Cadiñanos, sobre la crisis migratoria de Ceuta: "Es un ejército de desesperados, de víctimas"
El responsable de Migraciones de la CEE denuncia en entrevista con RD que "la dignidad de la persona no cuenta para nada", advierte de las consecuencias "de una cultura del rechazo y del miedo con graves consecuencias para la convivencia" y reitera que "desde la Iglesia nos ofrecemos para ayudar, acompañar y generar fraternidad"
Presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad humana de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Fernando García Cadiñanos ha vivido con "mucha pena y rabia" la reciente crisis migratoria en Ceuta, y –siguiendo la máxima del papa Francisco sobre el vigente sistema económico– también considera que "esta política mata", porque "lo que está detrás es la utilización e instrumentalización del sufrimiento de muchas personas para oscuros intereses particulares, estratégicos y políticos".
"Las víctimas son utilizadas y lanzadas a una guerra entre pobres", afirma en conversación con Religión Digital el también obispo de Mondoñedo-Ferrol, quien, por otra parte, invita a seguir el ejemplo de la sociedad ceutí –"adulta, integrada e integradora"– frente a "esa tentación que alimenta ideologías, discursos, intereses…", porque "las consecuencias de lo que ha pasado pueden ser muy graves en el conjunto de la sociedad para generar una cultura del rechazo y del miedo con graves consecuencias para la convivencia".
Pregunta. Ha visto las imágenes de la llegada masiva de personas a Ceuta, muchas a nado, con bebés en flotadores… ¿Qué pensó ante esa visión?
Respuesta. Me dio mucha pena y rabia por varias cosas. Por la desesperación que significa para muchas personas tener que arriesgar su vida para conseguir un futuro mejor. Se hace evidente que el "derecho a no migrar" no se está respetando y que, como decía el papa Francisco, "esta economía mata". Quizás en este caso también habría que decir: “esta política mata”. Porque lo que está detrás es la utilización e instrumentalización del sufrimiento de muchas personas para oscuros intereses particulares, estratégicos y políticos.
R. La dignidad de la persona no cuenta para nada, sino que son medios, meros expedientes, para un fin particular. ¡Es lamentable! Me vinieron a la mente aquellas palabras duras del papa León en su reciente viaje a Canarias que se convierten aquí en una provocación ética y política: "a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro".
P. Algunas formaciones políticas echan parte de la culpa de esa avalancha de personas a la reciente regularización de migrantes, apoyada también por la Iglesia. ¿Cree que ha habido efecto llamada?
R. El efecto llamada no depende de leyes puntuales: es permanente todos los días del año cuando hay una frontera sur en la que la brecha económica y social que la separa es un abismo. Basta comparar dos datos: la renta per cápita en España es de 34.210 euros, mientras que en Marruecos, al otro lado de una valla, es de unos 3.972 euros. Esto supone un poder de atracción y de llamada permanente y constante, al margen de leyes y elementos coyunturales. Si a eso se unen los oscuros intereses políticos y las circunstancias sociales que tienen que ver con las rutas migratorias, las víctimas son utilizadas y lanzadas a una guerra entre pobres.
P. Algunos cargos políticos han animado a defender a sus familias “con todo lo que tenga en la mano”. ¿Le suena a otro efecto llamada?
R. La situación que hemos vivido no la podemos afrontar únicamente desde el sentimiento, sino que hemos de incorporar la razón que nos humaniza y, los cristianos, también la fe. Son dos luces que nos ayudan a comprender mejor la realidad y a situarnos adecuadamente mejor en ella. Ambas son complementarias. Las consecuencias de lo que ha pasado pueden ser muy graves en el conjunto de la sociedad para generar una cultura del rechazo y del miedo con graves consecuencias para la convivencia. No podemos caer en esa tentación que alimenta ideologías, discursos, intereses… La sociedad ceutí nos ha demostrado que es una sociedad adulta, integrada e integradora, con una enorme capacidad de afrontar retos complejos. Hemos de saber apoyarla.
P. Se ha hablado de “invasión”; sin embargo, Andrea Riccardi lo ha calificado de “éxodo”. ¿Con qué término se quedaría usted y por qué?
R. Como diría un buen gallego, “depende”. Las palabras no son capaces, a veces, de captar toda la realidad y, por desgracia, están marcadas por matices que pueden ser utilizados en beneficio de unos contra otros. Ciertamente las fronteras no han sido respetadas, y el derecho a controlar las fronteras es un derecho de todo Estado. Sin embargo, la palabra tiene una connotación militar y política con vistas a la usurpación que, en este caso, no se dan estrictamente: es un ejército de desesperados, de víctimas.
R. Si esta palabra pone el foco en la población de Ceuta, la palabra éxodo hace referencia especialmente a los inmigrantes y a su situación de víctimas: es una lectura también real, muy creyente y provocadora que nos estimula en otras actitudes más humanizadoras y humanizantes. Además, nos ayuda a profundizar en la realidad, a descubrir situaciones, causas, porqués.
P. España reprocha a Bruselas la falta de solidaridad ante esta crisis que se ha cobrado la vida de cerca de un centenar de personas, tras la carta de 22 dirigentes comunitarios donde piden a nuestro país controlar de manera adecuada sus fronteras… ¿Tiene razón España para sentirse señalada?
R. Sin duda, en la cuestión migratoria nos tenemos que convencer de que no se puede afrontar desde un solo país. No basta con gestionar llegadas, reforzar fronteras, poner seguridad. Es un fenómeno global que nos afecta a todos y que tenemos que ser capaces de gestionar de manera integral: hacen falta vías legales y seguras, hace falta luchar contra las mafias que trafican con personas, es necesario sentarnos para pensar cómo y qué significa el “derecho a no migrar”, es urgente fomentar la auténtica integración y acogida, hay detrás un modelo económico y social que hay que transformar. Lo importante es buscar la comunión. No debemos enfrentarnos, es urgente caminar juntos ante el reto de las migraciones y la movilidad humana. Por desgracia, la mala política a la que estamos tan acostumbrados, lejos de orientarse al bien común, se fija en intereses particulares y cortoplacistas.
P. Ceuta calcula que tendrá que atender a más de mil menores migrantes, con unas instalaciones ya desbordadas... ¿Qué puede hacer la Iglesia, a través de sus instituciones, ante esta situación? ¿Instará la Iglesia a abrir corredores humanitarios y ofrecer sus espacios para ayudar a descongestionar no sólo las instalaciones, sino también los ánimos de una sociedad que ha empezado ya a hacer batidas?
R. Aquí se sitúa ahora el auténtico reto, tras la tormenta. No podemos dejar solos a la sociedad ceutí. No podemos caer en la indiferencia o el frentismo. El respeto a la dignidad humana y el interés superior del menor, de acuerdo al marco jurídico tienen que prevalecer y han de ser reivindicados. La “marca país” y la “unidad territorial” también se visibilizan en esta cuestión.
R. Es bueno releer las palabras del Papa León: «Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros». La Iglesia, como siempre, se pone al servicio de la autoridad política para ayudar con sus medios a afrontar este nuevo reto. Me consta que la Iglesia en Ceuta lo ha hecho pero, sin duda, será insuficiente. Ojalá no abramos aquí un nuevo frente de discusión y de polarización. Desde la Iglesia nos ofrecemos para ayudar, acompañar y generar fraternidad: esta es nuestra misión.