Viene el Papa con su mensaje: Doctrina social de la Iglesia
Antes se llamaba Robert Prevost, pero al ser elegido Papa, hace un año, tomó el nombre de León XIV, como sucesor del Papa León XIII (1878-2003), “creador” de la Doctrina social de la Iglesia, que los papas posteriores han precisado sistematizado, creando un “corpus” de teoría y práctica social que no tiene semejante en el mundo.
Para los que quieran saber lo que piensa y de un modo especial lo que dirá en las Cortes de España, ante políticos e interesados, quiero ofrecer un resumen de la Doctrina social de la Iglesia, tal como ha sido condensada y explicada por un experto Norteamericano llamado D. G. Groody, No conozco ninguna que exprese mejor que élla Doctrina social de la Iglesia, desde una perspectiva norteamericana, muy semejante a la del Papa. También Groody ha sido “misionero” en hispanomérica, tabién Groory vincula el “espíritu” americano con el espíritu y misión de un tipo de iglesia universal.
Una forma de entender la misión de la Iglesia es estudiar su enseñanza social. Los dos capítulos anteriores nos han llevado a examinar la visión cristiana de la justicia a la luz de las fuentes bíblicas y patrísticas. En este capítulo estudiaremos de manera más precisa algunos de los principios que guían y gobiernan esa visión. Estos principios, tomados en gran parte de la sabiduría bíblica y patrística, ofrecen una comprensión sistemática de aquello que la iglesia cree (ortodoxia) y de la forma en que ella vive y actúa (ortopraxia), partiendo de lo en lo que cree, particularmente en el campo de la caridad y la justicia. Después de algunas reflexiones de principio, examinaremos el contenido básico de la enseñanza social católica, para ver la forma en que ella presenta las exigencias sociales de la fe cristiana en un Dios de la Vida. El conocimiento de la enseñanza social católica, a la luz del Dios de la vida (a God of Life), y la utilización de esta frase como acrónimo [acróstico] para entender sus temas principales, nos ofrece un tipo de brújula, que puede ayudarnos para realizar nuestra navegación a través de las aguas tempestuosas de nuestro tiempo y edad.
DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA
UN FUNDAMENTO ÉTICO PARA LA TRANSFORMACIÓN GLOBAL
En términos generales, la enseñanza social católica abarca todos los principios, conceptos, ideas, teorías y doctrinas que tratan de la vida y de la sociedad humana, tal como ella ha evolucionado en el tiempo, desde los días de la iglesia primitiva. La Doctrina social católica quiere combatir aquellas dimensiones de la sociedad que perjudican a la relación de los seres humanos con Dios, con los otros, con el entorno y con ellos mismos; al mismo tiempo, ella quiere promover aquellos factores que promueven esas relaciones. La Doctrina social católica no constituye, sin embargo, un cuerpo de doctrina ya fijado e inmutable, sino que ofrece una compresión progresiva de la misión social de la iglesia, dentro de un mundo dinámicamente cambiante. Esa doctrina, tiene un fundamento básicamente teológico, pero ella funda también sus reflexiones en la filosofía, la economía, la sociología y en otras ciencias sociales. A través de la vinculación de la teología con otras disciplinas académicas, la Doctrina social católica quiere entender mejor los desafíos del mundo actual y ofrecer así un fundamento ético para la transformación global.
En términos más específicos, la Doctrina social católica se apoya en la doctrina de la Iglesia contemporánea y en los documentos y encíclicas de los papas que se han ocupado de los problemas sociales de la actualidad (véanse tablas 4 y 5). Aunque ya Benedicto XIV (1740-1758) había comenzado publicando encíclicas papales en el siglo dieciocho, la mayor parte de los estudiosos sostienen que la era de la Doctrina social católica comenzó con la publicación de la encíclica de León XIII, Rerun Novarum, en el año 1891. La serie de documentos que entonces comenzó crearon un “corte sísmico” en la enseñanza católica, poniendo a la Iglesia en solidaridad no con la elite económica y política de la sociedad, sino con la clase trabajadora y con los pobres. La Doctrina social católica reconoce que en la actualidad muchos son pobres no a causa de su vagancia, sino a causa de un sistema de estructuras, políticas e instituciones que limitan sus opciones y les mantienen en la pobreza.
Algunos documentos anteriores a Benedicto XV
León XIII 1891 Rerum Novarum, Sobre la condición del trabajo
Pío XI 1931 Quadragesimo Anno, Reconstrucción del orden social
Juan XXIII 1961 Mater et Magistra, Cristianismo y progreso social
Pablo VI 1967 Populorum Progressio, Progreso de los pueblos
Pablo VI 1975 Evangelii nuntiandi, Anuncio del evangelio
Juan Pablo II 1981 Laborum Exercens, El ejercicio del trabajo
Juan Pablo II 1992 Centesimus Annus, A los cien años
El mensaje universal de la Doctrina social católica moderna está dirigido a todas las naciones y a todos los pueblos y se ocupa de los diversos aspectos del ser humano y del pleno desarrollo de cada persona (PP 42). No está dirigido sólo a los católicos, sino también a otras comunidades eclesiales, a otras religiones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Su finalidad no consiste en organizar la sociedad, sino en ofrecer un desafío, para guiar y formar la conciencia de la comunidad humana en la búsqueda de un nuevo orden social (CSDC 81). La Doctrina social católica considera el proceso de transformación social como un elemento integrante de su misión evangelizadora (SRS 41), que no se entiende ya de una manera proselitista, sino como una forma de ayudar a las personas a relacionarse entre sí, de unas maneras que sean impulsoras de vida, bajo la guía del Evangelio. Como indican los obispos, “la acción a favor de la justicia y la participación en la trasformación del mundo se nos presenta, plenamente, como una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio, o, dicho en otras palabras, de la misión de la Iglesia a favor de la redención de la raza humana y de su liberación de toda forma de situación opresora” (JW 6).
COMPRENDIENDO LA CARIDAD Y LA JUSTICIA
En la Doctrina social católica, y entre aquellos que la comentan, hay una discusión significativa en lo referente a la relación entre caridad y justicia. Se trata de una distinción que ha ido precisándose a lo largo del tiempo, una discusión que resulta necesaria cuando nos ocupamos de aquello que se necesita para el cambio social. Según algunos, entre esos dos términos existe una diferencia tajante, pues la caridad implica el compromiso y servicio directo a favor de las personas que sufren bajo un tipo de necesidades inmediatas, como son los pobres. Por el contrario, la justicia implicaría un cambio institucional y una transformación de las estructuras sociales injustas. Esta línea de razonamiento quiere poner de relieve que los actos de caridad personal, tomados en sí mismos, resultan insuficientes para responder a las exigencias de la justicia.
Pues bien, esta perspectiva tiene un defecto y es que ella reduce el alcance de la caridad cristiana y la identifica primariamente con dar limosnas. La caridad incluye el dar limosnas, pero implica mucho más. En la Doctrina social católica, la caridad cristiana (agapê) es un término mucho más extenso; ella está en el núcleo del mensaje del Evangelio y es la que hace posible la justicia (CEC 1889). La caridad no es, por tanto, algo que puede distinguirse de la justicia, sino, más bien, la virtud fundamental que está en el fondo de la justicia y que hace posible su despliegue. En otras palabras, caridad es aquello que se hace o se da por amor. La justicia, en cambio, aunque íntimamente relacionada con la caridad, indica aquello que se debe a cada persona, en cuanto ser humano. Caridad es “la virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas… y al prójimo como a nosotros mismos” (CEC 1822); por su parte, la justicia es “la virtud moral que consiste en… el deseo de dar a Dios y al prójimo aquello que les debemos” (CEC 1807). Como expresión de la caridad, la justicia comienza allí donde prestamos atención a las necesidades y derechos de cada persona, pero ella se expresa también allí donde nos esforzamos por transformar las estructuras sociales, dentro de unas redes sociales y de unas instituciones más amplias, que favorecen la vida (CDSC 208).
El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas Est (26f), habla de la “caridad social” (DCE 29). Así escribe que la llamada cristiana para la realización de acciones caritativas nace del amor, pero “el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado” (DCE 20). El Papa indica que la caridad social se dirige hacia la transformación del orden social, aunque, en este proceso, el Estado y la Iglesia tienen funciones diferentes:
La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de conseguir una sociedad que sea lo más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que exige también siempre renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, a la Iglesia le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien (DCE 28).
Según eso, la misión social de la Iglesia se expresa en la línea de la liberación de los oprimidos. La Iglesia busca la conversión de los opresores y la eliminación de las estructuras de opresión. Pues bien, ese gesto de oponerse a las fuentes de la injusticia, puede crear controversias y conflictos, especialmente entre aquellos que se aprovechan de esas estructuras opresoras.
Ciertamente, la caridad, entendida como ayuda directa, comienza cuidando de los cuerpos que bajan flotando por el río. Pero la misma caridad, entendida como justicia, se dirige también, en primer lugar, a la transformación de las estructuras sociales que son las causantes de que los cuerpos bajen flotando por el río.
Un área donde los cuerpos flotan regularmente en el río es la frontera de USA con México. Los cuerpos de los inmigrantes indocumentados pueden hallarse no sólo en los canales, sino también en las montañas y en los desiertos, donde muchos mueren cuando intentan entrar en USA buscando trabajo. Respondiendo a estos problemas, los obispos de México y de los Estados Unidos han elevado su voz en contra de la muerte de miles de personas, a lo largo de la frontera. Ellos exigen que los individuos, las comunidades y los gobiernos busquen de inmediato la manera de remediar las necesidades de los inmigrantes y de sus familias. Pero, al mismo tiempo, se oponen al sistema económico global que es, ante todo, el causante de la migración de esos hombres y mujeres, y se oponen también a la política policial que les obliga a marchar a través de territorios muy peligrosos. En el área de la reforma de la inmigración, lo mismo que en otras áreas, el compromiso de la Iglesia a favor de la justicia social proviene del convencimiento de que la liberación comienza ya desde ahora, en esta tierra, a pesar de que ella, la Iglesia, aguarda con esperanza la hora en que todas las relaciones humanas sean justas, cuando Cristo vuelva otra vez, al final de los tiempos.
TRES DIMENSIONES DE LA JUSTICIA SOCIAL
Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce la necesidad y la función de la ley civil y criminal; pero ella entiende la justicia de un modo más amplio y no sólo en términos jurídicos. En un mundo que no responde al orden de Dios pueden llegar incluso a legalizarse una serie de leyes injustas, que benefician a los poderes y excluyen a los débiles. En contra de eso, cuando habla de la justicia social, la Doctrina social católica tiene que trazar ciertas normas básicas. Apoyándose en una rica tradición intelectual, que se expresa de un modo especial en Santo Tomás de Aquino y en la reflexión filosófica posterior, la Doctrina social católica empieza distinguiendo tres dimensiones primarias de la justicia social: justicia conmutativa, justicia contributiva y justicia distributiva.
Justicia conmutativa. La justicia conmutativa o contractual se ocupa de las relaciones entre individuos, grupos y clases sociales. Este aspecto de la justicia constituye el principio básico sobre el que se edifica la sociedad, pues se ocupa de la forma en que los individuos establecen relaciones y acuerdos entre ellos. La justicia conmutativa se relaciona con el dar y tomar que forma parte de estas relaciones y de los beneficios y responsabilidades que provienen de ellas. Ella trata de asegurar que la dignidad humana y la responsabilidad social sean el fundamento de todas las transacciones, contratos y promesas de tipo económico: según ella, los dadores de trabajo tienen la obligación de ofrecer a sus trabajadores unas condiciones de trabajo que sean dignas, pagándoles unos salarios justos; por su parte, los trabajadores tienen el deber de responder a los empleadores o empresarios con un trabajo concienzudo y diligente, a cambio de los salarios que reciben (EJA 69).
Justicia contributiva. Mientras que la justicia conmutativa se ocupa de las relaciones de unos individuos con otros, la justicia contributiva se ocupa de las relaciones de los individuos con la sociedad en su conjunto. Esta justicia va en contra de aquellos que se aprovechan de un modo desleal del conjunto del sistema, apelando a sus derechos, pero sin asumir en modo alguno sus responsabilidades con respecto al colectivo más amplio del cuerpo social. La justicia contributiva pone de relieve la responsabilidad de los individuos en relación con el bien común, lo que significa que hombres y mujeres tienen el deber de ocuparse no sólo de su propio bienestar, sino también del bienestar de los otros. Una parte de esa responsabilidad viene a cumplirse a través de la participación en la vida civil de la comunidad, pagando los impuestos y ejerciendo el derecho del voto.
Justicia distributiva. Mientras los individuos tienen una responsabilidad respecto al bien común, la sociedad en su conjunto tiene una obligación que cumplir respecto a los individuos y también a los grupos. Esta justicia se ocupa de las relaciones del todo con las partes y procura ofrecer a los individuos un mínimo de bienes y recursos materiales, necesarios para que ellos puedan disfrutar de una vida humana y digna. Como miembros de una comunidad humana, los individuos tienen el derecho de que sus necesidades básicas estén cubiertas, a no ser que una absoluta escasez lo haga imposible. La justicia distributiva busca el bienestar de todos los miembros de la comunidad, lo que implica que la comunidad debe salvaguardar y proteger los derechos básicos de cada uno. Ella pone también un énfasis especial en proteger a los miembros más débiles de la sociedad, buscando una mayor solidaridad con los pobres.
Vinculando la justicia conmutativa, contributiva y distributiva, de manera que formen un todo, la justicia social trata de la forma en que se organiza una sociedad y de la forma en que sus individuos y sus instituciones se organizan e interactúan unas con otras. En la raíz de la justicia social se encuentra el respeto por la dignidad de cada persona humana y el compromiso superior a favor del bien común. Cuando se cumplen esas condiciones, los hombres y mujeres tienen aquello que necesitan para llegar a ser aquello a lo que están llamados a ser ante Dios, dentro de la comunidad humana.
UN DIOS DE VIDA: UNA MATRIZ PARA COMPRENDER
LA DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA
La Doctrina social católica moderna está constituida por un cuerpo relativamente extenso, formado por materiales que han sido recogidos y unidos a lo largo de un largo período de tiempo, materiales escritos por autores distintos, que han utilizado metodologías distintas y que se han enfrentado con problemas sociales diferentes. Sin embargo, todos esos documentos reciben su inspiración básica de una fuente primaria: la fe común en Jesucristo, en el que se revela un Dios de Vida. Muchos de los problemas sociales de los que se ocupa la Rerum Novarum, en 1898, siguen existiendo todavía; algunos se ha vuelto aun más graves. Más aún, muchas de las preocupaciones éticas destacadas por León XIII siguen siendo, por desgracia, las mismas que ha puesto de relieve Juan Pablo II un siglo más tarde.
Análisis de la realidad social
La Doctrina social católica comienza señalando los problemas sociales opresores de cada día y de cada edad, para analizarlos después desde la luz del Evangelio. Estos problemas están vinculados con trabajo, familia, guerra, racismo, pobreza, inmigración, eutanasia, armas nucleares, economía, cuidado médico, investigación científica, política, cultura, aborto, pena de muerte, entorno y otras materias que se relacionan con la vida humana, la dignidad humana y el bien común. La Doctrina social católica está interesada en las cuestiones que esos temas plantean a la conciencia humana y en los valores que deben ser promovidos y en las acciones que deben realizarse a fin de lograr que surja un mundo justo, ordenado y pacífico. Este análisis es como una espada de dos filos: por una parte pone de relieve, de un modo crítico, las dimensiones negativas de una sociedad que empequeñece a algunos, deshumaniza a otros y degrada el entorno; por otra parte, quiere promover en la sociedad aquellas fuerzas positivas que dignifican, humanizan y sostienen los frágiles vínculos que nos une a todos, formando una familia humana.
La tarea del análisis comienza con una descripción precisa del mundo, tal como ahora existe, para preguntarnos después cuál es el mundo que Dios quiere, qué clase de sociedad necesitan los seres humanos y que tipo de sistema puede ser respetuoso con el entorno. Al analizar los “signos de los tiempos”, la Doctrina social católica moderna quiere comprender aquello que la Narrativa del Evangelio dice a una sociedad global que está marcada, especialmente en Occidente, por un capitalismo industrial avanzado. Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce los aspectos positivos del capitalismo, pero ella afirma también que el sistema capitalista tiene sus límites, de tal forma que si no se modera y si no se deja cambiar por imperativos morales, ese sistema puede lesionar e incluso destruir la integridad de la comunidad humana.
La Doctrina social católica analiza el orden social, desde una perspectiva global y local, utilizando para ello los documentos dirigidos a la Iglesia universal y a las iglesias particulares (cf. tablas 4 y 5). Los documentos dirigidos a la Iglesia universal ofrecen los elementos teológicos más amplios y los principios morales que se derivan de la fe en un Dios de Vida y que ofrecen su luz sobre las cuestiones sociales más importantes del mundo. Los documentos dirigidos a las iglesias particulares tratan de la forma en que se concretan y adaptan aquellos principios universales, para elaborarlos después de un modo consecuente, por medio de las diversas reuniones, discursos y documentos de los dirigentes de cada iglesia particular. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CSDC), publicado el año 2004 por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, sintetiza muchas de las enseñanzas de la Iglesia universal y de las iglesias particulares y ofrece un paso en adelante en la tarea de presentar una visión sistemática de la Doctrina social católica. Tomados en conjunto, esos documentos quieren exponer lo que esa enseñanza social significa dentro de los desafíos específicos que se plantean a nivel nacional, estatal y continental (SRS 9 y OA 4).
Al analizar las estructuras culturales, políticas, económicas, sociales y religiosas que determinan el desarrollo de la civilización, la Doctrina social católica se enfrenta con los problemas que impiden el desarrollo, problemas como el hambre, el analfabetismo, una asistencia sanitaria inadecuada, malas condiciones de salubridad, contaminación ambiental, corrupción, inestabilidad política y económica y estructuras sociales inadecuadas (PP 56-61). La Doctrina social católica denuncia esas malformaciones como contrarias a la voluntad del Dios de la Vida. Al mismo tiempo, ella proclama la voluntad del mismo Dios a través de su compromiso a favor de la paz, de la justicia y de los derechos humanos (RM 42).
Gratuidad de Dios
El análisis social comienza con el estudio de la realidad; la teología, en cambio, comienza con la gratuidad de Dios. La gratuidad de Dios implica que todo es un don: todo lo que somos, todo lo que poseemos, todo aquello en lo que vivimos, todos aquellos a los que pertenecemos. En contra de una sociedad que, de manera progresiva, está interpretando la vida en términos de logros que nosotros mismos conseguimos y de posesiones que logramos alcanzar con nuestro esfuerzo, la Doctrina social católica cree que todo lo que existe brota, como don de amor, del Dios de la Vida.
Desde el comienzo, el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27), fueron llamados a encarnar visiblemente la gratuidad de Dios en un jardín de vida, donde los seres humanos habían sido colocados para cultivar los campos, como administradores de los bienes de la tierra (CSDC 26). La Doctrina social católica reconoce que la gratuidad de Dios constituye un don inmerecido, pero esa gratuidad exige también nuestra respuesta, pues nos pide que vivamos y amemos como Dios lo hace (Jn 13, 34).
La Doctrina social católica fundamenta sus principios éticos en el convencimiento creyente de que la gratuidad de Dios se ha manifestado especialmente en el don del Hijo de Dios, que no ha venido a la tierra y se ha encarnado, pero no a causa de los méritos de la humanidad, sino a causa del propio deseo de Dios, pues él (Dios) ha querido ofrecer nueva vida y curar a un mundo roto. A no ser que uno descubra la gratuidad de Dios como punto de partida para la reflexión ética, la moralidad personal y social podrían venir a interpretarse y prescribirse como un conjunto de reglas y reglamentaciones arbitrarias, dictadas por un Dios-Policía e impuestas de manera rígida por los jerarcas de la Iglesia.
Pues bien, la moralidad personal y social brotan del don antecedente (a priori) de un Dios que da la vida y que se da a sí mismo; de esa forma, la moralidad del hombre surge como una respuesta al amor, como un deseo de dar como a uno le han dado, de amar como le han amado, conformando así la propia vida de acuerdo con aquel que es Dador de Vida. Según eso, seguir a Jesús significa modelar la propia existencia según la gracia y misericordia de Dios, amando a los otros sin ponerles condiciones, descubriendo así nuestras conexiones con el conjunto de la familia humana, que ha sido creada por el Dios de la Vida y que, a pesar de que se encuentra oprimida por el pecado, ha sido redimida por amor. Sólo apoyándose en el amor gratuito de Dios, revelado en Jesucristo, la iglesia puede hablar de justicia social y de una nueva moralidad.
Una sociedad ordenada hacia el Bien Común
Para que cada ser humano pueda llegar a ser verdaderamente aquello que Dios quiere, la Doctrina social católica pone de relieve el imperativo de ordenar la sociedad conforme al bien común de todos los pueblos. La Doctrina social católica entiende el bien común como la suma total de condiciones sociales que capacitan a los individuos y a los grupos para que puedan conseguir, de una manera más plena y consecuente, la plenitud de la vida humana, a través de un orden justo de la sociedad (GS 26, 74).
La primera encíclica de la Doctrina social católica moderna, que puso de relieve el tema de la justa ordenación de la sociedad, fue la del Papa León XIII, Rerum Novarum. Fue escrita en el contexto de explotación de los trabajadores, durante la Revolución Industrial. Esa encíclica ofreció una visión de una sociedad que debía estar fundada en una comprensión humana del trabajo, en el derecho a la propiedad particular, en el principio de la colaboración (y no del conflicto de clases), en la dignidad de los pobres, en los derechos de los débiles, en la obligación de los ricos, en el establecimiento de la justicia y en el derecho de sindicación de los obreros. Cuarenta años más tarde, tras la depresión y la crisis económica de 1929, el Papa Pío XI publicó la encíclica Quadragesimo Anno. Cuando las polaridades económicas comenzaron a empeorar en todo el mundo, este documento puso de relieve que el capital debe colaborar con los trabajadores y no explotarlos (QA 23). Cien años después de la encíclica Rerum Novarum, y reconociendo que la economía global fáctica no tenía en cuenta todavía los derechos de los pobres, el Papa Juan Pablo II escribió la Centesimus Annus, con el fin de poner de relieve la importancia del bien común, en relación con las necesidades de toda la familia humana (CA 58).
Uno de los medios fundamentales de la sociedad para organizarse a sí misma es buscar la justicia económica. Según eso, la salud de una economía no se mide en términos de estadísticas financieras, centradas en el producto nacional bruto o en los precios de la bolsa de valores, sino teniendo en cuenta la forma en que la economía afecta a la cualidad de vida de la comunidad en su conjunto (EJA introd. 14). Una economía bien organizada debe configurarse teniendo en cuenta estas tres preguntas: ¿Qué hace la economía a favor del pueblo? ¿Qué es lo que ella hace al pueblo? Y ¿cómo participa en pueblo lo en ella? (EJA 1). Por encima de todo, hay que poner de relieve el impacto de la economía sobre los pobres, La justicia económica exige que los recursos del mundo se compartan de un modo equitativo, que se respeten los derechos de los trabajadores, que las decisiones económica (y aquellos que las deciden) se preocupen más por el bien común y, en resumen, que la economía esté al servicio de los seres humanos y no los seres humanos al servicio de la economía.
Cuando se tienen en cuenta las exigencias del bien común y se atienden a los requerimientos de la justicia distributiva, hay que ir en contra de aquellos tipos de vida y de aquellas políticas e instituciones sociales que influyen de manera negativa en los pobres (EJA Introd. 16). La Doctrina social católica busca la transformación de las formas de política y de los sistemas creados con finalidades egoístas, de tipo individual y colectivo, que se institucionalizan (e incluso se legalizan) de un modo social, contribuyendo al subdesarrollo y a la degradación de los pobres. Cuando examinaron las estructuras sociales a la luz del bien común, los obispos de USA destacaron lo siguiente: “Las decisiones se deben juzgar a la luz de lo que ellas realizan a favor de los pobres, teniendo en cuenta lo que hacen a los pobres y de lo que permiten que los pobres hagan por sí mismos” (EJA 24).
La lucha a favor de una sociedad más justa está relacionada también con la búsqueda de la paz y, según eso, gran parte de la Doctrina social católica se construye teniendo como meta la visión de una sociedad pacificada. La paz es una dimensión importante de la Doctrina social católica, pero un tratamiento exhaustivo del tema va más allá de la finalidad de este capítulo. Aquí basta con poner de relieve que la paz es fruto de la justicia que ella se encuentra íntimamente relacionada con el desarrollo y el empoderamiento de los países y de los individuos pobres (CA 5). La paz es mucho más que una ausencia de guerra y más que un equilibrio de poder entre enemigos; ella es el resultado de una sociedad que se organiza de manera recta y, en último término, ella es un don que fruye del Dios de la Vida (CP 68).
Dignidad de la persona humana
Según la Doctrina social católica, una sociedad está ordenada cuando no se estructura y funciona conforme a los principios de la máxima ganancia, de las necesidades de la nación o de la codicia descontrolada de algunos seres humanos, sino que funciona, en último término, conforme a los principios intrínsecos de la riqueza, libertad y dignidad de cada persona humana (GS 26). La Doctrina social católica cree que los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27), tienen, por el mismo hecho de existir, un valor propio, una dignidad y una distinción inherente a su misma vida. Esto significa que Dios está presente en cada persona, sea cual fuere su raza, nación, sexo, orientación afectiva, su cultura o economía. La Doctrina social católica afirma que todos los seres humanos han de ver en cada persona humana dos cosas, un reflejo de Dios y una figura de ellos mismos, de manera que deben honrar y respetar la dignidad de cada persona como don divino (GS 26-27).
La Doctrina social católica dirige su atención especial, dentro de la sociedad, a aquellos cuya dignidad se encuentra disminuida, negada o dañada, o también a aquellos que, pareciendo que ya no son útiles, acaban siendo rechazados o descartados. También destaca el valor de las personas que realizan trabajos deshumanizadores. Actualmente, muchos trabajadores se sienten alienados en su trabajo, como si no fueran más que un engranaje sustituible de una gran máquina industrial, sin tener una conexión creativa con su trabajo y sin esperanza de alcanzar otro trabajo que sea más significativa para ellos.
La Doctrina social católica aboga en especial por aquellos a quienes la sociedad descarta como improductivos, poniendo de relieve los derechos de los pobres, de los ancianos, de los enfermos y de otros que son más vulnerables. Al asumir la voz del Dios de la vida, la Iglesia cree que la dimensión central de su misión consiste en promover la dignidad de cada persona, elevando su protesta allí donde los pobres, los últimos y los débiles se encuentran más amenazados.
Opción por los pobres
A la luz de la gran diferencia que existe entre naciones ricas y pueblos pobres, uno de los medios principales por los cuales la Iglesia defiende la dignidad humana es dando prioridad a las necesidades de los pobres. Enraizada en las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su forma de atender a los necesitados, la opción de la Iglesia a favor de los pobres pone de manifiesto su compromiso de ponerse al lado de aquellos a quienes la sociedad minusvalora, tomándolos como insignificantes, compromiso que se expresa en su responsabilidad a favor de ellos, para su liberación integral y su desarrollo humano. La opción por los pobres está presente en todos los documentos de la Doctrina social católica y de un modo especial en los escritos de Juan Pablo II:
Ésta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia…Pero hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor (SRS 42).
Esta opción incluye no sólo un compromiso a favor del pueblo, sino también a favor de culturas cuya misma existencia se encuentra en peligro por el proceso de la globalización.
La opción por los pobres constituye también una manera de potenciar el poder de todos, para que participen en los bienes comunes, un camino que empieza respondiendo a las necesidades de todos, en especial de aquellos que se encuentran en mayor necesidad (EJA Introd 16). Esta opción exige llegar hasta todos aquellos que son débiles, de cualquier forma que fuere, hablando por los que no tienen voz, defendiendo a los que carecen de defensa (EJA Introd. 16) y capacitándoles para convertirse en agentes de la realización de su propio destino. La opción por los pobres es también una manera de recordarnos que, como hijos de un Creador común, todos nosotros somos responsables, los unos por los otros (SRS 38). Esta opción quiere expresar, al menos en parte, la promesa escatológica del Reino de Dios, donde aquellos que ahora están excluidos encontrarán un lugar en la mesa del banquete común (SRS 33; PP 47).
Juan Pablo II afirmaba que esta opción implica que “las necesidades de los pobres deben tener preferencia sobre los deseos de los ricos; que los derechos de los trabajadores tienen preferencia sobre las exigencias de una ganancia máxima; que la preservación del entorno importa más que una expansión industrial incontrolada y que la producción para remediar las necesidades sociales está por encima de las necesidades de una producción para fines militares”. El criterio particular más importante de la salud de una sociedad está en la forma en que ella trata a sus miembros más vulnerables y en la forma en que responde a las necesidades de los pobres, a través de sus políticas sociales (EJA 123). Me ocuparé más extensamente de este tema de la opción por los pobres en el cap. 7, al tratar de la teología de la liberación.
La libertad como derecho y como responsabilidad
En principio, la Doctrina social católica no trata de leyes, regulaciones einstrucciones difíciles de cumplir, sino sobre la libertad, en su aspecto genuino, espiritual. Esta libertad tiene dos dimensiones centrales: es libertad del pecado y libertad para el amor. Más que capacidad de hacer simplemente aquello que uno desea, sin interferencias externas, esta libertad quiere salvaguardar la dignidad humana, protegiendo a los seres humanos, para que no caigan bajo el peso de la opresión y de la explotación. Al mismo tiempo, ella impulsa a los seres humanos, a quienes Dios ha dotado de libre albedrío, para que respondan asumiendo la tarea de su deber humano, contribuyendo al bien común, a través de su servicio a los demás. Esta respuesta, conformada por la fe cristiana, está orientada hacia los demás, de manera que la Doctrina social católica considera el don de sí mismo y el sacrificio a favor de los demás como la expresión más alta de un corazón liberado.
Conforme al lenguaje de la Doctrina social católica, esta libertad se expresa en términos de derechos fundamentales y de responsabilidades fundamentales. La libertad implica que los seres humanos están dotados de ciertos derechos inherentes e inviolables, inalienables y universales (PT 9). Estos derechos abarcan la satisfacción de ciertas necesidades materiales básicas y la protección de ciertas relaciones. Entre esos derechos se incluye el de recibir todo lo que hombres y mujeres “necesitan para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado y el derecho a fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26). Estos derechos implican que los hombres y mujeres tengan acceso a la comida adecuada, a los vestidos, casa, cuidados médicos, educación, trabajo y servicios sociales, pues todas esas cosas son necesarias para poder desarrollar unas vidas dignas.
Al lado de estos derechos fundamentales, la Doctrina social católica habla también de unas responsabilidades y deberes, que son necesarios para el bien común. Esto significa que, conforme a la Doctrina social católica, los derechos y las responsabilidades resultan inseparables. Así lo puso de relieve Juan XXIII: “Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen” (PT 30).
Los derechos fundamentales implican no sólo unos derechos civiles, políticos, culturales y sociales, sino también económicos (EJA Introd. 30), entre los cuales se encuentra el derecho a la propiedad privada. La Doctrina social católica reconoce que la propiedad privada puede ser un incentivo para la productividad y un medio para administrar la sociedad de una forma eficiente, pero reconoce que no se trata de un derecho absoluto, pues los dones de la tierra han de ponerse al servicio de la humanidad, de tal forma que todos los pueblos y personas puedan desarrollarse de un modo adecuado. Juan Pablo II lo dice de esta forma: “En efecto, sobre la propiedad privada grava una hipoteca social es decir, esa propiedad posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes” (SRS 42).
En otras palabras, en la Doctrina social católica, la propiedad no es un derecho absoluto, pues nosotros no somos los propietarios absolutos de ninguna propiedad; y, además, todos los bienes que consideramos privados tienen una dimensión común. La Gaudium et Spes va más lejos aún y afirma que las personas que se encuentran en estado de necesidad “tienen el derecho de tomar lo que necesitan de las riquezas de los otros” (GS 69). Negar las exigencias de la justicia distributiva, con la creencia equivocada de que Dios “bendice” a unos pocos privilegiados, mientras que rechaza a las masas de la gente pobre que vive en el mundo, es equivalente a una herejía.
En nuestra cultura contemporánea global, donde los intereses económicos toman a menudo la prioridad sobre todos los otros temas, la Doctrina social católica pone de relieve la primacía de los derechos y los coloca en el punto de partida de todas las decisiones que deban tomarse. Al preocuparse por el bien común, la Doctrina social católica, va en contra de las mentalidades y de las formas de actuación que tienden al amontonamiento y acumulación de fortunas personales, mientras que el resto de la población padece miseria. Ciertamente, la Doctrina social católica reconoce el valor de la creación de riqueza a través de mercados e incentivos financieros; pero, a su juicio, esa creación de riqueza constituye sólo un medio que pone las bases para que sea posible un florecimiento humano. Según eso, la eficiencia económica no es un fin en sí mismo, sino que sólo tiene sentido en un contexto de valores comunitarios, al servicio de la igualdad, dentro de una visión más amplia del bien común. La Doctrina social católica ha puesto de relieve el convencimiento de que un mayor poder económico debe suscitar una mayor disponibilidad, una riqueza mayor ha de expresarse en una responsabilidad mayor y los derechos
La vida como un don sagrado
El hilo de oro con el que se teje la Doctrina social católica y que va vinculando todos sus documentos más importantes es el valor sagrado de la vida humana. Esta idea aparece más de mil trescientas veces en los documentos de la Iglesia universal. La Doctrina social católica pone de relieve el valor de la vida humana en todos sus estadios, en todas sus dimensiones, en todas sus manifestaciones. El hecho de afirmar el valor sacrosanto de toda vida no significa que la Doctrina social católica niegue la realidad de la muerte, sino que muestra que todos los seres humanos han sido dotados con un don y un valor biológico y espiritual que debe ser honrado y respetado.
La Doctrina social católica afirma también que esta vida ha sido elevada a un nivel pleno y más alto a través de la vida, muerte y resurrección de Cristo, que ha suscitado una nueva creación y nos ha dado una vida nueva: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10), Esto no significa que la Doctrina social católica está interesada sólo en la vida espiritual de las personas o sólo en la prolongación de la vida biológica, sino más bien en la cualidad de la vida, en la que vienen a expresarse los designios de un Dios providente que desea el desarrollo integral y pleno de cada persona, en comunidad con la otras. Al defender, promover y cultivar la vida, la Doctrina social católica se está ocupando de la vida en este mundo, de la vida en el mundo futuro y de las relaciones entre las dos.
A través de algunas de sus algunas afirmaciones, con este hilo de oro de la vida, la Doctrina social católica teje su vestido teológico, de una sola pieza, que puede llamarse “túnica inconsútil” (sin costuras, sin roturas). Esta túnica alude directamente a la crucifixión de Jesús, cuando los soldados romanos dividieron y distribuyeron sus vestidos, jugando a suertes (Mt 27, 28). Esta túnica expresa también simbólicamente la solidaridad de Jesús con aquellos que sufren injustamente y han sido sentenciados a muerte, de un modo o de otro. La Doctrina social católica enseña que la vida no puede ser rasgada de ninguna forma (la túnica no puede romperse), ni puede ser objeto de posesión o utilización, de ninguna forma, por ninguna autoridad.
El símbolo de la túnica inconsútil afirma también que existe una visión ética del conjunto de la vida, desde la concepción (en el vientre de la madre) hasta la tumba, una visión que se mantiene firme en medio de todos los problemas sociales, “desde el vientre hasta la tumba”. La Doctrina social católica promueve activamente “una cultura de la vida”, y al mismo tiempo denuncia una “cultura de la muerte”, tal como ella se manifiesta, sobre todo, en el asesinato, el genocidio, el aborto, la tortura, las condiciones de inhumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, la guerra, el racismo, la deportación, la esclavitud, la prostitución, la venta y explotación de mujeres y niños, las condiciones opresoras de trabajo, el sexismo, la pobreza, la eutanasia, la pena de muerte, la contaminación que va en contra de la vida y otros males de este tipo (EV 3, 40, 56ss; EA 63; EJA 179).
Tras la denuncia de todos esos males está la afirmación de que la vida humana ha de ser el criterio fundamental desde el que debe medirse todo el progreso económico, político, social y cultural. Al ponerse a favor de una ética unitaria de la vida, a pesar de admitir ciertas distinciones, la Doctrina social católica afirma que no se puede combatir una injusticia defendiendo, sin embargo, otra. Así lo puso ya de relieve Martin Luther King, Jr.: “En cualquier forma o lugar, la injusticia constituye una amenaza en contra de todo tipo de justicia”.
En esalínea por ejemplo, la Iglesia reconoce que tanto el aborto como la pena de muerte destruyen el auténtico tejido de la vida, de la que da testimonio la Iglesia. Ciertamente, los rasgos concretos del aborto y de la pena de muerte son distintos; pero, al final, hay un mismo argumento en contra de ellos, un argumento que se funda en la defensa de la vida, que es el principio de todos los presupuestos morales. Ese argumento supone que las acciones destructoras no solamente golpean; dañan e injurian a las víctimas, sino que ellas degradan, disminuyen y deshumanizan a los que injurian a los otros. No puede existir una civilización sin que ella está firmemente fundada en el respeto a la vida.
Implicación de todos en la creación de un nuevo orden social
La Doctrina social católica enseña que una de las funciones primarias del gobierno consiste en proteger los derechos de los individuos; pero, al mismo tiempo, una responsabilidad primaria de los individuos consiste en contribuir al progreso de la comunidad humana. La Doctrina social católica pone de relieve que todos los hombres y mujeres han de estar implicados en la construcción de un nuevo orden social, aunque todos ellos contribuyan de diversas formas. Esto significa que la justicia ha de ser elaborada partiendo de todos los niveles de la sociedad, desde es el nivel más particular hasta el más global, desde la familia hasta los estratos más altos del gobierno.
La globalización hace que las grandes decisiones queden, cada vez más, en manos de los líderes del más alto nivel en el plano político y económico. De esa manera, son cada vez más las personas que se sienten excluidas del ámbito de las fuerzas económicas, sociales y políticas que dominan sus vidas. Pues bien, desde ese fondo resulta cada vez más importante la noción de la colaboración de todos. El hecho de excluir a muchos hombres y mujeres de la participación social va en contra de la naturaleza social y de la vocación comunitaria de los seres humanos (EJA 78). En su dimensión social, la Doctrina social católica afirma que los individuos y sus familias no existen al servicio del Estado, sino al contrario, es el Estado el que existe para los individuos y las familias.
A veces, la Doctrina social católica habla de la implicación y participación en términos de “subsidiaridad”. Esta palabra, acuñada originalmente por el Papa Pío XI, el año 1931, en la Quadragesimo Anno, proviene de una raíz latina que significa “asistencia”. La subsidiaridad supone que el ejercicio del poder ha de desplegarse, en lo posible, a partir de las unidades sociales más pequeñas, más localizadas (QA 79). La Doctrina social católica reconoce que algunas tareas han de realizarse desde un nivel local, mientras que otras pertenecen a un nivel más amplio, de tipo nacional.
El principio de subsidiaridad supone que, muy a menudo, las mejores decisiones han de tomarse en nivel local, lo más cerca posible del pueblo que será afectado por ellas. Eso significa que las decisiones que afectan a los grupos menores han de tomarse desde las entidades más pequeñas. Pero ese mismo principio exige que podamos movernos también hacia arriba, hacia unas entidades más amplias, llegando incluso a unos cuerpos transnacionales, si es que ello sirve mejor al bien común y vale para proteger los derechos de la gente.
En este sentido, la subsidiaridad supone un correctivo, en contra de la concentración de poderes y recursos en manos de una elite privilegiada. Ella permite poner límites a los gobiernos, impidiendo que ellos tomen un control totalitario sobre los grupos más pequeños, como pueden ser los individuos, las familias y las organizaciones locales, para que esos grupos no terminen perdiendo todo poder.
La Doctrina social católica reconoce que el comportamiento cívico responsable constituye una virtud y toma la implicación de los ciudadanos en la política como una obligación moral. Los obispos de los Estados Unidos recuerdan a los católicos: “Cada voz es importante en el foro público. Cada voto tiene un valor. Cada acto de ciudadanía responsable constituye un ejercicio significativo de poder individual”. En el último nivel, la forma básica de participación es el voto y, por tanto, la renuncia al voto es un fallo moral (CEC 2240). Un Dios de Vida desafía a todos para que se impliquen en la construcción de una civilización de amor.
Familia de sangre y familia de humanidad
Como criaturas racionales, no podemos conocer quienes somos y lo que estamos llamados a conseguir a no ser que sepamos a quien pertenecemos. La enseñanza social católica entiende la familia como aquella red primaria de relaciones en las que una persona se desarrolla, es decir, como la célula fundamental de la sociedad y de la iglesia (PT 16; LG 11). En un tiempo en el que se da gran importancia a la competencia entre individuos y a la productividad del mercado – dos realidades que influyen mucho en las relaciones humanas –, la Doctrina social católica concede una gran valor a la promoción y protección de la vida de familia. La Doctrina social católica se ocupa de un modo consecuente de todos aquellos aspectos de la sociedad que influyen de un modo negativo en las relaciones familiares, intentando oponerse a las fuerzas que amenazan con romper los lazos que vinculan a los miembros de la familia (EJA 93). Ella reconoce que el mismo futuro del planeta está relacionado de un modo esencial con el funcionamiento saludable de la vida de familia (GS 47) y, de una forma consecuente, insiste en la protección de los vínculos del matrimonio, en los salarios que permiten vivir con dignidad, en el cuidado sanitario, en la posibilidad de que todos tengan viviendas dignas, en las libertades religiosas e incluso en el derecho a emigrar, cuando sea necesario (FC 46).
Por encima de todas las diferencias nacionales, sociales, culturales, raciales, económicas e ideológica, la Doctrina social católica entiende la familia particular de cada uno como parte integral de una familia global, que es la familia humana. Esta visión se encuentra íntimamente conectada tanto con la opción a favor de los pobres como con el tema de la solidaridad humana. La solidaridad es una forma de amistad y de caridad social que vincula a todos los miembros de la familia humana. Juan Pablo II afirmaba que la solidaridad se encuentra profundamente vinculada con un sentido más global de la responsabilidad y ponía en guardia contre el peligro de tomarla sin más “como un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, ella es la determinación firme y perseverante de comprometerse a favor del bien común; es decir, a favor del bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS 38).
Las actitudes de racismo y xenofobia son la antítesis de la solidaridad y ellas no hacen más que alienar a los hombres y mujeres, separándoles a unos de otros, de manera que nos convierten en ciegos, incapaces de ver nuestras conexiones con el Dios de la Vida y las conexiones de unos con otros. La Iglesia denuncia, por opuesta a los principios que fundan una civilización del amor, toda actitud y política que sirve para discriminar a los débiles, a los que sufren algún tipo de inferioridad, a los enfermos, ancianos, inmigrantes, a los niños y carentes de hogar, a los forasteros y a aquellos que pertenecen a una iglesia o a una religión distinta. Juan Pablo II creía que aquellos que están esclavizados por actitudes de prejuicio racial o de animosidad étnica son víctimas de una bancarrota moral, de manera que el único recurso que tienen para lograr una solvencia ética es el recurso a la solidaridad humana.
Preocuparse por la familia humana en su conjunto implica responder al hambre, a la miseria y a la pobreza de los seres humanos. Dado que existe una interconexión fundamental entre todos, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás no solamente va en contra de los pobres, sino que perjudica a los ricos. Mientras sigan existiendo las escandalosas diferencias económicas y sociales de la actualidad, la paz resulta imposible (MM 157).
Entorno cósmico y administración (responsabilidad) ecológica
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El cuidado por la creación se extiende no sólo a nuestros hermanos y hermanas, sino también al mismo entorno del mundo. La Doctrina social católica se ocupa no sólo de temas del entorno natural que se vinculan con la familia y con el ordenamiento social, sino también con temas del entorno natural que están relacionados con el cuidado de la tierra. La Doctrina social católica define la responsabilidad ecológica como “la capacidad de ejercer la responsabilidad moral al servicio del cuidado del entorno”. Ello implica proteger el entorno y utilizar de un modo inteligente los recursos necesarios para responder a las necesidades actuales, pero conservando, al mismo tiempo, esos recursos y salvaguardándolos para las generaciones futuras. En otras palabras, la administración ecológica es una forma de proteger nuestro hogar, que es la tierra, salvaguardando sus recursos y abriendo así un camino de solidaridad con aquellos que vivirán después de nosotros.
La Doctrina social católica afirma que hemos llegado a un “punto crítico” con el entorno ecológico. Las decisiones colectivas que marcan nuestro tipo actual de vida han desembocado en la contaminación del planeta, a través de la polución del aire, del agua y de la misma tierra, produciendo también nuevas enfermedades, calentamiento global, erosión de la capa de ozono, destrucción de las selvas tropicales, extinción de las especies, disminución y casi extinción de recursos no renovables y riesgo inminente de una aniquilación nuclear. Estos problemas implican un riesgo para toda la familia humana (QA 21). Resulta importante tener en cuenta que, si destruimos el entorno (ambiente ecológico), nada tendrá ya importancia, pues no habrá ya un hogar global para todos y ninguna vida humana podrá sobrevivir.
El cuidado por la tierra está vinculado también con la preocupación por los pobres, no solamente porque la tierra es “madre”, sino también porque los pobres son los que sufren más a menudo los efectos de la contaminación, de los residuos tóxicos y de los desastres ecológicos, en los lugares donde ellos están obligados a vivir. Así, por ejemplo, en diciembre de 1984, murieron en Bhopal, India, más de ocho mil personas del lugar, después de un accidente en una planta de pesticidas de la Union Carbide. Más allá de los catastróficos costes humanos, este accidente creó una calamidad ecológica que aún se deja sentir en la actualidad, pues los residuos contaminados no han sido limpiados todavía. Más aún, los pobres padecen también la acometida de los desastres naturales. Como lo han mostrado en los Estados Unidos los huracanes Katrina y Rita, del año 2005, los que más han sufrido han sido con frecuencia los pobres, muchos de ellos porque carecían de medios financieros o de opciones para abandonar las áreas que estaban bajo peligro.
El problema ecológico se encuentra íntimamente relacionado con el problema del consumismo, que devora los recursos de la tierra de un modo excesivo y desordenado (CA 37). La industrialización ha puesto en marcha unos ritmos de consumo que resultan ecológicamente insostenibles. Esos ritmos están más fundados en el deseo de tener y de gozar que en el deseo de ser y de crecer (CA 37). Sólo cuando un espíritu de solidaridad, de sacrificio y de sobriedad dirija nuestra búsqueda común de un mundo mejor, los seres humanos podrán descubrir que la llamada a renovar la tierra constituye una respuesta fiel al Dios de la vida.
“UNA GLOBALIZACIÓN DE LA SOLIDARIDAD”
La Doctrina social católica no condena ingenuamente el proceso de globalización, ni lo acepta de un modo acrítico. Ella quiere discernir más bien sus rasgos positivos y negativos, a medida que la Iglesia sigue caminando hacia un horizonte de esperanza, con fe y confianza en el Dios de la vida. Ella reconoce sus dimensiones positivas, que han llevado a unir continentes, economías, culturas y caminos de vida, partiendo de un enfoque nuevo y de un reconocimiento creciente de la interdependencia de la familia humana y de la comunidad internacional. Al mismo tiempo, ella descubre que los problemas sociales de la actualidad tienen ahora una dimensión mundial y han alcanzado una magnitud que nunca habían tenido en la historia humana. A la luz del desafío global de la actualidad, la Doctrina social católica ofrece un conjunto muy valioso de coordenadas éticas que pueden ayudar a dirigir el barco de la globalización en su dirección recta.
Sean cuales fueren los cambios que afecten a la sociedad humana por causa de la globalización, la visión moral de la Doctrina social católica continuará apoyándose en los principio de la dignidad, la solidaridad y la subsidiaridad entre los hombres (EA 55). Sea cual fuere el sentido de la globalización para el desarrollo de algunas partes del mundo y, en particular, para algunos individuos que se benefician de ella, la Doctrina social católica continuará evaluando sus resultados a partir de estos parámetros: cómo pueden ayudar las estructuras actuales de la sociedad a crear un orden social más justo; cómo ayudan de hecho a los pobres; cómo contribuyen al bien común internacional y cómo impulsan el verdadero desarrollo. Sean cuales fueren sus consecuencias en el plano económico, político o social, la Doctrina social católica continuará midiendo el progreso como “globalización sin marginación” o, como lo dijo Juan Pablo II, como una “globalización de la solidaridad” (EA 55].