❤️ «La alegría del Evangelio no es un chiste; es abrazar al que sufre» Charlas con San Francisco de Asís (II)
La trampa de la queja constante
Abrazar la cruz sin perder la sonrisa
En resumen: Continuamos con las conversaciones que mantuve con San Francisco el verano pasado. En esta entrega profundizamos en la verdadera alegría franciscana: esa fuerza viva capaz de sostenernos en el cansancio, las contrariedades y el dolor cotidiano.
¡Hola a todos!
Volvemos a encontrarnos una semana más para compartir estas charlas bajo los olivos. Si algo se le mete a uno en el cuerpo al estar cerca del Hermano Francisco, es una paz profunda mezclada con unas ganas enormes de sonreír a la vida, pase lo que pase.
Hoy abordamos un tema central en su experiencia y en la de cualquiera que busque vivir con sentido: la verdadera alegría, esa de la que habla el Evangelio y que no se apaga cuando vienen mal dadas.
Un abrazo fraternal y ¡Paz y Bien!
(El sol de la tarde empieza a caer sobre la ladera de San Damián. Francisco se apoya contra el tronco del olivo, sacude el polvo de su túnica y contempla el valle con la mirada serena de quien se sabe infinitamente querido).
1. La diferencia entre estar contento y la verdadera alegría
Alfonso: Oye, Francisco... a veces veo que en nuestro mundo se confunde estar alegre con estar siempre de fiesta, contando chistes o fingiendo que no pasa nada malo. Pero luego llega el lunes, vuelven los problemas y esa alegría se evapora. ¿De qué está hecha la alegría que tú vives?
Hermano Francisco: ¡Ah, Alfonso! Es que andar confundiendo la alegría con el jolgorio es un error muy viejo. Pasárselo bien depende de que las cosas salgan como tú quieres, de tener la panza llena y los bolsillos cubiertos. Pero eso dura lo que dura un caramelo a la puerta de un colegio.
La alegría del Evangelio no es un estado de ánimo de quita y pon, ni un chiste malo para salir del paso. Es saberse querido por Dios sin condiciones, incluso cuando estás en la ruina más absoluta. Cuando descubres que la buena noticia de Jesús es verdad de la buena, se te mete un fuego dentro que no lo apaga ni la tormenta más gorda. Es la certeza de que tu vida vale la pena, aunque el mundo te diga lo contrario.
2. Abrazar la cruz sin perder la sonrisa
Alfonso: Vale, pero cuando aprieta la enfermedad, cuando hay problemas gordos en la familia o cuando la cuenta corriente está en números rojos... ¿cómo se puede sonreír ahí? A mí me sale enfadarme con todo el mundo y encerrarme en mí mismo.
Hermano Francisco: (Se lleva la mano al pecho y suspira con dulzura). Si yo te contara las noches que he pasado con dolores que me partían el cuerpo o sintiendo que hasta los míos me daban la espalda... La prueba del algodón no es sonreír cuando todo va sobre ruedas y te aplauden por la calle.
La alegría perfecta se demuestra cuando caes de noche, tiritando de frío, llamas a la puerta de tu propia casa y el que está dentro no te reconoce, te insulta y te deja tirado en la calle. Si en ese instante no guardas rencor, si consigues pensar que esa persona también tiene sus motivos o su propio dolor, y mantienes la paz en el pecho... ¡amigo mío, ahí está el Evangelio vivo! No es ser masoquista, es amar a fondo perdido.
3. La trampa de la queja constante
Alfonso: Nos pasamos el día quejándonos, Francisco. Del gobierno, del tráfico, del jefe, de que la gente no nos entiende... Es como un deporte nacional. ¿Por qué nos cuesta tanto ver lo bueno?
Hermano Francisco: Porque nos hemos vuelto unos malcriados y unos exigentes. Pensamos que la vida nos debe algo. La queja es un veneno que te amarga la sangre y contamina a los de al lado. Te vuelve ciego ante los mil detalles cotidianos que pasan desapercibidos.
Mira a tu alrededor, Alfonso: el aire que respiras, ese trozo de pan que nos acabamos de comer, la sombra de este olivo, la sonrisa de un amigo... Todo es un regalo, nadie nos debe nada. El que se acostumbra a dar las gracias no tiene tiempo para andar protestando. Si no sabes disfrutar de un trozo de pan duro, ya te digo yo que tampoco serás feliz cuando tengas un banquete.
4. Un Evangelio sin vitrinas ni caras de funeral
Alfonso: A veces los propios creyentes damos una imagen bastante triste. Parece que para ser serio en las cosas de Dios hay que poner cara de funeral o andar juzgando a todo el mundo.
Hermano Francisco: (Suelta una carcajada limpia). ¡Qué gran verdad! ¿Cómo le vas a decir a alguien que Dios es amor y vida si vas por la calle con cara de haberte comido un limón agrio? Eso no hay por dónde cogerlo.
El Evangelio no es un libro de leyes para ir señalando a la gente con el dedo ni para guardarlo en una vitrina cobrando entrada. Es pan tierno para repartir. Jesús no iba echando la bronca a la gente; iba echando una mano, comiendo con los marginados y devolviendo la dignidad al que estaba tirado. La fe tiene que contagiar ganas de vivir, no ganas de salir corriendo.
5. Contagiar paz en medio de la ciudad
Alfonso: En las ciudades hay mucha soledad y un ambiente muy crispado. ¿Cómo llevamos esta alegría a la gente que está de vuelta de todo o que no quiere saber nada de religión?
Hermano Francisco: Con hechos, Alfonso. No vayas con discursos preparados ni intentando convencer a nadie a fuerza de argumentos. La gente está harta de sermones. Lo que la gente necesita desesperadamente es que la escuchen, que la miren a los ojos con respeto y la traten con cariño.
Lleva la alegría sirviendo: vete al hospital a acompañar al que no tiene a nadie, escucha con paciencia al compañero de trabajo que lo está pasando mal, cede el paso, sonríe al cajero del supermercado... Que cuando la gente se cruce contigo diga: «Oye, no sé qué tiene este hombre, pero me deja en paz cada vez que hablo con él». Esa es la verdadera predicación.
6. La sencillez como fuente de libertad
Alfonso: Para terminar por hoy... a veces siento que mi cabeza es un hervidero de proyectos, dudas y miedos sobre lo que va a pasar mañana. ¿Cuál es el primer paso para simplificar y recuperar esa frescura?
Hermano Francisco: (Coge una flor silvestre del suelo y me la pone en la mano). Aprende a soltar lastre. El ayer ya pasó y del mañana no tenemos ni idea, Alfonso. Lo único que tienes entre manos es el día de hoy para querer a la gente y hacer el bien.
No busques ser perfecto ni pretendas tenerlo todo bajo control. Sé como esta flor: vive despejado, con el corazón abierto al sol de Dios y las raíces bien hincadas en la tierra. La alegría no se busca con lupa; aparece sola en cuanto te olvidas un poco de ti mismo y te pones a pensar en cómo hacerle la vida más fácil a los demás.
(Me da un abrazo apretado y me da una palmada en la espalda).
Venga, Alfonso, que se nos hace de noche. Vuelve a tu casa, dale un abrazo a los tuyos, disfruta de la cena y no te olvides de dar las gracias antes de cerrar los ojos. ¡Que nada te robe la alegría!
¡Paz y Bien!