Ni un súper-estado en el mundo, ni dos en Israel-Palestina. Contra BXVI y LXIV
Así me han parecido, con perdón de los dos papas, a quienes por otra parte admiro, y en cuya iglesia camino.
El Super-Estado o imperio mundial de Benedicto XVI me parece (mutatis mutandis) semejante a los imperios rechazados por la Biblia, desde Babel hasta Roma. La unidad mundial es necesaria, pero en la línea de Flp 1 y Mt 28, 16-20, en forma de comunión de comunidades. La Biblia condena todos los imperio, sin excepción, y ama a todos los pueblos en comunión. Eso debe ser lo que quería B XVI, pero tengo la impresión de que no lo dijo bien. Se puso a discutir con imperios, en vez de proclamar de modo radical el evangelio.
Los dos estados que León XIV está proponiendo para Israel-Palestina serían una solución nefasta, además de imposible. ¿Quién se imagina un Estado Palestino paralelo y contrario al de Israel, con las mismas armas atómicas, igual número de soldados, en oposición y odio eterno, como querían algunos de Qumrán en tiempos de Cristo?. La solución no es qe haya dos estados, sino qe no haya ninguna… y eso exige un cambio radical de unos y otros y de todos los estados actuales del mundo, concebido como máquinas de poder y de dominio de unos sobre los otros…
Muchísimas más cosas se pueden y deben decir sobre esto. Aquí me contento con reflexionar con melancolía sobre la propuesta de B XVI y de LXIV. Buen día.
BENEDICTO XVI. UNAPROPUESTA IMPOSIBLE DE GRAN-ESTADO MUNCIAL
Siguiendo su estilo, en su encíclica social Caritas in Veritate (2009), como medio para alcanzar la paz cristiana, Benedicto XVI defendió la creación de un poder central más alto, de un tipo de Autoridad económico-política, en la línea de las Naciones Unidas:
Ente el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la Arquitectura Económica y Financiera Internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad Política Mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad (Caritas in Veritate 67)[1].
Evidentemente, esa tarea del “oportuno desame integral” resulta no sólo positiva, sino necesaria y también parece conveniente el surgimiento de una “Autoridad Política Mundial” al servicio de la seguridad alimenticia y de la paz. En ese sentido queremos empezar alabando calurosamente al Papa y alegrándonos mucho de su compromiso a favor de la paz, desde una perspectiva económica ejemplar, en línea de sistema.
Pero debemos añadir que, en principio, la propuesta de Benedicto XVI se sitúa en un plano de sistema de poder y no se funda de hecho en el mundo de la vida, porque es ahí donde Jesús situó su movimiento. Lógicamente, el Papa no puede apelar al Sermón de la Montaña, ni a las palabras centrales del mensaje de Jesús (no cita a Mc ni a Lc, ni los textos básicos de Mateo). Por eso, su propuesta, siendo muy sabia (quizá la mejor que se puede hacer desde un orden superior de política humanista), no responde a la exigencia originaria de Jesús, que no dictó lecciones para los gobernantes y los ricos del sistema, sino que abrió un camino de solidaridad sanadora y de paz desde lo pobres.
Lo que dice BXVI es, en el fondo, lo que deseaban en su tiempo J. Habermas y otros neo-ilustrados de izquierda. Pero, lo más importante es el cambio en el mundo de la vida, es decir, el surgimiento y camino de personas y grupos que opten por la paz desde abajo, es decir, partiendo de los pobres/itinerantes (que son los que pueden curar a los ricos).
Jesús vino a situarse en el “mundo de la vida”. No quiso cambiar el Estado y la economía mundial, sino a las personas concretas, iniciando con ellas (para ellas) un camino distinto de paz mesiánica, en una línea que se sitúa cerca de lo que llamamos “objeción de conciencia” y rechazo del mundo de la guerra. El cambio del Estado y de la Economía mundial ha de venir, pero vendrá después, a través del cambio de vida de los hombres y mujeres, de los pobres, pues sin una conversión/transformación radical de las personas y los grupos menores el cambio del Estado/Economía mundial no sólo resulta imposible, sino que puede terminar siendo contraproducente y contrario a los valores de la paz mesiánica.
El riesgo de una Autoridad Política Mundial. Sin duda, en el caso de que surja esa Autoridad Mundial que quiere Benedicto XVI, a través de unas Naciones Unidas verdaderamente eficaces, los estados particulares podrían desarmarse sin problemas, como se desarmaron los ejércitos de los nobles y las mesnadas de las ciudades cuando llegaron los Estados Nacionales, entre los siglos XVI y XIX. Con el surgimiento de ese Super-Estado Mundial desaparecerían los ejércitos nacionales (convertidos en meras policías regionales), pero no habría llegado el verdadero desarme, sino que (como pudo haber sucedido en el Imperio Romano, cuando la el Ejército/Policía pretoriana tomó de hecho el poder, como empezó a suceder en el estado de los nazis, con ciertos tipos de marxismo y el neocapitalismo actual).
En esa línea, sin el cambio radical de personas y grupos menores, el fortalecimiento de un Estado/Economía mundial podría convertirse en la mayor de todas las dictaduras, como la Biblia ha puesto de relieve al hablar de unos imperios mundiales en los que se unifica todo el poder económico/militar pero que, en vez de convertirse en “aliados de Dios” (como quiere Benedicto XVI) se convierten en antidivinos (las bestias de Dan 7 y de Ap 13-14). Ciertamente, reconozco el valor de la propuesta admirable del Papa, con su esfuerzo por regular el poder/economía, poniéndolo al servicio del despliegue de la humanidad. Pero en este momento de la historia, tengo miedo de los “poderes únicos”, vinculados al único ejército/mercado, pues en esa línea quisieran avanzar, de manera fatídica, el imperio nazi y el comunismo soviético.
Desde ese fondo, dentro de la lógica cristiana, que está presente en el judaísmo del libro de Daniel y en el judeo-cristianismo del Apocalipsis, quiero poner de relieve la exigencia de una insumisión creadora, al servicio de unas formas inmediatas (personales) de comunicación y de libertad. En esa línea, sin rechazar la dinámica que lleva a la creación de un gran Estado/Economía Mundial, con el desarme de los ejércitos menores (en una perspectiva que podría compararse a la del Imperio Romano en el Apocalipsis), hubiera que Benedicto XVI hubiera destacado mucho más el ideal y las implicaciones de una verdadera “desobediencia civil y militar”, en el plano de la insumisión y de la objeción de conciencia (en la línea abierta por el Vaticano II en la Gaudium et Spes), desde la raíz del cristianismo, como puso de relieve con lucidez extraordinaria el Apocalipsis, al proponer una desobediencia masiva de los cristianos, frente al sistema económico/militar de Roma. No se trata de crear un más alto Estado mundial, sino de asumir de un modo radical el proyecto de vida de Jesús.
Da la impresión de que BXVI (con una parte considerable de la jerarquía católica) sigue más en la línea de una “cristianización del Imperio Romano”, que se expresaría en forma de “mejora” del Sistema) que en la línea de la conversión radical y del rechazo mesiánico, es decir, de la “gran desobediencia” de Jesús (cf. Mc 1, 14-15) y del Apocalipsis, (cf. 13, 9-10), no para destruir con armas al imperio, sino para construir sin armas un tipo de humanidad y economía alternativa. Quizá tienen miedo a la desobediencia y al rechazo del orden establecido, por lo que eso puede implicar en un plano civil y religioso.
Ese miedo al rechazo del “orden establecido” (aunque sea violento e injusto) está en la línea del temor que paralizó a muchos alemanes ante el crimen abismal del nazismo y que nos sigue paralizando a nosotros ante la injusticia del gran sistema mundial (con miles y miles de muertos de hambre cada día). Un miedo menor, pero ciertamente grande, paraliza a muchos católicos actuales, que no se atreven a tomar una opción responsable en un línea de libertad, buscando formas de convivencia/economía alternativa ante el riesgo de un sistema total como el que parece defender todavía BXVI, cuando la reforma de las Naciones Unidas de los representantes del Mercado mundial, con pleno poder económico/militar para realizar así, desde arriba (desde el poder) las reformas necesarias.
En un sentido, en plano de poder, lo que dice BXVI es muy valioso. Pero somos muchos los que pensamos que, en la actualidad, desde el movimiento de Jesús, tomado como base y principio de actuación, en el mundo de la vida, empieza a ser necesaria una “santa desobediencia”, es decir, una “huelga” desde abajo, en línea de insumisión económico/militar, como aquí estoy proponiendo. No voy en contra de un cambio en las Naciones Unidas (¡creo que es necesario!). Pero, al mismo tiempo, tengo miedo de ese cambio, si se realiza en línea de Poder, pues podría llevarnos a nuevas dictaduras (a más de lo mismo, en formas más sutiles).
Estoy convencido de que la aportación de la Iglesia debe hacerse en otra dirección, desde los grupos de resistencia, que no quieren sacralizar el orden establecido, sino crear espacios de vida liberada para el amor, desde los más pobres, como quiso Jesús. En esa línea va mi “tren de la paz” y en ella quiero hablar de una Iglesia de Objetores o insumisos, una comunidad de iglesias que resisten y rechazan en este mismo mundo, desde abajo, con su pensamiento y con su vida, la trama de ideas de ideas y gestos, de intereses y miedos que están configurando el sistema económico/militar de la actualidad, siguiendo el camino de Jesús, tal como aparece en Marcos y en el Apocalipsis, por poner dos ejemplos.
EN CONCLUSIÓN, VOY EN CONTRA DEL ESTADO MUNDIAL QUE QUERÍA BXVI Creo en la comunión de los santos (=de todos los hombres de amor). Pero creo que es comunión no puede crearse a través de un super-estado como el que quería BXVI
NI JUDÍO, NI PALESTINO NO QUIERO UNO NI DOS ESTADOS
Cuando llegué a Palestina y vi de cerca la estructura del estado perdí los idealismos políticos judíos que pudieran haberme quedado. Recuerdo una noche en Nazaret. Cansado tras el día de trabajo como guía improvisado de inquietos peregrinos del levante hispano, me dejé caer sobre la acera de la calle de los franciscanos. Tres jóvenes vinieron a mi lado, dos cristianos, uno musulmán, todos árabes. Acabamos hablando de religión. Uno de los cristianos sentenció:
- En este país no se puede ser creyente. Si eres judío y crees en el Dios de Moisés tienes que luchar contra los árabes y echarlos al mar. Si eres musulmán tienes que hacer la guerra santa para defender a los hermanos musulmanes que han vivido aquí por siglos. Si eres cristiano....
Pareció vacilar y calló. Mientras reponía sus ideas pregunté por sus estudios. Se había graduado en Haifa, evidentemente era un privilegiado. Pedí perdón al musulmán por si ofendía sus más hondos sentimientos y pensé en voz alta:
- ¡Los cristianos podríamos ser diferentes! Creemos que Jesús no fue soldado, no conquistó la tierra por las armas, como hicieron los antiguos hebreos, ni volvió a La Meca para conquistarla al frente de su ejército, como hizo más tarde Mahoma. Hay en Jesús un ideal y camino de mesianismo pacífico que puede convertirse en germen de diálogo fraterno para judíos y musulmanes.
El musulmán asintió pero luego habló de las cruzadas (¡Claro! La batalla de los cuernos de Hittín se había dado a pocos kilómetros de allí. Saladino tenía razón para tomar de nuevo Palestina, echando a los cristianos). También habló de los peligros del imperialismo occidental cristiano, aunque añadió: ¡No soy fundamentalista en el sentido violento!¡Ya ve usted, mis mejores amigos son estos cristianos! Intervine nuevamente y dije que aquí donde Jesús había comenzado a vivir y crecer, en la pequeña Nazaret, podría darse un ejemplo de convivencia creadora entre fieles de las tres religiones. Entonces intervino el otro cristiano:
-Sería bonito, pero es imposible. Llevamos así cuarenta años y parece que no existe más salida que la guerra. Los judíos pretenden quedarse con toda la tierra pues no tienen más deseo o mesianismo que el poder del propio pueblo. Los musulmanes se sienten obligados a imponer su fe por guerra santa, al menos en las tierras que ellos han venido dominando, como en aquí, en Palestina o Gaza. Unos y otros apelan al nombre de Dios y a su mesías o profeta para obrar de esta manera. Nosotros los cristianos nos hallamos divididos y además somos impotentes. Por corazón estamos con los musulmanes, porque somos árabes... Por razonamiento pensamos que ha de haber un sitio justo para todos. La fe cristiana debería enseñarnos a crear más convivencia..
Calló un momento. Pasaron unos turistas tardíos, rompieron la paz de la calleja y entraron en la Casa Nostra de los franciscanos. Más allá de la calle, por la carretera, pasaron unas tanquetas del ejército de ocupación israelita. Se hizo más silencio. Uno comentó: ¿Veis? Los judíos hablan sólo con las armas .Se me hacía tarde. Les pedí una opinión final y me la dieron, uno a uno.
- Yo he decidido -así habló el primer cristiano-. Aquí no se puede vivir ni creer. Me voy pronto para América: tengo parientes allí, los judíos desean que me vaya y en parte me pagan el viaje, pues quieren quedarse ellos solos con la tierra. Me gustaría seguir aquí, pero no tengo valor para ello. No sé si creo de verdad en Dios, no sé si se puede hablar de un mesías. Posiblemente este mundo no tiene sentido. Los mesías que yo he visto en esta tierra me han quitado la fe, al menos en sentido externo.
- Yo me quedo -añadió el musulmán-. Creo que en el fondo Mahoma también quiere la paz y el entendimiento entre todos los creyentes. Pero ahora es imposible. Tendremos que defendernos y hacer la guerra. Por el momento aquí no hay sitio para idealismos de amor como el de Jesús. El único "mesías" o profeta verdadero será aquel que nos permita ganar en la guerra y extender la saría o ley musulmana. Después ya veremos.
- No sé por qué, pero me quedo - terció el segundo cristiano-. No quisiera luchar ni con unos ni con otros, aunque sé que eso es difícil. También es difícil creer en el Dios verdadero, pero pienso que ese Dios ya ha venido y es Jesucristo. A veces me gustaría hacer un ejército cristiano, como parecen buscar algunos maronita del Líbano, para ganar la guerra en nombre de Jesús... Pero después descubro que eso es imposible. Jesús nos mandó querer y, aunque parezca imposible, yo quisiera querer a todos, porque ese Jesús es mi mesías.
- Créeme, Xabier, en esta tierra sólo existen dos salidas de paz. Una es que todos se vuelvan ateos y olviden a Moisés y Mahoma, al Cristo o profeta de turno, para hacerse racionales, empezando desde abajo, aprendiendo a dialogar sin tradiciones previas, sin fanatismo o presupuesto de ninguna especie, sin estados particulares, sin naciones en armas. Ahora sólo hay un Estado que es el judío, y es malo quiere dominar el mundo entero po guerra.. La otra sería que pudieran convertirse al mesianismo de Jesús, si es que se puede en este mundo: poniendo la otra mejilla y renunciando para siempre a la violencia, destruyendo ya las armas y empezando a perdonarse y ayudarse, a partir de los más pobres. Sabes que preferiría la respuesta de Jesús, pero creo que en el fondo las dos son semejantes.
- No quiero un Estado judío, con bombas atómicas, matando a todos los que le parecen contrarios a su poder, con la bendición de USA… Pero tampoco puede creer e un Estado Palestino, pues tendría que ser como el judío con cientos de bombas atómicas. Dos estados aquí, paralelos y contrario, significaría matarnos todo (Gal 3, 28). ¿Qué pasaría después? Este Papa católico, LXIV quiere dos estados libres, paralelos y contrario en esta tierra. Dios le perdone. Creo que no conoce nada…Que deje de hablar de política en esta tierra…. Que consiga que los mil millones de católicos del mundo dejen de apoyar a sus estados militares, violentos…, en USA y Rusia, en España, Francia y Marruecos….
Dijo esto y se levantó. Nos dio un abrazo con un beso a los otros tres del grupo de Nazaret y se fue en silencio, antes de cruzar la esquema de la Casa Nostra se volvió a nosotros y nos dijo: Jesús quería a las personas y a los pueblo, no a los estados en guerra. No quiero estado judío, no quiero estado palestino, quiero pueblos y personas que se abracen.
[1] La cita Juan XXIII, Pacem in Terris 293 podría y debería situarse en su contexto. Es evidente que Juan XXIII defendió una paz mundial, que se expresara en un cambio fuerte de las instituciones políticas y económicas, pero la situación de su tiempo (1963) era muy distinta y es también distinta la inspiración evangélica de fondo de su texto.