Verbo de Dios. (1) León XIV: Biblia del Parlamento. (2) San Pablo: Biblia del Areópago (Biblistas Paraguay 2)

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Presenté ayer el tema 1 de Biblistas del Paraguay (Cristo y la Biblia, VB 2026). Hoy presento el tema 2 2: (5 lecturas cristianas del AT). Entre ellas destaca la del Discurso de Pablo en el Areópago, Hech 17. En ese fondo quiero situar el “discurso bíblico” (=Biblia del Parlamento), que ha proclamado esta mañana (8.6.26) el Papa León XIV ante las cortes españolas en Madrid.

Sobre el discurso de León XIV hablará mañana toda la prensa española, poniendo de relieve  sus argumentos básicos. Derechos humanos, libertad, defensa de la vida, asistencia a los marginados etc, con una visión de conjunto de la Doctrina Social de la Iglesia. Parlamentarios d toda la gama del espectro político, sincera o políticamente, le han aplaudido durante más de ocho minutos de reloj. Ha salido de las cortes en aura de multitudes.

En ese contexto, anuncio y expongo aquí la parte central de mi ponencia por ZOOM ante los Biblistas de Paraguay que ofreceré mañana, hora 10 Paraguay, Hora  25 España) (ver imagen de de FB, con link de entrada para quienes lo deseen….). Ahora quiero recordar sólo que el discurso bíblico de Pablo en el Areópago, quizá es quizá el más incisivo y pertinente de todos los discursos de la Biblia y de la historia de occidente.

 Los 300 y más areopagitas de las “cortes· de Atenas le escucharon con inmensa pasión. Pero al fin callaron, quedando en hondísimo silencio. En silencio quedaron y marcharon. Algunos le dijeron con falsa cortesía “seguiremos otros día”. Sólo dos  (entre más de 300) quedaron sobre el Areópago con Pablo, para decir que estaban con él. Uno se llamaba Dionisio, el Areoagita, cuya tumba está en Saint Denys de París. La otra era Dámaris, la Areopagita. Ellos siguen siendo  testigos y garantes del más hondo discurso religioso (bíblico) de todos los tiempos. Mañana (hoy 9.6.26) lo desarrollaré con calma, por Zoom para mis amigos de Asunción de Paraguay y para otros que quieran sumarse.

SERMÓN DE ATENAS, BIBLIA DEL AREÓPAGO (Hch 17, 22-34),  

        El cristianismo lo fundaron Jesús y sus primeros compañeros y amigos, en diálogo con el judaísmo y las religiones del entorno, entre Jerusalén y Atenas, en el siglo I d.C. El mismo Lucas, de quien he tratado en el capítulo anterior (fugitivos de Emaús: Lc 24) escenificó esa fundación del cristianismo como paso del Dios en quien vivimos, nos movemos y somos al Dios que resucita a los muertos, como destaca Pablo en Atenas (Hech 17, 16-34)[1].

En Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 22-28)

  De paso por Atenas, Pablo empieza discutiendo en el ágora con la gente de la plaza y en la sinagoga con los judíos. Pero unos intelectuales, estoicos y epicúreos, descubren que tiene un pensamiento distinto y le invitan a pronunciar un discurso en el areópago, donde empieza diciendo:

 Atenienses, veo que sois los más religiosos de todos los hombres.

En efecto, mientras paseaba mirando vuestros monumentos sagrados

vi entre otras cosas un altar con esta inscripción:

Al dios desconocido».

Ahora vengo a anunciaros eso que adoráis sin conocer.

El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él

no habita en templos hechos por hombres, porque es Señor de cielo y tierra.

Tampoco puede ser servido por manos humanas como si necesitara algo,

ya que él concede a todos, aliento y todas las cosas.

El hizo surgir de un solo principio a todo el género humano

para que habite sobre toda la tierra,

y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y fronteras,

para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo.

Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros.

En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos,

como bien dijeron algunos de vuestros poetas:

“Nosotros somos también de su raza”(Hch 17 (22-28)

Según la versión de Lucas, Pablo se encontraba a solas en Atenas, ciudad de grandes discusiones, en una situación de paroxismo (parôxyneto), como si debiera enfrentarse hoy (2026) con la problemática del mundo. Había paseado por la ciudad, meditando en sus contrastes… y se había detenido en el ágora donde acudían para discutir y dialogar personas de muchas naciones y escuelas.

Había conversado con epicúreos, más centrados en los placeres de la vida, y estoicos, partidarios de un tipo de ética exigente, pero al servicio del orden establecido. Unos y otros le tomaron como espermologos, alguien que vomita palabras. Pero sintieron curiosidad, pues hablaba de nuevos dioses (Jesús y Resurrección), y quisieron conocer lo que eso implicaba

Dios, Realidad buscada (Hech 17, 24-27). Pablo había discutido con transeúntes o curiosos, pero algunos estoicos y epicúreos que se tomaban por sabios, de dos grandes escuelas filosóficas, quisieron escuchar y discutir con calma el tema y le llevaron al Areo-pago, colina de Ares (Marte), pidiéndole que hablara. La escena puede conservar un fondo histórico, pero más que un posible dato del pasado a Lucas le interesa la relación entre cultura griega y cristianismo.

Para captar la atención de los oyentes y situar el tema, Pablo empezó aludiendo a un altar particular (bômon) que los atenienses habían alzado al Dios desconocido, que ellos buscaban por medio de la filosofía Parece que no había en Atenas un altar de dicado al Dios desconocido, en singular (agnosto Theô), pero se ha encontrado entre sus ruinas un inscripción dedicada a los dioses desconocidos (agnostois theois), pues no había sólo uno, sino muchos, en un mundo lleno de divinidades de política, dinero, placer o guerra. A partir de aquí empezó Pablo organizando su discurso con dos tesis.

-Primera tesis. Ese Dios desconocido es hacedor (poiesas) de todas las cosas. El ofrece vida/respiración (dsôê/pnoê) a todo lo que existe. En él somos, él es vida de nuestra vida, aliento de nuestro aliento, verdad original, Tao, Brahma, Allah, Gran Espíritu de cielo, de estrellas y tierra, plantas y animales. Por eso, la verdadera religión/conocimiento consiste en acepar todo lo que hay (lo que viene de Dios, sin reprimir nada), pero alzando un altar a ese dios desconocido para así elevarnos nosotros, como sabios del mundo[2].

-Segunda: Ese Dios ha de ser vida (historia) de los hombres (Hech 17, 26-28). Pablo pasa así del cosmos griego a la identidad judía, pero con un toque helenista (somos genos, familia de Dios). De esa forma expone su visión del mundo en términos universales. Un griego podría ofrecer ciertos reparos al origen común de la humanidad (ex henos, de uno como Adán (Gen 2-3); pero Pablo no quiere discutir ahora ese tema, ni lo relaciona con la unidad racional de todos los hombres, sino presentar la acción salvadora de Dios par, romanos o griegos, bárbaros o judíos[3].

 En esa línea, culmina Pablo su discurso, diciendo, con los atenienses que en Dios vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 28). Pablo acepta esa tesis que se había extendido el tiempo-eje (siglo VII-IV a.C.) en la franja cultural de Eurasia, del Pacífico al Atlántico, presentando a lo divino como el todo, Tao, Brahma, Espíritu del mundo). Esa tesis (en lo divino vivimos, nos movemos y somos…) podían aceptarla desde China pasando por India y Persia varios pueblos como loc israelitas, griegos y romanos.

Los hombres somos presencia de la divinidad, y lo divino es “todo en todos”: Panta en Pasin (1 Cor 15 28). No existen realidades concretas (cosas, hombres, estados, animales) y además de ellas, como algo añadido, “dios”, pues lo divino (Realidad, Espíritu …) es Todo lo que existe (cielo y tierra, humanidad).

Dios (lo divino) es lo importante, el Todo de la realidad, pero tenemos que buscarle, pues no se le ve (es desconocido), y sólo podemos encontrarle si nos dejamos encontrar por él, pues no estamos definidos de antemano, ni tenemos un camino ya trazado, sino que vamos aprendiendo y trazando, probando y tanteando caminos, dejándonos encontrar por él (Hch 17, 28).

•  En él vivimos (dsômen). Estamos inmersos en la Vida de Dios, que no es una cosa entre otras, sino la Vida originaria, que se va desplegando, dándose a sí misma en nuestra vida. Otras realidades (estrellas y elementos del cosmos, plantas u animales) parece que no lo saben, pero nosotros lo sabemos y así vivimos conscientes en Dios. De esa forma podemos afirmar que él (Dios) vive en cada uno de los hombres, que recorremos nuestros caminos tanteando, buscándole a tientas, con deseo de encontrarlo (ei ge psêlaphêisamen auton; Hch 17, 27), mientras nos estamos buscando a nosotros mismos. Éste es nuestro destino: Buscar a Dios para encontrarle y encontrarnos a nosotros mismo, en Dios. Éste ha sido el “despertar” de nuestra conciencia, Dios en nosotros, pues si en él vivimos, es porque él nos da la vida, una vida de Dios nos desborda, que es mucho más que aquello que somos en particular, en concreto (cerrados en nuestro interior), de manera que para ser nosotros tenemos que dejar que él nos haba ser, sin acapararle ni exigirle que sea sólo nuestro,

•  En él nos movemos (kinoumetha). Ésta es la siguiente experiencia: Viviendo en Dios “nos movemos”, es decir, somos movimiento, un proceso de realización, nacimiento, vida compartida y entregada (muerte). No podemos pararnos, pues si lo hiciéramos moriríamos, dejaríamos de ser “vida consciente” de Dios, volviendo a la inconsciencia de animales y plantas… Nos movemos en Dios, en un proceso que es prueba de nuestra existencia y de la suya (queremos sentirnos, descubrir lo que somos) en admiración gozosa de su existencia en nosotros. Es bueno que seamos movimiento, que miremos, escuchemos, avancemos, con otros, recibiendo y compartiendo vida de Dios a medida que nos vamos haciendo (recibiendo y compartiendo) con ellos lo que somos, nuestro movimiento divino.

•  En él somos. Camino y movimiento, exploradores vida de somos, unos con otros, no estamos fijados, realizados ya, ni como individuos, humanidad. No somos una esencia terminada una “especie” parada en sí misma, un movimiento asombroso de vida (kínesis), marcada por la muerte (por el riesgo y potencial de la muerte), que forma parte de nuestro despliegue divino, abierto a la resurrección. En ese movimiento vivimos y somos En él somos (existimos, esmen). Ésta es la última palabra de la “triada” divina de Pablo en Atenas: En Dios vivimos, nos movemos y “somos” en el sentido fuerte del término, que podríamos traducir en forma actual por “existimos” (tenemos realidad, somos personas). Hemos salido del riesgo de la nada por una palabra directa de Dios, cada uno de nosotros (somos por vocación) y así vivimos, superando el puro movimiento inconsciente de las restantes realidades. En esa línea podemos afirmar que somos buscando nuestra realidad definitiva, cada uno de nosotros, en unión con los demás seres humanos. Ciertamente, vivimos, nos movemos, existimos, pero al final morimos como personas particulares, porque en realidad sólo existe de verdad el Todo Divino y nosotros como hombres acabamos.

Un hombre al que Dios ha resucitado de la muerte (Hch17,  29-34)  

Muchos hombres actuales de fondo cristiano dirían hoy (202) que en realidad “no somos”, pues morimos como individuos y sólo existe en realidad y siempre el Todo… En esa línea, el mismo Eclesiastés/Kohelet de la Biblia, parece decir que no somos más que un soplo evanescente (habel habalim, vanidad de vanidades), de manera que al decir “en Dios somos” deberíamos añadir “en Dios morimos”, pues en realidad, plenamente, sólo existe el Todo Divino, y nosotros los seres humanos, como individuos morimos y no somos.

En contra de eso, Pablo afirma al fin de este discurso que en Cristo morimos, pero no para acabar y des-hacernos, pues en él resucitamos (Hch 17, 29-30). Ésta es la novedad que Pablo ha venido a proclamar en Atenas. Éste el argumento de la Biblia, el problema de fondo de Grecia: No que Dios sea desconocido, sino que el Dios verdadero, a quien Pablo conoce, ha querido superar los tiempos de ignorancia (y muerte) de los hombres, resucitando a un muerto (y resucitándonos también a nosotros con ese muerto). Éste es el final de su discurso:

Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar

que la divinidad se parezca a imágenes de oro plata o piedra,

esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre.

Pues bien, pasando por alto los tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora,

en todas partes, a todos los hombres que cambien de mente.

Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia,

por medio del hombre a quien ha designado; y ha dado a todos garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos.

Al oír «resurrección de entre los muertos» unos lo tomaban a broma,

otros dijeron: De esto te oiremos hablar otra vez.

Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos se le juntaron y creyeron,

como Dionisio areopagita y una mujer llamada Dámaris (Hech 17, 29- 34). 32

Para captar la benevolencia de on los sabios de Atenas, Pablo había dicho que Dios es mayor que nuestras ideas y acciones, añadiendo que en él vivimos, nos movemos y somos, Pues bien, ahora, reformulando de un modo radical el tema, Pablo se atreve a decir tres cosas nuevas.

(1) Que él conoce al Dios desconocido, y de esa forma se presenta en el Areópago, no como un filósofo griego de escuela, ni como un sabio de Jerusalén, sino como testigo (conocedor) del Dios al que los atenienses (y también los de Jerusalén, como tales) desconocen

(2) Que else Dios desconocido ha decidido superar el tiempo de ignorancia de los hombres, y que él, Pablo, ha venido a decirlo precisamente en Atenas, ciudad del conocimiento y del desconocimiento.

(3) Que Dios quiere juzgar al universo entero con justicia (ἐν δικαιοσύνῃ), y que él Pablo, puede decirlo y lo dice en ese lugar privilegiado del tribunal del Areópago de Atenas. El verdadero conocimiento es, según eso, el juicio y justificación (dikaiosynê), propia del Dios que él, Pablo, ha venido a proclamar, como principio de resurrección de los muertos

Para responder a ese juicio de Dios, que él, Pablo, está proclamando en este tribunal del Areópago, los hombres tienen que convertirse, es decir, cambiar de mente (μετα-νοεῖν). Con esta llamada a la conversión (meta-noia) había comenzado Jesús su mensaje en Galilea y lo había culminado en Jerusalén (Mc 1, 14-15). Pues bien, no solo en Israel, sino también en Atenas, los hombres tienen que aprender a pensar y vivir de un modo distinto (por meta-noia)

(1) Dios ha dado testimonio de la verdad y contenido de esta “conversión” a través de un hombre (ἐν ἀνδρὶ) a quién él ha constituido (ὥρισεν, cf. Rom 1, 4: oristhentos) y ratificado con toda fidelidad/credibilidad ante todos los serres humano (πίστιν παρασχὼν πᾶσιν) resucitándole de la muerte (ἀναστήσας αὐτὸν ἐκ νεκρῶν).

(2) Dios ha determinado el día en que va a realizar ese juicio (ἡμέραν ἐν ᾗ μέλλει κρίνειν), en este mismo mundo, no en un plano “espiritual, de eternidad, propia del alma separada, fuera de este mundo, como en el caso se Sócrates, sino en la culminación de este mundo, de esta historia humana.

           Estos son los momentos esenciales de la justicia y el juicio de Dios que Pablo ha proclamado en el areópago de Atenas, afirmando ante ese supremo tribunal que él conoce al Dios desconocido y que ellos tienen que cambiar de mente-conocimiento (meta-noia) para conocerle también, añadiendo que ese juicio de Dios está vinculado a la resurrección de un muerto, esto es, que implica una resurrección, transformación total, de mente y de vida de los seres humanos. En esa línea, Pablo emplaza a los atenienses diciéndoles que se preparen para el día (ἡμέραν) del juicio de Dios.

Dios no es simplemente aquel en quien vivimos, nos movemos y somos como individuos, inmersos en el Todo eterno de la divinidad, sino aquel en quien vivimos, nos movemos y morimos…para resucitar, en unión con un hombre a quien Dios ha “instituido” y ratificado, resucitándole de entre los muertos, para el día del juicio que llega con gran justicia. Este es el tema, la gran novedad, el conocimiento y vida que Pablo ha venido a proclamar en el Areópago como Verbo de Dios, Palabra de comunión definitiva de Dios y de los hombres.

Éste fue el mensaje radical de Pablo, la buena noticia de Dios y de la vida humana que él quiso proclamar en Atenas, al afirmar que, superando nuestra ignorancia anterior (y nuestra muerte), Dios ha decidido enseñarnos su verdad divina y ofrecernos nuestra identidad humana, al resucitar a un muerto (Hch 17,30-31). Esa es su palabra clave, la verdad de su discurso, formulada así, de repente, no como sorpresa total, sino como sentido y culminación de todo lo anterior, :

•En el fondo del misterio de Dios están los muertos. El problema no es que los hombres mueren “biológicamente”, sino que saben que mueren, sea por su naturaleza, por pecado o por voluntad y castigo de Dios. Conforme a este discurso de Pablo en el Areópago, la pregunta fundamental no es la del Dios desconocido” del altar de Atenas, sino la de los hombres muertos. Pablo ha comenzado hablando de un Dios desconocido, pero ahora acaba hablando de un muerto, cuyo nombre no cita, un muerto que puede ser cualquiera, pues todos morimos. Tales de Mileto decía que el mundo está lleno de Dioses; Pablo contesta: Está lleno de muertos.

El problema no es que Dios sea desconocido, sino saber qué hacemos (qué hace Dios) con los muertos, y especialmente con aquel a quien él (Dios) ha constituido juez universal, para el día de la gran justificación, al resucitarle de los muertos, culminando en él y con él su obra creadora.…

•El problema no es saber cómo mueren los hombres (cómo morimos), sino si Dios ha enviado (escogido) a un hombre nuevo para realizar por medio de el su obra salvadora, si Dios ha podido (querido) resucitarle, de qué manera, con qué medios, con qué finalidades. El problema no es el Dios desconocido, sino la muerte de los muertos. Lo difícil no es decir que en Dios vivimos, nos movemos y somos, sino decir que Dios resucita a un muerto (=a los muertos).

Pablo podía haber terminado su discurso con los razonamientos anteriores (en Dios vivimos, nos movemos y somos), para añadir que nuestra salvación o plenitud consiste en seguir palpando por plazas y caminos, ciudades y campos, buscando a tientas a ese Dios, como hacían los atenienses. Pero al llegar a ese momento (tras haber dicho que en Dios vivimos, nos movemos y somos) Pablo había querido decirnos que el Dios verdadero (el Dios conocido, no el agnosto o desconocido) es aquel que resucita a los muertos en Cristo.

El tema no es por tanto vivir, movernos y ser en Dios, sino superar la muerte y resucitar en el verdadero Dios revelado por la muerte y resurrección de Cristo, a favor de los demás. Así proclama Pablo en Atenas la nueva y verdadera Biblia de Dios, que no es simplemente aquel en quien quien vivimos, nos movemos y existimos, en un plano de Vida “espiritual” (ideal), como Sócrates, sino aquel en quien y con quien morimos y resucitamos como Cristo (con Cristo).

Frente a la Biblia “ideal” (filosófica), representada por Sócrates y el Dios desconocido en quien vivimos, nos movemos y somos, ha elevado Pablo en Atenas la Biblia “concreta” de la meta-noia o cambio de vida y resurrección de Cristo:

- Pasando por alto, trascendiendo (hyperidôn), los tiempos de ignorancia (khronous tês agnoias (17, 30)…Así comenzó Pablo el final de su discurso, atreviéndose a decir sobre el areópago, en la cátedra de las infinitas discusiones de los atenienses, sobre pórticos, jardines y escuelas de filosofía (estoicos y platónicos, herméticos y aristotélicos, cínicos, epicúreos y escépticos…), que todo el conocimiento anterior de Atenas (su ciencia, filosofía y religión) podía y debía definirse como tiempo de ignorancia, esto es, de muerte como fatalidad sin luz y sin respuesta, pues el cielo interior de Sócrates no es respuesta real de cambio de mente y vida [4].

- Dios anuncia (parangellei), como buena nueva a los hombres (tois anthrôpois) que ellos pueden con-vertirse, supra-pensar (meta-noein), dando la vida unos por otros (17, 30). Ésta es la novedad del mensaje de Pablo, más allá de las palabras genéricas antiguas (en Dios vivimos, nos movemos y somos). Sólo a través de una profunda y radical conversión podemos decir: En él vivimos, morimos dando vida y resucitamos (=superamos la muerte). Ésta es la vida en conversión, en meta-noia, en resurrección. Conversión se dice en hebreo “shub”, cambio de dirección de pensamiento, de movimiento y vida.

- Jesús había comenzado su “proclamación del Reino de Dios” hablando de “metanoia” (17, 30; Mc 1, 14-15). Lo mismo dijo en su segundo discurso, de Cafarnaúm tras la multiplicación de los panes: El hijo del Hombre debe dar su vida y morir para que los hombres obtengan vida y resuciten (Jn 6).En esa línea, Pablo añade en Atenas que por encima la sabiduría de este mundo, que consiste en palpar a tientas, buscando a Dios, Dios mismo nos ofrece en Cristo un meta-pensamiento, meta-noia que va más allá de la muerte, que no es resultado de nuestro esfuerzo, sino don del Dios que da vida (resucita) a los muertos.

- Dios ha determinado el día... (hêmera) de esa justificación y cambio (º7, 3117, 31), el día de la vida verdadera, de la resurrección, que se expresa en forma de meta-conocimiento, por medio de un hombre, al que Dios ha ratificado (constituido) como principio de conversión, resucitándole de la muerte (=de los muertos, ek nekrôn). Éste es el día… en el que Dios realizará el súper-juicio en justicia (krisin en dikaiosyne) a través del hombre a quien ha designado para ello (en andri hô hôrisen)…

Las tradiciones de Atenas decían que Diógenes cínico, con un farol en la mano, había pasado y repasado las calles de la ciudad día y noche, buscando a un hombre de verdad sin encontrarlo. En esa línea, el problema y tarea de los hombres no era ya buscar y encontrar a “Dios desconocido”, cuyo altar habían elevado los atenienses en su ciudad, sino buscar y encontrar a un hombre, constituido y destinado por Dios para el juicio de la “ecúmene” (la humanidad), juicio de perdón y vida, de salvación y esperanza, por la resurrección. Esta era la novedad que Pablo proclamaba ante los areopagitas expectantes, diciéndoles que Dios había constituido (resucitado) a un hombre para juzgar (=salvar) a la humanidad [5].

Reacción de los areopagitas (17, 32-34). Jesús no es Sócrates: su pascua no es confirmación del valor infinito del alma, sino revelación, juicio y nueva creación de Dios por medio de un crucificado. Los sabios griegos rechazan en general a Jesús. Sólo unos pocos aceptan su testimonio:

- Rechazo. Se ha ido preparando a lo largo de la exposición y culmina cuando Pablo alude a la resurrección de un muerto. En general, los griegos se oponen a ella. Podrían aceptar a Jesús como sabio o taumaturgo (un hombre con poderes divinos); pero les cuesta descubrir el sentido de su muerte/resurrección como signo radical de Dios. Más aún, podrían aceptar su muerte heroica, al estilo de Sócrates, pero no entienden su resurrección, ni el cambio que ella implica (la meta-noia radical) para el establecimiento de una antropología mesiánica con implicaciones personales y sociales (económicas, políticas, familiares). Sócrates no necesita resucitar, para que su espíritu o daimon perviva... ni tampoco Buda. Pero Jesús no es Sócrates ni Buda, no es un maestro de interioridad, sino un reformador/transformador social, un hombre de salud y justicia, de transformación integral, de resurrección.

 

Aceptación. Sin embargo un areopagita o miembro del tribunal se une a Pablo, aceptando su doctrina. Ese creyente se llama simbólicamente Dionisio (no Apolo), el Dios supremo de la vida real en el “panteón” griego. Le acompaña una mujer de nombre popular, Dámaris (gacela). que parece “bárbaro”. Ambos, Dionisio y Dámaris aceptan el camino cristiano. Al lado de ellos hay otros, pero da la impresión de que no son muchos. Pablo no ha fundado en Atenas una gran comunidad (como en Filipos, Tesalónica o Corinto); pero su paso es fecundo; ha sembrado semilla de evangelio en la misma colina de la gran cultura griega, en el Areópago de Atenas.

[1] Planteamiento general en Ciudad Biblia En especial cf. A. M. Dubarle, Le discours à l'Aréopoge (Act 17, 22- 31), RSPhTh 57(1973) 576-610; M. Pohlenz, Paulus und die Stoa, ZNW 42 (1949) 69-104.

[2] De ese principio (Dios, hacedor de todo) deduce Pablo dos consecuencias. (a) Si Dios es todo no habita en templos particulares, construidos por los hombres,… (b) si Dios es todo, la religión no consiste en darle cosas, sino en recibir y compartir su vida divina); no se trata, pues, de dominar en nombre de Dios a otros, sino de ofrecer espacio y camino de vida a todos.

[3] De aquí deduce Pablo dos consecuencia 1) Dios ha hecho a los hombres para habitar (katoikein) en la tierra, conforme a Gen 1,28: creced, multiplicaos, llenad la tierra. 2) Dios les ha hecho para buscarle y vivir en él. De esa manera condensa el pensamiento griego afirmando que en Dios vivimos, nos movemos y somos, pues somos de su estirpe (citando como autoridad al poeta pagano Arato, Phaen 5).

[4] Ninguna escuela, ningún “filósofo”, ni Hermes, Sócrates, Zenón, Solón o Platón, Aristóteles o Euclides, ha respondido al tema concreto de los muertos. Ningún espíritu interior, ninguna esencia inmaterial o idea, puede superar la muerte, como pensaba Sócrates (condenado en aquel mismo Areópago). Los hombres reales, materiales, viven y se mueven por un tiempo, pero mueren y no son, a no ser que regalen su vida muriendo por los otros.

[5] Los atenienses llevaban cuatro siglos meditando sobre la razón y sentido de la muerte de Sócrates, condenado por este tribunal del Areópago y viviendo como “daimón” inmortal, como idea. Jesús no un daimón inmortal (una supra-idea, ley cósmica o inteligencia artificial que se muda y transmuda en genealogías infinitas, sino un hombre que muere, siendo resucitado por Dios).

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