El tercero de la trilogía de cuentos urbanos
Cuento de Epifanía. La estrella del bus: el viaje de los Magos Urbanos
El tercero de la trilogía de cuentos urbanos
En el corazón palpitante de la gran metrópoli, donde el asfalto parece devorar los sueños y la hipercomunicación marca un ritmo frenético, sin saberlo, tres buscadores estaban a punto de cruzarse. No eran personajes de leyenda, sino ciudadanos comunes:
- Raquel, abogada atrapada en la prisa.
- Julián, jubilado que cargaba la fatiga del alma.
- Alejandro, joven programador perdido en la hiperconectividad digital.
El llamado: un instante de tempiternidad
Era tiempo festivo de Navidad, ya en el umbral de la Epifanía. Entre el ruido y el tumulto del transporte urbano, un silencio repentino —un mundanal silencio— los envolvió, solo a los tres. Entonces, voltearon a mirar por el ventanal; un rayo de luz iluminó un viejo grafiti inscrito en un muro callejero:
“El místico no es un tipo especial de persona; cada persona es un tipo especial de místico.”
En ese instante cada tuvo un atisbo de tempiternidad: fue un instante de eternidad en el transporte urbano. Raquel soltó su teléfono, Julián levantó la mirada, Alejandro se quitó los auriculares. Sin ponerse de acuerdo, y sin palabras, los tres bajaron en la siguiente estación, siguiendo su estrella interior que los llamaba a buscar algo más profundo que aquello que los absorbía en su rutina. Se miraron con miradas cómplices y decidieron que este viaje no sería solitario: lo harían juntos.
La travesía: Lectio Urbana y el Herodes interior
Caminaron por la ciudad como quien lee un libro sagrado. La urbe se transfiguró en un espacio sagrado, como una mística Abadía abierta y sus calles un texto encarnado. Pero a cada paso se les revelaba sus propios Herodes interiores:
- Raquel luchaba contra su pequeño yo que exigía reconocimiento.
- Julián contra la soledad amarga que lo aislaba.
- Alejandro contra el miedo de perder el control de su tiempo.
“No buscamos huir del mundo —murmuró Julián, el mayor, el más sabio—, buscamos consagrarlo desde dentro.”
Aprendieron a ver en las grietas del cemento y en los rostros cansados de los transeúntes, los signos de una presencia sagrada que habita la aldea de cemento.
La ofrenda: el Niño en la periferia
La estrella los condujo lejos de las luces de neón, hasta la sala de espera de un hospital público. Allí, una joven madre consolaba a su hijo enfermo. No había pesebre de madera, solo sillas metálicas; la inocencia del pequeño iluminaba el lugar.
Entonces realizaron su ofrenda, inspirados en los Magos de Oriente:
- Raquel ofreció Oro: entregó su espíritu competitivo y reconoció el primado del ser sobre el hacer, acariciando el niño.
- Alejandro ofreció Incienso: elevó su primer silencio orante en años, transformando la técnica en contemplación.
- Julián ofreció Mirra: aceptó su finitud y dolor, comprendiendo que la fragilidad abre la puerta a la comunión y a la compasión.
El regreso: por otro camino
Al salir del hospital, la ciudad ya no era la misma porque ellos ya no eran los mismos. Regresaron por “un camino distinto”, no geográfico, sino de conciencia:
- Elena decidió convertir su despacho en una Ermita Urbana de justicia.
- Alejandro se comprometió con una Ecología Integral que escucha el clamor de los pobres.
- Julián se transfiguró en un artesano de fraternidad en su edificio.
Se habían transformado en Magos Urbanos, místicos del siglo XXI que saben que la plenitud es posible aquí y ahora. La Epifanía les reveló que el Misterio no está lejos: se despliega en cada gesto de compasión en medio del ruido, esperando que cada buscador despierte al monje que ya habita en su interior. Una auténtica cristofanía.
Red de contemplativos
En su red de contemplativos, meditan continuamente este texto:
“Ser un Monje Urbano es como ser un faro en medio de una tormenta de arena: no intentas detener el viento ni esconderte de él, sino que te mantienes firme, iluminando el camino para que otros encuentren su propio centro en medio del caos.”
Conclusión: El camino del Monje Urbano
La trilogía de cuentos nos ha mostrado tres gestos esenciales: despertar, vincular y ofrecer. Son los pasos de los Monjes Urbanos que, en medio del caos, aprenden a escuchar el silencio Originante y a descubrir que cada instante puede ser liturgia.
Así, la Navidad se prolonga hasta la Epifanía como un tiempo de revelación urbana: el Misterio se manifiesta en el cuerpo, en la ciudad y en la comunidad.
Los Monjes Urbanos sabemos que, de cuando en cuando, nos apartamos en retiro espiritual para encontrar a Dios, pero no huimos a montañas lejanas. Porque también basta con abrir los ojos y el corazón en medio del asfalto. Cada oficina puede ser ermita, cada calle puede ser claustro, cada encuentro puede ser sacramento.
La invitación final es sencilla y radical: atrévete a escuchar el silencio que todo lo sostiene. Allí, en el ruido de la ciudad, descubrirás que el Niño sigue naciendo, que la esperanza sigue brillando y que el camino de los Monjes Urbanos es, en realidad, el camino de todo buscador que quiere vivir con plenitud en el aquí y el ahora. ¡hazte un Monje Urbano!
Más información: losmonjesurbanos@gmail.com
Los otros dos cuentos:
De Navidad
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