El tema principal del evangelio es el poder. El riesgo mayor de la iglesia es el riesgo zebedeo. Mc 10 (J. Comblin)
La eclesiología de los evangelios está centrada en la cuestión del poder. En la mente de Jesús el problema del poder es el problema esencial y prioritario de la Iglesia.
Los textos principales están en Mt 18, Jn 12 y Mc 10, que voy a comentar... Durante siglos se leyó estos textos como consejos morales, como recomendaciones hechas a todos los jefes para que sean mejores en sus comportamientos.. Pero, Jesús no vino para hacer exhortaciones morales, sino para cambiar las estructuras del pueblo de Dios. Para las exhortaciones morales había los sabios que dejaron muchos escritos de sabiduría. Jesús vino a destruir la estructura de poder que había en su pueblo y a construir una nueva estructura de relaciones dentro de ese pueblo.
Durante siglos se interpretó las palabras de Cristo en el sentido que el discípulo de Jesús debía ejercer las mismas estructuras de poder de siempre con un espíritu nuevo, de una manera diferente. El resultado fue que se ejerció la autoridad como siempre pero con buenos sentimientos. La Iglesia cayó en la misma deformación que afecta las sociedades civiles o el pueblo de Israel, es decir, cometer la injusticia con buenos sentimientos. Dio a la destrucción de personas un sentido edificante. Así fue la Inquisición y todas las imitaciones de la Inquisición. Todo se justifica por el bien de la persona perseguida, torturada o muerta. El ser cristiano actuaría como todo el mundo, y añadiría solo buenos sentimientos y sentido religioso: todo por el bien de Dios y de su Iglesia.
Jesús no viene a cambiar solamente la subjetividad, sino la misma estructura de las relaciones sociales. Su ejemplo enseña la estructura de autoridad que debe prevalecer (J. Comblin).
Mc 10, 41-45. No ha venido a que le sirvan
41 Los otros diez, al oír a los zebedeos (que querían tomar el mando de la Iglesia) se indignaron contra Santiago y Juan (los zebedeos). 42 Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los que parecen mandar a las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. 43 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. 45 Pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
Éstas palabras son durísimas... pero son el centro del evangelio:
(a) Los que gobiernan en los estados USA y Rusia, Israel, España y Marruecos) lo hacen tiránicamente...Todo gobierno de Estado es de hecho tiranía, más suave o más dura, pero tiranía..., más legal o menos legal, pero tiranía. No no digo yo, lo dice Jesús; yo lo comento con temor y temblor. Critiquen a Jesús los que quieran criticar, pero teniendo en cuenta que el lobby principal de la iglesia es el Lobby Zebedeo.
(b) Los magnates (megaloi: Grandes, poderosos, ricos), que según el texto son los aliados de los gobernantes, oprimen a los gobernados..., es decir, a los pobres e impotentes. Ya sé que se puede criticar a Jesús y decía que no sabía.... que no conocía la bondad del imperio romano, ni los pactos buenos posteriores de la iglesia de poder... ni los cantos de Rousseau, con las teorías de Hegel... y de los creadores de los estados modernos, desde Cisneros y Richelieu. Pero Jesús es tajante y nadie que yo sepa, ni Mahoma ni Carlomagno, ni Felipe II, ni los príncipes de Prusia, con los zares de Rusia y los presidentes de USA, han logrado desmentir su palabra. O dejo con el texto de Mc 10, otro día pasaré por Mateo, mientras sigo leyendo el comentario del Apocalipsis de Comblin. Me hace temblar, pero es la única palabra que me da esperanza.
Respuesta de Jesús a los zebedeos de Estado y de Iglesia
Ésta es la propuesta decisiva de Jesús, en el momento clave de su vida, cuando se acerca a Jerusalén, una propuesta que él ofrece a sus discípulos y a todos, cuando han fracasado (o van a fracasar ya) los caminos judíos de la guerra (en torno al 70 d.C.). Ésta es la propuesta que dirige a todos, utilizando el ejemplo de los zebedeos, que han sido y son en la Iglesia el signo de un deseo de poder de de dominio , al servicio equivocado y anticristiano por del Reino.
El problema de los zebedeos es de todos los discípulos. Por eso, los diez restantes (incluido Roca, que aquí queda en segundo lugar) se enojan con ellos, iniciando una disputa general por el poder (10, 41). Es evidente que, si se dejara llevar por esa disputa, la iglesia acabaría destruyéndose a sí misma (convertida en un partido “político”, para la toma del poder). A fin de superar ese riesgo, Jesús ofrece la nueva lógica de autoridad y servicio que brota de su entrega. Vuelve de esa forma a la enseñanza de 9, 33-35, cuando ponía al niño en el centro de la iglesia, como indicaremos, ofreciendo un comentario y una ampliación de este pasaje.
a. Comentario básico (Mc 10, 41-44). Los diez se indignan contra Jacob y Juan, no porque rechazan su visión del reino, sino porque aceptándola quieren ser ellos los que ocupen los primeros puestos de poder a derecha e izquierda de Jesús. Volvemos a la situación de 9, 34: los discípulos se afanan y combaten entre sí por ocupar los “tronos” que, a su juicio, Jesús debe concederles; le han seguido, buscando recompensa; le han creído, pero de una forma falsa, suponiendo que en el fondo todos sus discursos de entrega de la vida eran un simple motivo pasajero. Lo que Jesús debería ofrecer en realidad y ellos desean ansiosamente es sentarse en unos tronos, reinar en este mundo. Piensan que hay poder en medio. Hay quizá dinero[1].
Los Zebedeos aparecen aquí como signo de un riesgo que se aplica a todos los discípulos. Los hombres tienen gran capacidad de engaño: creen lo que quieren creer, miran aquello que les conviene y seleccionan las informaciones de tal modo que sólo aceptan aquellas que concuerdan con sus convicciones previas. Esto es lo que pasa con los Doce. Jesús les ha ofrecido su enseñanza más profunda, pero ellos no han podido (o querido) entenderle. De esa forma han convertido la misma vocación (llamada) de Dios en autoengaño. Pensando escuchar a Jesús, estaban escuchándose a sí mismos[2].
Aquí aparece, para Marcos, el último enemigo del Reino de Dios (después de la riqueza: 10, 17-31): el deseo de poder que oprime precisamente a los mejores (es decir, a los discípulos de Jesús); un deseo que ha estado (o está) en el fondo de la gran protesta judía del 66-73 d.C., que ha fracasado (o fracasará) porque, en el fondo, sigue las normas y principios de poder del mundo. Jesús ha debido enfrentarse con ese enemigo, queriendo superar en su comunidad los esquemas de una jerarquía genealógica (familias sacerdotales), organizativa (cuadros de mando que se perpetúan según ley) o incluso carismática (si es que va en línea de poder). Así lo indica este pasaje, que consta de tres partes:
1. Principio, una teoría sobre el poder, que se aplica tanto a Roma como a los rebeldes judíos del 66-73 d.C. (10, 42). Siguiendo una línea de profetismo crítico, abundante en la historia de Israel, Jesús desentraña la trama oculta del poder, con lección de durísima política, siguiendo la línea de los profetas de Israel:«Sabéis que los príncipes, los grandes…» (10, 42). De esa forma alude a una conducta que a su juicio es clara entre los grandes (arkhontes, megaloi) de este mundo (que pueden ser los soldados Roma o los los líderes de la guerra judía de esos años).
Aunque digan otra cosa, aunque pretendan tener otros ideas (extender la paz romana, liberar al pueble…), mandar es para ellos dominar y aprovecharse de los otros. Esta búsqueda de mando destruye la paz entre los hombres. Por eso los discípulos de Jesús (toda la Iglesia) tienen que dejar a un lado los métodos de fuerza, imposición y dominio que otros utilizan en el mundo. Es evidente que un tipo de poder, entendido como dominio sobre los demás, se opone a la gracia de reino de Jesús, y así deben saberlo sus discípulos[3].
Podemos suponer, incluso, que Jacob y Juan no buscan directamente un poder militar o político, sino un tipo de autoridad y prestigio "espiritual", en la línea de la tradición más sagrada de Israel, dentro de una visión jerárquica de la realidad, que relaciona presencia (revelación) de Dios y triunfo nacional. Podemos pensar incluso que ellos quieren mandar en línea buena, para ayuda de los demás, como servidores del Dios poderoso. Pero Jesús no les distingue de aquellos que mandan en forma pervertida. No hay para él un poder malo (propio de los gentiles) y otro bueno (que sería propio de sus discípulos). Todo poder es en el fondo destructor, toda imposición es mala. Por eso, no quiere mejorar el poder (convertirlo), sino superarlo de base, esto es, negarlo[4].
2. Inversión, Dios más allá del poder (10, 43-44). Jesús no necesita el poder económico del rico (10, 17-22) ni el mesiánico de los zebedeos (no ha venido a conquistar el imperio romano) ni el sacerdotal del templo (cf. 11, 12-26), porque el camino de Reino que él ha proclamado no lleva a la toma del poder, sino a su superación. Por eso responde: «No sea así entre vosotros...». Siguiendo en la línea de 9, 33-37, Jesús no ha venido a fundar jerarquías entendidas en clave de honor y prioridad social o espiritual, no ha venido a mejorar la línea del poder, sino a destruirla. De esa forma ha iniciado eso que pudiéramos llamar un gran “huelga del poder”. Desde aquí se entiende su norma de seguimiento, que implica una inversión respecto al orden antiguo: el poder (deseo de dominio) ha de volverse gratuidad, gesto de amor desinteresado por los otros.
Ésta es la meta-noia o conversión que Jesús ha proclamado (1, 14-15) y que ahora propone de nuevo a sus discípulos. De esa forma, quiere cimentar la vida de sus seguidores sobre su mismo camino de su entrega, que es el camino de Dios. No es que Dios se reserve todo el poder, de manera que sus seguidores (los hombres) hayan de mostrarse impotentes, sino todo lo contrario. El Dios de Jesús no actúa con medios de poder. Por eso, sus seguidores deben renunciar al poder (es decir, a la imposición sobre los demás). Aquí se expresa Dios, aquí nace la Iglesia, invirtiendo el deseo de poder de los zebedeos y del resto de los Doce.
3. Ejemplo: Pues también el Hijo del hombre... (10, 45). La nueva actitud de los discípulos aparece así como una ampliación del gesto de Jesus que, siendo Hijo de hombre, da la vida por los otros. No ha venido a recibir la majestad, el honor y el reino sobre los demás, como el Hijo del Hombre de Dar 7, 14, sino todo, al contrario: ha venido a dar su vida por los otros. Más aún, Jesús, como Hijo del Hombre, no ha venido al final del final, cuando Dios ya ha derrotado y destruido a las bestias, sólo para recibir el Reino (como supone Dan 7), sino al comienzo de ese final, en un tiempo en que es necesario el enfrentamiento con los poderes perversoss (cf. 1, 12-13), para luchar contra Satán entregando su vida al servicio de los demás. Por eso, los seguidores de Jesús han de actuar como él. No pueden buscar unos tronos de poder, a sus dos lados, sino ser capaces de servir a los demás.
Hijo del Hombre es aquí el “hombre nuevo”, la nueva humanidad mesiánica, que Marcos ha descubierto en el camino de Jesús. Al ponerse a sí mismo como ejemplo, el Jesús de Marcos no ha querido ofrecer ni ha ofrecido una teoría general sobre el seguimiento, diciendo a Roca-Andrés y a Jacob-Juan lo que debían hacer, cuando les llamo para acompañarle como pescadores de hombres (1, 16-20). No les ha ofrecido unas ideas, sino que les ha abierto un camino, haciéndose él mismo camino, para que sus seguidores compartan con él las tareas del Reino. Según eso, discípulo es quien sigue la suerte de Jesus, compartiendo su mismo destino[5].
Jesús ha invertido la tendencia dominante de los grupos sociales y religiosos que interpretan las estructuras de poder profano y religioso (¡en aquel tiempo todo es religiosos!) en forma sacral. Por eso, frente a la manipulación mesiánica de los zebedeos, que son junto a Roca sus seguidores principales (cf. 5, 37; 9, 2), ha establecido aquí las bases de una fraternidad donde no existe poder sino servicio, ejercido por el diakonos (servidor libre) o doulos (esclavo). Roca había rechazado el proyecto de entrega de Jesús (8, 32); los zebedeos ratifican aquel gesto, buscando la doxa o gloria mundana del mesías (10, 37), apareciendo así como representantes de una humanidad ansiosa de dominio religioso. Ellos (con los Doce: cf. 10, 41) han querido ofrecer un correctivo mesiánico a Jesús, ayudándole con su poder y organización.
Jesús rechaza esa propuesta, pero no en una línea de utopia extramundana, como si, en este mundo, sus fieles tuvieran que encerrarse en un nivel de intimidad del espíritu, donde nada se posee ni desea, sino en una línea de más alto realismo social: busca una iglesia transparente donde los hombres y mujeres puedan compartir cien casas, madres, hermanos e hijos (cf. 10, 28-31). Por eso necesita que los zebedeos y los Doce aprendan a regalar su vida, convirtiéndola en don (en servicio) para los demás. Eso significa que Jesús no se evade; busca la vida en común, el pan multiplicado; por eso debe rechazar un poder que quiere organizar el mundo desde arriba[6].
Ésta es la novedad de Jesús. No quiere líderes sentados a su derecha e izquierda, asegurando desde el trono compartido el orden y obediencia de los pueblos, sino buenos servidores como él, para servir por ellos y con ellos, gente de entrega eficaz, que sepa dar la vida por los otros. Se ha dicho que hacen falta buenos gobernantes o señores, como si el problema del mundo se arreglara con buen mando («(oh qué buen vasallo, si hubiese buen señor!»: Mío Cid).
Pues bien, para Jesús, el problema de la humanidad no se soluciona preparando mandos apropiados a nivel político, social o religioso. Por eso no busca en su grupo gobernantes o caudillos, estrategas de finanzas o de buena economía. No investiga las posibles dotes de los zebedeos, ni les hace estudiar leyes o filosofía del poder en una escuela israelita o griega, para hacerles funcionarios de su empresa. Jesús busca madres e hijos, buenos hermanos que sepan regalar su vida por los otros. No se trata de lograr que el poder cambie de manos, sino de superar el poder[7].
Los zebedeos entendían la promesa del Hijo del Hombre en clave de triunfo, de poder y de dinero, como los poderes estatales del mundo (ellos mismos se creían el pueblo de los santos, que se identifican con el Hijo del Hombre triunfador); eran buenos exegetas de Dan 7. Pero Jesús entiende esa promesa en clave de más alto servicio: ha venido a dar la vida, no a exigir que otros le rindan homenaje. El evangelio se vuelve así una guía de servidores. No es directorio para triunfar, manual para ganar dinero y dominar sobre los otros. Por eso, todos los que alguna vez han buscado poder en la iglesia, se equivocan de mesías y confunden Dios y Diablo, Cristo y Antricristo. No se salva el pueblo con buenos gobernantes sino con buenos servidores[8].
No existen según Jesús buenos gobernantes políticos en el mundo, porque necesitan y ejercen poder sobre los gobernados.... No hay estado cristiano en el mundo. El poder del estado como tal es anticristiano.
[1] La petición de los zebedeos, que se quieren elevar sobre los otros, lleva a la ruptura del signo de los Doce: a medida que Jesús va interpretando su camino en términos de entrega, sus discípulos disputan y rompen lo ese signo implica (la unión de las tribus de Israel). Ya no hay Doce, sino dos por un lado (10, 35-38) y diez por otro (10, 41), como grupos enfrentados entre sí. Los ha escogido Jesús para que sean signo unido de un poder que es en el fondo antipoder, de entrega de la vida. Ellos prefieren apegarse a los resortes del poder político/militar, representado por sacerdotes y soldados, que mantienen su autoridad con métodos de persecución (cf. 10, 33-34). Así, piden un lugar a la derecha y a la izquierda de Jesús, utilizando para ello los esquemas de poder antiguo y enfrentándose por eso (al menos implícitamente) a los restantes discípulos, que empiezan a sentirse así discriminados (10, 35-37).
[2] Esta fuerte densidad de engaño e ilusión de los primeros apóstoles del Hijo del hombre, que mirada desde fuera puede parecer patética, resulta en el fondo consoladora: en el seguimiento de Jesús hay lugar para personas que corren el riesgo de engañarse.
[3] Sobre la crítica del poder en los profetas, cf. J. L. Sicre, Los Dioses Olvidados. Poder y riqueza en los profetas preexílicos, Cristiandad, Madrid 1979; cf. también Profetismo en Israel, El Profeta, Los Profetas, El Mensaje, Verbo Divino, Estella 1992. Jesús habla de los que parecen mandar (que en realidad no mandan, pues están esclavizados por el sistema), afirmando que ellos destruyen con su falsa pretensión a los demás. Eso significa que el poder, vinculado casi siempre a las riquezas (cf. 10, 17-22) y expresado como dominación política, quiere presentarse como una sagrada (signo de un Dios que sería Poder, en la línea de este), siendo en realidad diabólico.
[4] Junto a la crítica del poder de algunos profetas, en el conjunto del Antiguo Testamento hay otra línea de lógica político/teológica, que piensa que el poder es signo de Dios, como he señalado en El Señor de los Ejércitos, PPC, Madrid 1996 y en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006.
[5] Suele decirse que, conforme a Jn 19, 31-36, la Iglesia nace del costado abierto de Jesus. Ahora sabemos que ella brota, según esta visión de Mc 8, 2710, 52, del mismo camino de su entrega mesiánica.
[6] La comunidad mesiánica no necesita ricos para edificarse (como vimos en 10, 17-22), ni buenas autoridades sino buenos servidores, gentes que sepan ayudar a los demás de forma intensa, eficaz, creadora. En esa línea, Robinson, History 56-63 ha destacado la crítica antipagana de este pasaje, que puede aplicarse también a los judíos.
[7] Leído en este fondo, el evangelio de Marcos aparece como manual de una iglesia de servidores, tanto en plano externo (en relación al conjunto de la humanidad, en oposición a los insurgentes judíos del 67-73 d.C.), como en línea interna (de supra-organización comunitaria). Allí donde parece que todo está acabado empieza todo; la vida adquiere su más hondo sentido, surgen relaciones nuevas, fundadas en la gratuidad, hay futuro para los niños, fidelidad para los esposos... Esto es posible porque «(El Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan...!» (10, 45).
Como he dicho, Jesús está invirtiendo el texto central de la esperanza apocalíptica: «Vino el Hijo del humano... y todos los pueblos naciones y lenguas le servirán» (Dan 7, 14; cf. Dan 7, 25-27). Conforme a Daniel, cuando venga el Hijo del Hombre acabará la historia (lo que significa que no habrá historia del Hijo del Hombre). Por el contrario, según Marcos, la historia empieza precisamente con la venida del Hijo del hombre, una historia nueva de servicio, de evangelio.
[8] A partir de una visión como Dan 7 (y como la que está quizá en el fondo de 1 Mac), los zebedeos han querido invertir el mensaje de reino de Jesús, de manera que (en este momento del evangelio) ellos aparecen como ciegos o, quizá mejor, como antagonistas mesiánicos de Jesús. El Maestro les habla de entrega; ellos desean y planean la toma de poder. No están solos, no se diferencian en eso del resto de los Doce, sino todo lo contrario: actúan como representantes egoístas de un grupo llamado a la misión universal (cf. 3, 13-19; 6, 6b-13.30) y que ahora empieza a resquebrajarse por el egoísmo de sus miembros. Los zebedeos y los doce siguen a Jesús en camino equivocado de egoísmo mesiánico.