todos. Sólo en ese trasfondo se entiende su opción, no es por carencia o debilidad, sino por abundancia y vinculación con los pobres económico/sociales, abriendo para y con ellos un camino de familia en amistad abiert(Mc 12, 15), no cerrada en lo biológico.

No es mucho más lo que podemos afirman con base, en contra de algunos que se atreven a sostener que, si hubiera tenido éxito (si no hubiera sido ejecutado) se hubiera casado oficialmente, creando (instituyendo) un matrimonio modélico (de Reino)… Esa afirmación no puede apoyarse en las fuentes del NT, en las que aparece el modelo de familia de Jesús, que iremos viendo. Lo único cierto es que en el tiempo de su ministerio, desde su misión con Juan Bautista, pasando por su mensaje en Galilea, hasta su muerte, él vive y actúa  como “célibe”, no en solitario, sino en comunidad, no para dedicarse de un modo ascético  a las cosas de  un Dios separado, sino para centrarse en un Diosde comunión mesiánica. 

Su celibato concreto fue por opción, no  por obligación. Algunos investigadores han supuesto que, si Pablo hubiera sabido que Jesús fue célibe, hubiera citado ese dato para defender su postura en 1 Cor 7 y que, al no hacerlo, se puede suponer que estuvo casado. Pero ese argumento no prueba, pues Pablo apenas apela a Jesús para defender sus opciones misioneras. En sentido cristiano, Jesús podría llamarse Hijo de Dios y Redentor si hubiera estado casado, con mujer e hijos, dentro de una familia establecida, pues la tradición ha mantenido  la memoria de sus parientes, casados o solteros (cf. Mc 3, 20.31-35; 6, 1-6), que recibieron en Jerusalén el título honorífico de «hermanos del Señor», reconocido por el mismo Pablo (cf. Gal 1, 19; 1 Cor 9, 5). Por otra parte,  María, su madre, recibe el título de Gebîra o Madre del Señor (Lc 1, 43) muy significativo en el contexto semita. Su esposa y sus hijos, de haberlos tenido, hubieran sido valorados y destacados en un tipo de “califato cristiano”., del que no existe rastro en los evangelios

‒ No porque el mundo acaba, aino porque empieza el reino. Parece que Juan, su maestro, había sido célibe por su misión escatológica (¿Cómo crear familia si este mundo acaba?), y así puede haber sido célibe el mismo Pablo (cf. 1 Cor 7, 29-31). En contra de eso, Jesús ha sido célibe porque empieza un tiempo distinto de Reino, abierto a nuevas formas de amor y familia. No rechazó el matrimonio por ascesis, sino por fidelidad de Reino, no para aislarse como solitario, sino para compartir vida y palabra con otros varones y mujeres, no por carencia, sino por desbordamiento de amor.

En un tiempo de disgregación que se extendía en Galilea tras la ruptura del orden socil antiguo, no sólo por crisis de tierra, casa y trabajo de muchos, sino también (y especialmente) por su forma de entender el Reino. Los nuevos impulsos sociales y laborales habían destruido un orden secular de estabilidad y autonomía de familia, entendida como unidad de convivencia y generación patriarcal para varones y mujeres. En consecuencia, una parte considerable de población (sin heredad, oficio estable, ni casa firme tenía dificultades personales y obstáculos sociales para fundar una familia patriarcal. En ese contexto, Jesús buscó y promovió una forma distinta de acogida, comunicación y sanación de familia, al ciento por uno en madres, hermanos e hijos (Mc 3, 31-35; 10, 28-31), buscó y creó ua familia de buscadores de Reino, de amor abierto y concreto, en tiempos de ruptur de familia.g

           No fue patriarca-progenitor (en la línea de Adán, Abraham o los doce padres de las tribus), con hijos carnales/tribales de nueva familia, sino hermano y amigo de comunidad, abriendo espacio de amor y encuentro personal con (para) los rechazados de un poder socio-religioso. No fue garante del orden establecido, ni profeta elitista para privilegiados, sino mensajero de un Reino que debía empezar por los excluidos del sistema, en comunión de vida, desde el margen de la sociedad, iniciando, con los carentes de tierra y familia, un proyecto de comunicación radical, en amor mutuo (Mc 10, 30-32), de tipo itinerante, que se refleja en los evangelios sinópticos.

  El radicalismo ético de la tradición sinóptica era de tipo itinerante y podía practicarse únicamente en condiciones extremas y marginales. Sólo aquel que se había desligado de los lazos cotidianos con el mundo; aquel que había abandonado hogar y tierras, mujer e hijos; aquel que había dejado que los muertos enterraran a los muertos y que tomaba como ejemplo los lirios y los pájaros, podía practicar y trasmitir con credibilidad ese ethos (forma de vida y conducta). Ese ethos sólo podía practicarse dentro de un movimiento de marginados. No es de extrañar que en la tradición encontremos incesantemente marginados: enfermos y discapacitados, prostitutas y “tunantes”, recaudadores de impuestos e hijos perdidos. Por su estilo de vida, los carismáticos eran personas marginadas en su sociedad; pero, por sus convicciones, representaban valores centrales de dicha sociedad: el mensaje acerca del solo y único Dios, que se impondría pronto en contra de todos los demás poderes (G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005, 81).

  Su amor a los demás no fue por negación, sino por intensificación del deseo de amor  y don de vida, esto es, de encuentro y gozo creador/sanador, de palabra y obra, en una línea que culmina en la comida-palabra (de tipo multiplicación en el campo, de eucaristía en la iglesia). De esa forma, en comunión con hombres y mujeres de su entorno, prostitutas, impuros y eunucos, pescadores y labriegos, oponiéndose a los falsos “valores” de excelencia y exclusivismo de una parte de la sociedad, Jesús fue soltero y casado a la vez, principio y signo de esperanza mesiánica y familia del Reino, sabiendo que en esa familia los primeros son los niños y pobres (cf. Mc 9, 33-37; 10, 13-16; Lc 6, 20).

  Revolución de familia

Su proyecto marcó el comienzo de una transformación social, sin patriarcas varones dominando sobre de mujeres y niños.  Fue célibe en apertura múltiple de amor en gratuidad, gozo y servicio a los necesitados, esto es, de amor cercano y “eficiente” a los enfermos, posesos, excluidos.

 No creó una “religión” de sacralidad grupal de elegidos superiores, sino de recreación de la familia, desde los estratos amenazados de la sociedad, entre menores pobres y excluidos, partiendo de la capacidad más honda de amor y palabra que transforma (eleva, vincula, cura) a las personas.

No quiso fortalecer el orden imperante (con sacerdotes/rabinos judíos y soldados imperiales), sino descubrir, iniciar y promover una comunidad de amor en apertura a todos, en acogida, afecto y respeto. Inició caminos, aunque no los estructuró en forma legal, formó “exorcistas”, sanadores, hombres y mujeres, de nuevas familias.

No fue jerarca, con poder sobre el resto de la casa, ni marido poderoso, en sentido patriarcal, sino hermano y amigo de todos. No fue esposo mejor que los de su entorno para instaurar nuevas formas de relación jerárquica, sino hermano y amigo,  suscitando y animando un grupo inclusivo y abierto, de varones y mujeres, ancianos y niños, en el que había lugar para personas de tendencias afectivas distintas, incluidos eunucos, a quienes él quiso potenciar en amor. En esa línea podemos presentarle como “varón” ejemplar, que fue suscitando experiencias, curaciones y caminos personales de amor.

No mandó a los suyos casarse y tener hijos, sino amarse en apertura a los rechazados del sistema, en libertad, sobre las leyes religiosas y sociales imperantes en su entorno. No aceptó las tradiciones dominantes que exigían que tanto varones como mujeres asumieran el matrimonio, para ser así fieles a un supuesto mandato de la creación que decía:¡Creced, multiplicaos…! (Gen 1, 28).

- Aceptó  el mandato de “crecer, multiplicaos, pero no lo puso en el centro de su mensaje, como hacían otras tradiciones, ni lo entendió en forma genital (tener más hijos), sino en forma evangélica, como buena nueva de creación de familia en amor desde y con los pobres. A su juicio, más (=antes) que casarse y tener hijos de  familia importante importaba crear espacios y redes de solidaridad personal de acogida a los pobres y excluidos, esperando así la llegada del Reino, en amor, salud y libertad. Su opción básica fue la familia de Dios, abierta a todos los hombres y mujeres, no una familia separada, al servicio de sí misma y de sus hijos “propio” por encima de las otras.

Fue persona de trabajo, artesano dependiente (tekton), pero no propuso ni inició una forma de redención particular por el trabajo sobre los demásl, sino por la comunicación persona de todos, desde los excluidos socialesl. Por eso, en un momento dado, abandonó su oficio y vida laboral de pequeña familia, para compartir la visión de penitencia y juicio del Bautista, y después para crear su propio movimiento de Reino, al servicio de una comunión extensa  abierta en amor a todos, casado con todos, desde los rechazados o marginados de la “buena” sociedad establecida, a quienes él acogió en sus grupos más extensos de amor

         A su juicio, la prioridad no era crear una comunidad de trabajadores independientes, empeñados en sostener a pequeñas familia autónomas sino iniciar y animar movimientos más amplios de solidaridad recreadora, desde los más pobres, en gesto de amor abierto a todos, varones y mujeres, aceptando cada uno su condición personal y afectiva, para así promover y animas (nuevas familias, asociaciones) abiertas a los hombres y mujeres del entorno, como he mostrado en mi libro sobre Magdalena y Jesús el Cristo (San Pablo, Madrid 2026).  

  Quisieron casarle a la fuerza (Mc 3, 20-35).

           El celibato de Jesús fue un gesto de ruptura, como indica ele pasaje de disputa de familia e institución de iglesia que consta de introducción con escenario (oikos o casa: 3, 20), y dos escenas, una intercalada en otra, con el paso de la antigua a la nueva la familia (Mc 3, 21.31-35), en el centro la nación, representado por los escribas de Jerusalén, que rechazan la familia y camino de comunicación de los seguidores de Jesús (3, 22-30) .

-- Introducción: casa-iglesia (Mc 3, 20). En ella está Jesús, rodeado por el pueblo (okhlos) que le busca (3, 20) empezando por la muchedumbre de la orilla del mar (poly plethos: 3, 7-8). Todo lo que sigue se refiere a esta casa donde él se instala con los suyos, a pesar de la condena de unos (escribas) y el intento de raptarle de otros (familiares). En ella define Jesús su familia como corro de personas que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3, 34-35) .

-- En los extremos de la escena (Mc 3, 21.31-35) están los familiares (madre y hermanos, no padre) que le toman por loco e intentan sacarle de esa casa para llevarle a la suya, la de un buen matrimonio patriarcal al servicio de la nación elegida. Se sienten deshonrados por Jesús y se creen con derecho para imponerle su criterio de familia. Posiblemente hay en la escena un recuerdo prepascual, pero alude especialmente al tiempo tempo de la iglesia

-- En el centro queda la acusación de los escribas, que se cierran, en contra de Jesús,  (Mc 3, 22-30), representantes del judaísmo de ley y templo controlado por Jerusalén (de donde bajan: 3, 22). Creen que Jesús ha roto el orden de la casa de Israel y le acusan (a él y a los suyos), diciendo que su acción y grupo nace de Satán. Asumen así el reto de Jesús (que había curado en la sinagoga al impuro: 1, 23), declarándole poseso (3, 22.30); pero Jesús responde defendiéndose y acusando a sus acusadores de pecado contra el Espíritu Santo.

Marcos ha vinculado el rechazo de los familiares (que aparecen en los extremos del texto) y la condena de los escribas (en el centro), insistiendo en la acusación de los familiares que quieren raptar a Jesús y llevarle a Nazaret para que se case como (entre) ellos, formando familias de poder y esposo/padre patriarcal, pero ellos no pueden hacerlo a solas por eso vinculan su gesto al de los escribas que vienen de Jerusalén (Mc 3, 22-30) y acusan a Jesús de estar “loco” (fuera de sí), en una línea de imposición diabólica, de Belcebú[2].

          Resulta decisiva la intención de los parientes que acusan a Jesús de estar fuera de sí (para’autou), que piensan tener autoridad sobre Jesús, acusándole de loco, pues “rompe” el orden tradicional (patriarcal) de vida, no se casa ni se integra en la familia nacional israelita Quieren “prenderle”, para que abandone su pretensión (su casa abierta a los impuros, su familia de ilegales, enfermos  y locos), agarrarle a la fuerza (kratêsai: Mc 3, 21), a fin de que abandone su estilo de vida (que rechace su ruptura de familia tradicional) y se someta forma al orden de poder establecido. Pero como los antiguos profetas (Isaías, Ezequiel…), Jesús defiende su opción y afirma que ha venido instaurar el amor verdadero de Dios contra Satán:

    ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa. En verdad os digo: todo se les perdonará a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno. Decían: ¡tiene un espíritu impuro! (Mc 3, 23-30)

          Le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, señor perverso, dueño malo de la casa del mundo, para destruir de esa manera el judaísmo, diciendo que, bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), entrega al conjunto de Israel en manos del Diablo.

  - Los escribas que vienen de Jerusalén (Mc 3, 22), acusan a Jesús diciendo que está poseído por Belcebú (3, 22), Señor de la casa, morada demoníaca, pues acoge en su familia a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. Mc 1, 21-2, 17), diciendo que expulsa a los demonios con poder del Príncipe de los demonios (3, 22).

- Jesús se defiende preguntando ¿Cómo puede Satanás luchar contra sí mismo?  Si Satanás luchara en contra de sí mismo indicaría que su reino será pronto destruido) y una acusación (rechazando el perdón de Dios, los escibas se condenan a sí mismos).

          Dura ha sido la acusación, fuerte la respuesta de Jesús, pues dice a los escribas que, rechazando la obra de Dios, se destruyen a sí mismos y dice a sus familiares que él tiene otra familia en nombre de Dios! En esa línea, poniéndose al servicio de los excluidos (posesos), Jesús demuestra una autoridad superior a la de los escribas de ley y creando una familia distinta de amor múltiple él condena, rechaza y supera la familia antiguo de control y dominio social.

          La acogida y presencia familiar que Jesús ofrece a los excluidos, posesos, pecadores, publicanos, su comunidad extensa de liberados para el Reino, es el fundamento de la Iglesia, entendida como familia de Dios, lugar de su presencia (en oposición a los escribas que elevan de hecho una casa del Satán/Belzebú, expulsando y condenando a los enfermos, pecadores y posesos). Sólo el amor de Jesús libera a los endemoniados de Satán.

 Los escribas le acusan diciendo que, que al ofrecer su comunión a los posesos, marginados, pecadores, él está destruyendo la estructura del judaísmo legal, actuando de hecho como ministro de Satán, rompiendo la familia de ley sobre la tierra. Pero, Jesús les responde y condena diciendo que son ellos (judíos nacionales) los que construyen una casa de Satán, el Diablo, es decir, de Belzebú mientras que él libera a marginados y enfermos, a pobres y endemoniados, oprimidos por el Diablo, abriendo para ellos la puerta del Reino.

-- Discusión sobre Dios. Sólo rechazando a los escribas, Jesús puede ofrecer un mensaje de Dios y su amor liberador a los proscritos, carentes de amor. Por eso emplea la fórmula de revelación solemne (¡amen legô hymin!), mostrando (en pasivo divino) que Dios perdona amando,, mientras que aquellos que niegan el perdón y amor a los excluidos  stán negando en realidad a Dios, y se están condenando a sí mismo.... (3, 28).  

-- Espíritu Santo. Han acusado a Jesús de poseso, infiltrado de Satán, como muestra el comentario conclusivo: ¡Decían: tiene un Espíritu impuro! (3, 22. 30). Pues bien, hablando así, los escribas pecan contra el Espíritu Santo, rechazando el amor salvador de Dios que convoca por Jesús a los posesos y pobres (3, 28-29). Al negarse al amor, los escribas y jueces de Israel se están condenando a sí mismos.

-- Jesús aparece en el centro de la discusión como Fuerte (iskhyros, cf. 3, 27), vencedor sobre Satán, en palabra que recuerda la escena del Bautismo (cf. Iskhyroteros: Mc 1, 7). Jesús no ha venido a repetir u organizar en clave de ley lo que ya existía, como deseaban los escribas (cf. 1, 22), sino a vencer a Satanás y construir sobre el mundo la nueva familia de Dios, con autoridad sobre los espíritus impuros, una familia en libertad, sin dominio de unos sobre otros, de varones sobre mujeres, de padres/patriarcas y maridos sobre el conjunto de la familia (cf. Mc 3, 21-28).

-  Casa/familia de Jesús: hermanos, hermanas y madre (3, 31-35). Esta conclusión repite el esquema anterior. Los escribas, representantes de la estructura social del conjunto de Israelde la familia de poder de Israel (defendida por los escribas de Jerusalén, que condenan a Jesús), se vinculan (se alían) con la familia menor de los hermanos de Jesús, que quieren llevarle a casa, casándose al estilo antiguo, para crear una pequeña familia de dominio patriarcal, y cumpliendo así el orden familiar de la nación entera. Vienen a dominar a Jesús, encerrándole en una casa patriarcal, para tenerle así sometido bajo su poder.

                 Escribas de Jerusalén y los parientes de Nazaret siguen un mismo “patrón” de familia de ley de jerarcas y patronos con dominio de superiores  sobre inferiores, de varones sobre las mujeres, padres sobre los hijos, judíos sobre gentiles, señores sobre siervos un modelo de  opresión social, sin libertad de amor (cf Gal 2,28). En esa línea, mientras los escribas de Jerusalén han venido a condenarle, los parientes nazoreos de Nazaret, quieren encerrarle en una casa familiar de Nazaret para que se case, y no  destruya la estructura de poder patriarcal de Jerusalén ni de  Nazaret).  

         El argumento del texto muestra que esos “parientes” reproducen la estructura y poderes del conjunto social de la nación (representada por escribas de Jerusalén), en pacto con   Roma y así quieren que Jesús se someta a la ley de conjunto del judaísmo y a la ley particular de Nazaret, que abandone por ellos el método y forma de sus “exorcismos”, sus ataques contra Jerusalén y contra los nazoreos de Nazaret Eso significa que debe volver con sus parientes, aceptando la estructura “sagrada” de las casas de Israel, el poder del estado, una ley de familia opresora por encima del amor que libera y acoge a los excluidos en libertad y amor de  Reino, por encima de una familia de  ley

Familia, espacio de amor mesiánico.

         La familia de Reino de Jesús está formada por varones, mujeres y niños que se sientan en su entorno (con los pobres, enfermos y expulsados de la “buena” casa israelita), para cumplir la voluntad de Dios (superando la casa de la ley y genealogía israelita). Los parientes de Jesús, que están a la puerta y quieren llevarle para que se case entre/como ellos, representan la seguridad genealógica; en el fondo siguen siendo israelitas cerrados en sí mismos (como sus escribas); no quieren compartir la apertura de Jesús, ni mezclarse con "impuros".

         Los parientes representan la iglesia judeocristiana de Santiago y José, con quienes la madre de Jesús parece vinculada en Mc 15, 40.47; 16, 1). Estos hermanos de Jesús han venido a llevarle y cerrarle en una casa de pequeños amores. Por fidelidad a una comunión más extensa y profunda de hermanos, Jesús ha superado la ley de su la antigua familia intra-judía, pues su misión desborda los muros de la identidad israelita y así lo indica de forma deíctica, razonada, performativa:

 -- Palabra deíctica. Jesús mira a su entorno y descubre a la gente que le busca, le escucha y rodea. Permanecen sentados a su lado, en gesto dialogal: no van y vienen, como transeúntes de la vida, sino que se han establecido en una casa, de forma sedentaria, en corro de igualdad. No están unos sobre otros, unos imponiendo, otros sufriendo, sino todos sentados, mirándose y conversando. Jesús les señala con el dedo y dice: ¡Estos son mi madre y mis hermanos! (3, 35). Por ahora no hace nada, se limita a constatar. No está sólo, necesitado de madre y hermanos que le cuiden. Tiene otra familia, está a gusto con ella.

-- Razonada. Desvela los principios de la nueva fraternidad: ¡Pues quien cumple la voluntad de Dios....! (MC3, 35a). De esa ella se habla en la oración del huerto (14, 37; cf. Mt 6, 10). Es evidente que los escribas de Jerusalén y los familiares antiguos de Jesús pueden pensar que Dios quiere mantener la estructura y unidad de la familia israelita. Pero Jesús sabe que Dios quiere ayudar a los posesos, leprosos, expulsados, buscando de esa forma el surgimiento de una fraternidad universal con lugar para todos en el corro fraterno.

-- Performativa (3, 35b). Jesús no se limita a mostrar (estos son...) y a razonar (pues quien...) sino que él mismo crea lo que dice: ¡Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre! Así suscita la familia de aquellos que se encuentran a su lado. No ha venido a confirmar lo que ya existe sino a proclamar y realizar lo nuevo (reino de Dios) sobre la tierra (1, 14-15), construyendo la familia mesiánica.

Jesús no está sólo. A su lado hay hombres y mujeres que le buscan, le escuchan y acompañan, compartiendo su camino. Por ellos ha podido decir esta palabra de nuevo nacimiento compartido: ¡Sois mi madre! me hacéis nacer, os agradezco la existencia, añadiendo ¡sois mi hermano y hermana, me acompañáis en el camino. No necesita casarse con ellos al estilo antiguo de la comunidad legal de Israel. Jesús está “formando la casa mesiánica, pues “los que cumplen la voluntad de Dios son mi hermano, mi hermana y mi madre”. Familia verdadera de Jesús (madre, hermanos, hijos) son aquellos que se aman, no los miembros de una estructura de poder.

         Esta es una comunidad de gracia, que surge por el don de amos y la palabra. Por encima de una familia biológica de sangre, por encima de una familia de poder de ley social, Jesús ha querido volver y ha vuelto a una familia de autoridad de amor., Jesús ha ido llamando a los carentes de méritos o status, conforme a la ley o estimación del mundo, para compartir con ellos evangelio.  Éste es el centro del mensaje de Jesús, por encima (en contra) del poder de una familia nacional que se estructura en forma de sistema de poder.  Sólo desde esa familia universal de amor (superando una ley nacional de poder y una ley particular de parentesco de de sangre) se puede hablar de auténtica nación, de familia verdadera.

-- Sólo en ese contexto se puede hablar de una auténtica madre o mejo dicho de cien madres, como signo de amor, no sólo una en exclusiva, sino cien como signo de comunidad extensa en amor Madres son pare Jesús a las personas que le van acompañando (ayudando) en el camino de la vida, expandiendo de esa forma una experiencia fundadora de amor (cf. 6, 3). Así, lo que en un plano puede parecer rechazo viene a presentarse en otro como reconocimiento de su simbolismo materno de la iglesia, como lugar de la madre/madres de Jesús.

-- Comunidad de   madres hermanos y hermanas, sin distinción o jerarquía de sexos, varones y mujeres, en fraternidad y amistad de personas. Vienen a buscarle madre y hermanos (en perspectiva judía, sin contar a las hermanas). Jesús, en cambio, incluye en la respuesta de su grupo a las hermanas, presentando así su nueva comunidad donde se sientan en corro, a su alrededor, hermanos, hermanas y madres que cumplen la voluntad de Dios, que es el amor mutuo en gratuidad, que es la auténtica familia. Caben por igual varones y mujeres, en círculo que excluye la imposición jerárquica de unos sobre otros. Las mujeres/hermanas quedan incluidas en la familia de Jesús, igual que los varones (pero sin varones/padres de imposición de ley)38.

-- Comunidad sin padres dominantes (varones patriarcas), en exclusión significativa que volvemos a encontrar en 10, 28-30. Posiblemente había muerto ya José, a quien los otros evangelios presentan como padre (legal) de Jesús. Pero el problema del texto no es biográfico sino teológico/eclesial: en la nueva familia de Jesús hay hermanos, hermanas y madres... pero no padres en sentido patriarcal antiguo de jefes de familia, presbíteros que imponen tradiciones (cf. 7, 3), sacerdotes y escribas que dictan leyes. Como base de esta familia, llenando el hueco que ha dejado la falta de padre, viene a presentarse Dios, voluntad fundadora que vincula a hermanos, hermanas y madres de Jesús.

-- Tampoco habla Jesùs de esposos/as en particlar, pues el término hermanos/as puede entenderse en sentido esponsal (cf. 1 Cor 9, 5), conforme al estilo de matrimonio supra-legal que Marcos postula en 12, 19-26 y define en 10, 1-11. Por otra parte el mismo Jesús (que ahora aparece como hijo y hermano de todos) ha venido a presentarse en en Mc 2, 19, al menos veladamente, como esposo de bodas del reino, pero en sentido no patriarcal.

En el camino que lleva de la muchedumbre desarticulada (okhlos de Mc 2, 20) a este pasaje de la familia mesiánica de madres y hermanos e hijos se gesta la comunidad eclesial. Quedan fuera los escribas, pues no aceptan el modelo de Jesús. Quedan a la puerta los parientes, pues deben superar el judaísmo genealógico entendido como “familia” de poder social, “cosa” que sólo podrá realizarse con la muerte y resurrección de Jesús.

[1] Cf. Comentario al Evangelio de Marcos, VD, Estella 2013

[2] Conforme a la visión de Marcos, en la raíz del judeocristianismo de los familiares de Jesús se esconde el judaísmo (no mesiánico) de los escribas de Jerusalén, de forma que su texto nos sitúa ante una disputa a tres bandas entre cristianos de la comunidad de Marcos, parientes judeo-cristianos  de Jesús y judíos nacionales, con escribas de Jerusalén, como he puesto de relieve en , que  2012.

38 Cf. E. S. Fiorenza, En memoria de ella, DDB, Bilbao 1989, 145-204; J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona, 1994, 273-408.

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