Torreciudad (2). ¿Santuario del Magníficat? El tema no es el Opus ni el Obispo, sino la Virgen.
Esa pregunta (¿Santuario del Magníficat?) nos la hizo Ambrosio Echebarría (1922-2012), obispo de Barbastro (1974-1999), la diócesis de Torreciudad, en una reunión de obispos-teólogos el año 1986. Vino a mi mesa, me dio un abrazo y me dijo Zelan ama? (¿Cómo está tu madre?). Le dije guztiz hondo, está muy bien. Él era de Zeberio, pueblo de mi abuela. Mi madre. le había dado clases particulares dos veranos, cuando él era seminarista y ella terminaba estudios en la Normal.
Conversación con don Ambrosio
Hablamos de cosas de familia, le conté mis problemas de teología, me dijo aurrera zintxo, adelante, recto-recto… Pero no pudimos seguir, porque llegaron tres teólogos aragoneses muy interesados por Torreciudad y el Opus.
Yo no sabía nada del tema y escuche admirado. Aquellos teólogos eran contrarios al tipo de presencia del Opus en el santuario, que se había convertido en centro espiritual de poder en la diócesis de Barbastro…Los tres opinaban que la nueva Torreciudad del Opus iba en contra de la devoción y tradición del pueblo. Uno de ellos, Pepe, era buenconocido del obispo. Ambrosio le escuchó con sabiduría cristiana de aldeano:
-Son gente de mucha autoridad, a mí me tratan bien, como capellán de honor del nuevo santuario, nobles vestimentas, mucho boato…, incienso y ceremonias…Yo soy más de pueblo, me gusta sentarme y hablar con todos, mano a mano… Pero estos son buena gente, aunque vienen con mucha autoridad,… Están convirtiendo el santuario en hotel de peregrinación… Buena gente, traen personas ricas de todo el mundo, para admirar a la Virgen de su Fundador…
- Ellos son aquí un problema –le contestó Pepe-. No se integran en la vida y en las necesidades del pueblo, y a ti que eres el obispo te tienen como un criado….
- El problema no soy yo, obispo de Barbastro, ni son ellos, ni siquiera el santuario. El problema es la devoción mariana de esta gente, la de los pueblos. Éstos son como astronautas que han venido de fuera a conquistar Torreciudad, a imponer aquí su religión y su Virgen.
- El problema es que trae y que quiere imponer esta gente - dijo Pepe. No quieren a la Virgen de verdad, la del Magníficat que tú dices, en contra de los cristianos de siempre, de estos pueblos, que quieren a la Virgen, para así quererse y ayudarse unos a otros, como Jesús...
- Tiene razón, Pepe, hemos hablado de esto muchas veces… El santuario lleva aquí mil años, como signo de vida del pueblo. . Esta Virgen ha ayudado a la gente a vivir, a quererse, desde las raíces de la tierra, sufriendo, gozando, ayudándose… Yo le quería decir a Xabier y a vosotros que sois teólogos penséis en eso y nos ayudéis a los demás, para eso estáis aquí reunidos, me ayudéis a mi, el obispo.. Los del Opus que han venido a Torreciudad están haciendo un santuario rico para gente rica y elitista de medio mundo. Pero yo querría que Torreciudad fuera un santuario de la Virgen del Magníficat, para, acogida de extranjeros, para liberación de encarcelados, redención de oprimidos ¿Qué me dices Xabier? Me han hecho obispo de los encarcelados... y quiero que esta Virgen se su Virgen... Qué me dices tu, Xabier?
No le dije nada… Le pedí que me dejara un tiempo…que dentro de unos días le mandaría unas notas sobre la Virgen del Magnificar de Torreciudad..
TORRECIUDAD. ¿SANTUARIO DEL MAGNIFICAT? (Lc 1, 46-55)
(De una reflexión para Ambrosio Echebarria, maestro y amigo…, sobre la posible significación del Santuario y Virgen de Torreciudad, Virgen del Magníficat)
Quizá la mayor aportación mariana de la segunda mitad del siglo XX ha sido el redescubrimiento del Magníficat, donde María aparece como representante de los pequeños reales, no puramente espirituales: de los hambrientos y oprimidos, como he puesto de relieve en el comentario del Magníficat, Lc 1, 45-56 (cap. 7), y como ha puesto de relieve el Magisterio Católico del Concilio Vaticano II y del Papa Juan Pablo II.
Vaticano II y Juan Pablo II
Primeros para el mundo son aquellos que disponen de poder y de dinero. Primeros para el Reino de Dios son en cambio aquellos que no tienen dinero ni poder, los cojos-mancos-ciegos de Jesús: «Si alguien quiere ser primero sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9,35). Si alguien quiere hacerse grande entre vosotros sea vuestro siervo. Y el que quiera ser primero entre vosotros sea servidor (esclavo) de todos» (Mt 10,44).
‒ Pobreza espiritual. Desde el Vaticano II (Lumen Gentium, LG 55), suele decirse que María pertenecía a los «anawim», los pobres de Yahvé, que aguardaban piadosamente la llegada del Mesías. En esa línea, Juan Pablo II ha resaltado la pobreza religiosa de María: «Es la primera de aquellos pequeños a los que Jesús dirá: Padre... has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños» (Redemptoris Mater, 1987, 17). Inteligentes y sabios son los grandes escribas de la ley, sacerdotes del templo, profesionales de la religión, hombres que saben, sopesan y deciden el misterio. María, en cambio, pertenece a los «nepioi»: aquellos que interpretan la sabiduría religiosa como don y acogen de manera gratuita el evangelio, en humildad, sin dominar a los demás.
‒ Pobreza económico-social, los extranjeros y los encarcelados de Mt 25, 31-46 la Virgen. Esta visión debe ampliarse, pues María se presenta a sí misma como pobre, en la línea de los hambrientos y oprimidos, como ha puesto de relieve la inversión del Magníficat (Lc 1,51-53), que he comentado ampliamente en la parte anterior de este libro. María forma parte de los hambrientos v oprimidos, en un gesto muy claro de inserción social y de «opción en favor de los pobres» (cf. Juan Pablo II, Redemptoris Mater 37). De esa forma ha vinculado actitud interior y vida externa, compromiso personal y forma de existencia.
A la luz del Magníficat, recreado en forma poética en el Apocalipsis en la misión cristiana, la lucha entre Dios y el Diablo debe interpretarse en términos sociales, como superación (no negación) del enfrentamiento entres ricos y pobres, opresores y oprimidos, en la línea del Magníficat de María.
A don Ambrosio Echebarría le parecía que los nuevos inquilinos de Torreciudad estaban más en la línea de una iglesia de poder y de dominación que de la Iglesia del Magníficat, una línea que va en contra de la mariología del Concilio Vaticano II y de los papas posteriores.
Según el Magníficat de María, el verdadero Israel, la obra de Dios, la realizan los los oprimidos y hambrientos, a quienes ella anuncia elevación social y hartura. Por eso, ella se puede presentar como primera de esos pobres. Ella es la mujer piadosa que eleva su plegaria ante el Señor, pidiéndole asistencia; y es también la mujer comprometida que alza un canto en favor de los pequeños de la historia, confesando que Dios derriba de su trono a los poderosos y eleva a los oprimidos, como ha repetido Juan Pablo en su encíclica mariana Redemptoris Mater 13).
En la primera parte de su himno (Lc 1, 46-50) alaba a Dios, reconociendo los dones que ha querido concederle. De esa forma traduce la bendición y bienaventuranza de Isabel en confesión autobiográfica: engrandece a Dios diciendo aquello que Dios mismo quiso concederle:
Proclama mi alma (psiché) la grandeza del Señor (Kyrios)
se alegra mi espíritu (pneuma) en Dios mi Salvador (Sôtêr) (1, 47)
Esta es la definición más honda de María, el signo que distingue su persona. Ella es alma abierta hacia la altura de Dios, deseo de encontrarle y de cumplir su voluntad, como indicaba Lc 1, 26-38. Ella es igualmente espíritu, es la hondura de la vida convertida en alegría, gozo intenso porque Dios existe y salva a los humanos.
Esta palabra expresa el camino doble de la vida de María: sale de sí para alabar a Dios (decir que es grande); vuelve a sí para alegrarse de que Dios exista y sea salvador. Como en toda auténtica amistad, aquí no existe miedo alguno. No hay recelo frente a Dios, no hay envidia de su gloria, no hay posible competencia. Admiración y gozo ante el amigo divino, eso es la vida entera de María. Dios le ha llamado para vivir en libertad y libremente goza, admira y canta al contemplar los dones que Dios le ha concedido.
En el comienzo de toda redención se halla este canto o algún tipo de canto semejante. La vida no se prueba ni sostiene a base de argumentos; los humanos no consiguen jamás justificarse con razones. En la hondura del creyente hay siempre algo más grande: el misterio de la gracia. Quien no lo haya sentido así, quien no consiga decir apasionado ¡qué grande eres oh Dios y yo me alegro de que existas! no podrá entender jamás lo que ahora sigue.
En el principio, más allá de todas las razones, María acoge a Dios y admira emocionada su presencia. Por eso, ella comienza con un canto, expresando así el origen y sentido de su más honda teología. No se trata de renunciar a la razón o de caer en un puro sentimentalismo sino de llegar a las raíces de la racionalidad más honda.
Esta es la razón del Dios amigo que brota del encuentro con su gracia. Es la razón del que descubre que toda su existencia es un regalo. Antes de todo lo que pueda conseguir con sus méritos o fuerzas, antes de todo su trabajo, María sabe que Dios mismo ha fundado con su Vida divina la alegría y fuerza de su propia vida humana:
-Porque ha mirado a la pequeñez de su sierva...
-porque ha hecho en mí cosas grande el Poderoso,
y es Santo su nombre y su misericordia se derrama
de generación en generación, sobre aquellos que le aman (Lc 1, 48-50)
Este es el más bello, el más fuerte canto de reconocimiento personal. María puede alabar a Dios y alegrarse porque él mismo le ha mirado, enriqueciéndola al hacerlo: los ojos de Dios se han posado en sus ojos de mujer para alumbrarlos. Este es un tema que la tradición de los judíos ha vinculado con el éxodo, pues allí se dice que Dios mismo ha mirado a los hebreos cautivados en Egipto, para liberarles de la esclavitud con mano fuerte y brazo poderoso (cf Ex 3,7-10). Ahora se cumple aquella historia de una forma más excelsa.
Quien se descubre mirado por Dios es un pobre y sencillo ser humano, una mujer casi perdida entre los grandes de la historia. Pues bien, en medio de ellos, María se ha elevado como privilegiada: parece que no tiene nada, pero Dios le ha mirado y en esa mirada ha descubierto todo el amor y poder del universo. Miró Dios con amor a los hebreos cautivados. Ella se sabe ahora mirada con amor inmenso y canta, embargada de felicidad.
No hay nada superior a esa mirada. Pasan a segundo plano los bienes económicos, los proyectos y poderes de la tierra. Lo que a un hombre o mujer le hace persona de verdad es la mirada de reconocimiento, amor y compañía de aquellos que le aman. Con ojos de amor va creando la madre al hijo niño, el amigo a la amiga (y viceversa). De la mirada nacemos y en ella crecemos a nivel de afecto creador y vida compartida.
Esta es la experiencia de María. Ella sabe que Dios le ha mirado y con eso le basta: le ha visitado en su pequeñez, le ha ofrecido compañía en su camino, fuerza en el fondo de su desamparo. Ella se encuentra desde ahora siempre acompañada; no está arrojada o perdida sobre el mundo, como se han hallado veces los humanos angustiados. Mujer fortalecida por la mirada de Dios, persona engrandecida y potenciada por la visita cariñosa y creadora de los ojos divino... eso es María.
Por eso sigue diciendo que el Dios de la mirada poderosa ha hecho en ella cosas grandes: todo lo que tiene y puede lo ha recibido a través de la mirada. Antes no era nada, no era nadie; ahora es mujer, persona, madre verdadera. No tiene nada que probar, no tiene que ir diciendo cosa a cosa, detalle por detalle, lo que Dios ha realizado en ella al visitarla con su amor y convertirla en Madre de la misma Palabra divina y humana que es el Cristo. Lógicamente, ella dice: ha hecho en mí cosas grandes... Situando sus palabras en el trasfondo del Benedictus de Zacarías (Lc 1, 67-79), puede entenderse mejor lo que Dios hace en María:
- El Dios que ha mirado a María es el mismo que ha visitado a su pueblo (cf. 1, 68). Se acerca Dios, se hace presente al interior de nuestra vida con sus ojos, con su compañía. No es Señor lejano que se desentiende y nos deja perdidos sobre el mundo; no es poder indiferente a quien importa poco que hagamos. El Dios de María es amigo que mira y visita, alguien que está cerca, muy al lado, asumiendo nuestro mismo sufrimiento y gozo en el camino de la historia. Esta mirada y visita, esta compañía y cuidado de Dios ofrece consistencia y da sentido a todo lo que somos.
- Lo que Dios hace en María expresa lo que el Benedictus llama redención (cf. Lc 1, 68). Allí donde Zacarías decía que Dios ha redimido a su pueblo, María proclama que ese mismo Dios ha hecho en ella cosas grandes, poniéndola al servicio de la salvación universal. Frente al riesgo de un Dios inactivo, que parece ocupado en no hacer nada (dejando que las cosas sucedan, culminen o se pierdan por sí mismas), Zacarías y María han presentado su experiencia del Dios vivo que actúa de manera poderosa entre los suyos.
Esta es la experiencia de María. No canta en general, no quiere hablar de oídas; sólo dice y canta aquello que Dios ha realizado en ella al contemplarla. Por eso se presenta ante su prima y ante todos los que escuchan su palabra y la proclaman luego bienaventurada (cf 1, 48) como amada de Dios y redimida.
Sólo quien haga una experiencia semejante sabrá lo que supone redención, podrá decir lo que es María. Ella no está sola, no se escinde o separa de los otros. Como visitada y redimida por Dios viene a elevarse gozosa ante los hombres, no para sentirse orgullosa y diferente sino para invitarles a todos de manera que así puedan asumir un mismo canto de gozo y redención intensa.
Inversión de Dios. María del Magníficat, La gran profetisa (Lc 1, 51-55)
Las palabras anteriores eran una especie de autobiografía esencial: María se sentía amada, mirada por Dios y engrandecida, en gesto de profundo simbolismo. Ambos (Dios y María) podían presentarse como amigos o aun mejor enamorados: simplemente se miraban uno al otro y parecía que al hacerlo se borraba en su exterior el mundo entero.
Como pareja de amantes actuaban uno y otro. Se miraban y en sus ojos culminaba, recibía su sentido el universo. Es como si Dios y el ser humano hubieran encontrado por primera vez su hondura y su sentido, descubriendo cada uno su grandeza y realidad en el espejo de los ojos del amigo. Este momento de contemplación recíproca, dual y personal, resulta necesario para que el ser humano pueda descubrirse realizado en lo divino. Aquí se expresa aquello que pudiéramos llamar el ser del gozo, la satisfacción de la existencia.
- Gozaba Dios haciendo el mundo y descubriendo que las cosas eran buenas (Gén 1), en gesto que ha venido a culminar aquí, cuando mira a María y proclama sorprendido y gozoso que ella es buena: ¡Salve, querida! (=llena de gracia. Cf. Lc 1, 26-38).
- Goza el mismo ser humano, reflejado por María, que responde jubilosa, ratificando de esa forma la alegría de la creación de Dios. Es gozoso, es sorprendente, es inaudito que los hombres existan, que acepten con su amor agradecido el don de Dios, que le respondan con el canto desbordante de su vida.
Como sacerdotisa del conjunto de la creación, haciendo suya la voz de los vivientes, María alaba al Dios supremo. De esa forma se descubre liberada para el gozo: no vive por imposición, no soporta la existencia por deber, no se rebela en contra de las fuerzas misteriosas de la tierra. Sólo existe por placer de Dios; por eso eleva la voz de su más hondo gozo y, transformando su existencia en liturgia de alabanza, canta desbordada.
Este es el gozo de María, el signo de su libertad hecha palabra de misterio. Pues bien, cuando pudiera parecer que todo acaba y se clausura ya en esa mirada y alegría de gozo compartido, cuando pudiéramos pensar que la pareja enamorada (Dios-María) se han cerrado para siempre en su secreto de pareja, descubrimos admirados que su canto de su amor se abre hacia todo el universo, como indica la continuación del Magníficat (1, 51-55).
Hemos dicho ya en el tema anterior que pecado es un amor enfermo que se cierra de manera egoísta sobre sí (o sobre un grupo de egoísmo compartido ); gracia, en cambio, es el amor abierto de manera generosa y creadora hacia los otros. Como gracia viene a desvelarse el amor de Dios y de María. Por eso, ella canta abriendo su experiencia a todo el universo:
Desplegó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón;
derribó a los potentados de sus tronos y elevó a los oprimidos;
a los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51-53)
Hemos seguido la traducción litúrgica, pero poniendo potentados en vez de poderosos y oprimidos en lugar de humildes, para respetar mejor el texto original, conservando su sentido. Dios mismo aparecía como poderoso (dynatos) en 1,49, en signo de autoridad positiva, creadora. Por el contrario, los potentados (dynastas) de este nuevo pasaje ejercen un poder que es destructivo. Por otra parte, los oprimidos (tapeinous) de 1,52 no son sin más los humildes buenos, que aceptan con paciencia y amor su situación adversa, sino todos los que sufren aplastados por los otros (respondan o no piadosamente).
Lo que en versos anteriores parecía amor de cercanía (mirada cariñosa de dos enamorados) se ha expandido aquí a manera de amor de transcendencia que se expande en forma redentora a todos los humanos. Eso significa que el amor de Dios y de María no se entiende como pura acción privada, algo que realizan ellos dos a solas. Ese amor es centro y sentido, principio y norma de liberación (inversión salvadora) para todos los humanos.
De esa forma se vinculan lo más íntimo (amor de Dios-María) y lo más público y activo (transformación de la humanidad). Sólo aquí culmina la visión de María, profetisa de Dios que lleva al mismo Hijo divino en sus entrañas (cf 1, 44) y, en nombre de ese Hijo, haciendo suyas las más hondas palabras de la profecía israelita (cf 1 Sam 2, 1-10), proclama el cambio de los siglos.
Como profetisas María dice su Palabra y pone en marcha un movimiento de vida que proviene del mismo Dios excelso; lo anuncia con Palabra solemne, como gesto que se está ya realizando, sin necesidad de explicitar sus mediaciones (la forma en que se expresa). El más íntimo amor de su existencia (su diálogo con Dios, su maternidad mesiánica) aparece como fuente de transfiguración social intensa: ante la llegada de Dios, ante la experiencia de su Cristo, cambian las viejas condiciones de nuestra vida pecadora.
Pecado era la vida fundada en la soberbia y expresada en el poder de los más fuertes: los potentados que destruyen a los oprimidos; los ricos que devoran a los hambrientos. En una sociedad dividida de esa forma y dominada por violentos parece que Dios mismo se encuentra desterrado (está muy lejos) o se ha puesto al servicio de los poderosos, viniendo a presentarse como justificación de su propio orgullo y prepotencia.
Pues bien, María sabe por su más honda experiencia que eso ya no es cierto. Lo sabe en cierto modo desde siempre, por la inspiración y profecía de la historia israelita y por eso añade que Dios recuerda su misericordia, en favor de Abraham y su descendencia para siempre (1, 54-55). Pero lo que antes era un saber referencial, objeto de antigua tradición, viene a ser para María una experiencia directa, inmediata, de la gracia que transforma la existencia.
Este es el milagro de María: aplica y expande a todo el universo lo que Dios ha realizado en ella al saludarla y contemplarla con su gracia. Ha mirado su pequeñez y la ha elevado. Mira Dios ahora a todos los pequeños, hambrientos y oprimidos de la tierra, a todos sus hermanos, para así acogerlos bajo su cuidado y elevarlos, en proceso sorprendente de inversión recreadora.
Este gesto de inversión se expande y abre a todo el universo de los seres humanos, pero se refleja de un modo especial en aquellos tipos de personas que María ha citado de manera expresa en las palabras de su canto (1, 51-53). Empecemos la lista desde el fin:
- A los hambrientos quiere Dios saciarlos, colmándolos de bienes: suscita para ellos un mundo de abundancia y gozo compartido, de manera que los productos y valores de la tierra puedan convertirse en bendición de Dios y fuente de vida compartida para los humanos.
- A los oprimidos los eleva Dios: deja que se puedan expresar, rompiendo las barreras y cadenas que les atan. Quiere Dios que la existencia humana sea libertad, que cada uno pueda expresarse plenamente y todos se encuentren en amor y se completen (complementen) sobre el mundo.
- Frente a los soberbios de 1,51 están los humillados, es decir, aquellos que no logran expresarse, pues no tienen poder o autoridad para pensar, para decir, para mostrarse como humanos. Pues bien, al dispersar a los soberbios (como el humo se dispersa y disipa con el viento intenso), Dios suscita un campo de existencia para los pequeños de la tierra.
Estos son los niveles de inversión social que en nombre de Dios canta la humilde María, como profetisa de los tiempos mesiánicos. Al sentir que Dios la mira (que la quiere con locura), ella sabe que Dios quiere igualmente con locura a los pequeños y humillados de la tierra. Descubre así que viene (con el Cristo que late en sus entrañas) el tiempo nuevo de la redención universal que anunciaron los profetas y por eso eleva su voz, canta.
Canta María y en su voz de poeta, profetisa, adquiere ya sentido el universo. Sus palabras son llamada de nueva creación, anuncio de aquello que ha de hacerse, porque Dios lo quiere y porque los humanos estarán comprometidos a seguir su voluntad, colaborando con el Cristo. Estas palabras de anuncio de María marcan la irrupción del tiempo nuevo de justicia y libertad, de Merced redentora y Gracia fraterna sobre el mundo. Será bueno que podamos precisarlas, resaltando en esquema algunos de sus rasgos más significativos. Ellas nos permiten crear la más preciosa teología, espiritualidad y práctica mariana de la redención o liberación mariana. No son invento de algunos teólogos dispersos de la iglesia; son sencillamente un comentario y aplicación del canto del Magníficat:
- Revelación de Dios. Todo lo aquí dicho es expresión del amor de Dios que ha mirado a María, haciendo en ella cosas grandes. El canto ha presentado a Dios como poderoso, santo y misericordioso (1, 48-50). Es el Dios que ahora despliega el poder de su brazo, derriba y eleva, colma y vacía en misterio redentor a los humanos. En admiración reverente ante el poder y obra de Dios canta María.
- Acción redentora de Cristo. Canta María a Dios, pero lo hace desde el Cristo, hijo de Dios, que lleva en sus entrañas: como madre del Hijo mesías alza su voz de profecía. Por eso, ella dice sólo aquello que Cristo hará en su día, anticipando así el mensaje de las bienaventuranzas (Lc 6, 20-26). De la gran merced o salvación redentora de Jesús habla María en este canto, anunciando la obra de su hijo.
- Este es un himno de la Iglesia que lo asume en la liturgia de alabanza de Vísperas. A la caída de la tarde, reunidos en plegaria, los cristianos repiten la palabra de María, para reasumir así su fe en la redención y reiterar el mismo compromiso de fidelidad ante el Dios que elevó a los oprimidos y colmó de bienes a los hambrientos...
- Es canto de inversión amenazante: lo mejor que Dios puede hacer a los soberbios es decirles que su vida se disipa como el humo; lo mejor que puede hacer a los ricos es dejarlos vacíos y a los potentados derribarlos de sus tronos, pues en caso de que sigan como está se pierden (destruyen su existencia verdadera) y pierden, oprimen, a los otros. Es dura esta palabra, pero al fondo de ellas (igual que en Lc 6, 24-26) descubrimos el misterio del amor supremo: Dios quiere que los soberbios/potentados/ricos pueden salvarse y para eso necesita “derribarlos” de sus tronos, a fin de que descubran el misterio de la gracia y compartan la existencia de gozo y compañía fraterna con los pobres.
- Esta es palabra redentora: Dios ofrece pan a los hambrientos, libertad a los oprimidos, elevación a los humillados. Este es el Dios que quiere que todos los humanos vivan en gozo fraterno y alabanza, que se miren los unos a los otros y compartan de manera gratuita la existencia.
- Es palabra de gracia cercana, de vida hecha mirada de amor, acción liberadora. Se expande así hacia los humanos la experiencia fundante de María: la ha mirado Dios, por eso ella dirige su vista hacia los hombres, deseando que se miran acepten los unos a los otros; le ha cambiado Dios, por eso ella quiere que los hombres se transformen, haciendo que su vida sea diálogo de vida compartida.
Con estas fuertes palabras, María nos ha introducido en el espacio de opresión más fuerte y de esperanza más intensa de la historia. Así nos lleva a la casa del dolor en la que habitan hacinados, aislados, a millones de millones, los hambrientos y oprimidos de la historia. Nos lleva hasta esa casa, abre la puerta y les invita (nos invita) al gozo nuevo de la vida liberada donde todo sea gracia. En la gran cárcel del hambre, en el lugar donde más pesan las cadenas de opresión nos ha venido a colocar María.
Es buena pedagoga. Quiere dirigirnos a otros campos de verdor y de belleza, hacia los lagos más tranquilos, a las playas más serenas, hasta el aire en calma de la noche y las estrellas donde todos los dolores cesan... Pero antes de ello toma nuestra mano y nos dirige al valle de opresiones y de lágrimas más fuertes de la historia: hasta el suburbio o el ranchito en que malviven y mal-mueren los hambrientos; a la cárcel, el exilio o los inmensos barracones donde están esclavizados y se angustian muriendo cada día los millones de oprimidos.
Esta no es una guía turística. No quiere llevarnos María a los lugares del olvido y diversión, a los lujosos hoteles donde pasan el tiempo y malgastan el dinero de los pobres los más ricos. Nos ha llevado de su mano a los campos del hambre y opresión para decirnos allí con voz solemne: Dios sacia de bienes, Dios eleva y redime por su Cristo a los perdidos. Quien ha escuchado esta palabra, aprendiendo a ver el mundo con los ojos de María, sabe ya que todo ha de volverse diferente.
Nunca será igual nuestra visión de los poderes del mundo ni tampoco nuestro modo de abrirnos a los pobres. Sabremos que muchas cosas tienen que morir: es bueno que acabe la opresión, que caigan del trono los potentados, que los ricos pierdan su fortuna para bien de los más pobres... Es bueno que suceda así para que todos, empezando en los hambrientos y oprimidos, podamos comenzar a levantarnos para construir un mundo más fraterno, de gozo y armonía entre los hombres.
Aplicación. Virgen de los Desterrados, vencidos, cautivos, extranjeros
La tradición cristiana ha explicitado de diversas formas la experiencia del Magníficat, el fuerte cuidado de María hacia los muchos hambrientos y oprimidos de la tierra. Así lo mostraremos comentando algunos textos antiguos. Después ofrecemos unas reflexiones sobre nuestro tiempo.
- María es Consolatrix Afflictorum”, consoladora de afligidos (Misterio de Elche). Lógicamente, cuando ella parece marcharse (morir) se afligen los apóstoles (los fieles). Sobre un mundo de tristeza y llanto, María viene a presentarse como mano (madre) de gozosa ternura. Por eso, consolarse mutuamente en la aflicción y consolar de una manera especial a los que viven afligidos sobre el mundo es la primera devoción mariana.
- El mundo es exilio, como saben los que invocan: a ti llamamos, los desterrados, hijos de Eva (Salve). Exilio es para todos este mundo: lugar donde penamos, separados de la patria y vida verdadera. Pero exilio especial es para algunos (oprimidos y hambrientos, desterrados y prófugos...) como señalaba María en el Magníficat. Por eso, la devoción mariana debe traducirse en gesto de solidaridad y presencia liberadora en el lugar de los desterrados.
- A ti suspiramos, gimiendo y llorando (Salve). A veces nos avergonzamos de llorar y ocultamos el llanto en la pura diversión externa (si podemos conseguirla) o en la dura lucha de la vida. Se ha dicho a veces que los hombres no deben llorar, pues ello sería vergonzoso. Pues bien, lo vergonzoso es promover el llanto de los otros, hacer un mundo donde muchos (la mayoría) no tengan más palabra que su llanto. Ser devotos de María significa acompañar a los demás en su dolor, secar sus lágrimas y juntos consolarnos.
Estos son algunos de los rasgos más salientes de una devoción antigua que miraba a María como Consuelo en la aflicción, Redentor en el destierro, Auxiliadora cariñosa en medio de la fuerte enfermedad del llanto. Estos rasgos siguen siendo esenciales. Quien no sepa por su propia experiencia que este mundo es destierro, valle de lágrimas (Salve) no podrá ayudar a los demás.
La Salve llama desterrados y presenta como gimientes y llorosos (en plano personal) a los que el Magnificat mostraba como oprimidos y pobres (en plano más social). La respuesta del devoto de María es la misma en ambos casos. Por un lado intentará consolar (acompañar, atender) a los que sufren. Por otro lado hará cambiar las circunstancias de opresión y llanto en las que vive nuestro mundo.
Ciertamente, la Salve y las devociones marianas tradicionales pueden ser más intimistas o quizá más resignadas. Tienden a pensar que este mundo es incambiable. Por eso lo que importa (lo que intentan) es acentuar la devoción interna, que nos hace capaces de aceptar la muerte. Vivir con dignidad en medio del dolor, mantenerse consolados en medio del destierro de la tierra... eso es lo que quieren los devotos de María, en gesto de compasión y cariño abierto hacia los otros.
Sin embargo, la experiencia del Magníficat, ratificada por viejas instituciones marianas (de acción social, hospitalaria o redentor) y cultivada por la doctrina social de la Iglesia, nos lleva a traducir el canto de María en gestos de compromiso liberador. En medio del llanto y la opresión del mundo, la madre de Jesús ha querido iniciar y ha iniciado un camino de redención (de merced liberadora) que se expresa en la vida y plegaria de la iglesia.
María ha dicho que Dios sacia a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. Fundados en Jesús, debemos pues comprometernos a cumplir ese ideal sobre la tierra, tanto en plano de doctrina (haciendo que los ricos vean el peligro en que se encuentran y comiencen a cambiar) como en plano de práctica social (ayudando a vivir en justicia y encuentro fraterno a los pobres).
La misma devoción mariana se convierte de esta forma en gesto de servicio o promoción liberadora. No puede rezar a María ni menos cantar sus palabras aquel que no lleve en el alma el dolor de los pobres y el firme deseo de aliviarles, haciendo que la vida sea para ellos y todos más fraterna.
Dice el canto que Dios eleva a los oprimidos y derriba del trono a los poderosos. Eso significa que no podemos ser devotos de María sin un firme compromiso de liberación social. No basta consolar a los oprimidos a nivel interno, dejando que sigan como están en otros planos; hay que ofrecerles una ayuda extensa, para que ellos mismos puedan elevarse, ofreciéndoles medios humanos (educación y bienes materiales) apropiados para ello.
Esta devoción mariana puede y debe ser provocativa, pues no basta con asistir a los hambrientos y oprimidos; hay que proclamar también una palabra de juicio y condena sobre los opresores, anunciándoles con María que ellos deben ser derribados de sus tronos, quedando así vacíos. En la lucha de la historia y vida social nos viene a introducir la devoción mariana, haciéndonos redentores, es decir, capaces de poner la vida al servicio de los hambrientos y oprimidos, en gesto de esperanza creadora que se abre hacia todos los humanos.
El Magníficat empezaba siendo canto de intimidad del alma (María) que, sabiéndose mirada por Dios, responde en gozo agradecido. Pues bien, ese mismo canto de alabanza y victoria se convierte para los creyentes en programa de liberación: con María y por María queremos suscitar un mundo en que no existan hambrientos y oprimidos; por eso estamos empeñados en cambiar las circunstancias actuales de la sociedad y de la historia.