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❤️ CHARLAS CON SAN FRANCISCO DE ASÍS: HUMILDAD Y EGO (III)

¡Hola, hermanos!

Siguiendo con estas charlas con el Hermano Francisco, hoy nos metemos en un charco de los buenos. Hablando con él de nuestras pequeñas grandezas y de lo mucho que nos cuesta bajarnos del pedestal, me dio un repaso que todavía me dura.

Os comparto esta nueva entrega, tal y como la vivimos, para seguir aprendiendo juntos a mirar la vida sin tantas ínfulas.

Un abrazo enorme y ¡Paz y Bien!

(Nos hemos sentado en un murete de piedra cerca del huerto. Francisco está desgranando unas cuantas judías secas mientras me mira de reojo con una sonrisa traviesa).

Alfonso: Oye, Francisco, te tengo que confesar una cosa.

El otro día en la reunión del grupo,

cuando comentaron lo bien que había salido una iniciativa en la que estuve,

reconozco que se me infló el pecho cosa fina. Me puse de un orgulloso...

Y luego, claro, te sientes fatal,

porque piensas que vas de humilde por la vida y en cuanto te rascan un poco, sale el ego a relucir.

¿Cómo se lidia con esto?

¿Tú no tenías tentación de creerte alguien importante cuando te seguía tanta gente?

Hermano Francisco: (Deja caer una judía en el cesto y se ríe).

¡Vaya pregunta, Alfonso! ¿Que si tuve tentaciones?

¡Si el ego es como una mala hierba que sale sola en el huerto por mucho que la arranques!

En cuanto te descuidas, ya te crees que eres el ombligo del mundo.

A mí me pasó mil veces: la gente me alababa, me besaba el hábito y decían que era un santo.

Si me llego a creer esa milonga, hoy en día estaría ciego perdido de soberbia.

Alfonso: Ya, pero a la hora de la verdad, en el trabajo,

con los amigos o en el propio grupo, cuesta horrores que te pisen la capa o que no reconozcan lo que haces.

¿Qué es para ti la verdadera humildad?

¿Ir por ahí pidiendo perdón por existir y diciendo que uno no vale para nada?

Hermano Francisco: (Se para, me coge del brazo y me mira serio).

¡Qué va, hombre, eso no es humildad, eso es teatro y complejo de culpa!

La falsa humildad es puro orgullo disfrazado de pena. La humildad de verdad es la pura verdad, Alfonso.

Es saber exactamente quién eres delante de Dios: un mendigo lleno de defectos al que Él quiere con locura.

Cuando sabes que todo lo bueno que hay en ti es un regalo prestado, ¿de qué vas a presumir?

Es como el burro que llevaba a Jesús el Domingo de Ramos: si la gente le tiraba mantos y palmas,

no era por el pobre burro,

¡era por el que iba montado encima!

Si te aplauden, apartáte un poco

y deja que pase el Dueño del burro.

Alfonso: ¡Jolines con la metáfora del burro! Me ha quedado claro.

Pero fíjate en la sociedad de hoy: si no presumes, si no vendes tu moto,

si no destacas por encima de los demás, parece que no eres nadie.

El ego es el rey absoluto en las redes sociales, en el trabajo... Todo el mundo quiere destacar.

Hermano Francisco: Pues por eso mismo, porque el mundo va de listos y de presumidos,

el camino de Jesús es el desvío contrario. El ego te mete prisa, te amarga la vida,

te hace sufrir cuando no te hacen caso

y te vuelve un esclavo de lo que digan los demás.

¡Qué esclavitud tan tonta! Vivir pendiente de que te aplaudan es como estar muerto en vida.

La libertad de verdad empieza el día en que te da igual no llevar la razón,

en que no te importa pasar desapercibido

y en que te alegras sinceramente de que brille otro compañero tuyo.

Alfonso: Reconozco que alegrarme de que brille otro cuando a mí me han ignorado... me cuesta un esfuerzo titánico, Francisco.

Se me revuelve algo por dentro.

Hermano Francisco: (Se ríe a carcajadas y me da una palmada en la espalda). ¡Normal, Alfonso, normal!

No te pidas peras al olmo de golpe. Eso se entrena poco a poco, aguantando el tipo cuando te pinchan el orgullo.

¿Sabes cuándo sabes que vas por el buen camino?

Cuando te insultan o te ignoran,

te duele un poco por dentro,

pero eres capaz de sonreír y no guardar rencor. Ahí es cuando el ego se va desinflando

y dejas espacio para que Dios actúe.

Alfonso: O sea, que en lugar de vigilar tanto si soy humilde o no, lo que tengo que hacer es mirar menos a mi ombligo, ¿no?

Hermano Francisco: ¡Ahí le has dado! Cuanto más miras tu humildad, más la estropeas.

Es como el que se mira al espejo todo el día para ver si es guapo.

Olvídate de ti mismo, ponte a hacer el bien sin mirar a quién, echa una mano al que lo necesita

y ríete de tus propias tonterías cuando metas la pata.

Venga, ayúdame a terminar de desgranar estas judías,

que la soberbia no se quita leyendo libros, sino con los pies en la tierra y las manos manchadas de faena.

Paz y Bien

❤️ CHARLAS CON SAN FRANCISCO DE ASÍS: HUMILDAD Y EGO (III) | Alfonso Olaz OFS

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