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El abuso espiritual y el 'giro católico' de la generación Z

El jesuita Ignacio Echarte era la apuesta de Uriarte para San Sebastián

Munilla fue elegido por unanimidad en una sesión a la que asistió Bertone

Uriarte pujó por el jesuita de Durango para su relevo, pero Rouco y el Vaticano desbarataron sus planes

La carta firmada por casi 700 personas de la diócesis vizcaína para que la comunidad local sea tenida en cuenta a la hora del nombramiento de sus obispos ha devuelto a la actualidad la histórica reivindicación de la Iglesia vasca para participar en el proceso de designación de sus jerarcas, saldada, casi siempre, con sonadas rebeliones. Pasó con Añoveros, Larrea y Blázquez y se ha vuelto a repetir ahora con Iceta y con Munilla. Aunque en el caso de éste último, con episodios cercanos a la intriga eclesial. Lo cuenta Pedro Ontoso en El Correo.

San Sebastián, 7 de junio de 2008. Juan María Uriarte era consciente de que a partir de ese día, San Roberto, el calendario comenzaba a rodar de manera inexorable hasta su irremediable relevo al frente de la Iglesia de Guipúzcoa, una plaza marcada con el círculo rojo por el cardenal Antonio María Rouco Varela, dispuesto a mover ficha en el tablero episcopal vasco. Uriarte cumplía 75 años y presentaba la dimisión como estipula el Código de Derecho Canónico.

Los sacerdotes guipuzcoanos vivían momentos de gran incertidumbre en espera de que se filtraran los nombres de los candidatos a suceder al emblemático obispo y en la emblemática San Sebastián. La mayoría albergaba el temor de que el entonces obispo de Palencia, José Ignacio Munilla, promovido al Episcopado desde la parroquia de La Asunción de Zumárraga y situado en el ala más tradicionalista de la Iglesia, regresara a la casa del padre con todos los galones y con todos los honores. «No se atreverán», se repetía como un mantra en templos y santuarios.

Uriarte se puso manos a la obra para buscar un candidato que fuera una alternativa a Munilla. Miró en Euskadi, en las comunidades vecinas e incluso en tierras de misión. Tenía que ser una persona 'de casa'. Una persona encardinada en la realidad sociopolítica del país, en su sociología más amplia, y conocedor de todas su derivadas. De talante abierto, tanto en lo doctrinal como en lo personal. Con capacidad de liderazgo para ser respetado en todos los arciprestazgos. Y con dominio absoluto del euskera.

Uriarte viajó a Roma. Varias veces. En la ciudad del Tíber mantiene fuertes anclajes. Personalidades de peso en la curia vaticana y en sus aledaños que pudieran apoyar su estrategia, con vistas a facilitar una transición tranquila y sin traumas para su clero. Y encontró un 'mirlo blanco'. Fuentes conocedoras del proceso aseguran que «el hombre de Juanmari» era Ignacio Echarte Oñate, un cualificado jesuita de pulso firme y trayectoria larga.

El religioso de la localidad vizcaína de Durango, que el próximo mes de agosto cumplirá 59 años, es dueño de una biografía en la que sobresale la gestión, el mando y la 'autoritas' que requiere San Sebastián. Una propuesta inteligente.

Echarte es una personalidad en Roma, donde fue delegado de las casas internacionales de los jesuitas, una orden con peso e influencia en la capital italiana. El rector del Pontificio Instituto Bíblico es otro jesuita, el navarro José María Abrego de Lacy, profesor de Exégesis del Antiguo Testamento, que durante varios años llevó las riendas de la Universidad de Deusto.

«Como una apisonadora»

Ignacio Echarte es, desde 2008, el secretario del padre general de la Compañía de Jesús. Y fue el padre provincial de la Provincia de Loyola. Licenciado en Historia de la Iglesia, fue también profesor de Teología en la Universidad de Deusto. Ha sido superior del santuario navarro de Javier y vicesuperior del de Loyola, en Azpeitia. Dirigió la comisión organizadora de los ctos del V centenario del nacimiento de Ignacio de Loyola.

Desde estos últimos cargos trenzó una buena relación con la Iglesia de Guipúzcoa. Echarte lleva también parte de las relaciones con el Vaticano. «En Roma se le ve vestido de clergyman casi siempre, se nota que tiene que visitar muchas oficinas», señala un profesor romano.

Uriarte jugó esa baza y se esforzó mucho en ella. Cuentan que recorrió pasillos distinguidos y se sentó en despachos de acreditado poder. Incluso que movió hilos y tocó botones en instancias de la diplomacia vaticana. Tenaz y persuasivo, el prelado de Fruniz encontró eco a sus desvelos. O, al menos, eso parecía en esos momentos. Sus aliados le transmitieron que Munilla no regresaba a San Sebastián.

Y así se lo comunicó a sus curas semanas antes del nombramiento, aún cuando parecía que la suerte estaba ya echada. «Hay gente muy poderosa y muy dogmática que lo tiene claro. Es como una apisonadora», interpreta un cualificado miembro de la Iglesia.

La Sagrada Congregación de los Obispos convocó a sus miembros en el mes de octubre. Entre ellos se sentaba el cardenal Rouco, con gran predicamento a la hora de evaluar la idoneidad de los candidatos para España. De secretario actuaba Manuel Monteiro de Castro, ex nuncio de la Santa Sede en Madrid. Las mismas fuentes aseguran que, dado lo delicado de la cuestión, asistió el mismísimo Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa Sede y 'número dos' del Vaticano. Que hubo mucho debate, pero que la decisión de nombrar a Munilla obispo de San Sebastián se tomó por unanimidad.

Munilla viajó de Palencia a Santander y desde allí voló en un avión de Spanair hasta el aeropuerto de Ciampino, cercano a Roma. El Vaticano le comunicaba oficiamente su nuevo destino. La filtración de la noticia sacudió a la Iglesia guipuzcoana. Y Uriarte, sorprendido por un nombramiento que no esperaba, buscó confirmación sobre lo que había pasado. Pero el movimiento era ya irreversible.

La designación levantó ampollas en la diócesis y motivó una rebelión de la mayoría del clero, que rechazó la decisión pese a los esfuerzos de monseñor Uriarte por apaciguar los ánimos exaltados. Hubo dimisiones, las más sonadas las de los dos vicarios, Patxi Azpitarte y Félix Azurmendi, que se han embarcado en un año sabático. Ahora estudian en Roma y se alojan en el Colegio Español, donde han tenido la oportunidad de reencontrarse con monseñor Munilla, que visitó este prestigioso recinto la primera semana de mayo.

El nuevo obispo de San Sebastián realizó un guiño al sector rebelde del clero, mayoritario en la diócesis, al nombrar como vicario segundo a Juan Kruz Mendizabal. El 'número dos' estaba reservado para Joseba González Zugasti, un candidato en el que ya pensaba Munilla antes de realizar un sondeo de consulta entre la comunidad eclesial y que, pese a su esfuerzo de integración, fue boicoteado por un sector importante del colectivo.

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